Gracias por leer y por los reviews: Heredhra, CrisBlack, Notsoblu, nanai.malfoy, Erea, Orden del Fénix, BarbaraNakamura, Nicole Daidouji, dianetonks, Yedra Phoenix, XKelidaX, herminione, mArTa, lara evans, danae kementary, Christhine (anónimo, muchas gracias también :), blackstarshine :). Os pongo en común algunos comentarios:
Sobre el "enemigo": el Grim, la Muerte, Grindelwald… No, frío frío... el personaje es de carne y hueso, es humano. Uno de los mortífagos está aquí identificado. También hay una mujer, ella es muy fácil de adivinar, si no ahora, dentro de muy pocos capítulos.
Sobre el carácter de "darkfic": no hay torturas ni cosas de esas que usan los fics para aterrorizar. Me mola más el terror psicológico, se apreciará mucho más en Hogwarts... imaginarnos el castillo de noche, en la oscuridad, durante el invierno, con los fantasmas... Las pesadillas del primer capítulo serán más reales a medida que avance el fic.
Sobre las parejas: Sí, Draco sigue con Hermione, pero poco a poco les voy a complicar la vida. Me está tentando un tercero en discordia mucho-mucho, me gusta este personaje (las dramioneras no me echéis a los lobos todavía xD). Harry está con Ginny y todavía no me planteo complicársela. Ron tendrá un triangulo amoroso. Draco NO será Premio Anual ni hay dormitorio de Premios Anuales (lo siento, no puedo con las tramas de PA's que comparten sala común.)
Para quienes venís del Annex de las Reliquias: apuntad los siguientes: el que lleva los brazos ocultos bajo las mangas es ese "enemigo" (no lleva máscara de mortífago), el que trae a la víctima (identificado en este capítulo), y la víctima del Imperius. Por cierto, no, ni Draco ni Harry están en esa asamblea, hablan sobre uno de ellos, eso sí.
Para quienes venís del fic de la Escoba: sobre ese "Extra" de El Profeta redactado a través de una crónica de Rita Skeeter… sí, hay también alguna pista, pero la fiabilidad de Rita deja mucho que desear... si habéis leído su crónica de la boda, habréis visto que oye campanas y no sabe dónde... pero las oye, al fin y al cabo... ¡muajajajaja!
Conclusión, durante todo el fic dejaré también datos y pistas sobre la trama oculta (las maldades mortifaguiles). Algunas serán engañosas, no con mala uva, sino para que juegues tú con tus deducciones. Por otro lado, están los temas personales: las relaciones de familia y de amor. El fic no se centra sólo en unas pesadillas o en un malo-maloso y una parejita estupenda, sino que se centra en varias parejas y en unos hermanos, unos padres, unos amigos.
Arranca fuertecito, (como mi coche cuando meto primera de sopetón xD), así que paciencia, porque hay angst para todos los personajes. Disculpad la nota de autor tan extensa.
Capítulo largo: hala, al baño, a comer o lo que sea antes…
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"Siempre los inocentes son las primeras víctimas. Ha sido así durante los siglos pasados y lo es ahora." - Ronan. Harry Potter y la Piedra Filosofal.
"¿Cuántos tendrán el valor de regresar?. ¿Y cuántos serán lo bastante locos para no hacerlo?" - Lord Voldemort. Harry Potter y el Cáliz de Fuego.
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Capítulo 2. Las primeras víctimas
Jueves 30 de abril de 1998 (Noche de Walpurgis)
Stonehenge. Wiltshire, Inglaterra.
Una figura alta prendió unas llamas sobre una enorme roca en el centro de los megalitos.
"Conseguido. Está bajo el Imperius." susurró, sus brazos ocultos bajo las amplias mangas de una túnica negra. "Mulciber no falla jamás con ese hechizo."
"Sí… recuerdo el gran fracaso de Lucius." respondió una voz de mujer a través de las llamas. "Sabía que Mulciber no daba margen de error."
El hombre, oculto bajo la capucha, esbozó una media sonrisa. Los once asistentes, en silencio, observaban las llamas con un prudente silencio.
"Ahora te toca a ti." Respuso el encapuchado con una voz desapasionada.
"No te pongas nervioso. El curso no empieza hasta el 1 de septiembre. Todavía no tengo el listado definitivo de estudiantes. Tú encárgate de la limpieza, yo me encargo de decirte a quiénes."
"Recuerda, si él no va, no hay trato. Ni tú ganas, ni yo gano."
"Me juego mucho importando determinadas cosas, tú estás cómodamente en las sombras, pero te recuerdo que quien da la cara soy yo." contestó ella a través de las llamas, con enojo.
"Tú aceptaste entrar en el juego. No vengas ahora con remilgos. Además… si todo sale bien, tendrás todo el camino despejado para dirigir el Ministerio." respondió con suavidad el hombre encapuchado.
Ella sonrió levemente, a través de las llamas; la ambición marcaba sus rasgos.
"Ya lo hago, aunque desde la sombra. Scrimgeour está ciego."
"¿Cuándo crees que llegará nuestra importación?" preguntó él directamente.
"Agradece que tenga contactos en el Ministerio de Magia griego, ellos no hacen preguntas. Me encargaré de ampliar las competencias del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas. Lo tengo todo planificado."
"Querida..." dijo con un acento meloso el hombre. "¿Sabes qué día es hoy?"
La mujer pareció vacilar, no tanto porque no supiera en qué día vivía, sino por lo extraño de la pregunta.
"No lo sabes... Vaya, qué pena..." susurró el hombre con un acento sarcástico. "La primera gran noche mágica del año. Me sorprende que no lo supieras. No nos defraudes... o no tal vez no llegues a disfrutar de la segunda gran noche mágica."
"¿Me estás amenazando?" preguntó ella, indignada, pero con un matiz de temor en su voz.
"Oh. No. Por favor, nada más lejos de la realidad... Tan sólo constato un hecho. Cumple tu parte, y yo cumpliré la mía." sentenció, sin elevar en ningún momento el tono de voz.
Las llamas se extinguieron. El individuo se quedó un rato en silencio.
"Tú haz el trabajo sucio." susurró. "Ingenua…" apostilló, con una leve sonrisa.
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Martes 14 de julio de 1998
Mansión Malfoy. Wiltshire, Inglaterra.
La Mansión Malfoy. Una antigua casa de estilo inglés del s. XVII, en Wiltshire, Inglaterra. Había pasado de generaciones en generaciones al heredero de una de las familias de magos más ricas e influyentes del Reino Unido.
Julio de 1998 no era diferente en este sentido de un julio de 1798, o de 1898. Había riqueza, poder y un heredero. Pero esta vez, ahora sí que había algo diferente. El mismo Draco Malfoy salió del baño de su dormitorio, en el segundo piso; no dejaba de pensar en lo mucho que había cambiado su vida en los últimos meses. Hacía tiempo que había empezado a tomar conciencia de la situación en la que se habían quedado su madre y él tras la muerte de Lucius, hacía menos de un año. Económicamente habían conseguido que el Ministerio de Magia no se metiera especialmente con ellos, Lucius había tenido aliados dentro, pero también se había generado algunos enemigos. Especialmente tras la caída de Lord Voldemort, sus seguidores tenían que ocultarse y negar cualquier fidelidad. Y Lucius había demostrado dónde estaban sus simpatías, antes de su ingreso en Azkaban.
Ahora Draco era responsable de limpiar el nombre de la familia, continuar la tradicional influencia en la política mágica del Reino Unido, y mantenerse en una posición lo más cómoda posible entre antiguos seguidores de Lord Voldemort y sus detractores. Situación difícil, porque Lucius había sido un mortífago. Pero Draco no, y colaboró (si bien a regañadientes) en la lucha contra Lord Voldemort. Por tanto, Malfoy tenía aliados y enemigos a partes iguales.
Narcissa había empezado a aprender a vivir sin el hombre con el que había compartido unos veinte años de matrimonio. A costa del aislamiento y de aferrarse a su hijo. Que por otro lado, había resultado una esperanza y una decepción a partes iguales. Sobre esto último, las generaciones pasadas se habrían revuelto en sus tumbas del panteón familiar.
Por un lado, su hijo había sido su esperanza: a fin de resarcir a las víctimas de Voldemort y Lucius Malfoy, a nadie se le ocurriría ahora expropiar la Mansión Malfoy, ni congelar las riquezas de la Cámara familiar en Gringotts a su heredero, alguien que había apoyado al mismísimo Harry Potter.
Pero por otro lado, el último de los Malfoy había resultado ser un traidor a la sangre. Había tomado con responsabilidad su papel de único heredero de una de las más antiguas y prestigiosas familias de magos, pero tal vez tanta relación con Potter no podía ser una buena influencia: por lo pronto, vivía en Londres. Y Narcissa sospechaba que por algo más que por estar más próximo al Ministerio de Magia y seguir siendo tan influyente como lo fueron su padre y su abuelo antes que él.
En Londres. Su hijo vivía entre muggles.
Draco sentía que la Mansión era como un hotel. Si quería descansar y huir de la estrafalaria Londres, no tenía más que desaparecer en su propia chimenea, en la zona tomada por empleados del Ministerio de la Magia, en Elephant & Castle, y presentarse en la casa de su madre. Pero toda esa grandeza era impersonal, era exactamente como estar en un hotel. Una grandeza distante, fría, estudiada. Parecía que otro Draco Malfoy era el que había vivido ahí, y no él.
Le aterraba pensar que su vida estaba yendo a la velocidad de una Saeta de Fuego, y que él no controlaba su destino. ¿Deseaba de verdad eso?
Se había pasado media mañana tratando de encontrar algo que despejara sus dudas sobre la pesadilla que había tenido hacía unos días. Su madre sí sabía de interpretación de sueños, de estrellas y constelaciones y de Adivinación en general. Pero no quería arriesgar a que vinculara directamente su sueño con algo más.
Algo que incluso él no quería averiguar. Tenía dudas. Sobre sus afiliaciones. Sobre su futuro. Y también sobre ella.
En unos meses se cumpliría un año desde que mantenía una relación con una hija de muggles. La amiga del que había sido su peor enemigo en el Colegio. La que se había encargado de superarle en todas las asignaturas. De la que se decía, era la bruja más inteligente de su edad.
Y todo eso era cierto.
Dejó el uniforme de entrenamiento de quidditch tirado descuidadamente sobre la cama, y se sentó en ella. La búsqueda de información sobre ese sueño en la biblioteca familiar había resultado infructuosa, aunque es verdad que no había puesto mucho interés. Probablemente la pesadilla era producto de su propia inseguridad y dudas personales.
Consultó el reloj; sólo eran las 9:00. Una de las cosas que también asemejaban a la Mansión Malfoy con un hotel de lujo, era que podías bajar a la hora del desayuno cuando te diese la gana. Es cierto, en esto se parecía a un hotel, pero además se diferenciaba de la rigidez y puntualidad británicas, tan comunes a otras familias mágicas. En la Mansión Malfoy siempre había comida servida en el comedor diurno, cerca de la cocina. Su madre solía desayunar las 8:00, ella seguía manteniendo la rutina que tenía cuando vivía Lucius, quien solía hacerlo a las 8:15 para salir a las 9:00, generalmente para realizar sus visitas en el Ministerio. Ese cuarto de hora era suficiente para que Narcissa revisara y supervisara la preparación del desayuno por parte de sus elfos domésticos.
Con un toque de varita, Draco se secó el cabello, húmedo tras la ducha. Draco casi prefería comer solo que en compañía de su madre. Esos incómodos silencios. Tantas cosas que se decían sin palabras, tantos reproches. Él venía a la Mansión de vez en cuando, pero no tenía especial interés en quedarse mucho tiempo. Amaba a su madre, pero sabía que había temas imposibles de entender. Uno de ellos era Hermione Granger.
Ella estaba pasando un mes de vacaciones con su familia en Grecia. Qué rabia… con el calor que hacía en Grecia en agosto. Ya era mayorcita, en un par de meses cumpliría los 19 años… ¿qué hacía entonces con sus padres, como si tuviese 12?. Y no, no le hacía gracia que estuviese allí…
Se pasó una mano por el pelo, y lo apartó de los ojos, mientras se estiraba sobre la cama para abrir el cajón de la mesita al otro extremo. Extrajo una carta. Volvió a sentarse entre las revueltas sábanas. Y pensó que a lo mejor era la presión lo que le provocaba pesadillas:
Primero, el tratar el tema Granger en la Mansión como un tabú.
Segundo, el tener que manejar los asuntos de su padre con una mezcla de diplomacia y savoir faire.
Tercero, bregar con algunos personajes que habían tenido trato con su padre en su oscuro pasado, una guerra fría. Ellos no estaban interesados en que sus asuntos turbios salieran a la luz, y a Draco Malfoy tampoco, si quería ser un respetable miembro de la alta sociedad mágica de esta nueva época. De este modo, en los últimos meses se había producido un pacto de caballeros, nadie sacaba a relucir temas comprometedores del pasado, y todos contentos.
Y cuarto, pensó abriendo el sobre por enésima vez, el que tuviese que dar apoyo a Horace Slughorn como profesor de Pociones.
"Casi habría preferido ser el puto Premio Anual"
No es que dar clase le incomodara. Draco sonrió con arrogancia, ese hábito que le hacía ganarse un codazo en las costillas cada vez que Granger lo veía. Pero era automático, era un gesto inconsciente.
No… no le asustaba dar clases. Al contrario, ser el centro de atención, aunque fuese de un grupo de niños de 11 años no era una situación que le presionara. Sin embargo, tenía que compatibilizar un grupo entero de niños con sus propios estudios, y los EXTASIS. Además, habría el doble de alumnos de primero este nuevo curso, ya que el anterior, por la batalla, fue cancelado, y se habían acumulado los alumnos que tuvieron que cursar primero, con los nuevos incorporados de este año.
Por no mencionar que los más de 300 estudiantes que estarían en Hogwarts estarían locos por volver a tener a Potter entre ellos. El héroe Potter. Lo más fastidiado... era que encima había aprendido a "tolerar" a Potter.
Draco tenía intención de superar el curso con altas calificaciones; lo que no tenía claro era para qué.
Tenía dinero, suficiente como para no necesitar tener un empleo, ni él ni sus descendientes en varias generaciones.
Tenía prestigio (aunque le estaba costando un triunfo). Tal vez no tanta influencia como antaño.
Tenía una madre que a pesar de todo lo quería.
Y tenía una novia a la que él quería, pero empezaba a preguntarse si por esa razón él se estaba convirtiendo en algo que no era: Un traidor a la sangre. Un amante de muggles.
Ése sería un Weasley. No un Malfoy.
Granger... Draco había tenido la necesaria experiencia sexual y emocional para saber qué era lo que sentía por ella. Cuando ella estaba cerca era plenamente consciente de su presencia física... de sus ojos oscuros, inquisitivos, curiosos e inteligentes, de la espesa mata de cabello rizado que caía sobre los hombros, de su figura, ni voluptuosa ni raquítica... Granger no era sólo eso, era su esencia lo que aportaba a su vida: su visión, su perspectiva, su ilusión, su tenacidad y su empuje.
Aun así, el recuerdo de la pesadilla, ese doppelgänger de Granger era más terrorífico que el pensar en su propio prestigio. En los entresijos del Ministerio... el pasado de Lucius... el futuro de su madre...
Quizá no sabía de Interpretación de Sueños, pero sí sabía cuando algo le preocupaba.
"A la mierda…"
Se levantó y fue directamente al estudio de la biblioteca, en la entreplanta. Nada más salir, escuchó a los elfos recoger su habitación y cambiando las sábanas. Era el único ruido que se escuchaba en la tranquila Mansión.
Pasó a la biblioteca, iluminada por el sol de principios de julio. Los arcos y las estanterías de madera daban una calidez que invitaban a la lectura relajada, muchas veces se había sentado en la mesa del centro o en los sofás del fondo, junto a la chimenea, para disfrutar de algún libro. Pero no iba a leer esta vez. Dentro de la biblioteca, separado por una mampara que aislaba el ruido, estaba el antiguo estudio que su padre utilizaba como despacho.
Se sentó en la silla tapizada de verde y dorado. Tomó una hermosa pluma de águila y levantó la cubierta en piel sobre el escritorio, que guardaba diferentes tipos de pergaminos, con diferentes gramajes y tamaños. Todos con el blasón familiar, todos perfectamente colocados. Tomó uno al azar, y empezó a escribir, preguntándose cuánto tardaría su lechuza más veloz en llegar a Grecia.
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Viernes 17 de julio de 1998
Ministerio de Magia. Londres, Inglaterra.
"No… no puedo… de verdad."
"Penny, por favor, es una cena con mis padres, celebramos que mi cuñada Fleur está embarazada…"
"No puedo. Lo siento. No puedo…"
"Vamos… ¿qué te pasa…?. Si te da vergüenza cenar con mi familia, no te apures; ya saben que estamos juntos, y mi madre estará muy contenta, seguro que se lleva una enorme sorpresa si vienes conmigo. La aviso de inmediato... todavía faltan un par de horas para la cena…" Percy sonrió. "Ya sabes, en una familia numerosa, donde caben nueve caben doce..."
"No, de verdad. Es que... No... No debo." Penelope Clearwater vaciló y tragó saliva, desviando la mirada y volviendo sobre su escritorio. "Lo siento, Percy, es que tengo mucho trabajo..."
"Estás muy rara. ¿Puedo ayudarte?"
"No, Percy, ya has hecho mucho... me has ayudado mucho... con las importaciones..."
"No fue nada. Si no cooperamos entre departamentos, esto no funcionaría. Hoy en día aún menos. Esto es un caos. Además, estoy comprometido con el tema de las razas mágicas, no es ningún esfuerzo. Vamos… no hay nada que no puedas terminar mañana por la mañana..."
Ella emitió un gemido. Parecía que estaba a punto de echarse a llorar, con la cabeza baja, sentada detrás de la mesa. Percy frunció el ceño y cerró la puerta del despacho. Se acercó a ella y se acuclilló a su lado.
"Penny… me estás asustando… ¿qué ocurre?" preguntó Percy muy serio.
Ella se retorció las manos, nerviosamente. Apartó la mirada, y se colocó un rizo oscuro detrás de la oreja. Vacilante.
"Esta noche…"
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Grimmauld Place, 12. Londres, Inglaterra.
Parecía mentira, pero Grimmauld Place, al cabo de los meses, había empezado a tomar la forma que en su día debió de convertirla en una de las Casas mágicas más impactantes del Reino Unido. No era una mansión solariega, ni una villa de estilo victoriano en el campo inglés, ni un cottage; era tan sólo una casa en una acomodada calle muggle, en el centro de Londres. No obstante, guardaba en su interior años de historia, cientos de recuerdos y había sido testigo de historias complejas que incluso guardaban una relación muy estrecha con su actual propietario.
Otra cosa que destacaba Grimmauld Place de una simple casa muggle, era su carácter indetectable. Los hechizos protectores que habían utilizado Orion Black y Dumbledore habían convertido esa casa en una pequeña fortaleza. Además, era la sede de la Orden del Fénix, una asociación secreta fundada por Dumbledore a la que pertenecían magos y brujas desde hacía generaciones para enfrentarse a Voldemort y sus mortífagos. Un muggle vería que la calle pasaba del 11 al 13, y pensaría que a alguien se le habría olvidado el 12. Es más, los vecinos del 11 y del 13 no sentían que entre ellos había de verdad un número 12.
Harry no había estado tanto tiempo solo en su casa. Ron, Ginny, Hermione, Molly, incluso Fred y George, Neville, Luna… habían pasado muchas veces a ayudar a Harry a desinfectar y desinsectar una Casa que finalmente podía llamar "hogar".
Con recelo y malestar; al principio Harry sentía como propio el odio y la repugnancia hacia esa Casa que había sentido su anterior dueño, Sirius Black. Sin embargo, Harry no había sentido nada, no guardaba un recuerdo desagradable cuando tocaba un cubierto de plata goblin con el blasón de los Black. No sentía rabia cuando había apilado la cristalería o reparado alacenas; tal vez Sirius tuvo algún castigo estilo muggle como limpiar todos aquellos pequeños tesoros, por el simple hecho de ser un traidor a la sangre y tener amigos hijos de muggles o mestizos. Por eso los desechó hace apenas tres años, durante su reclusión en la Casa. Harry no lo sabría ya nunca.
Así que decidió ser práctico. Optó por limpiar y salvar lo necesario y recuperable, y deshacerse de lo innecesario e inútil. En cualquier caso, había antiguos libros, viejas cartas, algunas fotografías de personas que ni siquiera conocía. Decidió llevarlo al trastero. Eran objetos inservibles, para él no tenían valor emocional, pero no se sentía legitimado para borrar ese trozo de historia como si fuese un nuevo inquilino. Harry no había conocido apenas sus raíces; esto era lo más aproximado que tenía con un pasado, aunque fuese adoptivo.
Se había propuesto que su primera Casa como un adolescente por fin emancipado fuese acogedora, que no le trajera recuerdos desagradables; quería respetar lo que significaba su historia, pero también quería empezar de cero. Grimmauld Place para él era su hogar. El número 4 de Privet Drive le provocaba a él el mismo dolor que a Sirius le causaba esta antigua Casa. Borraría el dolor, pero conservaría lo bueno también.
Le había costado, por supuesto, recuperar el antiguo color de las cortinas, reparar los agujeros de las polillas, acolchado de nuevo los sofás y colchones… Algunos muebles, alfombras y tapices habían quedado ya definitivamente arruinados por la magia oscura, la actuación de insectos, doxies o ratas.
Pero la verdad es que al final el esfuerzo había tenido su recompensa. Donde había columnas forradas de paneles de madera astillada y semipodrida, ahora relucían con una madera de color caramelo y miel. Las paredes cubiertas de seda ahora relucían en diferentes tonalidades según la estancia. El color rojo oscuro del salón a Harry le recordó mucho a la sala común de Gryffindor, y se preguntó si ese color fue así siempre. Por lo poco que sabía, Harry dudaba que Orion y Walburga Black hubiesen tenido algo rojo en su vida.
Pero quien había resultado imprescindible para recuperar el antiguo esplendor de la Casa fue Kreacher. Harry comprobó la hora, tenía que salir ya hacía La Madriguera si quería asistir a la cena de celebración por el embarazo de Fleur.
Kreacher entró en la habitación tras unos leves golpes, y depositó encima de la cama una capa de viaje perfectamente limpia y planchada.
"Gracias, Kreacher."
El elfo iba a hacer un amago de reverencia, pero se acordó de que el amo Harry no quería semejantes gestos de sumisión.
"La chimenea está preparada para su marcha, amo Harry." Comentó Kreacher. "He rellenado el cuenco junto a ella de Polvos Flu."
"Gracias otra vez." Comentó Harry. El elfo desapareció con un saludo y un breve crack.
Mientras se colocaba la túnica, Harry pensó cómo surgió todo: Una noche, a principios de la primavera, Harry se había quedado solo frente a la antigua chimenea del Salón. En el relieve en mármol y piedra se distinguía con claridad el emblema de los Black. Harry dejó el vaso de chocolate caliente y muffins que estaba tomando sobre la mesita frente a los sofás, y se acercó más. En la repisa todavía quedaban marcas de lo que un día debió de reposar ahí, presidiendo la chimenea. Formas rectangulares y estrechas de marcos de fotografías; lo recordaba, Sirius había tirado la mayoría de ellas.
Kreacher sin embargo, logró salvar unas cuantas. Para su propio desagrado. Harry no tuvo ninguna contemplación en arrojar al fuego las fotografías de Bellatrix que encontró en la madriguera del elfo doméstico, ahora trabajando en Hogwarts. Algo que probablemente no contribuiría a que le tuviera algún respeto, si es que le quedaba alguno.
"¡Qué fuerte!... soy propietario de un elfo doméstico que me odia. Me pregunto si mis padres o mis abuelos llegaron a tener alguno…"
Ser propietario y ser poseedor son dos cosas muy distintas, claro…
Cuando había subido a su dormitorio, abrió el vestidor, y entre las cajas de zapatos extrajo una caja de madera de caoba que había encontrado en Grimmauld Place y que permitía que sus contenidos fueran invisibles. Ahí estaban gran parte de los objetos que había llegado a estimar: el espejo de Sirius, el álbum de fotos de sus padres que le regaló Hagrid, la snitch que atrapó Ginny justo en el partido anterior a que empezaran a salir, el cuchillo ya inservible que le regaló Sirius, una foto de su primer equipo de Quidditch… Entre esos objetos, una minúscula carta que resultó ser crucial para acabar con Voldemort. Escrita por el hermano de Sirius.
Cerró la puerta del vestidor, se descalzó sobre la tarima de madera y se sentó en el sofá de su dormitorio; con un golpe ausente de varita encendió la chimenea. Por fortuna la chimenea de su dormitorio no conectaba con la Red Flu. Así no había riesgo de que lo encontraran en alguna situación embarazosa ni tampoco ningún visitante acabaría achicharrado por las llamas. Entendía que este dormitorio fue la antigua habitación de Orion y Walburga; por su tamaño y por los muebles, parecía que era la habitación principal de la Casa.
"¡Kreacher!" gritó, convocando al elfo doméstico, que se encontraba junto a decenas de los de su raza en las cocinas de Hogwarts.
Con un crack, el elfo doméstico se presentó ante él, con una mueca de desprecio y de profundo odio en su rostro.
"¿Sí, amo?" preguntó el viejo elfo con la mandíbula tensa.
Pero Harry había aprendido muchas cosas de Dumbledore. Una de ellas era entender a los demás. Y esforzarse especialmente en entender a aquellos que no eran tan semejantes a él. Ahí era donde residía la nobleza. Pensó en quienes asistieron a su funeral… desde ogros hasta sirenas, pasando por centauros.
"Disculpa la molestia, Kreacher. Pero llevo mucho tiempo buscando respuestas." Abrió con delicadeza la carta, y se la mostró a Kreacher. "¿Reconoces esta letra?"
El viejo elfo cayó de rodillas, y se echó a llorar. De todas las reacciones que Harry había pensado, ésa era la que menos probable sintió. Gritar, pelear, chillar, maldecir, autoflagelarse…
Se acordó de su propia soledad, durante sus años anteriores a Hogwarts, en una alacena debajo de las escaleras. Sin nadie que lo ayudara, animara, o reconfortara. Tal vez Kreacher no era tan diferente a él, después de todo. ¿Acaso los Dursley no lo habían tratado a él como un mago trataba a su elfo doméstico?.
Muy probablemente.
Harry se negó a maltratar a ninguna criatura que fuese considerada "inferior" a él, desde entonces. Harry consultó el reloj. En una hora tendría que salir hacia La Madriguera para la cena de celebración del embarazo de Fleur.
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La Madriguera. Ottery St. Catchpole, Inglaterra.
"¡Es la última vez que lo digo, bajar ahora mismo, están a punto de llegar a cenar!"
Molly Weasley guardó la varita en el bolsillo del delantal después de haber doblado cuidadosamente las servilletas en la mesa. Sin embargo notó que una de los globos de luz que flotaban en el techo del comedor de La Madriguera debía de tener el encantamiento iluminador casi agotado. Volvió a sacar la varita y ajustó la luz.
Por las escaleras trotó Ginny, mostrando una alegría evidente. Su madre volvió a guardarse la varita y se dirigió a la encimera, donde humeaba el estofado.
"Ginny, te he dicho que no bajes las escaleras trotando como un caballo…"
"Mamá, eso me lo decías porque siempre insistías en que 'así no voy a encontrar novio', y tengo novio, y a él no le importa..."
Ginny colocó los cubiertos con la mano; todavía no era mayor de edad para utilizar la varita, pero comprendía el ansia que sintieron sus hermanos antes que ella. También acabaría "gastando" la varita de tanto usarla, una vez cumpliera 17 años.
"Además, no seas machista, mamá. A mis hermanos nunca les has dicho que no trotaran por las escaleras..."
Justo entonces entró por la chimenea Fred, entre las llamaradas verdes provocadas por el Polvo Flu.
"¡Buenas tardes a todos!" gritó; Ginny se dio la vuelta y sonrió a su hermano. Traía debajo del brazo un paquete.
"¿Qué es eso Fred?" preguntó Ginny, esperando cualquier tipo de artilugio de Sortilegios Weasley. Las llamas verdes volvieron a prender en la chimenea y George entró, sacudiéndose despreocupadamente los restos de Polvo Flu que estaban impregnados en su chaleco de piel de dragón.
"¡Hola familia!" George observó extrañado; tan sólo estaban su madre y su hermana. "Vaya… ¿no era una cena familiar…?"
Ginny sonrió, entregándole un puñado de tenedores para que ayudara a colocarlos.
"Tonto… ¿y nosotras qué somos, las vecinas de al lado?"
George amplió la sonrisa, captando la broma de su hermana. Levantó un dedo.
"Tú, jovencita, tendrías futuro en Sortilegios Weasley. No hace falta que te esfuerces para los EXTASIS el próximo año... podrías...".
"¡George!" gritó Molly, dándose la vuelta en la cocina, agitando la varita y soltando tomates cherry con cada movimiento. "¡Cuántas veces os tengo que decir que no digáis esas cosas a vuestra hermana!. ¡Bastante tengo con que vosotros dos hayáis dejado los estudios, como para que encima queráis influir en Ginny!" Agitó la varita y limpió los tomatitos que habían quedado estampados en el suelo. "Fred, George, id sentandoos." continuó la señora Weasley, e introducía la varita en el puchero del estofado y de ella salía un chorrito de jerez.
"Mamá, no te sulfates, si Ginny decide dejar los estudios no tendrá que ver con nosotros. Será que quiere fugarse con Harry." respondió George, agitando la varita y dejando perfectamente colocados los tenedores que le había dado Ginny. Guardó la varita y se frotó las manos en cuanto olió la cena. Fred fue a la encimera de la cocina y dejó el paquete. Al notarlo, Ginny estiró el cuello.
"No me has dicho qué has traído, Fred."
"¿¿¡¡Cómo que se fugaría con Harry!!??" preguntó indignada Molly, dándose la vuelta, los brazos en jarras.
"¡Mamá, yo no me voy a fugar con Harry!" respondió Ginny, echándole una mirada asesina a George. "Además, tú te fugaste con papá."
Molly cambió el rostro, y pareció tranquilizarse.
"Era... otra época. ¡Y habíamos terminado nuestros estudios!" dijo, volviendo a atender el estofado.
Fred, sin prestarle mucha atención a su madre, desenvolvió el papel que recubría el paquete. Molly estaba comprobando el estofado y por el rabillo del ojo sintió que uno de sus hijos más traviesos (si no el que más), estaba descubriendo algo que traía empaquetado.
"¡Fred!. ¡Más te vale que no sea algo que explote o reviente o haga ruido o…!"
"No mamá, qué poca fe tienes en nosotros…" Fred sacó el envoltorio. "Es una tarta, nada más."
Molly enarcó una ceja.
"¿Sólo una tarta?"
"¡Claro!. ¡No todos los días nos enteramos que vamos a ser tíos!" exclamó George. "Por cierto… ¿no va a venir nadie más?"
Molly comprobó la hora.
"Deberían estar ya aquí…" frunció el ceño. Ya no tenía el reloj familiar, se lo había regalado a Harry el año anterior. Era en esos momentos cuando era un reloj muy útil: cada manecilla mostraba qué hacía cada miembro de la familia. Pero justo en ese momento las llamas verdes anunciaron la llegada de alguien. Ginny y George se giraron hacia el salón para ver quién.
"Fred, vigila el estofado." le dijo su madre, mientras se limpiaba las manos e iba hacia la chimenea del salón con rapidez.
"Mamá, sabes que no tengo ni idea de cocinar..." dijo Fred, sacando su varita y mirando el estofado con terror.
"¡Fleur!" Molly ayudó a su nuera a salir de la chimenea.
"Tganquila, Molly, no soy una impedida y aún no tengo una baguiga de 10 kilos…" murmuró la joven con una sonrisa, sacudiendo los restos de Polvo Flu de su túnica celeste, pero aceptó la mano para bajar el escalón de la chimenea. "Buenas tagdes." Saludó, en cuanto entró en el comedor.
Todos saludaron a Fleur; las llamas volvieron a prender y pasó al salón Bill. Ron bajó trotando las escaleras con el cabello humedecido, murmurando de mal humor algo sobre los hechizos que secaban el pelo. Pig revoloteaba a su alrededor, y Molly se encargó de pedirle a Ron que lo dejara en su jaula, que no quería al pájaro picoteando la comida de la mesa.
Bill estaba sirviendo cerveza de mantequilla, su mano ennegrecida no parecía resultar tan afectada como ocurrió con Dumbledore; quizá era debido a la edad. Todos charlaban sentados alrededor de la mesa. Fleur comentó que Charlie, como disculpa por su ausencia, les había enviado unos diminutos zapatos hechos en piel de dragón, exclusivos y con la garantía de que no habían matado a ningún dragón para fabricarlos; Ron alargó el brazo para agarrar un trozo de pan del cesto, lo cual le sirvió para ganarse una reprimenda de su madre.
Las llamas volvieron a arder en la chimenea; ahí Molly olvidó inmediatamente los modales de su hijo menor.
"¡Por fin!" murmuró, mientras iba a recibir al recién llegado. "Seguro que ya vienen vuestro padre y Percy…"
Efectivamente, era Arthur. Molly le dio un breve beso y le ayudó con la túnica formal que solía llevar para ir al trabajo.
"Hola cariño." Desde el salón saludó a los invitados que lograba ver sentados en la mesa del comedor. "¡Buenas tardes!"
Ginny, Ron y George eran los que lograba ver desde su ángulo, y los tres saludaron a su padre. Molly sin embargo estaba más pendiente de la chimenea.
"Arthur ¿Percy no viene contigo?"
Arthur cambió la expresión ligeramente.
"No… me lo he encontrado en un pasillo, iba un poco acelerado; me ha dicho que no podía… que tenía algo importante que terminar esta tarde… Decía que en cualquier caso Charlie no vendría y Hermione tampoco porque estaba en Grecia… decía que por eso su ausencia no sería tan extraña…" murmuró el señor Weasley, pero decidió no seguir cuando vio la expresión entre dolida y enfadada de su mujer. "Escucha, ya sabes cómo están las cosas por el Ministerio, tenemos mucho trabajo…"
Entró en el comedor detrás de ella, y todos supieron inmediatamente de qué iba la cara larga de Molly; hacía ya tiempo que llevaba ese rostro por culpa de la actitud de Percy.
"¿Qué ha hecho esta vez Percy, papá?" preguntó bruscamente George.
"¿Ha decidido ya si es legal importar pus de un bubotubérculo tropical?" preguntó Fred, ocupado con el estofado y su varita.
"¿Acaso le van a promocionar mañana mismo a Ministro de Magia?" siguió George.
Ron terminó de comerse su mendrugo de pan.
"Segurof que biensa, como siembre, que su trabajo…" en ese momento tragó la bola de pan que tenía en la boca. "…es más prioritario que nosotros…"
Ginny, sentada junto a él, le dio un codazo. Ron la miró indignado, pero Ginny señaló con los ojos a su madre. Molly estaba en silencio, con los labios bien apretados.
"Mamá, Harry dijo que vendría, llegará un poco tarde…" comentó oportunamente Ginny, esperando que esa noticia sí sirviera para animar a su disgustada madre. Efectivamente, el rostro tenso se relajó.
"Oh… entonces mejor pongo el estofado al horno para que mantenga el calor… podemos esperar, claro que sí…" murmuró, visiblemente de mejor humor. Pero al ver que Fred estaba mirando el estofado con la varita y una expresión inusualmente aterrorizada en su rostro, se apuró más para terminar de preparar ella la cena.
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Harry finalmente llegó unos veinte minutos después que Arthur, como disculpa había traído varias botellas de hidromiel de los Alpes, que hizo las delicias de los invitados. Fleur se sentía especialmente homenajeada, siempre defendía que el mejor hidromiel procedía de Francia. En esto, entró en un debate con su suegra, donde conversaron sobre las mejores cosechas y la adecuación del hidromiel en algunos guisos, especialmente si procedía de Chile, Portugal y Sicilia.
Bill estaba explicándole a Ron sobre maldiciones antiguas; hacía tiempo que le había puesto al día en las egipcias, sobre todo a raíz del viaje que hicieron en el verano en que Ron estaba a punto de comenzar su tercer curso en Hogwarts.
Harry estaba especialmente intranquilo. Hacía unos días que había tenido una pesadilla; afortunadamente no se había vuelto a repetir, pero no dejaba de ser inquietante. Ginny le dijo que no se preocupara, que la tensión tendría que salir por algún lado, y que afortunadamente no tenía visiones ni su cicatriz le escocía como cuando Voldemort vivía. Sería que estaba nervioso porque iba a dar apoyo en Defensa Contra las Artes Oscuras, una manera de oficializar lo que ya empezó a hacer hace casi tres años, cuando organizó el Ejército de Dumbledore. Decidió seguir prestando atención a Arthur, que comentaba las rencillas internas en el Ministerio.
Por un lado, Scrimgeour se había generado unos cuantos enemigos, debido a su incompetencia en la crisis de Voldemort. No fue tan grave como la etapa Fudge, pero algunos sectores criticaban su falta de iniciativa en la gestión. Cierto era que algunos aurores habían tomado parte en la caída de Voldemort, era una de las cosas que sonaban como un si fuese una asunto "oficial" del Ministerio, y le daba credibilidad; pocos sabían que esos aurores participaron en calidad de miembros de la Orden del Fénix, no como una misión oficial del Ministerio de Magia.
Arthur continuaba dirigiendo la Oficina para la Detección y Confiscación de Conjuros Defensivos y Objetos Protectores Falsos, pero afortunadamente el volumen de trabajo se había relajado mucho desde la desaparición de Voldemort. Su pasión por lo muggle se traducía en la confiscación de extraños amuletos y talismanes muggles, embrujados la mayoría por magos a cambio de dinero, pero que sólo daba quebraderos de cabeza al Ministerio, ya que esos objetos solían venderse a turistas en las ruinas de templos, catedrales e iglesias. Percy había sido de ayuda gracias a sus contactos en el Departamento de Cooperación Mágica porque había muchos talismanes importados de puntos distantes del globo, desde templos sintoístas en Japón, cementerios celtas en Irlanda, o ruinas aztecas en México.
Fue algo a favor de Percy ese esfuerzo por colaborar con su padre, compatibilizándolo con su trabajo como asistente de Rufus Scrimgeour. Arthur empezaba a comprender las razones de la ausencia de su hijo; su novia Penélope hacía ya unos dos meses que estaba en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas. Arthur tenía algunas dudas sobre su cualificación para dicho Departamento, pero lo cierto es que ella había superado sin problema las pruebas de acceso. Sabía que Percy estaba muy comprometido con la apertura y participación de otras razas en el cerrado mundo de magos y brujas. Considerar "bestias" a los centauros no era sino una de las batallas que tenía que lidiar su hijo.
El volumen de trabajo que debía de tener Percy sólo generaba simpatías en Arthur. Molly, sin embargo, era más visceral en ese sentido; ella habría dejado todo empantanado para estar con los suyos, sin dudarlo.
La cena siguió hasta bien entrada la noche, brindando por el futuro miembro de la familia.
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Ginny bromeaba con sus hermanos gemelos sobre su futuro. Ella les decía que abriría una tienda de pasteles y helados, en la ausencia del pobre Florean Fortescue. Todo ello motivado por la deliciosa tarta que a cada bocado cambiaba de sabor, al estilo de las Grageas Bertie Bott de Todos los Sabores. Excluyendo los sabores inusuales y repugnantes.
El sabor a merengue de limón era especialmente delicioso, en opinión de la menor de los Weasley. Fred y George recibieron felicitaciones por la elección del exquisito pastel, y original también. Harry estaba deleitándose con su cucharada con sabor a trufa, cuando se oyó el timbre de la puerta, sonando con insistencia.
A Molly se le iluminó el rostro.
"¡Percy!"
Bill se incorporó, era el que estaba más cerca de la puerta.
"Iré yo a abrir."
El señor Weasley frunció el ceño. Lo normal era que Percy hubiese entrado por la chimenea. Pero era Percy, seguro que quería hacer una entrada pomposa por la puerta de la casa, para ser el centro de atención y anunciar con un Sonorus que había conseguido estandarizar la longitud de los palos de escoba a nivel mundial. Pero no le dio tiempo a pensar más; por la puerta entraron Kingsley Shacklebolt y John Dawlish. Detrás entraba Bill, con el rostro perplejo.
"Papá… preguntaban por ti."
"Buenas noches." Saludó Kingsley, y se quitó el pequeño gorro en señal de respeto; Dawlish bajó la mirada.
Harry frunció el ceño, y dejó la cuchara en el plato. Fred y George incluso borraron la mueca burlona y miraron con curiosidad a los recién llegados.
"¿Qué ocurre, Kingsley?" preguntó Arthur, levantándose de la mesa.
El alto auror miró de soslayo brevemente a Dawlish, vacilante. Molly presagiaba que no habría buenas noticias, y se levantó para colocarse junto a su marido.
"Hemos encontrado a Penélope Clearwater en su despacho… muerta."
Fleur emitió un chillido y se llevó las manos a la boca, incrédula. Bill, con el rostro impactado por la noticia, fue junto a ella, y le puso una mano en el hombro, todavía en pie. Ginny dio un respingo, y aferró con fuerza la mano de Harry, quien no daba crédito. Fred y George tenían los rostros inusualmente serios. Ron abrió los ojos de par en par, horrorizado.
"¡Merlín!" murmuró Molly, agarrándose del brazo de su esposo. "¿Qué ha ocurrido?. ¿Cómo…?"
"Lo estamos investigando…"
Arthur frunció el ceño.
"Kingsley… mi hijo, Percy, dijo que no vendría, que tenía algo importante que hacer con Penélope…"
Kingsley miró con el ceño fruncido a Arthur. Dawlish junto a él se estremeció. Y Molly miró a su marido boquiabierta, puesto que no sabía ese detalle.
"Arthur, Percy ha desaparecido."
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La noche de Walpurgis: los primeros mortífagos eran los "Caballeros de Walpurgis". Curiosamente, su celebración en el año es el punto opuesto de Halloween, (fecha además en la que murieron los Potter). Stonehenge, Wiltshire: Por si alguien no se ha fijado, en este condado está la Mansión Malfoy. Dicen que en la Noche de Walpurgis se reunían doce, uno de ellos el líder, haciendo las veces del Diablo. No, no es el Diablo, pero es tan cruel como él, y a las pruebas me remito.
En Las Reliquias, apenas mencioné a Kreacher, como apenas mencioné el Ministerio de Magia y sus politiqueos y el papel que desempeñó Percy. Ahora los recupero. Kreacher está muy inspirado en DH, porque me encantó.
Finalmente: Teddy Lupin en canon nació a finales de 1997. Aquí me veo obligada a pasar su nacimiento a agosto de 1998. En cualquier caso, iniciaría Hogwarts en el mismo año (2009). No tiene importancia en el fic, aunque Tonks, su madre, sí, más adelante, ya que estará de baja por maternidad. Victoire Weasley nacería en 1999, ya que parece ser dos años menor que Teddy. Aquí tendrían sólo menos de un año de diferencia. Tampoco tiene mayor trascendencia.
Sobre Penelope… por algo me he entretenido estos meses con su boda. Un futuro alternativo para el personaje. Me ha dado penita :( pero dije que arrancaba fuerte. No, no voy a empezar a matar protagonistas alegremente como JKR.
Próximo capítulo: 'La presión de un legado.'
