Aclaro que los personajes no son míos, pertenecen a J.K. Rowling (Harry Potter), y a Disney Channel (Wizards of Waverly Place).
LOS HECHICEROS DE HOGWARTS, tercer tomo.
EL PROFESOR DE POCIONES
A la mañana siguiente, Alex despertó de sopetón en medio de un gran bullicio de alumnos ya emperifollados con sus túnicas negras con verde esmeralda; la castaña voló al dormitorio de chicas, se vistió el uniforme, cambió de túnica, cepilló ligeramente su cabello que ató con un cintillo en una coleta y corrió al Gran Comedor.
Arriba, en la mesa de Slytherin, ya la esperaban sus cinco amigos, junto con Crabbe y Goyle.
— ¡Ah, Alex! Sigues viva, no quise despertarte porque te veías muy cómoda — dijo Blaise sonriendo, mientras Pansy y Millicent soltaban una carcajada.
Almorzaron algunas tartas y platos de avena bajo el cielo azul que mostraba el techo del comedor ese día y después de desayunar, se quedaron sentados en el banco esperando que la profesora McGonagall abandonara la mesa de los profesores. Ese año la distribución de los horarios era más complicada de lo habitual, porque previamente la profesora tenía que confirmar que todo el mundo había obtenido las notas necesarias en los TIMOS para continuar con los ÉXTASIS elegidos.
— Señorita Parkinson, permítame revisar sus asignaturas… Encantamientos, Defensa contra las Artes Oscuras, Herbología, Pociones, Transformaciones… todo está en orden.
La profesora le entregó una hoja a Pansy en la que apareció su horario con las materias solicitadas y siguió con las otras serpientes.
A Millicent la autorizó en Astronomía, Encantamientos, Herbología, Historia de la magia y Transformaciones. Blaise fue confirmado en las clases de Encantamientos, Defensa contra las Artes Oscuras, Herbología, Pociones, Runas Antiguas y Transformaciones.
— Encantamientos, Defensa contra las Artes Oscuras, Herbología, Pociones, Transformaciones… todo correcto, señorita Russo. ¿Son las únicas que quiere continuar? Sus notas le permiten estudiar hasta diez ÉXTASIS — sugirió la profesora McGonagall.
— Bien… — titubeó Alex — Inclúyame en Aritmancia.
La bruja de cabello cano le entregó su horario con las seis asignaturas a la castaña y se puso a comparar su itinerario con el de Pansy, ya que eran casi las mismas materias a excepción de Aritmancia.
— Señor Malfoy, señor Nott, ¡Los felicito por sus excelentes notas! Ningún otro alumno en años ha tenido puros Extraordinarios — confesó admirada la profesora — veo que han solicitado los mismos ÉXTASIS… Aritmancia, Encantamientos, Defensa contra las Artes Oscuras, Herbología, Pociones, Runas Antiguas, Transformaciones, están aprobados en todas, por supuesto.
Las serpientes se fueron a sus clases. Snape como profesor de defensa contra las Artes Oscuras seguía siendo tan estricto como lo había sido en Pociones, aunque en sus ensombrecidos ojos brillaba una tenue luz cada vez que hablaba de las artes oscuras; iniciaron la primera clase practicando hechizos no verbales.
El profesor Slughorn era muy carismático dando su clase de Pociones y el aula de las mazmorras olía mejor que nunca, era evidente que todos disfrutaban la fragancia que no podían reconocer; el grupo apenas juntaba alrededor de diez alumnos dado que la mayoría no había aprobado los TIMOs o su nota no superaba un Aceptable. Tras varios minutos de haber empezado la clase del profesor, Harry Potter y Ron Weasley cruzaron la puerta.
— Harry, amigo mío, me alegro de verte aquí, y vienes acompañado — saludó sonriendo el profesor — Pasen. Saquen sus libros.
— Lo siento señor, aún no tenemos nuestros libros — respondió Potter.
— No importa, tomen los del armario.
El azabache y el pelirrojo caminaron al armario de Slughorn. El profesor prosiguió con su clase.
— Como decía, he preparado algunas pociones para que les den un vistazo, ¿Tienen idea de qué son? — Una Gryffindor de cabello descuidado levantó la mano — ¿Sí, señorita…?
— Granger, señor. Esa de ahí es Veritaserum, es un suero de la verdad — respondió señalando un caldero con agua que parecía simple — Esa otra es poción multijugos, y esa… — dijo señalando un tercer caldero — …es Amortentia, la poción de amor más poderosa, dicen que huele diferente para cada persona según sus gustos…
— ¡Veinte bien merecidos puntos para Gryffindor! ¿Puedes decirme tu nombre, querida? — preguntó Slughorn con una enorme sorisa en su envejecido rostro.
— Me llamo Hermione Granger, señor.
— ¿Granger? ¿Tienes algún parentesco con Héctor Dagworth-Granger, fundador de la Rimbombante Sociedad de Amigos de las Pociones?
— No lo creo, señor. Yo soy hija de muggles.
— Deberían darle esos puntos por decirlo en voz alta, o mejor aún, restárselos por sangre-sucia — murmuró Draco a Theo y Blaise, que rieron por lo bajo.
— Por supuesto — continuó el profesor — …la Amortentia no crea amor. Es imposible crear o imitar el amor. Sólo produce un intenso encaprichamiento, una obsesión. Probablemente sea la poción más peligrosa y poderosa de todas las que hay en esta sala.
— Señor, todavía no nos ha dicho que hay en ese — dijo el único chico de Hufflepuff en la clase, señalando el pequeño caldero negro que había en la mesa de Slughorn.
La poción que contenía salpicaba alegremente; tenía el color del oro fundido y unas gruesas gotas saltaban como peces dorados por encima de la superficie, aunque no se había derramado ni una partícula.
— ¡Ah, sí! Lo que ven frente a ustedes, damas y caballeros — dijo exagerando la presentación — es una curiosa poción… llamada Felix Felicis. Y es más comúnmente conocida como…
— Suerte líquida — interrumpió Granger con un deje de emoción.
— Sí, señorita Granger, suerte líquida. Complicada de hacer, desastrosa si no la hacen bien, un trago y tendrán éxito en todo lo que se dispongan a hacer… Eso, hasta que pasen los efectos.
— ¿Por qué no la bebe todo el mundo siempre, señor? — preguntó un chico de Ravenclaw.
— Porque su consumo excesivo produce atolondramiento, temeridad y un peligroso exceso de confianza. Ya sabes, todos los excesos son malos… Consumida en grandes cantidades resulta altamente tóxica, pero ingerida con moderación y sólo de forma ocasional, tendrán días excelentes… — hizo una pausa dramática mirando soñador la poción — …Y esto es lo que les ofrezco hoy a todos, un pequeño frasco de suerte líquida al estudiante que, en lo que queda de la hora, pueda hacer una muestra aceptable del Filtro de Muertos en Vida, página diez de sus libros.
Todos abrieron automáticamente sus ejemplares de Elaboración de pociones avanzadas y se pusieron a leer las instrucciones de la página diez.
— Disfrutarán doce horas de buena suerte — agregó Slughorn — pero debo advertirles que el Felix Felicis es una sustancia prohibida en las competiciones organizadas, como por ejemplo eventos deportivos, exámenes o elecciones. De modo que el ganador sólo podrá utilizarla en un día normal.
La sala se inundó por un momento de chirridos y golpes metálicos que producían los alumnos al arrastrar sus calderos frente a ellos. Draco estaba más que concentrado en su libro, repasando los ingredientes que llevaba y los pasos a seguir. El resto de la clase hacía lo mismo.
Alex decidió no imitar a Draco esta vez, haría ella su poción a su modo. Tomó del armario del salón los ingredientes necesarios para el Filtro y lo llevó hasta su asiento. Cortó las raíces de valeriana, mezcló con otros ingredientes y removió hasta que se convirtió en una mezcla homogénea de color grosella negra, tal y como indicaba el libro. Con esfuerzo, intentaba cortar los escurridizos granos de sopóforo cuando el profesor Slughorn pasó caminando cerca de su mesa.
— Señor, seguro que conoció usted a mi abuelo, Abraxas Malfoy — comentó Draco presuntuoso al viejo profesor. Slughorn asintió.
— Sentí mucho enterarme de su muerte, aunque no fue nada inesperado, por supuesto: viruela de dragón a su edad…
Siguió caminando de largo sin mirar más al joven rubio.
— Creí que no te importaba la opinión del viejo Slughorn, Draco — se burló Alex en voz baja, que estaba sentada junto a él — Ese ha sido un intento muy patético, ¿Sabes?
— Más vale que sigas atenta con tu Filtro, o con una muestra de lo que estás preparando terminarán por correrte de la clase — musitó voraz el Slytherin, señalando la poción de Russo, que había adquirido un color marrón.
Ya había vaciado el poco jugo del grano en su caldero, y su sustancia seguía café y no lila, como debía ser. Removió su poción en sentido contrario a las agujas del reloj, como indicaba el siguiente paso… y nada. Seguía del mismo color.
— ¡Tiempo! — anunció el profesor Slughorn y todos dejaron de remover sus calderos.
Se paseó entre las mesas observando las pociones: al pasar frente a la mesa donde estaban los Slyhterin, asintió suavemente al ver el líquido morado oscuro que habían preparado Theodore y Draco; al mirar la sustancia marrón de Alex, le sonrió con indulgencia. En la mesa donde estaba el famoso trío de Gryffindor, el profesor se detuvo frente a Potter, fugazmente se dibujó una sonrisa en su acabado rostro y exclamó:
— ¡Tenemos al ganador! Como lo prometí… — Slughorn sacó un frasco pequeño de cristal de su túnica y lo llenó con la dorada poción que él había preparado; se la entregó a Potter — …Un frasco de Felix Felicis, dale un buen uso.
La clase lo miró rabioso, otros estupefactos y aplaudieron desganados anhelando el pequeño frasco que el chico de anteojos redondos ya se había guardado en la túnica.
— ¿Cómo ha podido ese mediocre ganar? — refunfuñaba Theodore — seguí a la perfección las instrucciones y de ningún modo se podía lograr una poción tan clara, ni Granger pudo, ¡Ni tú, Draco!
El delgaducho resopló y se sentó fastidiado en uno de los sillones de la Sala Común, debatiéndose aún la clase que hacía horas ya había pasado. Blaise, en otro sillón, estaba sentado abrazado a Pansy. Alex miró el reloj que se erguía sobre la chimenea y vio la hora: las diez en punto de la noche.
— ¡Draco, ya es hora de que vayamos a dar nuestra ronda! — informó la castaña, colocándose su túnica nuevamente, con la insignia de Prefecta.
— Está bien, ya voy… — respondió agotado el rubio, poniendo sobre sus hombros la túnica.
En cuanto la pared se selló en las mazmorras, Draco se ajustó la insignia y organizó:
— Alex, tú patrulla el vestíbulo, el primer, segundo, tercer y cuarto piso. Yo vigilaré el quinto, sexto, séptimo piso y las torres.
— De acuerdo… pero…
— ¿Qué pasa, Alex? — inquirió Draco mirándola con sus brillantes ojos grises.
— ¿Estás enojado conmigo otra vez? — se ruborizó al preguntar — Bueno, es que la última vez que nos separábamos así es porque no me hablabas…
— Claro que no, Alex — respondió dibujando una pequeña pero cálida sonrisa con sus labios — me parece que es mejor así para que demoremos menos.
Las dos serpientes se separaron y emprendieron su labor.
Pasado alrededor de ¾ de hora, Alex volvió a su sala común, ya eran pocos los alumnos que seguían ahí despiertos. No se encontró a Draco en el camino ni en la sala, posiblemente ya había entrado en su dormitorio o quizá había ido a revisar las torres al final y por eso aún no llegaba. Se fue a la habitación, se vistió un pijama negro con gris, cerró las cortinas del dosel de su cama y se quedó profundamente dormida.
. . .
Por los oscuros y silenciosos pasillos del castillo de Hogwarts, se lograba vislumbrar en las antiguas paredes de piedra, la sombra de una alta y delgada silueta que andaba con elegancia por ellos, sólo un muy callado y suave golpeteo de la suela de sus finos zapatos negros chocando contra el suelo era lo que la acompañaba.
Ya había pasado tres veces frente al tapiz de Bárnabas el Chiflado, cuando en el muro de adelante, una puerta apareció de la nada.
Los pasos cesaron. La sombra dejó de moverse y se detuvo justo donde la nueva entrada se hizo lugar. La puerta se abrió permitiéndole el acceso a su interior. El joven mago entró.
La nueva sala estaba tan oscura como los pasillos, sólo alumbrada por la débil luz de unas cuantas velas; de entre las penumbras, lo único que se distinguía era la brillante y clara melena rubia que reflejaba los destellos de las llamas como si fuese un pulido espejo. El muchacho sin necesidad de ver, caminó entre las montañas de objetos y esquivó las empolvadas cosas desparramadas en el piso, como si supiera de memoria donde estaba cada obstáculo, como si hubiese recorrido el mismo camino decenas de veces.
Se internó en ese laberinto. La puerta se había perdido de vista.
A tientas, sacó del bolsillo interno de la túnica su varita, susurró un Lumos y parte de la habitación quedó alumbrada por los destellos azulados que brotaban de la punta de su varita. Con su pálida mano, sujetó una tela que caía como cortina y la jaló para revelar lo que escondía bajo ella, un viejo armario de madera con una manija y molduras oxidadas decorándolo. Ésta vez susurró un lumos maxima y elevó la refulgente bola de luz sobre su cabeza. Abrió el armario, examinó cada esquina y escondite que pudiese tener; sacó una manzana de uno de sus bolsillos y la dejó dentro, cerró la portezuela de madera, siseó un inaudible hechizo unas quince veces apuntando al viejo armario con la varita y paró. Lo abrió de nuevo y lo cerró de golpe. Sus ojos se veían más abatidos y frustrados.
Colocó la tela otra vez en su lugar cubriendo el mueble, apagó la bola de luz y rodeado nuevamente por la absorbente oscuridad, caminó a ciegas entre el estorboso desorden hasta llegar a la entrada de la sala de los menesteres. Cruzó el umbral y Draco regresó a los habituales pasillos del séptimo piso colegio, por inercia miró hacia atrás para encontrarse con una pared totalmente vacía, sin rastro de la puerta que hace unos instantes estuvo allí.
El chico bajó hasta las mazmorras siendo alumbrado por la luz de la luna que se colaba por las puntiagudas ventanas, tratando de guardar silencio para evitar ser atrapado, debía de pasar de media noche.
Murmuró la contraseña para acceder a su sala común que por fortuna siempre encontraba vacía a la hora de su llegada, y sin levantar sospechas, la atravesó hasta llegar a su dormitorio, donde el resto de sus compañeros ya debían cruzar su quinto sueño.
Se cambió a toda velocidad la enorme túnica por una cómoda ropa para dormir y cayó rendido sobre sus suaves colchas verde esmeralda.
. . .
El primer mes de colegio pasó demasiado rápido y muy diferente a lo que se podría esperar. En la clase de Pociones, Harry Potter era el centro de atención de Slughorn por su sorpresivo talento que presentaba en la elaboración de éstas. Inesperadamente, el nuevo capitán del equipo de quidditch de Slytherin era Urquhart, un chico robusto de séptimo año que para mayor desconcierto de todos, nunca había jugado en el equipo; Alex sospechaba que quien había sido elegido capitán era Draco, pero seguramente él le había dado su puesto.
Por lo menos parecía que Urquhart era bueno volando en escoba, ocupaba el lugar de un cazador. El día de selección para el equipo de quidditch, Alex llevó a rastras a Draco, quien no quería presentarse, pero al final después de tanto discutir con la castaña, acudió a regañadientes y quedó elegido como buscador. Alex fue nombrada cazadora junto con Vaisey.
En las noches que a los prefectos de Slytherin les tocaba dar su ronda por los pasillos del castillo, Alex y Draco siempre se separaban para vigilar en sus pisos ya establecidos, pero nunca se volvían a encontrar sino hasta la mañana. Es más, Draco ya no era visto en la sala común desde que oscurecía y cada día sus ojeras se remarcaban más en su rostro, comía menos en el comedor, apenas y prestaba atención en clases, no hacía los deberes, se ausentaba de los entrenamientos de quidditch, era antisocial hasta con sus amigos, ya ni gastaba burlas a los chicos de Gryffindor, cosa que antes hacía con gran gozo.
Sexto año estaba siendo muy pesado para los jóvenes, pero al parecer más para Draco, a pesar de que repentinamente había dejado de ser un estudiante modelo para convertirse en "holgazán".
— ¡Alexandra! ¿Puedo hablar contigo un momento? — dijo una voz tronante en tono cordial hinchando la enorme barriga.
El profesor Slughorn caminaba por el vestíbulo un sábado por la tarde cuando se cruzó con Alex en el camino.
— ¿Qué me dices de picar algo a mis aposentos? Vamos a celebrar una pequeña fiesta, sólo seremos unas cuantas jóvenes promesas y yo. Vendrán McLaggen, Melinda Bobbin, Hestia y Flora Carrow, Ginevra Weasley, espero que Harry Potter y Hermione Granger vengan, Blaise Zabini que tengo entendido es tu amigo también asistirá — sonrió esperanzado.
— Me parece una buena idea, señor.
— Excelente, te esperaré ahí a la hora de la cena.
"Oh, no, ahora debo ir a esa reunión… espero que no sea tan aburrida como la del expreso…".
La reunión con el profesor Slughorn fue mejor de lo que Alex esperaba. Fue poco concurrida, como lo había anticipado el profesor, y tenía a Blaise a su lado, eso la volvió un poco más acogedora. Los invitados tomaron asiento alrededor de una gran mesa redonda mientras devoraban los apetitosos postres que tenía cada uno en las grandes copas de cristal frente de ellos.
La conversación fue como se podía imaginar que ocurriría, el profesor vitoreaba exageradamente a McLaggen por su bien colocado tío Tiberius y sus afamados conocidos; Melinda Bobbin era hija de unos magos con una gran cadena de boticarios; a Blaise le preguntaba con constancia sobre su adinerada madre y las familias que seguramente frecuentaba. Se podía decir que las únicas presentes que no tenían unos famosos descendientes eran la Weasley, Granger y Alex, aunque el profesor Slughorn se empeñaba en recalcar que la familia Russo era linaje sangre pura muy antiguo.
En algún par de ocasiones, el profesor se lamentó en voz alta por la ausencia de Potter. Cuando la plática se volvió más "amena", Slughorn se atrevió a revelar que pretendía hacer un "Club de las Eminencias", y que ellos serían los miembros ya que los consideraba muy prometedores, enfatizó en el talento con el maleficio de Mocomurciélagos de Ginevra, la inteligencia de Hermione y la habilidad con los hechizos de Alex.
Dieron las diez de la noche, así que se dio por terminada la reunión, cada uno se fue a su propia sala.
En el transcurrir de las otras semanas, Slughorn invitaba frecuentemente a cenas en su oficina al Club de las Eminencias, en algunas ocasiones Alex faltaba, en otras asistía, tenían su gracia dichos convivios, y le parecía mejor estar ahí que sola en su sofá, o haciendo mal tercio con Blaise y Pansy, o escuchar a Theodore reclamando que Potter sobresaliese en Pociones. De Draco no se veían ni sus luces, al parecer se iba a la cama muy temprano, porque los compañeros de dormitorio del pálido siempre veían cerradas las cortinas del dosel de su cama desde que empezaba a anochecer.
En una de las cenas, el profesor llevó como invitada a una de sus anteriores eminencias y actual amiga, Gwenog Jones, la famosa capitana y golpeadora del equipo de Quidditch de las Arpías de Holyhead. Era bastante presumida con aires de superioridad que se llevó muy bien con la mayoría de los del Club, discrepó solamente con Granger.
— Creo que no te había mencionado, Gwenog, que aquí en esta mesa tenemos a dos fantásticas jugadoras de quidditch, Ginevra Weasley es buscadora del equipo de Gryffindor — dijo el profesor señalando a la pelirroja — y Alexandra Russo es cazadora de Slytherin — finalizó indicando con la mano a la castaña.
— ¿Weasley? ¡Eso explica todo, los Weasley lo llevan en la sangre! — exclamó sedienta la jugadora profesional — Apuesto a que debes ser mejor que el resto de tu familia, las brujas son más talentosas para este deporte — puntualizó emocionada la morena. Ginevra se sonrojó ante tal comentario — ¿Y tú también, Alexandra Russo? He escuchado de ti, participaste en el torneo de los Tres Magos, hiciste presentaciones espectaculares y llegaste a la final, no pensé en que también fueras hábil en quidditch.
Gwenog la miraba sorprendida sin parpadear, Alex se sintió un poco intimidada ante tal acto, así que tomó un sorbo de su bebida para distraerse.
— Tienes buen ojo con tus alumnos, Sluggy, hay bastante futuro en estos chicos — rompió su escrutinio Gwenog Jones, y le guiñó el ojo al profesor — cuando necesiten algo, pueden hablar conmigo por supuesto, estaré en contacto con Slughorn.
La velada transcurrió animada, el profesor pasó la mayor parte del tiempo comentando acerca de la época en que la capitana estudiaba en Hogwarts, al parecer había pertenecido a la casa de Gryffindor y fue del Club de las Eminencias en ese tiempo. Mencionó que amaba las cervezas de mantequilla y escuchar a Las Brujas de Macbeth, especialmente después de un gran partido, razón por la cual, McLaggen pretendía invitar a la jugadora a salir con él en la primera expedición a Hogsmeade, pero como toda una golpeadora, bateó al Gryffindor sin titubear.
