Disclaimer: Los personajes de Candy Candy pertenecen a su autora: Kyöko Mizuki y a TOEI Animation Co. 1976. Escribo éste fic sin fines de lucro.
Despertando a tu Encuentro
Por LisW. Andrew
Capítulo 46
Isla Harbour (las Bahamas).
En tanto en Hawái era la una de la tarde, en la paradisiaca Isla Harbour, eran ya las siete de la noche.
Los rubios habían pasado la mañana, paseando en un yate que Albert rentó y condujo.
Después, el sentido de aventura de ambos los llevó hasta una pequeña Isla que vislumbraron durante el paseo y que no les pareció muy lejana.
Ahí disfrutaron del caluroso clima en la solitaria playa y nadaron por horas. Muchas veces Albert abrazó a Candy mientras nadaban y la besó con frenesí.
En la tarde descansaron sobre la suave arena de la hermosa playa de la desierta isla.
Después Albert hizo una fogata y ágilmente atrapó grandes peces que cocinó al calor de las llamas.
Él tenía todo lo que necesitaban dentro del yate, pero le gustaba valerse por sí mismo. Además de que se desenvolvía con naturalidad y audacia en zonas salvajes, no por nada era un intrépido viajero, que en habilidad superaba al mejor de los boy scouts.
Candy lo observó todo el tiempo embobada e incrédula "ese hombre, en todos los sentidos, fuerte, tan autosuficiente, por momentos perturbadoramente salvaje, y atractivo a rabiar, era su novio" Además el espectáculo de verlo todo el tiempo con tan poca ropa encima, era demasiado y la rubia no podía aún asimilarlo, la euforia del amor colmaba su corazón.
Ahora eran ya las siete de la noche. Albert y Candy acababan de observar el majestuoso ocaso desde ahí; Solos, sentados juntos sobre la arena de la isla desierta. Pero comenzaba ya a obscurecer y Albert supo que debían regresar, no quería arriesgar a su hermosa pecosa.
Subieron al yate y Albert se dispuso a conducirlo, llevaba la estampada camisa de manga corta totalmente desabotonada y un short azul cielo.
Candy estaba con él, ella se había bronceado de más y Albert divertido se lo hizo notar, aunque alegando que le sentaba bien. A lo que ella le respondió:
-Oh Albert, es mentira, seguramente las pecas se me ven más así.
-Al contrario, casi no se te ven y de cualquier manera se te noten o no. Con pecas y sin ellas, me gustas Candy.
-Gracias, aunque tú también te bronceaste bastante Albert.
-Y… se puede saber por qué te sonrojas al decírmelo-
-Yo… yo… bueno. Yo no... ¡Yo, no me sonrojé!
-Cierto, no estás sonrojada; lo olvidé, es tu bronceado.
-Albert eso es trampa. Si querías que te dijera lo que pienso, lo haré. Creo que te queda muy bien ese tono de piel, eso es todo-. "Demasiado, demasiado bien" pensó y disimuló.
-¿Es todo? Qué decepción, pensé que te resultaba irresistible cuando menos…
Candy se puso nerviosa y para salir de esa, le hizo un guiño coqueto mientras sacaba un poco la lengua.
Ese gesto le era tan familiar y le traía tantos buenos recuerdos a Albert. Candy… Él la amaba cada vez más y ambos estaban disfrutando del viaje de modo tal, que sentían estar viviendo los días más felices que hasta el momento habían vivido.
Llegaron al puerto de la Isla Harbour, a las nueve de la noche.
Cenaron en el yate algo que ellos mismos prepararon: Pasta y ensalada. De postre había helado en la nevera. Después decidieron que ahí querían pasar la noche.
Al ser un yate de lujo contaba con todo lo que necesitaban.
El interior tenía un diseño acogedor y en tamaños no era algo exagerado, es decir, no era de tan grandes proporciones. Estaba hecho sólo para dos personas y tenía las dimensione perfectas para propiciar un ambiente romántico.
Se recostaron en un amplio y mullido sofá cama. La brisa del mar se colaba por las ventanas y el clima era perfecto.
Candy posó su cabeza sobre el ahora bronceado pecho de Albert y escuchaba su corazón latir, un corazón que latía agitado y feliz por estar con ella.
Él acariciaba el cabello y la espalda de la rubia. Había un gran tragaluz a modo de cubierta por el que veían las nítidas estrellas y el despejado cielo nocturno de la costa.
Albert sentía que todo era aún mejor de lo que había imaginado. No por el lugar, ni los lujos. Para él en realidad el entorno era lo de menos; bien podría estar en una humilde barca. Todo era perfecto porque estaba loco por ella, pero en ese, su primer viaje al lado de Candy, quiso que ella la pasara como una princesa. Si de algo servía su fortuna, sería siempre para asegurar el bienestar de su novia.
Albert sabía que lo que más estaba disfrutando, era el estar sólo con Candy. Apartados de todo lo demás. Lo embriagaba como nunca antes la libertad y el amor que sentía crecer con vehemencia desde su interior a cada segundo.
Sin embargo, por otro lado y pese a que sus sentimientos se fortalecían. Él sabía y había decidido que no iría más allá, que controlaría sus pasiones y sus instintos. Porque necesitaba primero presentar a Candy como su novia ante el mundo, para él las cosas así tenían que ser.
Por lo mucho que ella significaba para él, por todo lo que vivieron antes. Aunque la deseara, y vaya que a cada instante sentía el deseo ardiendo a flor de piel. Albert irremediablemente actuaba de acuerdo a sus principios y no se dejaría dominar por sus pasiones.
Después de dos horas recostados en el sofá y tras una suave charla. Candy se levantó para ir a la cocina del yate por agua.
Albert la alcanzó.
-Candy, se ha hecho tarde. Y tus ojos me dicen que ya tienes sueño.
-Oh, Albert hoy comenzamos el día muy temprano. Odio tanto tener sueño, quiero estar más tiempo contigo-. "Para qué dormir ahora que mi sueño se ha hecho realidad" pensó ella dando un suspiro.
-Descuida, seguiré aquí cuando despiertes Candy. Hemos pasado el día entero juntos, pero sé a qué te refieres. Yo también siento que no es suficiente. Cada minuto que paso contigo es como el primer minuto, en verdad haces que pierda la noción del tiempo- Le dijo seductoramente cerca de su boca.
Candy con la voz baja y temblorosa logró darse valor y decir:
-Albert; me siento libre como nunca antes y al mismo tiempo siento que soy tuya, que mi verdadera libertad es real sólo estando contigo. Me comprendes, no sé si lo he dicho bien…
-Lo has dicho bien Candy, te amo.
Seguían dentro de la pequeña cocina y aún no habían encendido la luz.
Desde que entraron olvidaron hacerlo. Candy sujetaba aun la jarra con agua como si el tiempo se hubiera detenido ante sus palabras.
Aún en medio de la penumbra podían ver bien, porque la enorme luna creciente alumbraba la bahía y su blanca luz, se filtraba por la pequeña ventana.
Albert se acercó a ella, le quitó la jarra, bebió del agua, que segundos antes ella misma se había servido y enseguida la besó con pasión y devoción.
Después la tomó entre sus brazos y la llevó cargando hasta la habitación en la que ella se quedaría.
-Descansa Candy-
-Tú también Albert, gracias por otro día inolvidable, te amo-. Respondió con la respiración aún agitada y anhelando en secreto que él la besara más.
-Yo te amo más.
Albert la besó en los labios aunque superficialmente para controlarse y salió enseguida del camarote de Candy. Dio un paseo por la cubierta y mientras la brisa nocturna lo refrescaba, permaneció pensativo mirando la bahía y el mar durante algunos segundos.
Después volvió a entrar para asegurar todo el yate, tomar una ducha fría y finalmente tratar de dormir en su camarote, situado al lado del de ella.
