Disclaimer: Los personajes de Candy Candy pertenecen a su autora: Kyöko Mizuki y a TOEI Animation Co. 1976. Escribo éste fic sin fines de lucro.

Despertando a tu Encuentro

Por LisW. Andrew

Capítulo 2

Las estrellas resplandecían en toda su magnificencia colgadas de un cielo despejado.

La brisa del mar llegaba a él limpia y suave. Se dirigió descalzo hasta su cama. Desabotonó la camisa blanca de tela liviana y manga corta que tenía como pijama quedando únicamente con la parte inferior del conjunto; un pantalón aún más liviano e inmaculado con las finas cintas que lo ajustaban a su cadera desatadas. Encendió el ventilador del techo y se recostó un momento sobre las blancas sábanas de seda.

Si bien el hotel no era del lujo y pompa de los hoteles en los que se había hospedado durante sus viajes de negocios en Europa. Era sin embargo a su modo único y bello. Un espacio amplio limpio y exuberante al mismo tiempo, de blancas paredes con acabados un tanto arabescos. El eligió el lugar porque estaba un tanto alejado de la clásica zona turística, quería pasar desapercibido pero encontrarse cómodo al mismo tiempo.

Y así se encontraba cómoda y tranquilamente acostado con los ojos cerrados y los brazos tras la nuca. Pensando en sus nuevos descubrimientos. Las texturas y colores que este nuevo continente ofrecía. Apagó la antigua lámpara de bronce que emitía una tenue luz ámbar sobre su mesita de noche. Un muy suave aroma a incienso con toques de cedro que había adquirido esa tarde, lo relajaba aún más.

...Despertó lentamente. La absoluta obscuridad lo sorprendió de repente, no había luces filtrándose desde las calles. Se levantó y se asomó a la ventana nuevamente, todo estaba en silencio, todo estaba en penumbra. Las estrellas eran aún más bellas y cercanas. Todo en penumbra, bañado únicamente por una mística y enorme luna llena que iluminaba la orilla de la playa acariciando las plateadas y salinas olas.

Tuvo deseos de sentir la arena bajo sus pies, de recostarse en la cálida arena a observar el nocturno y embriagador espectáculo del firmamento.

Pensó en vestirse con algo adecuado para salir, pero enseguida cambió de opinión y se dejó el pijama blanco. Después de todo, la playa estaba completamente sola. Únicamente se puso la camisa y sin abotonarla salió de su habitación, trató de encender la luz para iluminar la sala de la suite, pero no había electricidad. Eso explicaba esa extraña obscuridad que se extendía a los alrededores en el exterior.

Vio entonces la luz de la luna filtrándose como un sólo rayo etéreo por la puerta entre abierta de la otra habitación en su suite. Y se acercó en silenció atraído por el lívido resplandor.

La cama en la habitación estaba bañada por la misma luz lunar que a raudales se colaba por la ventana abierta. Una hermosa y blanca cama cubierta por una protección mosquitera y en ella yacía Candy, con quien no había salido aquella tarde pero que en efecto, se encontraba con él en ese viaje.

Se sintió aturdido y confundido pero hipnotizado por la escena. Fascinado, se mantenía observando a Candy aún afuera de la habitación, de pie ante la rendija entre la puerta y la pared. Sentía como si no fuera el mismo. Perdía el control y el jamás había adentrado su mirada cuál intruso hasta el interior de su habitación durante la noche, jamás había… sólo aquella ocasión en la que tuvo que dejarla tras haber recuperado la memoria. Pero eso fué distinto en su totalidad, sólo se despedía. Ahora sin embargo cual poseído y vencido ante una fuerza mayor empujaba la puerta sigilosamente. Un silencio absoluto inundaba el cuarto, pero parecía que él podía escuchar a la mismísima luna cantándole al oído al compás de los latidos de su desbocado corazón, que por momentos dejaba de latir mientras sus ojos se posaban en Candy. Candy y su dorada cabellera esparcida sobre la almohada, Candy y su piel nívea apenas cubierta por una ligera bata blanca corta y de tirantes, que dejaba sus hombros y piernas al descubierto. Se retorcía en sueños, tal vez por el clima que por momentos se tornaba insoportablemente caluroso en las noches, tal vez debido a alguna pesadilla, inquieta movía lentamente la cabeza y giraba el cuerpo después suavemente en una sutil media vuelta sobre las blancas sábanas. Albert permaneció estático como bajo un sortilegio, absolutamente inmóvil sin poder dejar de mirarla.

Pasados unos minutos sin siquiera pensarlo, levantó la translucida y blanca protección de un costado de la cama para adentrase y estar cerca de ella. Candy aún dormía, él quería salvarla de sus sueños o entrar en ellos. Acercó su rostro al oído de la rubia y con los labios rozando su piel, casi en un suspiro, pronunció imperceptiblemente algo, algo inaudible, tal vez fue sólo una caricia. Rendido ante la belleza y la atracción irrefrenable que lo embargaba, colocó su mano derecha por debajo de la oreja de Candy y deslizo de un modo muy suave sus largos dedos sobre su piel de seda. Bajando tortuosamente por el precioso cuello, se detuvo inmóvil al sentir la tela de uno de los tirantes. Y volvió a observarla de pie, decidido a marcharse pero fue tarde, Candy abrió los ojos y el no pudo moverse nuevamente. Paralizado el y paralizada ella ante la sorpresa, con los ojos verdes muy abiertos perdiéndose en el brillo intenso y hasta lascivo de la mirada de Albert. En ese momento, en ese idílico instante en el que se miraban como nunca antes, Albert sintió un cegador resplandor sobre los párpados. La luz del sol, un resplandor dorado e intenso. Estaba sobre la misma cama de su habitación con olor a cedro, únicamente llevaba el pantalón del pijama y todo se aclaró en su mente. Él no tenía una suite doble, Candy no estaba ahí. Levantándose de la cama se asomó por la ventana. La playa lucía exquisita, vio el reloj. Era imposible, no era el sol de la mañana el que lo había despertado, eran las cinco de la tarde. Aunque tomando en cuenta que cuando se dirigió a la cama la madrugada ya estaba bastante avanzada y que el día anterior lo había pasado caminando, no era tan extraordinario que despertase hasta esa hora. Sólo que él parecía haber perdido la noción del tiempo durante los días que llevaba en Sri Lanka. Había planeado dar un paseo al amanecer y ya era muy tarde, había perdido la mañana de aquel día. Resignado se metió a la ducha, se afeitó, se vistió, se puso un poco de loción ante el espejo sin mirarse si quiera y tomó sus gafas de sol. Salió y comió algo ligero en las afueras del hotel.

Llevado por su deseo de aventura, volvió al centro de la ciudad y pagó un viaje de ida hasta una remota playa, la que fuera sería perfecta siempre y cuando estuviese lejos del hotel y del turismo. Se despidió amablemente del hombre que lo llevó, pagando los servicios del traslado. Y se adentró en la playa. Había poca gente y todos eran nativos del lugar. El paraje quitaba el aliento, era extraordinario. Una amplia playa virgen, el cielo teñido de rojos vibrantes, lilas de ensueño, místicos violetas, y rosas surrealistas. El mar infinito extendiéndose hasta ser uno con el horizonte. Caminaba entre las olas. Con el enorme sol de fondo coloreado de un intenso tono naranja sumergiéndose en las aguas del mar abierto.

Llevaba un sombrero beige de viajero, una camisa cerrada sin mangas de tela antigua hecha artesanalmente y que ahí mismo había comprado en su primer paseo por los mercados callejeros, y un pantalón que complementaba el conjunto a lestar hecho con la misma manta.

La poca gente que ahí se encontraba y que se vislumbraba en la lejanía, vestía también de un modo muy ligero, parecían casi semidesnudos pero era ese su atuendo cotidiano. Había pescadores en antiguos botes aunque estaban lo suficientemente lejos como para que el sintiera que ese rincón del mundo le pertenecía al tiempo que él se entregaba y se sentía pertenecer. En conjunto el calor y la intimidad de aquel sitio lo invitaban a adentrarse en el agua salada. Entonces se quitó la camisa y el pantalón y los dejó sobre la arena, quedando únicamente en su masculina ropa interior, una trusa discreta y muy cómoda para nadar.

Su atlético y esbelto cuerpo se zambullía entre el mar y emergía majestuosamente.

Antes de obscurecer y antes también de vestirse, se acostó sobre la arena para observar el crepúsculo en todo su esplendor. Permaneció así cerca de veinte minutos, finalmente se incorporó. La noche aún no caía en su totalidad y el cielo purpura y rosáceo comenzaba a tornarse magenta.

La belleza del entorno era tal que temió todo aquello se tratara de otro sueño, era tal que temió volver a verla. O tal vez soñó despierto con encontrarla ahí. Deseó estar en ese momento a su lado y que sus verdes ojos atestiguaran junto a el cómo el encanto místico cubría y se apoderaba del lugar.

Entonces sintió una urgencia, una necesidad. Pese a encontrarse en medio del paraíso y aunque aún no llevaba ni una semana en él, Albert quiso volver a Chicago.

…Continuará.