¡Hola!
Ante todo, creo que debo una explicación (aunque gran parte de vosotras/os la conocéis). He tenido una especie de promoción en junio. No, nada emocionante porque aunque sí repercute en el eurito, al final resulta que es hacer más, muchísimo más, de lo que antes hacía y la diferencia no compensa. Estoy teniendo tal volumen de trabajo que no he podido tener vacaciones de verano "hasta casi el otoño". No quiero lloraros mis penas porque no es el foro ni os interesan, pero creedme, la primera que necesitaba escribir era yo, y no me ha sido posible.
Y ya, paso a contar lo que está por venir: De vez en cuando haré algún experimento que otro, esta vez, haciendo "Flash Forwards" (abro con uno) y en algunos casos, contando la historia como flashbacks (pero evitaré éstos). De ahí que os haya fechado con tanta minuciosidad la historia. Arranco con un poco de dramione (pero suave, ya sabéis que mis escenas dramione son muy particulares)
Nota: 'What dost thou fear?' es una forma arcaica de decir 'What do you fear?' ("¿a qué le tienes miedo?" o "¿a qué temes?") La escena de Percy en el cementerio ya la conocéis quienes visitáis con regularidad mi LJ. El flashfoward de inicio también apareció ahí fragmentado.
Atención: Capítulo extra-largo, por compensar tanto retraso. Más de 11.600 palabras, así que tomadlo con calma, id al baño, traed chocolate… en fin. Leed y disfrutad y espero que no os durmáis)
Resumen de todo lo anterior (Bloque 1 – Lo que más miedo da): Tras la muerte de Voldemort, el mundo mágico por fin vive en paz. Sin embargo, su muerte no supone que sus antiguos seguidores ya van a abandonar su ideario. Un grupo de los mortífagos que quedaron libres ha planificado la manera de hacer que la ideología de Voldemort (la defensa de la pureza mágica, el dominio de los magos sobre los no-mágicos y otras razas…) se imponga, aunque no por medio de una guerra tradicional sino a través de unos cambios mucho más sutiles. Sabedores de que en el Ministerio de Magia hay personas que tienen ambición y esa ideología a partes iguales, consiguen su propósito introduciendo un elemento desestabilizador, una criatura proscrita, en Hogwarts. Durante este proceso, resultan muertos personajes como Filch o Rosmerta, y otros alumnos resultan también heridos. Sin embargo, la confusión en los protagonistas es mayor cuando Percy desaparece tras la muerte en el Ministerio de Magia de Penelope Clearwater. La historia se complica cuando se anuncia que la próxima Ministra de Magia será Dolores Umbridge, cómplice en toda esta conspiración.
Bloque 2: Lo que más miedo da Es el Miedo
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Capítulo 31: What dost thou fear?
"Sin sabotajes, ¿eh Penelope?. Penelope y yo hemos hecho una apuesta. Diez galeones a ver quién gana (el partido Quidditch Gryffindor-Ravenclaw)… Harry, procura ganar, porque no tengo diez galeones... ¡Ya voy Penelope! " – Percy Weasley. Harry Potter y el Prisionero de Azkaban.
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Malfoy Manor. Wiltshire, Inglaterra
En un futuro…
Rozó la cubierta del libro con la palma, cuidadosamente. Acarició en complicado dibujo de la extraña criatura en relieve y soltó una risa floja. Incapaz de contenerse, volvió a contemplar el elaborado índice de contenidos, casi como un códice de sabiduría. No se veía con especial conocimiento de criaturas legendarias ni de lugares mágicos; no más que cualquier estudiante que trabajaba duro. Bueno…
Más que eso. Durísimo, hasta rayar en la obsesión por los estudios, y qué fama tenía ya desde entonces.
"Círculo de Piedra de Averbury.
...un gigante cayó en el siglo XIV, su sonriente calavera fue encontrada bajo las enormes piedras. ¿Fue un accidente lo que hizo que el último portador de las antigüedades allá encontradas fuese aplastado hasta morir? Se dice que era un barbero, o tal vez un cirujano, por el tipo de instrumentos que se encontraron a su lado. La "Piedra del Barbero" es como se llamó al monolito. Se dice que aún hoy en día, los muggles aseguran ver a extrañas figuras, incorpóreas, fantasmales que se pasean por la noche entre los menhires. Éstos todavía inspiran maravilla y horror y nadie que los contempla por primera vez o ve a sus fantasmas elevarse hacia el cielo, puede evitar sentirse tocado por su magia…"
"La Posada del León Rojo, Averbury
…fantasmas de caballos que atraviesan su patio, ni los sucesivos dueños han querido tener ningún contacto con su espectral visitante al ser un heraldo de la tragedia, significa que un familiar próximo está a punto de morir. Es menos traumático el fantasma femenino, Florrie, que en la guerra civil del siglo XVII dicen que fue encontrada por su esposo cuando éste regresaba de la batalla, en los amorosos brazos de otro hombre. Disparó al amante y degolló a la esposa infiel, cuyo cadáver arrojó a un pozo. Se dice que ella continúa buscando, hoy en día, a un hombre con barba…"
"Bosque de Parsonage, Above Castle Coombe.
…pero esa belleza y esa paz durante el día, acaban drásticamente al caer la noche, como si el verano pasara a ser invierno en cuestión de horas, y sólo los extremadamente valientes o los extremadamente insensatos son los que osan atravesar sus caminos de barro. Muchos han escuchado voces sin cuerpo, murmullos en la oscuridad y cuando alcanzan su punto álgido, se les une los gritos desgarrados de alguien que parece estar sufriendo un horroroso dolor. Y todo se calla… nadie sabe qué hay detrás, y nadie osa volver a penetrar la linde…"
Llegó al párrafo que había escrito con tanto cuidado. Orgullosa de su obra final, de la primera vez que escribía algo que merecía la pena y no sólo por conseguir las notas más altas. Ya carecía de importancia.
"…mata a la gente por el veneno de su mirada…"
Era Green.
Verde.
Quién diría, el héroe entonces fue un Slytherin: ya era hora de que cambiara la historia. Dejó que el sol, el extraño sol de Inglaterra, entrara por la ventana a través de las finas cortinas interiores, tocándole el rostro con una paz que no había sentido desde hacía años. Tantos, que la sensación parecía inédita en ella.
"What dost thou fear?"
Escuchó la voz familiar detrás de ella, junto a su oído y le sintió asomado y leyendo exactamente el mismo párrafo que ella, las manos con sendas alianzas se unieron sobre el grueso volumen que acababa de cerrar definitivamente y que reposaba en el escritorio. Sin soltarle la mano, la caja donde iría guardado para hacer de un elaborado y cuidadoso regalo se movió siguiendo el movimiento de la varita que sostenía su mano derecha.
"A nada. Ya no le temo a nada." Susurró ella, mientras observaba con una amplia sonrisa, enorme, la chimenea de mármol que tenía a su derecha, apagada en el mes de agosto, pero tentada de usarla y que su fuego nunca se apagara.
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Viernes 1 de enero de 1999
Kensal Green Cemetery, Londres
Era un visitante, un chico alto y delgado. El vigilante, somnoliento por puro tedio observó al joven con calma, y suspiró; ni los ladrones de tumbas trabajaban en día de año nuevo, tan sólo él. La próxima no pringaría en el turno de vigilancia más repelente del año.
Esa mañana llevaba tan sólo vistas una pareja joven, y una anciana. Pero nadie más; la ciudad seguía desperezándose de las celebraciones de la Nochevieja y apenas había nada que hacer por la mañana salvo echar una partidita a la Game Boy y hacer el crucigrama del periódico del día anterior. Poco más.
Ese joven sacó el papel con un pequeño mapa de la zona y una marca que señalaba dónde tenía que ir. Se aseguró de estar en el lugar adecuado y sostuvo con cuidado la maceta que tenía en la mano izquierda. Respiró el aire de la mañana, mezcla de humedad y de naturaleza, a pesar de que estaba en un lugar que no dejaba vía abierta al disfrute. Se detuvo por fin cuando encontró lo que buscaba, tras haber caminado entre el dolor y la reverencia.
Podría haber sido primavera, con más personas velando por el descanso de los suyos, o podría haber sido verano, con el sonido de los pájaros y el sol caldeando sus huesos, haciendo el momento de la comunión con los seres queridos un momento cálido, como si su presencia fuese real, viva. Por desgracia el frío seguía siendo el de enero; unos pájaros levantaron el vuelo entre las copas de los pinos, los únicos árboles que pintaban de verdes y ocres el escenario. Se arrodillo despacio y dejó la maceta a su lado, en silencio. Observó el vuelo y sus graznidos, y pensaba que Penelope no se marcharía con ellos, en un mes de enero detrás de la bandada azabache, hacia ese pinar.
Entre los árboles estaban las estatuas de granito, algunas aladas, otras sentadas; eran los únicos testigos de su silenciosa visita. Allí, en ese hermoso cementerio muggle, al menos tuvo el consuelo de pensar que Penelope no se había convertido en un fantasma, que no había dejado ninguna cosa pendiente durante su vida. No lo habría soportado, ni siquiera para hablar por última vez con ella.
Durante su tiempo como Prefecto, había hablado muchas veces con Nick Casi-Decapitado. Era más de lo que podían decir muchos otros alumnos de su curso, incluso en siete años de clases. Percy dudaba que Oliver alguna vez se hubiese llegado a dar cuenta de que Gryffindor tenía un fantasma.
Siempre recordaba las discusiones de Quidditch. Sus hermanos eran magníficos jugadores, y él también, pero era más interesante observar y analizar. Le hacía ser un jugador más lento de lo normal, por eso simplemente prefería ser un curioso espectador. Su propio compañero de habitación era capitán del mejor equipo que tuvo nunca Gryffindor, con permiso de Charlie. Pero Charlie no ganó la Copa, Oliver sí. Y por eso, porque Gryffindor era mejor y Percy lo sabía, Penelope perdió diez galeones.
Esbozó una sonrisa melancólica cuando recordaba todo aquello, pero se negaba a mirar el lugar que tenía justo delante, como si todavía no quisiese enfrentarse con la verdad. Y la verdad era que esa chica de ojos azules, de pelo oscuro y rizado, esa chica que había entrado a trabajar en el Ministerio porque él la recomendó, estaba ahora ahí, enterrada, sola.
Seguro de que no había testigos alrededor, movió la varita con un movimiento melancólico. Como había hecho otras veces cuando compartía clases de Herbología con ella, con pericia digna de sus numerosos EXTASIS, trasplantó las diminutas rojas blancas del tiesto que había traído y dejó la plantita firmemente en el suelo, rodeada de los rosales que acompañaban a Penelope. Ella amaba las flores blancas, decía que no definían a ninguna casa ni a ninguna bandera.
"Aguamenti" susurró, echando un pequeño chorro de agua en la planta recién colocada y negándose a mirar la pequeña placa de mármol blanco. Todavía se resistía a encontrar ese nombre, porque Penelope era como esa mujer muggle que esperó a Ulises hasta su regreso. Había pasado meses pensando que ella esperaba tras su larga ausencia. Y cuando estaba ahí, arrodillado, no se había dado cuenta de hasta qué punto deseaba volver a verla. El hecho de saber que estaba esperándole sólo le dio más deseos de quedarse ahí, con ella.
No era la primera vez que lo pensaba, que quería dejarlo todo y no volver a enfrentarse más a un mundo que ya tenía un hueco inmenso al faltar ella.
"¿Es que me estás llamando gorda?"
Casi la escuchaba diciéndoselo al oído y sonrió con tristeza, habría sido el doble sentido que ella le habría buscado a sus palabras, sólo por provocarle. Y vaya si lo hacía. Ella era deliciosamente vanidosa, aunque él sabía que era pura inseguridad. Cuando se mojó su fotografía y no quiso salir porque la nariz se le hinchó como la de un elfo doméstico, era fruto de su escasa experiencia con las fotos mágicas. Toda timidez, fruto de un origen no mágico.
Hechizó las flores, las suyas y las del rosal, hechizó el césped y el musgo de las rocas. Hechizó el aire, más fresco, menos frío, más cálido. Que nunca pasara el tiempo, que siempre tuviese la primavera con ella. Él ya regresaría, pero ahora no.
"Siento no haber venido antes, Penny. Lo siento de verdad. Sólo ahora me he dado cuenta de que he necesitado mucho estar ausente, solo, de no querer ni poder asumir…" movió los brazos señalando los alrededores, pero no leía la plaquita. "…todo esto."
Guardó la varita y puso las manos sobre sus muslos, arrodillado frente a unas plantas, en medio de una especie de bosque. Rodeado sólo de la escarcha de las zonas en penumbra, y de un débil sol de la mañana que atravesaba la capa de nubes altas.
"Pero tengo que asegurarme de que lo hice bien, Penny. Tengo que saber que lo conseguí… ¡Merlín!" bajó la cabeza, y cerró los puños sobre los muslos. "No te he llorado porque se ha terminado… te he llorado porque nos ocurrió, porque lo tuvimos, lo compartimos. Y lo echo tanto de menos. Te echo tanto de menos, que todavía dudo si seré capaz de seguir."
"No llores porque ha terminado, Percy; sonríe porque nos ocurrió. Fue real y ya ha pasado, pero fuimos felices. Nos hemos separado pero nos volveremos a encontrar."
Aflojó un poco la presión de los puños, y los miraba, incapaz de enfrentarse a su propio Miedo, a su propia realidad. Y la realidad inmediata era que la echaba de menos. Que se sentía solo, golpeado por unos datos que había intentado negarse, olvidar.
"Pensaba que lo había solucionado, Penny. Que enviar una lechuza, sería bastante… no fui muy consciente, ahora lo sé. Ahora sé…" seguía mirando testarudamente su propias manos, sobre los muslos, encima de la tela del abrigo muggle que tenía puesto. "Ahora sé que tal vez no fui lo bastante rápido, ni lo bastante fuerte, ni lo bastante previsor. Fui a por la lechuza, y quise llegar a Gringotts… pero no me salió bien. Hubo también otras personas…"
Se llevó una de las manos al puente de la nariz, ahí donde siempre había llevado las gafas, en un gesto inconsciente; hacía tiempo que no llevaba gafas.
"…Luego supe que ellas… que esas personas… murieron también."
Cuando finalmente aceptó la palabra muerte, es cuando pudo alzar los ojos vidriosos, y debido a su miopía, agradecido porque la plaquita fuese ilegible.
"Ser fuerte significa que tengo que ser capaz de asumir la situación. Y no puedo venirme abajo, Penny, porque tu muerte, y la de aquellos en Londres, habría sido inútil. No quiero que pases a la historia como aquella pobre chica que murió por un accidente…"
Exhaló aire, y su voz se hizo más fuerte; seguía hablando en voz baja, pero ya no era un hilo de voz el que le hacía soltar las palabras.
"Quiero volver a ser capaz de sonreír, de vivir, aunque pensar en la risa me hace recordar la tuya, y eso duele. Necesito saber qué pasó ese día, cuando me fui. Necesito saber que todo salió bien, que le pusieron remedio, que cumplieron. Pero ahora ya no estoy tan seguro. No he hablado con mi familia en todos estos meses…" esbozó otra sonrisa triste. "Ya lo sé…"
"Ve con ellos. Al final mis futuros hijos tendrán que conocer a sus abuelos, ¿o no?"
Eso ella lo repetía, cuando él ponía distancia con los suyos. Pero ya no habría nietos, no habría futuro para los dos. Y sin embargo, eso no podía significar que ella quedara en el olvido. Un desgraciado accidente. Casi escuchaba la voz de la Subsecretaria. Como si estuviera a su lado. Maldijo ese día de mayo en el que le ofreció a Penelope un puesto en el Ministerio.
"Ejem, ejem… ¿y es hija de muggles?"
"Lo es." Contestó él, alzando la barbilla. "Y a mucha honra", le faltó por añadir.
"Oh… Es perfecta. Perfecta. Y con criaturas mágicas, qué apropiado para una hija de muggles… perfecta."
La pena, el dolor, iban desvaneciéndose. Percy Weasley se levantó, constatando algo que no había creído hasta que había estado ahí. En paz con él mismo, hablando con Penelope.
"¡¡Esa hija de puta…!!"
Aferró la varita con tal fuerza que los nudillos se pusieron blancos. Como cuando él y sus hermanos eran pequeños y tenían ese genio vivo, esas explosiones de rabia que sólo Molly era capaz de controlar en sus hijos. Ninguno de los siete hermanos se había librado de hacer estallar la vieja lavadora muggle del cobertizo. Ni los cristales del aparador de la sala de estar…
La estatua de granito del ángel que había tras él se resquebrajó como si fuese un trozo de cartón. El aire alrededor se movía vertiginoso, mientras la estatua parecía estar rompiéndose por una implosión.
Era la sangre Weasley la que fluía por sus venas. Era la sangre mágica, esa sangre pura, la que llamaba a la puerta, y era Percy el único que podía responderla. Aflojó la zarpa; siempre había tenido más resultados como alguien racional, que como una explosión de furia. Pero algo sabía: que esa hija de puta pagaría todo. Esa mujerzuela había encargado esa maldita importación, había utilizado a Penelope para conseguir los permisos, y había borrado, seguro, todo ese trabajo del mapa.
Por algo lo perseguían. Por algo estaban tras él. Porque él era el asesino a los ojos del mundo, o él era el que lo sabía todo.
Todo.
Salvo si finalmente la importación había sido anulada, como había esperado. O quienes eran sus cómplices. De nuevo su racionalidad se impuso. Nunca había sentido su sangre tan roja como su cabello, tan mágica como su apellido, tan viva como la Gryffindor. Cerró los ojos y se calmó.
"Reparo." La estatua de granito volvió a su estado original, incluido el musgo y las manchas de contaminación y de humedad.
Orden y pulcritud para devolver a su ser todos esos desperfectos que siete impulsivos niños mágicos habían ocasionado en un hogar marcado por la modestia económica. Perfecto dominio de los hechizos reparadores, limpiadores y perfecto orden y concierto. Sólo él, de los siete, había llegado a ser tan diferente, pero porque de inicio, siempre había sido iguales.
Nunca antes había echado tanto en falta a su familia. Se acercó al parterre, a las rosas, y se arrodilló.
"Tenías razón, Penny. Sobre mi." Giró la cabeza hacia la estatua del ángel, completamente reparada, y volvió a mirar los rosales. "Lo conseguiré. Sacaré a la luz lo que esa mujer nos hizo, lo que te hizo. Quiénes la ayudaron y lo pagarán."
Finalmente, metió la mano en el bolsillo, y Percy se colocó las gafas sobre la nariz. Como si con el gesto, volviera a ser él mismo, volviera todo a ser como tenía que haber sido. Y leyó la plaquita de mármol.
"Penelope Gaia Clearwater.
20 de junio de 1976 – 17 de julio de 1998
Querida hija y hermana, amada amiga.
Tú eres la magia, la más antigua."
Tocó con reverencia la placa. Era prácticamente lo que él le decía, lamentaba que no todos los días que estuvo con ella.
Metió la mano en el bolsillo, y esta vez no extrajo la varita. Depositó bajo la pequeña placa diez monedas de oro y a continuación murmuró un hechizo de presencia permanente, moviendo la varita con delicadeza pero con una renovada seguridad, y las monedas se fijaron tras la placa. Que se quedaran, que las robaran, no tenía importancia.
"El amor no tiene un final feliz, Percy, porque nunca termina."
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Tocó con la varita la entrada de su pequeño apartamento y entró, asegurándose de que las medidas de seguridad estaban intactas. Se quitó el abrigó y con otro golpe de varita prendió fuego a la chimenea; no se quitó ni guantes, gorro ni bufanda hasta que la sala estuviese lo suficientemente caldeada. Se sentó en el sofá y juntó las manos delante de la boca, en un gesto evidentemente meditabundo.
Miraba fijamente las llamas y recordó la visita a la madre de Penelope. Ésta se sorprendió tanto como si acabara de ver al fantasma de Penelope, pero tras un primer momento de doloroso reencuentro, subió con ella al hogar de la familia. Estaba sola en esos momentos, y se alegró de que así fuera.
Le contó todo. Y a ella le prometió que no contara nada. Todavía no estaba preparado para enfrentarse al mundo sin ella, pero antes de saber si eso era cierto o no, si lo lograría o no, tenía que zanjar algunos asuntos.
Uno de ellos, poner en manos de los aurores a los responsables de la muerte de Penelope. Otro, limpiar sus nombres.
Ella le sonrió con la misma sonrisa triste que Penelope esbozaba, la que se resignaba a aceptar que las cosas no siempre son tan sencillas ni tan mágicas como las pintaban.
"Nunca creí que tú eras el responsable, Percy."
"Yo la recomendé. Yo quise que trabajara también en el Ministerio."
"Pero tú no la condenaste. Fueron otros. Yo sólo quiero que…" a la señora Clearwater se le quebró la voz. "Quiero que los responsables paguen por lo que hicieron. Nada más. Quiero que Penelope descanse en paz."
Percy confesó que no había ido a despedirla. Que no había aceptado que ahora estaba enterrada, que ya no volvería a verla, a sentir su presencia. La ausencia era tan enorme, el hueco tan irreemplazable, que no podía asumir la realidad.
"Ella querría que estuvieras. Ella ha estado muy sola sin ti."
Hundió la cabeza entre las manos. Al menos, había resuelto una cuenta pendiente con la familia de Penny. Había confesado que iba a pedirle que se casara con él. Que su mundo ya no era el mismo.
"Pero tienes familia, Percy. No seas injusto con ella. Ni conmigo. Yo ahora no puedo elegir porque no puedo ver a mi hija. Pero tú sí puedes elegir, y tu madre lo sabe."
Cerró los ojos y respiró hondo, antes de volver a abrirlos.
"Vuelve con ellos. Nosotros hemos perdido a una hija, a una hermana. No dejes que tu familia pase por lo mismo."
La mirada azul, llena de remordimientos y dolor, asumió un brillo frío y acerado, cuando tomó la decisión que tenía que asumir. Bajó la cabeza hacia la mesita de la sala, donde descansaba su varita, y junto a ella, el recorte de El Profeta del día anterior. Una sonriente y exultante Dolores Umbridge en portada. El artículo que anunciaba que en 24 horas, esa mujer sería la nueva Ministra de Magia.
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Sábado 2 de enero de 1999
Malfoy Manor. Wiltshire, Inglaterra
"Amo…" el elfo aplastó su nariz redonda como una snitch contra la madera pulida y brillante del suelo. "Disculpad mi inoportuna intromisión, tenéis una visita, una dama."
Draco se incorporó y se puso una camisa y un pantalón del armario, sin importarle mucho si conjuntaban o no, o si estaban muy arrugados. Emitió una maldición en voz baja y dio órdenes al elfo de que se marchara y llevara a la sala de estar a la "dama." No necesitó saber o imaginar de quién se trataría. Siempre había hecho eso, era su costumbre.
Se pasó la mano sobre el cabello y bostezó libremente. Agarró la varita y se la puso en el bolsillo trasero del pantalón, importándole una mierda las recomendaciones que siempre había escuchado a sus padres sobre la dudosa seguridad de esa medida.
Lo mismo quieren que me ponga la varita sobre la oreja, como la lunática de Ravenclaw.
Bajando las escaleras perezosamente, entró en la sala de estar abriendo de par en par las dobles puertas de exquisita madera labrada. Y al fondo, repasando con un lento caminar los retratos que cubrían las paredes y que la estudiaban a ella con curiosidad, pero en silencio, Pansy Parkinson-Selwyn. Alta, con el cabello oscuro enmarcado en varias horquillas de brillantes, literalmente, llevaba una túnica verde clara cubierta por una fina gasa del mismo tono y que producía un leve sonido de murmullo al frotarse sobre la seda.
Estaba hermosa, pero era la clase de belleza que había empezado a detectar como la que reluce sin desgaste, brilla y es admirada, pero no escondía debajo más que la misma suciedad. Los mismos cuestionados valores. Mierda, los suyos propios también pero había aprendido hacía tiempo que prefería sus valores y su código, y no copiar el de otros.
Le había enseñado la lección su padre, cuando él mismo intentó seguir sus pasos como un fiel seguidor del Señor Tenebroso.
"Eres demasiado parecido a tu madre. La misma agudeza, la misma paciencia, la misma actitud…" Le susurró Lucius cuando salió de Azkaban, sólo para morir poco después. "Pero no eres como yo, hijo; vosotros no sois como yo. Tú no has nacido para matar, ni tampoco ella..."
Ella se aproximó y le dio un beso en la mejilla a modo de saludo, lento y estudiado, que hizo que él arrugara casi de forma imperceptible la frente.
"Feliz 1999, Draco." Dijo ella con una sonrisa sensual.
"Antes no saludabas así, Pansy." Le contestó él ambiguamente.
Ella abrió los labios pintados de rojo, y movió la mano para limpiar el resto de carmín que había depositado el beso en la piel pálida de Draco.
"Ni tampoco antes tu cara picaba." Contestó ella, igual de ambigua, y recorrió con los dedos la incipiente barba para comprobar si efectivamente, picaba o no.
No, no picaba. Pero no soltó la caricia. Él estuvo tentado de apartarse de la molesta zarpa, pero dejó que ella siguiera mirándole con sus ojos oscuros, brillantes.
"¿Quién te enseñó esos modales?"
Ella detuvo el movimiento para dejar un dedo sobre los labios cerrados de él.
"Nicholas." Contestó ella, inclinando la cabeza, deleitándose en lo mucho que disfrutaba su matrimonio, sus nuevas maneras y sobre todo, el imaginar que seguía ejerciendo algún tipo de influencia en él. Que él se despertaba por la mañana pensando en ella, y volvía a dormirse por la noche con Pansy Parkinson Selwyn, como la mujer que había perdido por no haber cuidado lo bastante de ella.
"Que Merlín le bendiga." Contestó Draco, sin moverse de la alfombra.
Ella sonrió, pero la sonrisa no era tan abierta como las anteriores; había olvidado la otra cara de Draco Malfoy. La que decía siempre las cosas con una doble intencionalidad. El hijo de una larguísima tradición que aglutinaba en su impecable sangre mágica todos los defectos de Slytherin.
Y todas sus jodidas cualidades.
"¿No te molesta?"
Ahora él fue quien sonrió y movió la cabeza a un lado para apartarse del dedo que había estado acariciando, ligero, sus labios. Ése era el terreno que él conocía. Ésa era la Pansy que seguía ahí detrás, agazapada entre túnicas de seda importadas de India y horquillas de 30 galeones cada una.
"¿Molestarme?" respondió él y soltó una risa. Se dirigió hacia el aparador donde estaba el juego de té y las pastas de mantequilla, sin molestarse ni siquiera en utilizar la varita para prepararse un improvisado desayuno. Ella cambió el rostro cuando se vio, estúpidamente, metida en su trampa. Teniendo que ver cómo su antiguo amor de colegio se recreaba en mostrarse indiferente ante su próspero matrimonio y le mostraba los modales de un muggle, pues no había movido la varita ni para abrir las dobles puertas. Y ahora ni para servirse un jodido desayuno.
Él tan sólo se apoyó en el borde de la mesita y no le ofreció servirle también a ella una taza. Y eso enfureció a la joven y más cuando él parecía relamerse en esa actitud de absoluta indiferencia.
"¿A qué debo la visita, Pansy?"
Ella alzó la barbilla, y decidió que lo mejor era mostrarle indignación y sobre todo, humillarle por ese censurable comportamiento, esa educación de un miserable traidor a la sangre. De un maldito sangre sucia.
"No me has ofrecido nada que tomar."
Él alzó las cejas y le dio un estudiado mordisco a la pasta de mantequilla, deleitándose en tardar con la respuesta. Dio un sorbo al té y dejó la taza a su lado. Acto seguido, levantó una de las finas servilletas de hilo y se limpió los dedos ligeramente pringosos de la galletita y se la pasó por la boca para eliminar los restos del té.
"Ya lo hizo mi elfo. No querrás que me comporte como uno de ellos."
Diana en pleno aro central. Pansy volvió a verse en desventaja; no importaba cuánto había de provocarlo, enfurecerlo, seducirlo. Él siempre parecía tener la ventaja y la última palabra. Seguía comportándose como un jodido mago de sangre pura, en su antigua y solemne residencia, haciendo lucir el anillo de los Malfoy en el dedo índice de su mano derecha. El anillo que había sido portado tantas veces y había apuntado a tantos bajo su mando para ordenar y dirigir, y hacer cumplir la voluntad de tantas y tantas generaciones mágicas.
El tipo de mago que ni siquiera comportándose como un sangre sucia, o un miserable muggle, seguía recordando a uno de ellos. El tipo de mago que, hiciese lo que hiciese, seguía siendo asquerosamente consciente de que sus maneras, incluso las peores, le delataban como un mago de sangre mágica incuestionada. Pura.
Ser Selwyn era bueno, ser Selwyn ya era más que suficiente. Y más en esos tiempos. Directamente relacionada con la futura Ministra de Magia; Draco lamentaría haberla dejado escapar.
"Escúchame, Pansy, no volveré a estar contigo hasta que no pongas ciertos remedios, ¿está claro?"
"Pero no ha pasado nada, Draco… seré feliz si me convirtiera en la madre de tu hijo, es sólo que… bueno, no me gustaría ser madre antes de habernos graduado."
"Vamos a dejar las cosas claritas, Pansy. No tengo ninguna, nin-gu-na, intención de que seas la madre de mis hijos. ¡Espero que la madre de mis hijos sea un poquito más inteligente, lo cual no es mucho pedir por lo visto!"
"¡Draco!"
"Ahora tengo en la cabeza cosas más importantes que estar pensando en la planificación familiar. ¡Sólo porque estemos saliendo desde hace unos meses no me obliga a arrastrarte ante ningún mago que nos oficie la boda, así que ve quitándotelo de la cabeza!"
"Atraparon a tu padre hace unos meses… no estás pensando de forma racional, Draco…"
"Vete. A. La. Mierda, Pansy."
"¿A qué debo el honor de ser la primera persona a la que veo nada más despertarme?" preguntó él con un tono de voz suave, amable, pero demasiado neutro.
Ella movió con delicadeza la túnica antes de acomodarse en el sofá y acarició con cuidado la tapicería de los cojines de armoniosos colores a juego… ocres, púrpura y blanco.
"Quería venir en persona a invitarte a una comida para inaugurar el año. Sé que tu madre prefirió pasar las fiestas en la Costa Azul, pero no he podido resistirme." Sonrió satisfecha a Draco. "Somos casi familia, Draco. Nos conocemos desde hace mucho tiempo. Además… me gustaría poder presentarte a Nicholas y ciertos conocidos nuestros. Me gustaría que entraras en su círculo."
Draco vaciló. La alarma que tantas veces había escuchado a Potter durante sus clases de Defensa saltó automáticamente. El jodido Potter, durante estos últimos meses, le había parecido una versión más joven y más fea, que el pirado de Alastor Moody, repitiendo sin descanso eso de "alarma permanente", "no bajes la guardia"…
Bla bla bla bla…
Le caía mal Potter. Pero más cuando tenía razón.
Ahora veía a qué se refería. Hizo una nota mental de darle una palmada en la espalda, de las que sonaban bien fuertes, la próxima vez que viera al pesado del chico de oro.
Y vaciló, porque era su oportunidad de introducirse en ese círculo. De jugar con fuego pero no abrasarse. Había tomado una decisión en cuanto a su vida personal. Esto era tan sólo el comienzo, si quería que su vida personal fuese completa.
Se separó del aparador e inclinó la cabeza hacia Parkinson-Selwyn, en un silencioso saludo de aceptación.
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Esa misma mañana, Draco bajó a Londres para ultimar compras antes de regresar a Hogwarts. El invierno era menos severo en el sur de Inglaterra, pero en Londres era particularmente desagradable debido a la humedad permanente provocada por las industrias muggles y el río Támesis. Sabía que tenía que ir a su apartamento, cerrado desde antes de haberse ido a Hogwarts en septiembre, pero su madre había preferido el clima más moderado del sur de Francia.
Se cubrió bien con la túnica gris oscura y caminó por la avenida muggle antes de entrar en El Caldero Chorreante. A veces recibía miradas curiosas de los transeúntes muggles, pero hacía tiempo que había aprendido que algunas eran curiosidad por su estilo, aunque discreto y oscuro, no era el tipo de vestimenta que los muggles veían todos los días.
Cruzó el Callejón saludando brevemente con la cabeza a su tabernero y dio los acostumbrados golpecitos en la pared que le permitía el acceso a la concurrida calle. Torció ligeramente los labios por saber que era ya hora punta en cuanto a las compras, pero hizo acopio de paciencia y se marchó a mirar lo que podía de los escaparates.
Estuvo un rato caminando cuando se paró delante de Madame Malkin; a su alrededor, brujas y magos de todas las edades entraban y salían cargados con bolsas, aprovechando las rebajas tras las fiestas. Fue parcialmente consciente de que en una de las paredes había un corrillo de personas que murmuraban acerca de lo que parecía ser un decreto ministerial, pero Draco no prestó mucha más atención. Apoyó la mano en el cristal y miró las elegantes túnicas de fiesta y de gala que no se habían logrado vender en la campaña de Navidad. El aliento de la boca se hacía humo cuando contactaba con el aire frío; hace apenas dos años, había estado probándose las túnicas que tendría que llevar a Hogwarts. Su padre acababa de ser apresado en el Ministerio de Magia y se había quedado solo con su madre.
Solo, con la misión imposible de asesinar al mago más poderoso de la historia de la magia. Su pequeña misión, inalcanzable, su sentencia de muerte. Había aprendido que no había que jugar con el peligro, que ése era el territorio de San Potter, no el suyo. Pero salió bastante airoso.
No del todo airoso, pero bastante.
Pasó a la tienda, lleno de recuerdos. Él estaba ahí con dieciséis años, aguantando las agujas de la costurera, sintiendo los primeros ecos del estrés al que se estaba enfrentando. Sintiendo que querían ver si portaba la Marca, en el momento en el que Weasel, Potty y la sangre sucia Granger habían entrado por la puerta de la tienda.
La sangre sucia Granger, la que llevaba un ojo morado.
Era fácil fijarse en esas cosas, pero no era capaz de recordar si alguna vez había visto a Potty o Weasel con un labio partido o con alguna ceja coloreada por un mal Encantamiento. La maldición y la tradición le decían que tenía que fijarse siempre en Granger, en la sangre sucia Granger, fuese para bien o para mal.
Lo cómodo era ocultar su puta capacidad de observación, envolverla en insultos. Repasó con los dedos varias túnicas colgadas en sus perchas.
"Si estás preguntándote a qué huele, madre, es que una sangre sucia acaba de entrar por la puerta."
Granger. Tuvo que estar ahí, precisamente. Era capaz de sentir su presencia, con o sin olor. De hecho, era capaz de apreciar su olor antes incluso de cruzar su mirada con la de ella. Nueve meses de convivencia a lo largo de seis años eran bastante para apreciar el aroma de aquellos a su alrededor. 54 meses. Y su cabeza también tenía grabada incluso esos aromas que no quería recordar. Sólo había que sumar: dormitorio, Crabbe, zapatos. Definitivamente, el olor a sangre sucia no era tan repugnante, después de todo. Pero la cabeza siempre te pone la zancadilla.
Y no sólo la cabeza.
Recordó verla entrar, más alta, digna, con los rizos eternamente revueltos sobre sus hombros y brazos. Vestida como una puñetera muggle. Era insultante, la ausencia de túnica que ocultaba que debajo de ella había tentáculos y barro, pestilencia y podredumbre. Pues no. La ausencia de túnica le decía otra cosa: No había sangre sucia, había un jodido cuerpo humano. Había curvas de chica de casi diecisiete años.
Una chica. Con un ojo morado.
Fácil, perfecto, ya tenía una diana. Gracias a Merlín, podía desviar la atención de la chica, y clavarla en la sangre sucia. Era como si alguien le hubiera pegado. ¿Quién había puesto la mano encima de esa chica… no… de la sangre sucia?
Recuerda, Draco, Sangre Sucia…
De 'su' sangre sucia.
No Draco, recuerda, 'sólo' sangre sucia.
Pero no pudo evitarlo. No pudo evitar tener que averiguar quién le había puesto la mano encima, pero tenía que hacerlo delante de su madre. Pero no quiso averiguar por qué eso le importaba.
"¿Quién te puso el ojo morado, Granger? Quiero enviarle flores."
Recordó a su madre defendiéndolo de las amenazas de muerte de los guardaespaldas de Granger. Como siempre, ellos interviniendo innecesariamente. Estorbando. Y cruzó una mirada intensa con ella, para que por medio de algún poder extrasensorial ella le dijera mentalmente quién había sido el animal que le había hecho eso. Su parte racional quería convencerse de que le agradaba ver ese ojo oscuro lastimado; pero su parte hirviente, la sangre que había hecho que su madre saltara a defenderlo, le decía que quería asesinar a quien había rozado a la sangre sucia que él había escogido como blanco de sus burlas, como el puto centro de atención. Ella cortó ese intercambio de miradas y centró su atención en sus amigos.
No supo bien de qué discutían su madre y Potter; volvió a la realidad, y buscó cualquier motivo para apartar los ojos morados y las miradas heridas de las hijas de muggles que no olían mal ni tenían el cuerpo lleno de llagas, verrugas o escamas.
"¡Fíjate dónde pones esas agujas, mujer!. Creo que ya no quiero esta túnica…"
Y recordó mirar a los recién llegados; Potter y Weasley eran cenutrios como Crabbe y Goyle y ni se habrían dado cuenta del grito de dolor que emitió, pero… se sorprendió, por enésima vez, cuando quiso saber qué había pensado de eso Granger. ¿Se habría dado cuenta ella? Era una jodida bruja inteligente. ¿Y desde cuándo le importaba lo que ella pensara de él? En ese momento, en el que ella podría averiguar si portaba la Marca o no, es cuando cortó de raíz y decidió que no quería ninguna Túnica de Malkin.
Que si se quedaba ahí estaría diseccionado como esos animales que estudiaban los muggles. Que ella averiguaría, ella sabría. No podía permitírselo; se fue de la tienda con su madre, confuso, avergonzado, furioso, herido, indignado.
Era ahí cuando decidió aferrarse a Pansy como a un clavo ardiendo. Ella por supuesto, estaba radiante, encantada. Fueron a Hogwarts y él dejó que ella ejerciera de su compañera, era fácil, era cómodo y era lo esperado. Blaise tuvo que sacar el tema de ese Club de Slughorn y cómo no, Granger estaba. Para ser sangre sucia, siempre estaba donde correspondía a los sangre sucia.
Todo el mundo parecía darse cuenta de que ella era excepcional. Incluido el elitista de Slughorn nada menos. Todo el mundo, menos él.
O tal vez sí lo sabía pero no quería reconocérselo.
Y la mejor compañía que pudo tener era precisamente la sombra de una bruja sangre sucia, ese año. Y si un fantasma no era tan mal, tal vez la sangre sucia tampoco. Era de carne, era cálida, estaba viva; pero ya era demasiado tarde para ellos, cuando Snape se lo llevó tras asesinar a Dumbledore.
Se juró a sí mismo que volvería a verla. A la sangre sucia de carne y hueso. No la transparente.
Había una zona de la tienda rodeada de sofás; brujas ancianas estaban sentadas descansando los doloridos pies, apoyadas en sus bastones mientras aguardaban a que sus familiares compraran los trajes que estaban buscando. La zona era bastante más tranquila, y reconoció al momento de qué se trataba.
Colgando de una percha, había una hermosa túnica de color blanco que tenía un hechizo transfigurador; cada cierto tiempo su forma, tela y textura se modificaba para dar paso a otro modelo distinto.
El bullicio de la tienda no parecía molestarle; estaba él solo en su mundo propio. Miraba el modelo según se modificaba como un catálogo vivo de moda.
Durante la primera guerra, muchos jóvenes huyeron de sus casas para casarse en secreto. Muchas parejas se juraron amor eterno en capillas clandestinas, mágicas o muggles, por miedo a que no pudieran volver a verse, por miedo a arrepentirse de no haber sido lo bastante honestos con ellos mismos, de no haber vivido su corta vida mucho más intensamente. Por miedo a perder a la otra persona sin remedio.
Esa decisión la tomaron hijos de muggles. Magos de sangre pura de familias de intachable reputación. Traidores a la pureza de la sangre. Mestizos, animagos, metamorfomagos. Brujas y hombres muggles. Magos y mujeres muggles. No había diferencia.
Un Malfoy siempre hace lo que se espera de él.
Un Black siempre hace lo que él espera de él mismo.
Draco Malfoy era ambas cosas y la decisión ya estaba tomada.
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Se acariciaba la pequeña joya que pendía del cuello mientras decía adiós a sus padres, dispuestos a ir de rebajas por Oxford Street. Se acercarían en coche hasta la estación de metro y continuarían ahí el trayecto hasta el Londres más aterrador del año: el del consumismo post-navideño.
Rechazó con una sonrisa de disculpa el ofrecimiento a ir a las aglomeraciones del centro, y les acompañó hasta la puerta del garaje. Asintió distraída cuando su padre pisó el embrague y su mano izquierda metió la primera marcha, mientras le recordaba que iba siendo hora de que aprendiera a conducir. Finalmente sus padres se alejaron por la calle, y Hermione entró en la casa, pasándose los dedos por el cabello.
Cogió un bolso en bandolera y comprobó que llevaba lo necesario: varita, dinero muggle, dinero mágico. Pergamino, pluma. Un libro muggle. Un libro mágico. El Profeta Diario todavía sin desplegar. Una lista de cosas que tenía que comprar. Un plano de metro… Agarró el abrigo, el gorro y los guantes y se marchó a visitar por última vez el Callejón Diagón antes de su regreso a Hogwarts.
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Llamaba la atención en la calle mágica de Londres como un troll destacaba entre veelas. Su abrigo muggle despertaba miradas curiosas de algunos magos y brujas, pero se había habituado a ellas desde hacía tiempo. No había tenido tiempo de ocultar su origen muggle, y no iba a agachar la cabeza por ese motivo.
Se detuvo delante de Artículos de Calidad para Quidditch y recordó a sus amigos y su obsesión por ese deporte. Tenía ganas de verlos y aprovechar el último fin de semana antes de volver a Hogwarts. En cualquier caso, los iba a ver esa misma tarde; había reunión de la Orden y Hermione estaba ansiosa. Sus vacaciones con sus padres la habían aislado más de la cuenta con respecto al mundo mágico, pero podía tener una ligera idea de lo que pasaba.
Colin apareció muerto tan sólo un día después de que su hermano avisara de su desaparición. La Directora dio orden inmediata de cerrar la escuela para realizar una investigación exhaustiva. Se arregló el alojamiento de los alumnos que no podían regresar a sus casas, pero ante todo, la medida era realizar una investigación a puerta cerrada. Nada se sabía de ella, todo llevado con un absoluto secretismo. Esto la impacientaba, así que el hecho de haber recibido la visita de un lince de brillo plateado anunciando la reunión de la Orden había despertado su curiosidad y ansiedad a partes iguales.
Apoyó la mano enguantada en gris sobre el cristal, y sonreía melancólicamente cuando oía las exclamaciones admiradas de los niños que señalaban la soberbia escoba que relucía y se movía lentamente en el escaparate.
También notó por el rabillo del ojo algunos que murmuraban al ver su abrigo muggle y sus pantalones vaqueros. No; no iba a ocultar que era hija de muggles, aunque la rumorología aconsejaba que se avecinaban tiempos difíciles para los de su clase. La sonrisa no se esfumó, es más, se convirtió en una mueca de triste melancolía.
"Esos modales, Weasley. ¿No sería mejor que os largarais de aquí? No querrás que se fijen en ella, ¿verdad?"
Tenía quince años, él tenía catorce. Hasta entonces le había considerado peor que un creído hijo de papá, un niñato mimado y caprichoso. En pleno campo de batalla, durante los Mundiales de Quidditch, él estaba tranquilamente apostado, como si en lugar de ver aterrorizados a magos y brujas, estuviera contemplando la final del Mundial. Como si tal cosa.
Esa insoportable sangre fría que había admirado en él y también la producía rechazo. Dejó que Harry y Ron discutieran con él, pero a ella no se le escapó la velada advertencia. Se ruborizaba todavía cuando él mismo insinuó que si se descuidaba, podría aparecer en el aire, bajo la tortura de los Mortífagos, cabeza abajo, mostrando las bragas por efecto de la gravedad.
La mirada de él era fría, gris, pero intensa. Y por primera vez, Hermione se estaba enfrentando a un adolescente, con hormonas adolescentes. Masculinas, en particular. Hasta entonces, ni siquiera las había sentido en sus dos irracionales amigos, que irónicamente eran chicos.
Ese año sintió que estaba cambiando algo, no sólo lo que evidentemente las hormonas ordenaban al físico. Era la parte 'sentir' la que la confundía y atormentaba. Viktor había sido el único que la estaba tratando como a una chica. Y Neville también, cuando le pidió ir al baile, demasiado tarde. Nunca había atraído la atención de los chicos, descontando por supuesto la atención motivada por sus excelentes apuntes o su conocimiento de memoria de la biblioteca y todos sus recursos. Pero era la atención ambigua, desconcertante, de Malfoy la que era la que su cabecita intentaba descifrar. Y cuanto más lo intentaba, más obsesionada estaba haciéndose.
Él le arrojó retorcidamente, a la manera Slytherin, ese maleficio que hizo que sus dientes se hicieran como dos colmillos de elefante. Ese cabrón había ido a por ella, porque sabía que Malfoy no los soportaba y, viendo la proximidad del Baile de Navidad, ella decidió probar suerte y por primera vez en su vida Hermione decidió desobedecer a sus padres.
Dejó que Madame Pomfrey arreglara los dientes que habían cuestionado su modesta belleza. Y aún así, tan sólo se dieron cuenta Viktor y Neville. Ni Ron, ni Harry.
Y alguien más: Rita Skeeter, Pansy Parkinson. Y Draco Malfoy.
Esos artículos de esa odiosa periodista en los que se le acusaba de ser la "belleza" que estaba jugando con Viktor y Harry. En los que Pansy trataba de echar por tierra que fuese la hermosa alumna de Gryffindor que jugaba a dos bandas, cuando ninguna de estas dos cosas eran ciertas.
Pansy, recelosa, histérica de envidia. No se había dado cuenta hasta entonces de que una acomodada hija de familia mágica no tendría nada que envidiarle a la empollona y vulgar sangre sucia Granger. Salvo en algo: que estaba atrayendo también la atención de su chico. Que éste no dijo palabra acerca de esos artículos injuriosos. Que probablemente era lo bastante inteligente como para saber hacer caso al cuestionable periodismo de Skeeter en su justa medida. Pero mientras que Pansy se reía a carcajadas y trataba de insultar su mera presencia, junto a ella Malfoy era una figura alta, esbelta. Era quien clavaba sus ojos de acero fríos pero intensos en ella. Como siempre, callado, pero buscando en su expresión la respuesta a todas sus dudas.
Y Hermione dudaba si esos silencios y esas miradas eran porque querían saber pero no podían preguntar. Si tal vez a él le importaba si estaba o no con Viktor, o con Harry, o con los dos.
Viktor dudaba, Viktor había creído que ella y Harry tenían algo más que amistad. ¿Acaso también dudaba Malfoy? Eso era impensable: él sólo leería un artículo sobre ella si era la esquela de su muerte o algo peor. ¿Pero y sí no? Entonces ella supo, demasiado tarde, que pasaba demasiado tiempo intentando analizar, con su racional cabeza, los comportamientos de ese chico.
Era atrayente y era repelente a partes iguales. Y dijo que sí a Viktor, y dedicó toda una tarde a arreglarse, a cambiar su cabello, a tomarse la molestia, porque quería por fin la vieran a ella con otros ojos. Terreno perdido en el caso de Harry y Ron; sus dos amigos ni se habían preocupado de pedirle a ella ir juntos al baile. Sólo como último y desesperado recurso. Muy halagador.
Y siguió pensando en él, en los dos. En esa escena del baile que Ginny le había regalado en fotografía por su cumpleaños, hacía cuatro meses; nunca había imaginado que hubiera provocado esa reacción en Draco Malfoy. Absoluto pasmo cuando ella pasó delante de él, aferrada al orgulloso brazo de Viktor Krum.
No conocía a nadie que fuese tan astuto y tan retorcidamente interesante. Alguien que tuviera unos principios tan particulares, y una moral tan ambigua que resultara tan fascinante de explorar. Había pasado casi los casi últimos dos meses preguntándose muchas cosas. Su cabeza extremadamente racional diciéndole que era sólo un chico.
El problema era que ese chico era al que amaba estúpidamente. Y agradeció que, por fin, él le dijera qué diablos le pasaba por la cabeza. Que finalmente hubiera aceptado lo evidente, que él también la quisiera, aunque fuese un poco.
No pedía más.
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Le dio un sorbo al chocolate caliente y dejó la taza sobre el platillo. Cuando lo hizo, arrugó la frente al sentir las miradas frías de algunos magos y sus cabezas encapuchadas o con inconfundibles sombreros puntiagudos agitándose como si algo no tuviera remedio, o directamente en actitud despreciativa.
Bajó la mirada hacia su ropa. Muggle. Sintió un tic en la mejilla por verse en una situación tan rara por segunda vez en esa mañana; Hermione había sentido la hostilidad de muchas personas desde que descubrió el mundo mágico. Pero nunca antes había sentido su hostilidad tan en el ambiente. Era como si empezara a respirar una sensación, una actitud.
Apretó los labios y trató de ignorar las miradas hostiles hacia ella y sacó El Profeta, llegado esa mañana, pero que aún no había tenido tiempo de hojear. Nunca antes se había encontrado en la situación de casi tener que pedir disculpas por llevar ropa muggle.
¿Qué diablos sucedía?
"¡Hermione!"
Levantó los ojos, sin haber podido ni siquiera desplegar el pergamino y se topó con la mirada tranquila de Neville, vestido totalmente de negro pero inconfundiblemente mago. Se incorporó sonriente para hablar con él de cerca.
"¡Neville, feliz año!. ¿Cómo estás?. ¿Y tu abuela?. ¿Qué te trae por aquí?"
Neville indicó que se volviera a sentar.
"Feliz año, Hermione…" dijo sonriente Neville mientras agarraba una silla vacía y se sentaba frente a la mesa. "Vaya bombardeo a preguntas…" Neville giró la cabeza y cambió su expresión. "No me gusta nada cómo están poniéndose las cosas…"
Hermione abrió la boca para poder contestar, pero antes de que pudiera hacerlo, Neville se quitó su túnica y se la pasó a Hermione.
"¿Qué estás haciendo?" preguntó ella, completamente confundida.
"¿No te has enterado?" Neville torció la boca en un gesto extraño en él. "Y luego yo tengo la fama de despistado…" levantó la cabeza e hizo un gesto a Tom, que estaba colocando unas pintas en las estanterías a su espalda. Acto seguido, Neville se volvió hacia Hermione y habló en voz baja.
"Mi abuela está ya en casa. Fue un poco extraño tener que pasar las navidades en San Mungo pero por otro lado…" Neville se calló e hizo un leve gesto con el hombro, como si quisiera pasar por encima de eso. "Digamos que me hizo ilusión pensar que por fin estábamos todos juntos, celebrando y demás. He acompañado a Hannah y a su padre porque están pensando…" Tom se acercó y puso encima de la mesa una cerveza de mantequilla y un platito de empanadas de calabaza. Antes de que Neville le dijera que no había pedido tal cosa, Tom murmuró según se iba.
"Invita la casa."
Sonriendo, Neville le ofreció el plato a Hermione y ésta cogió una pieza, sin darse cuenta hasta ese momento que estaba muerta de hambre.
"¿Qué estaban pensando…?" preguntó Hermione. "¿Neville?"
"¿Hummm?" respondió él. Hermione sonrió, sin saber si Neville estaba disfrutando de la empanada y era sólo una exclamación de gusto, o si estaba queriendo decir que le recordara el hilo de la conversación. Decidió esto último.
"Decías que Hannah y su padre estaban pensando algo… ¿qué es?" preguntó ella con curiosidad.
"Ah…" Neville dio un último mordisco a su empanada y sorbió un poco de su cerveza de mantequilla. "Desde lo de la señora Abbott, están preocupados en su casa con los ingresos. Ella trabajaba y están pensando comprarle el negocio a Tom, porque él se quiere jubilar y parece ser que tiene idea de traspasarlo."
"Ah…" Hermione no quiso entrar en detalle sobre las finanzas de los Abbott. Neville, sin embargo, tenía una expresión peculiar y a ella no le pasó por alto. "¿Qué?. ¿Qué es?"
"Hannah lleva un tiempo convencida de que no sabe bien a qué se va a dedicar. Creo que no está muy contenta con sus resultados en Hogwarts. Creo que acusa el haber estado ausente tanto tiempo y no estar ya con sus compañeros de toda la vida."
Hermione abrió la boca sorprendida y un poco culpable. Ella tenía pavor a suspender, pero nunca, ni en sus peores pesadillas ni ante los boggarts más poderosos había podido imaginar que repitiera curso. Sintió un golpe en el pecho, pensando que Hannah estaba pasando por unos momentos espantosos.
"¡Eso es horrible, Neville, tenemos que hacer algo!"
Ahora fue Neville el que alzó una ceja y abrió la boca desconcertado. Tampoco era para tanto, simplemente Hannah tenía cierto desajuste por la falta de costumbre en el estudio, nada más. Pero la reacción de Hermione era cuando menos absolutamente desproporcionada.
"Hermione, que tampoco es para tanto…" murmuró él. "Oh, aquí viene ya."
Hannah llegó con una bufanda de color rosa pálido desanudada sobre su túnica gris claro. Tenía el cabello rubio suelto sobre los hombros y parecía estar contenta. Le dio un beso a Neville en el cabello como un breve saludo y se acercó para dar un abrazo a Hermione, que se incorporó de su sitio.
"¡Hermione, feliz año nuevo!. ¡Qué alegría encontrarte por aquí, antes de volver a Hogwarts!. ¡Qué tal todo…!" se interrumpió y se dio cuenta de que Hermione tenía la túnica de Neville sobre los hombros. "¿Estás bien, tienes frío? Le diré ahora mismo a Tom que suba la temperatura…"
"¡No, no, estoy bien!" No sabía muy bien cómo explicarle que por alguna razón, Neville le había puesto la túnica sobre los hombros. "Neville… me la ha puesto…"
Sin embargo, Hannah abrió la boca ligeramente e intercambió una mirada con Neville.
"Bien hecho." Dijo ella simplemente.
Hermione no pudo aguantar no saber de qué demonios hablaban.
"¿Qué pasa, por qué está bien?"
Hannah se sentó junto a Neville y automáticamente enlazaron las manos; contempló con extrañada curiosidad a su compañera de estudios.
"Hermione, si tú lo sueles saber todo, y te sabes de memoria todo lo que publica El Profeta… no me digas que no te has enterado…"
"He estado estas navidades bastante tiempo con mis padres. Yo… bueno, no he ido mucho por Grimmauld Place…"
"¿Ni has hablado con Malfoy?"
Hermione se sonrojó y clavó la vista en el chocolate ya frio.
"No, no he podido verlo tanto estos días. Hoy hemos quedado que nos veríamos por aquí." Añadió más sonriente.
Hannah no comentó nada al respecto y miró a Neville. Éste señaló con la boca El Profeta que Hermione no había desplegado.
"Pues míralo tú misma." Mencionó él quedamente.
Hermione abrió por fin el diario en silencio, y siguió el dedo de Hannah, mientras ella le susurraba "aquí". En un lateral, como si estuviese anunciando una pequeña crónica de sucesos locales, se hacía una mención a un "decreto" (Hermione apretó la mandíbula) con efectos inmediatos el 1 de enero en el que se prohibía que en los lugares mágicos de Gran Bretaña los magos llevaran indumentaria muggle.
"Evitamos confusiones de esta manera. No queremos llevar etiquetas con nuestros orígenes mágicos, ¿verdad?"
Eran las hilarantes palabras de la propia Ministra de Magia. Hermione palideció. De modo que por eso hacía tiempo que detectaba miradas hostiles cuando iba vestida de manera muggle. Era después de todo casi todo su armario. Era parte de ella y no podía aceptar el hecho de tener que ocultarlo, disfrazarlo ni mucho menos, mostrar vergüenza.
"¿Qué pasa si llevo esta ropa?"
Hannah se inclinó hacia la mesa para susurrar discretamente.
"Es motivo de multa. Si 'reincides'…"
"¿Reincidir?" preguntó anonadada Hermione. "Cómo que 'reincidir', ¿desde cuándo llevar ropa muggle es un delito?"
"Desde que Umbridge es Ministra." Respondió en voz baja Neville
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Agradeció a sus amigos que la acompañaran hasta Madame Malkin, donde podría encontrar alguna túnica de bruja decente, sin miedo a que pudieran meterla en Azkaban o algo así, pensó con rabia. Intentó buscar una de las más baratas porque ni llevaba dinero encima suficiente, ni quería gastar dinero en una túnica que no iba a utilizar en los próximos seis meses al tener que regresar a Hogwarts. Escuchó susurros en la tienda cuando se fijaron en su abrigo muggle, su gorro de lana y sus pantalones vaqueros. Cerró los ojos un momento y trató de pensar que eso no era real, que eligiera cualquier estúpida túnica, pagara y se largara cuanto antes.
Se quitó el abrigo y miró hacia su propio cuerpo; llevaba un jersey de lana con cuello barco, tejido cuidadosamente por la Señora Weasley. Tenía sus iniciales sobre el corazón, en un tamaño discreto. "HG". Se probó una túnica simple de color púrpura oscuro y se fue a mirar al espejo. Se giró de medio lado para ver qué tal en la espalda, ignorando los comentarios burlones del espejo, que le decían que tenía que ponerse a dieta tras los excesos navideños.
Ahora sí que echaba de menos un puñetero probador muggle. Encima el hechizo para abotonar las mangas no funcionaba.
Sintió una mano extrañamente cálida que le rozaba la mejilla y se dio la vuelta con un respingo, ni siquiera había visto quién era mirando por el espejo. De pie, con el rostro calmado pero con los ojos brillantes, estaba Draco Malfoy. El corazón de ella dio un salto debajo de esa túnica barata y defectuosa.
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Se sintió de pronto como una niña pequeña que acaba de cruzarse con su cantante favorito. Intentó sonar natural cuando él alzó una ceja y pareció adivinar qué diablos hacía con una túnica de un color tan poco favorecedor, evidentemente defectuosa (años de instrucciones de su madre no habían caído en saco roto); ni siquiera Granger podía tener tan mal gusto.
"¿Qué demonios estás haciendo?"
"Compro… una túnica."
"Vale, Hermione, balbuceas como una cría de 8 años que habla con el jugador de fútbol más popular del colegio"
"Eso ya lo veo. ¿No tienes suficientes, o es que te has propuesto comprar las más fea?"
Hermione rodó los ojos y puso los brazos en jarra.
"No, quería sólo comprar una túnica, la más barata."
Draco sin embargo arrugó la nariz como si esa palabra le hubiese producido un insoportable picor y alzó de nuevo la ceja ceja, contemplando a la chica como si hubiese perdido la cordura. Sin preocuparse ni de su estilo, ni de que "barato" era vulgar e indigno. Se sentó en el sofá y cruzó los brazos y las piernas. "Quítate eso." Ordenó como cuando hablaba a los elfos domésticos o a Crabbe o Goyle.
"Eh, eh…" dijo ella, más seriamente, alzando un dedo. "Tú no me das órdenes."
Sin embargo rodó los ojos cuando se percató que Malfoy no estaba ni siquiera escuchándola; más bien tenía la mirada puesta en la túnica, sin duda no pensando lo preciosa que era, sino más bien pensando que Hermione no llevaba nada debajo. Era como si simplemente hubiera vocalizado una de las estúpidas fantasías masculinas. Que hiciera un strip-tease o algo así en plena tienda de Malkin.
"No seas idiota…" dijo ella, suponiendo qué clase de ocurrencia estaba teniendo e intentando zafar una sonrisa por lo estúpidos que podían resultar a veces los hombres. Se abrió la túnica y mostró el sencillo jersey de la señora Weasley, disfrutando de la expresión decepcionada de Malfoy y cómo cambió a una de espanto. No era fan de los jerseys tejidos caseramente. "Pero ¿qué te esperabas, que estuviera completamente desnuda debajo, o que te mostrara la ropa interior que la señora Weasley me ha tejido por Navidad… No puedes ser más tonto…"
Él sin embargo tiró del brazo de ella y la túnica púrpura cayó al suelo descuidadamente. Colocó a Hermione en su regazo y le sujetó la mandíbula con delicadeza.
"¿Qué estabas haciendo?" volvió a preguntar, esta vez mucho más suavemente.
Ella se quedó inmovilizada, estudiando los ojos claros de él bajo sus pestañas extrañamente oscuras.
"Ese… decreto… no podemos ir con ropa muggle…" murmuró ella en voz baja, como si por algún extraño motivo creyera que había el equivalente a micrófonos o cámaras en el mundo mágico. Como si los pudieran escuchar y eso siguiera siendo un motivo para ir a la cárcel. Bajó los ojos y los alzó de nuevo.
"Es el principio… están prohibiendo hacer ostentación de lo muggle… y me da miedo qué será lo próximo… sobre todo… para los que tenemos orígenes muggles…"
Draco Malfoy nunca prestaba mucha atención a los artículos que contenían las palabras "muggle". No era por nada, era sólo que su cerebro había crecido ignorando y apartando de su foco de atención eso. Hasta que dejó de hacerlo por culpa de esa hija de muggles. La primera que conoció. La única. Nunca les había dado más importancia que a los gnomos de jardín o a los doxies. Plagas, según tía Bella.
Y sintió en su piel también el temor que palpaba en la de ella. La preocupación por lo que estaba por venir. Conocía a Umbridge y conocía su filosofía y su visión del mundo mágico. Recordó el placer y el deleite con el que Pansy había hablado en su visita y no le auguraba nada bueno. Lo que alguien como Pansy disfrutaba era algo que no gustaría jamás a Granger.
Soltó la mano de la barbilla de ella y la estrechó contra él, alarmándose de forma creciente. Dejó que ella rodeara su cuello con sus brazos y hundiera la cabeza en contra su hombro.
"Al menos en Hogwarts estarían seguros."
"¿Señorita Granger?..."
Hermione abrió los ojos de entre la mata de cabellos pálidos de Malfoy y levantó la cabeza comprendiendo al instante que la dependienta había ido a ver qué tal las túnicas. Trató de incorporarse de su regazo, cuando la joven dependienta intentaba mostrarse lo más estoica posible ante la escena, para nada fuera de tono, pero indudablemente íntima.
"No será 'Señorita Granger' por mucho tiempo…"
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Grimmauld Place 12. Londres
"¡Dejadlos en paz!" exclamó Ginny, tirando del brazo de Fred.
"Pero mira…" George seguía asomándose por el enorme umbral de la sala de estar de la casa de los Black. "Ni nos hacen caso…"
"¡Porque están jugando, así que vamos a la cocina!..." Ginny dio un empujón en la espalda a Fred y agarró del brazo de George para arrastrarlo de ahí y que dejaran de espiar descaradamente. "¡Ya está bien, u os vais calentitos a casa!"
George rodó los ojos y emitió un bostezo, pensando vagamente lo mucho de su madre que tenía Ginny.
"Bueno da igual. Vamos a ver si Kreacher nos da algo de comer…" dijo a su hermano.
Fred sonrió de par en par.
"¡Buena idea! Después de todo, no hay nada más aburrido que ver una partida de ajedrez mágico…" Con un crack, ambos Desaparecieron.
Ginny se apoyó contra la pared y soltó un suspiro. Hacía unos días que Fred y George estaban con ellos en Grimmauld Place. Era cómodo por las reuniones de la Orden y porque estaban deseando estar cerca por el nacimiento del hijo de Bill y Fleur. Habían vuelto de Hogsmeade extrañamente silenciosos y en cuanto ella les preguntó, ambos evitaron todo tipo de preguntas. Volvieron a las andadas, a ser los mismos hermanos que eran capaces de hacer volar por los aires La Madriguera. Pero Ginny conocía a los gemelos mejor que sus propios padres y sabía que algo ocultaban. Y no se lo habían dicho.
Apretó los labios y miró hacia las escaleras que iban a los dormitorios. Dejó de mirar la sala de estar y subió para estar con Harry.
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Era algo que había sorprendido a Fred y George, como era natural. Pero es que una partida de ajedrez mágico entre Luna Lovegood y Ron Weasley era algo que no sucedía todos los días. Ella era una jugadora absolutamente lamentable. Prácticamente su única estrategia auténtica, (y a él le había llevado saberlo unas cuatro partidas) era que no tenía ninguna en absoluto. Jugaba de una forma tan extravagante como la forma que tenía de vestirse. Con una lógica y un sentido que sólo ella comprendía, (y como mucho, su padre). Por lo demás, a Ron le suponía un reto. Él era muy buen jugador. Fred y George siempre se burlaban de él diciendo que era su único talento, "lo cual no es decir mucho", solían añadir…
El único que siempre había sido un rival más que decente, era Percy. Racional y metódico, era capaz de quedarse diez minutos en silencio, con la mano en la boca tratando de descifrar una complicada jugada con la que vencer. A veces lo había logrado, pero sin duda, el ajedrez mágico era el gran punto fuerte de Ron.
Luna se podía pasar también diez minutos sin mover ficha, pero sólo para descubrir que había estado eligiendo nombres para las piezas o que estaba tratando de escuchar sus conversaciones. Ron entonces rodaba los ojos, pero también era consciente de una cosa.
No se enteraba de que habían pasado diez minutos y había estado mirándola a ella, no al tablero.
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Fred volvió a comerse otro pedazo de tarta de melaza, la favorita de Harry. Miró el reloj que estaba junto a la alacena de detrás y se limpió la boca con la servilleta.
"¿Todavía crees que no deberíamos contarlo?" dijo George dejando su vaso de zumo de calabaza en la mesa de la cocina. "Mamá…"
"No." Fred negó con la cabeza y miró de reojo a Kreacher, en el otro lado preparando el aperitivo de la reunión de la Orden de esa tarde. "A mamá menos que a nadie."
"Pero…"
Fred tragó la tarta y clavó los ojos marrones en George, con una resignada determinación.
"Prefiero que lo hablemos con Kingsley hoy, después de la reunión de la Orden. Fue él quien nos encargó la misión, y la hemos cumplido, ¿no te parece?"
George asintió. Reunión de la Orden del Fénix.
La primera pista fiable que tenían de Percy.
Augusta Longbottom, ingresada por un ataque en su propia casa.
Dolores Umbridge de Ministra de Magia.
Cambios que estaban anunciando ya en su mundo. Decretos ministeriales.
Y Hogwarts, en el ojo del huracán tras la muerte de Colin Creevey antes de las navidades.
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Los textos del principio son leyendas auténticas de Inglaterra. Particularmente, de la zona de Stonehenge, que os recuerdo, abría la historia hace 31 capítulos, y además, es donde residen los Malfoy. Aquí he puesto sólo extractos de esas leyendas, más bien. Una de ellas fue la que me inspiró cierta parte de la historia, particularmente, la de "Wilfred".
Con respecto al final del capítulo 30, con tranquilidad os iré despedazando qué fue ocurriendo. No me olvido. Todo a su debido momento.
Mi fundamentalismo canon me obliga a transformar en canon el dramione. Ya hice unos pinitos en el Capítulo 23 'Flashbacks'. Seguiré haciéndolo, es mi única forma de aguantar escribir algo que por definición va en contra del canon (y que tampoco es la parte que más me gusta escribir, lo creáis o no xD)
Finalmente, os doy las gracias por haber seguido la historia, vuestra paciencia y por haberme esperado. Gracias especiales a quienes os habéis acordado de mi (y mi lentitud… :( con vuestros reviews, PM's, mensajes en el LJ y e-mails. No me castiguéis, que bastante penitencia ya me ha tocado estos dos meses de verano-infernal T.T: EugeArt, aryqueenblack, Cristhine, Verito Malfoy, Jenlic, Saiph Lestrange, CrissBlack, Sabaku no Akelos, criss92, Lazylid, lara evans, Annirve, Isa Malfoy (doble), Nimpadora Weasley, nanai.malfoy, lulii (Pressure), Corae (doble), victoria krum, Nattu, norma, Nicole Daidouji, Yedra Phoenix, Nasirid, Lyra, Nell Charentes, rosa, Nimpadora Weasley, Dakota Potter, Sortilegios Weasley, anitaplus, fabian37668. Sin el apoyo y los ánimos no habría sentido la necesidad moral de continuar la historia. Habría terminado siendo un fic incompleto, como otros muchos.
Besos y hasta el próximo.
Sig.-
