Neville:
Sabía que no podía volver por donde vino, seguramente habían reforzado todas las entradas y salidas del colegio con estudiantes de séptimo como Crabbe y Goyle. O peor, Theodore Nott.
Neville dio un rodeo por el linde del bosque y llegó a la lechucería, una torre increíblemente alta con cientos de ventanas en toda su extensión. La más baja estaba a unos cuatro metros del suelo pero Neville no se preocupó. Levitó la bolsa que cargaba con mucho cuidado, y es que no pesaba mucho gracias a los hechizos de ligereza y expansión, sin embargo hacía muchísimo ruido.
Era posible que la nostalgia le hubiera ganado y terminara llevándose casi todos los objetos de la cabaña, también era posible que Hagrid no estuviera pensando en que el molde para sus pasteles pegajosos o el plato de Fang en el que había grabado su nombre con letras irregulares necesitaran ser rescatados, pero Neville no se arrepentía de haberlo tomado todo, aunque fuera sólo para intentar rellenar el agujero gigante que la huída de Hagrid había dejado en su corazón y en su moral de batalla.
Sin Hagrid ahora todos los castigos eran impartidos por los Carrow y su pandilla de idiotas, además de que los profesores estaban en constante vigilancia, algunos como McGonagall o Sprout caminaban por una fina línea y si pisaban del lado equivocado podrían acabar despedidas y en Azkaban, o algo peor, y entonces quién sabe qué mortífagos desquiciados tomarían sus lugares.
La varita comenzó a temblarle en la mano, así que se tragó el nudo de coraje que tenía en la garganta y siguió dirigiendo la bolsa que traqueteó por la pared hasta meterse por la ventana. Segundos después una escalera cayó de ella y Seamus Finnigan asomó su cabeza sonriente levantando ambos pulgares y Neville comenzó a subir.
Pansy:
─Tenemos un problema en la entrada ─No supo quién había sido, ni reconoció su voz, pero fueron las palabras más hermosas que jamás alguien hubiera pronunciado. Sólo entonces la dejaron caer al suelo entre temblores y lágrimas y salieron corriendo. La puerta se cerró de golpe, pero ella no reaccionó hasta mucho después. Pudieron haber pasado una o dos horas o uno o dos milenios por lo que a ella le importaba, sólo quería que dejara de doler.
Poco a poco pudo irse levantando con ayuda de la pared, los ojos le pesaban de tanto llorar y la quijada no parecía querer abrirse después del esfuerzo para contener los gritos. Sabía que aquello no era nada comparado con los castigos de verdad, los que se llevaban los que se oponían al régimen, y por lo mismo no quiso mostrar debilidad, la debilidad significaba que podrían divertirse viéndola sufrir y eso no iba a pasarle a ella. Pansy Parkinson era irrompible.
Poco a poco se sentó recargada contra la pared, levantó su varita rota e intentó cerrar la puerta con seguro, pero aparte de un par de chispas y una especie de humo verdoso nada pasó. Con un gruñido de frustración la aventó lo más lejos que pudo y enterró la cara en las manos.
Intentó llorar, intentó que la desesperación se apoderara de ella y la dejara sacar todo el estrés y el horror de su cuerpo. Quería limpiarse por dentro con una buena sesión de llanto, pero las lágrimas no llegaban. Oleadas de odio la recorrían entera y tenía ganas de romper huesos y tirar dientes. Finalmente fue demasiado y tuvo que ponerse en acción, pateando las sillas, y aventando cosas a los cristales. Con sus puños golpeó el escritorio, y cuando por fin pudo quitarle la pata a una silla, la utilizó para dar de palos indiscriminadamente, imaginando las caras de los Carrow, de Crabbe, Runcorn, Higgins, Oswald, Snape y Voldemort. Sobretodo Voldemort.
Cuando la adrenalina cedió, colapsó en medio del cuarto y entonces el dique se rompió. Lloró como hacía años no lo hacía, dejando que los espasmos recorrieran su cuerpo y tensándose tanto que el estómago dolida, intentó ahogar los sollozos con sus manos pero sólo conseguía acalorarse de más y que su cara quedara empapada de lágrimas y mucosa.
Llevaba así un buen rato, tanto que comenzaba a sentirse somnolienta y la cabeza quería volver a darle vueltas pero el sonido de la puerta abriéndose la puso en alerta una vez más. De un salto que jamás habría logrado sin la ola de adrenalina que la invadió, se escondió detrás del escritorio y se quedó lo más quieta que pudo.
Neville:
El pasillo parecía desierto y en calma y de no ser por los sollozos angustiados que provenían del salón del fondo, Neville habría cantado victoria. La entrada de aquél día de la Sala de los Menesteres estaba a unos metros. Seamus, que llevaba la bolsa con las pertenencias de Hagrid le hizo un gesto negativo con la cabeza desde las escaleras, indicándole que al menos un par de gorilas mortifagos subían por ellas.
─Si no entramos ahora la perderemos ─susurró él señalando el tapiz que cubría la entrada y después su viejo reloj. Eran las 11:58, lo que significaba que tenían dos minutos para entrar o esperar a que un miembro despierto del ED les indicara dónde estaba la nueva entrada.
─¿Ya escuchaste? Puede estar herida ─dijo Neville caminando hacia el salón, Seamus rodó los ojos, se mordió el labio y lo siguió, pero Neville negó con la cabeza─. Tu vuelve y mándame un mensaje vía galeón en cuanto sepas por dónde entrar.
─Es demasiado peligroso, puede ser una trampa ─razonó Seamus. En cuanto se movió, la bolsa se movió con él y un sonido de ollas y sartenes chocando entre sí retumbó en las paredes. Ambos escucharon atentos, los pasos en la escalera se hicieron más rápidos.
─¡Vete Seamus! ¡Ahora! Yo estaré bien siempre y cuando me mandes ese mensaje ─enfatizó las últimas palabras con un movimiento de su dedo índice y sin más corrió por el pasillo y abrió la puerta. Antes de entrar vio a su amigo escabullirse por el tapiz y el agujero cerrarse tras él.
Con un suspiro entró al salón, pero no vio a nadie. Supuso que quien fuera que estuviera ahí tenía sus razones para esconderse, caminó entre los pupitres para ver si estaba agachada en algún lado pero sólo encontró una varita rota. Al voltearse notó el último escondite posible y con toda la lentitud que podía permitirse sabiendo que lo perseguían, se acercó.
─Hola, mi nombre es Neville Longbottom ─habló entre susurros─. Puedo llevarte a un lugar seguro, pero tienes que venir conmigo ahora, antes de que lleguen los otros ─no hubo respuesta, así que aguzó el oído, afuera aún no se escuchaba ni el vuelo de una mosca así que lo intentó de nuevo─. Escucha, sé que estás asustada pero seguro me conoces, a mí y a los demás miembros del ED, y te juro por mi vida que no te haré daño.
Aún nada. Neville estaba a punto de rendirse cuando una chica salió de debajo del escritorio. El cabello negro enmarañado, un par de moretones en los brazos y la cara deshecha, pero la misma mirada glaciar y la sonrisa sin humor.
Pansy:
Los pasos de la persona que entró sonaban pesados pero cautelosos, dio un rodeo entre los pupitres y tras un silencio prolongado en el que Pansy supuso que había encontrado su varita y se había agachado a recogerla, los pasos se acercaron al escritorio.
─Hola, mi nombre es Neville Longbottom ─susurró aunque no había necesidad, conocía su voz de sobra. Pansy tuvo que contenerse mucho para emitir un bufido sarcástico. Por supuesto que era Longbottom, con su complejo de héroe─. Puedo llevarte a un lugar seguro, pero tienes que venir conmigo ahora, antes de que lleguen los otros ─esta vez casi se ríe. ¿Un lugar seguro? Por favor. Ni Blaise a quince mil kilómetros de distancia estaba seguro─. Escucha, sé que estás asustada pero seguro me conoces, a mí y a los demás miembros del ED, y te juro por mi vida que no te haré daño.
Pansy tembló ante aquellas palabras. Quizás era de coraje, porque aquél bufón insistía en mantener un idealismo y optimismo impropios y baratos. O de anhelo, porque necesitaba creer en algo; aunque fuera Neville Longbottom y aunque fuera por unos momentos. Quizás por contacto humano, para burlarse de su estupidez. Quizás una combinación de todo.
El hecho era que la hizo temblar y la hizo incorporarse ignorando el dolor de sus extreminadades, lo miró a los ojos y sonrió.
─Deberías de aprender a no hacer juramentos hasta que sepas con quién estás hablando. Debajo el escritorio puede haber alguien muy, muy peligroso.
