¡Hola! Aquí nuevo capítulo. Gracias a Eimvipi, Amaya, Seyu M, y Raúl por leer. Vuestros comentarios me animan mucho, en serio.
Capítulo 4:
"Recuerdos"
Harry estaba exprimiendo su mente al máximo. Y debía de hacerlo pronto, por que en cinco días tenía que entregar un patronus mensaje a Ron y Hermione. Y no podía hacerlo si no intentaba unirse a Voldemort antes. Y no podía hacerlo si no iba antes al Valle de Godric. Tenía que visitar la tumba de sus padres. Tenía que ir al lugar donde había empezado todo. Esa era su máxima prioridad. Desde el día del funeral de Dumbledore, lo había pensado.
Pero… ¿Cómo?
Ya había pasado muchas noches en vela pensándolo. Pero siempre se decía que lo pensaría más tarde, después de conseguir ser un oclumántico experto. Y ya lo era, por lo que no podía retrasarlo. Había buscado información en algunos libros que había allí, en el número Doce de Grimmauld Place, pero casi ninguno hablaba del Valle de Godric. Algunos lo mencionaban de pasada, solo para decir que allí había nacido Godric Gryffindor. Pero eso no le ayudaba en nada.
Había buscado en periódicos antiguos, por si salía alguna imagen del pueblo. Pero nada. Ni en "el Profeta", ni en "el Quisquilloso" ni en ningún otro periódico. También había mirado en periódicos muggles (había salido a la calle) pero nada de nada. Seguía sin encontrarlo. Incluso se aventuró en el Internet de los muggles (en un Ciber que había por la zona), pero tampoco allí había nada.
Tendría que aparecerse. Pero no tenía nada del Valle de Godric. No se acordaba de ningún espacio de allí. No tenía ninguna fotografía del pueblo ni nada por el estilo. No tenía nada de nada.
Fotografía…
¿Fotografía? Se levantó de la cama con rapidez. Ya había encontrado la forma. Sabía que lo haría. Aunque era una posibilidad muy remota. Se vistió como pudo. Tenía que darse prisa. Quería hacerlo pronto. Acababa de cenar, y ya se había ido a la cama. Al sitio al que iba probablemente no vivía nadie, por lo que eso hacía las cosas más fáciles. ¿Cómo era tan inconsciente de haberse dejado eso?
El número cuatro de Privet Drive. Ese era su actual destino.
Las once menos cuarto. Por fin, y tras aventurarse en aquella aventura de la forma más sigilosa que pudo, había llegado a la calle. A la calle de su infancia, por decirlo de aquella manera. Nunca, en su sano juicio, se hubiera imaginado un momento como aquel. Volviendo a Privet Drive. Después de abandonar sus horrores de forma definitiva… ¿Quién lo iba a decir?
En teoría, su idea era algo imposible de que funcionara. En teoría, claro. Por que a la hora de la verdad, los extraños y chocantes planes de Harry tendían a salir bien, y esperaba que en aquella ocasión aquello no variara. Quería recuperar de su habitación el álbum de fotos de sus padres que Hagrid le había regalado en su primer curso de Hogwarts. Quizás, en aquel precioso álbum, que incomprensiblemente Harry había dejado allí; habría alguna imagen del Valle de Godric, en la estancia en que los Potter vivieron allí. ¿Era posible? Harry pronto lo sabría… aunque aquello sería tener mucha suerte.
Entró en el número cuatro. Todo seguía igual, aunque con una tonelada de polvo más de lo normal. Parecía que nadie había pasado por allí. Ni si quiera los Dursley habían regresado a por algún objeto. Y los vecinos no mostraban signos de preocupación por el tiempo que llevaban ausentes los Dursley. Quizás pensaran que estaba de vacaciones… o simplemente no querían saber dónde estaban, ya que los Dursley tenían la curiosa "habilidad" de caer mal a casi todo el mundo.
Subió por las escaleras que había justo a la entrada. Y abrió la que era su habitación.
Intacta.
Todo seguía como antes. No había nada fuera de lo normal. Rebuscó en su armario, y escondido tras unos grandes abrigos que Harry había heredado de su primo Dudley, encontró el tan ansiado álbum de fotografías. Se sentó en la cama, y lo abrió.
Desde el retrato, James y Lily le devolvían la mirada; sonrientes, y Sirius desde un segundo plano sonreía con lágrimas en los ojos. En esa fotografía los padres de Harry se acababan de casar. Y no había nadie más en la boda salvo esos tres y un hombre del Ministerio. Parecían tan felices…
En otra foto estaban los dos en casa. Sí, aquella debía de ser la casa del Valle de Godric. Y Harry debería de estar a punto de nacer, ya que Lily tenía la panza muy inflada, por lo que se denotaba que era debido al embarazo creciente. De nuevo, sonreían con agrado. La casa estaba decorada con un gusto exquisito, y al fondo de la foto una hoguera hacía de aquella instantánea un momento mágico, y Harry en ese instante hubiera dado todo por abrazarles.
Era todo tan duro…
Y unas cuantas fotos más adelante, encontró su premio. Había un retrato bastante normal para ojos de todo el mundo. Pero no para Harry. El fondo de la imagen, manifestaba algo importante que en los últimos días había buscado con ahínco: una forma de Aparecerse en el Valle de Godric. En el fondo de la fotografía había un gran parque, y además Harry ya existía. Lo sostenía una Lily bastante pálida, pero aún así su sonrisa hubiera podido iluminar un bosque de sombras. James no salía en la foto, por lo que Harry supuso que la estaba haciendo él. El parque era… precioso. Harry lo observó bien, fijándose en los detalles.
Se levantó. Tenía que sabérselo casi de memoria, tenía que pensar en él y reproducirlo en su mente sin la ayuda de la fotografía, como si realmente hubiera estado allí. Aquello era necesario para poder aparecerse, por lo que mantuvo mucha concentración y se acordó de las tres D para Aparecerse. Se centró en lo que tocaba y lo intentó, se Apareció.
Y algo le hizo sentirse extraño. No abrió los ojos, pero sabía que estaba en otro lugar, y había notado los efectos de la Aparición, como el ahogo de sus pulmones. Allí, en aquel lugar, hacía más frío. Abrió los ojos, y vio una imagen preciosa. A sus ojos se postraba un pueblo pequeño y amable. Parecía el típico pueblo de los cuentos de hadas. El parque era idéntico al de la foto. En todos esos años, probablemente dieciséis o por ahí, no había cambiado ni un ápice. Sonrió.
No recordaba que sus padres hubieran vivido en otros sitios a parte del Valle de Godric. Bueno, no es que no lo recordara, es que no lo sabía. Pero si hubieran estado en otro sitio, probablemente Dumbledore se lo hubiera dicho. Aunque últimamente tenía una imagen bastante confusa de Dumbledore, por lo que no podía fiarse de si realmente se lo hubiera dicho o no.
Pero pensar en eso ahora era una tontería. Probablemente estaría en el lugar donde había empezado todo Era un parque bastante amplio. Los balancines y declives se hacían presentes en la estructura de aquel viejo, raído y desgastado parque. Había casquijo por el suelo, fragmentos de piedra, grava. Un camino bastante desvencijado dibujaba la silueta de un hexágono bastante paralelo a otro, o más bien perpendicular. También se componían bancos de fresno para sentarse, y pequeñas papeleras incrustadas en una barra de acero vertical. Era, por supuesto, un lugar desconocido para él. Además estaba bastante oscuro.
Echó un vistazo a los lados del parque. Había dos montañas entre la aldea, formando, por supuesto, un valle. Era como un ejido verde y agradable, generalizado simplemente para vistas exigentes y elocuentes. También, desde fuera de la extensión del parque, se podían observar calles y bifurcaciones de éstas, aunque poco elaboradas. Las casas eran más bien de aspecto viejo; y no parecía que una sola ánima vagara por el humilde pueblo. Más bien, Harry habría jurado que el Valle de Godric era un lugar compuesto por muggles, una región no mágica, y también, porque no; apartada ligeramente de la sociedad. Harry suspiró.
No sabía dónde estaba su casa, ni el cementerio. Pero no era difícil de averiguar. Solo tenía que observar cuál era la casa que estaba en ruinas, ya que el Avada Kedavra de lord Voldemort había dejado la casa en ruinas, y Hagrid le tuvo que sacar de entre los escombros. Debió de ser muy duro… sacar a un crío, de las ruinas, y buscar los cadáveres de tus amigos. Pero más duro había sido para Harry, que la mayor parte de su vida había vivido engañado en que sus padres habían muerto en un accidente de coche. Y no, habían muerto a manos de lord Voldemort, asesino de magos y muggles.
Y se puso manos a la obra. Recorrió y recorrió el pueblo. Primero, debía de cerciorarse de que era el Valle de Godric, por lo que fue hasta la entrada del pueblo. Allí, efectivamente, un cartel le indicó que sus presunciones eran bastante acertadas, pues ponía: "Valle de Godric, dónde la magia existe". Le resultó curioso ese cartel para un pueblo en medio de nada (por que parecía que en unos quilómetros a la redonda no había más vida humana), por que había incidencias de magos allí. Harry se preguntaba si los muggles estarían al tanto de aquello.
Era tarde, y hacía una noche muy fría. Para ser verano, el clima estaba muy helado… y Harry se puso en guardia, por que aquello podía suponer que había dementores. Pero pasaron los minutos, y nada de nada. El frío seguía, pero no aparecía ningún dementor. Harry guardó la varita.
Lo normal es que la casa estuviera en las afueras del pueblo. Ya que, los Potter sabían que eran perseguidos por Voldemort. Dumbledore les habría recomendado que se pusieran fuera de la multitud, para evitar a curiosos y hacer un encantamiento Fidelio. Así que, ya que estaba en la entrada, daría la vuelta al pueblo por fuera.
El pueblo ya no le parecía tan pequeño. Llevaba ya más de una hora dando la vuelta al pueblo, y nada de nada. Al final la encontró, pero le costó. Justo en una colina en la que empezaba a crecer una de las dos montañas que formaban el valle había una casa normal, pero bastante vieja y un poco caída. Harry decidió acercarse más, y obtuvo premio. Era su casa.
… o al menos, lo que quedaba de ella.
La hierba de la colina era algo tosca, dura y seca. A Harry esa casa le recordó a la mansión Ryddle de Little Hangleton, y se estremeció con solo pensarlo. Estaba siguiendo una senda deteriorada con señal de ascensión en espiral, pero muy lentamente.
Estaba delante de la casa de los Potter. Harry suspiró. Entonces… era ahí donde todo había empezado. Donde Harry se había convertido en un desgraciado huérfano. Aunque le parecía extraño que ningún vecino del pueblo se hubiera acostado a limpiar las ruinas aunque sea. Parecía que se acababa de derrumbar en ese instante. No parecía que nadie hubiera movido muchas piedras.
Estaba en ruinas, aunque todavía había paredes que se mantenían con una ligera firmeza. Las baldosas del piso, todavía se podían contemplar, aunque en un deplorable estado, eso sí. Lo que Harry pisaba en esos instantes, parecía más o menos una habitación, como el comedor, por ejemplo. Avanzó más… allí, era donde su padre se había enfrentado a Voldemort.
"¡Lily, coge a Harry y vete! ¡Es él! ¡Vete! ¡Corre! Yo lo detendré."
Una fina y férvida lágrima se deslizó por su mejilla, y no se molestó en quitársela. La dejó. Todavía recordaba esas palabras, esas agonizantes palabras de su padre. Los dementores se encargaban de ello siempre, aunque esta vez no había hecho falta. James quería salvar a su familia, y por ello había dado la vida… aunque no le sirvió de nada.
Siguió avanzando por la casa. Del piso de arriba, pocas cosas quedaban. Había una escalera, pero era peligroso subir por ella. Aunque realmente, a Harry eso ahora no le importaba. Además, algunas paredes parecían que iban a caer. Se cogió de la barandilla de las escaleras, y subió cuidadosamente y con mucha cautela. En el piso de arriba estaba su habitación. En sueños lo había visto, y sus sueños relacionados con Voldemort no eran exactamente sueños.
Cuando llegó arriba, intentó cogerse a la pared. Pero no había. Había un trozo de pared en la otra puerta, y una habitación. Pero nada más. Entró en esa habitación, y sintió frío de nuevo. Allí no había techo, por lo tanto la temperatura había bajado. Había una cuna de fresno, preciosa y fabricada artesanalmente. Su padre la haría para él. Había trozos del techo en el suelo. Pero resultaba curioso que la cuna estuviera intacta. Sólo había suelo donde estaba la cuna. Miró a un rincón, en el que probablemente Voldemort habría matado a su madre.
"A Harry no. A Harry no. A Harry no, por favor" "Apártate, estúpida… apártate…" "A Harry no. Te lo ruego, no. Cógeme a mí, mátame a mí en su lugar…" "¡Quítate, muchacha!" "A Harry no, por favor. Ten piedad, te lo ruego, ten piedad…"
Cerró los ojos, y dejó que le salieran las lágrimas. Estaba harto de aguantarse siempre. De ser un títere de los demás. Ya era hora de tomarse la justicia por su mano. Y aquello… aquello era necesario. Tenía que enfrentarse a estos momentos. A su pasado. Era necesario para motivarse en su plan.
Quería ver dónde había empezado todo.
Se acercó a la cuna, con cuidado. La tocó. Era muy fina. Dentro había un lienzo de terciopelo, y un pequeño cojín para apoyar su cabeza. También una fina manta. Eran terribles recuerdos. ¿Cómo había llegado a ser como era? Dumbledore siempre se lo había dicho: "Eres admirable, Harry. Con todo lo que has vivido… y que seas capaz de amar. Esa es tu ventaja frente a Voldemort". Aquello le produjo una pequeña media sonrisa. Siempre le había costado entender en qué consistía su ventaja sobre Voldemort.
¿Cómo podía mal pensar de Dumbledore? Todo el mundo tenía un pasado. Cuando se es joven, se cometen errores. No podía juzgar a Dumbledore por lo que sentía de joven. Quizás tardara en derrotar a Gridnelwald, pero lo hizo. Habría podido no hacerlo, detener a su amigo. Pero aun así lo hizo. Él lo tenía más fácil. Él no sentía aprecio por Voldemort, le daba asco. Dumbledore no sentía lo mismo por Grindelwald.
James y Lily eran buenas personas. Lily era un trozo de pan, siempre sentía debilidad por los débiles. Defendió a Snape, incluso llamándola sangre sucia. James había sido un poco travieso en el colegio. Pero el tiempo le había hecho madurar. Allí tenía las pruebas.
En ese instante, solo tenía un deseo. No deseaba estar con Ginny, y pasar el resto de su vida con ella. No deseaba resucitar a sus padres. No deseaba que simplemente estuvieran vivos. No deseaba destruir a Voldemort.
Sólo deseaba, tener un recuerdo.
Al final, todo lo que queda son recuerdos. La vida es un ciclo y la gente viene y va, nace y muere. Pero nos quedan los recuerdos. Ya no le importaba que estuvieran muertos. Ahora sólo deseaba, un recuerdo.
Un recuerdo.
Algo tan sencillo… y tan inalcanzable para él. Desear tener un recuerdo de sus padres no hacía a Harry más inteligente. Saber que nunca lo tendría, sí.
Ese momento quedaría para el recuerdo de su historia. No por lo que estaba viendo, sino por lo que sentía en su interior. Aquello había alimentado su odio hacia Voldemort. Nunca, en su vida, había odiado tanto a lord Voldemort. Sólo pensaba en matarlo, y destruirlo. De la manera más rápida posible, y eso pasaba por unirse a él.
"¿Cómo te sentirías con respecto a Voldemort ahora? ¡Piensa!" "Querría que acabaran con él – había contestado Harry -. Y querría hacerlo yo."
Que razón tenía Dumbledore. En el instante en que Dumbledore le dijo eso (ya habían pasado muchos meses) Harry comprendió que podía elegir. Podía elegir acabar con Voldemort, o pasar desapercibido e iniciar una nueva vida. Pero Voldemort siempre le seguiría, ya que le daba importancia a la Profecía. Por lo que aunque eligiera no destruirlo, siempre estaría a su acecho. Por lo tanto, lo mejor que podía hacer era destruirlo… por el bien común. Además, ahora mismo, él era el único que podía hacerlo.
Desde allí, se asomó a un hueco que había en el pasillo fuera de su cuarto. Miró el pueblo. Sólo le faltaba visitar el cementerio. Y su casa estaba en lo alto de una colina, por lo que podía observar todo el pueblo. El cementerio lo encontró en una esquina, no demasiado lejos de allí. Gracias a la luna, lo vio. Por que la luna llena iluminaba el Valle de Godric, quedando una imagen preciosa. Ese pueblo parecía estar bañado con la luz de la luna.
Bajó para ir al cementerio. Le costó varios minutos llegar. Aún había visto a gente paseando por allí, y eso le había sorprendido un poco, ya que era muy tarde. Los pocos que había visto se habían quedado observándolo, probablemente por que no lo conocieran. En los pueblos se conocía todo el mundo, y si había algún forastero se notaba en seguida.
-¿Por qué me mira así? – le preguntó Harry, a un anciano que no le quitaba la vista. Estaba sentado delante de su casa, y Harry había pasado por esa calle. Éste parecía sorprendido por la pregunta.
-¡Oh! Por nada joven – dijo a modo de disculpa -. Es que últimamente vienen muchos foráneos bastante extraños.
Harry no dijo nada y se marchó sonriendo. Sabía quienes eran esos extraños foráneos. "Bien", pensó. La segunda parte de su plan pronto es produciría. Era cuestión de tiempo. En parte, había ido por aquello. Y ya estaba psicológicamente preparado.
Llegó al cementerio. Entró y se puso a observar tumbas. Quizás estuvieran por allí… pero Harry esperaba que no. Primero quería un instante para relajarse y visitar a sus padres. Y tras unos minutos buscando (el pueblo era antiguo y tenía muchas tumbas), los encontró en la zona nueva del cementerio. Sus tumbas eran preciosas, realmente. Eran dos arcángeles intercalados, y de un color blanco. Probablemente de mármol. Se parecía a la tumba blanca, de Albus Dumbledore. La letra con la que estaban escritas los detalles, era muy pulcra y estilizada. Parecía la del propio Dumbledore.
"James y Lily Potter"
31 de Octubre de 1981
"Que vuestra luz ilumine hasta el último Potter hacia la gloria"
Aquello parecía que estaba hecho a la medida y todo. Parecía que alguien lo había puesto con intención.
-¿Sabes quién puso eso?
Harry se alarmó. Conocía la voz, pero en ese instante no la podía identificar. Se dio la vuelta varita en mano. Y le sorprendió mucho conocer la identidad de la voz.
Minerva McGonagall hacía acto de presencia con su habitual indumentaria muggle, una falda de cuadros escoceses y una fina blusa azul con unos dibujos en la zona del hombro. Su pelo recogido, como siempre, permitía ver su mirada. A veces tan dulce y a veces tan severa. Eso Harry lo conocía muy bien. Había tenido oportunidad de probar las dos.
-Fue Dumbledore.
Sí, aquello tenía lógica. Tenía su letra y era su manera de hacer las cosas. A Dumbledore le gustaban las cosas así, y Harry estuvo agradecido con él, ahora que podía verlo.
-Hola, profesora. No la he oído llegar – fue lo único que se le ocurrió decir al joven muchacho.
-Porque no he llegado ahora. Hace un par de horas que estoy aquí. Ya sabes, en mi otra forma.
Harry comprendió, entonces. Era muy útil ser animago y ser un gato. En la oscuridad, siempre pasaba desapercibida. No se había dado cuenta. Volvió su mirada hacia la tumba "doble" que tenía delante.
-¿Cómo me ha encontrado? – preguntó Harry, con algo de miedo. No era la profesora McGonagall la que esperaba encontrarse allí. Era otro tipo de personas.
-Buf – suspiró la profesora McGonagall, y se puso a su lado, observando las tumbas -. Dumbledore me dijo que tarde o temprano estarías aquí.
Harry giró bruscamente su cabeza hacia su profesora. Aquello era imposible.
-¿Qué Dumbledore ha hecho qué?
La profesora McGonagall se tomó su tiempo para contestar. Los dos sabían que estaba muerto, pero para la profesora era incómodo hablar de ello. Para Harry no.
-Me lo ha dicho por el retrato. ¿Recuerdas? – y el estómago de Harry se hizo añicos. Con ese comentario se había esperanzado un poco -. Ahora soy la directora de Hogwarts. Me paso por aquí todos los días. Hoy te he visto en tu antigua casa desde el pueblo. Y pensé que después vendrías.
-Ya
veo – murmuró Harry, pensativo. No quería que la profesora
McGonagall estuviera allí. Podrían llegar en seguida, y eso no era
bueno para el plan -. Perdone que sea tan brusco… pero ¿Qué es lo
que quiere?
-Sólo hablar, Potter. Necesito compartir unas cuantas
palabras con usted. No voy a tardar mucho, lo prometo. Pero…
Harry ya entendió, o eso creía. McGonagall quería lo que querían Lupin, Oriseth, y todos los de la Orden. Quería saber, saber cosas que Harry nunca revelaría. Suspiró.
-Si quería hablar, pudo hacerlo en la boda.
-Te marchaste.
-Lo siento, profesora. Pero no voy a hablar. No voy a decir nada de lo que hacía con Dumbledore. Son cosas nuestras.
La profesora McGonagall sabía que había sido descubierta, pero sólo en parte. Harry desconocía si tenía más asuntos que tratar con él.
-Harry… Se lo has contado a Ron y Hermione. ¿Me equivoco? – Harry no vio necesario contestar, y la profesora lo entendió como un sí -. ¿Por qué no confías conmigo? Fuera lo que fuera… yo puedo ayudarte.
-No insista, profesora. No necesito su ayuda, y si la necesito ya se la pediré – contestó de malas maneras.
-Pero Harry… ¡Así sólo consigues aislarte! Dumbledore no querría que hicieras eso. Harry, sé que para ti en estos momentos, después de lo de Snape, es difícil confiar en la gente. Te entiendo. Pero Dumbledore confiaba en mí, y tú lo sabes.
-Es posible, pero ni siquiera él quería que se lo contara a usted. Sólo me permitió contárselo a Ron y Hermione. Sé que confiaba en usted, pero esto se sale de la pura confidencialidad.
-¡Pero él ya no está! Harry, déjame ayudarte – Harry se percató del pequeño detalle, ahora la profesora McGonagall le estaba tuteando. Y Harry lo prefería así. Pero eso no iba a cambiar las cosas.
-No hace falta, prof…
-Estoy segura – insistió McGonagall -. De que si él sabría que iba a morir, le gustaría que me confiara ese secreto… esas salidas, ese misterio, esas reuniones que tenías con él frecuentemente en su despacho.
-Lo siento, profesora… no voy a decirle nada. Y si no tiene más asuntos que tratar, le invito a marcharse. No voy a hablar sobre ese tema.
Y entonces, pareció que la profesora McGonagall se había dado cuenta. Harry no iba a decir nada, por mucho que lo intentara, y eso no iba a cambiar.
-De modo… que no me lo vas a contar…
-No se lo voy a contar.
-Pase lo que pase no me lo vas a contar.
-Pase lo que pase.
-Y nada te hará cambiar de opinión.
-Exacto.
La profesora McGonagall lo miró durante un instante directamente a los ojos, como examinándolo, y Harry desvió su mirada, rompiendo así el contacto visual que habían mantenido.
-¿Estás seguro de no querer contármelo?
-Segurísimo.
-Fiel a Dumbledore. A cualquier precio. Dumbledore estaría orgulloso.
-Sí, exacto. Eso es. Fiel a Dumbledore a cualquier precio. Cueste lo que cueste. No cómo usted.
Minerva McGonagall hizo una mueca extraña. Aquel comentario no le había sentado demasiado bien. Harry se fijó más en su cara. Parecía que lo estaba pasando mal.
-¿Cómo… cómo te atreves a decirme eso, Harry?
-Simplemente, por que se está entrometiendo demasiado. Realmente, no creo que a Dumbledore le hiciera mucha gracia que me intentara sacar información contra mi voluntad.
-Harry… no… no lo entiendes, sólo quería convencerte. Pero si no quieres, no quieres, no hay problema. No quiero obligarte a hacer nada.
-Pues mejor así.
Los ojos de McGonagall estaban llorosos. Parecía que tarde o temprano le saldría alguna lágrima. Parecía que no se encontraba muy bien. Harry sintió haber sido tan dura con ella, pero es que estaba cansado de que todos le dijeran lo mismo.
-¿Sabes? Yo lo quería – murmuró, abriéndose -. Estaba enamorada de él.
Eso sí le sorprendió. Dumbledore le sacaba por lo menos más de cuarenta años, aunque los años no tenían nada que ver. Harry la miró, y la compadeció. Le puso una mano en el brazo, sin saber muy bien que hacer. Ella se puso a llorar, y Harry la abrazó. Quería hacerlo.
-¿Por qué me cuenta eso?
-Por que Dumbledore confiaba en ti.
En ese instante, Harry comprendió que la profesora McGonagall era la única que podía entenderle. La única que apreciaba a Dumbledore tanto como él.
-Sólo usted puede entender lo que siento, profesora. Sólo tú y yo queríamos a Dumbledore de verdad.
-Lo sé, Potter. Necesitaba decírselo a alguien. Resulta extraño que te lo diga a ti, que te saco… muchos años – sonrió -. Pero eres muy maduro para tu edad. Con sólo diecisiete años has vivido más penas que muchos de setenta años.
-¿Desde siempre? – preguntó Harry, con ternura.
-Sí, desde el primer día que lo traté. No creo en el amor a primera vista, pero sí en las sensaciones. Noté una sensación extraña, que se alimentó con el paso de los años. Nadie lo sabía. Siempre lo he amado en silencio. Ni siquiera se lo dije a él – le cayeron más lágrimas ardientes y silenciosas. Seguían abrazados.
Aquella información le había sorprendido. Aunque también le había sorprendido que no le hubiera sorprendido mucho. Era un poco irónico.
Era algo que se palpaba. Se sabía que entre Dumbledore y McGonagall había algo. Harry siempre había creído que era sólo una fuerte amistad, pero la profesora McGonagall lo amaba de verdad. Y Dumbledore no parecía corresponderla, al menos eso creía Harry. Pasaron unos minutos, y se despegaron el uno de la otra.
-Lo siento, profesora.
-Para llamarme profesora, primero tendrías que venir a Hogwarts.
Así que era eso.
-Siempre he intentado cuidarle, Potter – ya no le tuteaba. Harry era consciente de que su momento había terminado -. Siempre he hecho lo que he creído más conveniente para usted. Y me han llegado rumores. Hay quien dice… que este año ya no vas a volver a Hogwarts. Creo, que sería un error no hacerlo.
Harry suspiró. Ya le extrañaba que la profesora McGonagall no le preguntara nada de eso. Cuando la había visto, creía que estaba allí por eso, y ahora se daba cuenta de que era cierto. O al menos, en parte. También quería convencerlo para regresar… aunque no obtendría mejor resultado que antes.
-Pues sí, fíjese usted. Tengo demasiadas cosas importantes que hacer como para perder el tiempo en el colegio.
-¿Lo que hacías con Dumbledore?
-Sí. En Hogwarts, estoy muy cerrado. Necesito estar libre para mi misión.
-¿Lo que hacías con Dumbledore… tiene que ver con destruir a Voldemort verdad?
-Bueno, eso es obvio, profesora. Pero no siga por ahí. Ya sabe que no le voy a decir nada más.
-Está bien, está bien – masculló la directora de Hogwarts, consciente de que no era conveniente hacerlo enfadar -. Pero Potter, no entiendo que hace fuera que no pueda hacer desde dentro. Yo… sería muy flexible con usted, Potter. Le dejaría salir siempre que quisiera.
-No, profesora. Ya he tomado una decisión. Me ha costado bastante, pero es así. La tomé cuando vi a Dumbledore en la tumba. En ese momento, tomé muchas decisiones, y la de no regresar a Hogwarts era una de ellas.
-Va a estar muy sólo Potter. Sé que el señor Weasley y la señora Granger sí van a ir. Y ellos querían seguirte a toda costa. ¿Qué les ha dicho para convencerles?
Harry sonrió, de nuevo. No podía creer que la profesora McGonagall tuviera tanta paciencia con él. No le estaba contando nada, y seguramente no lo haría. Por que aquello que le acababa de preguntar tampoco quería contárselo. Estaba todo relacionado.
-Tampoco se lo voy a decir. Es todo lo mismo, profesora. Está todo conectado. Debería marcharse. En serio, no va a conseguir nada.
La profesora McGonagall se quedó pensando.
-Sí, quizás es lo que debería de hacer. Pero necesito una promesa, Potter. Necesito que me prometa algo.
-Depende de lo que sea. Dígame que es lo que quiere.
-Necesito saber… que me vas a contar todo. Toda la verdad, todo lo relacionado con Dumbledore. Cuando destruyas a Voldemort.
Aquello era diferente. Con aquello sí que podía comprometerse. Cuando destruyera a Voldemort, si es que eso llegaba a suceder, podría contárselo a todo el mundo. Harry sonrió.
-No lo dude, profesora. Con eso sí que no hay problema.
La profesora McGonagall sonrió. Parecía más animada y más feliz. Sin duda, esa charla con Harry le había venido muy bien. A Harry también, por supuesto. Le encantaba la idea de que aún hubiera gente que se preocupara por él, como la profesora McGonagall. Realmente, siempre había sido su profesora favorita. Después de Lupin, por supuesto. A Lupin nadie le quitaría nunca ese honor.
-Me has animado. Me has hecho sentirme mejor. Realmente, eres un chico… mejor dicho, eres un hombre admirable, Harry. Estoy muy orgulloso de ti, y como te he dicho antes, Dumbledore también lo estaría. Ese aplomo que demuestras, esa seriedad y madurez, esa fidelidad que entregas a Dumbledore, es envidiable.
-Usted a mí también me ha animado, profesora.
-Ya no hace falta que me llames profesora, ya no lo soy.
-Se equivoca. Siempre será mi profesora. Siempre.
Aquello hizo conmover a la anciana. Sonrió aún más. Ensanchó su sonrisa a más no poder.
-Gracias Harry. Cuídate mucho – y, por fin, se marchó.
Harry suspiró aliviado. Quería que se marchara, por que seguramente las personas que esperaba no tardarían en llegar. Era sólo cuestión de tiempo, y lo había estado esperando toda la noche.
Era su decisión. Se iba a unir a Voldemort, y ya nada le haría cambiar de opinión. Realmente, no podía echarse atrás. Había pensado en hacerlo, pero pensar en Ginny de nuevo le había dado fuerzas.
Como dijo Dumbledore una vez: "No son nuestras cualidades las que definen lo que somos, sino nuestras decisiones". Él había decidido eso. Él era así. Pensar en Dumbledore también le dio fuerzas.
Esa frase era sólo un recuerdo. Un recuerdo como otro, pero inolvidable.
Y el momento que había esperado durante toda la noche llegó, al fin.
Aparecieron los mortífagos.
