Disclaimer: Los personajes de Candy Candy pertenecen a su autora: Kyöko Mizuki y a TOEI Animation Co. 1976. Escribo éste fic sin fines de lucro.
Despertando a tu Encuentro
Por LisW. A
Capítulo 38.
…
-Disculpa ¿Se encuentra la señora Allison?
-¿Para qué la quiere ver?
Cuando acabó de decirlo la joven levantó la mirada y lo vio, en ese momento se sonrojó y le dio un vuelco el joven corazón.
-Mi abuelita está dormida aún, pero si quiere…
-No, no… No la despiertes por favor. Sólo he venido por mi gatita ¿Me la podrías dar tú?
-¿Usted es el doctor Damien?
Preguntó sorprendida.
-Sí
-Vaya, pensé que el doctor era un señor. Es decir, alguien mucho más grande.
Dijo la jovencita en un impulso y pensando en voz alta. Al darse cuenta de lo que había dicho, se sonrojó y se puso nerviosa.
-Bueno, tampoco soy tan joven…
En ese momento lo interrumpió un fuerte maullido.
La joven no pudo evitar reír alegremente.
-Parece que Waffy ya lo escuchó, pase por favor doctor.
Ella lo llevó hasta la pequeña estancia en donde la gatita lo esperaba impaciente, sobre una mullida almohada, dentro de su transportadora.
Damien abrió la transportadora y tomó a Waffy en sus brazos, la abrazó y acaricio con infinito cariño.
-Mi hermosa Waffy, no sabes cuánto te extrañé.
Dijo con voz suave y dulce.
La chica discretamente observaba cada gesto del doctor sin perder de vista ningún detalle por minúsculo que fuera.
Estaba conmovida por la escena y fascinada ante el porte y la gallardía del atractivo doctor.
Él la volteó a ver.
-Muchas gracias por cuidar a Waffy.
Soy Damien Boissieu. (Dijo mientras estrechaba la mano de la joven) Me alegra saber que la señora Claire ya no está sola.
-Yo soy Glenda Kent, viviré un tiempo aquí con mi abuelita.
En ese momento Waffy comenzó a maullar molesta, celosa, impaciente e irritada.
-Disculpa, parece que Waff ya quiere llegar a casa.
-Nada de eso doctor, usted y la pequeña Waffy se quedarán a almorzar con nosotras (Dijo la señora Allison, alcanzándolos en la modesta estancia).
-Muchas gracias señora Allison. Acepto siempre y cuando usted permita que le ayude a preparar algo.
-¡De ninguna manera! Es nuestro invitado, mi nieta me ayudará. Usted espérenos aquí por favor. Glenda, ven conmigo.
Glenda hizo una delicada reverencia inclinando levemente la cabeza y se dirigió a la cocina permitiendo que su abuelita la tomara del codo para apoyarse al caminar.
Damien se sentó en el sofá y regresó a Waffy a la camita de la transportadora.
Se sintió aliviado, por lo menos podía distraerse y no pensar más en Candy… Diablos, Ahí estaba de nuevo recordándola.
Enseguida hizo un ejercicio mental, la visualizó con Albert. Se concentró, hizo un esfuerzo y los imaginó felices como una pareja consolidada.
"Si tú eres feliz hermosa Candy yo también lo soy" Esa idea lo llenó de paz y suspiró. En ese momento vio que Glenda salió de la cocina y se acercó tímidamente, casi con inseguridad.
-Mi abuelita le envía leche y atún a Waffy.
-Gracias. Te ayudo.
Damien se levantó y tomó el platito que tenía el atún. Glenda se sonrojó porque él, sin proponérselo rozó levemente sus manos al tomarlo. Era algo natural, pero la chica sintió a un sinfín de diminutas luciérnagas reuniéndose y danzando en su vientre.
Damien se puso de cuclillas, sacó a la gatita de nuevo y le acomodó el plato de atún. Glenda aún de pie, sólo se inclinó un poco para darle la pequeña vasija en la que estaba la leche.
Damien aún de cuclillas vió a la jovencita a los ojos y le sonrió.
-Waffy dice ¡Muchas gracias por el desayuno!
-Espero que le guste.
-Sólo mira el modo en el que come ¡Claro que le gusta! La conozco bien.
Glenda sintió que las luciérnagas crecían y se transformaban en mariposas que aleteaban frenéticamente. El doctor era en verdad atractivo, esa era la sonrisa más dulce que la chica había visto de un joven en todo lo que llevaba de vida y así de cuclillas se veía tan atractivo, aún con el traje informal en color azul pálido que llevaba puesto, parecía un príncipe.
No necesitaba vestir como la realeza hacía, bastaba con su hermosa piel de porcelana blanca, sus mejillas rozadas, el lacio cabello castaño obscuro un poco crecido y esos ojos color ámbar que hechizaban como el sol.
Damien se levantó y la señora Claire Allison se asomó por la ventanita de puerta de la cocina, llamando a Glenda.
Damien la siguió.
-Oh no, no doctor…
-¡Oh, nada, señora Allison! Le ayudaré. La verdad prefiero estar ocupado. Sé preparar un estupendo café, ah y también puedo hacer un exquisito omelette.
Glenda sonrió "¿Acaso era real? Un hombre así de perfecto ¿será posible?"
Ahora sí que estaba completamente feliz de vivir con su abuelita, pese a la dolorosa separación que apenas un par de días antes había vivido.
:.:.:.: Diecinueve años atrás :.:.:.:
Glenda Kent había nacido en Limerik, Irlanda.
Su madre la otrora hermosa señorita Diane Allison (hija única de John y Claire Allison) se había enamorado de un apuesto irlandés que trabajaba en Lakewood.
Diane dejó a su madre y se despidió de los Estados Unidos para irse con su primer amor a la isla de esmeralda.
En Irlanda vivió cinco años felices con su amado, aunque trabajando duro con la familia del tan apuesto irlandés. A los cuatro años de vivir juntos, aún sin haberse casado, parecían ya un matrimonio consolidado. Sin embargo, poco antes de que Glenda naciera, al aún joven Jason Kent le ofrecieron un trabajo en Italia. Prometió volver en cuestión de meses, meses que se convirtieron en dos años.
A su regreso Jason ya no era el mismo y para desgracia de la bella Diane, una mujer Italiana lo acompañaba.
Jason había regresado a conocer a su hija y sobre todo a encargarse de que su familia siguiera viendo por Diane y la pequeña Glen. Pero pronto partiría de nuevo a Italia, donde pensaba casarse con la sofisticada mujer que iba con él.
Glenda creció con el amor de sus abuelos paternos, no les faltó nada a ella ni a su madre, aunque eran humildes, porque sabían trabajar duro y honestamente. Pero la niña se crío también con una mamá que a veces sin querer era hostil y la culpaba de lo sucedido con su padre.
Cuando faltaron sus abuelitos, Diane heredó la casa del padre de Glen. A quien por cierto, la niña no volvió a ver y de quien sólo recibía un par de llamadas al año y algunas cartas.
Ella sabía cómo era su papá únicamente por las fotos que en la casa había de él, en viejos álbumes.
Glen tenía once años cuando su madre conoció a otro apuesto irlandés con el que mantuvo un largo noviazgo de ocho años (y con quien Diane se había casado hacía apenas un par de semanas, antes de finalizar el año).
Ella pensó que ganaba un padre, pero el ahora esposo de Diane quería empezar una nueva vida. Dado que él no tenía hijos, puso de condición que Glenda no irrumpiera en su matrimonio, argumentando que ya casi alcanzaba la mayoría de edad. Diane se convenció cuando supo que su madre necesitaba ayuda debido a su avanzada edad y pensó que era la solución perfecta... Al menos hasta que su ahora esposo aceptara a su hija. Y así envió a Glen a cuidar de su abuelita en Lakewood.
La joven antes de partir acababa de cumplir diecinueve años y ni siquiera la festejaron, en cambio la enviaron a otro continente para que se mudara con su abuelita materna.
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Aun así, pese a extrañar su país; desde que llegó, ella se estaba sintiendo bien en Lakewood. La señora Claire estaba sola. Se alegró de acompañarla y conocerla.
Glenda sin embargo nunca pensó que una tan hermosa y arrobadora sorpresa le esperaba en América.
Conocer a un joven como el doctor Damien, era más de lo que pudo soñar o imaginar.
:.:.:.:.:.:
Damien entró en la cocina, se lavó las manos y la señora Claire le dio un delantal. Él sonriente se lo puso.
-Si quiere sólo lave la fruta doctor, yo ayudaré a mi abuelita.
-Lavaré la fruta, pero no quiero sólo hacer eso. Después en verdad me gustaría prepararles un omelette y hasta pan francés.
-Oh, sí hija, olvidé comentártelo. El doctor vine de Paris… tal vez ya lo habías notado por su acento.
"Un sueño, sí eso debe ser" Pensó Glenda. Ya que de niña anhelaba conocer Paris, enamorarse y vivir en Francia de adulta.
-¿Glenda, me escuchaste? Dije que saques de la alacena todo lo que necesita el doctor, ya que insiste en cocinar. Yo sacaré las verduras y el jamón del refrigerador.
-Sí, sí. Perdón.
La jovencita ocultó su sonrojó tras las puertas del pequeño armario y buscó las especias, los huevos y el aceite.
-No olvides la vainilla y el pan, el doctor preparará también el pan.
-Sí.
Una a una Glenda sacaba las cosas del armario. Era una jovencita muy tímida pero a la vez graciosa y bella.
Damien agradeció a la chica y sin querer vio por primera vez sus ojos a detalle, aunque fue una mirada muy rápida algo en él centelleó. Eran verdes, sus ojos eran de un color parecido al de los ojos de Candy, pero pese a eso, él también reconoció que refulgían con un resplandor muy distinto y particular que lo intrigó mientras los contempló.
Al mismo tiempo notó el bello contraste entre la piel apiñonada de la delgada joven de lacio cabello castaño claro y ese tono verde tan misterioso.
Glenda por segunda vez sitió un choque eléctrico al ver dentro de los profundos ojos de fuego ámbar de Damien y bajó la mirada casi enseguida, para dar la vuelta y ponerse a lavar las verduras. Así él no notaría que nuevamente se había puesto bastante nerviosa y trataría de tranquilizarse entre tanto.
Damien puso manos a la obra y en poco más de quince minutos un exquisito aroma llenó la cocina.
La señora Claire había salido hacia el comedor para poner la losa y los cubiertos.
Glenda seguía en el lavabo haciéndose tonta para no enfrentar al doctor, mientras miles de aves cantaban dentro de su pecho por saberlo tan cerca de ella.
-Creo que ya no tienes nada que lavar.
-Ah, sí… Ya acabé.
Contestó la joven sin voltear a verlo.
-¿Me ayudarías a llevar el pan? Yo llevó lo demás.
-Sí, claro. Disculpe.
-No te preocupes, gracias... Bien, vamos.
Almorzaron a gusto. La señora Claire felicitó al doctor, todo lo que él había preparado estaba delicioso.
Después lo invitó a tomar café en la estancia. Le preguntó por los niños del hogar y por algunas de sus vecinas que eran de igual manera sus pacientes.
Glenda muy callada y aparentando serenidad, escuchaba atenta y fascinada todo lo que Damien decía. Era tan interesante, tan encantador… Sentía que ya estaba perdida ante su personalidad y suspiraba profundo en sus pensamientos. Por si fuera poco su voz también era perfecta, profunda, melodiosa y varonil.
Waffy dormía plácidamente en su camita dentro de la transportadora.
Cerca de las dos de la tarde Damien se despidió respetuosamente, sonriente y encantador. La señora Claire lo acompaño hasta la puerta de la pequeña casa.
-Gracias por el almuerzo y por cuidar a Waff.
-Gracias a usted doctor.
-Y recuerde que el viernes vendré a verla porque tiene consulta.
-Sí, aunque ya le dicho a Glenda que me lleve hasta su consultorio en el hogar. Ahora que está ella para ayudarme, me gustaría ir. Me hará bien porque además me servirá de paseo.
-Por supuesto, entonces allá las espero.
Damien besó la mano de la encantadora viejecita y se fue.
Dio un paseo por el pueblo y compró algunas revistas que leyó en una banca del parque mientras esperaba el atardecer. Tres horas después, con el corazón sereno bajo los preciosos tonos del cielo en pleno ocaso, caminó hasta su casa con la gatita recostada en su pecho.
Ese domingo, el primero del año no la había pasado tan mal después de todo.
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Mientras tanto en Nueva York:
Eran las siete de la noche, Archie hizo sonar una sola vez el timbre principal de la mansión Boissieu.
Isabelle estaba ya esperándolo un poco ansiosa en el salón. Y al escuchar el timbre olvidó la etiqueta y salió corriendo hasta la gran reja principal de la enorme residencia.
Ella aún estaba tras la reja, lo vio y ambos sonrieron.
-Olvidé las llaves.
-Podría quedarme aquí afuera horas, sólo por verte.
Isabelle se sonrojó ante la romántica declaración de Archie.
-Por suerte yo sí traigo llaves...
-Gracias, Edward (dijo Isabelle).
Ed abrió la reja y Archie entró.
-Siéntete como en tu casa Archie. Mis papás salieron, pero está de más decir que confiamos en ti. A decir verdad yo iba a quedarme pero por la mañana recibí una invitación a cenar.
Y así Archie entró con Isabelle en la mansión y Edward subió a su coche para dirigirse a la residencia de los Britter.
Continuará.
Lectoras hermosas, las he extrañado mucho en verdad. Estuve más que ocupada. A parte del trabajo, ayudando a atender a familiares que están de visita en mí casa. Soy soltera y vivo con mi madre pero pese a no tener hijos o esposo en verdad que he estado muy atareada, y me gusta darle su tiempo a las actualizaciones para sentirme bien cuando escribo, o de otro modo las palabras no plasmarían lo que los personajes merecen.
Discúlpenme por favor, por favor.
Sepan que cada día que me retrasé en publicar he estado pensando en ustedes, en el fic y en nuestro hermoso Candyciber mundo.
Actualizaré muy pronto, sucederá mucho todavía.
Las quiero y les envío mil bendiciones.
Luz
Glenda
Jahzeel
JENNY
Josie
Candice Andley
hikarulantisforlove
Isa
Nelly
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Atte:
LisW. Andrew
