Aviso: Para separar la acción/puntos de vista de los personajes, utilizo x.x.x.x.x.x


Al segundo día se despertó muy débil. El día anterior no había podido alimentarse por culpa de ese elecmon, pero el pasado quedaba en el pasado, no podía ser cambiado por mucho que le gustase. Además, aunque había podido recuperarse un poco, el daño recibido le pasaba factura.

La cueva que le servía de guarida no era muy grande. Era de unos 10 metros de ancho, la altura del techo no sobrepasaba de los 2 metros y era de un color negro pizarra. El hecho de dormir en el suelo no le pasó factura, pero era frío y duro, lo que le podría causar problemas para acomodarse. Tenía claro que necesitaría poner lo necesario para hacerla un poco más confortable.

Le sonaron las tripas, quejándose y exigiendo ser alimentadas. Salió de la cueva de forma lenta, y pensó que hacer a continuación. Tenía claro que no podía acercarse de momento al Pueblo del Comienzo, al fin y al cabo, su guardián era demasiado fuerte para él. Pero en el bosque había visto a otros Digimon, por lo que solo podría que rondar por la arboleda hasta que pudiese encontrar a algún incauto que pasease solo por el lugar.

Con ese objetivo en mente, partió.

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En el Pueblo del Comienzo, Elec paseaba entre los huevos, vigilando con todos los sentidos en alerta. Los recién nacidos eran metidos en un pequeño cerco a un lado que actuaba de parque de juegos, allí eran mantenidos bajo vigilancia, para evitar que se internasen solos al bosque o marchasen a algún otro lado de la isla hasta que pudieran defenderse por si mismos.

La única cabaña que se encontraba en el pueblo era el hogar del elecmon, allí daba clases básicas a los infantes.

Los huevos se movían lentamente, en el aire sonaba una nana que los arrullaba.

Uno de los huevos se movió de forma rápida. El sonido del cascarón resquebrajándose atrajo su atención, de modo que se acercó a él. Cayo un pedazo al suelo y pudo verse su interior. Una mancha negra que se movía, empujando con toda la fuerza posible e intentando salir. El esfuerzo dio sus frutos y surgió de allí de forma tranquila.

El Digimon era una bola de pelaje negro y corto, tenía los ojos amarillos y de su cabeza partían un par de pequeñas orejas en forma de cuernos. Pertenecía a los botamon, y miró al elecmon con ojos llenos de incógnita.

-Hola pequeño-Le sonrió amablemente para calmarlo- Me llamo Elec, y soy el que protege este lugar- Se puso sobre los cuartos traseros y con las patas delanteras izó al pequeño-Dime. ¿Como te llamas?

-Bota-Susurró.

-Encantado-Caminó hasta el parque de juegos con el bebe en sus brazos-Mira, este sitio será tu hogar hasta que puedas valerte por ti mismo-Abrió la verja con una de las patas-Aquí no solo estas tú, sino también otros Digimon. Deja que te los presente-Encaró al resto de infantes y alzando ligeramente la voz, dijo:-Chicos, os presento a Bota, acaba de nacer pero espero que os hagáis amigos de él.

El resto se acerco curioso a ver al nuevo integrante de la isla. Elec dejó al niño en el suelo y salió del parque cerrando la puerta de la valla tras él.

El elecmon estaba molesto, ayer un Digimon que no había visto en su vida había intentado atacar a uno de sus protegidos. Lo más extraño es que el agresor era un bebe, por lo que era imposible que hubiese llegado a la isla por su propio pie. Pero tampoco era de este Pueblo del Comienzo, lo sabía porque no le sonaba que hubiese nacido allí ningún kuramon. Él recordaba todos y cada uno de los que habían nacido en la isla. Desde el relemon llamado Kyu del parque que jugaba en esos instantes con un mochimon de nombre Bit, hasta el grupo de kunemon que habitaban los troncos huecos del lado sureste de la isla.

El asunto le daba muy mala espina, por lo que decidió que a partir de ese día debía andar con todos los sentidos alerta. Algo le decía en la cabeza que el kuramon misterioso era muy peligroso para andar suelto por la isla y que los problemas que causaría no acababan ahí.

Elec se encontraba ensimismado, dándole vueltas al asunto, por lo que no pudo darse cuenta en el momento que otros huevos empezaban a abrirse, y ajeno a la diversión que estaban teniendo los pequeños. Hablaban entre ellos y jugaban. Era una paz temporal, pero eso ellos todavía no lo sabían.

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Avanzaba, atento a su alrededor. Cada vez tenía más hambre y por el momento no se había topado con nadie. Era desesperante. Su corta paciencia se estaba agotando. En ese instante, el movimiento de detrás de uno de los arboles llamó su atención. Se acercó con cautela. No sabía que podía esperarle al otro lado. Pero al verlo, se emocionó.

Era un ser de aspecto gelatinoso, como si fuera una medusa, blanco nuclear. Su tamaño era ligeramente menor que el suyo, y se hallaba distraído posando sus pequeños en el vacío como mirando a un punto en la distancia. Era un poyomon, de aspecto frágil, y a ojos del kuramon, tentador.

Esta vez no podía fallar. No había nadie a parte de ellos dos. Ni siquiera ese molesto Digimon productor de electricidad. Por tanto, calmando su corazón que latía rápidamente, se acerco por su espalda. Sin hacer ruido. Cada vez más cerca. Más cerca. Más. En tres. Dos. Uno.

Se abalanzo de golpe y saltó sobre su cuerpo. El pequeño, sorprendido, se debatió contra su agresor. Se desembarazó de él y le miró sorprendido. El kuramon se lanzó de nuevo, pero esta vez lo esquivó.

-Burbujas-Se defendió del atacante expulsando burbujas por la boca.

Kuramon se asustó por un segundo temiendo ser herido y retrocedió por acto reflejo, sin embargo, esta vez las burbujas al tocarle no le hicieron daño. Este hecho le resultó más agradable. Su victima no podía hacerle daño, por lo tanto, no tenía que preocuparse. Estaba indefenso.

El poyomon intentó huir, pero no si podía evitarlo. Le embistió con todo su cuerpo. Tras el golpe, el poyomon se encaró con su rival. El virus aprovechó ese instante.

-Resplandor Ocular-La sustancia espumosa segregada por su ojo entró en ese momento por los de su rival. Cegado por las burbujas, asaltó una vez más al Digimon. Tenía que actuar deprisa.

Sujetando con sus cortos apéndices e hincando los dientes, el pequeño forcejeaba. El movimiento cada vez decrecía en violencia. Y se hacía más lento. Lento. Lento. Y más. Y se detuvo.

El cadáver del poyomon quedó tendido en la hierba. El kuramon lo había conseguido. No se entretuvo en apreciar su victoria. Se alimentó de forma apresurada. No pensaba dejar nada. Devoró todos los datos hasta llegar al DigiCore. Y aun así no se detuvo. Lo engulló también. Así había sido su primera comida.

Emprendió el camino de vuelta a su cueva. Y se durmió satisfecho, al fin y al cabo el segundo día había compensado el fracaso del anterior.