Disclaimer: Los personajes de Candy Candy pertenecen a su autora: Kyöko Mizuki y a TOEI Animation Co. 1976. Escribo éste fic sin fines de lucro.


Despertando a tu Encuentro

Por LisW. Andrew

Capítulo 35

II

Isabelle y Archie estaban en el elevador.

-Estamos por llegar a la fiesta y aún no me he presentado. Discúlpame por favor. Mi nombre es Archibald Cornwell.

En ese momento la puerta se abrió, salieron y en el pasillo antes de entrar al salón Archie besó la mano de Isabelle.

-Yo soy Isabelle Marie.

Contestó sonrojada la joven.

Entraron al salón e Isabelle disimuladamente buscó con la mirada a Damien (no lo pudo evitar).

-Isabelle, si me lo permites; Antes de que te reúnas con los tuyos, me gustaría presentarte a mi familia… Pero no los veo.

-Archibald, muchas gracias por todo, me encantará conocerlos. Yo también quisiera presentarte a mis tíos. Y ya localicé a mi tía.

-Vamos, parece que mi familia desapareció.

Archie caminó junto a Isabelle, ella con un elegante ademán le señaló la mesa a la que se dirigían.

Él se sorprendió cuando vio a la que seguramente era la tía de la joven, ni más ni menos que con la señora Britter. Vaya, si tenía mala suerte. Ahora la mamá de Annie en verdad jamás lo perdonaría; Pensaría lo peor de él al ver que acompañaba a la hermosa francesa.

Se puso nervioso y se sintió bastante incómodo, pero no era ningún cobarde y afrontaría las consecuencias de sus decisiones y actos.

-Buenas noches. Oh tía, discúlpame por favor había salido a buscar a mi primo.

-Isabelle, hija. Qué bueno que llegas. Descuida, ya Edward nos había dicho que te encontraron…

Mientras lo decía, la señora Sabine Boissieu se levantó de la mesa y giró creyendo que ahí estaba Damien. Sin embargo al que encontró fue a Archie. A quien por cierto, la señora Britter disimuladamente fulminaba con la mirada.

-Oh, tía permite que te presente a Archibald Cornwell…

La señora Britter carraspeó molesta. Se levantó y se disculpó diciéndole a Sabine que buscaría a Annie para presentarle a su sobrina y que volvería con ella. Todo lo dijo en un falso tono amable, sin dejar de ver a Archie y sin dar tiempo a que los "presentaran".

Sabine Boissieu no comprendía nada. Edward le aseguró que Damien la había encontrado en la mansión y que llegaría con ella ¿A qué hora había conocido al apuesto joven que le estaba presentando?

-Mucho gusto señor Cornwell-

"Su apellido me resulta familiar. Dónde lo escuché antes" Pensó y trató de recordar Sabine.

-El gusto es todo mío Madame…

-Boissieu, madame Boissieu.

Dijo una joven voz masculina detrás de él.

Por supuesto que Archie reconoció el timbre de la elegante y grave voz.

-Hola, Damien.

-Pero qué pequeño es el mundo ¿No te parece Archibald?

-Veo que se conocen ¡Qué gusto me da!

Dijo la señora Sabine Boissieu, antes de que Archie pudiera responder y esperando que su hijo le explicara todo. Ya que mientras lo decía interrogaba con la mirada a Damien.

-Así es mamá, nos conocimos en Lakewood.

Isabelle estaba muy sorprendida, casi perpleja ¿Entonces ya se conocían, pero cómo era posible? Se preguntaba intrigada y sin poder dar crédito de la situación y de la familiaridad con la que se hablaban.

-Damien, creí que tú estabas con Isabelle. Pero es un alivio saber que mi sobrina se encontraba con usted señor Cornwell, se lo agradezco.

Dijo comprendiéndolo todo al recordar que Candy le había dicho que su primo la conocía y que estaban en el Lobby. Ese joven era obviamente el primo de Candice Andrew. Damien y Edward sólo le mintieron para no preocuparla, ellos no la habían encontrado. Vaya líos.

-No tiene nada que agradecer, para mí ha sido un placer señora Boissieu.

Entonces Isabelle le sonrió coqueta a Archie. No supo si lo hacía porque auténticamente el joven le gustaba o para provocar a Damien. En realidad no se daba cuenta de que lo estaba haciendo por ambas razones.

Damien notó enseguida la deliberada coquetería de su prima, pero otro par de damas que se aproximaban acapararon su atención.

Eran la señora Britter y Annie. Eso no podía ser bueno para Archie, se compadeció y decidió rescatarlo.

-Archie, dejemos a las damas un momento. Mamá disculpa, quiero presentarle a Edward.

-Claro Damien, vayan.

La señora Boissieu comprendió que por alguna razón huían de las Britter.

La señora Britter los vio alejarse antes de que llegaran y frunció el ceño. Ella quería que Annie lo viera con Isabelle para que de una vez por todas lo olvidara.

Damien y Archie atravesaron el salón. Edward estaba con su padre en el extremo opuesto. Pidiendo bebidas en la lujosa barra, el señor Britter y George los acompañaban.

-Vaya, te debo una Damien.

-Yo diría que son dos Archie.

-Cierto, cómo olvidarlo.

-Espero que no bebas tanto hoy.

-Damien, no molestes.

-¿Por cierto has visto a Albert?

-¿Albert?

-Sí, mi tío William. Cierto… No sabías que nosotros lo llamamos por su segundo nombre.

-Ah, te refieres a él.

-Damien, no me digas que aún…

-Nada de eso. Es sólo que no; No lo he visto (mintió Damien).

Llegaron a la barra, Damien le presentó a su hermano Edward y simpatizaron naturalmente.

Enseguida Edward los invitó a sentarse a parte con él para no distraer la plática de negocios entre su padre y George. Charla de la cuál Ed ya estaba aburrido. De no haber sido porque la señora Britter se la llevó, seguiría contento en compañía de Annie.

Los tres apuestos jóvenes se sentaron en una de las mesas de la exclusiva sección de bar y pidieron unas bebidas.

-Me salvaron. Todos los días la paso hablando de negocios. Necesitaba un respiro.

-Archie, mi hermano se encarga de dirigir nuestras empresas. Como tú tío. No te parece una coincidencia, ja, ja. Los dos tienen la misma edad.

-Así que tú eres el sobrino de William Andrew, es un placer conocerte. Tu tío y tu prima me parecen bastante agradables. William estaba con nosotros poco antes de que llegaras.

-Sí, sí; pero dejemos de hablar de "Albert". Mejor dinos Archie, dónde diablos estaba Isabelle. Mi hermano y yo la buscamos como desquiciados, ja, ja. No; mentira. En realidad Edward estaba bastante tranquilo aquí, y Archie amigo, te aseguro que no te imaginas por qué. Pero vaya, yo sí que me asusté, estaba a punto de ir a la policía para reportar su desaparición.

Les llevaron sus cocteles.

-Gracias (dijo Damien al mesero).

-Verán yo la encontré cerca del elevador, parecía buscar a alguien. Pero le invité un café porque ya la conocía. Discúlpenme, todo fue mi culpa. No pude resistirlo.

Archie lo dijo así para no dejar en mal a la joven. No podía decirles que la encontró llorando desconsolada. Ahora comprendía que Isabelle buscaba a Damien.

-¿No pudiste resistirlo? Cuidado Cornwell, más vale que no pretendas seducirla o te las verás conmigo.

-Damien, no me refería a eso…

-Tranquilos chicos ¿Así que ya la conocías? (preguntó Edward)

-La conocí cuando estaba de compras, en un almacén francés.

-¡Con la tía Germaine!

Dijeron los jóvenes Boissieu al unísono y en un tono monótono, como los niños que en coro saludan al profesor del colegio cuando entra en el aula.

-Vaya coincidencias del destino. En una ciudad tan grande como Nueva York, tenías que fijarte en nuestra prima.

-Cielos Damien ¿Acaso estás celoso?

Archie no comprendió. Por qué Edward le preguntaba eso frente a él si se suponía que él no sabía que no eran primos, es decir no sabían que Archie estaba enterado de que Damien era adoptado.

-¿Celoso? Qué tontería Edward. Por favor no me hagas reír (y bebió de un solo trago).

La verdad era que Damien sí estaba muriendo de celos pero no por Isabelle, sino por Candy. Aún tenía clara la imagen del par de rubios saliendo del hotel. Felices, tan felices.

-Olvida lo que dije Damien. Es que nuestra prima es muy hermosa ¿Cierto Archie?

-Sí, lo es.

-Brindemos por eso ¡Por las hermosas jóvenes que hemos conocido en Nueva York!

-Querrás decir, las hermosas jóvenes que ustedes dos han conocido, Edward. Vaya con el hermano entusiasta que me tocó.

-Y vaya con el amargado Damien. No te quejes por favor. Si mal no recuerdo la has pasado rechazando a cuanta jovencita se atraviesa en tu camino.

Damien sonrió maliciosamente, sabía cómo responderle a su hermano.

-Mejor Edward, ya que quieres brindar, dinos por lo menos el nombre de la jovencita a la que tú te refieres ¿A quién conociste?

-Damien, Damien… Bien, lo diré; no es que la haya conocido. Sólo que tenía aún la imagen infantil de Annie en la cabeza y ha sido una agradable sorpresa verla después de tantos años ¿Pero ya te habías dado cuenta cierto? A veces detesto tu perspicacia hermanito.

Damien disfrutó la reacción de Archie, le resultó divertida la cara de sorpresa que éste puso.

"Ja, ja Edward hermano. Si supieras que estás declarando que Annie te gusta justo frente a su exnovio… Pero qué diablos es mejor que Archie lo sepa de una vez, después de todo aún está a tiempo de arrepentirse". Pensó Damien mientras se recostaba un poco en la silla, cruzaba los brazos sobre su pecho y esbozaba una sonrisa un poco inquietante. Olvidándose de su impecable pose; después de todo, la mayor parte de los invitados comenzaba a alcoholizarse y dejaban de lado muchos de sus tan exquisitos modales.

Archie se recuperó de la sorpresa, aunque ya no estaba seguro de lo que sentía.

Isabelle le gustaba mucho y Edward era un tipo agradable "¿A Annie le habrá gustado?" Se preguntó.

Y enseguida, tras la pequeña e inevitable ráfaga de celos que le provocó escuchar lo que acababa de decir el hermano de Damien, sintió un tranquilizador alivio. Si así fuera, ella al fin sería feliz y merecía serlo.

-Bueno gracias por la confesión Ed, ja, ja. En realidad no tenías que decírnoslo. Ahora que lo has hecho adelante; qué esperan. Brinden ya, por las encantadoras princesas que han conocido en ésta compleja ciudad.

-Damien me vas a hacer llorar, ja, ja. Ya conocerás a alguien que te guste. Es que admite que a todas les ves sólo defectos, hermano.

Archie supo que no a todas. Sintió pena por Damien, él ya había estado en esa misma situación. Y por cierto ¿Dónde estaban Albert y Candy? Nuevamente se preguntó.

Como leyendo su mente George se aproximó hasta donde estaban.

Archie lo invitó a acompañarlos, pero él le contestó que sólo tenía algo que decirle y que volvería con el señor Boissieu porque estaban por cerrar un trato muy importante; entonces le informó que Albert y Candy ya se habían marchado, para que no se preocupara por ellos.

Archie se alegró por Candy y Albert. Y comprendió entonces la actitud del joven doctor. Seguramente él lo sabía también.

Siguieron charlando hasta que terminaron sus bebidas. Después, Edward se levantó porque decidió que buscaría nuevamente a Annie.

-Dísculpame Archie, creo que era mejor que lo escucharas del mismo Edward.

-No hay nada de lo que tengas que disculparte, estoy feliz por Annie, en caso de que a ella le agrade tu hermano; es decir.

-Bueno, mucho mejor. Y recuerda, lo que te advertí respecto a Isabelle es en serio. Te lo digo porque pasado mañana regreso a Lakewood y mi hermano estará bastante ocupado como para cuidarla.

-Claro Damien, lo tendré en cuenta. Pero por qué vuelves tan pronto, creí que te quedarías un par de semanas.

-En realidad Archie, no tengo a qué quedarme aquí. Y en el hogar me necesitan.

-Comprendo.

-Ahora si me disculpas voy a despedirme de mis padres.

-¡Cómo! ¿Ya te vas?

-Sí, verás; el viaje me dejó agotado. Y en verdad tengo sueño. Archie, fue un gusto volverte a ver.

Damien estrechó con fuerza la mano de Archie y lo dejó.

Como le había dicho se despidió de su padre primero. Y fue a la mesa de su madre después. La señora Boissieu le hizo un pequeño drama ¡Cómo se atrevía a irse así! Aún no daban las doce y tenía que brindar con ellos. Pero supo que Damien ya había tomado esa decisión y por mucho que se lo pidiera, él no cambiaría de parecer.

-Damien, no te vayas (le pidió Isabelle sin poder ocultar su tristeza).

-Prima querida, no te pongas así. Estoy cansado. Mañana dedicaré el día a ustedes. Iremos a donde tú quieras ¿Qué te parece?

-Ésta bien... Damien, antes de marcharte por lo menos abrázame... Ya sabes, pronto será mil novecientos setenta y uno.

Damien la abrazó con cariño y ternura. También abrazó a su madre, a Annie, a Edward y a su padre, quien los había alcanzado precisamente para despedirse bien de su hijo.

-Papá perdóname por favor. Es sólo que no he dormido nada y ya no resisto más.

Jonathan conocía bien a Damien. Sabía que era un pretexto, algo muy malo tenía que estarle pasando para irse así.

-No te preocupes por nosotros hijo. Ve y descansa por favor.

-Discúlpenme, en verdad lo siento.

Fue lo último que dijo Damien y se giró dándoles la espalda para marcharse justo a tiempo, porque un par de lágrimas escaparon de sus ojos de miel.

Isabelle se sintió muy triste al ver cómo partía Damien; también vio que Archie estaba solo en su mesa y decidió acompañarlo.

En la barra, George hablaba con una elegante y bella dama que se había acercado a él.

Cuando Isabelle llegó para acompañar a Archie a ambos se les iluminó la mirada. Y conversaron animadamente. Se sentían muy bien juntos.

Annie estuvo el resto de la noche con Edward y con sus respectivos padres.

Cuando llegó la hora de la cuenta regresiva para despedir el año viejo y recibir el nuevo; Archie, Isabelle, George y la dama que había conocido, se reunieron con los Britter y los Boissieu frente a los enormes y hermosos ventanales para disfrutar de los fuegos artificiales y del extraordinario espectáculo que se llevaba a cabo en las calles, a todos les sirvieron champagne.

Enseguida se comenzaron a oír las doce campanadas. En el salón muchos gritaron contando: Doce… once… diez… Uno ¡Feliz año nuevo! Celebraron brindando y abrazándose alegremente.

III

Cuando Albert y Candy salieron del Hilton, cruzaron la avenida y tomaron un taxi.

-¿Te gustaría ir a algún lugar en específico Candy?

-No. Me gustaría caminar contigo en las calles y que fuéramos espontáneos, como en Central Park.

Albert se sorprendió, él pensó lo mismo. En ese sentido eran tan parecidos. Sentía que se comunicaba con ella sin necesidad de hablar. Se entendían a la perfección con sólo mirarse, además de que únicamente con verla a los ojos la deseaba y se enamoraba con mayor vehemencia de ella.

Amaba e idolatraba esos preciosos ojos de esmeralda, cada peca, sus risos, su piel, su sonrisa y sus gestos, todo. Se sabía el hombre más afortunado del mundo.

-Entonces tenemos que ir a cambiarnos antes, pequeña.

-Sí, no podría hacerlo con éstos zapatos.

El taxi los dejo en la residencia.

Entraron y todo estaba a obscuras. La luz de la luna que se filtraba a través de las traslucidas cortinas de gasa e iluminaba de un modo mágico y onírico la amplia estancia…

-Espera Candy... no enciendas la luz.

Albert se acercó peligrosamente a ella y con un solo movimiento la acorraló contra la pared.

-Eres tan hermosa Candy, que no puedo controlarme.

Le dijo muy cerca de su boca, para provocarla. Y lentamente besó su cuello.

Candy respondió acariciando la nuca y el suave cabello de Albert. Cuando ya no resistieron más Albert tomó la iniciativa y la besó. Primero fue un beso muy lento, sublime y sensual pero en cuestión de segundos sin saber cómo ya se besaban frenéticamente.

Albert se controló, estaba enloqueciendo. La deseaba más que a su vida misma. Pero sabía que tenía que tranquilizarse. Separó lentamente sus labios de los de Candy y acarició su pecoso y hermoso rostro.

-Ahora será mejor que subamos a cambiarnos o ya no querré salir y te convertiré en mi prisionera.

-Eso no se oye tan mal. Pero está bien, no correré el riesgo.

Subieron a cambiarse.

Candy se liberó del elegante abrigo largo y del romántico vestido, pero decidió que su cabello lo dejaría así, lacio y suelto.

Abrió el amplio closet y en medio de suspiros comenzó vestirse.

Se puso un bonito vestido casual de invierno, color azul marino. De manga larga y corte princesa. Mallones gruesos pero modernos. Elegantes botas negras de invierno sin tacón, para caminar cómoda y un hermoso abrigo negro de preciosos y grandes botones dorados cruzados que le llegaba por encima de la rodilla al igual que el vestido. Buscó un juego de guantes, gorrito y bufanda también.

Por último retocó su maquillaje y bajó.

Albert ya la esperaba al pie de la escalera.

Él se había puesto un elegante pantalón de pana aterciopelada color vino. Un suéter negro. Bufanda del color del pantalón y guantes negros. Al salir se pondría su largo abrigo negro de nuevo.

Los dos al contemplarse se desearon más. Ese atuendo casual, les pareció aún más provocativo que la anterior ropa de fiesta.

"¡Dios, Albert es el hombre más hermoso del planeta entero! ¿Y me quiere a mí? No me la creo aún. Albert, nunca te vayas de mi lado" Pensó Candy.

Albert pensó exactamente lo mismo, ella era única y sin duda la más hermosa. Tuvo ganas de no salir y quedarse a besarla la noche entera.

-Albert ¿Nos vamos ya?

-Sí, sí Candy. Vamos.

Fueron a la cochera y salieron en el auto favorito de Albert, su antiguo Dodge Challenger.

Albert buscó un estacionamiento cerca de Times Square. Candy le dijo en el camino que quería estar ahí cuando bajara la Bola de Año Nuevo.

Ella nunca había estado en medio de una celebración de tales magnitudes; En una ciudad como Nueva York.

Y lo que era mejor aún, al lado del hombre que más amaba en el universo entero.

Las calles y las avenidas estaban preciosas. Resplandecían debido a las magníficas y espectaculares luces decorativas, adornos preciosos, anuncios de neón y gente que celebraba feliz.

El ambiente festivo era muy animado y ahí se sintieron libres, no podrían estar experimentando lo mismo en el ostentoso salón del Hilton.

Felices como dentro del más hermoso sueño, caminaron tomados de la mano por primera vez. Aunque cada uno usando sus respectivos guantes.

Candy se detenía a curiosear en tiendas de suvenires que llamaban su atención.

Albert le compró todos los que quiso: Pequeños llaveritos, cadenitas y hasta pintaron en su mejilla derecha un pequeño 1971 con forma de estrellas y flores.

Después, el compró una cámara y comenzaron a tomar fotos.

Llegaron a una tienda de artículos hippies y Albert compró dos collares con plumas, uno para cada uno. Les dijeron que cumplían los deseos de quienes se amaban. Y también se probaron anillos artesanales de plata con antiguos grabados. Eligieron el mismo grabado para ambos y se los entregaron en pequeñas cajitas de madera.

Se sentaron en una banca en la calle y comenzó a nevar. Sonrieron felices.

Albert le puso el anillo a Candy.

-Para que nunca me olvides.

-Albert yo nunca ni con la distancia he podido olvidarte, y jamás podré.

-Yo tampoco Candy. Eres aún más inolvidable y hermosa que la nieve cayendo del cielo.

Y la besó sintiendo la lluvia de suave nieve sobre su rostro.

Ambos al besarse sentían la felicidad más grande que nunca antes habían experimentado en sus vidas y a la cual ya estaban comenzando a ser adictos.

En ese momento se sintió la euforia de la gente que comenzó a correr y a caminar hacia Times Square.

Ellos con los ojos cerrados prolongaron extasiados su beso. Sin percatarse y sin importarles el alboroto en torno a ellos.

Hasta que la calle en la que estaba la banquita en la que aún sentados se besaban, quedó vacía. Y comenzaron a sonar las doce campanadas.

Cada campanada era un nuevo y más mágico beso que los estremecía por completo.

Cada beso con cada campanada los transportaba a un nuevo, extraordinario y aún más etéreo paraíso.

Y sólo cuando oyeron a la gente gritando ¡Feliz año Nuevo! Salieron del maravilloso trance. Y al abrir los ojos vieron el majestuoso espectáculo de fuegos artificiales. Se levantaron y se abrazaron.

-Albert, olvidamos comprar algo para brindar.

-Yo sé cómo podemos solucionarlo Candy.

Y la besó apasionadamente. Así brindaron, bebiendo el uno del otro del delicioso y sublime elixir se sus bocas.

Continuará.


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