Disclaimer: Los personajes de Candy Candy pertenecen a su autora: Kyöko Mizuki y a TOEI Animation Co. 1976. Escribo éste fic sin fines de lucro.


Despertando a tu Encuentro

Por LisW. Andrew

Capítulo 22.

Albert, Archie y Candy siguieron con su recorrido por las nuevas instalaciones y después fueron con la Señorita Pony a hablar de lo que aún faltaba por hacer. La Hermana María daba clases a los niños.

A las diez de la mañana Archie desayunó con ellos en una de las mesitas del jardín de recesos. Se despidió poco más de una hora después.

Albert y Candy limpiaron la mesa y regresaron a la cocina en donde se pusieron a lavar los trastos. Había una cocinera, también una ayudante y además dos conserjes, pero a Candy siempre le gustaba ayudar cuando le era posible.

Terminaron y se dirigieron a la sala de descanso, donde generalmente Damien tomaba su receso.

Era una estancia pequeña en la que había dos sofás medianos, un pequeño sillón, una mesita de revistas y periódicos, un candelabro antiguo colgado del techo y un librero.

Aunque no había tanto espacio éste estaba preciosamente iluminado gracias a dos ventanales grandes desde los cuales se veía la Colina de Pony y por los que la luz entraba a raudales. Un lugar luminoso, íntimo y bello para descansar.

Pasaban de las doce y sí; ahí en el sillón, fumando un cigarrillo, con la mirada atenta explorando el paisaje, se encontraba Damien. Sabía muy bien que a Candy le molestaba que se fumara dentro del Hogar. De hecho él ni siquiera fumaba, era la primera vez que lo hacía y dentro del Hogar.

Damien aún sin proponérselo mientras atendía sus consultas matutinas, los había visto desde la ventana del consultorio. Estaban tan felices sin él, ahí en el jardín desayunando. Archie de por sí no era santo de su devoción y para colmo estaba también él; William Andrew. Tras su segunda consulta había incluso cerrado su cortina.

Entonces recordó que tenía en su chaqueta una cajetilla que había comprado apenas hacía un par de días. La destapó al entrar a la estancia de descanso y ya llevaba dos cigarrillos.

Encendía el tercero cuando llamaron a la puerta… Sí, reconocía esos rítmicos golpeteos, era Candy.

-Muy a su pesar se levantó, ocultó la cajetilla dentro del holgado bolsillo de su bata y apagó el cigarrillo con enfado.

Albert se sentía un poco incómodo. Al ver la puerta cerrada supo que Damien lo menos que quería era que irrumpieran en su receso y tampoco moría por conocerlo; por así decir. Pero Candy había insistido en presentárselo en ese momento, argumentando que seguramente Damien acabaría su turno tarde y ellos pensaban partir antes de que anocheciera. Así que no habría otra ocasión para hacerlo.

Damien abrió la puerta.

-¿Podemos acompañarte Damien?

-Por supuesto, pasen.

-Damien, quiero presentarte a Albert Andrew-

-Es un gusto Albert Candy habla mucho de ti, me preguntaba hasta cuándo nos conoceríamos.

Mientras amablemente decía esto, Albert extendió el brazo y un apretón de brazos épico tuvo lugar. Durante el saludo ambos se miraron desafiantes con una encubierta sonrisa de medio lado.

Candy no lo notó, o no quiso notarlo. Solamente enfureció por lo que había afirmado Damien ¡Ella no hablaba de Albert con él! No sólo eso ¡Ella nunca antes había pronunciado ese nombre delante de Damien!

Sin embargo trató de disimular, dirigiendo su ira en otra dirección.

Albert estaba por contestar pero Candy no se lo permitió, antes de que él lograra hacerlo ella interrumpió la presentación, olvidándose de sus modales.

-¡Damien, estabas fumando! (gritó con la cara totalmente roja de coraje)

Albert al escucharla y verla así de alterada, espontanea e involuntariamente hizo un gesto de sorpresa.

-Sí. Lo siento, no lo haré más, pero tranquila, tranquila. Qué va a decir tu invitado. Descuide Monsieur Albert, generalmente Candy trata bien al personal, siendo la dulce y alegre enfermera que a diario ilumina nuestros días aquí. Asumo toda la culpa, parece que provoco que emerja la peor parte de ella Je suis désolé!

-Albert, lo siento…

-Bueno (le dirigió un guiño) me gritaste a mí Candy…

-Damien, no me interrumpas. Odio que bromees así aun sabiendo que hiciste algo que no estaba permitido ¡Y desde cuándo al hablar intercalas palabras en Frances!

-¡Qué! Cierto, no suelo hacerlo... Lo siento Candy, Albert; discúlpenme por favor. Y perdónenme también pero me temo que tendré que dejarlos ahora. Necesito volver a mi consultorio, porque mon cher directeur

;me excuso ahora por no haberselo dicho ayer, pero en este momento tengo que terminar dar por concluído mi trabajo aquí, por hoy. Iré al pueblo, tengo consultas que atender allá, si me lo permite usted.

-Damien, ayer también te fuiste antes y si mal no recuerdo el viernes pasado dijiste que harías tus consultas a domicilio a partir de la semana que viene. Además creo que olvidas otra cosa, Henry se quedará esperando que juegues béisbol con su equipo. Ah y casi lo olvido yo también; a las dos vendrá el señor Parks como cada viernes.

-Precisamente Candy le seigneur Parks me pidió que está vez lo atendiera en su casa, ya que voy aprovecharé el día para visitar personalmente a otros de mis pacientes, así les ahorraré el viaje hasta acá. En cuanto a Henry, los niños están por salir a receso. Antes de marcharme le diré que no podré quedarme hoy.

Albert observaba la escena en silencio. Veía con claridad el lado más absurdo e infantil de ambos y no supo qué pensar al respecto. Se sintió de repente remitido a los tiempos del zoológico Blue River, cuando Candy peleaba con Terrence y aquello no había acabado nada bien.

-Sí, alcanza a Henry en el receso Damien. Pero seguramente se soltará a llorar.

-No cuando le diga que el partido sólo se pospone para mañana.

-¿Vendrás mañana?

-Sí, les dedicaré mi fin de semana. Tal vez hasta traiga a Waffy.

-Eso no Damien, por favor. Klin no se lleva bien con tu gatita y no quiero que se lastimen.

-Ah, bien. Como diga jefa. Albert discúlpanos. Que tengan un buen fin de semana. Cuida de ella (dijo tranquilo y amable dando a Albert un par de palmaditas en el hombro).

Albert asintió y sonrió discretamente en señal de despedida.

-Lo haré Damien. Hasta pronto.

El joven doctor abandonó la habitación y Candy aún estaba furiosa. En segundos, pasó del coraje a la frustración y de la frustración a la mueca de puchero. Se dejó caer en el sillón y al sentarse colocó sus codos sobre las rodillas mientras sus hermosas manos sostenían su barbilla.

-Albert perdóname por favor. No sé qué me pasó. Damien me ha enfurecido tanto… No le he creído en absoluto que tenga que ir de repente al pueblo ¿Qué le pasa a ese cretino? Y lo dijo delante de ti… Sé que miente ¡Y yo diciéndote que era un buen doctor!

Albert como hombre comprendía lo que ella no podía ver en ese momento. Al parecer el doctor solamente estaba huyendo. Se sentó a su lado y acarició su mejilla izquierda para retirarle un mechón de cabello de la frente.

-Candy, no te preocupes. Te has presionado mucho durante estos días procurando que todo esté en orden dentro del Hogar. Pero nada es perfecto, pequeña. Algunas cosas tarde o temprano saldrán de tu control y tienes que aprender a sobrellevarlo. No puedes dejar que tus emociones te dominen ante asuntos o situaciones triviales que no lo ameritan.

-Lo sé… Vaya que hemos hecho el ridículo. La verdad no fue el hecho de que Damien fumara lo que me molestó, Albert. Es que mintió. Yo no le había hablado de ti. No sé por qué dijo eso.

-Candy, tal vez sí lo sabes. Después de todo lo conoces más que yo.

-Pues si lo ha hecho por eso, es peor aún. Él no me interesa, yo nunca le he dado motivos para que me vea de esa manera.

-No se los has dado, pero los tiene. Y eso no es tu culpa Candy. Él está interesado en ti y al parecer no lo sabe manejar.

-A veces yo tampoco y hasta he pensado en prescindir del doctor Boissieu. Pero en realidad ha hecho un magnífico trabajo y los niños lo quieren mucho.

¿Sólo los niños, Candy? Pensó Albert

-Candy, si te sientes mal con su actitud, aunque como médico se desempeñe bien y con los niños en general haga una buena labor, tienes derecho de hacerlo. De lo contrario tarde o temprano sus problemas repercutirán en todo lo demás. Pero no lo hagas si no estás segura ¿En verdad no lo toleras o es un juego entre ustedes? Es tu decisión. Piénsalo y sabrás cómo resolverlo. Se quede o no, yo te apoyaré. Te pido que lo medites, no te precipites, no decidas ahora algo que más tarde puedas lamentar.

-Gracias Albert, me siento un poco decepcionada… por mi conducta. Yo quería que hoy todo saliera bien.

-Candy, todo está bien. Olvida el incidente quieres, yo ya lo he hecho. Por cierto, ésta sala es hermosa.

-Bueno es bastante sencilla. Los grandes canceles fueron idea mía, elegí también el candelabro, el papel tapiz azul cielo y al final compré este juego de sofás porque combinan bien y son muy cómodos.

-¿Y la figura de porcelana sobre el librero?

-La ninfa de porcelana fue un obsequio de Annie. Archie ha comprado también muchas cosas… Cuadros, los espejos de la estancia y muebles decorativos.

-Sabes, yo también te traje algo para el Hogar, lo dejé en la cajuela del coche. ¿Me esperas aquí? Enseguida vuelvo.

-Albert tú no necesitabas traer nada más. Pero está bien, te espero.

Albert regresó con un fino jarrón envuelto en papel color fucsia. Candy lo desenvolvió.

-Es precioso Albert.

-Ahora cierra los ojos… Ya los puedes abrir-

Y ante ella apareció un precioso ramo de lilas amarradas por un moño hecho de un delicado listón azul rey. Al verlas Candy las tomó con su mano derecha y así sosteniendo el ramo lo abrazó sin levantarse del sillón. Un escalofrío eléctrico asaltó el abdomen de Albert y sin saberlo ambos se ruborizaron. Enseguida Candy nerviosa se levantó y con el pretexto de ir por agua para las flores se dirigió hacia la puerta.

…Albert la alcanzó y tomando la muñeca derecha de Candy con su mano izquierda la detuvo.

Candy volteó a verlo sorprendida y Albert la atrajo a su pecho con fuerza, para besarla, moría por besarla…

-…Albert ¿Te pasa algo? Te decía que me esperes, voy por agua para las flores. No tardaré. O, mejor vamos a mi despacho. Sí, en realidad allá quiero que estén, así sólo yo podré verlas.

Una ensoñación, algo que Albert en apenas una fracción de segundos imaginó. Detenerla y besarla fue algo que en un impulso vehemente deseó hacer con todas sus fuerzas. Pero a lo que no se atrevió. Ahora la duda comenzaba a roer su corazón, haciéndolo creer que Candy estaba enamorada de Damien…

Pasaron al jardín para llenar el jarrón con agua fresca. Cuando entraron a la oficina, Candy lo colocó sobre una mesita alta junto a la ventana, a un costado de su escritorio. En esa mesita había un portarretratos de plata y en él una foto en la que estaban Stear, Archie, Patty, Annie y Albert. Ella misma la había tomado, era del día de campo que pasaron juntos cuando él aún tenía amnesia. Albert estaba impresionado, cada rincón del nuevo hogar tenía la esencia de Candy impregnada en sus paredes pero esa oficina era aún más personal y hermosa de lo que imaginaba. Al entrar dejo de atormentarse y decidió simplemente disfrutar de lo que quedaba del día al lado de Candy.

Ella aprovechando le mostró algunos papeles y las cuentas saldadas.

-Candy, estaba esperando éste momento para decírtelo. Ya arreglé todo con George. La Hermana María, la Señorita Pony, y tú serán las dueñas de todo en cuanto firmen éstos documentos. Revísalos cuando tengas tiempo por favor.

-Albert, eso es mucho. Tú lo has hecho todo y…

-Candy ya hablamos de esto antes, por favor acéptalo.

-Está bien Albert, lo haré. Eres muy bueno, te debemos tanto.

-Nada, Candy. No me deben nada. Ahora vamos a la cocina, te ayudaré a preparar algo especial para celebrar.

-Margaret y Clarissa son excelentes y ya deben estar preparando la comida.

-Entonces haremos un postre.

-¡Sí, vamos ya Albert!

-Ja, ja ¡Espérame Candy!

Así pasaron las horas. Candy lo llevó a la sala de proyecciones y vieron un cortometraje animado. Por último fueron al que sería en unos meses el salón de juegos y artes.

Al atardecer se despidieron de la Hermana María, de los niños y de la señorita Pony. Jimmy ya había llevado los caballos y los acompañaría hasta donde comenzaba el bosque. Una vez ahí se despidieron alegremente de él y emprendieron el regreso a Lakewood. El paisaje era hermoso, el viento frío cantaba con fuerza como el corazón de ambos lo hacía en secreto dentro de sus pechos.

Mientras cabalgaban, los matices del atardecer atañían a sus siluetas un etéreo resplandor dorado. El sol comenzaba a ocultarse tras una montaña de nubes que absorbían la luz mientras el liliáceo cielo se coloreaba de múltiples tonalidades rosáceas y rojizas.

Continuará…


Gracias por sus reviews, con cariño:

LisW.