¡Hola! Quise publicar un poco antes de mi primer aniversario en el fandom (como ficker). Pero no me ha dado tiempo. En cualquier caso, la mayoría estáis de exámenes, así que no habría supuesto diferencia. Gracias como siempre a todo aquel que lee, y a quienes me habéis comentado tantas cositas :) Tengo ya prácticamente terminada este primer bloque de 1998. Así que nada, arranco sin más. Gracias a Saiph Lestrange, mArTa, EugeArt, Nattu, Isa Malfoy, norma, Sabaku no Akelos, nasirid, blackstarshine, Annirve, Lazylid, CrissBlack, Corae, Yedra Phoenix, rosa, Nicole Daidouji, Nimpadora Weasley, melaniablack, Caperucita Roja.


Capítulo 29. Cartas de Hogwarts

"Haber sido amado tan profundamente, aunque esa persona que nos amó no esté, nos deja para siempre una protección." - Albus Dumbledore. Harry Potter y la Piedra Filosofal.

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Miércoles 27 de mayo de 1998

Ministerio de Magia

"Te lo digo en serio."

"Venga ya."

"Que no, Que va en serio."

"Me tomas el pelo, Percy."

Percy miraba a través de sus gafas con un gesto serio, impasible. Ella siempre decía que tenía un gesto "hierático". Pero es que Penelope era culta y era inteligente y utilizaba un lenguaje que sólo él comprendía, y que otros considerarían "pedante" o "redicho".

"Te lo prometo. A Fudge le huelen los pies, y tiene ropa interior de snitchs. He presenciado muchas discusiones con su mujer sobre ese tema."

Penelope se reía a carcajadas. Y Percy ocultaba su sonrisa, pero no se movía apenas, un gesto adusto y flemático que siempre era objeto de las bromas de sus hermanos. Parecía mentira. Quien más le conocía no era Gryffindor, ni era Weasley: Sólo Penelope captaba su sentido del humor. Sus bromas y sus chistes, recubiertas de una impresionante sangre fría. Y decía esas cosas tan en serio, que nunca sabías si eran verdad o mentira.

Siempre con la cabeza sobre los hombros. En el comedor del Ministerio, sentados uno frente a otro en la mesa, él le guiñó un ojo a Penny, haciendo que la broma fuese aún más ambigua, más secreta, más personal, y ella se secó las lágrimas que se asomaban por los párpados, provocadas por la risa.

"No me cabe duda. Eres un Weasley. O me tomas el pelo, o sólo tú te habrías atrevido a decir esas cosas de su anterior jefe, y sobre todo, haberlas averiguado."

"Lo que pasa que no me dejo llevar por la euforia de mis hermanos, sobre todo de Fred y George. Si tuvieras que convivir con ellos durante unos 15 años, sabrías a lo que me refiero. Alguien tiene que tener los pies en la tierra en mi familia. Mi padre adora las bombillas y los enchufes, mi madre demasiado tiene con controlar una casa de locos, Bill va con un pendiente de colmillo y coleta y rompe maldiciones egipcias, Charlie entrena dragones, Fred y George… bueno, son Fred y George. Ron y Ginny casi mueren salvando al mundo por ser los mejores amigos de Harry Potter."

Penelope le dio un mordisco a su sandwich vegetal y sonrió a su novio, sentados en una mesa apartada del comedor. Era una hora inusual para comer, pero erasu hora. Comer a la una y media era demasiado tarde para los ocupados funcionarios ministeriales, pero era su hora. La rutina era objeto de burla de su familia, pero Percy no encontraba ningún mal en tener unas costumbres que le hacían la vida más comoda. Y más feliz, porque estaba con ella.

"Ya, yo también habría acabado desquiciada o elevando un muro de indiferencia ante tanto derroche de ingenio Weasley." dijo ella, dejando su sandwich encima del plato. Cogió una servilleta y se limpió los dedos y la boca, y al notar que Percy estaba tan silencioso, clavó sus ojos azules en los de él. El gesto de Percy seguía siendo serio, solemne, "hierático", pero los ojos azules de Percy estaban brillantes y fijos en ella. "¿Qué?" preguntó ella, medio avergonzada, medio halagada por la intensidad de mirada. "¿Tengo un hilo de espárrago en los dientes?"

Inmediatamente rebuscó en su bolso para encontrar un espejito de mano y comprobar que no tenía nada enganchado en los dientes ni tenía restos de mostaza en las comisuras de los labios.

La perfecta Penelope, la prefecta amante del orden y de las cosas bien hechas. Analítica como buena Ravenclaw. Era ella, era Penelope y lo él supo desde que la conoció. Se inclinó sobre la mesa y Percy apartó con suavidad el espejo que se interponía entre él y los labios de la chica. Y la besó. Sabía a mostaza, pero tenía la esencia de Penelope. Era ella.

Cuando se apartó, ella tenía una sonrisa. Era su sonrisa, y era inconfundible. Era como la vez que su fotografía se mojó, y ella quiso ocultarse porque el agua había hecho que su nariz pareciera más grande. Era coqueta, y era inteligente. Era encantadora.

"¿Y eso a qué vino?"

Percy rebuscó en su bolsillo pero no contestó, y se aseguró que aquel objeto seguía ahí. Sonrió con satisfacción y dio un sorbo a su zumo de calabaza.

"¿Qué tal se portan contigo?"

Penelope alzó las cejas ante el cambio de conversación, y no perdió la sonrisa.

"Me tratan de maravilla. Eso sí, sólo estas comidas contigo superan el agobio del resto del día."

"Que no me entere yo de que te saturan ni te llenan de trabajo, ni te atosigan."

Penelope rodó los ojos, pero agradeció su preocupación. Era ese gesto tan de Percy, que era maravilloso. Era él. Era Percy, y esa protección sólo podía venir de él. Se sorprendía mucho porque nadie supiera ver que Percy era muy metódico, incluso cuando defendía a los suyos, y ella se sentía protegida y querida por él. Sabía que estaban destinados a estar juntos, hasta el final.

"Nos faltan cinco minutos." Comentó él, aunque Penelope detectó un matiz ligeramente disgustado; porque sin duda, prefería quedarse almorzando con ella. Para siempre.

Percy, tan asquerosamente puntual, adhiriéndose a las normas y a la rutina. Le contaba que sus hermanos se partían de la risa cuando Percy se molestaba cuando una rutina práctica y calculada se rompía porque había que hacer cosas "imprevistas". Tan racional, que tenía que haber sido Ravenclaw.

Pero no. Tenía un punto de anarquía Gryffindor, que sólo podía ser calificada como puro Percy Weasley. Y ella sabía que Percy era capaz de hacer grandes cosas. Que siempre iba a más, que intentaba superarse a sí mismo, que tenía ambición.

Y que todo eso lo hacía por ella.

Y jamás había sido parte de su conversación que ella fuese hija de muggles.

Él le abría el mundo de la magia, ella le enseñaba el mundo muggle. Y él tenía la misma curiosidad que su padre hacia lo muggle, y también racionalizaba todo lo que ella le decía.

Eran tan complementarios, que el mundo no era muggle. Ni mágico. El mundo era suyo.

Y tenían toda una vida para descubrirlo.

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Miércoles 9 de diciembre de 1998

El Vociferador se extinguió, y el joven no se movió de su sitio. De pie, en el centro de su pequeño salón, los recuerdos eran tan frescos como si hubiesen ocurrido esa misma mañana.

Introdujo la mano en el bolsillo y extrajo un sencillo anillo de oro con un solitario. Apoyó la frente en el frío cristal que daba a una calle del sur de Londres y cerró los ojos. Comprendiendo, apretando con tal fuerza el anillo que las frías aristas del brillante se clavaban en su palma.

Al menos ese dolor era soportable.

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Aula de Encantamientos. Hogwarts

"Ron, Hermione y yo vamos a la Sala Común a ver esas historias de las mazmorras … ¿Te vienes?"

Ron cerró su libro de Encantamientos y miró a Harry, de pie a su lado con la bolsa al hombro, y se percató de que era el último en el aula y que no había recogido. Y que por cierto, ni se había enterado de los deberes que Flitwick había pedido.

Tampoco le preocupaba mucho; total, luego se los copiaría a Hermione y tan contento.

Abrió su bolsa y echó todo de golpe dentro. Y torció la boca, acordándose de las broncas que recibiría de su madre, de Hermione, de… Percy… si supieran que recogía con tan poco cuidado. Incluso Fred y George le abroncarían diciéndole que no tenía ningún estilo al recoger, ellos seguramente habrían inventado algún hechizo para hacer que las cosas se recogieran por sí mismas, poniéndoles piernecitas a los libros y haciendo que entraran voluntariamente en sus bolsas…

"¡Ron! Joer, cualquiera diría que te has enamorado… estás en la luna…" Ron dio un respingo cuando escuchó la frase de labios de Harry, y éste simplemente consultó la hora. "Que te digo que estaré con Hermione buscando lo de las mazmorras, no entiendo palabra de Historia de Hogwarts. Estaremos en la Sala Común, por si quieres venirte luego."

Harry fue hacia Hermione, que estaba cerca del umbral de salida mostrándole unas páginas a Susan en el libro que sostenía en las manos. Y Ron dio un golpe en la mesa, frustrado.

"¿Estás bien, Ron?"

Ron se dio la vuelta y vio a Neville, recogiendo de debajo de la mesa a Trevor. Sonrió melancólicamente, cuando recordó la primera vez que oyó hablar de Neville y de su desastrosa mascota. Escuchó vagamente a Neville decirle que se había olvidado a Trevor en la cajonera, después de haber intentado en cambiar su piel verdosa en unas brillantes escamas de color azul.

Parecía que había pasado toda una vida. Ni siquiera Ron tenía ya la vieja túnica de Bill, ni la varita de Charlie. Ni a Scabbers, la vieja mascota de Percy. Ya no tenía cosas de segunda mano. Y por primera vez en la vida, pensó que echaba eso en falta. Lo que nunca había imaginado.

"Vamos, Fred, deja a Ron en paz. Ya bastante tiene con que tenga pesadillas con arañas y ositos de peluche." Dijo una voz joven, pero autoritaria.

Ambos gemelos se miraron y estallaron en carcajadas delante del alto y espigado pelirrojo con gafas; Percy rodó los ojos, dejando por imposibles a sus revoltosos hermanos.

"No les hagas ningún caso, Ron. Te lo digo yo, que siempre van a por mi, y aquí me tienes, impasible, paciente y…"

"Y… Percy, te salen burbujas de la boca." Le interrumpió el pequeño Ron en un alarde de infantil honestidad.

"Qué…" Percy apretó los dientes mientras una pompa de color azul explotaba frente a su nariz, y se dio la vuelta, pero sus hermanos gemelos habían desaparecido del salón de la Madriguera. "De verdad, un día voy a…"

Ron se fijó que Percy se marchaba dando grandes zancadas. Era el tercero, pero era ya más alto de Charlie, y sin embargo, los gemelos no se veían intimidados por su estatura. En realidad, Ron sabía que sólo mamá era capaz de atarlos en corto, y a veces incluso podían sentirse hasta intimidados por ella. Pero cuando mamá no estaba delante, sus hermanos podían hacer estallar La Madriguera, y estaban a punto de empezar tercero, no podía imaginar de lo que serían capaces en un par de años más…

"Psst…" El chisteo le interrumpió; Ron miró hacia donde venía el sonido, y vio las rojizas cabezas de los gemelos asomarse desde detrás del sofá. "Venga Ronnie, no te pongas así. Mira, para que veas, te enseñaremos un truquito." Susurró George, saliendo de detrás del sofá. "Serás de los primeros alumnos que sabrán hacer magia antes de entrar en Hogwarts."

"¿De verdad me enseñaréis cómo hacer burbujas cuando alguien hable?" preguntó entusiasmado Ron, demasiado familiarizado con el talento en cambiar de colores y formas cualquier cosa que se ponía al alcance de sus hermanos más bromistas.

Fred y George se miraron.

"Eh… no; mucho mejor que eso. A ver, trae a Scabbers."

Ron torció la boca; le habría encantado haber recibido una lechuza tan alucinante como la que le habían regalado sus padres a Percy. Si tan sólo llegara a ser Prefecto, podría tener una lechuza como esa, y destacar tanto como Percy, o como Bill… y ser también Premio Anual… y dejar de ser el más pequeño y el más ignorado de todos…

Entusiasmado, si era capaz de hacer un hechizo de esos de Fred y George, podría ser el primer paso a ser un gran mago, sería un mito, casi más famoso que Harry Potter… Y no tendría que conformarse con la vieja varita de Charlie, o la antigua mascota de Percy… Pensó en la carta que había recibido hacía muy poco, diciéndole que tenía una plaza en Hogwarts. Pensó qué sería si ya entraba de antemano siendo famoso…

"Mira…" dijo Fred, remangándose y devolviéndole a la realidad. Fred guiñó un ojo a George, y movió la varita sobre la rechoncha rata de Ron.

"Rayo de sol, margaritas, volved amarilla a esta tonta ratita." Recitó pomposamente, casi tanto como haría Percy cuando murmuraba y practicaba sus hechizos.

Ron abrió la boca cuando vio que Scabbers tenía un brillante color amarillo limón. Tan sorprendido estaba, que no se dio cuenta de que el hechizo lo había realizado George, y no Fred utilizando ese tonto versito.

"¡¡Hala!!" exclamó, agarrando a Scabbers ya acercándosela para comprobar que no era ninguna ilusión óptica, que era efectivamente amarilla como el sol. George murmuró algo que a Ron le sonó como "Fincatantem" y Scabbers volvió a tener su color parduzco de siempre.

"Hala, Ronnie, ahora prueba tú."

"Fred, George." Ron se dio la vuelta y vio a Percy, con los brazos en jarras como hacía siempre mamá, y casi siempre Ginny. "Dejad a Ron tranquilo, no quiero que le metáis ideas raras vuestras en la cabeza. Es la última vez que os lo digo."

"¿Nos vas a quitar puntos en casa, Percy?" se burló Fred. "Ron, hazme caso, ahí donde lo ves, Percy es un producto experimental del Ministerio, un día vino papá y lo trajo metido en una caja de ladrillos, así ha salido él."

"A Percy lo crearon los Inefables del Ministerio. Por eso le mola tanto ser un chupatintas…" George hizo girar la varita en el aire y la atrapó al vuelo.

"Y os recuerdo que está prohibido utilizar la magia siendo menores de edad." Continuó Percy, ignorando la burlona conversación de sus hermanos gemelos. Fred y George se miraron y se empezaron a reír, mientras salían por la puerta, murmurando algo como que "este sentido del humor de Percy es único… es la monda…"

"¿Ron?"

Ron se llevó una mano a la sien, y suspiró, nervioso. Hacía tiempo que no le abrumaban tanto los recuerdos, y se temía que si seguía así, se estaría obsesionando. Había reprimido hacía tanto tiempo el pensar en Percy, que estaba desbordándole el hecho de haber abierto un resquicio a su recuerdo. Y Ron no sabía controlar las emociones, las sentía, la vivía.

"Esto es un mierda, Neville. Tengo…" negó con la cabeza y dio una patada al pupitre de madera donde cabían varios estudiantes. "Estar aquí… sin saber nada…"

Neville metió en una cajita a su sapo, y alzó las cejas desconcertado.

"No te entiendo, Ron. ¿No saber nada de qué?"

"De mi hermano."

"Oh." Dijo Neville, y desvió la mirada, con un gesto de pesar.

"¿Qué?" preguntó Ron, levantando su bolsa y echándosela al hombro. "Será un sabihondo y un pringado, pero era mi hermano, joder. No sé si prefiero que me digan que está muerto, que está en San Mungo, pero por lo menos saber su paradero, ¿no?" echó a andar hacia la salida, sin esperar respuesta de Neville.

"Ron, espera." Neville fue tras él y salieron hacia el pasillo, entre grupos de estudiantes que estaban en corrillos o yendo de un lado a otro con sus libros y bolsas encima. "¿Recuerdas la Bonfire?. ¿La noche que nos atacaron?"

"Sí," contestó Ron, cruzándose de brazos como cuando no tenía mucha paciencia. "¿Qué le pasa?"

"Creo que vi a tu hermano."

Ron levantó las cejas y acto seguido frunció el ceño, extrañado y escéptico.

"Venga ya, Neville, te lanzaron un Confundus y creíste ver a mi hermano, pero era yo. Me parezco más a él que Fred y George…"

"No eras tú, Ron, y no me lanzaron un Confundus." Ron alzó una ceja y se cruzó de brazos, no muy convencido, mientras llegaban hacia la Gran Escalera y esperaban en el rellano a que aparecieran los escalones y la barandilla. "Bueno, sí, me echaron algunos maleficios, pero sé lo que vi, Ron, y yo vi a Percy. Vi a tu hermano, lo prometo."

Ron levantó la mano.

"Espera… ¿se lo has dicho a alguien?"

Neville torció la boca a modo de disculpa.

"Se lo dije a Harry. Y también estaban tu padre, y Lupin, y Kingsley Shacklebolt". Hizo una pausa. "¿Te has enfadado?"

"Oh, no, para nada…" respondió Ron sarcásticamente. "Estoy encantado de saber que el último en enterarse soy yo."

"Perdona, es sólo que nos parecía que a Ginny y a ti no os hacía ningún favor saberlo, si era al final una pista falsa."

Ron tenía ganas de chillarle que eran ya mayores de edad, que tenían capacidad para tomar sus propias decisiones, que podían vivir con esa pista falsa a cuestas. Pero primero, se sintió un poco mejor al saber que también se lo habían ocultado a Ginny, y no sólo a él. Y segundo, tampoco era culpa de Neville. Pero Ron tenía ese genio vivo incontrolable.

"¿Te has enfadado, Ron?" volvió a preguntar Neville.

"No. No, Neville. Gracias por decírmelo." Dijo Ron, y bajó inmediatamente las escaleras, dejando solo a Neville. Éste se sorprendió, porque pensaba que subirían a la Sala Común, con Harry y Hermione.

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Terrenos de Hogwarts

Ni siquiera sabía a donde se dirigía. Normalmente cuando se cabreaban, iban a hablar con Hagrid o a aporrear bludgers en el campo de Quidditch. Esta vez ni siquiera tenía eso claro; el día amaneció despejado, pero su mente no lo estaba. Y caminaba hacia donde estaba la cabaña de Hagrid, y allí se encontró a Luna. Como otras veces, sentada sola, dándole de comer a Fang, o simplemente leyendo un libro u observando las musarañas.

Se había empezado a acostumbrar a llamar a todo eso "cosas de Luna".

Luna se puso de pie cuando vio llegar a Ron, sus largas piernas dando zancadas que desprendían tanto prisas como un estado de ánimo tan encendido como sus cabellos. Los de Luna se revolvieron con el aire frío de las colinas, y se llevó una mano para dejar el mechón tras los pendientes de rabanitos.

"Ronald, qué…"

Pero no terminó la frase. Luna no pudo reaccionar cuando se inclinó sobre ella y Ron la abrazó, sin decir nada, tapando la cara sobre el hombro de la chica. Y ella sólo lo sostuvo, comprendiendo.

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Sala Común de Gryffindor

"Veamos…" Hermione siguió con su dedo por párrafos y más párrafos de su libro de Historia de Hogwarts. Para Harry, "Histeria" de Hogwarts, porque no había más que ver la cantidad de cosas raras que se podrían haber sucedido en esas paredes. Para él, lo importante era el presente y el futuro, y no los hechos paranormales.

Harry no era de todas formas de aquellos que se asustaban; había vivido más de la mitad de su vida en un alacena. Había escuchado ruidos de madera, puertas que se abrían y crujidos en las escaleras desde que tenía uso de razón. Había apartado arañitas y hormiguitas que se colaban por las rendijas y no le habían producido enormes pesadillas. No se había criado en el amoroso regazo de su madre, y no sabía qué eran las palabras de consuelo.

Pero a diferencia de Tom Riddle, con una infancia igual de solitaria y huérfana, Harry sí había conocido el amor. De alguna manera, había aprendido que tenía un mundo propio mucho más valioso que todo aquello que hasta los 11 años le había rodeado. Que la realidad que le tocó vivir en su infancia era mucho más aterradora que pasos en medio de la noche, o silbidos del viento colándose por las rendijas o trampas de una desbordada imaginación.

Su vida cambió cuando recibió la carta de Hogwarts.

Y si había algo en Hogwarts, por muy aterrador que fuese, no lo temía. Sonrió cuando pensaba en su boggart, y en la frase de los gemelos.

"El hombre sin miedo."

"Ya lo tengo…" exclamó Hermione, a su lado, sin levantar la nariz del libro. "Según los comentarios de Dumbledore, las mazmorras permanecen semiocultas por un poderoso hechizo. Se cerraron cuando quedaron abolidos los castigos físicos a los estudiantes, en el siglo XIX… vaya…" comentó, mirando entonces a Harry. "Pues eso no es hace tanto…"

"Ya sabes eso de la educación británica… la letra con sangre entra…" comentó Harry en tonos apagados. "O eso decía mi tío Vernon. Para él, unos buenos golpes ponen en vereda a cualquier estudiante rebelde."

"Ya… menos mal que no tienes sangre Dursley… ni que la decisión de abrir las mazmorras depende de él…" murmuró Hermione, leyendo el texto. "Es interesante…" añadió, cambiando el tono de voz, mucho más interesado esta vez.

"¿El qué?" preguntó Harry, arrimando su silla al escritorio repleto de libros y pergaminos.

"Pues que la magia que protege las mazmorras es tan peculiar y misteriosa como la magia que tiene la Sala de los Menesteres. O el Espejo de Oesed."

Harry miró a Hermione y frunció el ceño.

"No te entiendo… ¿qué tiene de especial esa magia?"

"Harry… la magia de la Sala de los Menesteres es una pasada, es la que hicieron los Fundadores, crear una Sala que parece que te lee la mente, que te da lo que deseas. Es como el Espejo, te ofrece lo que deseas, pero me atrevo a pensar que éste es mucho más tramposo…"

Harry miró a Hermione y, no por primera vez en su vida, se asombró y se admiró de sus deducciones.

"Es verdad. El Espejo de Oesed te ofrece lo que deseas, pero es un engaño, es tan engañoso que al final acaba destruyendo tu propia alma. Dumbledore dijo que no era bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir. Y ese Espejo sólo trae desgracias. Con 11 años no lo entendí muy bien, pero ahora creo saber a qué se refería."

Hermione asintió despacio, y señaló un párrafo a Harry.

"Pues aquí dice lo mismo que pensaban Fred y George, que para llegar a las mazmorras hay que pensar en encontrarlas, no en ir a buscarlas."

"Uf… eso no sé yo como se piensa."

Hermione pasó la página y pareció un poco decepcionada.

"No dice mucho más. Que las mazmorras siguen siendo un lugar tenebroso, oscuro, y poco explorado. Dumbledore comenta que por algo Hogwarts es uno de los lugares más seguros del mundo mágico…" miró a Harry. "…y en particular, las mazmorras, porque su acceso es prácticamente imposible. Y hay mucha magia oscura."

"Estoy seguro de que ahí abajo hay algo, Hermione. Y tal vez eso es lo que vengo sintiendo… rastros de magia oscura… El propio Castillo…" añadió Harry, pensativo.

Ella cerró el libro de Historia de Hogwarts comentado por Dumbledore, su preciado regalo de cumpleaños.

"Bueno, de momento tenemos otras obligaciones más acuciantes, señor Potter. Como pasar lista sobre los alumnos que no han entregado las circulares, ver qué Prefectos se quedan en Navidades… estudiar, repasar las lecciones…" sacó una tarjeta con un escudo familiar grabado. "Fiesta de Slughorn…"

"Vale, vale…" interrumpió Harry, sin ningún interés. "Ya lo pillo…" Y dejó caer la cabeza sobre el escritorio, absolutamente derrotado.

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Jueves 10 de diciembre de 1998

Callejón Diagón

Tenía una gorra colocada sobre los cabellos pelirrojos, y unas gafas oscuras que ocultaban sus ojos azules. Alto y delgado, vestido con una túnica de los operarios de limpieza, Percy movía con maestría la varita, y ésta la escoba, que recogía los desperdicios de la calle más comercial del mundo mágico.

Era un lugar estratégico. Veía a mucha gente, oía muchos rumores, y tenía relativo acceso a uno de los lugares más tenebrosos, un lugar donde podría llegar hasta aquellos que habían convertido su vida en un infierno. Y cerca de las Navidades, era el lugar del mundo donde nadie imaginaría encontrarlo, pero a la vez era el lugar donde encontraría información directa sobre lo que estaba buscando.

La escoba recogía y el cubo se abría para que el recogedor echara en él lo que había barrido. Percy, tan limpio, organizado y cuidadoso, no tuvo ningún problema en la entrevista que hizo con los del Ministerio. Conocía al dedillo el procedimiento, conocía incluso al infeliz que decidía quién era digno de ser barrendero, y quién no.

Unos pequeños hechizos desmemorizadores, y la estancia que había remitido con el curioso nombre de Odysseus Back sería perfectamente válida. Nadie habría reconocido al joven ayudante del Ministro, ni lo relacionarían con el fugado Percival Ignatius Weasley.

Y estaba agitado. Era la primera vez que recibía una carta como las de su madre, intuía que todas del tipo pidiéndole que volviera, que lo echaba de menos, que lo quería, y que estaban desesperados. No necesitaba abrir las cartas.

No podía abrir las cartas. Todavía no. Si lo hiciera, si se atreviera, sería más fácil refugiarse en su familia, en su seguridad y en su calor. Dejar que ellos hiciesen las cosas, pero este era su trabajo. Era su vida. Y tenía que arreglarla él.

Siempre había conseguido las cosas por méritos propios. No tenía una familia influyente como la Malfoy. Ni acomodada como la Macmillan. Eran tan sólo Weasley, y para casi todo el mundo eso no era lo bastante influyente, ni lo bastante rico ni lo suficientemente prestigioso. Tenía que conseguir las cosas por sí mismo, todo a base de esfuerzo, determinación.

Coraje.

Era lo que le sostenía. Y lo hacía por su familia, aunque no lo entendieran.

Por ella, aunque ya no estuviera.

Y ese Vociferador, que su sorprendente hermano pequeño le había enviado hacía unos días.

"¡¡Maldito seas Percy, cuando vuelvas pienso tirarte a un caldero lleno de ácido y pienso echar tus restos a los dragones de Charlie!. ¡Haz lo que debas hacer, y regresa o iré por ti y… Y… ¡¡te romperé las gafas!!"

Le rompería las gafas. No la nariz. Ni los dientes.

Una amenaza, muy muggle, y muy de Ron. Incapaz de hacer daño voluntariamente a aquellos a quienes quería, a los suyos.

En general ninguno de los Weasley había salido especialmente protector de los dos hermanos pequeños. No los tomaban en cuenta. Pero a Percy sí le preocupaban. El futuro de Ron, y por eso le envió una carta para hacerle ver que si seguía siendo amigo de Potter, podría acabar igual de desprestigiado que él ante el mundo mágico, con sus delirios de ser El Elegido.

Y Percy se llenó de orgullo cuando supo que de todos, Ron había sido también Prefecto. Al menos Ron no se había visto demasiado afectado por la perniciosa influencia de los gemelos. Ni siquiera Ginny.

Imitando a la perfección la impecable técnica de su madre para mover las escobas y los recogedores, continuó por la calle hasta que dio con la tienda.

Cerrada desde hacía meses.

Alargó la mano para tocar el escaparate, pero la retiró de inmediato. Tantos años junto a Fred y George le aconsejaban que si rozaba la persiana del cierre, podría transformarse en un cubo de agua, un canario de brillantes plumas amarillas, o un pollo de goma.

Algún día volvería a verlos. Y se sentirían orgullosos de él. Como Penny.

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Gran Comedor

"Vale, el viernes entonces iremos a la fiesta…" Harry repasó a sus compañeros. "Ginny, Hermione y yo…"

Ron empezó a cortar su bistec como si eso no fuese con él; no era miembro del Club de Slughorn, así que no tenía posibilidad de ir a menos que fuera acompañando alguien. Hermione removió un poco en silencio sus judías verdes, y alzó los ojos de manera inconsciente hacia la mesa de Slytherin. Draco no era miembro del Club tampoco, y le dio rabia pensar una cosa.

Que quería ir con él.

"Está bien." continuó Harry. "Yo creo que podríamos hacer algo. Ron podría ir con Hermione, yo podría invitar a Luna, Ginny podría invitar a Neville, y así podríamos estar todos."

Ginny sonrió ante la idea y miró a Hermione, pero su sonrisa despareció cuando vio que ella miraba hacia un punto del Comedor bien conocido; justo hacia la mesa de los Slytherin. Se llevó un dedo a la barbilla, pensativa, y de forma casual cogió un trozo de pan que partió para hacer barquitos en la salsa de su estofado.

"Yo propongo que Ron venga conmigo, Harry, tú vas con Luna, Neville después de todo no va a ir sin Hannah; que Hermione vaya con quien ella quiera." Añadió, mirando intencionadamente a Hermione.

Ésta no dijo nada, pero clavo fijamente su mirada en Ginny, comprendiendo la intención detrás de sus palabras.

"Bueno a mi me da lo mismo." Comentó Harry, dando un trago al zumo de calabaza. "Mañana a las siete en la Sala Común, los demás quedad con vuestras parejas donde queráis."

Harry y Neville se pusieron a hablar entre ellos, tal vez Harry tratara de convencer a Neville de ir a la fiesta aunque no pudieran llevar a Hannah, o tal vez buscando la manera para que ella también pudiera ir con ellos; Ron seguía callado y de mal humor. Ginny simplemente no le prestó atención, demasiado habituada a que Ron tuviera cambios de humor a menudo. Cuando se hartó de esperar a que Hermione hablara por fin, decidió que tenía que tomar ella la iniciativa.

"¿Me lo vas a contar o no?"

"¿El qué?" contestó Hermione, pelando su manzana con exagerado cuidado a fin de evitar su mirada.

"Vamos, no te hagas la tonta; te he echado un cable ahora mismo. Ahora, ¿me lo vas a contar?" repitió Ginny insistentemente.

Hermione paró de cortar, pero se negó en rotundo a mirar a Ginny.

"Me siento muy estúpida. Pero no puedo evitarlo, deseo ir a la fiesta, y me siento mal si fuera acompañada por alguien. Es como si fuese…" miró finalmente a Ginny y habló en voz más baja. "Infiel."

Ginny encogió un hombro, y no le dio mucha importancia, moviendo la mano para enfatizar su opinión.

"No le eres infiel a nadie por ir acompañada. Pero si lo que quieres es ir acompañada por él, díselo." Desenvolvió un bombón de la bandeja de postres. "Es tu último año en Hogwarts, Hermione. No dejes de hacer cosas que ya no podrás repetir en un futuro." Añadió, antes de meterse el bombón en la boca.

Y Hermione comprendió.

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Draco se preguntaba cuándo fue ese primer momento en el que todo el mundo pareció cambiar la felicidad por la muerte del Señor Tenebroso, por un estado de ansiedad perpetuo, un estado que no tenía que ver (no al menos directamente) con el hecho de estar enfrentándose a los EXTASIS.

Tenía a su lado a Blaise, que hacía días que no iba de gallito por la vida. Seguía siendo un déspota y un engreído, pero eso podría ser perfectamente aplicable a él mismo, si el hecho de mostrar orgullo por su sangre y sus orígenes, o por el hecho de ser incuestionablemente superior a la chusma que generalmente les rodeaba, era un defecto, claro.

Pero había algo más. Notaba que Blaise se iba a dormir tarde, y que era el primero que se despertaba. Notaba que en quidditch ahora Blaise era el que iba un poco más a rueda, y era quien no estaba precisamente muy agudo durante las clases, y que no era la primera vez que le preguntaba qué deberes habían puesto, porqué, o bien había olvidado apuntarlos, o había olvidado dónde los había apuntado.

Le entraron ganas de lanzarse un Avada Kedavra a sí mismo. Porque estaba empezando a comportarse como Potter cuando le atosigó tanto en su sexto año.

"Eh, Blaise, ¿a quién vas a llevarte a la fiesta de Slughorn?" preguntó Daphne con una media sonrisa. "Eres el único de nuestro curso que ha sido invitado."

Blaise abrió la boca, e miró de reojo a Draco. Éste alzó las cejas, de nuevo sorprendido de que Blase no se hubiese acordado de que al día siguiente tenía la maldita fiesta que ese estúpido profesor organizaba, y a la que a él no le había invitado.

Por el rabillo del ojo vio que Nott alzaba la cabeza, pero volvía a agacharla para concentrarse en el libro que estaba leyendo; si es que estaba leyendo, claro. Ya no sabía qué era realidad y qué no.

"No… no lo había pensado. Cualquiera vale, supongo." Dijo haciendo una mueca Blaise.

Daphne se rio con Tracey Davies, y ésta se echó hacia atrás en su sitio, encogiéndose de hombros.

"Vaya, Blaise, cualquiera no vale, eso lo sabes."

"Cualquiera con clase, me refiero…" dijo él, fríamente, dejando totalmente implícito que para él, "cualquiera" no era un término tan genérico. Se incorporó de improviso, sorprendiendo a todos los de alrededor. "Malfoy, ¿quieres venirte a la fiesta?"

Draco alzó las cejas absolutamente desconcertado; Crabbe y Goyle parecía que habían desencajado las mandíbulas, y las risitas de Daphne y Tracey se esfumaron ante la posibilidad, aterradora, de que Blaise y Draco fueran a la fiesta.

Juntos.

Como pareja.

El mundo se había vuelto loco.

Pero Blaise resopló desdeñoso.

"Idiotas." Les soltó despreciativo, antes de dirigirse a Draco. "Draco, yo no sería tu pareja, que quede claro."

Draco soltó sin querer el aire que había contenido, ante la desconcertante propuesta. Ahora lo vio claro, en el momento además que Blaise se fue directo hacia la mesa de Ravenclaw; se inclinó entre Siri Fawcett y Melinda Bobbin.

Y comprendió a qué se refería; más allá de sus cabezas, buscó sin querer la mesa de Gryffindor. Pero esa era una posibilidad remota, imposible, y mejor que no fuese ni siquiera tentadora.

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Vestíbulo

"Está bien…" comentó Harry repasando la pluma en el listado. "…entonces, Susan, con Ernie, vosotros en la Enfermería y sus corredores, y Hermione, tú con Malfoy, la Lechucería y sus escaleras." Añadió, con un extraño deje en la voz.

Todos los Prefectos fruncieron el ceño, extrañados. Generalmente Hermione no iba a patrullar con Malfoy, ahora porque parecía que no querían estar nunca juntos, y antes porque parecía que no querían que fuesen vistos juntos, o no de forma tan fehaciente.

Draco se quedó un momento inmóvil y abrió la boca para discutir la decisión; pero Harry enrolló el pergamino ignorando al Slytherin de manera obvia y estudiada.

"Si tienes alguna queja ya conoces el procedimiento." Murmuró de forma casual Potter, metiendo el rollo de pergamino en el bolsillo interior de su túnica. "Nos vemos en una hora."

Todos empezaron a dispersarse para recorrer las rutas que les habían asignado patrullar. Hermione entonces empezó a ponerse ligeramente nerviosa; le había pedido cambiar a a Daphne como compañera de patrulla de Malfoy, y Harry, aunque se la quedó mirando de forma fija, alzó las manos como diciendo "tú misma". Y sin embargo, ahora todas las escenas que había imaginado, todo lo que había planificado decirle a Malfoy para ese instante se habían borrado totalmente de la memoria.

Se colocó los guantes para salir hacia la Lechucería, y se puso la túnica de abrigo para intentar mostrarse tranquila, que no se diera cuenta de que estaba nerviosa.

Corrección: Estaba muy nerviosa. Ahora no tenía ni remota idea, aunque lo había pensado y meditado, de cómo le iba a decir que le gustaría ir con él a la fiesta de Slughorn.

De pronto Draco se dio la vuelta y se quedaron ambos mirándose, uno al otro; a solas en el enorme Vestíbulo que ya se había quedado desierto de Prefectos. Pero él echó a andar a grandes zancadas mientras se ponía la túnica de abrigo.

"Vámonos." dijo según pasaba al lado de Hermione, en un tono molesto y tirante.

Ella podría haber mostrado igual furia y temperamento. Pero se sintió más bien herida ante la posibilidad de que Draco ya estaba acostumbrado a que no estuvieran juntos, y de hecho, acostumbrado a que su compañía volvía a ser molesta, como siempre había sido. Tal vez patrullar juntos no había sido buena idea después de todo.

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Había llovido toda la tarde y el granito del suelo exterior tenía casi todos sus surcos encharcados; Hermione recordaba a su padre decirle que siempre tenía que tener cuidado con el aquaplanning, que siempre vigilara donde ponía sus pies… o sus ruedas.

Lástima, su padre no se hacía a la idea de que Hermione no tenía mucha intención de usar vehículos de ruedas sobre superficies mojadas.

Pero tampoco tenía intención de volver al mundo muggle. Después de todo lo que había pasado aquí, no podía ser una muggle. No quería ser muggle. Ella no era muggle. Pensó en la carta que le había cambiado la vida a los 12 años. La que le certificaba que ella era diferente de su entorno, y que su futuro ya no sería como había imaginado.

Draco abrió la puerta que daba a los terrenos perezosamente, y le cedió el paso apoyándose en el picaporte. Pero el gesto conmovió a Hermione; sabía que él lo hacía de forma inconsciente, aunque hacia ella el gesto de no cederle el paso siempre había sido totalmente consciente. Ella era inferior a él, según los canones de su educación. Escuchó a Draco cerrar la puerta, pero seguía sin decirle palabra.

"Mañana es la fiesta de Slughorn." Comentó ella, sin saber cómo abordar el tema. Sin saber si quería de verdad que él fuese con ella, y sin saber si de hecho, él querría ir con ella.

"Ya." Comentó él secamente.

Hermione miraba alrededor para buscar a aquellos alumnos que se intentaban escapar; los que habían esperado a última hora para escribir y enviar cartas a sus familiares. De momento la noche había caído pesada, los nubarrones amenazaban tormenta y sólo esperaba que no se mojaran durante su patrulla.

Al menos ese tiempo de perros disuadiría a cualquiera que pensara salir del Castillo. De forma mecánica, fueron hacia las escaleras que subían hacia la Lechucería, en un silencio incómodo. Él no le ponía las cosas fáciles.

"¿Quieres ir a la fiesta?" preguntó ella, ambiguamente.

Draco se detuvo a pie de la escalera de la Lechucería, y Hermione, unos peldaños por encima, se dio la vuelta para esperarle; él la miraba con ojos entornados, como si estuviese intentando utilizar la Legeremancia sin varita, y ya puestos, Legeremancia no verbal. Ella cambió el peso del cuerpo de un pie a otro, sin saber cómo reaccionar ni qué añadir. Era como estar con un desconocido, y no podía acabar de creerlo.

"No especialmente." Respondió él; sin embargo, pareció querer rebajar el tono distante, desviando el rostro hacia la torre de la Lechucería. "Pero prefiero ir, después de que Zabini…" se interrumpió y agitó la cabeza. "Da igual. Al final voy."

De todas las escenas que Hermione había imaginado, ésta no había entrado en sus planes; se quedó quieta en las escaleras tratando de asimilar lo que no tenía planeado. Ella no era buena improvisando, era buena planeando con antelación, calculando escenarios y reacciones. Draco subió las escaleras como si no hubiese pasado nada del otro mundo, pero al darse cuenta de que subía solo, volvió hacia su compañera, que se había quedado inmóvil.

Y ella pensando que podría serle "infiel" si iba con Ron.

Y él directamente iría por su lado a la fiesta de Slughorn sin tener en cuenta nada más. Ni teniéndola en cuenta a ella.

Alzó la cabeza tragando todo su orgullo herido y subió como si no hubiese ocurrido nada. Pero ahora no estaba ni siendo consciente de hacia dónde iba ni de por qué. Podría estar la escalera de la Lechucería reventada de estudiantes vulnerando todas las normas del Colegio, que ella no se habría ni dado cuenta.

"Granger." Dijo Malfoy a su lado, cuando con un par de zancadas alcanzó la marcha que llevaba ella. "Granger, si vas a este ritmo llegarás con la lengua fuera a la Lechucería."

Pero ella no contestó. A veces parecía que Malfoy podía ser tan espesito como Ron con respecto a estas cosas. No podía creérselo. Malfoy sabía perfectamente cuando decía las cosas, cómo las decía, por qué las decía y siempre tenían un propósito. Ahí donde Ron era sincero y bruto hasta decir basta, Malfoy lo hacía siempre con una intencionalidad. Con un objetivo. Y el hecho de estar haciéndose el tonto era muy propio de los Slytherin.

Taimados. Ingeniosos. Tramposos. Manipuladores.

Bajó el ritmo, y decidió tomárselo con la misma frialdad.

"Nos veremos entonces en la fiesta, Malfoy." Dijo simplemente.

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Sala Común de Gryffindor

"Si quieres puedo dejarle calvo." Dijo Ginny sentada en el suelo frente a la chimenea, compartiendo una manta con Hermione. "¿Eso dijo?"

"Seguro que va con Fawcett." Murmuró Hermione, sin dejar de mirar las llamas, entre dolida y furiosa. "Lleva meses y meses detrás de él."

"No creo. Fawcett no es del Club de las Eminencias." Respondió Ginny haciéndose una coleta con la varita. "Pero su amiga Melinda Bobbin sí lo es."

"Me da igual." Respondió Hermione, sin moverse y sin hacer caso al "ya, claro" de Ginny. "Sólo tengo que conseguir ir con alguien también y punto."

"Pues no sé con quién podrías ir…" dijo Ginny. "Tienes un día para encontrar una pareja, y no sé yo… yo llevo a Ron, y Harry a Luna…" se interrumpió meditando la extraña combinación y lo más sorprendente, el hecho de que Ron estuviera de mejor humor ante la posibilidad de ir con Luna. "Podrías ir con Seamus."

"Me cae bien Seamus, pero es como ir con Harry para Malfoy."

"Lástima que no puedas ir ya con Cormac McLaggen. Funcionó muy bien con Ron." Murmuró Ginny mirando a su amiga. "Sólo tenemos que encontrar a alguien…"

"¿…igual de pulpo y sobón?" concluyó la frase Hermione.

"No," contestó Ginny tranquilamente. "Iba a decir alguien igual de eficaz."

"Ya. Pues dime tú quién."

Ginny sonrió echándose hacia el sofá y encogiendo las piernas en el suelo.

"Creo que tal vez no deberías ir con nadie, sino hacer lo que a él le molesta de verdad. Que hables con todo el mundo, que tipos como Krum te hagan caso, que los profesores digan que eres la mejor alumna del Colegio… cosas de esas."

"Dije que no quería utilizar a Viktor en todo esto." Respondió con dignidad Hermione.

"No te digo que hagas nada de lo que te puedas arrepentir, o algo que rompa al menos 300 normas escritas y no escritas del Colegio respecto al tema alumno-profesor…" respondió Ginny. "Tan sólo sigue tu vida sin Malfoy, que es parece lo que él te está pidiendo que hagas."

Hermione se calló cuando bajaron por la escalera Lavender y Parvati, en pijama, riéndose por lo bajini.

"Oh, no sabíamos que quedaba alguien en la Sala Común." Murmuró Lavender entre risitas. Fueron al sofá que quedaba detrás de Hermione y Ginny y se acomodaron en él.

"Sí… es que normalmente no prestamos mucha atención a tu cama, podríamos haber visto que estaba vacía." Comentó con una cruda sinceridad Parvati. Hermione rodó los ojos cuando ellas hablaban así, pero no le dio mayor importancia. Ginny abrió la boca para contestar, pero pareció cambiar de idea.

"Hum… Lavender ¿tú tenías un vestido que quizá podrías prestarle a Hermione para la fiesta de mañana… verdad…?" preguntó inocentemente.

Lavender miró con profesionalidad a Hermione, y alzó una ceja críticamente.

"Bueno Ginny, teniendo en cuenta que Hermione tiene menos pecho que yo…"

"Y menos cintura…" añadió Parvati.

"Y más cadera…" siguió Lavender.

Ginny apretó el brazo de Hermione, que parecía querer lanzarles a ambas un Cruciatus, para continuar hablando sin dar importancia al tonito que empleaban sus compañeras.

"Sí, sí, lo que digáis, pero ¿tendrías ese vestido?"

"Sí, tengo alguno que podría prestarle." Añadió Lavender con un bostezo. "¿Lo quieres para la fiesta de Slughorn? Vale, sin problema."

Maravillada y sorprendida por la inesperada perspicacia de Brown, y hasta cierto punto, por su generosidad, Ginny asintió inmediatamente y le guiñó un ojo a Hermione.

Pero Hermione estaba casi petrificada cuando vio la revista que sus dos compañeras de dormitorio estaban leyendo, y creyó leer algo tan estúpido como "aumenta tu pecho en tres sencillos hechizos."

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Ministerio de Magia

El alto personaje tenía una sonrisa sardónica mientras contemplaba una pared plagada de platitos de porcelana con imágenes de gatitos. Unos durmiendo, unos lamiendo la superficie como si estuviesen extrañamente encerrados en dos dimensiones, otros mirando fijamente…

No era el tipo de decoración que veía para adornar el despacho del máximo responsable de la comunidad mágica. Claro que eso era una minucia. Ella que se preocupara de sus platitos y de sus espantosos visillos de estridente rosa.

Introdujo la enguantada mano en el bolsillo y sacó un pergamino rectangular lacrado en verde. Extendió los pliegues y leyó con indiferencia su contenido; oyó la puerta cerrarse a unos pocos pasos. Volvió a meter la carta en el bolsillo, pero un grabado en ella no le pasó desapercibida a la recién llegada.

"¡Carta de Hogwarts!" exclamó con una falsa alegría Dolores Umbridge, apartándose los pliegues de su túnica en las muñecas. "No me digas que a estas alturas te está llegando la carta de admisión…" añadió con una estridente carcajada.

Su visitante no hizo ningún comentario, pero amplió su sonrisa burlona, admirándose del escaso sentido del humor de la mujer, y de su, no obstante, agudeza. No se le había pasado por alto que la carta, efectivamente, tenía el emblema del Colegio de Magia.

"En fin…" dijo ella, acercándose a un aparador donde comprobó la tetera de porcelana. "Tengo recuerdos tan hermosos del Colegio…" añadió dramáticamente. Agitó la varita para que pudieran tener una entrevista con un poco de té y pastas. Se dio la vuelta y se dirigió hacia su escritorio, mostrando una de las sillas de visita para que se sentara.

El hombre se desprendió de los guantes y se acomodó en la silla, mirando fijamente a la futura Ministra de Magia.

"Ejem ejem"

Apretó la mandíbula mordiendo en las muelas, como solía ocurrirle cada vez que escuchaba ese estúpido carraspeo. Invitándole a contarle el contenido de la carta, y sus intenciones.

Como que iba a decírselas. Iba lista.

Pero Dolores Umbridge era lista. Y él lo sabía. Sabía que se agazapaba tras gatitos de porcelana, visillos de color rosa y túnicas carentes de gusto.

"Señora Secretaria…" dijo con voz melosa, utilizando tramposamente su título, y no su nombre de pila como solía hacer, y mientras inclinaba la cabeza agradeciendo el té que no pensaba ni probar. "…por alguna razón quise ese listado de profesores… esto es simplemente… una anécdota sin importancia."

"Oh…" exclamó ella, con falsa sorpresa. "Vamos, vamos, nada de lo que te rodea es sin importancia…"

"Efectivamente." Contestó él, removiendo con parsimonia la taza de té. "Por algo estoy encargándome de limpiar ese Colegio." Se inclinó hacia delante y clavó sus ojos oscuros en la mujer, que frunció el ceño nerviosamente. "¿O prefieres que alguien se vaya de la lengua… o que alguien sepa qué ocurre por allí, por qué y sobre todo… qué ocurrirá?"

Umbridge se quedó un momento quieta, asimilando la respuesta y calculando con cuidado la suya. Estaban metidos en eso, y al igual que ella dependía de él, también dependía de que él cuidara mucho ciertos detalles que tenían que permanecer para siempre ocultos, secretos.

"Haz lo que debas, por supuesto." Contestó ella finalmente, bebiendo un poco de su taza. "Pero que sea antes de mi nombramiento. No quiero que se relacione una gestión nefasta con mi estreno en mi mandato."

Él se quedó mirando a la mujer con una mueca burlona, y se echó hacia atrás, dejando en la mesa la taza con el té que no había probado.

"Excelente. Eso imaginaba." Consultó su reloj. "Sólo quería asegurarme que seguías en la misma dirección…" se incorporó. "Déjame a mi Hogwarts. Esto no ha hecho más que empezar." Añadió complacido.

Se fue hacia la puerta, sin esperar que ella se incorporara a acompañarle. Se colocó los guantes de algodón blanco en las manos y se dio la vuelta con elegancia.

"Por cierto. ¿Qué clase de saludo de bienvenida piensas dar al Primer Ministro muggle?"

Dolores sonrió y dejó su taza vacía en el platito y se echó hacia atrás en el alto respaldo de su silla.

"Es un novato. No tendrá ni idea de lo que le espera."

Él sonrió satisfecho con la respuesta.

Porque significaba que tenía campo libre para arrasar todo lo que apestara a muggle en su mundo. Y la ventaja de estar apoyado institucionalmente.

Plan perfecto. Sólo hay que tener paciencia.

Cerró la puerta con suavidad, dispuesto a adentrarse en la lluviosa noche de Londres.

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Estoy ya en la recta final. Calculo que en dos o tres capítulos más daré por finalizado 1998, y con él, este primer bloque del fic. Hay cosas que comentaré en el LJ, pero ya las subiré. El resto, bien, sobre todo quería mostrar que aquí cada uno tiene intenciones muy diferentes, expectativas y propósitos de lo más colorido.

En el próximo habrá la fiesta de Slughorn. Y de camino hacia la recta final, siguiente muerte.

A quienes tenéis exámenes, mucha suerte y mucha fuerza de voluntad :). Gracias por leer y hasta el siguiente.