¡Hola! Siento mucho el retraso, he estado de viaje por trabajo y me ha cortado totalmente el ritmo de actualización, y la inspiración también. Cuando he visto que ha pasado más de un mes he querido morirme. Es la primera vez que me atraso tanto, y por eso os pido disculpas, y sobre todo, que tengáis paciencia.
Gracias a quienes seguís la historia, lurkers y reviewers, especialmenteLazylid (¡25!), Lara evans, CrissBlack, Yedra Phoenix, Saiph Lestrange, Vicky Kou de Malfoy, Sabaku no Akelos, chepita1990, Cristhine, norma, Annirve, nanai.malfoy, Lil-evans, Nasirid, blackstarshine, Corae, Nicole Daidouji, Isa Malfoy, Sortilegios Weasley, rosa, mArTa, Nimpadora Weasley.
"Como todos los jóvenes, estás convencido de que eres el único que siente y piensa, el único que reconoce el peligro." - Phineas Nigellus Black. Harry Potter y la Orden del Fénix.
Capítulo 26. Los efectos secundarios
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Jueves 19 de noviembre de 1998
Ministerio de Magia. Departamento de Aurores
Habían pasado dos semanas. Dos semanas que para la comunidad mágica de Hogwarts y Hogsmeade, pasaron lentamente. Demasiado. Todavía nadie podía explicarse cómo había podido fallecer de forma tan inesperada una persona de referencia como Madame Rosmerta. Todo el mundo la conocía, había sido el primer enamoramiento infantil de varias generaciones, todo el mundo recordaba con cariño su hidromiel y los momentos felices, alegres, tristes, furiosos… junto a su chimenea, o en la barra de Las Tres Escobas.
Pero como suele suceder, siempre que hay una muerte, hay intereses creados en torno a ella. Por lo pronto, Kingsley Shacklebolt se encargó de certificar que su muerte fue un trágico accidente con unos cohetes. Depuró responsabilidades, tratando el caso como un mero hecho fortuito, con una desgraciada y mortal consecuencia.
Con cuidado, apiló los pergaminos con los correspondientes informes en un taco pulcramente ordenado, dando unos golpecitos contra el escritorio para ajustar sus bordes. Los metió en una cartera y consultó la hora; faltaban pocos minutos para la reunión matinal con el equipo de aurores.
Escuchó unos golpes en la puerta, y Kingsley miró, inconscientemente, el rincón donde ocultaba tras un discreto ladrillo, información que podría comprometerle sobre ciertas investigaciones. Sin varias la postura, tras comprobar que el escondrijo estaba perfectamente camuflado, aclaro la garganta.
"Pase."
Alzó las cejas con ligera sorpresa cuando por el umbral se presentó la futura ministra de Magia.
"Buenos días, Kingsley." Saludó con una voz cargada de dulzura.
Kingsley inclinó levemente la cabeza, en un gesto de cortesía formalmente impecable.
"Buenos días, Señora Umbridge. ¿Qué puedo hacer por usted?"
"He recibido unas informaciones muy… confusas… acerca de… bueno…" Dolores sonrió ampliamente, y Kingsley no varió su gesto impasivo e indiferente, pero mostrando absoluta predisposición a hablar con ella. Ella cerró la puerta tras ella, y sin esperar invitación, se sentó en una silla de confidente delante del escritorio de Shacklebolt. "¿Recuerdas ese desgraciado accidente que afectó a… Percy Weatherby…"
"Weasley." Corrigió calmadamente Kingsley.
Umbridge parpadeó algo confusa, y agitó la cabeza.
"Sí… ya… como sea… Bueno, supongo que estás al corriente de que sigue desaparecido… y sin duda, hay que hacer algo para dar con él."
"¿Disculpe?"
Kingsley se pasó la lengua por los labios y los frunció levemente; algo andaba mal, pues hasta ahora, durante los últimos meses, Umbridge había demostrado haber olvidado el tema Percy Weasley, sin darle ningún tipo de prioridad al departamento.
"Tiene que aparecer, Kingsley. Es un miembro del Ministerio, y no se ha declarado su muerte. No puedo consentir que siga en paradero desconocido."
Aunque inesperado ese súbito interés por Percy Weasley, Kingsley tenía previsto que algún día, alguien, quien fuese, iría a preguntar sobre él. Y ya tenía eso controlado con el Departamento de Transportes Mágicos. Ya sabían todos que Percy Weasley se había Aparecido cerca de Cardiff. Sin pronunciar palabra, Kingsley extrajo la carpeta con el contenido de los informes falsificados sobre las Apariciones, y las declaraciones de supuestos testigos que aseguraban haber visto al joven.
Se la extendió a Umbridge, y se excusó para abrir la puerta y asomar la cabeza hacia la mesa de su secretaria.
"Sally, por favor, cancela la reunión con el departamento. Estoy en una entrevista con la Señora Umbridge."
Acto seguido, cerró la puerta y volvió a su escritorio, sentándose cómodamente frente a la mujer, envuelta en vistosas túnicas rosadas. Sin decir nada, agitó la varita hacia el juego de té del aparador, y preparó un servicio a su inesperada invitada, y aguardó a que ésta terminara de leer.
Cuando Dolores alzó los ojos, se encontró una taza de porcelana rebosante de té frente a ella, con la cantidad justa de leche, tal y como a ella le gustaba.
"Oh, Kingsley…" dijo con una sonrisa complacida. "Más que Jefe de Aurores, deberías ser diplomático…"
Kingsley sonrió levemente. Una de sus grandes cualidades era su enorme facilidad para pasar desapercibido si así lo deseaba. Comportarse como era debido en el lugar adecuado. Ser discreto pero eficaz, suave en las maneras, pero terriblemente mortal si se daba la necesidad. No en vano, el Primer Ministro muggle lamentó mucho perderlo como Secretario Personal.
"Gracias, Señora Umbridge. Pero como ve, tenemos mucho trabajo en el Departamento. Y como ve, hemos seguido el rastro como miembro del Ministerio sobre las Apariciones de Percy Weasley. Y no hay duda de que ha sido localizado en Cardiff. No dudo que daremos con él en muy poco tiempo."
"Sé que puedo confiar en ti. Y por supuesto… cuento contigo para la próxima etapa que se avecina. No pierdas de vista a Weatherby."
Kingsley bajó la cabeza asintiendo levemente, mientras Umbridge daba unos sorbos a su taza, con una sonrisa pintada en los labios. Pero el auror no probó su té. Ahora no tenía ninguna duda al respecto: localizar a Percy Weasley no sólo era una prioridad para él, era una prioridad para Dolores Umbridge. Y si era así, algo importante se ocultaba detrás de todo esto.
"Me alegra saber que todavía hay personal eficiente en el Ministerio." Comentó trágicamente la mujer, dejando la taza sobre el platito. "Se avecinan tiempos interesantes."
Kingsley cruzó las manos sobre el regazo con estudiada calma, y observó con interés a su interlocutora. Su trabajo era estudiar el comportamiento de sus colegas, de sus enemigos, de su entorno. Y muy en especial, de aquella que ostentaba de facto el poder en la comunidad mágica.
"Supongo que hará extensiva la comunicación de su nuevo puesto al Primer Ministro muggle, ¿no es así?"
Pero Dolores Umbridge alzó las cejas en un gesto de curiosa sorpresa, y soltó una risita.
"En absoluto. Como ya te he dicho, se avecinan tiempos interesantes."
Kingsley no varió su calmada expresión, pero era tal y como había sospechado. Con una habilidad innata había logrado la confirmación por parte de la futura Ministra de Magia: tenía toda la intención de cortar el contacto con el mundo muggle.
Y no hacía falta tener un gran talento en Adivinación para saber que eso incluía aquellos muggles dentro de la comunidad mágica. Especialmente, hijos de muggles.
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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Mazmorras de Pociones
Hannah Abbott se encontraba delante de tres frascos de precipitados y apretó los puños de nuevo. Consultó otra vez el manual y se dio cuenta que algo estaba fallando en la metodología. No podía creerlo, había seguido escrupulosamente las instrucciones para conseguir la poción calmante para Neville, y se estaba dando cuenta de que sólo conseguía un espeso líquido de color verdoso y olor putrefacto.
No quería ir a la Señora Pomfrey y pedirle la poción. Era demasiado sencilla para todo el mundo, y ella quería, necesitaba, hacérsela a Neville.
Pero tampoco era plan de envenenarlo.
Volvió a revisar pasando el dedo y tomó el primer frasco.
"Ciento cincuenta mililitros de agua con brotes de soja y tres alas de hada en polvo. Correcto. Remover suavemente unas diez o doce veces moviendo el frasco con la mano, en el mismo sentido todo el rato a partir de ahora… Tiene que resultar un color rosa pálido que irá intensificándose cuando vaya terminado las vueltas… poner en ebullición la mezcla…"
Pero no surgía ningún color rosado. El color seguía siendo de… agua con brotes de soja y alas en polvo.
Hannah soltó el frasco y agachó la cabeza, muy frustrada. El profesor Slughorn había sido muy solícito entregándole el libro de pociones curativas, y le había proporcionado acceso a los ingredientes, pero no había forma de crear una poción que supuestamente tenía que saber realizar desde los TIMOs.
"Abbott."
Hannah se dio la vuelta dando un respingo, y vio en la puerta de la mazmorra a Draco Malfoy, cargando varios calderos de cobre en los brazos.
"Malfoy…"
"¿A qué estás jugando con esos frascos?"
Hannah observó los frascos de cristal, y eliminó el contenido fallido del primero con un toque de varita.
"No me sale la poción calmante." Respondió llanamente, sin importarle que pensara de ella que era una estúpida e inútil Hufflepuff.
Malfoy soltó los calderos en una pila, con cierto estrépito y se dio la vuelta hacia Hannah. Se inclinó sobre el manual que estaba consultando y observó los frascos.
"Usa frascos de Erlenmeyer. ¿No ves que tienes que removerlos? Un frasco de precipitados no te sirve de anda, no me extraña que hayas fallado desde el principio."
Hannah miró con curiosidad el tomo de Pociones y observó sorprendida a Draco. Pero éste estaba saliendo ya hacia la puerta de la mazmorra.
"Están en el armario a tu derecha. Procura no revolver nada, porque los necesitamos para las clases de esta tarde."
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Invernaderos
"Tienes que tomarte las cosas con más tranquilidad, Neville."
Éste último se dio la vuelta sorprendido, y casi tiró el frasco de tinta al suelo. Hannah estaba de pie, con el abrigo puesto y las manos enguantadas en una pequeña redoma de color rosa pálido. Colocó los ejercicios que estaba corrigiendo lejos del frasco de tinta y se dio la vuelta para ver a la recién llegada.
"Te traigo la poción calmante."
"Estoy bien." Contestó él, aunque Hannah observó que no apoyaba la espalda en el respaldo del asiento, mientras escribía o corregía ejercicios de Herbología.
"No, no lo estás. Tómatela. La Señora Pomfrey no tiene más y no podía esperar a que las preparara."
Neville miró con cierto recelo, sin poder evitarlo.
"¿Has hecho tú la poción?"
Hannah pestañeó, ligeramente herida al creer leer cierto escepticismo en su voz. No podía culpar a Neville, ninguno de los dos era particularmente talentoso en Pociones, y probablemente Neville estaba pensando que iba a envenenarlo, sin intención, pero que más que calmante, esa pócima podía ser un arma letal.
"La he hecho yo, sí."
Cualquier otra persona se habría enfurecido ante la pregunta, sin duda porque Neville se estaba planteando muy seriamente el tomarse la poción. Pero Hannah se entristeció. Bajó los ojos hacia el pequeño frasco que tenía entre las manos y su tapón de corcho, y se preguntó si estaba haciendo una tontería, si de verdad debía darle esa poción, y aunque estaba segura de que era una poción calmante perfectamente válida. Y se sintió avergonzada por haberse presentando, cuando sus habilidades con Pociones eran tan escasas. No le podía sorprender la resistencia sutil de Neville a tomársela.
"¿No me la das?"
Hannah alzó la mirada, con los ojos muy abiertos. Cada día se sorprendía más de las reacciones de Neville Longbottom. Y abrió la boca, incrédula, desconcertada. Porque estaba dispuesto a envenenarse, si esa poción la había preparado por él.
Se acercó a él, con dos rápidos pasos y le echó los brazos sobre los hombros, sorprendiendo al joven, que ocultó un gesto de dolor cuando los brazos de Hannah tocaban la parte superior de su espalda, pero no dijo nada.
"¿Y esto?" preguntó confuso, devolviéndole el abrazo, todavía sentado en el taburete del Invernadero.
Pero Hannah no contestó, sólo apoyó la cabeza en el hombro de Neville, mirando con una sonrisa la redoma de color rosado que acababa de soltar en la mesa.
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Afueras de Hogsmeade
La anciana estaba de pie en la puerta de su destartalada casa. Los perros humeaban y jugueteaban alrededor, y ella se frotó los ojos cuando una nueva ráfaga de viento levantó arena que podía meterse en los ojos. Miró hacia el suelo y vio que el camino de grava estaba parcialmente cubierto por arena que solía retirar barriendo. Cierto que no poseía la casa más elegante de la zona, pero siempre se esforzaba para que no pareciera una chabola. La limpiaba y la ordenaba lo mejor que podía. Y barría la casa por dentro, y barría incluso su exterior, aunque pareciera un ejercicio inútil.
Barría con su escoba. Era uno de los pocos objetos que habían pertenecido a su madre y que no había vendido. Ella no podía volar en escoba, y el único uso que podía darle era para barrer y poco más.
Pero ya no tenía la escoba.
Miró con desasosiego el horizonte, como venía haciendo desde hacía dos semanas. En ese mismo momento, varios de los perros agitaron los rabos y miraban hacia la espesura, abriendo la boca y sacando la lengua fuera, como cuando tenían sed. O como cuando esperaban la presencia de alguna visita. Como en ese momento.
Del bosque apareció Benny, cargando con él la vieja escoba de su madre. Benny, a quien no había visto desde hacía dos semanas, cuando la ordenó sin palabras que no fuera hacia Hogsmeade. Y ahí estaba él, vestido con una simple túnica gris y sorprendentemente con aspecto saludable.
El joven se acercó a la anciana y sacó de su bolsillo una bolsa con dinero.
"Benny… esto…" Miró confundida la bolsa de dinero y frunció el ceño, preocupada. "¿No lo habrás robado?"
Pero Benny esbozó una sonrisa entristecida y negó levemente con la cabeza. Acto seguido, entró en la casa y colocó con cuidado la escoba contra la pared, y se dirigió al armario.
La anciana pasó tras él, y se quedó quieta casi en el umbral, observando con curiosidad y cierta preocupación por el extraño comportamiento del muchacho, preguntándose dónde había estado, y cómo había conseguido tanto dinero.
El joven abrió la caja de latón donde la anciana había ido guardando cartas, había multitud de ellas. Benny extrajo todo el fajo y se quedó un momento pensativo. La mujer interpretó que estaba dudando si leerlas, o dejarlas ahí. Pero pareció decidirse por esto último. Sin embargo, del fondo sacó la varita, más de medio año sin haber sido utilizada. El joven se quedó un momento con la mirada fija en aquel trozo de madera, perfectamente conservada.
Cuando Desaparecieron, sintió una oleada de ira, frustración y rabia. El dolor, la tristeza y la soledad habían dado paso a un sentimiento mucho más desgarrado, más básico todavía. Tenía que matar.
"Avada Keda…" pero no llegó a terminar de pronunciarlas. Desapareció cuando escuchó, entre los petardos, los cohetes y los ruidos de la celebración, las voces de otros que acudían. ¿En su busca?. ¿A ayudarle, o a capturarle?
El fuego. Despertó el león.
Y recordó esos guantes blancos.
Benny cerró los ojos, y un espasmo de dolor cruzó su rostro, asustando a la anciana.
Llegó volando tras un agotador día en escoba, y se presentó en su antiguo apartamento. Probablemente la vigilancia se había relajado, especialmente tras lo ocurrido la Bonfire Night. Y así fue. Nadie prestó atención a un joven de vulgar ropajes grises, que entró sigilosamente en su antigua casa. Sin la varita, poco podía hacer, excepto una cosa.
Había recibido doce TIMOs. Se consideraba, aún, un buen mago.
No. De hecho, y pese a todo, ahora se consideraba mejor mago. Tenía que serlo, por ella. Tenía una razón todavía, y era dar con quienes habían acabado con su vida, sus ilusiones, su futuro, sus esperanzas.
Abrió la alacena que todavía conservaba frascos y matraces. Y cogió uno, sorprendido porque no lo hubieran confiscado. Y se alegró de ser un Weasley, de ser territorial y protector, de ser hijo de su madre, la que habría impuesto una defensa feroz ante cualquier violación de la propiedad de su hijo perdido.
La recompensaría, a su madre. Pero ahora no. Todavía no era el momento.
Comprobó el frasco con ojo experto. Doce TIMOs, incluido Pociones. Y si tuviera humor en su cuerpo, habría sonreído satisfecho. Pero la tristeza era profunda, y la herida estaba aún abierta, aunque ya no fuera ni siquiera reciente. Se acercó a la chimenea y pasó la mano por debajo de la repisa. Hacía tiempo que el fuego no había sido prendido, y el granito estaba frío al contacto con su mano. De una rendija extrajo una pequeña llave, la que le abriría acceso a su cuenta en Gringotts.
Podrían seguir sus pasos al Aparecerse como miembro, o antiguo miembro, del Ministerio. O podrían detectar que habían accedido a su cuenta.
No importaba.
La Poción Multijugos evitaría que al menos lo reconociesen. Ya volvería Percy Weasley. Algún día.
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Hogwarts. Aula de Transformaciones
"Según Neville, era Percy. Pero no me atrevo a decírselo, Hermione. No puedo hablar con Ginny o Ron, no puedo decirles que Neville piensa que vio a Percy."
Harry y Hermione se encontraban uno frente al otro, sentados en los pupitres de madera. Hermione había estado preparando algunos ejercicios para sus clases con los alumnos de primer curso, y habían aprovechado para poner algunas cosas en común, cosas que ambos temían discutir, debido al desconcierto.
"Han pasado casi quince días, Harry, y no hay nada nuevo respecto a si era Percy. Yo creo que lo habrían tenido que localizar, si se ha dejado ver…" Hermione movió un hombro, en un gesto inseguro. "Además, sigo creyendo que Ron y Ginny tienen derecho a saberlo, son sus hermanos."
"Creo que Fred tenía razón." Respondió Harry; Hermione frunció el ceño algo confundida por la respuesta. "Fred y George tenían la teoría de que Percy estaba por Hogsmeade… algo sobre haber visto a Hermes, la lechuza de Percy, sobrevolando la zona. Creo que organizaron todo esto para intentar dar con él… y si Neville está en lo cierto, pienso que Fred y George tuvieron éxito en ese extraño plan suyo, aunque no de la forma que esperaban, claro…"
Hermione clavó sus ojos en Harry, con una expresión ensombrecida por el recuerdo del ataque, de la muerte de Madame Rosmerta, y sobre todo, el encontrar una máscara negra, sospechosamente parecida a la de los mortífagos de Voldemort, y que entregó a Kingsley en cuanto llegaron a Sortilegios Weasley.
"Alguien les avisó." Dijo ella. "Alguien avisó a esos magos que os atacaron, alguien supo…"
"Malfoy mencionó tu pasquín…" respondió Harry.
"¿¿Qué??" exclamó Hermione, bajando de su asiento sobre el pupitre y quedando de pie frente a Harry. "¿Qué Malfoy sabía…?"
"Espera, Hermione…" empezó a decir Harry, recordando que Malfoy había incriminado a Zabini, aunque no del todo convencido de si eso era así, o si Malfoy estaba simplemente utilizando a Zabini como tapadera. "Espera… Malfoy dijo que Zabini encontró tu pasquín…"
Hermione apretó los labios, y miró fijamente a Harry. Ambos supieron que estaban compartiendo las mismas dudas. ¿Zabini, o Malfoy?
"Hermione…"
Pero ella había salido directamente del aula. Harry cerró los ojos y agachó los hombros, suspirando como si hubiese caído una losa más sobre su espalda.
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Sala de Estudio. Tercer piso
Draco había terminado de dar instrucciones a los elfos para que limpiaran las mazmorras de Pociones. Slughorn había delegado en él esa tediosa tarea, que él aborrecía particularmente, no sabía bien por qué. O tal vez no deseaba averiguarlo. Desde que tenía uso de razón había visto a sus padres dar órdenes indiferentes a los elfos de Malfoy Manor, era algo natural. Existían para eso.
Por algún motivo estaba incómodo dando instrucciones… que no órdenes, a la pandilla de elfos del Castillo. Resopló, intentando sacar de su mente esa línea de pensamientos, que sólo conseguía enfurecerlo y distraerlo de su tarea. Estaba solo en la pequeña Sala de Estudio, tan sólo acompañado por el ruido de las madera al arder en la chimena, y el viento de la noche soplando fuera.
Dio un respingo al escuchar un golpe junto a él, y levantó los ojos de su libro. A su lado, Hermione estaba con los brazos cruzados y justo entre los dos, el pesado libro que ella acababa de soltar y que era el que había provocado que la mesa temblara, y que hiciera un borrón de tinta en el pergamino que Malfoy había estado escribiendo.
Echó una mirada furiosa a Hermione y agitó la varita para eliminar la mancha de tinta que había estropeado el final de su redacción sobre los efectos de las pociones de inmunidad y su complicado tratamiento.
"Genial, Granger, acabas de terminar con toda mi inspiración." Con un aburrido movimiento de varita, terminó de eliminar cualquier resto de tinta en su impecable ejercicio. "Ahora, ¿qué quieres qué cuente sobre cómo tratar los efectos secundarios en alguien que es técnicamente inmune?"
Hermione frunció el ceño y parpadeó, evidentemente confusa por la pregunta, y porque no era su objetivo venir a debatir las bondades y las perversidades de las pociones de Draco Malfoy. Agitó una mano rechazando cualquier conversación al respecto.
"¿Qué hiciste con mi pasquín sobre la fiesta de la Bonfire Night en Sortilegios Weasley?"
Draco soltó la varita y miró alzando su perfectas cejas, echándose hacia atrás en el respaldo, casi de manera incitadora y a la vez, desafiante.
"¿De qué demonios hablas?"
"Cuando me caí…" Hermione tragó saliva y alzó la barbilla, para evitar pensar en lo que le provocó la falta de fuerzas, la pérdida de equilibrio, aquella vez. "Cuando me caí se me cayeron también algunas cosas, y tú estabas ahí. Tú te llevaste algo."
"No soy ningún ladrón, Granger." Respondió con frialdad. Esbozó una pequeña sonrisa e inclinó la cabeza. "Bueno, admito que alguna vez me he llevado cosas que no eran mías, recuerdo una vez en la Sala Común que había una caja la mar de interesante…" Alzó una ceja y sonrió de medio lado. "Pero que conste que pregunté primero…"
Hermione no sonrió, se mordió los labios internos y apretó los labios. Pero Draco, por alguna razón, no perdió el humor de su rostro.
"Te llevaste un pasquín, y por eso aparecieron tus amiguitos por Hosgmeade. Tú les diste el soplo."
La sonrisa irónica de Draco se esfumó y se echó hacia delante con una rapidez que sorprendió a Hermione. Ella instintivamente dio un paso hacia atrás y se dio contra la mesa que tenía a su espalda. Draco se levantó de inmediato y se acercó a ella.
"Está bien, Granger. ¿De qué demonios estás hablando?"
Hermione miró alrededor, la Sala a esas horas estaba vacía, y tan sólo había la luz de las llamas de las lámparas en las paredes, y la chimenea que caldeaba la estancia. Volvió a mirar a Draco, esta vez con cierto temor. En el fondo, había esperado, quería creer, que él iba a decirle que sí, que se había llevado la invitación a la Bonfire Night que habían organizado Fred y George en Hogsmeade. Así sería todo mucho más fácil, más claro el hecho de que odiarle era sencillo, era sólo el motivo que necesitaba. La traición no a ella, sino a su fe en él, a un nivel mucho mayor, la traición a sus convicciones morales, a su integridad, a sus valores.
Pero le estaba saliendo mal la jugada.
Draco alargó una mano y tocó como si fuese el tacto de una pluma la mejilla de Hermione, y no dejó de mirarla directamente a la cara. Ella trató de desviar la mirada, pero era imposible, la curiosidad y el anhelo eran más poderosos que la vocecita sabia, familiar, que le decía que tenía que lanzarle un buen maleficio y salir de ahí con el convencimiento de que Draco Malfoy era sólo una serpiente traidora que vendería a su madre por un sillón en el Winzegamot.
"Me encuentras irresistible, ¿a qué sí, Hermione?" preguntó de forma absolutamente inesperada, utilizando su nombre, cuando jamás lo había hecho, en un tono bajo, ronco. "Soy un maldito traidor, un monstruo de sangre fría, pero no obstante, te gusta."
Era como si el tiempo se hubiera parado. Pese a toda su racionalidad, sus esfuerzos por hacer que él no la afectara, el buscar motivos para despreciarlo… era imposible. Y no podía evitarlo, en lugar de apartarse después de haberle propinado uno de sus clásicos derechazos, permitió que Draco se acercara a ella, y la mano que había rozado su mejilla bajó para ponerse a ambos lados de ella, apoyando las manos en la mesa y dejándola atrapada en medio.
Y se fijó en su boca, y sin quererlo, Hermione mordió la punta de la lengua, imitando el mismo gesto que acababa de hacer él, dándole la victoria en el lenguaje no verbal. Y pensó que si le respondía que "sí", a esa afirmación, él la besaría, y acabaría con todo esto, y alzó la cara hacia él, siendo parcialmente consciente de que quería precisamente eso, de que él iba a besarla, que él lo deseaba tanto como ella…
…Pero Draco se apartó a un metro de Hermione, donde antes habían tenido apenas un centímetro de separación.
"Por suerte, menos mal que puedo resistirme a ti." Espetó con fría arrogancia y seguridad en sí mismo.
Y Hermione no supo por qué; tal vez fuera la rabia, el deseo y todas las cosas que habían pasado, las cosas que no se habían dicho, pero aferró el hombro de Draco y llevó la otra mano hacia su nuca, para bajar su rostro y estampar un beso en sus labios, el que probaría que la última frase era mentira, que ambos estaban compartiendo una mentira. Pero sus labios eran como los recordaba, incitadores, cálidos, y abrió la boca para profundizar el beso, y sonrió mentalmente cuando él respondía, sin darse cuenta de que Draco la había empujado hasta poner a Hermione encima de la mesa, quedando él encima de ella. Ella emitió un gemido y quiso apartarlo, pero se rindió ante la evidencia, los besos que estaban colmando su boca y el corazón desbocado, casi sintiendo su sonido en las sienes.
Él levantó la cabeza y los cabellos cayeron encima de sus ojos, apartándolos con un brusco movimiento. Ni siquiera necesitó atrapar los brazos de ella, quieta debajo de él, el pecho subiendo y bajando con la respiración acelerada.
La certeza, y a la vez, el desconcierto.
Hermione se quedó inmóvil, vagamente consciente de la postura en la que se encontraba, y ni siquiera sentía el pinchazo de los libros en su espalda; sólo sentía parcialmente el peso de Malfoy inclinado sobre ella, y reconocía esa mirada. De nuevo, reconocía en él, como reconocía en ella misma, esa certeza de lo que sentían, y al mismo tiempo, ese desconcierto de saber qué no era lo que debían sentir.
"Es la prueba que necesitaba…" susurró ella, "que no puedes resistirlo tampoco."
Draco alzó los ojos, el cazador ahora convertido en presa, pero no dijo nada.
"Pero no tengo la prueba de tu inocencia…" continuó ella, desconcertando aún más a Draco, que frunció el ceño y recorrió con sus ojos el rostro y el cuerpo de Hermione, como si lo estuviera memorizando. Y pensó que era mejor así, que era mejor jugar con la ambigüedad. Era su mejor arma, era su gran talento.
Era mejor dejarla creer, pero también tenía razón. No podía resistir ciertas cosas.
Bajó la cabeza hacia ella y le robó un beso violento, anhelante, furioso. Pero escondía además otra cosa. Sin más, la soltó y se marchó de la Sala, dejando sus cosas revueltas al lado de Hermione.
Ella se quedó un momento paralizada, mirando hacia el techo, con la respiración entrecortada, y los brazos y piernas repentinamente flojos. Se llevó una mano a la boca y no supo si debía sonreír o volver a llorar.
Porque es lo que tiene la esperanza, que te obliga a creer lo que quieres creer. Y maldijo la esperanza de creer que él estaba pidiéndole, con esos besos, confianza en él, paciencia.
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Lugar desconocido
Es fácil separar el cuarzo del granito. Merlín, es muy fácil convertir el granito en cuarzo. No es que él tuviera especial interés por los minerales, por muy duros y resistentes que sean. De hecho, podría ser más interesante transformar el carbón en diamante.
De hecho, no tiene ningún problema en hacerlo, si no fuera porque le sobran los diamantes. Su cuenta en Gringotts siempre ha sido muy solvente. Es la ventaja de contar con una buena posición familiar y profesional.
Pero los diamantes no compensan el fracaso. Y ha habido un error de cálculo que para él, es imperdonable. Se retira con fuerza los guantes blancos de las manos, y aprieta los nudillos hasta que están blancos.
Tiene tres cosas muy claras:
Una, que Potter no es infalible, y tiene una extraña y débil querencia por sus amigos.
Dos, que alguien ha tenido que delatarlos, porque apenas habían llegado, estaban los aurores ahí, desequilibrando la balanza.
Tres, que Weasley está vivo, y bien oculto.
Tal vez el Señor Tenebroso hacía bien en no confiar en nada ni en nadie. De otro modo, nada de esto habría pasado. Pero no importa, todo puede tener arreglo, si se piensa con detenimiento.
Una, aplastar a Potter pasa por aplastar lo que ama.
Dos, que el traidor tiene que pagarlo.
Tres, Dolores Umbridge está desmostrando día a día lo poco cualificada que es para ser Ministra.
Ante lo último, soltó unas ligeras carcajadas. Por fin, una buena noticia.
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Hogwarts. Lechucería
Draco acarició el lomo de su hermosa lechuza, un ejemplar fuerte y famosa por su agresividad hacia los extraños. Tenía varias opciones sobre la mesa, y ninguna era sencillas.
Observó pensativo al animal, y recordó el día que su padre se lo regaló. Una lechuza digna de un Malfoy, nadie en su familia habría ido a Hogwarts con una rata, un sapo o un conejito. Sólo los Malfoy podían permitirse lo mejor. Y eso es como tenía que seguir siendo.
Su carrera estaba en el ojo del huracán, según sacaba en claro de sus conversaciones con la futura Ministra. Su prestigio estaba en entredicho por el hecho de simpatizar con Potter, o de haberse relacionado con su mejor amiga, hija de muggles. Apretó los labios contra los dientes al repasar, por enésima vez, su precaria situación, lo expuesto que quedaba. Y no podía dar ese margen de debilidad.
Al llegar a Hogsmeade, había reconocido la inconfundible estela de los mortífagos del Señor Tenebroso. No había reconocido a nadie tras esas máscaras, pero ahí estaban, lo sabía. Y sabía también que estaba jugando con fuego, y que podría acabar quemándose.
Era Zabini, o era él. Y en el juego de conspiraciones y traiciones, de amor y guerra, todo vale. Dejó en su barra a la lechuza, y se aproximó a una de las tarimas donde se improvisaban las cartas. Tomó una pluma y tintero de las que había para cartas de última hora, y preparó cuidadosamente su contenido.
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Afueras de Hogsmeade
"Pero no puedo aceptar este dinero, Benny, de verdad." La anciana parecía no querer tocar la bolsa que había depositado en la astillada mesa, temiendo que su origen no fuera del todo legal. "De verdad que me las apaño bien, no necesito…"
Pero el muchacho simplemente negó con la cabeza. Guardó la lata en el armario y sopesó la varita, mirándola fijamente. Clavó los ojos en la mujer, y guardó la varita en su túnica. Se acercó a ella, y le dio un beso en la frente, antes de marcharse de la casa, dejando a la anciana confundida.
Y entristecida.
Benny se dio la vuelta en el exterior. No está bien Aparecer y Desaparecer en las casas, no es de buena educación. Y ante todo él era un caballero, un señor. Alzó la mano como un saludo, y se alejó lo bastante de la casa como para que no la relacionaran con él, en el caso de que siguieran el rastro de sus Apariciones. Se dio la vuelta y miró hacia la anciana que le había cobijado tanto tiempo. Alzó la mano en un triste saludo, y Benny Desapareció.
La mujer bajó la cabeza cuando bajo la luz de las estrellas distinguió el inconfundible gesto de despedida, y dejó que las lágrimas cayeran por las mejillas. Porque su marcha no auguraba nada bueno. Era el inicio de una búsqueda, y lo sabía. Y ese pasado que lo había atormentado y perseguido, estaba ahí, presente, más que nunca.
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Sortilegios Weasley. Hogsmeade
Fred colocó los platos encima de la mesa que habían preparado en la trastienda, donde habían instalado el office. Hacía varios días que Las Tres Escobas estaba cerrada, y con ella, la vida de Hogsmeade parecía haber sufrido un vuelco. Era como si todo el mundo hiciese luto. Lamentablemente, no eran buenos tiempos para el negocio de las bromas, y se notaba en el carácter de la gente.
Otra consecuencia del cierre del pub había sido que ya no tenían acceso a su comida preparada, de tal modo que tuvieron que aplicar los escasos conocimientos de cocina que tenían por haber vivido con una consumada cocinera como su madre.
"Se te ha vuelto a pasar el estofado, Fred…" murmuró George arrugando la nariz. "Tiene además un regusto a quemado…"
Arthur comía sin ni siquiera darse cuenta de que su paladar estaba diciendo que la comida se había quemado en la cazuela. Pero simplemente masticaba y tragaba, no saboreaba el alimento.
"La próxima cocinas tú." Respondió Fred, sentándose junto a su padre y ofreciéndole el cesto de pan. "¿No quieres, para acompañar, digo?"
Arthur cogió un trozo y lo puso a su lado, sin probarlo. Fred intercambió una mirada con su hermano, y George simplemente sirvió agua en los vasos, con gesto preocupado.
"Hum… papá… No es que no queramos tenerte por aquí… pero… ¿y mamá no estará preocupada? Llevas con nosotros casi dos semanas…"
"No te preocupes, Fred." Contestó Arthur limpiándose los labios con la servilleta y bebiendo un poco de agua que acababa de servirle George. "Está con Bill y Fleur, le dije que era mejor que estuviera ayudando a Fleur, le falta apenas dos meses para dar a luz."
"Ya… bueno, eso está bien…" contestó Fred, no del todo satisfecho con la respuesta. Desde luego, pensó que a su madre le venía bien sentirse de ayuda, serle útil a alguien, y la ilusión de tener a su primer nieto compensaba la ausencia de meses de su tercer hijo desaparecido. Y sintió, no por primera vez, mucha tristeza por ella, y sus ganas de encontrar a su hermano se renovaron nuevamente.
"El tema es que… ¿no tienes que ir al Ministerio?" añadió George, igual de confundido que Fred. "Que de verdad estamos encantados de que estés con nosotros, pero…"
"Hijos, sé que Percy está en Hogsmeade."
Los gemelos quedaron paralizados. Su padre estaba vocalizando una teoría que llevaban masticando varias semanas, y se sorprendieron en el fondo, porque aunque tenían esperanzas de que fuera cierta, no dejaba de ser eso precisamente, una teoría cargada de esperanza y de ilusión. No imaginaban que esa ilusión fuese colectiva.
"¿Por qué… por qué dices eso, papá?" preguntó Fred con gravedad.
"Kingsley me ha comunicado cómo lleva su investigación particular, y más bien, del todo secreta. Él estaba seguro de que Percy llegó a Hogsmeade Apareciendo. Y le perdió el rastro entonces. Es el último lugar donde utilizó la Aparición, y si no está aquí, al menos por aquí tiene que haber una pista…"
"Papá…" respondió George, mirando intencionadamente a su hermano. "Nosotros pensamos igual… hemos visto a Hermes varias veces por aquí…"
Arthur soltó el vaso con estrépito sobre la mesa.
"¿Por qué no me lo dijisteis?"
"Porque no lo teníamos claro… no podíamos decirlo y avivar unas esperanzas, que a lo mejor eran infundadas…" aclaró Fred.
Arthur se retiró las gafas de la nariz y se frotó el puente con evidente gesto de agotamiento. Sin ponerse las gafas de nuevo, bajó el brazo y se quedó un rato pensativo, con la mirada en las lentes que estaban en su mano.
"Neville cree que lo vio en la Bonfire Night. Que estuvo a punto de atacar a esos que fueron a por ellos…"
Fred miró las gafas de su padre y sonrió con cierta tristeza. Al menos el plan había funcionado. Él no tenía duda de que Percy estaba por allí.
"Hay una pega…" comentó George. "Hace varios días que no vemos a Hermes…"
Arthur frunció el ceño y se volvió a poner las gafas.
"Tu madre no ha dejado de escribir a Percy, lo sé…"
Fred miró a su hermano y a su padre de hito en hito.
"Entonces quiere decir que ya no está en Hogsmeade." aclaró Fred, innecesariamente.
George se echó hacia atrás en la silla, resoplando decepcionado.
"Mierda… estaba tan cerca…"
Pero antes de que ninguno pudiera continuar, se oyeron unos golpes en el cristal del escaparate y los tres se pusieron de pie con las varitas en alto. Fred salió hacia la tienda y encendió las lámparas con un toque de varita. En la calle, oscura por haber caído los últimos rayos de sol, había una lechuza gris golpeando con su pico en el escaparate. Sin soltar la varita, Fred abrió la puerta de la tienda, y la lechuza soltó una carta con un membrete del Ministerio a los pies de Arthur, y entrenada como estaba, ni siquiera esperó una recompensa, y salió volando.
"Es del Ministerio…" murmuró preocupado Arthur. "Fred, cierra ya la puerta."
Pasaron hacia la trastienda, y Fred activó los hechizos de protección que habían instalado y potenciado especialmente tras la Bonfire Night. Arthur volvió a sentarse y extrajo la carta del sobre.
"Es de Kingsley… dice que Umbridge está particularmente interesada en encontrar a Percy."
"¿Otra vez?... O más bien… ¿por qué?" preguntó George frunciendo el ceño.
"Odio a esa mujer. Me exilio cuando sea Ministra…" murmuró Fred de mal humor.
"No sé qué busca con Percy, pero está claro que ella, y esos que os atacaron, tienen algo hacia él, o hacia nosotros, no sé qué es."
"¿Y qué piensa hacer Kingsley?"
Arthur dio un golpe de varita y prendió fuego a la carta, como habían acordado hacer como miembros de la Orden cuando intercambiaban correspondencia.
"Parece que tiene algo previsto, pero no me lo ha dicho por carta. Confío en él…" añadió Arthur. "Sin embargo, Kingsley piensa que Percy ha empezado a moverse, aunque parece que ha sido precavido, y no utiliza la Aparición."
"Ese es nuestro Percy…" murmuró George con una mueca burlona. Como en los viejos tiempos, era como si ninguna tragedia hubiese ocurrido. "Asquerosamente puntilloso…"
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Hogwarts. Despacho de Minerva McGonagall
Minerva McGonagall dejó a un lado la taza de té y sonrió levemente a su visita.
"Confieso que me viene muy bien la ayuda. Llega un momento en el que no puedo simplemente ser directora, profesora, y además implicarme en los asuntos de la Orden, no lo hago tanto como quisiera al menos."
McGonagall juntó las manos encima del escritorio y observó con calma los retratos de alrededor, en particular, el de su predecesor, sentado en su sillón en un gesto sosegado, pero escuchando atentamente la entrevista.
"Como sabes, hay cosas que me tienen muy preocupada. Al principio no les di la importancia que merecen, pero ahora no sé qué pensar… Estoy confundida con lo que ocurre fuera de Hogwarts, sin duda… pero sobre todo, con lo que viene ocurriendo dentro del Castillo… y eso es en lo que quiero invertir al menos parte de mis energías. Como te he dicho, me alegra mucho tenerte por aquí, tu ayuda será inestimable."
Una mano enguantada en mitones de cuero verde retiró la capucha, descubriendo el rostro sonriente, hermoso, unos cabellos de un imposible color rosa.
"Cuente conmigo, directora." Dijo simplemente la auror Nymphadora Tonks.
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Ya lo he dejado caer al principio: como veis, Umbridge no tiene intención de presentarse como la Ministra de Magia ante el Primer Ministro muggle. Os digo que teóricamente, este debería ser Tony Blair, que accedió al cargo en mayo de 1997, es decir, casi un año y medio antes de esta historia. Como hizo JKR, no voy a ponerle nombre y apellido, pero me gusta la idea de que sea un Primer Ministro algo "verde" en asuntos mágicos-muggles. ¿Por qué? Porque esa falta de "tablas" sirve para empeorar la situación cuando Umbridge llegue a ser Ministra, dejando en una posición vulnerable al mundo muggle. Espero que os encaje mi retorcida teoría sobre la política muggle-mágica… XD
Pues sí, he revuelto las cosas… y por fin traigo un personaje que andaba deseando sacar de su (merecida) baja de maternidad. En fin, ya sé que no salen Luna o Ron, pero todo a su tiempo.
No estoy muy contenta con el resultado del capítulo, el "qué pasó después" me ha costado mucho plantearlo, he rehecho el capítulo infinidad de veces, desde varios planos. Este era "el menos malo", espero que os haya gustado de todas formas. Gracias otra vez por vuestra inmensa paciencia y por haber llegado hasta aquí.
Prometo actualizar más rápido, el próximo tendrá más movimiento :) Besos.
Edito: dejo el link a los comentarios de este capítul aquí (sin espacios) http : / / dubhesigrid. livejournal. com / 32627. html por si a alguien le interesa.
