Disclaimer: Los personajes de Candy Candy pertenecen a su autora: Kyöko Mizuki y a TOEI Animation Co. 1976. Escribo éste fic sin fines de lucro.
Despertando a tu Encuentro
Por LisW. Andrew
Capítulo 47
Lakewood Illinois. Martes, 16 de febrero de 1971
2:00 A.M.
-¡Jonathan, despierta!
-¡Qué! ¿Eh? ¿Qué hora es, qué pasa Sabine?
-¿No oyes? Es el teléfono… Levántate a contestar por favor Nathan. No es posible. Cómo puede Damien vivir así, no hay un teléfono en esta habitación. Anda, ve a contestar.
-Damien es un médico, la llamada debe ser para él. Si tiene emergencias seguro las atenderá…
-Precisamente, él merece un poco de descanso. Hoy tuvo un día pesado, la pasó dando consultas y vi que se quedó estudiando hasta muy tarde ¡Ve antes de que él conteste! Dile que te hablaba un socio. Si contestó yo no me creerá.
-Pero nuestro hijo no es ningún tonto, se dará cuenta aunque sea yo quien le mienta. Además me niego a hacerlo. Contestaré pero si uno de sus pacientes lo necesita lo comunicaré con Damien enseguida…
-¡Demasiado tarde Jonathan, dejó de sonar el teléfono!
-No discutan por favor y descansen. Saldré, tengo una emergencia que atender.
Damien habló desde afuera de la habitación en la que tenía hospedados a sus padres, se puso el grueso abrigo, los guantes y tomó las llaves de su automóvil.
Sabine se levantó apresuradamente, pero cuando salió de su habitación su hijo ya había salido de la casa.
La madrugada era bastante fría y había neblina. Llegó al Hogar en poco más de veinte minutos.
La Hermana María y la Señorita Pony ya lo esperaban.
-Damien, gracias por venir. Es Richard. Está en el baño, al parecer comió algo que le ha hecho daño y se siente muy mal.
Richard salió pálido y asustado del baño. Damien lo cargó y lo llevó a su consultorio para examinarlo. Primero, tomó su temperatura.
-Bien, no hay temperatura. Tranquilo Richard, todo va a estar bien.
Tras escuchar al niño, quien le comentó que perdió jugando retos y de castigo había comido algo "raro" que encontró en el campo. Le inyectó antibiótico y buscó los medicamentos que debía tomar. Dio las instrucciones y cuidados a seguir a la Hermana María.
-Debe tomar estas capsulas tres veces al día y estás tabletas cada doce horas. Un poco de suero y en dos semanas estará totalmente recuperado. Por otro lado; no necesitará retos, creo que ha aprendido la lección.
-Muchas gracias Damien. Ahora deberías marcharte, la Señorita Pony y yo lo cuidaremos. Te ves muy desvelado.
-No se preocupe Hermana. Esperaré un par de horas para ver cómo reacciona con el antibiótico y para quitarle el suero. Si todo va bien los síntomas aminorarán y Richard podrá dormir.
Llevaron al niño a una de las habitaciones para pacientes. Damien se recostó en el sillón de visitas de la misma.
-Gracias por quedarse doctor Damien. Ya no estoy asustado y trataré de dormir, duérmase también.
-Bien Richard, descansa. Yo aquí estaré, no tienes que agradecer.
Pasó media hora y Richard se quedó dormido. Damien le retiro el suero y comenzó a sentir sueño, entonces vio su reloj. Aún tenía que esperar media hora por lo menos, para asegurarse de que el niño estaría bien. Volvió al sofá y cerró los ojos por un momento.
Al cabo de algunas horas la luz del sol se comenzó a filtrar por la persiana horizontal de la ventana bajo la cual estaba el sofá en el que Damien se había quedado dormido.
Abrío lentamente los ojos. Las espesas, hermosas y abundantes pestañas negras subieron simétrica y simultáneamente para dejar a la vista dos radiantes estrellas de fuego ámbar.
Damien volteó buscando a Richard. El pequeño aún dormía. Entonces, el joven doctor se levantó al tiempo que veía su reloj. Eran las siete de la mañana.
Pudo darse cuenta de que el pequeño estaba mucho mejor. La hermana María a las ocho entraría a darle sus medicamentos.
Él tenía dos horas para ir a su casa, ducharse, desayunar y regresar al Hogar antes de que llegaran sus pacientes.
Salió y subió a su coche.
Llegando al centro de Lakewood decidió estacionarse para ir al mercado a comprar fruta, café, pan y lácteos. Normalmente no compraba tantas cosas, pero ahora tenía a sus padres en casa.
Veinte minutos después, salía del mercado abrazando con un poco de dificultad dos grandes bolsas de papel; Y caminaba lento aproximándose a la esquina para cruzar la calle, cuando alguien dio vuelta rápidamente chocando con él. Lo que provocó que una de las bolsas se le escapara de entre los brazos.
-¡Discúlpeme por favor! Le ayudaré.
Una delicada mano se disponían a alcanzar una naranja que se había caído y las manos de él se adelantaron a tomarla también. Como resultado, ambos sujetaron la naranja al mismo tiempo.
Al levantar el rostro, la joven se encontró con la irresistible mirada del doctor. No pudo evitar sonrojarse enseguida y tímidamente se levantó; ya que estaba en cuclillas al igual que él.
-¡Doctor, es usted! Discúlpeme por favor, yo iba a tan a prisa…
-No te disculpes, el culpable he sido yo (Damien sonrió dulcemente).
Glenda notó algo diferente y nuevo en él, sintió que dejaba de ser el doctor.
Ahora era sólo un apuesto e irresistible joven. Se preguntó quién era Damien en esta faceta y qué misterios ocultaba.
¿Quién era en realidad él?
Hablaba dulce, amable y al mismo tiempo (sin él proponérselo) dejaba ver en su porte la elegancia de un aristócrata. Glenda notaba todo eso y sentía a su vez (como siempre que estaba cerca de él) ese poder que la seducía directamente y sin contemplaciones.
Lo que provocaba que se enamorara más de Damien. No del doctor al que sentía un imposible, sino simplemente del joven que tenía ante sí, porque acababa de encontrar accidentadamente al doblar la esquina. Como si fuera la primera vez que lo veía.
En apenas dos segundos fue consciente Glenda de todo lo anterior y sin querer suspiró, pero lo disimuló hablando en seguida.
-¿Cómo dice? No, no, usted no tuvo la culpa. Yo debí ser más precavida, pude incluso lastimar a alguien.
-Pero mírame, estoy intacto. Sólo la naranja resultó ligeramente lesionada, tal vez la tenga que internar.
-Oh sí, la naranja. Aquí la tiene.
Glenda la depositó dentro de la bolsa que Damien había vuelto a abrazar.
-Le sugiero que la próxima vez traiga un bolso de compras como el mío, es más cómodo.
-Mmm… Pero si lo hago qué va a decir la gente.
-Cierto, creo que no le va. Es un bolso muy femenino... No pensarían nada bueno.
-Tal vez con otro estampado…
Ante lo dicho ambos comenzaron a reír.
La de risa de Damien era una caricia a los oídos; suave, aterciopelada e irresistible. La de Glenda era dulce y tímida, una risa que podía enternecer incluso a un gélido corazón.
- No lo decía por eso; Pero es que en verdad usted no sabe cómo sujetar esas bolsas de papel.
-¿Se nota? De hecho te lo confesaré: Es la primera vez que vengo al mercado. Normalmente sólo compro un par de cosas, cada día, en la miscelánea que está en la calle de tu casa, junto a la dulcería ¿Sabes?
-Sí, lo sé.
-¿En serio?
-Oh, no… No tanto así. Quise decir, que eso imaginaba.
-Claro, debo parecerte…
-¡Oh Damien, Damien!
Damien volteó. Era Sabine quien lo llamaba, desde el otro lado de la calle. Cuando él la vio ella cruzó para alcanzarlo.
-Señorita Kent, permítame presentarle a la señora Sabine Boissieu.
-Buen día, señora Boissieu.
-Buen día, señorita Kent. Soy la madre de Damien, pero ¿Cuál es su nombre?
-Glenda, me llamo Glenda.
-Glenda eso está mejor… ¿Entonces te encuentras bien? Oh querida, disculpa; quiero decir ¿Eres una de sus pacientes?
-Eh, bueno… yo no. Mi abuelita es su paciente y…
-Ya veo, ya veo ¿Acaso le llevaban las compras?
-Oh madre, por favor. Cuánta curiosidad. Pero claro que le llevábamos esto. La pobre señora Allison… (Glenda contuvo la risa, Damien continúo) Verás; pasó muy mal la noche, tenemos que preparar el desayuno para ella.
-¡Qué! Pero Damien, no has dormido. Tu padre y yo te esperábamos para desayunar y al ver que no llegabas yo vine a comprar. No tuve alternativa; Tienes la alacena vacía, además…
-No te preocupes, lleva esto. Yo acompañaré a Glenda a comprarlo todo de nuevo. Llego en una hora a casa. Por favor desayunen sin mí.
-Damien eres imposible, está bien. Pero te esperamos en una hora, recuerda que hoy planeamos acompañarte al Hogar para entregar los regalos que trajimos a los niños.
Sabine cruzó la calle de nuevo y subió al coche donde la esperaba Jonathan al volante.
-Nathan, tu hijo es un rebelde… Aunque por lo menos me libró del mercado. Saben bien que las compras domesticas no son lo mío. No sé por qué no contrata a alguien que le ayude y se encargue de su casa ¡Vámonos ya!
El doctor y Glenda vieron el coche partir. Los padres de Damien siguieron la conversación durante el camino.
-Lo sé Sabine, detestas las compras de casa. Pero además creo que te molesta otra cosa. No me engañas, tu rostro refleja celos de madre. Claro que resulta natural, nunca antes Damien te negó nada frente a una joven. En cambio ahora…
-Oh, cállate Jonathan, sólo es una de sus pacientes. Sabes que siempre antepone sus deberes como médico.
-No lo sé, la jovencita es diferente a las que él conocía en Paris y tiene una belleza especial ¿No crees que tal vez sea lo que él buscaba? Se ven bien juntos. Ja, ja, ja. Me alegra que nuestro hijo…
-Sí, admito que es una joven con cierto encanto ¡Pero te equivocas Jonathan! No estoy celosa, sólo creo que Damien nos está ignorando demasiado. Por otro lado, dudo mucho que sea ella quien al fin lo conquiste, no me lo parece. Oh, no señor.
-¿Y esos no son celos Sabine, querida? Mejor comienza a considerarlo posible. Yo creo que Damien esperaba por una joven sencilla, de noble espíritu y a juzgar por las apariencias puede ser que al fin la haya encontrado.
-Sabes que nuestro hijo posee un corazón difícil de impresionar...
(Sabine pasó del enojo a la ilusión en fracción de segundos)
Pero tal vez tengas razón John, él rechazaba a chicas totalmente opuestas a lo que representa su paciente. Admito que percibí algo inusual en el ambiente ¡Oh, si así fuera me encantaría! Parece una buena chica y ansío ver a alguno de nuestros hijos formando una feliz familia.-
El adoptar y amar a Damien como a un verdadero hijo, pese a su origen, logró que con el paso de los años se desvanecieran los prejuicios clasistas que antes Sabine tenía tan arraigados. Ahora la satisfacía ver felices los suyos.
::: :: Simultánea a esa charla a muy poca distancia de ahí :: :::
Damien de repente se sintió nervioso.
-Glenda, perdóname. Te preguntarás qué fue todo esto.
-No, no se disculpe.
-Vaya absurda escena hemos hecho mi madre y yo, ante ti (Damien se sintió avergonzado por su conducta por primera vez en su vida).
-Oh, no doctor. Ha sido divertido (dijo sin malicia alguna Glenda).
-Agradezco que lo tomes así. Actué de este tan infantil modo, para evitar a mi madre. Me sé sin energía ahora, para escuchar el largo sermón que ella pensaba darme. Cuando llegue a casa lo habrá olvidado ya. Perdóname por involucrarte y por mentir de esa manera.
-Comprendo, me alegra haberle ayudado entonces.
Ambos sonrieron espontáneamente.
-Glenda, creo que ahora por lo menos me corresponde, en verdad ayudarte con las compras. Pese a mi torpeza en la materia, tal vez puedo serte útil ¿Crees que sea buena idea?
Damien por dentro estaba inseguro y nervioso ¿Qué le pasaba y por qué no sabía qué decir? Sentía que estaba hablando como tonto. Nunca antes le había sucedido algo similar.
-No debe sentirse comprometido, se lo agradezco. Usted tiene que trabajar en el Hogar después. Sólo si no afecta sus horarios, acepto su ayuda (Dijo Glenda como si no le importara, pero rogando en su interior a los cielos por que sí la acompañara).
Damien no quería incomodarla y supo con su respuesta que la joven no se sentía incomoda con su proposición. Tal vez sí necesitaba ayuda ya que ella no tenía más familia, ni amigos a quienes recurrir, su única opción era hacerlo todo sola. Aunque por amabilidad lo dejaba en libertad de irse.
-Entonces vamos Glenda, aún es temprano.
-Gracias.
-Creo que aprenderé de ti a comprar correctamente.
- Verá que no es nada complicado.
-Debe ser mi falta de experiencia. Pero descuida, aprendo rápido.
-Seguro que lo hace. Por algo es tan buen médico (Glenda se sonrojó al decirlo).
-Gracias Glenda, me alegra que lo creas.
-He visto que hay otros médicos cerca y sin embargo todos en Lakewood lo prefieren a usted.
-Cielos, no quisiera dejar sin trabajo a mis colegas.
-Ellos podrían esmerarse más, como usted se esmera en el Hogar de Pony atendiendo a los que más lo necesitan aunque a veces no puedan pagarle.
-Y estaría intranquilo si no lo hiciera. Es mi deber salvar la vida de un paciente sin importar si en ese momento cuenta o no con los recursos necesarios.
Ahora, a propósito; Sé que me conociste como el médico de tu abuelita pero, te haré una confesión. Comienzo a sentirme como un anciano y creeré que en verdad lo soy si sigues hablándome con tanta propiedad. Me gustaría que consideres no hablarme más de "usted".
-Bueno, es que… tal vez sea de mala educación si yo a… usted le hablo así…
-No lo es. Inténtelo señorita, vamos (dijo juguetón y espontáneo).
-¡Pero eso es trampa, ahora tú me hablaste de usted!
-¡Aja! Ahí lo tienes. No fue difícil ¿Cierto?
Las mejillas de Glenda estaban ahora completamente enrojecidas.
-Para ti, desde ahora quisiera ser sólo Damien. Llámame así y olvida los títulos de mi profesión por favor. Somos casi vecinos y estimo a tu abuelita. Además de médico, ambas pueden contar conmigo como persona y amigo. Las formalidades están de más.
Damien estaba sorprendido, por primera vez hablaba así ante una joven. Moderaba su astucia e ingenio y descartaba los comentarios irónicos. Estaba cuidando sus respuestas. Glenda le inspiraba un nuevo sentimiento que aún no lograba descifrar y que lo hacía moderarse. Pero tampoco estaba fingiendo como en sus actuaciones para la alta sociedad, en las que bajo su perfecta pose de modales de príncipe ante las damas y altivez para con los demás, dentro del pecho su corazón yacía congelado. Al contrario, ahora sentía que una suave calidez reconfortaba su interior.
Entraron al mercado, la gente sonreía y murmuraba al verlos juntos. Pero ellos no se percataban.
La joven compró como cada día, tranquila y atenta. Damien, al observarla pensaba que era bella desde dentro gracias a su sencillez. También le pareció hermosa la tímida y amable sonrisa que Glenda les otorgaba a las personas del mercado.
Él siempre había sido perspicaz y se dio cuenta de que tras la frágil apariencia, Glenda era una mujercita inteligente, autosuficiente y muy valiente. Aunque también percibió que la embargaba una profunda melancolía, sentimiento que ella no imaginaba que se le notara.
En media hora ella ya había comprado lo que necesitaba.
Damien todo el tiempo la ayudó llevando la bolsa con las compras.
-Gracias por ayudarme y por acompañarme doctor Damien, he comprado lo que necesitaba hoy (el rostro de Glenda volvió a enrojecer).
-No tienes que dar las gracias, la he pasado muy bien. Además ahora sé lo que debería comprar, cómo y dónde hacerlo. Te dije que era excelente aprendiz; Pero te falta algo.
Glenda revisó las compras.
-No, creo que ya lo tengo todo.
-Claro que te falta, y a mí también. Ven, vamos.
Damien la llevó hasta un local de flores.
-Elije las que creas que le gusten a la señora Allison y yo elegiré algunas para obsequiar a mi madre.
-A mi abuelita le gustan todas las flores, las que sean estarán bien, veamos...
-Lleva de todas un poco si es necesario.
-Serían demasiadas.
-Señorita, si le cuesta elegir nosotros le armaremos un colorido ramillete (Dijo el vendedor).
-Está bien, gracias.
-A mí me gustan éstas; Disculpe no sé cómo se llaman, acompañadas de estas rosas… y éstas otras con rosas de diferentes colores. Que sean dos ramos separados por favor (señaló Damien).
-Muy bien doctor ¿Cuántas flores quiere para cada ramo doce o veinticuatro?
-Qué piensas Glenda, necesito tu ayuda ¿Doce o veinticuatro?
-Doce me parecen mejor.
-Que sean doce entonces.
Cuando les entregaron los ramos, Damien pagó y salieron del mercado.
-Glenda, gracias por permitirme acompañarte. Ahora tengo que irme o mi madre hará un drama si me retraso más.
-Gracias a ti. Mi abuelita se alegrará mucho al saber que le envías estás flores.
-Y éstas son para ti; Adiós.
Damien le entregó el ramo de tulipanes rojos y rosas blancas. Al hacerlo le sonrió un poco coqueto, un poco tímido y se fue, dejando a Glenda perpleja.
