1988
-¿Murphy estas seguro de esto?-Le preguntó Emori atemorizada a su novio encendiendo unas velas para iluminar el lugar.
-Sí, la casa esta abandonada desde hace años, nadie la ha comprado porque dicen que se suicido una mujer aquí con un revolver. ¡Bang!-Gritó el chico asustándola y sonriendo complacido ante el pequeño respingo de la joven.-Se voló los sesos.-Murphy saco un tablero de ouija, ambos se sentaron en el suelo polvoriento desde hacia décadas.-¿Hola? ¿Hay alguien aquí?-Un cristal estalló en pedazos a su izquierda delante de la chimenea haciéndoles saltar de su sitió.-¿Has sido tú?-Se levanto el chico recogiendo el portarretratos que había caído y mostrándoselo a Emori.-¿Puedes mover algo más?-Las llamas de las velas parpadearon mientras Murphy se volvía a sentar.
-Me parece que no estamos solos.-Susurró la joven.
-Tenemos un tablero con el que puedes comunicarte, guíanos.-Colocó sus dedos sobre el puntero junto los de Emori.-¿Apareces en esta foto?-Recibieron un "Sí" a modo de respuesta.-¿Eres la mujer que se suicido aquí?-Sus manos fueron guiadas hasta otro sí.-¿Eres la rubia o la morena?
"R-U-B-I-A"
-¿Por qué lo hiciste?-Preguntó Emori con desconfianza pensando que era su novio quien hacia los movimientos.
"A-M-O-R"
-¿Por qué sigues aquí?-Un escalofrío recorrió al chico.
"D-E-B-O-E-N-C-O-N-T-R-A-R-L-A"
-¿A quien?-Emori parecía emocionada.
"T-E-N-G-O-Q-U-E-I-R-M-E"
En esos mismos instantes muy lejos de aquel lugar una joven cuyo nombre era Abby estaba dando a luz.
-¡Empuja!-Le gritó la comadrona tomando en sus manos una pequeña cabeza que asomaba por la vagina de la mujer.-Un empujón más Abby.
La mujer gritó en un ultimo esfuerzo y un descontrolado llanto la hizo sonreír. Era una preciosa niña con la cara algo enrojecida por la presión a la que había estado sometida atravesando el canal del parto y debido también porque se había encanado a llorar.
-Clarke se va a llamar Clarke.-Murmuró desde el potro Abby.
En cuanto la comadrona dejo el bebe sobre los brazos de la enfermera para que esta la limpiara la pequeña criatura ceso su llanto.
-Vas a ser una madre estupenda.-Comentó la comadrona a esa mujer embarazada de pocos meses que limpiaba a la pequeña Clarke.
-¿Ya tienes nombre?-Preguntó Abby intentando recuperar el aliento.
-Lexa. Estoy segura que será una niña.-Respondió sin emoción.
-Quizás sean amigas en un futuro.-Comentó recibiendo a su hija entre sus brazos.
-No creo.-Respondió fríamente la enfermera abandonando la sala.
Abby miró confusa como se cerraba la puerta.
-El padre de la criatura no se quiere hacer cargo de ella.-Cotilleó la comadrona.-La pobre muchacha volverá a su pueblo junto a sus padres, tan joven y tener que ser madre soltera, va a ser un estigma.
Abby se compadeció de la joven y de la criatura que llevaba en su vientre, la sociedad podía llegar a ser cruel ante los prejuicios. Miró a su pequeña prometiéndose que no le faltaría de nada, que la educaría para que fuera una persona abierta, comprensible que siempre estuviera dispuesta a ayudar a los demás.
Su esposo entró emocionado por conocer a la pequeña Clarke.
En la actualidad.
Me había cambiado veinte mil veces de ropa para ir a cenar a casa de Clarke con sus padres. Buscaba algo ni demasiado formal ni muy casual, me decidí por una camisa vintage abrochada hasta el ultimo botón y unos pitillos negros.
Me arrepentí por el camino de llevar camisa, el cuello o yo misma me asfixiaba y si la desabrochaba seguro que parecería un narcotraficante de los años 80, como el famoso Tony Montana "Scarface" interpretado por Al Pacino, así que aguante la presión.
Un hombre me abrió la puerta y me paralice. Debía ser Kane el marido de su madre, quien iba a ser mi abogado en el juicio por agresión pero tenia la sensación de conocerlo ya.
-¿Lexa?-Sonrió.-Soy Marcus.-Me estrecho la mano invitándome a pasar.-Abby no sabe nada del juicio.-Susurró.
Era demasiado pronto para conocer a sus padres pero la invitación de Clarke era una escusa para que Kane me conociera y habláramos, ya que me había llegado la citación del juzgado.
Kane me guió hasta la cocina, yo trataba de recordar durante el trayecto de que podía conocer a ese hombre.
-Hola.-Un tímido saludo de Clarke quien tiró de mi mano hasta dejarme frente a su madre.-Mama te presento a Lexa, mi novia.
¿Novia? Un calor se apodero de mi cuerpo, tenia las palmas de las manos sudorosas y Abby me analizaba con la mirada.
-Qué guapa eres.-Me dio dos besos.-Encantada Lexa.-Se quedo un instante pensando mientras yo tartamudeaba un saludo de vuelta.-Cuando nació Clarke había una chica embarazada que le quería poner el mismo nombre que tienes a su hija.
Sonreí educadamente ante aquella anécdota.
Nos dejaron solas en la cocina un instante mientras ellos terminaban de poner la mesa. Clarke me arrincono contra la encimera, acercándose lentamente mostrándome sus intenciones con una sonrisa traviesa. Me beso con intensidad, apretando su muslo en mi entrepierna, arrebatándome el aliento y la voluntad.
Devoraba mi boca como si no tuviéramos otra oportunidad de hacerlo. Tiró de mi labio tomando distancia.
-¿Estas bien?-Acarició mi mejilla sonriente y yo asentí.-Solo tengo ganas de ti.-Susurró.
Clarke frotaba mis labios con su pulgar intentando borrar las marcas de pintalabios que me había dejado tras el beso.
-¿Cenamos?-Preguntó Abby desde la puerta enrojeciéndome.
-Ahora vamos mama.-Murmuró Clarke cogiendo mi mano.
Nos sentamos en la mesa del patio a cenar, la brisa era agradable y como siempre hacia mejor temperatura que en el interior de la casa.
-¿Y tus padres Lexa?
¡Oh!
-Me criaron mis abuelos.-Murmuré antes de beber de mi cerveza.-A mi padre no lo conocí y...-Clarke apretó mi nuca consolándome pues desconocía la historia.-Mi madre tampoco estuvo.
La verdad es que mi madre había caído en malos pasos, estuvo ausente toda mi infancia hasta que la encontraron muerta por una sobredosis. Por ello me consideraban una paria en el colegio, tanto los compañeros de clase como sus padres, cosa que me convirtió en una niña retraída. Al menos tuve al enclenque de Lincoln a mi lado, cuando dio el estirón transformándose en un armario nadie se volvió a meter con nosotros.
-Lo siento.
-Tranquila.-Negué nerviosa y di otro trago.
Mi mirada se desvió durante toda la cena hacia Kane, aun no había conseguido recordar de que lo conocía y cuanto más empeño le ponía más me alejaba de la respuesta correcta.
Hablé con él en privado cuando Clarke se llevó a su madre para que la ayudara a fregar los platos.
Kane me aseguró tras mi pregunta que no nos conocíamos de nada pero mi mente no estaba conforme.
Me explico cual iba a ser mi defensa. Tenia que aceptar los hechos y declararme culpable, había un parte médico que decía que Finn había ingresado con la nariz rota, había un atestado policial en el cual constaba que yo había resultado detenida en la pelea del bar y que un montón de testigos me habían visto dar el primer puñetazo. Pero siendo mi primera falta y con el escenario que había preparado Kane para explicar el ataque posiblemente no tuviera ni que pisar una cárcel, pero sí pagar una multa y cumplir servicios comunitarios.
Me trasmitió confianza en sus palabras, parecía un orador innato. Lo observe con admiración escuchándolo hablar, claramente Marcus Kane disfrutaba de su trabajo y por momentos me resultaba tan familiar oír su voz.
Clarke me convenció para que me quedara a dormir con ella. La verdad que me deba muchísima vergüenza cuando su madre a la cual acababa de conocer estaba bajo el mismo techo que nosotras.
-No sabia eso de ti.-Me sentó sobre la cama y ella a horcajadas sobre mí acariciando mi cuello con cariño.
Le había contado como sobreviví a mi infancia refugiándome en la historia, leyendo mitos sobre héroes, dioses, semidioses, titanes...
-Hay muchas cosas que no sabes Clarke.-Miré hacia sus ágiles manos que desabrochaban los botones de mi camisa.
-Quiero saberlo todo.-Me beso con ternura colocando sus manos en mis hombros bajo la camisa retirándola.-Deberás ponerte un pijama, no vaya a ser que a mi madre le de por entrar.-Se levantó en busca de una camiseta.-Intenta no desnudarte.-Sonrió entregándomela.
-¿Desde...-Aclaré mi garganta y me puse la camiseta.-Antes cuando...-Mi pierna se movía nerviosamente no sabia como preguntarle aquello.
Clarke se acuclilló ante mí, apoyando sus brazos sobre mis piernas frenando el incesante movimiento de estas.
-¿Por qué le he dicho a mi madre que eres mi novia?-Inquirió alzando una ceja. Asentí.-Porque quiero que lo seas.-Tomo mis manos entre las suyas.-Te va a parecer muy cursi pero...-Sonrió nerviosa.-siento que estaba predestinada a conocerte.-Cerró los ojos negando divertida.-No te rías por favor.
-No lo hago Clarke.-Tiré de ella y nos acomodamos en la cama.-Contaba Platón que hubo una época en la que eramos seres con cuatro piernas, cuatro brazos, dos rostros...-Empecé a susurrar para ella quien jugaba con mis manos escuchando con atención.-Hasta que decidimos enfrentarnos a los dioses, Zeus nos dividió en dos para debilitarnos. Desde entonces solo somos media persona que busca su todo, el resto de su ser que la complete.
-Pues yo ya te he encontrado.-Apoyo su frente contra la mía.
Acaricié sus labios con los mios antes de besarla apretándola a mi cuerpo, recorrí el suyo con mis manos, deleitándome del suave contacto.
La temperatura de nuestros cuerpos subía pero no hacíamos nada por liberarnos de tal tortura, solo echábamos más leña al fuego que nos consumía.
Nuestras manos descendían colándose por debajo de la ropa, en busca de un manantial de agua fresca que apagara nuestra sed. Nos bañamos una en la otra, conteniendo cada gruñido, conteniendo hasta la respiración pues no la necesitábamos cuando nos insuflábamos el aliento suficiente en cada jadeo para vivir.
Me desperté sobre saltada en mitad de la oscuridad, Clarke se había incorporado de golpe en busca de aire, parecía que se estaba ahogando. Encendí rápidamente la luz y me senté frente a ella preocupada.
-¿Clarke? ¿Estas bien?-Me miró confusa respirando agitada.-¿Una pesadilla?-Asintió y me abrazo con fuerza.-Todo esta bien.-Acaricie y bese sus cabellos dorados.
Desde que vi la foto que me regalo Clarke tenia una intuición. Le había encargado a Lincoln que me hiciera un boceto del posible aspecto de la segunda momia del túnel. A él siempre se le había dado bien dibujar.
Cada mañana antes de trabajar Lincoln y yo soliamos desayunábamos en la misma cafetería.
-Buenos días.-Dejó el dibujo delante de mí.-¿Te pido lo mismo de siempre?-Asentí y se fue a la barra.
Observe el dibujo, estaba en lo cierto, se parecía a Clarke pero no del todo. Saqué un bolígrafo y pinte un pequeño lunar sobre el labio del retrato, innegablemente era ella, al igual que en la foto.
Acaricié cada trazo del papel, era tan hermosa. ¿Cuantas posibilidades había que dos personas se encontraran en tres épocas diferentes?
Pasé la mano sobre el tatuaje del uróboros de mi pantorrilla que estaba apoyada en la rodilla de la otra pierna. ¿Y si ciertamente todo era un ciclo sin fin? Teniendo que vivir una y otra vez repitiendo el mismo proceso. Como el eterno retorno.
-No ha cambiado nada.-Susurró una mujer a mi espalda mirando el dibujo. Luna.-¿Me recuerdas?
Se sentó a mi lado poniéndome nerviosa, no me gustaba que los desconocidos invadieran mi espacio vital. Guarde el boceto en mi mochila, lejos de ojos curiosos.
-Luna la egipcia.-Mi primera respuesta pareció complacerle.-De la tienda de los amuletos.-Su ceño se frunció.-Pensaba que solo estarías hasta el domingo.
La mujer estaba a punto de decir algo cuando mi compañero dejó los cafés en la mesa y tomo asiento. Luna se sorprendió al verlo como si lo conociera, lo observo detenidamente.
-Lincoln.-Le tendió la mano sonriendo.
-Luna.-Se la estrechó.-¿Puedo?-Volteó la mano de mi compañero recorriendo con los dedos cada linea su palma.-Todo correcto.-Dijo con una sonrisa sorprendiendo a Lincoln.-¿Me dejas?-Me miró con esa intensidad que me asustaba.
No estaba segura de ello, ni siquiera creía en estas cosas pero en ese momento no creía ni en la realidad que tenia ante mis ojos.
Le ofrecí mi mano, me miró con curiosidad dibujando mis lineas con sus dedos haciéndome cosquillas.
-¿Qué?-Pregunté nerviosa apartando mi mano de las suyas.
-Realmente no sabes quien soy.-Sus oscuros ojos se encendieron en llamas.-Estas ahí dentro lo veo en tu mirada. Jugaste con lo desconocido cartaginesa y ahora no puedes huir de la muerte, tu cuerpo mueré pero tu alma no descansa, eres tú pero no eres nadie.-Su tono de voz se volvió tenebroso.-Lo vi, vi tu condena y te advertí.
Cada palabra que pronunciaba esa mujer me llenaba de miedo y agonía.
-Vale.-La cortó Lincoln sacando su cartera.-Muchas gracias pero tenemos que desayunar.-Le dio un billete para que se marchara.
218 a.C.
Los políticos habían enviado un emisario a Roma para pedirles ayuda ante la amenaza del ejercito cartaginés que se acercaba a la ciudad.
En el silencio de la noche se oía su avance sobre estas tierras, haciendo que el suelo temblaba bajo nuestros pies.
Por la mañana la ciudad se despertó totalmente sitiada por un gran ejercito de soldados, mercenarios, caballería y enormes bestias cuya piel parecía de piedra gris.
El magistrado nos explico la difícil situación en la que nos encontrábamos, pues Roma no tenia dinero para mandar ninguna legión en nuestra ayuda debido a otras guerras. Pero el senado ya había impuesto un pago especial a sus ciudadanos para poder socorrernos.
Lexa observaba a su viejo ejercito acampado alrededor de la ciudad, la abracé por la espalda.
-Han traído elefantes.-Susurró.-Demasiados recursos para atacar esta ciudad.-Negó con la cabeza.-No se van a detener aquí.
-¿Luchabas con ellos?-Pregunté con temor.
-Sí, por eso mismo te pedí que escapáramos de aquí cuando aun era posible.-Murmuró con tristeza.
-¡Ven!-Tiré de su mano y arrastré a Lexa hasta casa para entrar a una pequeña estancia.-¡Ayúdame!
Movimos un pesado arcón, luego retiré una losa del suelo abriendo un túnel que atravesaba la ciudad hasta más allá de la zona sitiada.
-¿Qué es esto?-Lexa parecía confusa.
-Tu libertad cartaginesa.-Cogí un cordón de cuero y lo anude a mi anillo para colgárselo al cuello.-Te doy la libertad Lexa, vuelve con los tuyos.-Se me anudo la garganta.
-Ven conmigo.-Tomó mis manos.-Te lo ruego.
-No puedo abandonar a mi gente.-Solté mis manos.-Se feliz.-Sonreí con tristeza.
-No puedo dejarte aquí.-Me aprisiono contra la pared.-Te llevare conmigo.-Me dijo con ira y los ojos vidriosos.
-Lo harás, es mi ultima orden esclava.-Mi voz se había roto.
-Hablaré con el general.-Colocó sus manos sobre mis mejillas.-Volveré a por ti te lo juro.-Presiono con fuerza su frente contra la mía.
-No es necesario, ya has hecho demasiadas cosas por mi.-Acaricié por ultima vez sus manos derramando unas lágrimas que ella detuvo con sus labios.-Márchate de una vez antes de que nos descubran.
Dejo un pequeño beso en mis labios antes de bajar por unas rusticas escaleras de madera hacia el túnel.
-Volveremos a vernos dominus.
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