Capítulo 6:
"Uno más"
Harry fue llevado enseguida al sótano. Lo llevaron por la puerta que había al frente del comedor, a la izquierda de la entrada. Como siempre, le "acompañaron" Draco y Zabini hasta el lugar.
-Vamos a avisarles, de que entramos – murmuró Draco, y se dispuso a hacerlo, pero Zabini le detuvo.
-No, deben de estar dormidos. No pasa nada si abrimos sin avisar.
Y a Draco le pareció bien aquello. Abrieron la puerta y de un empujón le echaron dentro. Allí estaba muy oscuro. No se veía nada de nada, y hacía bastante frío. Harry tuvo que fregarse los brazos con las manos para entrar en calor rápidamente.
¿Cómo clasificar la noche? Inolvidable, y una de la más intensas de su existencia. Y no era inolvidable precisamente por lo "bueno". Era por otros motivos muy distintos. Primero, había cenado. Sí, aunque pareciera increíble… parecía que habían pasado días desde que estaba cenando en el número Doce de Grimmauld Place. Se había acostado muy temprano, y ya en la cama, había pensado lo de la fotografía para llegar al Valle de Godric. Mientras iba a Privet Drive, y se Aparecía en el Valle, había pasado más o menos una hora. Y había dado vueltas y vueltas por el pueblo, bajo la celestial luna llena. Y había hablado con McGonagall… también parecía que había pasado tiempo de aquello. Pero, lo más impresionante, lo había vivido allí, en la mansión de los Malfoy, junto a lord Voldemort. Se había sentido tan asustado por su vida… y a la vez tan emocionado. Harry suspiró. Se estaba volviendo un poco… adicto a la tensión, y se preguntó desde cuánto.
En un rincón que encontró caminando a ciegas, se durmió, sin reparar que no era el único habitante de aquella sala oscura y fría.
Se despertó. No sabía si habían pasado días, horas o minutos desde el encuentro con Voldemort, pero ya parecía lejano. Notaba algo por allí, una especie de sensación extraña… y notaba a algo moverse.
-¿Quién eres? – preguntó una voz dubitativa y atemorizada. La voz estaba algo apagada, como su fueran los últimos soplos de su vida.
-Soy… Dudley. Vernon Dudley.
Aquel hombre no parecía fiarse mucho, pero aun así no dijo nada. Sólo añadió:
-Encantado, Vernon. Yo soy Ollivander, el fabricante de varitas.
Harry se sorprendió.
-¿¡Es usted Ollivander!? – estaba emocionado, y aquello pareció alagar a Ollivander, como si fuera un halago para él esa emoción -. Le conozco… de… eh… fabricar mi varita. Sí, exacto, la adquirí de usted – aquello pareció congelar el ambiente, ya que Ollivander tardaba mucho en responder.
-Por supuesto que la recordaré… pero a ti no re recuerdo. Y yo recuerdo a cada cliente mío. A todos. ¿Quién eres, de verdad?
Harry notó que no tenía otro remedio. Además, era Ollivander, era de fiar. Y si no, ¿Qué más daba? Él nunca saldría de allí. Pero parecía que había alguien más… Harry lo podía notar, y la otra persona se estaba escondiendo.
-¿Quién está ahí?
-¿Quién eres? – le respondió la voz de la persona escondida, que había resultado ser un hombre. Era una voz enérgica… aunque Harry se había dado cuenta de que no era inglés. Era extranjero… tenía un extraño acento, que arrastraba la "s" del "eres". Aquello le provocó mucha desconfianza… pero aún así, no decidió alargar su mentira por más tiempo.
-Soy… Harry, Harry Potter.
No sonó muy convincente, ni siquiera a propios oídos de Harry, y éste se preguntó por qué. Cómo había podido deducir, el propio Ollivander pareció dudar de ello, por que no decía nada.
-¿Eres Harry Potter? – indagó dubitativo el extranjero, con un extraño acento. ¿De España, tal vez? -. ¿Cómo… cómo puede ser?
-Pues así es – respondió Harry, con resignación. Estaba algo cansado, y no le apetecía mucho convencer a nadie de algo, por lo que adoptó una actitud pasota -. Sé que parece extraño, pero me han cogido.
Un nuevo y sepulcral silencio se hizo allí. Ollivander parecía algo ausente, quizás meditando sobre algo que Harry no lograba entender. El otro hombre se removió, por que aunque aquello estuviera completamente oscuro, vio más sombras que detonaban la silueta de aquel misterioso extranjero.
-¿En realidad eres Potter? – preguntó Ollivander, casi con un séquito de decepción en la voz que Harry pudo percibir -. Demuéstramelo.
Harry le describió su varita. Su antigua varita, que ahora tenía Lucius. Pensó que con aquello sería suficiente para dejar el asunto zanjado. Pero Ollivander parecía receloso.
-Podría habértelo dicho el Señor Oscuro. Su varita es idéntica a la de Potter.
-Vamos, señor Ollivander – sonó Harry, con desesperación y algo indiferente. Aquello no le importaba demasiado -. ¿Para qué cree que le diría que soy Harry Potter si no lo fuera?
Aquello le dejó algo en blanco, el muchacho pudo notarlo.
-Pues… para… sacarnos… información ¿quizás?
-No, no creo – dijo el extranjero -. Si quisieran sacarnos información, lo harían abiertamente, y no poniéndonos un espía. No creo que mienta, señor Ollivander.
Eso sí pareció convencerle, por lo que el anciano no añadió nada más. Harry pensó en cómo estaría físicamente. Debería de ser… algo lastimoso, pues por el tono de su voz ya se detonaba cierta agonía. No parecía que le quedaba mucho de vida.
-Qué hambre – dijo Harry, por decir algo. En realidad, tenía hambre. Le habían salido del interior, aquellas palabras.
-Pues olvídate de comer en una temporada, muchacho. Aquí sólo nos traen un poco de comida al día. Vas a adelgazar mucho… si es que te quedas aquí mucho tiempo, por que no creo que así sea.
-¿Por qué no crees que esté tiempo? ¿Qué quieres decir? – y lo más importante, no lo había averiguado aún -. ¿Quién eres?
-Por que creo que te van a… matar. Sí, aunque suene un poco fuerte, eso es lo que van a hacer supongo. Quizás jueguen un poco contigo, y después acaben con tu vida. Es el tipo de cosas que hace lord Voldemort.
Aquel tipo debía de ser bastante valiente, por que era de los pocos que en esa época se atrevían a pronunciar el nombre de lord Voldemort. Pero seguía sin responder a su pregunta más importante.
-Sigo sin saber quien eres – le espetó el joven muchacho.
Se oyó un suspiro. Aquel hombre había suspirado, quizás consciente de que ya no podía alargar más el misterio sobre su identidad, sobre su nombre y sobre su relación contra la causa de lord Voldemort.
-Soy… Paolo Galliani. Soy… bueno, era, el Ministro de Magia italiano.
Así que no era español, el acento. Sino italiano. Era sumamente sorprendente. ¿Qué hacía ese hombre allí? Harry se temió lo peor.
-Voldemort… ¿Ya ha extendido su poder hacia los demás países? – quiso saber el muchacho, con horror.
-No, no. Sólo… es que estaba de visita aquí, en Inglaterra. Tenía una entrevista con el Ministro de Magia de este país, pero no llegué a ella. Me cogieron… y nadie sabe que estoy aquí. Me dan por desaparecido, e incluso en mi país ya me han substituido. Me lo dijo uno de los mortífagos, que iba en la prensa italiana. Hace ya tres meses de aquello.
-Pero… pero… ¡Yo no sabía nada! – exclamó Harry, todavía muy sorprendido por la información que le estaba siendo revelada -. ¿Cómo es posible que estés prisionero? ¿No te buscan?
-No saben que estoy en Inglaterra.
-¿No? Pero si acabas de decir que…
-Sí, pero la reunión con Scrimgeour era secreta. No se lo dije a nadie, y él tampoco. Así es que no sé como lo sabía Voldemort. Pero como no llegué, supongo que sospechó, y puso algunos aurores en mi busca… es una lástima, por que era un buen hombre. Teníamos fines comunes.
Aquello le aterrorizó. El sonido, o más bien, el tono de aquella voz parecía que le decía que se había producido una nueva víctima del régimen de Voldemort. Y aquel hombre se lo confirmó, con la duda de Harry:
-¿…era?
-Sí, era. Fue asesinado.
-No – susurró, el joven. Aunque unos instantes atrás se lo había imaginado, le sentó como un jarrazo de agua fría. Y eso que aquel hombre no le caía bien, nada bien. Aunque siempre supo que buscaba el bien común, con todas sus alimañas -. Pero Scrimgeour puede que sí se lo dijera a alguien… ¿No?
-Claro, pero no me encontraron. Y después, Voldemort lo mató personalmente.
-Vaya – susurró Harry, todavía con un deje de conmoción.
Se produjo un nuevo silencio. Y parecía que los dos acompañantes de Harry estaban acostumbrados al silencio en aquella fría mazmorra, que hacía de cárcel de prisioneros y sótano de los Malfoy. Allí no había mucho que hacer, excepto hablar. Harry seguía pensativo.
-¿Cómo puede ser? ¿Cuánto hace de eso?
-Pues… ¿Lo de Scrimgeour? Hace sólo un par de semanas. Me lo confirmó el propio Voldemort, en una de nuestras habituales charlas. Siempre me saca de aquí para intentar sonsacarme algo.
-Pero… ¡Si yo no me he enterado! Ni mis amigos me lo han dicho. ¿Cómo puede ser?
-Todo el mundo cree que sigue mandando Scrimgeour. Voldemort juega una batalla muy inteligente. Está creando sospechas e incertidumbre. Todos los funcionarios del Ministerio están sospechando de aquello, pero nadie dice nada.
-¿Por qué?
-¿No lo entiendes? ¡No confían en nadie! Voldemort es un gran estratega, hay que reconocerlo. Ha sembrado la desconfianza en todo el mundo, por lo que es imposible que haya una rebelión. Sólo los más elevados del Ministerio saben lo que ocurre, y están controlados por la Maldición Imperius. Por lo que…
Harry comprendió. Realmente, ese tal Paolo tenía razón. Voldemort era muy inteligente. Podía proclamarse Ministro de Magia él mismo y acabar con este asunto, pero era más útil para él estar a las sombras. Y que la gente desconfiara. Harry se imaginaba al señor Weasley sospechando, pero sin poder hablar con nadie. Era una situación trágica para el mundo mágico, y beneficiosa sólo para los mortífagos y Voldemort.
-Pero… ¿Qué tenías que tratar con Scrimgeour?
El hombre no respondió. No parecía confiar mucho en Harry, y el propio Harry se dio cuenta de ello. Ollivander rió, aunque débilmente. Ollivander estaba escuchando la conversación, aunque parecía ausente.
-No vas a conseguir sacarle nada, Potter. Yo también lo he intentado. Pero no revela nada.
-Por supuesto que no. Si te lo dijera, te lo sacarían en seguida. Eres muy débil mentalmente. Voldemort sólo necesitaría escarbar un poco en tu mente para conseguirlo, Ollivander. Prefiero no decir nada.
-A mí no puede utilizarme de esa manera – expresó Harry, con cierta esperanza de que le revelara algo -. Voldemort no puede penetrar en mi mente.
-Me da igual, muchacho. No voy a decirte nada. Esto es lo único que me ata a la vida, así que olvídalo. Voldemort lo ha intentado de mil y una maneras, pero yo me he mostrado inflexible. Sabiendo lo que sé, Voldemort no puede matarme. Pero si lo digo, lo hará.
-Comprendo – musitó Harry, algo decepcionado. ¿Qué se traería entre manos con Scrimgeour? Debía de ser algo importante, para que Voldemort le diera la jerarquía aquella.
Harry se estaba desesperando. En aquellos momentos, dudaba firmemente de su convicción. Llevaba dos días sin comer, y sólo bebiendo un par de tragos pequeños al día. Aquella situación era desesperante, y se estaba preguntando si realmente quería seguir con aquello. Ya podía realizar todos los planes que quisiera. Ya podía prepararlo todo con minuciosa precaución. Que nunca, jamás, hubiera esperado nada como aquello.
Ollivander seguía agonizando, y tarde o temprano moriría. Llevaba allí casi un año y poco más, según había podido averiguar Harry, y Voldemort ya no le necesitaba. Esa era la idea que tenía Ollivander, por lo que le dejaría morir allí en vez de darle una muerte rápida, como Ollivander quisiera.
Tampoco había podido sonsacarle nada a Paolo Galliani. El ex Ministro de Magia italiano seguía inexorable con respecto a su postura. Entonces Harry comprendió que si el propio lord Voldemort no había conseguido sonsacarle nada, el no iba a ser menos. Sólo había averiguado que había estudiado en Hogwarts (por eso hablaba tan bien su lengua), y que había coincidido con Scrimgeour en su casa, que no era otra que Huffelpuff.
Al quinto día, de estar allí, y ya casi delirando, por fin escuchó una voz del exterior.
-¡Atrás, apoyaros en la pared de enfrente! – gritó Draco, con mucho aliento.
Y abrió la puerta, y por la luz que entraba de la habitación exterior, por fin Harry pudo observar a sus dos compañeros. El aspecto de Ollivander le deprimió. Era verdaderamente deplorable. Era una figura esquelética, ovillada debajo de una fina y desparpajada manta. La escuálida figura se rebulló bajo la delgada manta y dirigió sus ojos hacia la puerta. El rostro desencarnado de Ollivander se incorporó y miró con esperanza a Draco.
-Pequeño Malfoy, por favor – suplicó -. Mátame… ¡Mátame! Ya no me necesitáis… os lo pido. Mostrad un respeto y hacedlo. Yo le proporcioné la varita a tu señor… ¡Díselo! Con ella ha hecho grandes cosas… y me tiene que devolver el favor. Una muerte rápida y sin dolor… ¡por favor!– y sollozó.
Era increíblemente triste. ¿Cómo la miseria humana llegaba tan lejos? Aquellas palabras de Ollivander le enjugaron los ojos. Y le dieron fuerzas, para afrontar ese momento. Era por aquellas personas por las que Harry quería acabar con todo.
Draco le ignoró, y Paolo Galliani también. Aquello debía de ser normal cada vez que alguien abría la puerta, por lo que demostraban sus facciones. Y Harry se fijó en Paolo. Era un hombre bastante mayor, más o menos de la edad del señor Weasley. Tenía cicatrices por la cara y por su torso desnudo, parecía que había estado envuelto en miles de guerras. La barba le llegaba casi hasta el pecho, de lo larga que la tenía. Y el pelo también lo tenía largo, a la altura de los hombros. Más o menos como Harry.
Y Harry también se había percatado de un detalle. Ambos prisioneros estaban desnudos. Aquello era humillante. Los habrían desnudado delante de todos, sin dejar lugar a la intimidad, y seguramente les habrían torturado desnudos. Y con el frío que hacía allí debajo, sólo el señor Ollivander tenía una manta, y además era muy fina. Pero Paolo no tenía nada. Estaba sentado con la espalda apoyada en la pared, observando a Draco.
-Potter, sal.
El trato de Draco hacia Harry era bastante indiferente. Ya ni si quiera le apetecía burlarse de él, y despreciarlo, como había hecho durante muchos años en su período de estudiante. Harry obedeció. Ya era hora. Lo estaba esperando durante cinco interminables días. Harry estaba débil, necesitaba comer. Pero no parecía que iba a recibir mucha comida en aquel momento.
-¿Por qué habéis tardado tanto? – preguntó Harry, al salir. Pero Draco no respondió. Zabini, que había estado esperando fuera. Le lanzó unas cuerdas invisibles para que sus manos estuvieran sujetas a su espalda.
Ambos le llevaron de nuevo por el recorrido que había hecho días atrás. A Harry le costaba abrir los ojos. Tardó varios minutos en acostumbrar su vista a la luz, por lo que no veía nada del lugar. Del magnífico lugar. Era una casa lujosa. Llegó a la puerta del comedor, y la abrieron.
Desde la última vez que había estado allí, había cambiado un tanto. La mesa que había estado deshabitada el otro día, ahora estaba ocupada por todos los mortígrafos. Y en la silla central estaba Voldemort, con actitud de autosuficiencia. Al verlo en aquel estado, le entró la risa floja. Harry relajó su mente. La necesitaba relajada.
-¿Sigues queriendo ser un mortífago, Potter?
Harry dudó. ¿Quería? Pensó en Ginny Weasley. En su pelirroja. En lo guapa que estaría con la túnica de Hogwarts. En lo felices que serían el día de su boda. Le dio fuerzas.
-Sí, claro.
Voldemort se desplazó a grandes zancadas para llegar hasta donde estaba él.
-Voy a hacerte una prueba. En parte te creo, por que he investigado tu mente, y Severus dice que no sabes Oclumancia ni un ápice. Tus motivos son realmente tristes, pero me cuesta creer que no me apuñalarás por la espalda. Pero hay algo… que quizás sí me convenza.
Aquello no tenía buena pinta. Pero ya lo había pensado. Y tenía una solución para aquello. Harry había pensado que quizás Voldemort le pidiera que matara a alguien, y Harry en parte lo haría. Pero sin matarlo. Era algo complejo.
-Hay… un individuo de la Orden del Fénix, que nos está molestando mucho – y los mortífagos empezaron a reír, conscientes de lo que venía a continuación -. Y vas a tener que quitarlo de en medio. Y con eso me refiero a eliminarlo, Potter. A matarlo. ¿Me comprendes?
Efectivamente, las terribles sospechas de Harry se estaban cumpliendo. ¿Qué se podía esperar de Voldemort? Algo así.
-Sí… sí, te comprendo – dijo con temple.
-Muy bien. Pues vas a hacerlo. Y para cerciorarme de que no te vas a escapar, te acompañarán Yaxley y Draco.
Hubo tensión. Se palpó en el ambiente.
-Mi señor – había hablado Lucius, con firmeza -. Mi señor. ¿Por qué debería de ir Draco? Si lo hace para castigarme, déjeme ir a mí, se lo ruego.
-¡Cállate, Malfoy! Tu hijo es mortífago, ¿No? ¡Y aquí mando yo! ¿Cómo te atreves a cuestionar mis órdenes?
-Lo sé, señor. Yo sólo le aconsejaba…
-¡No eres nadie para aconsejarme nada! ¡Nadie!
-Está bien, padre. Yo iré. No pasa nada – Draco parecía contento con que Voldemort le confiara aquella misión, y Harry se preguntó por qué.
Yaxley y Draco se pusieron al lado de Harry.
-Luna, la varita de Potter. Dásela, por que me temo que sin varita no va a conseguir su cometido – y soltó una fría risotada.
¿Luna? ¿Luna Lovegood? Aquello no era posible. Harry observó a quien había llamado Luna… y se sorprendió saber que era la muchacha mortífaga. Ahora que la veía sin capucha, pudo observar su rostro celestial y angelical. La morena con ojos verdes esmeralda, como los suyos, le dio la varita con suma delicadeza y con una sonrisita que hechizaría a todo barón. Aunque Harry no era un tipo cualquiera, y esas cosas no iban con él. Luna se alejó de allí, regresando a su sitio en la mesa de mortífagos.
Pero faltaba el detalle más importante.
-Remus John Lupin. Esa es la muerte que quiero.
Excelente. Aunque parecía increíble, ese era el nombre que Harry estaba deseando que dijera. Por que con él tenía mucha confianza. Y si era así mejor. Tenía que convencerlo de que desapareciera… tenía que fingir su muerte. Y Harry le iba a ayudar, por supuesto. Aunque tendría que pensar en cómo quitarse de encima a Draco y a Yaxley.
-Muy bien… si es para demostrarle mi lealtad, señor, estoy dispuesto a acabar con el que fuera mi profesor.
-Perfecto, pues ya estás tardando. Tienes una hora para hacerlo.
Se pusieron manos a la obra.
Los tres personajes se aparecieron en un sitio, que Harry no sabía exactamente dónde era. Entre el mar de árboles que había en esa especie de bosque, encontraron una casita rural y campestre pequeña, que parecía estar habitada.
-Es ahí – musitó Yaxley -. Hay mucha seguridad. Si vamos nosotros haremos saltar la alarma. Cuando lo mates, iremos a asegurarnos de que lo has hecho. ¿Estás…? – pero Yaxley no había acabado la frase. Harry le dedicó una mirada.
Estaba en tierra, inconsciente, pero con los ojos abiertos y parecía reacio a moverse. Draco lo maniobraba con la varita.
-Pero… ¿Qué haces?
-Bueno, Potter. Esto es lo que haremos – el rubio lo miró con intensidad, y algo de nerviosismo. No estaba muy seguro de lo que hacía -. Escápate. Avisa a Lupin y a su mujer, e iros muy lejos. Yo diré que nos atacaste y que conseguiste escapar.
Harry miró a Draco, un instante. No sabía cómo tomarse todo aquello. Draco no había comprendido que se iba a unir a Voldemort, aunque no en serio, si a los ojos de todo el mundo. Parecía que Draco no lo había visto así. De todas formas, en ese instante, Harry sintió gratitud hacia Draco, por intentar jugársela y liberarlo.
-Malfoy… voy en serio. Voy a unirme a Voldemort. Y voy a matar a Lupin si hace falta para demostrarlo.
-¿Pero por qué? ¡No deberías de hacer eso! – le espetó, con rabia.
-Voy a hacerlo, Malfoy y no puedes evitarlo. Ya conoces mis motivos. Ya los dije delante de todos.
-¿Qué estás sólo, que Dumbledore te ha abandonado, que te has dado cuenta de que el Señor Tenebroso es el mejor mago? ¡Venga ya! ¡Puedes engañar a todos con esa pantomima, pero a mí no! ¡Yo te conozco mejor de lo que crees!
Harry lo observó, sin saber que pensar de él. Estaba claro que le incitaba a marcharse. Pero ¿Por qué? Con aquello se podía ganar un muy buen castigo por parte de Voldemort. Y si se enteraba además de que la huida la había provocado él… podía incluso matarlo, si se enfadaba mucho.
Pero… ¿Podía confiar en él? No parecía convencerlo mucho con sus motivos, con los motivos que conocía Voldemort. Quizás debería de contarle lo que se traía entre manos realmente, para que dejara de ponerle las cosas difíciles. Además, solo le quedaban tres cuartos de hora de la hora total que le había dicho Voldemort.
No, definitivamente, no podía confiar en él. Si Voldemort decidiera explorar en su mente, lo descubriría. Se encontraba en la misma situación que el ex Ministro de Magia italiano, Paolo Galliani. Paolo no confiaba en Ollivander porque Voldemort lo podía descubrir a través de él. Harry no podía confiar en Draco porque Voldemort lo podía descubrir a través de él.
-No, Malfoy. Voy a unirme a Voldemort. Quiero hacerlo. Y tú no deberías de revelarte contra él, como estás haciendo. Es el único dueño y señor del mundo.
-¡Potter! Joder, tú eres el único que puede acabar con él. ¡Tienes que hacerlo! ¿No ves que mi familia está sufriendo?
-Pues acaba con él tú – le espetó con frialdad.
-Yo no puedo… tú… eres una especie de héroe. Todo el mundo te idolatra, aunque no lo creas. Y tú podrías formar un ejército lo bastante numeroso para hacer frente al Señor Tenebroso. Yo no puedo.
-¿Por qué no? – le animó Harry -. Hazlo, pero a mí déjame en paz. No me metas esas ideas en la cabeza. Lo siento, Draco. Pero en mi vida he estado tan seguro de lo que voy a hacer.
Draco comprendió entonces que no iba a convencerlo. Pero entonces hizo una mueca de miedo.
-Pero… ¡Guárdame el secreto! – le pidió el rubio, zarandeándolo -. ¡No le digas a él nada de lo que te he dicho! Por favor – desde tantos años que se conocían… y esa era la primera vez que Malfoy le decía "por favor".
-Está bien, Mallfoy. Pero si no quieres que le diga nada, no vuelvas a pensar en eso. O tendrás problemas – le amenazó Harry. Hizo bien su papel, por que Draco que se lo creyó todo, asintiendo con la cabeza. Estaba verdaderamente asustado.
-En serio… no les digas nada… ¡No sabes lo que les hará a mí familia si le cuentas eso!
-¿Pero que ha pasado? ¿Por qué ya no os respetan tanto como antes?
Draco se ensombreció, un poco.
-El Señor Tenebroso está castigando a mi padre y a mi madre, por todos sus errores del pasado – dijo -. Me está utilizando para todo, para cualquier misión, y no me puedo librar nunca. Voldemort se divierte haciendo sufrir a mi madre cuando ve que estoy tardando mucho, por ejemplo.
-Ya, pues te aguantas. Pero no voy a decir nada de esto, tranquilo – aquello le hizo asentir la cabeza nuevamente a Draco -. Pero tendremos que ver que hacemos con ese – señaló con la cabeza a Yaxley.
-De eso me ocupo yo. Le he lanzado una maldición Imperius, y cuando quite el efecto, le lanzaré un hechizo Oblivio, para que olvide lo que ha pasado. Por eso no te preocupes… yo me preocuparía de lo que vas a hacer. Yo nunca he matado a un hombre, no he tenido lo que hay que tener – admitió Malfoy, sin ningún tipo de pudor -. Y no creo que tú seas capaz de hacerlo.
Harry suspiró. Le dedicó una larga mirada a Malfoy, y caminando hacia la casa con firmeza dijo:
-No sabes de lo que soy capaz.
Entró en la pequeña casita. Parecía vacía. Dio unos pasos y llegó hasta donde parecía estar el comedor. Era una casa humilde, decorada con detalles dóciles. El comedor era bastante pequeño, y había dos sillones y una mesa bastante grande. Una chimenea al fondo y algunos muebles baratos. Lupin estaba sentado en un sillón, leyendo el periódico.
-¿¡Harry!? – exclamó Lupin, levantándose. Y estaba muy sorprendido. Se abrazaron, y Lupin lo notó tenso -. ¿Qué ocurre?
-Remus… tenemos que hablar. Seriamente. Me dijiste que podía contar contigo Remus. Para lo que sea.
-Claro Harry. Eso te dije. Para lo que necesites, aunque no me digas que te traes entre manos. ¿Qué ocurre? – volvió a preguntar.
-Para lo que sea… Necesito saberlo Remus. Dame tu palabra, que es muy valiosa.
Remus dio un suspiro algo desesperado. No sabía que se traía entre manos el muchacho.
-Te doy mi palabra Harry, que haré todo lo que me pidas.
-Bien – se alivió Harry.
No sabía que decirle. No quería hacer como Dumbledore. A lo largo de los años, Dumbledore nunca había confiado en Harry. Nunca le había contado lo de su amistad con Grindelwald, ni lo que sentía de joven. Y Harry no quería ser como él. Harry quería confiar en Remus. Y se lo iba a contar todo. Pero la duda era… ¿Por dónde empezar?
-No tenemos mucho tiempo. No te alarmes, pero hay mortífagos fuera.
-¿¡Qué!? – exclamó, y sacó la varita.
-¡No! No hagas nada, guárdala. Remus, mírame – y lo hizo -. Voldemort ha hecho siete Horcruxes.
-¿Queeeeé? ¿¡De qué me estás hablando Harry!? ¿Cómo sabes tú de Horcruxes?
-Y entre Dumbledore y yo ya hemos destruido dos. Faltan cuatro, más la parte que reside en el alma de Voldemort, siete.
-Pe-pero…
-Eso es lo que hacíamos yo y Dumbledore, y esa es la misión que me ha encargado.
-¿Có-Cómo…?
- Y me he unido a Voldemort, pero no va en serio. Voy a hacerme pasar por su más leal servidor, y a sacarle información. Voy a destruirle desde dentro.
-¡HARRY! – gritó -. ¡Basta! ¿Pero qué dices? ¿Estás bien de la cabeza, o algo? ¡No puedes estar hablando en serio!
-¿Me has escuchado? ¿Lo has entendido todo?
-Sí, Harry, pero…
-¡No tengo tiempo!
Lupin le dirigió una larga mirada. Le costó más de cinco minutos creérselo. En esos minutos ninguno de los dos había abierto la boca. Las expresiones de Harry, su prisa y su todo, le hicieron comprender que todo era cierto. Absolutamente cierto.
-Vaya, Harry. Esto es increíble. ¿Cómo puedes hacer todo eso?
-Pero no he convencido a Voldemort. Me ha pedido algo para convencerlo, y ahí es donde entras tú.
-Vale. ¿Qué tengo que hacer?
-Voldemort me ha pedido que… te mate, para que pueda ser mortífago al fin. Necesito ser mortífago, para poder averiguar el paradero de los restantes Horcruxes de Voldemort. ¿Me entiendes?
A Lupin le entró el miedo. Estaba pensando si realmente Harry era capaz de matarlo.
-¿Y qué piensas hacer? Harry, Tonks está embarazada. Piensa bien en lo que haces.
Harry lo observó. Lupin había pensado que podía matarlo, y en parte estaba decepcionado. Y Tonks estaba embarazada.
-¡Qué gran noticia! – exclamó, con felicidad -. Enhorabuena. Mira – sacó un frasco de un líquido amarillento. La había preparado en su estancia en el número Doce de Grimmauld Place. Desde que había salido al Valle de Godric, la llevaba encima -. Esta poción es la poción de Muertos en Vida. Tómala. Despertarás dentro de una hora, y si todo va bien, yo ya no estaré aquí. Lo que harás entonces es coger a Tonks, y marcharos muy lejos. Lejos del país. Pero antes de marcharte, debes de avisar a Ron y a Hermione mediante un Patronus mensaje de que estoy bien y de que mi plan ha salido bien. Diles que lo sabes todo.
Lupin se estremeció.
-No puedo hacer eso, Harry. ¿Salir del país? Harry… te estás precipitando mucho, aunque haya aquí mortífagos, creo que puedo sacarte del lío en el que tú mismo te has metido.
-No hay tiempo, Remus. Me has dado tu palabra – se miraron. Sintieron tantas cosas con esa mirada… Harry gratitud, Lupin… estaba preocupado.
-Pero es que esto es muy fuerte, Harry. Esto es muy extremo.
-Hazlo por mi padre, por favor – Harry no sabía qué hacer ya. Pero tenía que ser rápido. Si tardaba demasiado… Lupin seguía sin decir nada -. ¿Lo harás?
Lupin se quedó varios minutos pensativo. Harry estaba muy impaciente, pero no quería presionarlo. No quería decirle nada, por si eso afectaba a la decisión que iba a tomar. Pero el tiempo corría.
-Sí, Harry. Lo haré. Creo que esto es lo que debo hacer. Por el bien común. Por que puedas destruir a Voldemort… puede que sea arriesgado (muy arriesgado) pero es una gran idea la que has tenido – y sin avisar, cogió la poción de las manos de Harry y se la tomó entera.
Al principio, no sucedió nada. Pero después, el color de la cara de Lupin cambió. Se volvió más blanca de lo normal, y hacía gestos inexpresivos. Sus extremidades se "derritieron" y por esto cayó al suelo. Harry le tocó el cuello, para ver si le encontraba el pulso. No se lo encontraba, perfecto. Sólo faltaba el pequeño detalle.
-¡Avada Kedavra! – gritó, apuntando a la pared. Pero no sucedió nada. De su varita no surgió ningún halo de luz verde.
Hay que sentirlas.
-¡Avada Kedavra!
Seguía sin suceder nada. Sobre oscilar el movimiento con la varita, esta seguía inflexible, si hacer nada de nuevo. Tenía que hacerlo mejor, si quería que aquello saliera bien.
Pensó en Voldemort. Pensó en que lo tenía en la pared. Pensó que estaba allí, y pensó en lo mucho que lo odiaba. Sus padres, Cedric, Sirius, Dumbledore. Todos muertos gracias a Voldemort. Le odió. Sintió un inmenso odio.
-¡AVADA KEDAVRA!
Y por fin, aquello salió bien. Parte de la pared se derrumbó. El rayo de luz verde había salido con extrema potencia. Harry se sintió aliviado.
Salió a buscar a Yaxley y Malfoy, y vio como estos ya se estaban acercando a la casa. Yaxley estaba sorprendido, y Malfoy lo miraba con un deje de… ¿Decepción? ¿Harry había decepcionado a Malfoy con su actitud? También estaba sorprendido. Ninguno de los dos mortífagos habría creído realmente que lo había matado, y en parte tendrían razón. Pero los iba a engañar. Esperaba hacerlo.
-Lo hemos oído, Potter. Ha habido una explosión – musitó Yaxley y entró con fiereza en la pequeña casa. Malfoy lo siguió, y Harry los siguió a ambos, por detrás.
En el pequeño comedor encontraron a Lupin tendido en el suelo, con expresión sorprendida, pero inerte. Yaxley se agachó para tocarle el pulso, y vio que este era inexistente. Harry estaba excitado. Su vida corría peligro, pero sentía una terrible emoción. Vivir esos momentos al límite… era algo que le llenaba. Ya le había pasado cuando Voldemort lo había torturado.
-Está muerto – murmuró Yaxley -. ¿Cómo… cómo lo has hecho? El Señor Tenebroso aseguraba que intentarías huir, por eso hicimos un hechizo alrededor de la casa para evitar que te Aparecieras. Pero no… no lo has hecho. No sólo eso, si no que lo has matado de verdad. Así que todo es cierto. Quieres ser mortífago, realmente.
-Sí, claro que sí – dijo Harry. Pero faltaba una cosa. Estaba esperando algo. Por lo que podía llegar a pasar, había hecho el hechizo. Y la frase que estaba esperando, fue pronunciada por Draco Malfoy, al fin:
-Pero… ¡Tenemos que comprobarlo! Cógele la varita y hazla revelar los hechizos que ha cometido.
Yaxley no había caído en eso, pero Harry sí. Por eso había hecho la peor de las Maldiciones Imperdonables, por si aquello sucedía. Y se sintió aliviado. Ahora su varita mostraría como lo había intentado dos veces, y a la tercera le había salido. A la tercera iba la vencida, desde siempre. Sonrió para sus adentros.
-Aquí está mi varita. Compruébalo – se la tendió Harry, amablemente. Y Draco estaba sorprendido por este gesto.
Y en efecto, la varita de Yaxley obligó a la de Harry a revelar sus últimos hechizos. Y lo hizo. Dos Maldiciones Asesinas fallidas, y una que sí se había producido. Aquello pareció sentar como un jarro de agua fría a Malfoy, que seguía reacio a creerse que ahora Harry era uno de los suyos.
-Muy bien – dijo Yaxley -. Volvamos.
-Has demostrado, Potter, que eres un hombre valiente. Y que sientes nuestros ideales. Eres un verdadero mortífago, no sé cómo no me he dado cuenta antes – murmuraba Voldemort, delante de todos -. Yo, lord Voldemort, te doy la bienvenida a esta gran familia.
Se encontraba arrodillado frente a Voldemort. Estaban haciendo la ceremonia de iniciación. El que se iniciaba, debía de arrodillarse frente al que sería su señor. Los demás mortífagos estaban rodeándolos, en un perfecto círculo, y con las máscaras puestas. Algunos de ellos parecían incómodos, teniendo a Harry de mortífago, pero aún así nadie decía nada.
-Sé que es extraño, queridos súbditos – argumentaba Voldemort, con cierta indiferencia -. Pero este muchacho ahora es de los nuestros. Se que ha sido mi mayor enemigo, y mi mayor obstáculo en mi camino hacia la gloria de nuevo, pero teniéndole de nuestra parte, haremos grandes cosas juntos. Y pido, que lo respetéis como uno más. Aunque os resulte difícil, ahora es siervo.
Le cogió el brazo izquierdo con algo de brusquedad, y le bajó la manga de la túnica. Harry estaba indeciso, no sabía si asustado o curioso, por saber que se sentiría al tener la marca.
-¿Prometes serme leal, bajo cualquier circunstancia?
-Sí, mi señor.
-¿Prometes anteponerme a mí cómo la primera de las prioridades?
-Sí, mi señor.
-¿Prometes dar la vida por mí?
-Sí, mi señor.
-¿Prometes cumplir cualquier orden?
-Sí, mi señor.
-Si no cumples estás reglas… pagarás con tu vida. ¿Estás de acuerdo?
-Sí, mi señor.
Voldemort carraspeó. Sacó su varita y apuntó en el antebrazo de Harry.
-¡Morsmordre!
Harry se sintió genial. Como en una nube. Que Voldemort le quemara la piel le estaba dando un gran placer. Se sentía bien, era algo cómodo. Que le gustaba. En unos minutos, lord Voldemort acabó con su conjuro.
Harry se observó el brazo. Vio una serpiente, intercalándose en una calavera. Voldemort la tocó, para activarla. Y sintió su piel arder. La figura se tornó de un rojo fuego intenso, y Harry deseó que parara. Y lo hizo. Ahora la Marca Tenebrosa estaba brillante, y siempre estaría así. Ya no podía quitársela… era algo que se llevaba a la tumba, como la cicatriz en forma de rayo.
En ese momento, se dio cuenta del hambre que tenía. Había estado más de cinco días malviviendo en aquel sótano.
Harry sonrió para sus adentros. Ya era mortífago. Ya podía pasar a la siguiente fase de su ambicioso plan.
Ya era uno más.
