Capítulo 2.
"Algún día"
Hagrid y Harry aterrizaron en lo alto de una colina. A lo lejos, se podía observar una casa bastante desfigurada y tuerta. La Madriguera se abría paso entre aquel océano verde. Hagrid de repente parecía más relajado, y su barba ya mostraba una sonrisa más bonachona que antes. Harry notó que tenía bastantes heridas, y también el ojo hinchado. Parecía que había estado peleano.
-Eso tiene mala pinta – comentó Harry, señalándole el ojo.
Hagrid le miró y sonrió por primera vez.
-Lo sé. Ha sido con un hombre del Ministerio, que te estaba espiando hoy. Gracias a la manipulación de Quien-Tú-Sabes, hay muchísimos mortígrafos empleados en el Ministerio. Y más aun en la Red Flu, y donde controlan las Apariciones. No es bueno Aparecerse cuando estás huyendo de algo. Siempre hay un mortígrafo que te acaba encontrando.
-¿Y qué hacéis los de la Orden?
-Bueno… vigilamos lugares que Dumbledore nos indicó, te vigilamos a ti… pero de momento nada. Estamos esperando tus órdenes.
-¿Mis… órdenes? – dudó Harry.
Hagrid se rascó la cabeza. Al parecer, eso le desconcertaba tanto como a él.
-Bueno, Dumbledore dijo que si algo le pasaba deberíamos de hacer todo lo que nos dijeras. Aunque no nos contaras lo que te traes entre manos.
Bajaron un poco. Harry, mientras esquivaba una gran roca, meditó sobre lo que Hagrid acababa de decir.
-¿Y… tú que opinas?
-¿Yo? – respondió Hagrid, como si no fuera bastante evidente.
-Sí – confirmó Harry -. Sí, Hagrid, tú. ¿Qué piensas sobre el que debería de daros órdenes soy yo?
-Hombre – musitó Hagrid -. Realmente, no es que vayas a darnos órdenes. Dumbledore solo dijo que si nos necesitabas, que te ayudáramos. Pero, como no tenemos nada, ni una pista ni nada; estamos esperando lo que tengas que decirnos.
-Muy bien – respondió Harry, mientras pisaba la última parte de la colina. Ya era solo un camino recto hacia la Madriguera -. Pero yo no voy a deciros nada. Dumbledore quería que así fuera. Yo… bueno, no estaré mucho tiempo aquí. Después de la boda, me marcharé.
-Pero Harry, ¿Adónde vas a ir? No, Harry. Tenemos que hablar. Cuando lleguemos nos estarán esperando… y será mejor que nos digas qué es lo que Dumbledore te dijo exactamente. Lupin quiere saberlo. Ha estado preguntando a Ron y Hermione, pero no han dicho nada…
Harry empezaba a enfurecer.
-¿Qué Lupin ha hecho qué?
Llegaron al umbral de la puerta, por lo que Hagrid no contestó y llamó a la puerta. Abrió la señora Weasley.
-¡Harry! – exclamó la mujer, echándose encima para abrazarlo con efusividad. Tras unos instantes en los que Harry había correspondido el abrazo, se despegaron -. Pasa, pasa, te están esperando.
Harry había esperado aquel momento desde hacía mucho tiempo… iba a reencontrarse con Ginny… o tal vez no, tal vez estuviera dormida. Aún no había amanecido. Pero el amanecer no tardaría en llegar… y el reencuentro con Ginny era inevitable.
Se sentó en la cocina, y para su gusto, vio que había un plato con unos huevos revueltos y un par de tostadas. La señora Weasley le indicó que eran para él y Harry se lo comió de muy buen gusto. Siempre había añorado los desayunos en Hogwarts o en casa de los Weasley, por que realmente en Privet Drive estaba muy desalimentado.
Levantó la vista del plato, y comprobó que se había quedado solo en la pequeña cocina. Había estado tan ocupado con su comida que no se había anonado de que la señora Weasley y Hagrid se habían ido al comedor a conversar. Se oían más voces, y parecía que hablaban de una inminente llegada. Y, como si fuera por arte de magia, el timbre sonó; provocando que la señora Weasley acudiera para abrir la puerta. Remus Lupin entró deslizándose, sangrando por un hombro. Y Tonks y Kinglsey le seguían, con no mejor estado que Lupin. Estaban bastante maltrechos.
Harry se levantó para ayudar a los heridos y colaborar con el proceso de curación, ya que había aprendido algo. Los llevaron al comedor, y cada cuál se sentó en un sitio.
-¿Pero vosotros no os teníais que aparecer en casa de Kingsley? – gritó Hagrid, con una visible preocupación.
-Así es – respondió el propio Kingsley -. Pero han encontrado mi casa y nos esperaban allí un par de ellos. Hemos tenido suerte de poder escapar.
-¡Pues espero que no os hayan rastreado! – masculló la señora Weasley, mientras le aplicaba un poco de ungüento a Tonks en la espalda por una quemadura -. ¡No pueden encontrarnos!
-Tranquila, Molly – habló Lupin, ya más sereno que anteriormente -. Esta casa cumple todos los requisitos de protección mágica media-alta, ha sido supervisada por todos los miembros de la Orden, y por el propio director…
Aquello dejó a Harry con los ojos muy abiertos.
-¿Qué acabas de decir? – preguntó Harry, con severidad. Lupin lo miró a los ojos, y Harry sintió que Lupin siempre le apoyaría. Era una mirada muy expresiva. Pocas personas podían garantizarle aquello con una sola mirada. Remus era una de ellas.
-Harry, Dumbledore nombró a un nuevo director en su testamento. Sé que es posible que no te caiga bien… pero es un hombre de principios morales bastante buenos. Es un poco engreído, pero en el fondo es un buen hombre, y siempre va con la verdad por delante…
-¿¡Pero quién es!? – se levantó furioso -. ¿¡Quien es ese hombre!?
-Es… Ryan Oriseth, un viejo amigo de Albus.
Y Harry recordó con horror que ese nombre le sonaba de algo. Era la persona con la que se había entrevistado Rita Skeeter, la persona que había rajado a Dumbledore por la espalda, después de que este hubiera muerto. La persona que decía sandeces sobre él, que mentía sobre su vida y pretendía rebajar su figura.
Ya estaban todos reestablecidos. Tonks estaba sentada en el sofá, al lado de Lupin. Y Kingsley en una butaca un poco más cómoda. No había sido nada, estaban todos bastante bien, aunque Harry no daba crédito a lo que Lupin le acababa de decir.
-No puedes estar hablando en serio… ¿Sabes…? ¿Sabes todo lo que dijo sobre Dumbledore?
Lupin suspiró, y Tonks y Kingsley evitaron mirarlo directamente. Parecía que todos estaban esperando este momento. Era como si fueran conscientes de que esta conversación se iba a producir tarde o temprano… y Lupin parecía que tenía pensado algo que decirle.
-Harry, sé lo que estás pensando. Pero, antes de que digas nada…
-¿Qué me vas a decir? ¿Qué Rita Skeeter lo ha engañado?
-No, Harry, no es así. Rita Skeeter no lo ha engañado… pero tampoco dice toda la verdad. Hay cosas que la propia Rita Skeeter ha añadido. Y sabes de lo que es capaz Rita con tal de manipular a la multitud… Harry, tú más que nadie deberías de saberlo.
Era cierto. Rita era capaz de eso y mucho más.
-Pero… bueno, pero realmente, Ryan piensa así. El piensa eso sobre Dumbledore, y aun así Dumbledore le nombró a el como el siguiente director de la Orden del Fénix. Dumbledore sabía lo que hacía, Harry. Creo que Ryan es el perfecto líder de la Orden… por supuesto, nunca le llegará a Dumbledore al tobillo… pero es lo que hay. Y no podemos evitarlo… aunque si pudiéramos no lo haríamos. Nos gusta la forma de trabajar de Ryan.
Harry no daba crédito. No podía creer que Lupin prefiriera a un desconocido antes que al propio Dumbledore. Esto no podía estar pasando… era inverosímil. Necesitaba alejarse de aquella cruda realidad.
-Harry. Tenemos que hablar – Kingsley había retomado la conversación hacia otro tema -. Tenemos que hablar sobre ti… y sobre Dumbledore. Queremos ayudarte.
-¿Y Ron? – indagó Harry, cambiando drásticamente de tema y sorprendiendo a sus interlocutores.
-A…arriba, creo – musitó la señora Weasley.
Dicho y hecho. En solo un minuto, Harry abrió la puerta del dormitorio de Ron. Dentro estaban Ron y Hermione, conversando. Ambos dirigieron su cabeza hacia el umbral de la puerta y sonrieron, imitando la forma del rostro de Harry. Las tres personas produjeron una mueca de felicidad, al reencontrarse.
-¡Harry! – exclamó Hermione, que fue la primera en levantarse para ir a abrazarlo. Ron aguardaba en segunda línea con una amplia sonrisa. Después fue el turno de Ron de abrazar a Harry.
-¿Qué tal? ¿Cómo os va? – indagó Harry, con una falsa sonrisa. No estaba muy contento, pero quería aparentarlo delante de Ron y Hermione. Ambos se dieron cuenta de que algo no funcionaba bien, ya que pararon de sonreír.
-Harry… estamos muy alegres de que estés bien… ojalá hubiéramos podido estar allí contigo. No sabes la rabia que nos ha dado.
-Es cierto, Harry – concordó Ron, mirándolo.
-Lo sé – respondió Harry, con sinceridad -. Y con eso me basta, en serio. No os preocupéis… yo no quería que estuvierais allí, era demasiado peligroso.
Ron y Hermione asintieron con comprensión. Harry se sentó y los observó a ambos. Allí había algo raro, algo que se había perdido y que se le escapaba. Y Harry sabía por donde iban los tiros.
-Un momento. ¿Por qué no habéis bajado antes a verme? Sé que era temprano, pero aún así parece que lleváis siglos despiertos.
-Sabíamos cuando habías llegado, pero esto estaba hablado de antes. La madre de Ron nos había ordenado que esperáramos a que subieras tú, que tenían que hablar contigo. Y… ¿Bien? ¿Qué te han dicho?
Harry se sentó, y cerró los ojos. Tragó saliva. Estaba muy estresado…
-Todo el mundo quiere que diga lo que Dumbledore me reveló, y yo no lo voy a hacer. Ni vosotros tampoco.
-Lo sabemos. Lupin nos ha preguntado, pero nosotros no hemos dicho nada – se apresuró a decir Ron.
-Bien – concluyó Harry -. Los de la Orden están esperando que les diga algo… que les pida ayuda, pero no lo voy a hacer.
-Pero… ¿Por qué no? Harry, aunque no les digas lo que te traes entre manos, creo que sería conveniente que hablaras con ellos. Pueden serte de gran ayuda.
-No es su guerra, es la mía.
-¡No, Harry! – exclamó Hermione, levantándose de la cama -. ¡No nos vengas de héroe! ¡Esta no es sólo tu guerra! ¡Es de todos nosotros! ¡Es del mundo mágico! ¿Crees… ¡crees que puedes tú solo con Voldemort!? Harry, no deberías de ser autosuficiente. Hay que saber pedir ayuda, Harry.
Harry miró a su amiga. Estaba al borde de las lágrimas, y Harry sabía por qué. Era cierto, todo lo que había dicho era cierto, pero aun así; Hermione no lo había convencido. Él no quería más muertes, y sabía que podía acabar con todo aquello. Miró a Ron, que le miraba con cara de "Hermione tiene razón".
-Bueno… está bien – mintió Harry. Acababa de ver a su amiga, y no tenía ganas de discutir con ella. Tampoco con Ron, que parecía que le apoyaba a ella -. Pero voy a dormir, estoy muy cansado – eso era cierto -. ¿Me dejáis solo un momento?
-Claro Harry – asintió Hermione -. Pero la boda es mañana, y vamos a empezar con los preparativos. Bueno y la señora Weasley te comprará una túnica de gala luego… a ti y a Ron.
-Muy bien – murmuró Harry, cerrando los ojos y haciendo caso omiso de lo que le decía Hermione.
Era extraño, pero desde lo de Dumbledore, algo había cambiado en Harry. Y Ron y Hermione también lo habían notado. Ya no le gustaba tanto la compañía como antaño. Ahora le apetecía estar más tiempo solo. Pero eso… debía de ser normal.
Se acomodó en la cama, y se durmió de golpe.
El resto del día fue bastante irregular. Harry habló con el señor Weasley sobre las cosas de la Orden, y le comunicó que Ryan Oriseth hablaría mañana con él. Harry no se negó, es más; quería decirle cuatro cosas a ese individuo. Y más aun, quería conocerlo mejor. Sabía que debía de tener algo para que Dumbledore lo hubiera tenido en cuenta… como lo había tenido en cuenta a él.
Harry había seguido pensando en Dumbledore. Lo de su amistad con Grindelwald le había dejado algo descolocado. Arthur Weasley le había confirmado que aunque Rita Skeeter no dijera siempre la verdad, aquello era cierto. Elphias Dodge, gran amigo de Dumbledore, lo había garantizado. Y Harry estaba apenado por aquello. Dumbledore le había decepcionado un poco. ¿Cómo alguien cómo él había podido tener esos ideales? Era increíble. ¿Cómo había cambiado tanto desde entonces? Y algo aún más importante… ¿Qué le había hecho cambiar de ideas a Dumbledore? Estaba un poco triste. Realmente, Dumbledore no confiaba tanto en Harry como él creía, y eso le apenaba. Si confiara en él, se hubiera abierto un poco más, y le hubiera hablado de su vida. Lo que más rabia le daba a Harry, era que no conocía nada de la vida de Dumbledore.
Ginny había salido con su madre para comprar, y por eso aún no la había visto. Tenía ganas de verla. La quería. La amaba. Pero no podía estar con ella. No podía permitir que Voldemort la utilizara, como había utilizado a tantos otros para manipularle. Voldemort no tenía que saber que la quería, que había sido novia suya o algo por el estilo. Aunque estando Draco Malfoy con él, eso era algo difícil. Pero aun así, no podía arriesgarse. Tenía mucha prisa con cargarse a Voldemort… solo para estar con ella, con saborear sus labios y con inundarse en su mirada. Era lo que más deseaba. Pero se tenía que sacrificar un tiempo, hasta que acabara con él. Era un requisito para estar con ella, y creía que ambos lo aceptaban.
Acababan de llegar. Ella y su madre. Harry decidió ir a saludarla. Estaba fuera en el jardín. Salió.
El jardín de la Madriguera había cambiado. Estaba lleno de mesas y de sillas, y había un gran altar situado en la parte oeste, con un gran marco floral donde se realizaría el acto de unión mágica. Ginny se encontraba sentada mirando hacia el horizonte, de espaldas a Harry, y parecía que era consciente de su presencia. Se sentó a su lado, y Ginny no se dedicó ni un segundo a observarlo, ni a decirle nada. Tenía que ser Harry el que hablara.
-Hola, Ginny.
-Hola – fue su única respuesta.
Estuvo un rato a su lado, sin decir nada. Era un momento precioso. La brisa le golpeaba suavemente su rostro, y compartía esa bella vista con la persona que amaba y con la que deseaba compartir el resto de su vida.
-Sabes que te quiero, Ginny – murmuró Harry.
-¿No me digas? – ironizó Ginny -. No juegues conmigo Harry. Ya has cortado.
-Ginny… yo te quiero. Pero es un error estar juntos.
En ese instante, Ginny le miró a Harry a los ojos. Harry se derritió ante aquella mirada de dulzura y encanto, pero aun así no cedió. Ginny volvió a hablar con su característica voz dulce.
-Pero ¿Por qué Harry? Has cortado conmigo. Dices que me quieres y que no podemos estar juntos. Harry, mírame a los ojos – Harry lo hizo -. Como mínimo, merezco una explicación. ¿No crees?
-Sí, es cierto. Ginny, te quiero demasiado. Y tengo miedo. Voldemort utiliza a las personas queridas de uno para poder manipularlo, y no quiero que eso me pase a mí, por eso he cortado el problema de raíz. No voy a permitir que Voldemort te toque ni un pelo.
-¿Por qué temes? Sabes de lo que soy capaz… ¡No me van a coger! Harry, me parece que por eso no…
-¡Tienes que entenderlo Ginny! Yo te voy a esperar. Voy a derrotar a Voldemort, por que ya me he decidido. No te voy a pedir que me esperes… pero es así, Ginny. No tengo tiempo para esto, y no me quiero arriesgar.
Ginny suspiró, y volvió a poner su mirada en el cielo. Era una bóveda estrellada preciosa. Ya había anochecido.
-Así que es eso… – sonrió, con pesar -. Siempre serás un jodido héroe, Harry. Es así de fácil. Pero eres mi héroe… y te quiero, a pesar de todo. Espero que derrotes a Voldemort. Algún día… algún día podremos hacer todas las cosas normales que hace una pareja. Algún día seremos felices al fin… sí, algún día – y sin más, se levantó para irse a la cocina. Su madre los había llamado para cenar.
"Algún día". Esas palabras, o más bien la forma en las que las había pronunciado; se quedarían en su memoria para siempre.
El gran día había llegado. La tan esperada boda se iba a producir. Bill y Fleur, Fleur y Bill. Unidos en sagrada unión. En ese instante, Harry y Ron ya se encontraban en los asientos. Faltaban un par de minutos para que aquello empezara. Ron iba vestido verdaderamente elegante, el propio Harry nunca lo había visto así. Llevaba una túnica de gala de color azul marino, muy apropiado para la ocasión, con unos detalles en color dorado preciosos, que le favorecían muchísimo. Harry en cambio tenía una túnica de gala de color negro azabache, similar al color de su peinado, con detalles verde esmeralda. La señora Weasley no había escatimado en inversión.
Estaba todo precioso, y todo el mundo había cogido sitio ya. Harry había podido ver a muchísimos conocidos, como algunos profesores de Hogwarts. Minerva McGonagall lo había saludado con mucha efusividad, y parecía muy contenta de haberlo visto. Y Flitwick, Sprout y Slughorn un saludo cordial. Horace parecía algo cambiado. Por supuesto, Harry había preguntado por Snape, y los profesores le habían dicho que no había vuelto a aparecer, y que probablemente no lo haría. "Mejor así"- había respondido Harry.
También le habían presentado a algunos familiares de Fleur. Especialmente sus padres y Gabrielle, a la que Harry ya conocía del Torneo de los Tres Magos, y Gabrielle le recordaba muy bien. Momentos antes de tomar asiento el señor Weasley lo había cogido y lo había llevado a ver a los señores Delacour, y de paso; había saludado a Gabriella. Ya no era tan tímida como antaño, se había soltado más. Tenía la edad de Ginny más o menos. Y además era tan bella como Fleur.
También había estado conversando con Hagrid, que ya tenía un aspecto más saludable que la última vez que lo vio. Había regresado a por la moto de Sirius, y en un corto período de tiempo se la daría al señor Weasley, según le había comunicado. Eso eran buenas noticias. Le había alegrado.
Sonaba la música.
La típica canción que aparecía en todas las películas muggles también sonaba en la Madriguera. Pero no era exactamente igual, como se había podido dar cuenta después. Más bien era una variante de la clásica canción. Las señoras Weasley y Delacour estaban verdaderamente emocionadas, e incluso ya habían sacado un par de pañuelos por aquello de las lágrimas.
Fleur estaba preciosa. Estaba realmente exultante. Harry no había visto nunca una mujer tan bella. Y Bill también estaba imponente. Ya no tenía tan marcadas las cicatrices de la cara que le había producido Fenrir Greyback, pero aun así sobresalían un poco. Pero las damas de honor no se quedaban atrás. Ginny y Gabrielle iban ambas vestidas de dorado, con un traje precioso. Estaban muy sonrientes, y parecían bastante felices de ver a sus respectivos hermanos en el altar. Arriba les esperaba un hombre del Ministerio, que empezó a hablar.
Mientras Harry se quedaba embobado con el resplandor pelirrojo de Ginny, meditaba. Se le había planteado un dilema, un dilema moral. Necesitaba un plan para derrotar a Voldemort, pero no tenía nada. Todos los de la Orden iban detrás de él, intentando sonsacarle algo, pero no iba a decirles nada. Y quería deshacerse de Ron y Hermione, en el buen sentido claro. No quería que dejaran sus estudios por él. Pero no era sólo eso, en Hogwarts estarían más seguros que en ningún sitio, pese a que Hogwarts sería un blanco casi seguro para Voldemort. Pero era el sitio adonde ellos deberían ir. Ya había hecho una parte del trabajo, apartar al amor de su vida. Apartar a Ginny Weasley. Pero aquello iba a ser más difícil, y más duro para ambas partes.
La boda seguía a su marcha. Ya se estaba terminando. Pasaban los minutos… y el momento crucial estaba a punto de llegar. Aquello que esperaban todos los hombres y las mujeres que estaban allí presente.
Pero… ¿Cómo iba a hacerlo? Y lo más importante, ¿Qué iba a hacer? Aquello no debía de ser una decisión espontánea… ¿o sí? ¿Podía… podía simplemente marcharse? ¿Era aquello lo que necesitaba? Posiblemente. Pero si se marchaba… no tenía ningún sitio a donde ir. Excepto a Grimmauld Place, pero no era del todo seguro aquello. Podían aparecer mortígrafos. Por que Snape no habría tardado ni una décima de segundo en contarle a Voldemort sobre la existencia de aquel lugar, y le habría dicho que era el cuartel general de la Orden.
Aunque había otra opción. Pero conforme se le había ocurrido a Harry, la había eliminado de su mente con rapidez. Aquello no lo debería de pensar ni en broma. Pero esa idea había vuelto a flotar en su mente… y ya le había costado no pensarlo. Aquello era imposible, y bastante surrealista. No podía… unirse a Voldemort, para destruirle. Aquello no tenía sentido.
-Fleur Delacour… ¿Aceptas a Bill como esposo en la prosperidad y en la adversidad, en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad, y prometes amarlo, todos los días de tu vida?
-Sí, acepto – pronunció Fleur con resolución e ímpetu. Fleur parecía tenerlo muy claro… no cómo Harry, que volvía a pensar en la idea de unirse a Voldemort y destruirlo desde dentro. Estaba analizando los pros y los contras.
-… amarla, todos los días de tu vida?
-Sí, acepto – respondió Bill.
El hombre del Ministerio, hizo una floritura con su varita. Y de repente, desde el cielo, bajaron un par de lazos blancos, que se pusieron a dar vueltas en las manos entrelazadas de los prometidos. En ese momento, habían pasado a ser marido y mujer, a hacer visible todo el amor que sentían. El ambiente se llenó de un aura blanca y pura, solo interrumpida por los sollozos de la señora Weasley.
En ese momento, Harry había tomado una decisión. Una terrible decisión.
Ya se encontraban por fin en su sitio. Les había costado, pero allí estaba su mesa. Harry, Ron, Hermione, Ginny, Luna Lovegood, Neville Longbottom y los gemelos Fred y George se sentaron.
Harry no sabía como iba a decirles aquello a sus amigos… pero tenía que hacerlo con prudencia. Quizás se marchaba sin decir nada, aunque dejando una nota. Sí, aquello sería lo más probable.
Por que se marchaba. Ya estaba decidido, y nada, nada, le iba a detener. Ya estaba todo planeado. La única forma de hacerlo era metiéndose en la boca del lobo. Y la boca del lobo era un sinónimo de Voldemort. Harry iba a hacerse pasar por uno de los suyos y engañarlo, y así poder destruirlo y regresar con la gente que quería. Era un plan perfecto, pero tenía muchas lagunas claro.
Voldemort podía descubrirlo muy fácilmente. Solo necesitaba leerle la mente, por lo que Harry pasaría unos días en el número doce de Grimmauld Place para practicar. Y de paso se reafirmaría las ideas, y trazaría un plan más completo. Antes de ir al banquete, en un momento había ido a hacerse la mochila. Por lo que sería acabar de comer, esperar un rato y marcharse. No quería que se le hiciera tarde.
Después de comer, y cuando todos charlaban animadamente, el señor Weasley fue a buscarlo.
-Harry, por fin te encuentro. Ven, quiero presentarte a alguien – y Harry le siguió, por que sabía de antemano que iba a conocer al director de la Orden del Fénix. A Ryan Oriseth.
En unos minutos llegó a otra mesa, que estaba repleta de adultos. Harry pudo distinguir allí al hombre que había cubierto la boda. Un hombre anciano, muy anciano; se levantó. Debía de tener más de cien años. Era una especie de Dumbledore, aunque con el pelo corto, pero igual de blanco. Llevaba gafas, y tenía las facciones de la cara muy duras. Sus ojos eran de un intenso verde. De un verde esmeralda, como los de Harry. Era menos alto y delgado que Dumbledore. Le estrechó la mano, con bastante más fuerza de lo que aparentaba.
-Ryan Oriseth.
-Harry Potter.
-Lo sé.
-Ya.
Se miraron el uno al otro. Oriseth parecía que tenía muchísimas cosas que decirle. Pero no sabía por donde empezar. Era algo que Harry conocía muy bien, esa sensación. Pero seguía sin inspirarle confianza, aquel tipo.
-Tenemos que hablar, Potter.
-Ya lo estamos haciendo. ¿Qué es lo que quiere? No tengo mucho tiempo.
-¿En qué emplea su tiempo señor Potter? – fue directo al grano -. Al parecer, para usted el tiempo es oro. Y sinceramente, no veo que puede hacer un muchacho de diecisiete años que requiera tantos quebraderos de cabeza.
-Tengo… cosas que hacer. Derrotar a Voldemort, por ejemplo. Y como se habrá podido dar cuenta, eso no es cosa de tres días. Ni aunque tuviera su edad, podría hacerlo tan rápido.
El señor Weasley se alejó un poco, consciente de que necesitaban cierta intimidad.
-Demos un paseo – murmuró Oriseth, y se puso a caminar. Harry lo siguió.
Se estaban alejando del gentío, para llegar a un lugar más tranquilo y más privado, sin que nadie les pudiera interrumpir. Oriseth lo miró con firmeza a los ojos, e intentó sonsacarle algo. Harry lo notaba, pero se defendió muy bien. Se rindió, y dejó de intentarlo.
-¿Sabes, Potter? Aunque te parezca increíble, quiero ayudarte. No comparto tus ideales, como creo que tú no compartes los míos. Pero eso no importa, no cuando se trata de resolver un problema tan grave… – hizo una medida pausa -. La existencia de Volemort. Creo que tenemos metas comunes.
Harry se percató del pequeño detalle de que Ryan Oriseth había dejado de tratarlo de usted. Ahora le tuteaba, por lo que Harry también hizo lo mismo.
-¿Eso crees?
-Por supuesto que lo creo. ¿No es lo que quieres tú también? ¿No es lo que deseas? Dumbledore me lo pidió, me pidió que te ayudara.
-Pero… si tú odias a Dumbledore. ¿Cómo te atreves a nombrarlo? ¿Cómo te atreves a hablar mal de él, ahora que no puede escucharte? A mí eso me parece una actitud cobarde. En esta causa no necesito a cobardes. No voy a colaborar contigo.
-¿¡Cobarde!? ¡Cobarde! – exclamó el anciano, bastante indignado -. Perdona, muchacho, pero yo nunca he sido un cobarde. Tú no me conoces. Esto no lo digo por que está muerto y no me puede escuchar. Él ya sabía lo que pensaba de él, y sabía que había hecho muchas cosas mal. No le odio, pero tampoco le quiero. Sinceramente… me es indiferente. Aunque en su legado, me convenció para ocupar el puesto. Su poder de convicción sigue intacto después de muerto.
Harry observó la situación. Realmente, no le importaba nada aquel hombre ni cómo había llegado a ser el director de la Orden. Pero parecía que, pese a todo lo que opinaba sobre Dumbledore, Dumbledore confiaba en él. Confiaba en que hiciera un buen papel en la Orden. Pero no sabía nada.
-Potter, quiero ayudarte. Sé que la noche que murió Dumbledore estabais haciendo algo. Quiero que me digas qué hacíais, para qué y cual es el siguiente paso.
Harry rió. Soltó una buena carcajada. Hacía tiempo que no escuchaba algo tan gracioso. Y era la primera vez que reía desde… desde lo de Dumbledore.
-No me hagas reír, Oriseth. No tengo nada que contarte, ni a ti ni a nadie. Creo que ya he implicado a bastante gente…
-¿¡Pero es que no lo entiendes!? – le interrumpió Oriseth -. ¿¡Eres imbécil o algo!? ¡Está muriendo gente! ¡La gente está horrorizada mientras tú eres el único que puede hacer algo, por que sabes el plan de Dumbledore! ¡Y estás aquí, riéndote!
-¡No me hables así! ¡No tienes ningún derecho…!
-¡Claro que tengo derecho, Potter! ¡Soy mayor que tú, y cuando me hablas merezco un respeto!
Harry suspiró.
-Eso no tiene nada que ver. La edad no importa para hablar.
-Pero no el respeto. Bueno, da igual. Sigues mostrando una gran autosuficiencia y eres muy jactancioso. Tú solo no puedes, Potter. Y pronto te vas a dar cuenta. Y cuando lo hagas, yo te estaré esperando.
Y dicho esto, se marchó, sin más. Harry seguía sin comprender cómo se atrevía a pedirle que colaborara con él, insultando a Dumbledore. Despreciándolo, y siendo sabedor de que Dumbledore es el mentor de Harry, y que gracias a Dumbledore el mundo mágico es mejor de lo que podía ser. Era un ser despreciable, ese Oriseth. Suspiró, con algo de malicia, y se marchó a la habitación de Ron. Ya era tarde, y debía de marcharse a Grimmauld Place, pasando inadvertido. Algunos de los presentes le dijeron que Ron y Hermione estaban buscándolo, pero Harry no hizo caso. No quería despedirse en persona. Tampoco ellos sabían que se marchaba. No lo sabía nadie… o eso creía. Llegó a la habitación y escribió una carta para Ron y Hermione.
Salió al jardín delantero (ya que dentro de la casa no podía Aparecerse) y salió por la puerta principal. Por suerte, el banquete se celebraba en la parte trasera de la Madriguera.
Y cuando salió, se dio la vuelta y comprobó que alguien le había seguido. Ginny cerró la puerta cuando salió detrás de él.
-Así que te marchas. Te ibas a marchar sin despedirte…
-Me he despedido. Les he escrito una carta a Ron y Hermione.
-¿Y a mí?
Simplemente la miró. Estaba hermosa. Y además parecía estar un poco triste, por lo que a Harry se le encogió el corazón. Pero eso la hacía más especial.
-Lo siento… no quería hacer más difícil las cosas Ginny. Pero me despido de ti ahora, pelirroja.
Harry la abrazó. Se separaron poco a poco… y sus narices estaban rozando. Se quedaron así. Ninguno de los dos parecía querer separarse. Y, sin previo aviso, y esclavo de un impulso fortuito, Harry la besó.
Aquello era el paraíso. Todo el sufrimiento de los últimos dos meses le habían hecho olvidar lo que sentía uno al besar aquellos labios. Sus bocas se unieron en una, y sus lenguas bailaban al compás de una bella canción. Pero solo duró un instante.
Se separaron con lentitud, y ambos se miraron a los ojos de nuevo. Como antaño. Como los viejos tiempos. La añoranza se apoderó de Harry, y más aun cuando vio a Ginny que lloraba. Desprendía lágrimas férvidas.
-¿Por qué lo nuestro es tan difícil? – preguntó Ginny, más para ella misma que para Harry.
-Por que es especial – respondió Harry sin pensarlo. Aquellas palabras le habían salido del corazón.
Ginny se secó las lágrimas y sonrió.
-¿Te volveré a ver? – indagó la pelirroja… con mucho miedo. Temía la respuesta que le pudiera dar Harry.
-Te lo prometo. Algún día…
Y, sin más que decir, Harry desapareció con un 'click'.
