POV EVA:

Un fuerte estruendo se escuchó en la cocina, al voltearme, la silla donde estaba Cora, estaba vacía, en el suelo yacía el cuerpo inconsciente de mi futura prometida, le di la bebé a Granni, esto no era nada bueno, tal vez hubiese sido mejor comunicarle primero a Cora sobre mis planes de la fiesta de compromiso, por otro lado, mi yo perverso se despertaba, tenía a una persona más a quien anunciar mi feliz futuro enlace. Y seguramente podría no gustarle nada a esa persona enterarse de tal noticia.

Con cuidado de no dañarla la cargué en mis brazos y apoyé su cabeza en mi hombro, tal vez necesitaba un poco más de descanso, los pasillo laberinticos del castillo me recibían con los innumerables cuadros de mi familia, retratados desde hacía más de cuatro generaciones desde el más antiguo de los White para terminar conmigo.

-Majestad-Ingrid se aproximó a paso acelerado hasta estar a mi lado-¿Qué le sucedió a lady Cora?-a pesar de su apariencia regia y seria, de rostro alargado y regio, Ingrid era una mujer de gran corazón y preocupación por el prójimo. Se había encariñado muy fácilmente con Cora apenas conocerla y como podía ver, serían grandes amigas-¿está enferma? ¿Acaso se lastimó?

-no Ingrid, la noticia del compromiso fue muy repentina para la pobre-Cuando llegamos a nuestros aposentos, les pedí a Ingrid y Granny que cuidaran de mi amada mientras yo tenía que atender un asunto de real importancia con la pequeña Regina.

Pueden creer que en ese entonces estaba loca al llevar a un bebe de tres meces de edad a los calabozos restringidos de mi castillo, ¿Quién sabía qué clase de criminales podíamos encontrar ahí? Con deseos de hacer daño a una criatura indefensa y a una reina sin guardias que la acompañaran. Pero sabía perfectamente que, esos miserables jamás saldrían con vida de estas húmedas y decrepitas paredes.

Las antorchas iluminaban el camino de piedras negras que conformaba el largo pasillo entre las celdas, hasta llegar a una pequeña cuadrilla de tres paredes de ladrillos negros y una reja desde el techo hasta el suelo, dentro de la misma se veía, casi a duras penas a un hombre demacrado por el hambre y la sed, de piel ya pálida y deslucida, su cabello que una vez fue castaño claro y brillante se veía grasoso y descuidado, sus ropas, una vieja camisa raída de mangas largas, que en algún tiempo atrás fue banca y unos pantalones holgados emparchados que no le llegaba siquiera a los tobillos y sin ningún calzado que le cubriera los pies del helado frio de los adoquines del suelo.

-vaya, vaya, si es el rey Henry-dije con sorna, me era increíble pensar que estaba manteniendo mi voz calmada y a raya, pese a mis deseos de asesinarlo justo en ese instante, tenía que pensar en Regina y Cora, una inocente bebé no podía ver como el maldito bastardo que le dio la vida moría ante sus puros ojos, y Cora, era muy joven y bondadosa para entender cómo era posible que le hiciera daño a su ex marido.

-Eva-su mirada destilaba odio e ira hacia mi persona-juro por dios que cuando salga de aquí…

-si es que sales-le interrumpí-¿sabes? No estás en posiciones de amenazar o maldecirme-le decía mientras arrullaba a Regina en mis brazos-pensar que casi muere en tus malditas manos-le dije refiriéndome a la criaturita que dormía plácidamente pegada a mi pecho-y pensar que te advertí, no me escuchaste, y ahora, pagarás las consecuencias.

-dámela, esa bastarda es mía, me pertenece-me espetó con sus manos extendidas fuera de los barrales y con cara de desquiciado, esperando. Ni siquiera había oído una palabra de lo que le había dicho.

Sin poder evitarlo la ira en mi interior hizo que mi magia se desbocara, mandando al miserable hombre a volar, para luego chocar contra el muro que estaba detrás de él, una ola de telequinesis lo mando de nuevo a chocar contra las barras de la celda. Sin darle tiempo siquiera a respirar le agarré del cuello y presioné mínimamente, su mirada estaba cargada de terror y ya no había atisbo de la altanería que tanto lo caracterizaba.

-escúchame bien, maldito parasito, porque no lo voy a repetir-le dije presionando más su cuello, cortando un poco más el paso del aire-ni Cora ni nuestra bebé son de tu propiedad, ¿entiendes?, me robaste al amor de mi vida, pero ahora es mi mujer-se podía ver que quería soltar algún improperio pero mis dedos en su tráquea se lo impedía-no te preocupes, seré una buena madre y esposa, les daré todo el amor que tú nunca les supiste dar, jamás les faltará el apoyo incondicional, y no temas, Gina sabrá la verdad sobre ti y quien eres-antes de que perdiera el conocimiento lo arrojé como si se tratara de un simple muñeco de paja.

Solo se podían oír sus desequilibrados gritos desde lejos mientras me alejaba de él y el llanto de la asustada bebé, mientras me dirigía a la salida de aquel lúgubre y desolador lugar.

-¡majestad!-un grito grave se escuchó a mi derecha, Robin, el líder de los arqueros y mi guardián personal se aproximaba corriendo con su arco en la mano.

-buenos días, Robin- con una inclinación de su cabeza me mostró su respeto-¿Qué sucede? ¿Por qué esa prisa?-el rostro del arquero presentada un aspecto pálido y perlado por el sudor, como si hubiese estado escapando de algún espectro o fantasma.

-lady Cora despertó desorientada, no conseguimos que se calme-sin prisa pero sin pausa nos dirigimos por el camino rápido hacia las habitaciones principales, dentro del cuarto donde había amanecido junto a mi futura esposa, había cuatro criadas tratando de sostener y tranquilizar a una histérica y asustada Cora.

Ingrid trataba de bajar su elevada temperatura usando sus poderes de invierno, pero parecía no funcionar, Zelena y Marian manipulaban los hombros de la alterada mujer con la intención de contenerla en la cama mientras intentaban darle algo que parecía una poción relajante, por ultimo Granny buscaba algo en el armario, tal vez para cambiar la vestimenta mojada de Cora, hasta que me vio en el umbral de la puerta.

-Majestad, será mejor que no se acerque-antes de que pudiera decir algo más le indiqué con la cabeza que se retirara. Granny conocía mi temperamento hacia una desobediencia, así que sin vacilar, hizo una reverencia y se marchó.

-por favor, todas retírense, yo me encargo-Zelena fue la más reticente, tal vez porque era nueva en el castillo y aun no se acostumbraba a recibir y acatar órdenes de una joven reina, menor que ella, de veintitrés años de edad.

Una vez que la puerta de la habitación se cerró, puse a la pequeña Regina en un moisés que habían dispuesto para ella y me apresuré a tomar a la frágil Cora entre mis brazos, su magia estaba desbordada, signo de que había sufrido una pesadilla o un evento sobre estresante.

-tranquila, respira-le dije al oído para que me pudiera oír con claridad-estas a salvo, nada ni nadie puede lastimarte-sus ropajes estaban empapados en sudor y lágrimas al igual que su delicado y hermoso rostro, sus ojos castaños estaba hinchados y enrojecidos, había estado llorando-¿Qué sucedió?-su cara escondida en mi cuello no me ayudaba mucho a descifrar que la había puesto en tal estado caótico emocional.

-él estaba aquí, yo lo vi-su cuerpo temblaba incontrolablemente, sus manos crispadas se aferraban a mis brazos como si fuesen su tabla de salvación.

-mi amor, ¿de quién me estás hablando?-estaba hiperventilándose y si no se calmaba, en breve perdería la conciencia nuevamente-espérame aquí, preciosa, ya vengo-al soltarla se volvió a poner en crisis, hasta que vio que solo iba hasta la puerta pero sin quitarle la mirada.

Como me imaginaba Graham, uno de mis mas leales súbditos estaba en la puerta haciendo guardia, de pie con su espada en vertical descendente y con las manos descansando en la empuñadura.

Al verme parada en la puerta, se deshizo de su rígida postura y con una tímida sonrisa se me acercó.

-¿en qué puedo ayudarla, su majestad?

-necesito que busques a Ingrid y le pidas el traje que ella sabe-recuerdo que su mirada era de estupefacción y contrariedad al mismo tiempo-no te preocupes querido, ella sabe qué hacer, y necesito que vayas a las caballerizas y prepares dos caballos, los mejores y más fuertes que tengan-con una inclinación de su cabeza, se despidió.

Luego de diez minutos, después de que Cora se hubiese tranquilizado por completo, Ingrid se apareció en nuestro cuarto con un sencillo conjunto de montar, que consistía en un par de pantalones de tela ligeros, una camisa de mangas cortas, y unas botas de montar hechas de cuero, de bajo tacón.

No era apropiado que usara nada pesado, ya que se avecinaba un día bastante caluroso, seguramente montar a caballo con un ostentoso vestido le sería muy incómodo.

-¿A dónde vamos?-me preguntó mientras me puse a trenzar su fino cabello-nunca creí que volvería a usar ropa simple y ligera-una sincera carcajada se me escapó de la garganta al oír su comentario con respecto a su actual vestimenta.

-iremos a visitar la aldea, seguramente muchos se estarán preguntando "¿Quién es la misteriosa prometida de la reina Eva?"-su rostro se sonrojó como una rosa recién abierta.

-¿y si no les agrado? ¿O les causo una mala impresión? ¿Cómo sabré como actuar ente ellos?, El rey jamás me dejaba ir al pueblo o ver a sus súbditos-antes de que pudiera decir algo más, la tomé del mentón y le hice girar la cabeza, para luego plantarle un beso en los labios que le quitaría las dudas al instante.

-solo tienes que ser tu misma, mi amor, enamorarías a cualquiera con tu delicadeza y belleza, tal como lo hiciste conmigo-los caballos ya estaban preparados y ensillados, el de Cora era un semental realmente formidable de color gris oscuro y crin negra, se gustaron al instante, mi amada siempre amó a los animales, no importa si era un cervatillo o un simple pájaro, les tenia tanto respeto como a un ser humano y nunca pudo entender a quien pudiera lastimar una criatura de la madre naturaleza.

El camino hacia la aldea fue calmado y tranquilo… o a menos así fue, hasta que el espíritu salvaje de Cora se despertó. A decir verdad, amaba verla tan viva y radiante, yendo a todo galope, riendo, con su cabello trenzado al viendo, su carcajada viajaba detrás de ella con la brisa. Sus ojos brillosos me recordaban los momentos cuando éramos más jóvenes.

Al entrar en la aldea, la confianza de Cora se escondió en lo más profundo de su ser, su caballo ralentizó su marcha hasta casi caminar en cámara lenta, su cabeza parecía querer esconderse fusionarse con el cuello de su camisa, mientras que los habitantes de Rearnatario se habían detenido en la calle y se acercaban a saludarnos, muchos niños portaban pequeñas flores en la mano y se disponían a entregarlas, pero al ver a mi prometida, su indecisión era obvia en sus infantiles rostros.

-buenos días majestad, ¿Quién es la linda señorita que la acompaña?-me preguntó una pequeña, a quien conocía por el nombre de Mérida, de cabello rojo como el fuego, ojos azules y la piel jaspeada por simpáticas pecas.

-buenos días a todos-bajé del caballo rápidamente, para acercarme a ayudar a mi amada a bajar del suyo. Una vez con los pies en el suelo, se pegó a mi brazo como un pulpo a su presa-ya sabrán que desde que subí al trono, no tengo quien me acompañe en tan honrada tarea-mis súbditos se habían quedado callados y expectantes a lo que salía de mis labios-ya deben saber que mañana por la noche, habrá un baile en el castillo real, y todos están invitados, tanto plebeyos como la nobleza, incluido los niños-muchos se acercaron a nosotras, rodeándonos alegremente, eran mi talón de Aquiles, y por lo que veía también el de Cora, que recibía gustosa las flores que le ofrecían, regalándoles un beso a cada uno que se presentaba frente a ella-debo anunciarles, que tras larga espera, su reina, ha encontrado a su alma gemela-muchos murmullos se escucharon en la multitud y algunos volteaban a todas partes, como si buscaran algo o alguien.

Le tomé la mano a Cora, y con un delicado hechizo de levitación la elevé por sobre las cabezas de los aldeanos.

-saluden todos, a la nueva reina de Rearnatario, Cora Mills de White-un jadeo general se oyó, las manos se alzaron intentando tocarla, como si se tratara de una deidad, muchos padres levantaron a sus hijos en sus hombros, haciendo que estos con sus pequeñas manitas tocaran a mi amada.

-¡larga vida a las reinas!-esa potente voz femenina, era muy conocida para mí, se trataba de Mila, la fiel esposa de Rumpelstiltskin, y de ese grito surgieron muchos más, la adoraban, los niños sin conocerla se acercaban a ella sin miedo, y os mayores la respetaban, si, sería una gran reina a mi lado.