Monodia: Una Historia de Dos Mundos
World of Warcraft
! ALERTA !
Contiene relaciones interraciales (Trol x Elfo de la Noche).
Clasificado como Maduro (para edades 16 en adelante). Tener en cuenta que puede desarrollarse a MA (18+), pues podría llegar a contener en un futuro descripciones detalladas de índole violenta o sexual. Por demás, es una historia de amor extremadamente cursi.
Disclaimer
No soy dueña de Warcraft, WoW, o personajes de la franquicia utilizados en esta obra de ficción. Son propiedad de Blizzard Entertainment, y no mi propiedad intelectual. No recibo ganancia financiera a partir de la producción de esta obra ni tampoco será buscada. Esto fue escrito con propósitos meramente de entretenimiento.
También añado que se ha incluido en este capítulo la letra de una canción, que es de autoría de Laura Brehm y TheLabRat. Como se ha dicho anteriormente, no pretendo utilizar esta obra con fines lucrativos de ningún tipo. Si quieren oírla para acompañar la historia, se llama "Monody" (de ahí el título del fanfic). :)
Cualquier crítica constructiva es bienvenida. Apreciaría que se marquen errores ortográficos y/o gramáticos que hayan podido escapárseme al realizar el proofread.
Sin más preámbulos,
Monodia
Una Historia de Dos Mundos
Capítulo II
Convivencia en las Alturas
- La "pas" – dijo una voz ronca, demasiado chillona para estar hablando en Darnassiano – ez un zueño que nunca ze va a cumplí', querida.
La elfa suspiró y se frotó la frente para limpiarse algo de sudor, dado el calor que le provocaba la fogata donde estaba asando algo de pescado para el almuerzo. Hizo una mueca de puchero, aún si Rala se encontraba en el apartado contiguo y no podía verla.
- Ya sé, ya sé – respondió con un Darnassiano que esta vez sí sonaba bien -. Sé que es típico de un cuento de hadas para niños, pero... sólo digo que sería bonito.
Neófita se sentó y se encogió, rodeando sus rodillas con el brazo que le quedaba libre, mientras el otro seguía ocupado en mantener las brasas encendidas. Ver el fuego le recordaba también a la guerra: los árboles de su hogar prendidos en llamas mientras la gente corría desesperada buscando a sus seres queridos y pertenencias más preciadas para rescatarlos de las llamas. Ella misma lo vivió; por suerte o por desgracia, el estado débil de su hermana no le permitía moverse así que no tuvo que buscar mucho para encontrarla postrada en su cama, en el mismo sitio de siempre, usando todas sus fuerzas para gritar asustada mientras el fuego amenazaba con devorar las colchas de su cama.
- ¡Ouch, mierda!
El grito de Rala, una maldición esta vez desatada en su lengua natal, el Zandali, la volvió a la realidad de su ensoñación. Al poco tiempo, vio asomarse a un troll a través de las cortinillas hechas de ramas y hojas que separaban los diferentes sectores de la casucha del árbol... cuyo nombre quizás no le hacía tanto juicio pues más que una casa era un complicado laberinto de habitaciones pequeñas o grandes conectadas por puentes, lianas y pasajes entre los árboles. Desde afuera, había que ser demasiado perceptivo para detectar algo, pues estaba camuflado a la perfección; desde dentro, era algo digno de admirar, tanto por la practicidad de cada habitación como por el decorado natural y tribal que le daban una variedad de toques místicos y exóticos. Había desde piedras preciosas hasta máscaras vudú, aportadas por el reciente nuevo residente, el cual se acercaba a zancadas hasta Neófita sosteniéndose uno de sus tres grandes dedos con una mueca de dolor.
- ¡Neo! ¿Dónde e'taban lah vendah? - inquirió, mostrándole tal vez demasiado de cerca el corte que se había hecho en el dedo, del que manaba una gran cantidad de sangre. El trol había estado desollando las últimas presas de la mañana hasta entonces, en preparación para el invierno que se avecinaba. Si bien en la jungla las temperaturas no llegaban a hacer tan frías, la gran cantidad de precipitaciones haría que el frío les calara hasta los huesos.
Rala, ya te lo he dicho miles de veces – le respondió la elfa en Zandali también, el cual sonaba demasiado armonioso en sus labios -. ¿Es que no te acuerdas nunca?
- ¿E'táh diziendo que loh trol tenemoh cabe'a de chorlito? - espetó Rala, alzando una ceja y mirando con gesto de irritación a Neófita.
La elfa, que se había parado para ir a buscar las vendas, dejó caer la mandíbula y se congeló en el lugar, devolviéndole la mirada a Rala con gesto de incredulidad y, quizás, desolación. "¡No!", pensó, "lo he echado todo a perder...". Se llevó una mano a la boca y desvió la mirada hacia una ventana que daba al exterior.
Al verla preocupada, Rala sonrió para sus adentros y se puso de pie. La verdad es que le encantaba incomodar a la elfa, y disfrutaba viendo las caras que ponía. Sabía perfectamente dónde estaban las vendas, pero quizás, sólo quizás, quería que Neófita se encargara de tratar su herida. Se puso de pie y se acercó a ella, obstruyendo su visión.
- Eh una broma, mon – le dijo sonriendo levemente -. Pero de verdáh necezito esah vendah...
Neófita parpadeó incrédula, sin saber si pegarle un puñetazo o arrojarlo por la ventana. Sin embargo, bien sabía que no podía hacer ninguna de las dos cosas, así que tan sólo se dio la vuelta y se dirigió al aseo donde tenía guardado un botiquín, un par de habitaciones más allá, pero que recorrió rápidamente. Hacía ya un par de meses que el trol se había instalado en su hogar, y a veces, como ese día, se preguntaba cómo se había adaptado tan pronto a su presencia.
La comunicación al principio era algo complicada, pero con el tiempo pudieron aprender lo más básico del idioma de cada uno; ahora, casi no tenían problemas para entenderse. También, había quedado claro al poco tiempo, que ninguno tenía la intención de tirarse sobre el otro a rebanarse el cuello, lo cual, para ambos, era un alivio, pues ambos estaban cansados de la guerra y sólo querían vivir en paz. Habían hablado de eso toda la mañana. Entre todas las diferencias que había entre ellos, el hecho de que coincidían en su odio por las guerras era lo que había hecho que pudieran convivir casi sin problemas.
Rala estaba maravillado con el hogar de Neófita, construido especialmente para vivir sin tener que involucrarse de más en los problemas entre la Horda y la Alianza. Sin embargo, entendía perfectamente que nada de eso duraría por siempre. Las obligaciones volverían a separarlos, y además él sabía lo que quedaría de Draenor en un futuro... Pero le gustaba poder vivir despreocupado, aunque fuera una ilusión que no duraría demasiado. Las pocas veces que sacaba el tema a colación, entendía que la elfa pensaba lo mismo, pues su semblante cambiaba inmediatamente con la sola mención de que algún día se vería obligada a abandonar aquel lugar.
- Lo sé... - había dicho ella alguna vez -. Pero, aquí es tan hermoso y tranquilo. ¿Crees que exista algún lugar así en Azeroth?
Los pensamientos de Rala se vieron interrumpidos cuando Neófita regresó con una venda, algunos parches de lino y una botella rellena con un líquido que Rala sabía que ardía bastante pero que cauterizaba heridas en un santiamén. Dejó que la elfa se sentara frente a él para tratar su corte, a la vez que también se encargaba de controlar el pescado frito para que no se queme demasiado. Una vez estuvo listo el vendaje, era ya también la hora de comer. Se sentaron a la mesa de la habitación contigua, que daba a la ventana, y comieron despacio y en silencio. No acostumbraban a hablar mucho cuando estaban comiendo, pues a ambos les resultaba algo incómodo tener que verse estando tan cerca.
Es que aún les costaba asumir que estuvieran cara a cara, siendo cada uno lo que eran: un trol y una elfa de la noche, un Cazador de las Sombras y una centinela de Teldrassil... y lo más importante: un miembro de la Horda y una de la Alianza.
Mientras los pensamientos de Neófita deambulaban en esa idea, miró a Rala de reojo, quien estaba muy concentrado en su pieza de pescado como para prestarle atención a ella.
El trol era apenas más alto que ella, pero sí mucho más robusto. Tenía el pelo enmugrado y largo, con una parte suelta y otra parada en picos, de un color rojo tan intenso como el del atardecer. Según él, antes lo tenía de color azul oscuro pero lo teñía con la sangre de sus enemigos, cosa que Neófita se rehusaba a creer y asumió que era una historia del trol para hacerla asustar (cosa que no logró, pero sí le había hecho sentir repugnancia, y el trol se río a carcajadas de su cara de asco). Tenía la nariz puntiaguda, ojos oscuros y sus colmillos no eran tan grandes como había creído la primera vez que lo vio.
Rala se percató de que la elfa no estaba comiendo por estarlo mirando y esbozó una sonrisa de lado. Ella percibió el gesto de inmediato y, nerviosa, se metió un gran bocado de pescado en la boca y bajó la vista al plato. El trol resopló divertido y continuó con su almuerzo.
Al cabo de un rato, Rala volvió a la labor de desuello, a la cual Neófita se había ofrecido a continuar, pero él dijo que el corte no era tan grave como para impedirle seguir. La elfa entonces, sin nada más que hacer, bajó por unas lianas hacia unas habitaciones más abajo donde dormitaban las mascotas de ambos, y dedicó el resto de la tarde a cuidar de ellas.
Llegada la noche, cada cazador se retiró a sus habitaciones para dormir. Rala ocupaba una improvisada habitación nueva cavada en el tronco de un árbol. Algunos cueros echados en el suelo hacían de colchón y se cubría con unas mantas hechas de retazos de paños sobrantes; no sería lo más cómodo que había probado, pero era algo así como una cama, y tenía un "techo". Era un lujo que hacía mucho tiempo no gozaba. Apenas y contaba con otras pertenencias, más que una suerte de arcos, flechas, cuchillas y armaduras sorteadas por el suelo o colgadas de las paredes. Tenía un par de accesorios de su tribu que normalmente llevaba encima aún para dormir, exceptuando unos collares hechos de dientes de diversos animales.
La habitación de Neófita, por otro lado, era de las más grandes del complejo, y la elfa se había dedicado, según contó a Rala, durante semanas a armar una gran cama, pues siempre había soñado con un colchón bien cómodo sobre el cual dormir. El trol había visto el lugar una sola vez, pues no quería invadir la privacidad de la dueña de casa, y quedó realmente sorprendido: no sólo por el enorme tamaño de la cama, sino porque la habitación estaba hermosamente decorada. Tenía cortinas, colgantes, lámparas, alfombras y otro gran surtidos de cosas, ¡incluso un espejo!, que estaban hechos a mano. Todo recordaba al cielo nocturno, y el objeto más predominante en cada una de las decoraciones era la luna.
"Pueh claro... Eh una elfa de la noche despuéh de todo", había pensado el trol.
El día siguiente amaneció lluvioso. Como de costumbre, Neófita se había levantado temprano para colocar tazones de barro debajo de cada una de las numerosas goteras. Las lluvias eran casi permanentes en la jungla, y si bien ambos se encargaban de tapar los techos con tablones o cementos caseros, siempre había un agujero nuevo que cubrir. Muy a su pesar, Neófita se dirigió a la habitación del trol para pedirle ayuda. No le gustaba tener que pedirle cosas, pero como condición por dejarlo quedarse en su casa, él le había pedido por favor que le asignara tareas de las que ocuparse.
Una vez atravesó las cortinas del apartado de Rala, la elfa se cubrió la nariz y la boca. El olor que había era terrible, intensificado por la lluvia. Desde que llegó, no vio que el trol se bañara ni una sola vez, lo mismo su ropa de cama: todo el olor se impregnaba en ella.
Neófita se acercó a él para despertarlo, justo cuando él se volteaba dormido, viendo en la dirección que estaba ella. La elfa se quedó mirándola atontada unos momentos; aún no podía creer que estuvieran tan cerca después de todo. Suspiró levemente, y simplemente se quedó observándolo: las marcas y cicatrices de su cara, la piel porosa y grasosa, los colmillos amarillos por la falta de aseo.
¿Por qué nada de eso le resultaba repulsivo?
¿Por qué se alegraba de verlo allí cada mañana?
Ya ni se gastaba en negarlo: apreciaba tener a Rala allí todos los días. Era una gran compañía, a pesar de todo -y, de verdad que eran muchas cosas- lo que tenían en contra. Podía perderlo todo sólo por estar con él allí, y sin embargo no le importaba. Tal vez le recordaba en cierta forma a su hermana: traicionaría toda ética si la encontrara de nuevo, pero no le importaba.
No le importaba tener a un trol en su casa. No le importaba que su hermana fuera una maga. Nada de eso importaba: los dos podían ser sus enemigos, pero también eran las personas más especiales para ella.
Decidió no despertar a Rala esa mañana, y tampoco se gastó en intentar arreglar las goteras en los techos. Solo trepó a unos de ellos para entonar una canción; una suave melodía en la lengua de los elfos que expresaba sus sentimientos más profundos:
Es verano en las colinas,
recuerdo esos días brumosos:
corríamos, con todo el mundo a nuestros pies;
viendo cambiar las estaciones,
nuestros caminos estaban llenos de aventuras.
Las montañas en el camino
no nos impedían ir al mar.
Aquí estamos, brazos abiertos:
Este es nuestro hogar, donde estamos.
Siempre fuertes, en el mundo que creamos.
Aún te escucho, en la brisa;
veo tu sombra en los árboles.
Me aferro, a esos recuerdos que nunca cambian.
- ¡Ehh! Esa eh la canción que cantabah cuando te conocí...
Neófita respingó, llevándose ambas manos al pecho, y giró lentamente para ver al trol que se acercaba hacia ella, soñoliento. Él bostezó antes de hablar de nuevo.
- No te había escuchado cantar desde entonce'. Ahora entiendo un poco má' la letra... ¿De quiéne' habla? - preguntó Rala, frotándose los ojos.
Neófita miró hacia otro lado antes de contestar, pensando. El trol ciertamente era hablador por las mañanas; ella era lo contrario... o mejor dicho, nunca hablaba demasiado.
El trol se quedó mirándola esperando una respuesta. Era demasiado desconsiderado con los sentimientos de los demás, quizás porque era muy despreocupado como para que algo como eso le preocupara. Sin embargo, fue paciente con la elfa, pues quizás era un tema del que no le gustaría hablar, mucho menos con alguien como él. Frunció el ceño al pensar en ello: no quería verla como una enemiga, ni tampoco quería que ella lo vea así a él, así que el sólo pensar las cosas de esa manera le molestaba.
- De mi hermana y de mí – respondió ella por fin, dándose la vuelta. El viento le alborotó un poco el largo y verde pelo. Normalmente lo llevaba recogido, pero esa mañana hacía más frío que de costumbre, así que lo había dejado suelto para protegerse del viento helado. No dijo nada más, así que Rala interpretó el silencio como señal de no ahondar más en el tema, así que calló.
El resto del día resultó bastante incómodo, pues no paró de llover en ningún momento y ambos se vieron obligados a compartir bastante tiempo juntos. Rala oyó a la elfa quejarse toda la tarde de la humedad y su cabello, que ahora lo había recogido en una larga trenza, y de lo mucho que necesitaba un buen baño.
Rala no acostumbraba a bañarse, porque la mayor parte de su tiempo la pasaba en el campo de batalla, y el campo de batalla no lo necesitaba limpio precisamente; pero veía que Neófita se aseaba siempre que podía. Por primera vez se preguntó si su hedor sería muy fuerte, y se encontró oliéndose una axila como acto reflejo.
Entonces escuchó a Neófita dando una palmada. Miraba hacia el techo emocionada, como si se le acabara de ocurrir algo. Rala le preguntó qué había pasado, a lo que ella respondió que se había decidido a construir una nueva habitación. Tenían baños, sí. Pero quería construir una gran tina para algo caliente, algo que ella llamó "baño termal" en Darnassiano, algo que Rala no entendió.
De todos modos, él le dijo que no estaba mal la idea, y que la ayudaría con la construcción: ya que le gustaría probar el baño a él también.
Neófita se emocionó aún más. No sólo porque tendría su baño aún más pronto de lo que esperaba, sino también porque le intrigaba saber cómo se vería el trol debajo de tantas capas de mugre.
