Reto Reyes de la Noche de 5 días, del foro ¡Siéntate!

Inuyasha es propiedad de Rumiko.


Hangover

(Día 3: Ajo)


Lo miró, con sus ojos el doble de abiertos de lo normal, sus pupilas proyectando furia hacia él.

Inuyasha consideró agregar las miradas de esa mujer a la lista de cosas que podían matar a los de su especie.

- ¿Qué me has hecho? – Le gritó mientras cruzaba la distancia del baño hasta la habitación con pasos largos y más rápidos de lo normal - ¡Reviértelo ahora mismo!

El peliplateado cerró los ojos y, masajeándose las sienes, contó hasta diez.

- No puedo, Kagome. Lo siento, pero una vez que está hecho no se puede volver atrás – le dijo tratando de usar su voz suave, mirándola a los ojos con expresión seria, para hacerle entender que no estaba mintiendo

Ella lo entendió. Y un segundo después de hacerlo, se le lanzó encima.

Algo que, por supuesto, Inuyasha no se esperaba.

- ¡Tú! ¡Maldito idiota! – le gritó mientras lo golpeaba en los brazos, en la cara, con sus puños. O eso trataba. Inuyasha había reaccionado lo suficientemente rápido para cruzar sus antebrazos en frente de su cabeza, en un intento por protegerse de la enfurecida muchacha.

- ¿Cómo te atreves? ¡Acabas de joderme la vida! ¡¿Qué se supone que le diré a mi madre?! ¡Te mataré! –

Con un gruñido, y considerando que ya la había dejado descargarse lo suficiente, el chico la tomó de los brazos y, empujándola, los rodó en la cama posicionándose encima de ella

- ¡Ya cálmate! ¿Crees que lo hice a propósito? De todas formas es tu culpa, ¿Quién te manda a oler tan jodidamente bien?

Tanto por la acción como por las palabras del ojidorado, Kagome se quedó muda.

Su sonrojo disparó el de Inuyasha, una vez que ambos entendieron lo que acababa de decir.

Él dejó salir un gruñido de frustración, soltando los brazos de la chica y alejándose hacia el otro extremo de la habitación.

Cuando se hubo calmado lo suficiente, se dio media vuelta y la miró a los ojos.

- Lo siento ¿Si? – Dijo apretando los puños. No podía creer que se encontrara en esa situación – Soy un imbécil. Lo sé. Soy débil, también lo sé. Pero no puedo hacer nada al respecto. Ojalá pudiera, pero no. Lo siento, Kagome – terminó de despotricar, dejándose caer en el suelo, tomando su rostro entre sus manos.

Kagome lo observó en silencio.

El chico de verdad parecía arrepentido.

No es como si eso solucionara la situación, o la hiciera menos irreal, pero al menos se consolaba con el hecho de que no le había jodido la vida a propósito.

De hecho, si lo pensaba, no sabía si se la había jodido en algún punto.

Después de todo, por lo que había leído de los vampiros – que no era poco, llámenla freak pero le fascinaban – eran rápidos, fuertes, no envejecían, y a veces hasta tenían la capacidad de leer mentes y otras mierdas bastante geniales.

Si consideraba la situación, reconocerse a sí misma como una de esas criaturas no la incomodaba demasiado.

Excepto, claro, porque tendría que alimentarse de personas por lo que quedaba de la eternidad.

Eso no era poco.

Suspiró. Era demasiado para procesar. Ya se encargaría luego cuando volviera a su casa.

Mientras tanto, tenía un atractivo vampiro para consolar.

- Oye – Lo llamó suavemente. Su voz sonando extraña, aunque agradable, en sus oídos – Está… está bien, Inuyasha –

Él bufó, y una sonrisa sarcástica ocupó sus labios.

- Sí, claro. No tienes que fingir, Kagome. Estás en todo tu derecho de odiarme-

Carajo, odiaba ponerse en plan autocompasivo, pero realmente se sentía mal.

Después de todo, le había hecho a alguien algo que a él le arruinó la existencia.

La azabache se acercó hacia donde estaba el vampiro agachado, su cuerpo sintiéndose más ligero.

Era extraño comenzar a notar paulatinamente, y aun así de golpe, todos esos cambios en su anatomía.

Dobló sus rodillas para ponerse a su altura, y en tono conciliador le dijo:

- Escúchame, esto es raro. Seguro, tardaré en acostumbrarme, pero no es el fin del mundo. Además, siempre me han gustado los vampiros – se encogió de hombros, sonriéndole condescendiente.

A Inuyasha eso sólo lo frustró más.

Se levantó de golpe, alejando a Kagome en el acto, y mirándola con ojos desesperados casi gritó al hablar

- ¿Es que no lo entiendes, Kagome? ¡Acabo de joderte la vida! ¿Cómo puedes estar tan tranquila? ¡Ni siquiera pudiste defenderte, o decirme que no! ¿Y todavía quieres calmarme tú a mí? ¡Golpéame, grítame, haz algo, joder!

Otra vez, la azabache se quedó sin palabras

La explosión del chico la había dejado muda. Y es que, realmente, parecía estar tomándoselo peor que ella misma.

Realmente se sentía mal.

Ella suspiró, cerrando los ojos.

Inuyasha esperó una catarata de insultos, un grito que lo dejara sordo, un golpe que lo hiciera volar por la ventana hasta el edificio de en frente.

Pero en lugar de eso, cuando Kagome abrió los ojos, sus irises - ahora rojos - reflejaban una mirada solemne, que acompañó sus siguientes dos palabras.

- Te perdono – Le dijo, acercándose

Él no pudo moverse. La sinceridad en su voz lo dejó de piedra.

Ella aprovechó su quietud para tomarlo de la mano.

Sé que te sientes como una mierda, pero eso es lo que me hace entender que no lo hiciste a propósito. No te culpo. Así que cálmate, Inuyasha. Si yo puedo perdonarte, tú puedes hacer lo mismo contigo.

El ojidorado se quedó perplejo.

Lo estaba dejando pasar.

Él la había convertido sin su consentimiento. Había hecho lo mismo que le hicieron a él tres años atrás. Le había jodido la vida, y no había forma de solucionarlo.

Y ella, simplemente, lo estaba perdonando.

De alguna forma, se sintió un poco – sólo un poco – mejor

Le sonrió en agradecimiento.

- Bueno… de todas formas, te ves mejor así – le dijo, en un intento de halago.

Inuyasha notó cómo su rostro pasaba de la ofensa - ¿Por qué había aparecido esa expresión en su rostro, acaso no le gustaban los halagos? – al miedo y la preocupación, en el momento en que posaba su rostro sobre la pantalla de su celular.

Es mi madre – le dijo ella, e Inuyasha sólo pudo golpearse mentalmente

Mierda, esto se va a poner feo.

- ¿Hola? – Contestó, forzando su voz a salir lo más normal que pudiera.

- ¡Kagome! ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¡Te fuiste ayer en la noche y todavía no regresas!- Kagome alejó el aparato de su oído unos centímetros. La voz chillona y repleta de pánico de su madre del otro lado del teléfono casi la deja sorda.

Estoy bien, mamá – contestó, tratando de sonar despreocupada.

Bueno, eso si omitimos el hecho de que me desperté en la casa de un vampiro desconocido, convertida en uno.

- ¡Qué alivio! ¡No vuelvas a asustarme así, jovencita, que para algo te pago el celular! ¿Dónde estás?

Mierda.

No era nada, nada buena mintiendo.

Pero si íbamos al caso, tendría que confesarle cosas peores que haberse quedado a dormir en la casa de un chico.

- En la casa de un amigo – intentó sonar casual – estuvo con nosotras en el club anoche, su departamento estaba a la vuelta así que nos vinimos para acá. Ya voy para casa.

- ¡Oh, bien, tráelo a cenar, si quieres! – dijo su madre del otro lado del teléfono, y ella miró el aparato como si se hubiese averiado – después de todo, él te dejó dormir en su casa.

Kagome lo consideró unos segundos.

Bueno, no sería tan mala idea tener a Inuyasha cerca por si las cosas se ponían feas

- Eh… bueno. ¿Qué hay para cenar? – desvió el tema y al mismo tiempo, esquivó la mirada intrigada de Inuyasha

- ¡Chuletas al ajo! Que justamente se me están pasando. ¡Adiós, amor! ¡No tarden!

Y con eso, su madre cortó la llamada.

Ella miró al chico a su espalda, cuyos ojos le preguntaban en silencio qué demonios estaba pasando.

- Así que, Inuyasha… ¿Qué tan cierto es el mito de nuestra intolerancia al ajo?


Hola si qué tal

No sé si es precisamente una buena historia, pero ¡Al menos estoy cumpliendo con los días! Merezco un poco de crédito por eso. Creo.

Bueno, este fue el tercero. Espero que les haya gustado!

¡Nos vemos en el cuarto!

Saludos, K-trasca