Aclaro que los personajes no son míos, pertenecen a J.K. Rowling (Harry Potter), y a Disney Channel (Wizards of Waverly Place).

LOS HECHICEROS DE HOGWARTS, tercer tomo.


DE VUELTA AL COLEGIO


— Draco, debemos ir al vagón de prefectos — dijo Alex mientras colocaba su baúl en la rejilla portaequipajes y el de su compañero.

Draco estaba sentado con el rostro pesaroso pegado en la ventana del expreso observando como el exterior se volvía cada vez más borroso a cada segundo que el tren aceleraba, había arrancado de la estación dos minutos atrás.

— No iré — respondió con firmeza.

— Pero… — murmuraba preocupada — Se supone que debemos…

— Prefiero quedarme aquí, Alex.

El rubio la miró con sus traslúcidos ojos grises como si fuera un niño pequeño que no quiere ir a jugar.

— Está bien, Draco — respondió resignada suavizando el gesto — Ya me encargaré yo, volveré en un rato.

La bruja despeinó la melena lacia del chico, le sonrió traviesa y salió del compartimiento.

Atravesó los vagones andando hasta llegar al de los prefectos que se encontraba en el frente; a pesar de que dentro del expreso la temperatura era cálida, Alex llevaba puesto un elegante abrigo color negro y una blusa de manga larga por dentro para evitar que por algún accidente fuera vista la Marca.

El resto de prefectos ya estaban ahí. Granger no dejaba de escudriñarla con impaciencia. Al salir del vagón para dar los rondines de vigilancia, los Gryffindor iban varios pasos al frente y alcanzó a escuchar parte de la conversación.

— ¿Has visto que Malfoy no estaba? — murmuró Weasley.

— Sí, Ron, lo vi sentado con los otros de Slytherin, ¡No está cumpliendo sus responsabilidades! — exclamó Granger.

— ¿Por qué no está intimidando a los de primero, Hermione? No es propio de él…

— Tal vez extraña la Brigada Inquisitorial y por eso le parece poca cosa ser un prefecto; recuerda que tenía mucho más poder cuando pertenecía a la Brigada.

Tras dar un par de vueltas por algunos vagones, emprendió regreso a su compartimiento. Por las ventanas del tren se veía un tiempo tan variable, muy distinto al imperturbable clima eternamente nublado de Wiltshire: atravesaban bancos de fría neblina o pasaban por tramos en que brillaba un débil sol.

Cuando volvió a su estancia en el tren, Pansy, Blaise, Theodore y Millicent ya estaban ahí acompañando a Draco.

— Señorita prefecta, por fin llegas — saludó Blaise con una enorme sonrisa — ¿Es mi imaginación o pasar tanto tiempo con Draco te ha empalidecido?

Pansy giró velozmente y se la quedó viendo, Millicent hizo lo mismo.

— Sin duda, Blaise, nuestra querida Alexandra se ha contagiado de Malfoy… Qué sigue, ¿Su cabello cambiará a rubio y los ojos se le pondrán grises? — se burló la pelinegra.

Tenían razón. Después de haber pasado todas las vacaciones en la mansión de Wiltshire, su tez se había puesto más blanca de lo normal, no tanto como la de Draco, claramente.

— Te han venido a dejar esto.

Zabini le entregó a la castaña un rollo de pergamino atado con una cinta violeta. Desenrolló el mensaje y lo leyó:

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Alexandra:

Me complacería mucho que vinieras al compartimiento C a comer algo conmigo. Atentamente,

Prof. H.E.F. Slughorn

.

— ¿Quién es el profesor Slughorn? — preguntó Alex releyendo el pergamino.

— Un antiguo profesor de Slytherin — respondió Blaise — Se reintegrará de nuevo este año. También me ha dado una invitación.

El moreno mostró el pergamino que tenía en las manos, era idéntico al de Alex exceptuando el nombre.

— Tendremos que ir, ¿No? — preguntó la castaña con curiosidad.

— Nos cuentan a su regreso como les fue — sentenció Pansy.

— Lo haremos, Pansyti — contestó Blaise con una sonrisa, se puso de pie, se inclinó hacia la ojiverde y le dio un rápido beso en los labios.

La castaña se paró y caminó detrás de él fuera del compartimiento. Caminar por los pasillos resultó abrumador ya que estaban abarrotados de estudiantes hambrientos que esperaban con ansiedad el carrito de comida.

Cuando llegaron al compartimiento C, enseguida advirtieron que no eran los únicos invitados.

— ¡Blaise Zabini! ¡Alexandra Russo! — exclamó Slughorn entusiasmado. Era un hombre con una calva reluciente y un gran bigote plateado; tenía una prominente barriga, su estatura no rebasaba la de Alex; su rostro era amable pero en sus ojos se podía percibir cierta ambición — Me alegra que hayan aceptado mi invitación, tomen asiento…

En menos de un minuto, llegaron también Harry Potter y Neville Longbottom, que fueron recibidos por calurosas bienvenidas del profesor y los invitó a sentarse en los últimos asientos libres.

— ¡Qué contento estoy! — dijo Slughorn — Ésta es una gran oportunidad para conocerlos un poco mejor a todos. Tomen, cojan una servilleta. He traído comida porque, si no recuerdo mal, el carrito está lleno de varitas de regaliz y el aparato digestivo de un pobre anciano como yo no está para esas cosas… ¿Faisán, Belby?

Un chico delgado y que parecía muy nervioso, dio un respingo y aceptó una generosa ración de faisán frío.

— Estaba contándole al joven Marcus que tuve el placer de enseñar a su tío Damocles — informó el profesor a los que tenían poco tiempo de llegar. Ofrecía un cesto lleno de panecillos a sus invitados — Un mago excepcional, con una Orden de Merlín bien merecida. ¿Ves mucho a tu tío, Marcus?

Belby acababa de llevarse a la boca un gran bocado de faisán y con las prisas de contestarle a Slughorn, intentó tragárselo entero, se puso morado y empezó a asfixiarse.

— ¡Anapneo! — dijo el profesor sin perder la calma apuntando con su varita a Belby que pudo tragar y sus vías respiratorias se despejaron al instante.

— No… mu… mucho… — balbuceó con ojos llorosos — Mi padre y él no se llevan muy bien… — murmuró el chico y no se atrevió a zamparse otro bocado.

Slughorn continuó preguntando al resto de sus invitados, curiosamente todos tenían a un conocido famoso o influyente, a excepción de Ginevra Weasley, que hasta ese momento no había advertido su presencia.

Cormac McLaggen, un joven corpulento de cabello crespo, emparentaba con un tal Tiberius que por alguna razón era de interés del profesor, y cuando mencionó tener amistad con Rufus Scrimgeour, el recién nombrado ministro, los ojos de Slughorn radiaron dichosos.

Blaise, cuando fue interrogado después de McLaggen, resultó ser hijo de una bruja célebre por su belleza, eso explicaba sus agraciados rasgos. Su particular historia de que su madre se había casado siete veces y sus siete maridos murieron de forma misteriosa, dejándole a ella montañas de oro, le había dejado los pelos de punta. Ahora que lo pensaba bien… En los dos años que llevaba de conocerlo, nunca había sabido eso, ni sabía la historia de Draco, Pansy o los demás, ni sus cumpleaños, ni ellos sabían su fecha de nacimiento; era una amistad bastante reservada con los datos personales.

Neville Longbottom, como ya se había sabido tras la publicación en los diarios de la fuga de criminales de Azkaban, sus padres habían sido torturados hasta la locura por la encantadora Bellatrix Lestrange y otros dos mortífagos.

— Alexandra, nuestra querida bruja americana — dijo el profesor, dando anuncio de que ella era la siguiente en hablar — ¿Eres Russo, no? ¿Eres de la antigua familia italiana Russo?

— Así es — respondió indecisa.

— ¡Vaya! Ya está en tus genes el talento — vitoreó sonriente — Ha sido inolvidable tu presentación en el Torneo de los Tres Magos, o mejor dicho, ¡de los cinco magos! Tienes mucho talento, Alexandra, me complacerá darle clases a mi primer Russo — sonrió entusiasmado.

Cambiando de postura como si fuera a presentar a su número estrella, pasó su mano sobando su calva y habló.

— ¡Harry Potter! ¿Por dónde empezar? ¡Intuyo que, cuando nos conocimos este verano, apenas arañé la superficie — contempló al azabache unos instantes como si fuera un trozo de faisán singularmente grande y suculento y dijo: — ¡Lo llaman "el Elegido"! Hace años que circulan rumores, desde luego —prosiguió el profesor, escudriñando el rostro de Potter — Recuerdo la noche en que… Bueno, después de aquella terrible noche en que Lily y James… Tú sobreviviste, y la gente comentaba que tenías poderes extraordinarios…

Blaise emitió una tosecilla para expresar un escepticismo burlón. Una voz furibunda surgió por detrás de Slughorn.

—Sí, Zabini, tú también tienes poderes extraordinarios… para dártelas de interesante — escupió la Weasley, que fulminaba a Blaise con la mirada asomando la cabeza por detrás de la prominente barriga de Slughorn.

— ¡Ten cuidado, Blaise! ¡Cuando pasaba por el vagón de esta jovencita la vi realizar un maravilloso maleficio de mocomurciélagos! ¡Yo en tu lugar no la provocaría!

El moreno se limitó a esbozar un gesto desdeñoso.

— En fin — dijo Slughorn, retomando el hilo — ¡Menudos rumores han circulado este verano! Uno no sabe qué creer, desde luego, porque no sería la primera vez que El Profeta publica noticias inexactas o comete errores. No obstante, dada la cantidad de testigos que hay, parece evidente que se produjo un alboroto considerable en el ministerio y que tú estabas en medio — Potter asintió con la cabeza — Entonces, ¿Es cierto que estabas allí? Pero las otras historias, la verdad, son tan descabelladas que lo confunden a uno… Por ejemplo, esa legendaria profecía…

Por otro rato más, el profesor estuvo estipulando sus puntos de vista acerca de la muy mencionada noticia de Harry Potter, en la que llegaron a intervenir Longbottom y Ginevra.

La tarde transcurría lentamente, aderezada con otras anécdotas sobre magos ilustres a los que Slughorn había enseñado en Hogwarts; todos habían entrado de buen grado en lo que el profesor llamaba "el Club de las Eminencias". Por la ventana del tren se vio una rojiza puesta de sol; Slughorn parpadeó en la penumbra.

— ¡Madre mía, pero si ya empieza a anochecer! ¡No me había dado cuenta de que han encendido las luces! Será mejor que vayan todos a ponerse las túnicas. McLaggen, ven a verme cuando quieras y te prestaré ese libro sobre nogtails. Harry, Blaise, Alexandra, vengan también cuando quieran. Y lo mismo te digo a ti, señorita — añadió guiñándole un ojo a la pelirroja — ¡Dense prisa!

Al salir del compartimiento, Blaise le dio un fuerte empujón a Potter y le lanzó una mirada asesina que éste le devolvió con creces. Alexandra caminó detrás del moreno y al avanzar por el mal iluminado pasillo se incorporó a su lado.

— ¿Cómo te la has pasado ahí dentro, Alex? — preguntó Blaise a la castaña con una sonrisa burlona.

— Fue demasiado aburrido a mi parecer, lo único interesante fue la comida pero después del incidente del Ravenclaw… — Alex frunció el ceño recordando al ahogado chico — Me quedé sin apetito.

— "Ravenclaw, inteligencia e ingenio"… — recitó con una voz profunda — Y ni siquiera sabe deglutir un trozo de faisán — se burló.

Blaise abrió la puerta del vagón y dejó pasar a Alex, luego entró él y cuando quiso cerrarla no pudo, tras varios forcejeos, la puerta por fin cedió. Tomaron asiento, Blaise al lado de Pansy, a quien pasó un brazo por sus hombros, y Alex tomó lugar donde estaba Draco, y éste recostó su cabeza sobre las rodillas de la castaña.

— Cuéntenme — pidió Draco — ¿Qué quería Slughorn?

— Sólo trataba de ganarse el favor de algunas personas bien relacionadas —contestó Blaise, distraído mirando a su novia — Aunque no ha encontrado muchas.

— ¿A quién más invitó? — inquirió.

— A McLaggen, de Gryffindor…

— Ya. Su tío es un pez gordo del ministerio.

— …A un tal Belby, de Ravenclaw… — dijo Alex.

— ¿A Belby? ¡Pero si es un mocoso! — intervino riendo Pansy.

— …Y a Longbottom, Potter y esa Weasley —terminó Blaise.

— ¿Invitó a Longbottom? — preguntó el rubio sorprendido.

— Supongo, porque Longbottom estaba allí —respondió el moreno con una mueca.

— ¿Por qué iba a interesarle Longbottom? — preguntó escéptico — A Potter, al maldito Potter, vale; es lógico que quisiera conocer al "Elegido" — se burló — pero, ¿A esa Weasley? ¿Qué tiene de especial?

— Muchos chicos están colados por ella — terció Pansy — Hasta tú la encuentras guapa, ¿No, Theo?

Theodore dejó el libro que leía con avidez y se incluyó en la plática.

— Guapa o no, es una traidora a la sangre, no me atrevería a tocarla — replicó sereno.

— Por lo visto, Slughorn tiene muy mal gusto… O ya es muy viejo — comentó Draco — Es una lástima; mi padre siempre decía que en sus tiempos fue un gran mago, y él era uno de sus alumnos predilectos. Seguramente Slughorn no se ha enterado de que yo viajaba en el tren, porque si no…

— Yo no creo que te hubiese invitado, Dragón — lo interrumpió Blaise — Cuando me lo topé por primera vez en el tren, me preguntó por tu padre, Theo — lanzó una mirada al delgaducho — Se ve que eran viejos amigos, pero cuando se enteró de que lo habían pillado en el ministerio no pareció alegrarse, y tú tampoco fuiste invitado, ¿Verdad? — volvió a mirar a Nott — Me parece que a Slughorn no le interesan los mortífagos.

Draco colorado, soltó una risa forzada.

— ¿Y a mí que me importa lo que le interese a un profesor? — lanzó un bostezo, miró por un momento hacia arriba, para mirar el rostro de Alex y se dispuso a hablar — Ni siquiera sé si el año que viene iré a Hogwarts.

— ¿Qué quieres decir con eso, Draco? — inquirió alarmada Pansy.

Todos sus amigos se giraron para verlo, las manos de Alex temblaron debajo de la cabeza de Draco, ella sabía a qué se refería.

— Nunca se sabe — esbozó una sonrisita pícara — Quizá me dedique a cosas más importantes e interesantes en que no necesitaré ningún número de TIMOs y ÉXTASIS.

— Ya se ve Hogwarts — anunció Crabbe que se encontraba sentado en un sillón al lado y señaló por la ventanilla envuelta en penumbra.

— Será mejor que vayamos poniéndonos las túnicas — indicó Theodore.

De sus baúles, sacaron túnicas negras con los colores de Slytherin, verde esmeralda y plata, y las vistieron. Recogieron sus cosas y los pasillos se llenaron. Goyle avanzaba empujando a niños de segundo año y Crabbe, Pansy, Blaise, Theodore y Millicent lo siguieron por el camino abierto.

— ¿Draco…?

— Adelántate, Alex, necesito comprobar algo… — dijo serio el rubio.

La castaña salió por la puerta y se reunió con sus amigos. Caminaron por la oscura estación de Hogsmeade cargando sus baúles hasta llegar a la calle principal. Esperaron de pie junto a las carrozas hasta que Draco llegara, abordaron todos juntos una y emprendieron rumbo al castillo.

El banquete de bienvenida, como todos los años, fue espléndido y en el Gran Comedor. Antes de servir la comida en los platos de oro, pasó la ceremonia de selección, donde los nuevos niños fueron enviados a sus respectivas casas.

Tras dar comienzo la cena, entró por la entrada del Comedor, Harry Potter. Seguía vistiendo ropas muggles y en la cara tenía sangre; caminó rápido hasta su mesa de Gryffindor y trató de ocultarse de las miradas curiosas.

Una sonrisa de satisfacción se dibujó en el pálido rostro del Slytherin sentado al lado de la castaña.

— Adivinaré, ¿Tuviste algo que ver, Draco? — preguntó Alex tratando de contener una sonrisa.

El rubio no pudo más y explotó en una sonora carcajada que atrajo la atención del resto de serpientes. Les describió a sus interesados compañeros, mediante mímica, como le había roto la nariz a Potter, razón por la que llegó tarde y cubierto de sangre; todos felicitaron, aplaudieron y rieron con el príncipe de Slytherin, Malfoy.

Dumbledore se puso de pie. Las conversaciones y risas que resonaban por todo el comedor cesaron casi al instante.

— ¡Muy buenas noches a todos! — dijo el director del colegio con una amplia sonrisa y los brazos extendidos como si pretendiera abrazar a los presentes.

Alex no lo pasó desapercibido, Dumbledore tenía la mano derecha ennegrecida y marchita. Como era de imaginar, el resto de alumnos también lo notó y pronto los susurros inundaron la sala. El director se limitó a sonreír y se tapó la herida con su túnica morada y dorada.

— No es nada que deba preocuparlos — comentó sin darle importancia — Y ahora… A los nuevos alumnos les digo: ¡Bienvenidos! Y a los que no son nuevos les repito: ¡Bienvenidos otra vez! El señor Filch, nuestro conserje, me ha pedido que les comunique que quedan prohibidos todos los artículos de broma procedentes de una tienda llamada Sortilegios Weasley. Los que aspiren a jugar en el equipo de quidditch de sus respectivas casas deberán notificárselo a los respectivos jefes de éstas, como suele hacerse. Asimismo, estamos buscando nuevos comentaristas de quidditch; rogamos a los interesados que se dirijan a los jefes de sus casas. Este año nos complace dar la bienvenida a un nuevo miembro del profesorado: Horace Slughorn.

El profesor se puso en pie; la calva le brillaba a la luz de las velas y su prominente barriga, cubierta por el chaleco, hizo sombra sobre la mesa. Los estudiantes aplaudieron al recién llegado, Russo notó que Slughorn dedicaba sonrisas especialmente a los chicos que había invitado a comer.

— Es un viejo colega mío, ha accedido a volver a ocupar su antiguo cargo de profesor de Pociones.

Los Slytherin se miraron unos a otros como si buscaran una aclaración en el rostro de sus compañeros, a la evidente ausencia de su profesor favorito en la asignatura de Pociones. En el comedor resonaron las preguntas del resto de las casas.

— El profesor Snape, por su parte — prosiguió Dumbledore, elevando la voz para acallar los murmullos — ocupará el cargo de maestro de Defensa Contra las Artes Oscuras.

— ¡No! — exclamó Potter, haciendo que muchas cabezas se volvieran hacia él. Algunos lo miraban asustados, otros divertidos; en el caso de los Slytherin, lo miraban burlones gozando el descontento del azabache.

Dumbledore carraspeó y se hizo un silencio absoluto de nuevo. Draco, como si diera por terminado el discurso del director, sacó su varita y se puso a jugar manteniendo en el aire frente a él, su tenedor.

— Bien. Como todos los presentes sabemos, Lord Voldemort y sus seguidores vuelven a las andadas y están ganando poder — mientras hablaba, el silencio fue volviéndose más tenso y angustioso — No sé qué palabras emplear para enfatizar cuán peligrosa es la actual situación y las grandes precauciones que hemos de tomar en Hogwarts para mantenernos a salvo. Este verano hemos reforzado las fortificaciones mágicas del castillo y estamos protegidos mediante sistemas nuevos y más potentes, pero aun así debemos resguardarnos escrupulosamente contra posibles descuidos por parte de algún alumno o miembro del profesorado. Por tanto, pido que se atengan a cualquier restricción de seguridad que les impongan sus profesores, por muy fastidiosa que les resulte, y en particular a la norma de no levantarse de la cama después de la hora establecida. Les suplico que si advierten algo extraño o sospechoso dentro o fuera del castillo, informen inmediatamente de ello a un profesor. Confío en que se comportarán en todo momento pensando en su propia seguridad y en la de los demás — el director recorrió la sala con la mirada y sonrió otra vez — Pero ahora los esperan sus camas, cómodas y calentitas, y sé que en este momento su prioridad es estar bien descansados para las clases de mañana. Así pues, digámonos buenas noches.

Alex se levantó de su lugar y enfiló a los nuevos alumnos de primero que, como solían ser los niños de Slytherin, tenían la mayoría semblantes arrogantes, algún par de chiquillos tenían gesto de preocupación.

— ¡Draco! ¿Vendrás a ayudar? — cuestionó cruzando los brazos.

— Estoy agotado, Alex… ¿Puedes encargarte tú? — dijo mirando con intensidad con sus ojos grises, fingiendo estar abatido.

— Sabes que no siempre estaré cubriendo las responsabilidades de ambos, ¿Verdad? — respondió resignada la castaña con una débil sonrisa — Yo me ocupo de ellos.

La cabeza rubia platinada se perdió entre la multitud de alumnos mayores que avanzaban a sus habitaciones. Russo guió a los niños hasta las mazmorras, murmuró "Pasadisss port" y la entrada a la subterránea Sala común se reveló. Señaló los dormitorios de chicas, los de chicos y los envió a dormir. Draco no estaba ahí, quizá si estaba agotado y se había ido a acostar.

Alex se sentó frente a la chimenea y se puso a pensar: Viendo bien a Draco, sí se veía agotado; desde sus dichosas clases con Bellatrix, sus ojos se veían ensombrecidos por un tenue color gris que pintaba en sus marcadas ojeras, aunque en cierto modo le favorecía ya que hacía parecer más claros sus ojos; sus afilados pómulos destacaban más porque su rostro había adelgazado; ya no era tan precavido a la hora de peinarse, cargaba su cabello revuelto, y ni hablar de la palidez de su rostro… era tan blanco como la nieve.

Aunque no lo quisiera admitir, la misión de Voldemort lo estaba acabando, sabía que no era lo suficientemente capaz para asesinar a un mago tan poderoso; Alex quería ayudarlo pero el rubio no revelaba nada acerca de sus planes para cumplir la tarea, era precavido manteniéndolo en secreto.

Se preguntaba cómo sería capaz el profesor Snape de apoyarlo si el chico no accedía.

Sin quitarse la túnica, la bruja se quedó dormida en el sillón de la Sala frente al fuego del fogón, sujetando con recelo su antebrazo izquierdo. Húmedos cordones debajo de su piel se enrollaban en su brazo izquierdo, cada vez lo apretaban más hasta cortar la circulación, esa sensación de frío la fue invadiendo desde la punta de los dedos hasta en codo.