Para el representante de Escocia, el desvelarse por beber alcohol no era algo fuera de lo normal, antes, era una rutina que cumplía cada cierto tiempo cuando se sentía… decaído.

Sus ojos serios miraban afuera el paisaje nocturno que la luna brillaba sobre el gran lago Ness, viendo como la única gran habitante nadaba por ahí mientras que escuchaba algunos éxitos antiguos en su gastado radio. Como era de costumbre, cada vez que tenía la oportunidad iba los fines o entre semana allá para vigilar y cuidar de Nessie de algún turista curioso o simplemente poder hacerle un poco de compañía.

Pero aquella noche extrañamente no quería sentirse solo que por lo general le gustaba estarlo. Agarró su botella de Whisky y salió tranquilamente al lago, se hincó a una orilla e hizo una figura extraña en el suelo, esperando a que su buena amiga saliera de allí; así la llamaba, no quería chiflar o hacer algún otro tipo de sonido, pues temía que alguien le llegase a imitar y la pobre monstruo saliera creyendo que se trata de la nación. En el momento que apareció, un agradable sonido lo saludó, siendo correspondida por una suave sonrisa del humano. — Niña, ¿te apetece pasear un rato? —La ser del lago se movía feliz, asintiendo con su cabeza y haciéndose a un lado para que pudiese subir su amigo, porque claro, a Allistor no le gustaba el término «amo», para él los seres mágicos eran como cualquier otro ser existente.

— Ugh, creo que ni borracho ni sobrio logro sacarla de mi cabeza. —Con aquel comentario, Nessie volteó a mirarlo de reojo. — ¡Ya sabes! La rubia que está obsesionada contigo por saber si existes o no. — La cara de ella formó evidente preocupación, le daban miedo los humanos a excepción es Allistor quien la crio. — Me molesta que varias veces aparezca, y no sólo durante el día, ¡sino incluso durante duermo! —Ladeó su rostro demostrando duda. — Su estúpida sonrisa brillante, su chillona voz, esas dulces carcajadas, los apodos cursis que me da. —Entre cerró sus ojos pero cuando la femenina comprendió a donde iba el asunto, le dedicó una mirada llena de picardía, haciendo que el escocés se sintiera abochornado y cubriera su cara un ambas manos. — ¿Qué? No es lo que piensas, ¡son pesadillas! ¡Y es así de fea! — Sacudió su cuerpo un poco fuerte, sabía bien cuando su amigo mentía. —Ugh, no sé cómo puedes pensar en eso, puede que esté buena, pero por favor, estamos hablando de Estados Unidos, nadie querría salir con ella. — «A excepción de mí», agregó en su mente. — No me mires así. — El chico compitió con una mala mirada a su compañera, cuando de repente sintió un fuerte golpe en su cabeza, sabía que lo hacía cuando ella le regañaba; era consciente de ser terco, ¡Pero en ése momento no se merecía el calvazo que le dio! Siempre le dolía demasiado los golpes de ella, ¿Y cómo no? — ¡Ouch! ¡Sólo digo la verdad! —Cuando menos se lo esperó, fue por el segundo golpe.

Después de discutir un rato y de que la nación cayese al agua (por evitar un tercer golpe) fue de regreso a la cabaña en la que descansaba cada vez que iba, bufando y maldiciendo. Una vez adentro de su habitación, cambió por completo su vestimenta, hasta que recordó algo. ¿Y su chamarra?, ¿dónde la habría dejado? ¿No traía consigo la botella? Dudaba que el primero se fuera al fondo del agua, pero mañana le pediría a Nessie que le dé su preciado Whisky, claro, si lo perdonaba en primer lugar. Se dispuso a dormir, pero se quedó mirando al techo fijamente, con sus brazos detrás de la nuca. Le dedicó una mirada casi fugaz a la luna y luego bostezó. — ¿Será? —Arqueo su poblada ceja. — Es demasiado atenta conmigo y es siempre dándome cariño como un abrazo o al menos un pellizco en la mejilla. — Chasqueo levemente con la lengua, frunciendo su ceño al sentir su rostro levemente ardiendo y cerró sus ojos. — ¿Qué diablos estoy pensando? Es una mujer, por lo general son así con todos. — Sintió una molestia en el estómago. — Sí, así es Emily, carismática y cursi, no debería sentirme especial.

Dio un brinco para quedar boca abajo y descansar. Suspiró profundo y lento, dedicándose a pensar en la dueña de aquellos ojos tan azules como un par de zafiros, que reflejaban un brillo tan precioso que le hacían sentir que en ellos encontraría la solución a su soledad.