Disclaimer: Los personajes de Candy Candy pertenecen a su autora: Kyöko Mizuki y a TOEI Animation Co. 1976. Escribo éste fic sin fines de lucro.
Despertando a tu Encuentro
Por LisW. Andrew
Capítulo 43
Lakewood
Damien caminaba en dirección a su casa con waffy, su gatita, en brazos. Pronto el reloj del centro marcaría las cinco de la tarde en punto. Los domingos normalmente se quedaba en alguna banquita hasta que el espectáculo del crepúsculo vespertino llegaba a su fin. Pero esa tarde en especial, no quiso permanecer en la calle por más tiempo. Y no era que detestara la celebración del día de San Valentín. Antes, nunca le había afectado ver a las parejas regodeándose por las calles, había sido testigo de muchos días así en Paris. Pero ciertamente, en Francia no se había enamorado o ilusionado profundamente y mucho menos había sido rechazado.
Todo lo contrario; En la universidad sus compañeras literalmente lo perseguían, ni qué decir de las jóvenes de la alta sociedad que le presentaban en reuniones familiares y que alrededor de esta fecha, le enviaban toda suerte de obsequios, incluso cartas románticas. Cartas que leía para divertirse pero que jamás tomó en serio. Nunca pasó un San Valentín enamorado, pero tampoco con el corazón roto. Pese a todo lo anterior no extrañaba su país, ni se arrepentía de vivir en los Estados Unidos. Y sin embargo, caminaba decidido hacia su casa para huir del, por momentos, empalagoso "espectáculo".
Cuando llegó a su casa se quitó la chaqueta y los zapatos. Fue hasta la cocina y preparó atún para waffy. Dejó a la gatita comiendo, fue hasta la estancia y se recostó sobre el amplio sillón.
Poco después, waffy lo alcanzó y se quedó dormida en una mullida camita que tenía sobre la alfombra, junto al sofá. Damien se relajó totalmente y cerró los ojos, pero no tenía sueño. Comenzó a recordar los últimos momentos de su paseo. El cielo, la tarde… Y de repente revivió en su mente algo que había sucedido antes; Cuando iba rumbo al parque al medio día:
Él, como de costumbre pasaba frente a la casa de la señora Claire, cuando de pronto una pareja que llevaba a un perrito pasó junto a ellos. Waffy brincó asustada porque el perrito ladró, Damien la atrapó rápidamente y al hacerlo volteó en dirección a la acera de enfrente.
Fue cuando la vio, parecía haber estado atenta a lo que sucedía. Estaba del otro lado de la ventana. Sus ojos se encontraron y Glenda no parpadeo durante algunos segundos. Había algo especial en ella y en la forma en la que la joven lo veía. Su mirada lo traspasó mientras lo observaba.
Sí, era bella. Sus ojos aceitunados y su lacio cabello largo color castaño claro, combinaban a la perfección con su hermosa piel apiñonada. Pero algo más lo inquietó a parte de su belleza física.
Ella le parecía una joven bastante tímida o más bien introvertida, reservada. Pero el modo en el que le sostuvo la mirada no lo había sido. ¿A caso la jovencita lo había hecho de modo consciente? ¿Fue un coqueteo?
"Sentí como si hubiera estado esperando a que yo la viera" Damien suspiró mientras esa idea cruzaba por su mente y al escuchar su propio suspiro, salió del trance sentándose de golpe en el sofá.
-¡Maldición! Vaya que me está trastornando tanta cursilería que atestigüé hoy. Comenzaba a imaginar tonterías. Ella simplemente estaba ahí por casualidad.
A unas cuadras de ahí Glenda recostada sobre su cama, también pensaba en lo sucedido.
Cuando vio que Damien estaba cerca, decidió salir de su escondite tras la cortina; Total, él nunca volteaba y quería verlo un poco mejor. El día lo ameritaba.
Para el momento en el que Damien pasó frente a su casa, ella casi tenía el rostro pegado al vidrió. Entonces vio cómo él se agachó para atrapar a su gatita y un instante después (no supo cuándo) la estaba viendo a los ojos.
Glenda perpleja se sintió incapaz de parpadear (no fuera a ser sólo una visión, temía que al hacerlo se esfumaría para siempre) y sin proponérselo, se dejó llevar, perdió la noción del tiempo-espacio y se adentró en la mirada de fuego del joven doctor.
Sintió que una cálida sensación recorría su cuerpo mientras su espíritu alcanzaba las nubes y una ráfaga eléctrica atravesaba su abdomen.
Hasta que él inclinó la cabeza a modo de saludo y siguió su camino.
Entonces la embargó una gran inquietud, tuvo ganas de alcanzarlo en la calle, de inventar cualquier tonto pretexto (que su abuelita se sentía mal o algo así) con tal de hablarle.
Quiso correr, acompañarlo a su acostumbrado paseo dominical. Pero no se atrevió a hacer nada y lo vio alejándose de ahí.
Damien, su amor platónico, dobló en la esquina rumbo al parque.
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Nueva York
Mientras Edward conducía atento, Annie lo observaba.
Estaba ya muy enamorada de él. De su semblante tierno, risueño y refinado.
Amaba su cabello rubio cenizo, sus coquetos ojos verde claro, sus modales siempre impecables, su amabilidad y su increíble porte de joven de sociedad. Hasta le gustaba su, a veces, ingenuo y un poco bobo sentido del humor.
Durante cada paseo con él, las horas se le iban como minutos. Le fascinaba estar junto a él. Y cuando Edward la llevaba de regreso a su casa, ella en secreto entristecía. Esas despedidas la ponían ansiosa. Pasaba la noche pensando en él, recordando cada detalle vivido a su lado e imaginando cómo sería su próxima cita.
Ese domingo en especial (no sólo por celebrarse el día de San Valentín, sino porque en verdad Edward cada vez le gustaba más) Annie se sentía impaciente e inquieta.
Quería que llegaran ya a la cafetería para sentarse frente a frente y conversar. Aunque no tanto por la conversación, sino porque Edward al hablar con ella la miraba de un modo único e irresistible, ya era adicta a sus miradas.
Y aunque no se atrevía a reconocerlo, no sólo eran esos ojos verdes de él los que la perturbaban y fascinaban. No, además Annie también gustaba de escrutar (aunque discreta y veladamente) otra sección de su cara. La mitad inferior del atractivo rostro de Edward, era igualmente exquisita. En especial sus labios.
Edward era muy apuesto, su delgada y elegante boca la ponía nerviosa; Era del tamaño exacto, no muy pequeña, no muy grande. Sencillamente de la proporción adecuada, la que garantiza un beso perfecto. Y cuando Ed sonreía, ella a veces se sentía a punto de enloquecer, porque era una sonrisa muy suave, amplia, tierna y dulce. Como a ella le gustaba.
Archie era un seductor, igual de atractivo eso sí, pero un seductor al fin y al cabo.
En cambio Edward aunque sin dejar de ser tierno, era mucho más serio en cuestiones de conquista. Poseía también un excelente y muy dulce sentido del humor y se le veía siempre jovial con los suyos (le recordaba a Stear sólo en ese sentido). Sin embargo, al igual que Archie, pero a su modo, Edward también era muy elegante (francés tenía que ser).
Annie después de un mes de citas, sentía que conocía cada vez mejor al apuesto primogénito de los Boissieu. Y pronto se dio cuenta de lo que más le gustaba de él, más allá de su exquisita apariencia:
Edward no coqueteaba a propósito. Eso le encantaba porque no se sentía insegura. No temía perderlo porque todas caerían rendidas ante sus elegantes encantos (temor que frecuentemente la asaltaba estando con Archie).
Tras ser consiente de eso, se dio cuenta de que su carácter débil no iba bien con la personalidad de su exnovio. Al lado de Archie, constantemente la atormentaban los celos. Por eso sentía que Edward era el indicado, le gustaba tanto como Archie le había gustado, pero se sentía tranquila estando con él.
-Annie ¿se puede saber por qué me ves así?
-¿Cómo? Oh, Edward. No… no estaba viéndote. Yo… me distraje… e… estaba pensando en Candy.
Edward notó que la había puesto nerviosa y le siguió el juego.
-Ya veo Annie. Debes extrañarla, es tu única amiga en Nueva York y no la has visto últimamente ¿cierto?
-Sí, la extraño. No la he visto desde que entró como voluntaria a la fundación.
-Que es causalmente a donde iremos más tarde.
-Sí. Edward ¿tú sabes si irá a la función con Albert?
-No lo sé, tal vez los veamos o tal vez no.
Edward sabía que Albert y Candy habían salido de viaje. Archie se lo había comentado porque le dijo que llevaría a Isabelle a Hawái. Pero no se lo quiso decir. Consideró que no era el momento.
Annie no dijo más para no seguir con el tema. Sólo asintió y respiró aliviada porque se libró de quedar evidenciada ante Edward (o eso creyó).
En realidad ella no extrañaba a su rubia amiga en absoluto; No desde que lo había conocido a él. No extrañaba a Candy como antes, porque se la pasaba pensando en Edward. Ese nuevo sentimiento ocupaba por completo cada espacio de su corazón y no había lugar para otras emociones ni para extrañar a alguien más.
-Annie ¿Quieres ir a algún otro lugar? O vamos a la cafetería que tanto te gustó la última vez que salimos.
-Sí. El café de la semana pasada está bien Edward, gracias.
Minutos más tarde llegaron a la lujosa cafetería. Edward estacionó su coche en el estacionamiento destinado a clientes distinguidos. Bajó de su auto, le abrió la puerta a Annie y entraron juntos al café, de donde se les vería salir casi tres horas después.
Edward y Annie ahora se dirigían al teatro de la fundación Liberty. Ed la invitó a una función especial.
El señor Jonathan Boissieu, era un buen amigo (además de socio) de Joseph Trust, uno de los principales accionistas del conglomerado Mathews-Liberty. Joseph invitó a los Boissieu al estreno del monólogo "Red Carnation" obra que había sido escrita ni más ni menos que por su nieto Christian.
Pero los padres de Ed no podían asistir, se encontraban fuera de Nueva York (en esos momentos rumbo a Lakewood). Sabine se había encaprichado en hacerle una visita sorpresa a su hijo menor. Así que le pidió a Edward que fuese en representación de la familia.
Edward no desaprovechaba el tiempo, a la vez salía con Annie, complacía a su padre, disfrutaba del arte escénico y de paso fortalecía sus relaciones de negocios. Logrando simultáneamente avances tanto en su vida personal como en su vida comercial. A él sin duda le complacía ser el presidente de las empresas Boissieu.
Cuando llegaron a la fundación faltaban veinte minutos para que la obra iniciara. Entraron al teatro, un acomodador los llevó hasta el palco principal y les señaló sus asientos. Ahí ya se encontraba el señor Joseph.
-¡Edward, me alegra que vinieras!
-Buenas noches señor Trust, el gusto es mío, agradezco su invitación… Permítame presentarle a la señorita Annie Britter.
-Buenas noches.
-Buenas noches. Es un gusto conocerla, es usted una jovencita muy bella, en hora buena. Pero sentémonos, les reserve estos lugares junto a nosotros…
Y a propósito de jóvenes ¿Recuerdas a mi nieto Christian? Edward
-Claro, aunque la última vez que lo vi él tenía sólo cinco años y yo doce.
-Cómo olvidarlo, fue en Paris… pero dónde se metió ese muchacho. Estaba aquí hace unos momentos… vaya jovenzuelo escurridizo. Te lo presentaré nuevamente cuando regrese, seguro ya no lo reconocerás. Desde que se cree poeta ha cambiado radicalmente. Ah, ésta juventud enloquece. Aun así lo aprecio en demasía; Después de todo sigue siendo mi único nieto.
A quien sí frecuentó en Francia mientras acababa sus estudios medio-superiores fue a tu hermano, a Damien, ja, ja. Me alegra que sigan siendo amigos… Qué lástima que no pudo venir ésta noche, al parecer ya no está en Nueva York… por cierto ¿Jonathan tampoco viene?
-Oh, no señor, le pido lo disculpe. Mi madre tuvo que salir de la ciudad y él la acompañó.
-Descuida, conozco bien a Sabine, ja, ja. Nath siempre la complace. Nunca aprendió a negársele de vez en cuando y estos son los resultados ja, ja.
-Vaya, sí que conoce bien a mi madre, señor, ja, ja.
Annie sonrió para sus adentros se imaginó una vida al lado del apuesto rubio y pensó "Ojalá seas conmigo como tu padre con tu mamá y a mí también me complazcas en todo"
Pero al mismo tiempo estaba un poco molesta, la había presentado sólo como "la señorita Britter" Sentía que moriría de impaciencia esperando el día en el que Edward la presentara como a su novia. Aunque ciertamente no lo era aún, él no se lo había pedido ¿Acaso no pensaba hacerlo? ¿Acaso ella no le gustaba?
Mientras tanto, en los camerinos:
-Chris ¿En verdad no has visto a Terrence?
-Por enésima vez Hayley: He recorrido el teatro entero y no lo he visto. Vaya que te gusta, mira que semblante triste y ansioso tienes.
-Te he dicho que sólo somos amigos. Por supuesto que no me interesa del modo que afirmas… es sólo que el muy cretino dijo que vendría. En estos momentos nos deberían estar tomando fotografías juntos. Cuando la obra acabe no pienso conceder entrevistas, yo lo hago antes, es mi estilo. El que Terry estuviese ya aquí ayudaría mucho a mi carrera y…
-Ayudará más a tu carrera el monólogo que he escrito, estoy seguro de que será un éxito y pronto podremos presentarlo en Europa.
-Christian Trust, tú sólo tienes dieciocho años y por muy influyente que sea tu procedencia, nunca has pertenecido a los medios. Aunque yo sólo tengo veintidós, llevo en el teatro muchos años ya. Debes admitir que no tienes la menor idea de cómo se maneja el mundo de la farándula en general. Acepto que tu obra es sorprendentemente buena para alguien de tu edad, pero el que venga Terrence Grantchester nos conviene a los dos.
-Creí que era tu amigo y que lo llamabas Terry…
-¡No molestes más!
-Vaya, sólo vine a decirte que él no ha llegado y que tú ya tienes que salir, te tomarán fotos en la sala de prensa y después la obra iniciará.
-No eres mi manager, dile a ella que venga ¡Necesito verla!
Christian salió molesto del camerino y recorrió los pasillos tras bambalinas sin rumbo fijo "Las actrices son insoportables. Terrence Grantchester… ¡A mí qué me importa Terrence Grantchester! Mi obra no necesita esa clase de publicidad. Lo que más lamento no es la ausencia del famoso actorcito Inglés. Lo que me duele es que Candy no haya venido. Le dejé en la enfermería invitaciones especiales, había reservado los mejores lugares para ella. Sé muy bien que alguien como la hermosa enfermera sólo es un sueño para mí. Pese a eso, me gustaría tanto que estuviera aquí… Está bien Candy, trataré de disfrutar de esta función aún sin tu presencia pero algún día te invitaré a una obra en la que se reciten los versos que me has inspirado, o mejor aún, si me atreviera te los diría yo mismo, yo mismo"
Christian salió de sus ensoñaciones veinte minutos después, cuando anunciaron la tercera llamada y se abrió el telón.
En ese momento se apresuró hasta su palco. Las luces del teatro ya se habían apagado y Hayley salía a escena.
Los reflectores envolvieron a la bella actriz en un halo de luz dorada, lucía un glamoroso vestido de noche color escarlata, largo y entallado. Su blanca tez, su largo cuello, su corto cabello negro y el azul de sus ojos destacaban gloriosamente.
El monólogo fue retratando la amplia gama de emociones que despierta en una mujer de mundo el apasionado amor juvenil. Desde el loco frenesí hasta el desgarrador dolor tras la separación.
El escenario estaba lleno de claveles rojos y ella magníficamente fue relatando sus excesos, sus arrebatos, glorias y penurias, sobre un elegante diván negro, del que se levantaba algunas veces para recorrer el escenario con una copa de champaña en la mano derecha.
Copa de la que nunca bebió Clarissa, la femme fatale que representaba. Copa que finalmente dejó intacta sobre una pequeña mesa junto al diván. Y tras hacerlo salió de escena. Entonces la copa se iluminó por un halo de luz rosa que se apagó lentamente hasta que cayó el telón.
El público aplaudió vigorosa y entusiastamente, la actuación de Hayley había sido magnifica. Era sin duda una futura diva del teatro, una gran actriz.
Las luces del teatro se encendieron y en el palco especial, el señor Joseph Trust felicitó a su nieto. Edward y Annie también lo felicitaron y se despidieron.
Christian acompañó a su abuelo hasta su coche en donde además de su chofer lo esperaba su tía.
-¿No te vas con nosotros?
-Oh no tía. Me quedaré, aún tengo que atender a la prensa.
-Muy bien Chris, no llegues tan tarde a la casa por favor.
-Como digas tía. Abuelo gracias de nuevo por venir, los veo en la casa.
El joven entró nuevamente al teatro y siguió hasta los camerinos. Sin tocar entró al de Hayley pero en lugar de verla a ella, encontró a Terry fumando un cigarrillo de pie, recargado de espaldas ante el espejo.
-Disculpe señor Grantchester, no sabía que Hayl tenía compañía.
Dicho esto Christian dio media vuelta y salió cerrando la puerta tras de sí. Hayley se asomó desde su vestidor.
-¡Terry, lo hubieras detenido!
-Al ver que le molestaba mi presencia, yo pensaba salir; pero él decidió marcharse. Acaba de cambiarte y ve tras él. No pienso ir a alcanzarlo Hayley… Ja, ja, además me llamó señor, es absurdo ¡Quién demonios se creé! Apenas hará un par de semanas que cumplí veintiún años.
-Y Chris hace poco cumplió dieciocho…
-¿Con tres años menos ya creé que soy un anciano? Entonces te llamaré señora a ti, sólo por respeto.
-Terry no te atrevas. Yo soy dos años más grande que tú, pero todos creen que tengo tres años menos.
-Oh, sí, ja, ja, ja… lo había olvidado. Otra de las estrategias de tu representante.
-Además, en verdad luzco como una adolescente.
-Sí, eso no lo discuto y aunque lucieras de tu edad, somos todavía jóvenes. Me parece ridículo que finjas que tienes diecinueve.
-Eso me tiene sin cuidado.
-Bien, y eso no hace que cambié de opinión. Es ridículo, estamos en los setentas ya. Esas cosas ya no importan.
-Terry, no sabes nada; Al parecer nadie de los que me rodean comprende cómo se maneja una carrera ante los medios.
-Vaya, discúlpeme señorita diva.
-A veces me sorprende que tu madre sea la gran Eleonor Baker.
-Y tú a veces te comportas como ella, y no es un halago. Por ejemplo ahora, llevas veinte minutos en el vestidor. Si no terminas de vestirte ya, yo mismo entraré a ponerte la ropa.
-Dirás a quitármela.
-No he dicho eso.
-Pero es buena idea, en lugar de discutir por estupideces o protestar porque demoro, vas a ayudarme. Lo que pasa es que el maldito cierre del vestido no baja y no quiero arruinarlo.
En ese momento Hayley salió del vestidor descalza y con el cierre del ajustado vestido escarlata, abierto hasta la mitad de la espalda. Terry se acercó y trató de bajarle el cierre pero era inútil, no podía.
-Llamaré a alguien más, a tu representante, ella podrá ayudarte…
-¡No! Ella está atendiendo a la prensa, si la haces venir es capaz de obligarme a dar otra entrevista. Le dije que hoy acabando la obra me iría y ella accedió. Mejor trataré yo de nuevo.
-Pero llevas casi media hora tratando. Mejor te ayudo a que te lo quites de otra manera.
-Y se puede saber cómo ¿acaso piensas cortarlo?
-Si no hay otra solución…
-¡No te atrevas Terry!
-Te compraré otro igual.
-No podrás conseguir otro igual, lo han hecho sólo para mí, es del famoso…
-¡No me importa! Le diré a quien quiera que te lo haya hecho que te haga otro igual, ja, ja.
-¡Terry!
-Sólo bromeaba. A caso no puedes quitártelo por los hombros.
-Si se pudiera ya lo habría hecho.
-Está bien lo intentaré una vez más.
Terry, con más cuidado, trató de desabrocharlo. Pero no pudo evitar sentirse un poco ¿nervioso? O quizás era algo más que nerviosismo lo que sentía, porque un delicioso escalofrío atravesó su espalda cuando sin querer sus manos chocaron con la tersa, suave y blanca piel de la espalda de Hayley.
-Disculpa.
-No me dolió, no te preocupes, inténtalo sólo una vez más por favor.
-Está bien, no te muevas.
Terry trató de relajarse, se concentró nuevamente y por fin lo logró.
-Ya está, vaya lío en el que nos metió tu tan exclusivo diseñador.
-Gracias.
Hayley se sonrojó y enseguida dio media vuelta sin dar tiempo a que Terry acabara de bajar el cierre. Cerró con sus manos el vestido para que no se le viera la espalda y caminó rápidamente hasta su vestidor. Después de diez minutos salió con un pantalón acampando de terciopelo negro y un hermoso suéter color violeta. Terry pensó que se veía hermosa, pero lo ocultó muy bien fingiéndose molesto por la prolongada espera.
-Vaya, ya era tiempo ¿Ahora sí nos vamos?
-Sí Terry.
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Eran poco más de las diez de la noche. Edward conducía, estaba ya muy cerca de la casa de Annie.
Ella se la había pasado muy bien con él y su semblante lucía tranquilo, pero en realidad se esforzaba por enmascarar lo que en verdad le estaba pasando en esos momentos. Se sentía decepcionada, triste y frustrada. Ella creyó que Ed haría un avance en su relación, esperaba algo más, su primer beso o por lo menos algún indicio de que le gustaba.
No podía creer que la cita acabara así. Creyó que por ser día de San Valentín, él por lo menos le obsequiaría algo. Había estado muy ilusionada la semana entera y ahora se sentía desdichada, tal vez Edward sólo la veía como a una amiga y nunca, ni en un millón de citas más, llegaría a enamorarse de ella.
-Llegamos Annie.
Tras decirlo, Edward bajó del auto y ayudó a Annie a bajar del mismo dándole la mano. Entonces la acompañó hasta la entrada de su casa, como siempre hacia.
Ella no lo miraba, agradeció por haberla llevado y se precipitó a abrir la puerta; sólo quería entrar, correr hasta su cuarto y liberar el dolor que sentía en su corazón, llorando la noche entera.
En ese momento Edward la sujetó del brazo con su mano izquierda mientras su mano derecha se apresuraba debajo la barbilla de Annie para levantar su rostro obligándola a mirarlo.
-Annie ¿Te vas así, sin mirarme, sin sonreír? ¿No sabes acaso que cuando nos despedimos guardo ese dulce gesto con el que me dices adiós? No sabes que si no me miras antes de que me vaya…
Las últimas palabras las dijo cuándo sus ojos se encontraban ya muy de cerca a los de ella, quien los tenía totalmente abiertos. Le habló con una voz casi inaudible muy cerca de su boca y sus labios suavemente chocaron, entonces la besó. Annie cedió y fue un eléctrico beso, mágico y largo.
Cuando se separaron, ambos estaban bastante ruborizados. Annie bajó la cabeza avergonzada y Edward la acarició pasando sus largos dedos por sus mejillas.
-Annie, perdóname.
-Perdóname tú Edward.
-No te pido perdón por besarte ahora, te pido perdón por no haberlo hecho antes. Annie yo buscaba el momento, el momento perfecto. Ahora sé que fui un tonto, cualquier momento es perfecto, lo que importa es que eres tú. Estoy enamorado de ti Annie.
-Edward… yo…
-Dime Annie ¿Te gusto? Te gustaría… Discúlpame creo que todo lo estoy haciendo mal hoy. No me digas nada. Espera.
Edward buscó dentro de su abrigo, sacó una carta y la colocó entré las manos de la perpleja joven.
-Annie, es para ti. Si después de leerla quieres verme, estaré esperándote.
Annie asintió.
-Te hablaré mañana.
-Está bien Edward.
-Buenas noches.
-Buenas noches.
Annie entró a su casa, su corazón latía acelerado y tenía la mente un poco confundida. Planeaba ir a su cuarto porque quería leer cuanto antes la carta, pero escuchó que tocaban la puerta.
-¡Edward!
-Annie, no quiero irme así ¿Vendrías conmigo al parque?
-Está bien.
El parque de la zona residencial estaba bastante cerca y era exclusivo además de muy hermoso, pero los adinerados residentes rara vez lo visitaban. Cuando llegaron se percataron enseguida de que eran los únicos ahí.
Edward tomó a Annie de la mano y la condujo por los jardines del parque hasta que encontró un rincón al que la luz de los tenues faros no llegaba. Sólo las estrellas iluminaban aquél recóndito sendero. Siguiendo sus impulsos, Ed acorraló a Annie recargándola contra uno de los árboles que los rodeaban y la volvió a besar, esta vez con urgencia y con pasión.
Annie no supo cómo pero le correspondía, descubrió que su boca se volvía casi autómata, como si fuese ajena a ella misma (ya que nunca creyó que podría ser capaz de besar así a alguien). Después de varios minutos Edward se controló y dejó de besarla para recuperar el aliento. Y aunque hubiera deseado continuar, reaccionó y supo que tenía que decirle lo que sentía, además de con besos con palabras.
-Annie, la carta que te di… Antes de que la leas, quiero decírtelo. Estoy loco por ti, desde que te conocí no dejo de extrañarte y de desear que estés conmigo. Dime Annie ¿Te gustaría ser mi novia? ¿Podrías enamorarte de mí?
-Edward yo…
-Annie discúlpame por traerte aquí y por besarte así antes de pedírtelo, no quise faltarte al respeto.
-No es eso Edward…
Ed se dio cuenta de que Annie estaba bastante nerviosa, después de todo era una joven demasiado tímida y temerosa, pero la amaba así, amaba su timidez y sus temores. Notó en su mirada que Annie también lo quería pero que no sabía cómo decírselo. Eso provocó que la deseara más, tenía ganas de protegerla por siempre… de… de besarla de nuevo. Y lo hizo, aunque trató de no ser tan violento, dominó sus instintos y la besó dulcemente.
Después de besarla le volvió a preguntar:
-Annie ¿Quieres ser mi novia?
-Sí Edward.
Cuando escuchó el sí de Annie, Edward sintió cómo su corazón palpitaba de felicidad y la abrazó haciéndola dar vueltas en el aire.
-Te amo Annie.
-Edward, yo también.
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Archie e Isabelle tras casi once horas de vuelo en el lujoso jet privado de los Andrew (que Albert había dispuesto para que su sobrino volara con todas las comodidades porque era un largo viaje) llegaron a Honolulú.
En tanto en Nueva York ya eran casi las once de la noche, en Honolulú iban a ser las seis de la tarde. El cálido sol aun brillaba y comenzaba a ocultarse tras en el horizonte.
Al bajar del avión, varias hermosas nativas los recibieron con una amplísima sonrisa y les colgaron un largo collar de flores al tiempo que con una reverente exclamación de "Aloha" les daban la bienvenida.
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De vuelta en Lakewood…
Eran las diez de la noche y Damien ya se encontraba con el pijama puesto.
Tras prepararse un té verde fue a su habitación. La gatita lo siguió y él aun de pie, la levantó a la altura de su rostro.
-Tú mi querida waffy, mi fiel compañera, has sido mi cita hoy. Has sido mi Valentín (le dijo viéndola directo a sus gatunos ojos y besó una de sus orejitas) ¿Qué te parece?.
La gatita ronroneó complacida.
-Sin embargo, no creas que soy un egoísta o un celoso. Sé bien que a veces te escapas en busca de los de tu especie. Tanta peluda belleza no puede resistir todo el tiempo al lado de un solitario como yo ¿verdad? Está bien, mereces ser admirada y consentida por otros felinos. Sólo te pido que siempre regreses a mí… Sabes, adoptaré un compañero para ti.
La gatita maulló tiernamente.
-Sí, eso hare. Ya no estarás sola en casa cuando estoy en la clínica. Ahora ven, vamos a leer un rato.
Damien se sentó cómodamente en el amplio y mullido sofá de su recamara, en el que acostumbraba leer antes de dormir.
Pasó media hora y se le hizo extraño que el teléfono no interrumpiera su lectura. Sonrió satisfecho.
"Bendito San Valentín. Sabine debe estar ocupada. Qué bien, es justo lo que necesito, una pacífica noche de do…"
El timbre interrumpió sus pensamientos.
"Nunca des nada por hecho Damien" Pensó para sus adentros.
Se puso una gruesa bata encima y se apresuró hasta la puerta. Imaginó que debía ser un paciente, tenía que tratarse de una emergencia médica porque el timbre no cesaba de sonar.
Cuando abrió fue grande su sorpresa. Sabine lo abrazó enseguida y comenzó a llorar.
-Damien, te he extrañado mucho.
-Vamos mamá, no llores. Estás exagerando. Vaya sorpresa que me han dado. Papá, déjame ayudarte con el equipaje ¡Pero que veo! Creo que planean quedarse toda una temporada.
-Oh no Damien, sólo estaremos un par de días. Después tenemos que regresar a Nueva York para despedirnos de Isabelle. No hemos traído casi nada.
-Claro, olvidaba que te gusta cargar con todo lo que no necesitarás y que a eso le llamas "nada".
-No digas tonterías, parece mucho, pero es sólo que he traído algunos obsequios.
-¿En serio? ¿Y por qué? Aún falta para mi cumpleaños.
-Pues no son todos para ti. También trajimos cosas para los niños, Damien (dijo Jonathan).
-Está bien. Dejaré de quejarme entonces, ese sí es un buen motivo para traer tantas maletas.
Damien terminó de llevar todo el equipaje del coche a la estancia. Sabine y su padre ya estaban en el sofá principal y él fue a la cocina a preparar café.
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11:30 pm Isla Harbour, Las Bahamas.
Candy y Albert compartían una romántica cena iluminada por las estrellas, la luna y algunas velitas aromáticas en el amplio balcón de una lujosa suite.
Cuando acabaron de cenar fueron hasta la playa y se alejaron hasta encontrarse a solas ante el majestuoso mar.
Caminaron entre las olas tomados de la mano y después del silencioso e insuperable paseo en medio de la oscuridad, con las olas salvajes de fondo y bajo las estrellas, corrieron hasta caer en la suave arena con la intención de besarse todo lo que quisieran. Sin que nada ni nadie los molestara.
Albert la besó revelando todo el amor y pasión que sólo ella le hacía sentir. Candy hizo lo mismo y sin planearlo, sólo dejándose llevar por la fuerte atracción que la naturaleza de su amor les otorgaba, Albert se recostó encima de ella mientras seguía besándola.
De pronto una ola los alcanzó mojándolos casi por completo. Albert al contacto con el ahora empapado vestido de Candy, sintió su piel como nunca antes y pudo imaginarla sin la prenda. En ese momento la besó apasionadamente, pero cuando sintió como Candy le correspondía supo que debía detenerse y haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad se separó de ella.
-Candy, si sigo besándote ahora, no podré resistirme después y no es por eso que viajamos hasta acá. Te amo y estoy muriendo por ti, pero jamás me perdonaría si...
-Albert, yo también te basaba ¿Recuerdas?
-Lo sé Candy. Pero no me hables así o volveré a besarte.
-Lo dices como si al hacerlo me hicieras daño. De todos modos si dejas de besarme ahora, tarde o temprano te besaré yo y…
Albert la besó pero después se puso de pie. Candy hizo tremendo puchero y el la cargó. En ese momento Candy sonrió y suspiró.
-No pongas esa picara carita, pequeña. Nos vamos al hotel.
-Está bien Albert.
Candy se sentía aturdida de tanta felicidad. Iba en los brazos del hombre más apuesto del mundo, al que además amaba más de lo que creyó era capaz de amar a alguien.
Levantaba la vista y veía las magníficas estrellas, pero más le gustaba ver el cuello perfecto de Albert, sus rubios mechones cubriéndole parte de la frente y su suave, aunque un poco rebelde cabello cayéndole a la altura de los hombros. Disfrutó el trayecto al grado de no querer llegar nunca al hotel.
Cuando llegaron él la bajó, dándole un suave y sensual beso en los labios al hacerlo.
Entraron al hotel y subieron hasta el pasillo principal del doceavo piso.
-Candy, me daré una ducha.
-Yo haré lo mismo Albert.
-Bien pequeña, voy a tu suite en media hora ¿puedo?
-Claro que sí.
-Candy, no vayas a dormirte.
-No. Te esperaré.
Pasaron poco más de treinta minutos y Albert tocó la puerta de la suite de la pecosa.
Ella abrió, y ambos fueron hasta la hermosa y exótica estancia, en donde se recostaron a disfrutar del momento.
Candy se acomodó sobre el pecho de Albert y él acariciaba su cabello. El sonido de las olas del mar se escuchaba como un suave arrullo.
Poco después de la una de la madrugada, Candy se quedó dormida y Albert la llevó hasta su cama. La cubrió con las sabanas, se sentó a la orilla de la cama y la contempló cerca de diez minutos, después besó sus labios sin despertarla y se fue a su suite.
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Manhattan, Nueva York.
Terry y Hayley habían ido a un exclusivo club. La actriz llevaba unas gafas obscuras y una peluca rubia para no ser reconocida.
Más de un atractivo joven la había sacado a bailar, en ese momento bailaba con uno de ellos.
Grantchester en su mesa, en un rincón privado, bebía una ginebra tónica. Él no tenía ganas de bailar, no gustaba de frecuentar esos clubs alocados. Si bien era un rebelde, no lo era en ese sentido. Odiaba los excesos de las estrellas de teatro, cine y de los medios en general.
De pronto Hayley llegó acompañada del último joven con el que había estado bailando.
Terry hizo un gesto de molestia.
-¡Oh, yo sé quién eres! ¡Eres Terry Grantchester! ¿Me puedes dar un autógrafo? ¡Lucy por qué no me dijiste que venías con él!
-Sí "Lucy" ¿Por qué no se lo dijiste?
-Verás… cómo dijiste que te llamas ¿Carl?
-¡Charles!
-Sí, cómo sea. Verás Charles; No te lo dije porque temía que esto pasase. No te ofendas pero por favor no lo molestes ¿quieres?
-Es que es un gran actor y yo…
-Vamos Charly. Vete de aquí.
-Pero Lucy, me habías invitado y…
-Ya la escuchaste Charly, dime que quieres que firme y después déjanos solos.
-Oh, sí, sí Terry. Como digas. Mira ten, firma aquí, aquí en esta tarjeta.
Terry firmó con un gesto un tanto apático y arrogante. El joven brincó de emoción con la tarjeta autografiada en mano y desapareció después de agradecerle al actor el "amable" gesto.
-Los fans sí que viven en las nubes, ja, ja. Ni siquiera se percató del halo de desdén que te envuelve Terry. Eres sin duda su héroe y creo que recordará esta noche durante mucho tiempo. El muy insolente me dejó en segundo plano. Que digo segundo, se olvidó de mí para hacer el ridículo ante ti.
-No creo que eso te preocupe "Lucy". Se olvidó de ti, pero un puñado más de jóvenes hay aún que querrán bailar contigo esta noche ¿O ya te habías encariñado con Charles?
-¡Diablos! Por qué en las fechas especiales te pones así Terrence.
-¿Así? ¿Qué quieres decir con eso?
-Así, mírate. Sabes a qué me refiero.
-No son las fechas Hayl, es sólo que ya me cansé de este sitio.
-Pero yo aún no quiero irme Terrence. Además aún no te perdono el habar llegado tarde al estreno.
-Ya te dije que el próximo domingo iré a verte otra vez y llegaré a tiempo.
-Aun así, sólo quédate media hora más ¿quieres?
-No le veo caso alguno Hayley, tú la has pasado bailando y no estoy de humor para esto.
Terry no quería admitirlo, ni siquiera para sí mismo. Pero le molestaba ver cómo los chicos se le insinuaban a su amiga. Y más aún le molestaba que ella bailara tan feliz con ellos.
Mientras hablaban, una distinguida y muy elegante mujer de cabello rojo avanzó hasta ellos.
-¡Terry, que sorpresa encontrarte aquí! Soy Bianca Houston ¿Me recuerdas?
Hayley se sorprendió, se trataba de una de las jóvenes herederas más ricas de los Estados Unidos. Pero la sorpresa en un instante se convirtió en una molesta sensación, no soportaba ver cómo le coqueteaban a Terry y siguiendo un impulso se levantó.
-Disculpe señorita Houston, él viene conmigo. Me parece una falta de respeto que se dirija así a él sabiendo que está acompañado. Terry ¿Nos vamos?
-Claro Hayl, nos vamos. Bianca, disculpa a la señorita Douglas por favor y discúlpame a mí también. Nos veremos en mejor ocasión.
Terry dejo pagada la cuenta y salió con Hayley del club.
-Vaya, te debo una Hayl.
-No lo hice por ti, es que no la soporto. Además no mientas, no creo que me debas nada. Parece que no te desagrada y que la conoces muy bien.
-Tonterías, me la presentó Curt Shiffield en la fiesta de año nuevo. No la había vuelto a ver y no deseaba hacerlo ¿A caso estás celosa?
-Por supuesto, muero de celos.
-¿En verdad?
-¡Claro que no!
-Mejor confiésalo, ya no puedes vivir sin mí.
Estaban en eso cuando al otro lado de la avenida la silueta de una joven de ondulado cabello rubio distrajo a Terry. Hayley siguió la mirada del actor y la vio también. La joven cruzó la calle y ambos notaron que no se trataba de Candy.
"Creo que el que aún no puede vivir sin alguien es otro". Pensó Hayley.
-¿Te pasó algo Terry?
-No nada. Vámonos ya de aquí Hayl. Iré a dejarte o si quieres puedes quedarte conmigo.
-Terry yo no soy tu psicóloga ni tu paño de lágrimas ¿Quieres que me quede en tu departamento para consolarte? En verdad que los días festivos te afectan demasiado. Yo la estaba pasando bien y no deseo que este día acabe así.
(Lo que Hayley no admitía era que la idea de que Terry no pudiera superar el recuerdo de la rubia, le estaba afectando más de lo que imaginaba).
-¿Entonces cómo quieres que acabe?
-Sólo quería festejar mi estreno y tú únicamente piensas en ti.
-Déjame decirte que te equivocas. No te invito para que escuches mis penas. En verdad quiero que vengas conmigo. Pero si no lo deseas está bien. Te iré a dejar a tu departamento ¿o quieres ir a otro club?
-No, a decir verdad ya estoy un poco cansada. Perdóname Terry, por lo que dije. Agradezco la invitación. Pero prefiero que me lleves a mi departamento.
-No me pidas perdón. Tengo que aceptar que he estado comportándome como un amargado. Bien, ya lo admití. Discúlpame tú.
-Tal vez si suplicas.
-Bien, pero tendrás que conformarte con que mi suplica sea sólo una actuación.
-No importa, qué esperas.
-No seas tonta Hayley, yo sólo actuó en el teatro. Vámonos ya.
Cuando llegaron al pasillo frente a la puerta del departamento de Hayley, las luces ya estaban apagadas y únicamente se filtraba un reflejo de la luz de la calle a través del el tragaluz.
Terry se despidió de ella con un abrazo y por algún motivo no quiso soltarla de inmediato. Entonces el abrazo se prolongó.
Mientras Terrence la sentía así de cerca, un escalofrió de excitación atravesó su pecho bajando por su abdomen. Aspiró el perfume de la suave y corta cabellera de la joven actriz, y su cabeza lentamente bajo hasta tocar con su rostro el desnudo y alargado cuello de Hayley.
Ella cerró los ojos y no opuso resistencia; disfrutaba de cada movimiento que él hacía y dejó escapar un sutil suspiro de placer.
Terry comenzó a besarle el cuello y desabotonó la chaqueta de terciopelo que ella traía puesta, para besar su barbilla y bajó lentamente, recorriendo de nuevo la piel de su cuello con la boca, hasta donde el escote en uve del suéter de Hayl le permitió.
En ese momento la tomó de la mano, ambos entrelazaron sus dedos y él siguió besándola. Besaba su clavícula de un modo exquisito. Hayley lo disfrutaba tanto que quiso que Terry la viera e inclinó su cabeza y en la obscuridad buscó la mirada del actor. Al no encontrarla, lo soltó de la mano para sujetarlo del cabello, obligándolo así a levantar la cara.
Entonces Terry vio los ojos de Hayley en la penumbra y no pudo resistirlo: Al ver su hermosa mirada azul brillando en la obscuridad, sintió que la deseaba con desesperación y se incorporó para besarla frenéticamente.
Continuará.
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