Disclaimer: Los personajes de Candy Candy pertenecen a su autora: Kyöko Mizuki y a TOEI Animation Co. 1976. Escribo éste fic sin fines de lucro.
Despertando a tu Encuentro
Por LisW. Andrew
Capítulo 31
Acabando la bella película Candy le propuso a Albert hacer un receso porque los álbumes que estaban en un pequeño librero llamaron su atención.
-¿Puedo verlos?
-Por supuesto, vamos.
Candy sacó algunos.
-Son mis favoritos ¿Te gustaría escuchar alguno?
-Sí, el que tú quieras Albert.
Él tenía una colección enorme en su recámara y otra en su despacho.
Ahí en su cuarto secreto estaban los que más le gustaban.
Compositores Clásicos como Bach, Mozart o Franz Liszt. Jazz como el de Miles Davis. Pop, Baladas y Rock de los 50's y los últimos lanzamientos de los 60's: Joni Mitchell, Pink Floyd, The Beatles, King Crimson, Led Zeppelin.
Pero para escuchar con Candy eligió un álbum de Scott Walker: Un cantante de voz bien modulada, de perfecto fraseo y de timbre aterciopelado. Escuchar sus baladas junto a ella sería perfecto.
Puso el vinilo titulado Scott 4 en el tocadiscos y se sentaron en las colchonetas sobre la duela, en posición de loto uno frete al otro primero y conforme las canciones avanzaban se recostaron.
Albert se levantó a poner la cara B y volvió a recostarse junto a Candy con las manos tras la nuca. Candy puso su cabeza en el regazo de Albert y descubrió en el techo de dos aguas un tragaluz por el cual pudo ver las estrellas.
Pasaron varias hermosas canciones y Candy sentía que en lugar de estar sobre la duela y el edredón, estaba recostada sobre las mismísimas nubes. Dando un paseo por el cielo con la música de fondo, acompañada de la suave respiración de su amado ángel.
Cuando comenzó Duchess el track favorito de Albert (una canción en verdad hermosa y dulce) sin si quiera pensarlo, él tomó la mano de Candy. Y así acostados uno cerca del otro escucharon esa y las dos últimas canciones del álbum sin decir nada, tomados de la mano. Sus corazones latían aceleradamente.
Cuando ya no hubo canciones y el ático quedó en silenció giraron la cabeza y se miraron con un amor infinito.
Albert acarició el rostro de Candy con dulzura y la abrazó.
-Candy, me parece casi irreal estar aquí contigo. Tú eres mi sueño hecho realidad.
-Albert… yo… (Candy no sabía qué decirle, estaba tan feliz y hechizada que difícilmente podía hablar)
-No me digas nada ahora, pequeña. Quiero que ésta noche sólo pienses en lo que te diré…
Y la miró, sus ojos reflejaron el más profundo y hermoso cielo
…Candy, estoy enamorado de ti.
Entonces se miraron en silencio por unos segundos, el uno hechizado por el otro.
Albert sin dejar de verla, se levantó y la tomó de la mano para ayudarla a ponerse de pie.
La llevó hasta la pequeña ventana y la abrió. La luz de la luna se filtró y el frio aire jugó con su rubio cabello. Volteó a verla y sin dejar de mirarla directo a los verdes ojos, tomó una de las rosas del jarrón para dársela. Cuando se la entregó sus manos se entrelazaron sujetando ambos la flor. Y él cerrando sus ojos besó la mejilla de Candy.
En realidad Albert no había planeado nada de eso. Él pensó que sólo vería películas con su amada Candy. Pero la música y su cercanía… Simplemente no pudo seguir escondiendo sus sentimientos, no pudo enmudecer a su corazón porque estaba tan lleno de amor por ella que habría estallado en su pecho de continuar callándolo.
Después de besar dulcemente la mejilla de Candy. La tomó de la mano y la llevó hasta donde estaba el tocadiscos.
Ella seguía sin saber qué decir, sólo sentía que el tiempo y el espacio habían dejado de existir, que su vida era maravillosa y que lo amaba con toda la fuerza de su ser.
Albert bajó aún más la intensidad de la luz, Ahora era tan tenue que se infiltraba la noche, llenando la habitación.
Puso de nuevo Duchess (La canción por lo que decía le recordaba todo lo que vivió con Candy en el apartamento Magnolia, cuando él no podía demostrarle su amor).
-Candy ¿Bailarías conmigo?
Él tomó las delicadas manos de Candy entre las suyas y la abrazó cuando la canción comenzó. Más que bailar simplemente permanecieron abrazados dando pequeños y rítmicos pasos sin separarse. Ella recostó la cabeza sobre el pecho de Albert y él bajó su rostro para buscar el de ella y sus mejillas se acariciaron. Albert sintió magia viva corriendo por sus venas al contacto. Su corazón latía fuerte y rápidamente pero sus pasos siguieron suaves y lentos. Sintiendo la cálida cercanía del cuerpo de Candy.
La canción duraba sólo tres minutos.
Cuando acabó se separaron y él le sonrió con ternura. Candy le devolvió la sonrisa espontáneamente.
Candy sólo para al fin decir algo al ver el proyector dijo.
-Aún no nos hemos desvelado como prometiste ¿Me enseñarías a proyectar una película?
-Por supuesto Candy, ven.
Mientras Albert le daba instrucciones, sus ojos azul cielo se tornaron tremendamente seductores. Le decía cómo poner la cinta y Candy tuvo que hacer acopio de toda la fuerza de voluntad que había en ella para no besarlo. Quería probar y morder los labios de Albert más que cualquier otra cosa en el mundo. Se dio cuenta de que nunca antes amó a nadie. Nunca antes deseo a nadie como ahora lo anhelaba y sentía a él.
Cuándo al fin Candy pudo poner la cinta. Corrieron al sofá y él llegó primero.
-¡Gané! ¿Cuál será mi premio?
Y Candy para sorpresa de Albert, repentinamente le dio dos besos seguidos en la mejilla.
-Ese fue. Ahora veamos la segunda película que elegí. Albert, espero que te guste yo no la he visto aún. Sé que el año pasado estuvo en los cines y fue muy famosa.
-¿Si la veo completa, me premiarás de nuevo?
Candy se ruborizó al escuchar la pregunta de Albert y sólo asintió en silencio, una ráfaga de nuevas y maravillosas sensaciones recorría su cuerpo.
Y así comenzó "Butch Cassidy and the Sundance Kid"
-Yo tampoco la he visto Candy, me la obsequió un socio antes de mis viajes a Europa y la olvidé aquí.
Poco antes de que terminara la película Candy se quedó dormida.
Albert la llevó en brazos hasta su habitación. Cuando él bajaba la estrecha escalera que los había llevado hasta el ático ella despertó. Sin embargo, fingió seguir durmiendo porque el sentir cómo Albert rodeaba su espalda y muslos con sus brazos mientras escuchaba su corazón y la transportaba, era una sensación sublime y excitante a la que no quiso renunciar.
Se dio cuenta así fingiéndose dormida, del cuidado infinito con el que él la llevó hasta su habitación, la posó sobre la cama y la arropó.
-¿Me dejarías entrar en tus sueños Candy? Yo dejaré que habites los míos.
Musitó Albert para no despertarla, sin saber que ella lo había escuchado.
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Jueves 31 de Diciembre 1970
Albert desayunó con George y Archie. Después fue a su despacho, estaría ordenando algunos asuntos con George y haría algunas llamadas. Habló a la tía Elroy también. Ella pasaría el fin de año con los Legan.
Candy despertó tarde, Albert había dicho que la dejaran dormir hasta la hora que ella quisiera. Y le pidió a Karen que le llevara el desayuno a su habitación.
A las once Candy despertó y vio en la esquina de su recámara, sobre una pequeña mesa, la charola con el desayuno. Jugo fresco, fruta con yogurt y arándanos. Pan recién horneado y café. Al lado un capullo de rosa color fucsia.
Candy se levantó tomo el capullo y lo acomodó en el florero de cristal de su tocador. Ya tenía tres capullos, dos de ellos estaban abriendo. Los vio con una sonrisa radiante y suspiró.
Se sirvió jugo y comenzó a desayunar. Mientras disfrutaba de la deliciosa fruta reía y suspiraba. Sentía que todo era mágico y especial. Ni siquiera se percataba de que ya era tarde, casi medio día.
Cuando acomodaba su cama, vio el reloj que tenía en la mesita de noche y se alarmó.
Corrió a la ducha. Apenas salía para vestirse cuando tocaron a su puerta. Se puso nerviosa y se emocionó mucho, pensó que era Albert.
Toc, toc.
-Un momento por favor.
Candy se vistió rápidamente, se puso unos jeans acampanados y una de las modernas blusas que recién había comprado. Eligió una color fucsia y purpura, de mangas acampanadas y estampado psicodélico.
Nerviosa se miró en el espejo, acomodó y peinó su aún húmedo cabello, se puso labial rosa en los labios y perfume cerca del cuello y detrás de las orejas. Respiró, exhaló. Y fue a abrir.
-Hola, Candy. Es tarde, eres una flojita preciosa. Vino Claudette, la modista. Está esperándote en la estancia. Creí que la habías visto ayer.
-¡Archie!
-Sí, soy yo. Ja, ja ¿Esperabas a alguien más?
-No, no…
-Sabes, esa blusa se te ve hermosa.
-Gracias Archie. Ayer la pasé con Annie y le hablé por teléfono a Madame Claudette. Vi el número en la tarjeta que estaba en la caja del vestido. Le pedí que hoy me visitara, si podía. Porque quise dedicarme a Annie; De por sí, ella saliendo de aquí iría con su madre de compras.
-Descuida Candy, además no creo que tenga que arreglarle nada ¿Ya le puedo decir que suba?
-Sí, gracias.
Archie llevó a la modista francesa (una bella señora de unos cincuenta y tres años) hasta la recámara de Candy y las dejó solas.
Candy se puso el vestido (Le había mentido a Archie, en realidad no se lo había probado hasta ese momento). Pensaba decirle a la modista que cerrará las partes que estaban al descubierto o que lo cambiara por otro modelo más discreto.
Mientras se lo ponía, le confesó a la madame que se sentía un poco incómoda con él.
Pero entonces volteó y siguiendo las instrucciones de la modista, se paró frente al espejo y al vérselo puesto sintió por primera vez en su vida que esa era la prenda adecuada.
Pensó en Albert y se ruborizó. Nunca se había sentido así antes. Pero qué era lo que le pasaba ¿Qué le estaba sucediendo?
Se sintió orgullosa de verse así. Fue vanidosa por vez primera. Cómo se veía, no lo sabía definir ¿Provocativa? No, en realidad no era para nada un vestido vulgar como creyó al principio. Todo lo contrario, era precioso y único, se vio como lo que era, una joven mujer muy, muy guapa. Dejando de lado a la pequeña muchachita.
Entonces supo que quería seducir a Albert, sí, usando ese vestido.
Se quedó perpleja porque se asustó de sus propios pensamientos ¿Seducirlo? Pero qué cosas estoy imaginan…
-Señorita en realidad le queda perfecto, lo único que haré será levantar un poco el dobladillo. Mi chofer me llevará hasta mi taller. Está cerca de aquí. Volveré en un par de horas. Ahora, por favor póngase las zapatillas para que mida qué tanto lo levantaré.
Se trataba de un elegante y hermoso vestido largo para fiesta de noche, de alta costura francesa. Con transparencias y muy fina pedrería en el escote, espalda, mangas y otra discreta transparencia en el costado de la pierna derecha.
Candy entregó el vestido a la modista y la acompañó hasta la calle, donde la esperaba su chofer.
Ya pasaban de la una de la tarde. Buscó a Albert pero no lo encontró. Archie estaba en la estancia y le pidió que lo acompañara afuera.
Se sentaron a conversar en las sillas con reposapiés del jardín.
Archie le dijo que Albert estaba ocupado con George porque la notó un poco inquieta.
A las dos y media Albert los alcanzó en el jardín.
Se sentó cerca de Archie para disimular, y se unió a la conversación, pero veía a Candy con una mirada seductora cuando Archie no los observaba.
A las tres llegó la modista y Candy subió con ella de nuevo.
El vestido había quedado perfecto.
Nicole (el ama de llaves) la alcanzó en su habitación para apresúrala.
Le dijo que cenarían temprano porque a las cinco todos los empleados se retirarían (tendrían el resto de semana libre también).
Después de la temprana cena llegó Massimiliano, un peinador y maquillista italiano que Archie contrató desde que llegaron a Nueva York para que arreglara a Candy ese día.
Ella por primera vez no hizo pucheros y subió feliz a ducharse para que una hora y media después Massimiliano y su ayudante Vera subieran a peinarla.
Vera le mostró un catálogo, Candy eligió el peinado que más le gustó de la selección que habían hecho para ella.
Recordó la reacción de Albert cuando la vio con el cabello lacio y quiso repetirlo. Cabello suelto ahora adornado con un romántico peinado de trenza en cascada a la que colocarían pedrería que hacía juego con las piedras de fantasía del vestido.
Como accesorio únicamente llevaría pequeños aretes de brillantes.
Arreglaron sus uñas y las pintaron a juego con un hermoso tono nacarado.
Vera la ayudó a vestirse.
El tiempo se fue muy rápido. Ya iban a dar las siete y estaban por terminar.
Candy había quedado hermosa, se veía románticamente preciosa y al mismo tiempo sensual.
Albert y Archie ya esperaban en la estancia a Candy.
Ellos vestían de frac. Ambos usaban por chaqueta una levita de cola abierta y de frente corto. Sus trajes eran sin solapas brillantes, el pantalón con una línea vertical. Chaleco blanco, camisa de cuello paloma blanca, pajarita blanca y con puños para mancornas. Los zapatos negros y de agujetas. Y también guantes blancos. Las mancornas de Albert eran de oro y tenían la insignia Andrew. Las de Archie eran de plata.
Ambos lucían como verdaderos príncipes.
Albert se había amarrado el pelo en una coleta tras la nuca. Alisándolo perfectamente para que no se notara.
Archie había peinado su cabello pegándolo a los costados.
De modo que, aunque tenían el cabello largo; Albert a la altura de los hombros y Archie a la del cuello. Los dos lucían sumamente elegantes y exageradamente apuestos. Cual miembros de la realeza.
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La mansión Boissieu era un caos gracias a los nervios de Sabine. Estaban en la estancia principal esperando.
-Querida no debes preocuparte, seguro que nuestro hijo llegará.
-¡Pero son las siete treinta Jonathan!
-Mamá, Damien habló conmigo ayer. Claro que va a venir. Me dijo que ya había pedido el fin de semana en su trabajo…
-¡Sólo falta que nos deje por los niños del Hogar de nuevo, eso no se lo perdonaría Edward!
-No hará eso mamá. Tranquilízate por favor. Mira, estás entristeciendo a Isabelle.
Isabelle estaba a punto de llorar, en verdad quería ver a Damien y comenzó a creer que ya nunca más lo haría.
-Lo que en verdad me molesta es que sigamos aquí ¡Esperaremos sólo quince minutos más! Le daré a Gregg instrucciones para que lo lleve en caso de que llegué más tarde.
-Pero Sabine…
-¡Nada Jonathan, en quince minutos nos vamos, con o sin Damien!
El vuelo de Damien se había retrasado. Apenas arribó a New York tomó un taxi, pero el terrible tráfico lo demoró aún más.
No había querido que fueran por el al Aeropuerto. De hecho ni siquiera tenía ganas de viajar por eso lo hizo a última hora.
Cuando llegó a la mansión no encontró a su familia. Todo estaba en silencio y a obscuras.
Subió hasta su habitación y se duchó. Después se puso un pijama y apagó la luz porque decidió que descansaría poco más de media hora.
Gregory, el chofer de la familia, lo había recibido afectuosamente. Todos los empleados lo estimaban mucho.
Le había dicho que lo llevaría al hotel Hilton cuando estuviera listo y que se tomara su tiempo. Porque lo notó un poco cansado. Contrario a lo que le había pedido la señora Boissieu "¡En cuanto llegue, lo lleva al hotel inmediatamente!"
Así que Damien como si no fuera tarde ya, decidió tomar esa "pequeña" siesta.
Casi una hora después lo despertó el teléfono.
Un poco adormilado se levantó a contestar.
-¿Hola?
-¡Damien!
-Sí, me temo que ese soy yo, mi querido hermano.
-Damien, mamá está furiosa contigo ¡Ven ya!
-Ya voy Edward, estaba por salir.
-Tu voz te delata, estabas durmiendo.
-Vamos Ed, aún es temprano…
-No Damien, los socios de papá ya están aquí y ya sabes cómo es mamá; No para de decir que es una vergüenza que no la acompañen sus dos hijos.
-Lo sé, dile que me disculpe por favor. Voy para allá.
-Damien; Usa frac por favor, ya sabes…
-Sí; Lo sé. Pasé mucho tiempo en El Hogar, pero Edward, no he olvidado cómo comportarme en sociedad, descuida.
-Lo digo por mamá, Damien. Papá te extraña tanto que no le importaría si apareces vestido como hippie, rockstar o hasta con la bata blanca, en tanto estés con nosotros. A mí tampoco y ya sabes a quién menos.
-Sí, lo sé. (Y dio un pesado suspiro)
-Pobre Isabelle. Está desconsolada, creé que no vendrás.
-No le digas nada por favor o es capaz de venir por mí. Estaré ahí a más tardar en una hora.
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Continuará.
Muchas gracias por sus reviews y por leer con o sin ellos.
Subiré a media semana el siguiente capítulo, no pude extenderlo tanto hoy.
Luz
Glenda
Josie
¡Gracias!
