Capítulo 7:

"31 de Octubre"

Harry se dirigía hacia el sótano, para hacer un nuevo intento. No estaba consiguiendo resultados, y se preguntaba si eso enfadaría a Voldemort.

Los días iban pasando, y por simetría, lo hacía la vida. Aquellas semanas fueron excepcionales. En los días que habían seguido a su iniciación, ya había despertado envidias entre los mortífagos, y en parte le daba cierto orgullo. Aunque fuera todo, en el fondo, una farsa.

Pero, sin embargo, se encontraba muy triste. Sí, profundamente triste, y tenía una teoría al respecto. Desde que tenía la voluminosa y bella marca sellada en su voluble antebrazo, se había sentido más triste y desdichado. Quizás, eran los efectos "secundarios" de ser mortífago a plenas competencias y derechos.

Aunque ese, el de la marca, no era el único motivo de su tristeza. También estaba empezando a echar de menos a Ron y a Hermione… pero mucho más a Ginny. Su ausencia, o más bien, la propia ausencia de él mismo, le estaba haciendo mucho daño. Ya se había sentido así de impotente cuando estaba en el número Doce de Grimmauld Place, pero allí tenía la esperanza de volver a verlos. Ahora, el próximo encuentro que tuviera con ellos, si Lupin había hecho lo que tocaba, sería en navidad…

Lupin… Remus Lupin.

También a él le había dedicado horas de reflexión y pensamiento. Pero procuraba no pensar mucho en él. Esperaba que le hubiera hecho caso, y se hubiera alejado. Sino los dos tendrían problemas… pero confiaba en Remus. Lo hacía de verdad. Y sabía que lo había hecho.

Era tremendamente egoísta por parte de Harry todo aquello. Pero lo hacía por el Bien Común. Más tarde, quizás en unos años, quizás en unos días, el mundo mágico se lo agradecería terriblemente. Era lo que tenía que hacer. Y sentía tener que obligar a Tonks y a su hijo, que le crecía entre las tripas, irse también con Remus.

Se preguntaba a menudo, bueno; realmente en esos días, cómo podía haber sido tan egoísta.

¿Egoísta, él? Era increíble, pero Lupin lo pensaría probablemente.

Aunque no era nada egoísta. Nada de nada. Nadie en el mundo sabía lo que estaba padeciendo al hacer aquello, y más aún, a lo que había renunciado. Por eso le haría daño que alguien pensara que era egoísta. Sí, con Remus lo había sido. Vale. Puede que con el asunto de Ollivander también. Pero… ¿Y con el mundo? Todo aquello lo hacía por el bien de la humanidad.

Suspiró.

Aún recordaba la primera conversación con Voldemort, después de que éste fuera su "amo".

-Potter – había anunciado un mortífago, que por lo que sabía, se llamaba Inbent -. El señor Tenebroso quiere verte. Te espera en la sala principal.

En ese instante, Harry había sentido todas las miradas en su nuca, y algunos susurros maliciosos como los de Bellatrix Lextrange, pero eso no era un impedimento para él. Se dirigió a la puerta que había en el comedor… la que no correspondía a la cocina, que Harry no había conseguido averiguar. El interior de la sala contigua era muy oscuro. Sólo había un par de antorchas en cada pared vertical, que iluminaba vagamente la estancia. También estaban ayudadas por una tenue y chispeante chimenea, al fondo del habitáculo. Había un sillón, de espaldas a Harry. Este se giró y se mostró de cara, ahora. Habían pasado dos días desde que Harry era mortífago, y no lo había vuelto a ver. Este le sonrió, y Harry cerró su mente a modo de defensa. Quizás no intentara penetrarla, pero siempre era mejor hacerlo por si acaso.

Se arrodilló frente a él.

-Hola, Harry – murmuró lord Voldemort, con tremenda satisfacción. El detalle de que le tuteaba no había pasado desapercibido. Y ya parecía que había asumido la presencia de Harry en su bando… no como los otros mortífagos -. ¿Cómo te va todo?

-Bien, mi señor – no le miró a los ojos. Miraba al suelo, aunque sabía que Voldemort no quitaba ni un instante su mirada de su cabeza -. ¿Queríais verme?

-Así es. Pero dime ¿Te han tratado bien? ¿Te has adaptado?

Era una pregunta que en parte se esperaba. Harry se preguntaba por qué realmente Voldemort mostraba tanta preocupación por su estado y por sus sentimientos. Ahora que estaba "dentro", había averiguado que Voldemort no trataba "tan" mal a sus vasallos como se veía desde fuera. Bueno, si es que a todos les decía lo mismo, claro.

Pues… no había estado mal. Le habían proporcionado comida y una habitación bastante cómoda. Era el único, a parte de Bellatrix y la familia Malfoy que se quedaba en la casa. Los otros tenían otro sitio donde vivir. Le habían atendido bien. Fríos, sin dirigirle la palabra, pero respetando los deseos de su amo en referencia a él: que olvidaran el pasado y lo trataran como uno más.

-Han sido todos muy amables, señor. Me han tratado muy bien, y han sido correctos. Me he sentido muy a gusto…

-Excelente – contestó Voldemort, ahora estaba algo frío. Ya no parecía el Voldemort de los últimos días. Ya parecía el de siempre -. Bueno, como te habrás dado cuenta, vas a hacer el primer trabajo para mí.

Harry se mostraba imperturbable. Le gustaba que Voldemort tuviera una imagen de él como una persona tranquila, e inescrutable. Quería ser frío, como él, y distante. Aunque también quería hacer creer que estaba para todo… para todo iba a ofrecerle su hombro. Para desahogarse, para hablar… para revelarle el paradero de los Horcruxes, quizás. Sonrió para dentro, de forma macabra. Pensar en destruir algún Horcrux, en engañarle en su propia cara, le excitó.

-¿Ah, sí? Nada me alegraría más que me utilizara para lo que deseara, mi señor. Nada me gustaría más que servirle.

-Excelente – repitió lord Voldemort, frío.

Se produjo un silencio. Harry cerró los ojos, para no debilitar su mente. No entendía por qué Voldemort le hacía esperar tanto. Lo odiaba. Odiaba esperar… a merced de su víctima. Pero claro, no podía decir nada. Si protestaba, su castigo mínimo era la muerte.

-Bueno, como te habrás dado cuenta… hay dos personas en el sótano. ¿Sabes? Ollivander me está empezando a dar lástima. Me comentan que suplica por su muerte – y soltó una carcajada, fría y cruel. A Harry le dio asco el simple pensamiento, aunque lo retiró con rapidez de su mente. La sola imagen de Ollivander le provocaba náuseas, de lo lamentable que era.

-Sí, así es. Yo pude presenciarlo.

-Una vez, tan sólo. Pero ya hace un par de meses que lo hace. Un par de semanas que no bebe ni come. No entiendo como ese abuelo achuchado sigue vivo. ¿Tendremos que satisfacer su deseo, Harry?

Harry meditó aquello. Era una especie de trampa. Qué inteligente era Voldemort… y que ruin, que cruel. Lo había dicho aposta. Lo había soltado a propósito. Sabía, o deducía más bien, que a Harry le costaba matar. Quizás se lo pediría… aunque Harry no quería hacerlo, si se lo pedía. Por lo que improvisó:

-No… creo, mi señor. Creo… creo que deberíamos de dejarle morir, que muera él solo – intentó fruncir una sonrisa, al levantar el rostro. Era algo forzada, pero pasable. Voldemort no entendía de sonrisas -. Creo que así será más divertido.

Se dio asco, por aquello. Mucho. Sabía que Ollivander quería morir, y sabía que él podía hacerlo, acabar con su sufrimiento. Pero era un cobarde, no quería matar. No quería quitarle la vida a nadie. Fue la primera vez en su vida que se preguntó si era egoísta. ¿Había antepuesto sus sentimientos, sus pensamientos, su integridad a Ollivander? Pues sí, respuesta afirmativa. Pero por el bien común. No resultaba del todo egoísta. No estaba preparado para hacerlo, y mucho se temía que nunca estaría preparado para matar.

-Cierto… realmente, Potter. Me sorprendes.

-¿Gratamente? – se ensanchó Harry, haciéndole la pelota descaradamente.

-Por supuesto. Todo lo que resulte sorprendente de ti, es gratamente. Por la imagen que tenía de ti… creía, y recalco lo de creía, que te conocía.

Harry suspiró. Intentó darle la razón.

-Es que me conocía, señor. Pero ahora he cambiado. ¿Cree en el cambio de las personas? ¿Cree que es posible? Yo no lo pensaba, pero me he equivocado. Como tantas veces me he equivocado. Al elegir casa, al elegir amigos, al elegir bando.

Voldemort rió, fuertemente. Estaba bastante desprevenido, y Harry supuso que los mortífagos le alababan muy de vez en cuando. No se podía quejar de autoestima, sinceramente.

-Es cierto. Todo es cierto. Pero hay algo que me ha sorprendido – no añadió nada más. Quería darle un silencio de misterio a sus pensamientos, a sus opiniones.

Harry permaneció alerta, cuando preguntó:

-¿El qué?

-¿Has dicho… elegir casa? – susurró. Aquello parecía asustarle.

-Sí, así es. El Sombrero Seleccionador me pidió elegir entre Gryffindor y Slytherin. Quería enviarme a Slytherin, lo juro. Pero yo, siguiendo los consejos de… el indeseable de Weasley – el primer "insulto" que le vino a la cabeza -. Elegí Gryffindor, y rechazé Slytherin.

Y se arrepintió de decirlo. Voldemort mostraba una mueca de enfado… y Harry retrocedió desde tierra, un poco. Voldemort no captó ese detalle.

-Estoy muy arrepentido – añadió para intentar calmarlo, aunque descubrió que el rechazo hacia Slytherin no era el motivo de su enojo.

-¿Pudiste… elegir? – susurró, peligrosamente. Y se levantó, avanzando hacia él. Harry se aterrorizó -. ¿Por qué? – preguntó, como si Harry conociera la respuesta. Siguió avanzando con lentitud hacia Harry, que permanecía inquieto en su lugar -. ¡Por qué! ¿¡Por qué a mí, el más grande mago de la historia, se me privó tal honor!? ¡Por qué!

Estaba en un pequeño aprieto. O no tan pequeño. Y se lo preguntaba a Harry… como si él lo supiera. Exprimió su mente, buscando una respuesta. Mucho se temía que un "No lo sé" no le contentaría más. Al contrario.

-Por que… sois descendiente directo del más grande de los fundadores, Salazar Slytherin – Harry se sorprendía a sí mismo de lo bien que mentía. No consideraba a Salazar el más grande, ni mucho menos -. Por eso el sombrero no dudó. Eso es mucho mejor, señor – le hizo ver Harry, con cierto éxito.

El Señor Tenebroso lo meditó. No parecía contento con la respuesta, aunque tampoco descontento. Había veces en las que Voldemort demostraba tal inhumanidad que era difícil ver que sentía. Aunque Harry tampoco lo conocía demasiado bien… pero más bien de lo que el propio Voldemort creía.

-Puede ser. Bueno, Harry. Nos estamos desviando demasiado. Ya sabes que tengo otros planes, muchas cosas que hacer, y que no tengo tiempo. He venido aquí sólo para dar un par de órdenes, y volver a donde estaba – dijo. Harry no intentó averiguar dónde había pasado los últimos días, ya que si lo hacía podría pagar con su vida por tal osadía. Aunque se moría de ganas de saberlo.

-Sí, mi señor. Dígame que debo de hacer.

-Quiero que averigües, bajo cualquier circunstancia, las intenciones de Galliani con Scrimgeour. ¿Me has entendido?, quiero saberlo todo – pronunció la última palabra con énfasis.

Harry asintió con ferocidad y ansioso.

-Sí, así será, mi señor.

Y después de ese tiempo, seguía sin saber nada. Abrió la puerta del sótano para entrar, sin mandarles a la pared. No hacía falta. Ollivander seguía con su estado deplorable, y daba verdadera lástima.

-¡Por favor, Potter! ¡Le proporcioné la varita! ¡La creé para usted! Hizo grandes cosas... ¡Mátame ahora!

Cada vez le costaba más ignorarlo. Ollivander había estado todo ese mes intentando hacer que le mataran, pero no lo conseguía. A Harry se le partía el corazón al verlo así como la primera vez, pero al menos ya había aprendido a ignorarlo. Cuando no lo ignoraba, Ollivander se hacía muchísimo más pesado.

Harry cogió a Paolo Galliani de los hombros, y lo ayudó a levantarse. Paolo ya estaba empezando a caminar con dificultad debido a la falta de alimentos y bebida. Ollivander seguía insistiendo, pero Harry ya había cerrado la puerta después de salir detrás de Paolo. Lo llevó a una pequeña habitación contigua, la cual parecía un despacho.

Habían estado yendo allí todos los días que Harry lo intentaba. Antes lo hacía con más esmero y más veces a la semana, ahora menos. Además, Voldemort seguía sin aparecer.

-¿Qué tal estás hoy, Paolo? – murmuró Harry, indiferente.

-Estoy poco hablador, pequeño traidor – le respondió con asco.

También Harry estaba acostumbrado a sus habituales desprecios. Ahora ya lo trataba de forma imparcial, y muy frío. Ya no le importaban sus insultos. Pero los primeros días le había costado estar callado para decirle cuatro cosas. Ahora había aprendido a ser más calculador, y menos llevadero por sus iras o sentimientos.

-Muy bien – Harry se levantó. Estaba probando algo, y era poco optimista para que funcionara, pero era algo. Intentaba sacarlo del oscuro habitáculo unos segundos y después encerrarlo rápidamente, para que su psicología se acostumbrara sólo a lo bueno durante un instante, para volver al cruel mundo en el que era sometido.

Paolo Galliani escupió al suelo varias veces. A Harry bien poco le importaba, aquello era de los Malfoy. La casa no era de su propiedad. Galliani estaba desdichado, muy desdichado. Además del psicológico trato al que estaba siendo sumiso por parte de Harry, éste había reducido (con horror) la dosis de alimentos y bebidas que recibían a la semana. Por eso estaba volviéndose como Ollivander más rápido de lo normal, según Bellatrix, a la cual evitaba siempre que podía.

-Puedes confiar en mí, Paolo – murmuró Harry, con sincera sinceridad.

-No, no puedo. No puedo hacerlo con un traidor a mis ideales, a mi raza, a los que piensan como yo y sueñan con acabar con el régimen de Voldemort.

-A ti te da igual. ¿Me equivoco? Te da igual que tengamos esa información, que ibas a debatir con Scrimgeour.

-No te equivocas – le espetó, ciego y desafiante. Iba con los ojos cerrados, por que no se acostumbraba a la luz de aquella sala. A Harry también le pasó, cuando estuvo tiempo allí abajo y después salió -. Ni necesito la información, ni la quiero, ni me importa que esté en vuestro poder.

-¿Entonces?

-Ya sabes. Me preocupa cual va a ser mi destino, después. Yo opino que la muerte, aunque tú llevas dos semanas diciéndome que me prometes que no moriré. Esa es la situación, día tras día.

-Ya veo – sólo murmuró, Harry.

-Y no va a cambiar, aunque me quites la comida o me obligues a hacerlo. Ya sabes. No era Ministro por nada.

Después de esto, Harry lo cogió y lo llevó al sótano de nuevo, cansado ya de esa situación. Ser mortífago era muy duro, y eso que tenía una de las tareas menos peligrosas y placenteras para un mortífago, siempre según Narcissa Malfoy.

Y a la semana siguiente, a mediados de Octubre, Voldemort apareció por fin. Fue la primera vez que Harry notaba el resquemor en su antebrazo, y cómo le había gustado esa sensación. Le había producido un inmenso gozo y placer. Se había sentido, de nuevo, como en una nube.

Se reunieron en el comedor principal, como siempre. Habían añadido una nueva silla para Harry. Estaban todos sentados. Snape, que también aparecía muy poco por allí, le lanzaba sendas y reiteradas miradas a Harry con mucho recelo. Este le ignoraba, aunque era consciente de que tarde o temprano tendría una buena conversación con Severus Snape. La duda estaba en si, en efecto, sería tarde, o sería temprano. Pero que se iba a producir era algo seguro e irrevocable.

Voldemort se levantó con fría elegancia, y empezó a dar vueltas por la mesa. Hablaba con una voz muy potente, y muy grave. Aunque casi como un susurró; se oía y comprendía perfectamente:

-Queridos vasallos, se acerca mi día favorito del año.

Hubo un ronroneo por la mesa, que se acalló con una sola mirada de lord Voldemort.

-El día 31 de este mismo mes, se celebra Halloween o la noche de brujas. Una fecha perfecta para cometer un atentado.

Ahora sí se crearon más murmullos y susurros, pero esta vez sin miedo a la represalia de Voldemort.

-¡Silencio! – exclamó -. Prestad atención. Ese mismo día, todos y cada uno de nosotros, sin ninguna excepción, atacaremos el hospital San Mungo.

Hubo otro murmullo general, en el que se podía detonar claramente la excitación y emoción de algunos de los mortífagos. Parecía que llevaban tiempo sin hacerlo y que se morían de ganas de planear algo como eso.

-Los detalles los daremos en los próximos días. Mi brazo derecho, Severus Snape – Snape fue víctima de más de una docena de miradas indignadas y envidiosas hacia él -. Se encargará del plan, del modus operandi y demás detalles. Yo sólo he venido un instante, por que me voy. Estoy en algo importante, y no quiero que me molestéis bajo ningún concepto. ¿Me habéis entendido? ¡Bajo ningún concepto! – había sonado autoritario y firme, y todos ascendían la cabeza con cierta timidez, en parte por que Voldemort así lo había provocado.

Bellatrix se levantó, con cierto temor, pero dijo con valor:

-Ya os vais… ¿No sería conveniente que pasarais la noche aquí, mi señor? Así quizás yo pudiera hacerle compañía.

-No, Bella, mis asuntos son mucho más importantes – sonó definitivo, y tajante. Bellatrix se sentó, algo delicaida. Y Voldemort observó la mesa, en busca de alguien que lo volviera a interrumpir, o se atreviera a hacerlo. Como nadie se hacía el ánimo, concluyó: -. Pues eso era. Me voy – y desapareció.

Harry, mientras todos se dirigían a Snape para preguntarles cosas, se alejó con discreción a su habitación. Sabía que Snape le seguía con la mirada, pero se alejaba por que ese preciso día no tenía ganas de hablar con nadie más. Se fue a su habitación, y se durmió pensando en lo que estaría haciendo Voldemort, de tanta importancia.

Halloween, o la Noche de Brujas, llegó. En los pocos días que habían sucedido desde la última vez que había visto a Voldemort, no había conseguido nada aún con el tema de Paolo Galliani. Realmente se había estado preguntando si era algo importante o no, por que más bien parecía una cosa irrelevante, pero que el italiano hacía parecer importante. Y era un buen argumento, ya que si decía algo, por lo poco importante que fuera, y aunque tuviera la palabra de Voldemort de que viviría, era una verdad evidente que no la cumpliría. En cierto modo, Paolo era un valiente. O un cobarde, todo dependía de con qué ojos se mirara el asunto.

En los días anteriores, se habían publicado algunas noticias en el Profeta, que según le había informado Lucius Malfoy, ahora estaba controlado por lord Voldemort. Una de ellas, era que había nuevo Ministro de Magia. Harry ya sabía que Rufus Scrimgeour estaba muerto, pero en el Profeta alegaban una dimisión formal y discreta, de la que se sabía pocos detalles. Ahora el nuevo Ministro era Augustus Rookwood, un conocido mortífago. Aunque no era tan conocido entre la gente, por lo que Voldemort había sabido despertar la incertidumbre en el mundo mágico.

Otra de ellas, era que Hogwarts ya no admitiría a muggles entre sus estudiantes. Eso no era de extrañar, realmente, por que según tenía entendido, los de primero de el curso presente ya eran todos sangres limpias… y había rebajado notablemente el número de estudiantes que ingresaban al año. Aunque por lo menos, y para suerte de Harry, el resto de estudiantes muggles no serían desterrados hasta el año que viene, por lo que Hermione ya podía acabar Hogwarts sin preocupación. Aunque según Lucius, los sangre sucia iban a sufrir mucho este año.

Y la última, y la más importante en aquellos momentos, era que en el hospital San Mungo habían separado a los pacientes sangre limpia de los pacientes sangre sucia. Eso era realmente aterrador, ya que era un indicio de lo que harían. Seguramente aquello había sido orden directa de lord Voldemort, y por lo tanto el 31 de Octubre Harry, Voldemort, y el resto de los mortífagos atacarían sólo a los pacientes sangre sucia, es decir, a los muggles que vivían en el mundo mágico.

Harry estaba horrorizado. Le parecía sumamente cruel lo que iban a hacer, aunque realmente, él no haría nada. Se imaginaba el estado de confusión que se generaría, por lo que se escondería por algún sitio seguramente y esperaría a que pasara todo. Y si podía salvar algunas vidas, lo haría, aunque era consciente de se iban a producir muchas más muertes.

Más muertes.

Esta vez no eran exactamente por su culpa, pero seguro que después le comería la vida el remordimiento por la sencilla razón de que no estaría tranquilo. No estaría tranquilo sabiendo que, podría evitar todo eso. Bueno, no podía hacerlo exactamente, pero incluso así se sentía muy mal.

La noche había hecho acto de presencia. Era una noche de luna llena. La última vez que Harry se había fijado en la luna, había sido la famosa noche que había visitado a sus padres en el Valle de Godric, que había visto a McGonagall instantes después, y que había sido capturado por los mortífagos. Aquella noche parecía tan lejana… ya habían pasado casi dos meses desde aquello.

Se reunieron en el comedor, para recibir al Señor Tenebroso. Formaron un círculo perfecto, que se había ensanchado casi sin percepción por la llegada de Harry al grupo, y esperaron todos en silencio. Voldemort los había llamado por la Marca Tenebrosa, y por eso todos sabían que debían de hacer. De nuevo, cuando Harry notó la llamada de Voldemort, fue "víctima" de un agradable cosquilleo en su antebrazo. Había sido tal la excitación que se preguntaba cuando sería la próxima vez que le volvería a pasar.

En unos minutos que a Harry se le hicieron eternos, Voldemort apareció justo en el medio de aquel perfecto círculo. Todos se arrodillaron acompasados, excepto Harry, que fue el último en hacerlo. Aunque Voldemort no se había fijado en ese detalle. Parecía algo cansado y distraído, sin motivación por lo que iba a hacer. Harry tenía cierta esperanza de lo iba a posponer, pero de ningún modo eso iba a ocurrir.

-Bueno, Severus. Soy todo oído. Infórmame. ¿Cómo lo hacemos?

Cabía decir que todos estaban ya con el atuendo típico de los mortífagos preparados, por lo que tenía cierta ventaja. Iban vestidos de negro, como siempre, y con una máscara en forma de calavera. Por lo que, Harry seguramente pasaría desapercibido. Esperaba poder cumplir su misión de destruir a Voldemort antes de que el mundo mágico se enterara de su unión con los mortífagos.

Severus Snape avanzó con firmeza un par de pasos al frente.

-Iremos por la chimenea, mi señor. Hemos establecido una conexión permanente con el despacho del sanador jefe del ala oeste de San Mungo, ya que lo hemos controlado mediante la maldición Imperius. Después avanzaremos por el pasillo de la derecha, para coger el ascensor que nos lleve a la sexta planta, ya sabéis; la nueva planta creada para los Enfermos Muggles.

-Y una vez allí ya podemos disfrutar y divertirnos un poco, ¿no es así? – murmuró Voldemort.

-Exacto. Así es.

Harry se sintió horrorizado de nuevo. Todavía no se creía lo que estaba a punto de hacer junto con los demás mortífagos. Iban a producir una matanza a gran escala, de eso no había duda… y toda la sangre derramada sería la de los muggles. Sangre sucia, según los mortífagos.

-¡Excelente, pues! Vamos.

Snape se acercó a la gran hoguera del comedor de los Malfoy, mientras Bellatrix lo asesinaba con la mirada. Harry se preguntó cómo podía ser Snape más importante para Voldemort que Bellatrix, después de todo lo que ésta había hecho por él. Pero no le dio ninguna lástima la arpía. Ya en la chimenea, Snape echó un cuenco entero de polvos flu al fuego, y este se tornó de un verde intenso y permanente, del mismo color que cuando Sirius utilizó aquello para hablar con él en la Sala Común de Gryffindor.

Voldemort cruzó primero, y Snape lo siguió. Uno por uno, cada mortífago fue cruzando la hoguera. Cuando llegaron a la otra parte, el panorama cambió radicalmente. Salieron del pequeñísimo despacho, ya que eran demasiados, y Harry observó uno de los pasillos. No había cambiado en absoluto, tal y como lo recordaba. Blancas paredes y sendas habitaciones numeradas a cada pared. Por lo que pudo observar, se encontraban en la tercera planta: "Envenenamientos provocados por plantas y pociones".

Voldemort giró a un paso rápido, hacia el pasillo derecho y todo el mundo lo siguió. Había sanadores que se encontraban por los pasillos que se escondían en algunas puertas, otros que gritaban con horror, pero Voldemort se hizo un hechizo amplificador a su garganta y exclamó, para intentar "tranquilizar":

-¡Tranquilos! ¡No voy a matar a ningún sanador, a menos que sea un sangre sucia! ¡Mis vasallos tienen órdenes directas de no derramar sangre mágica!

Algunos parecían más tranquilos, e incluso suspiraban. Otros seguían igual de horrorizados, sin parecer que aquello hubiera convencido demasiado. Llegaron a los ascensores. El grupo de más de treinta mortífagos se dividió en dos grupos, para subir por los dos ascensores que había. Cuando se paró en la tercera planta, ambos se quedaron absolutamente vacíos al ver qué les esperaba allí.

Harry subió en el de la derecha, curiosamente, en el mismo que iba Voldemort, y su cercanía con él en un momento como aquel, le produjo un terrible dolor a la cicatriz. Eso significaba que estaba contento… ansioso, más bien. Suspiró con alegría, al llegar a la sexta planta, por que ese dolor terminó. Voldemort fue el primero en salir, y al hacerlo, ya había lanzado un par de maldiciones asesinas, una de ellas había impactado contra un paciente que merodeaba por la zona. Harry se horrorizó con la facilidad que había matado a aquella mujer, pero escogió el pasillo de la derecha.

Se notaba que esa planta era más nueva que las demás. Y Harry supuso que la habían construido nueva, por que sólo recordaba que el edificio tuviera cinco plantas. Y la sexta planta ("Enfermos Muggles"), antes era inexistente.

Entró en la primera habitación que encontró, con la esperanza de que nadie le siguiera el paso. Allí dentro había dos niños aterrorizados, muy aterrorizados. Harry se asqueó por su propio aspecto, y por el efecto que causaba a aquellos pobres e inofensivos niños.

-No voy a haceros nada – dijo con calma, aunque como era normal, los niños parecían recelosos a acercarse.

Quería salvarles la vida a aquellos niños. Ya iba con la idea de salvar tantas vidas como pudiera. "¡Sí!" – exclamó para su interior. La idea podía funcionar… iba a utilizar el encantamiento más básico que existía.

-¡Petrificus totalus! ¡Petrificus totalus!

Los dos niños cayeron desplomados, con los brazos pegados a su cuerpo y con la expresión más aterrorizada si cabía que antes.

Cogió a uno, y sin pensarlo, lo tiró por la ventana.

-¡Wingardum Leviosa!

Y con su varita lo manipuló hasta hacerlo llegar a una ventana abierta que podía ver desde allí en la ala norte del hospital. Abajo del todo había un gran patio. Cogió al otro niño y lo tiró por la ventana, también. Hizo el mismo proceso, y lo dejó justamente en la misma ventana que al anterior. Suspiró, orgulloso de sí mismo. Esos niños posiblemente no podrían, pero se lo agradecerían en secreto. Se giró, y vio con horror que a sus espaldas había un mortífago.

"Mierda" – fue lo único que se le ocurrió pensar. ¿Le habrían descubierto?

-Potter – murmuró esa voz.

Pero no todo le iba mal. Esa voz no suponía ningún peligro… al menos por los acontecimientos que predecían aquella escena. Severus Snape se acercaba con paso firme hacia él. Se quitó la máscara. Harry lo imitó.

Ambos se miraron, a los ojos.

Severus Snape parecía sufrir una mueca de añoranza y de… ¿felicidad? Harry creía estar soñando, pero luego la expresión de Snape cambió otra vez, adoptando la forma de asco con que normalmente le miraba.

-Tenemos muchas cosas que hablar, Potter.

-Lo sé, yo tengo muchas preguntas que hacerte.

Se tantearon un instante más, sin dar el paso ninguno de los dos. Harry adoptó una postura seria, y fría.

-¿Por qué? – Snape fue el que dio el paso -. ¿Por qué… has hecho esto? ¿Por qué eres un mortífago?

Suspiró. Harry se preguntó cuantos más mortífagos habría como Draco Malfoy y Severus Snape.

-¿A ti que más te da? ¡Por que quiero! Ya expuse mis motivos.

Snape rió, amargamente.

-Éste es el plan. Escúchame con atención. Lánzate por la ventana, escapa por allí. Haré un hechizo levitador para que al caerte no te hagas daño. Después escapa, y sigue con lo que Dumbledore te ordenó para destruir a Voldemort. ¿Me has entendido? ¡Vamos, no hay tiempo!

Harry suspiró de nuevo. Aquello iba a ser difícil. Pero era muy sorprendente que Snape le dijera todo eso. ¡Pero si él era mortífago! ¡Era la mano derecha de Voldemort! Y lo más importante… ¡Había acabado con la vida de su mentor, Albus Dumbledore!

-No te atrevas a nombrarlo, cobarde.

Snape enseñó los dientes con rabia y lanzó la maldición Imperius. Harry se protegió, y consiguió esquivarla.

-No vas a hacerlo. No vas a obligarme a escapar.

Como Malfoy. Desconocía el interés que Snape tenía en que escapara. Como Malfoy.

-Pero… ¿Por qué? Potter, yo soy de los tuyos. Dumbledore me pidió que le matara. La maldición de su brazo estaba acabando con su vida…y decidimos hacerlo así. Ambos ganábamos. Yo conseguía la confianza de Voldemort, para ayudarte. Y él conseguía una muerte digna y sin sufrimiento, como deseaba.

Harry recibió un porrazo en su corazón. Un jarro de agua fría se le había echado encima. Eso era imposible. Era tan inverosímil lo que Snape le contaba… aunque sin saberlo, Harry era consciente de que decía la verdad.

Todo había adoptado un sentido para él.

Por eso Snape había mostrado tanto interés en ayudarlo desde el principio. Realmente, estaba en su mismo bando. Snape siempre había sido de los buenos, o al menos, aquello parecía demostrarlo. Harry sintió una nueva oleada de admiración hacia él… pero estaba triste. Dumbledore no confiaba en él. Sólo lo hacía cuando le interesaba. Sintió un sentimiento de repulso hacia él, de forma inesperada.

No sabía qué hacer con todo aquello. Pero tuvo una idea, recordando el Guardapelo.

-¿Quieres ayudarme? – inquirió Harry.

-Sí, me estoy jugando la vida no por ayudarte, sino por contribuir a la derrota de Voldemort.

Eso era cierto. Debía de admitir que Snape era verdaderamente valiente.

-Pues dame el guardapelo.

-¿Cómo?

-Necesito el guardapelo de Slytherin para destruir a Voldemort, y creo que tú debes saber por qué. Estoy intentando destruir a Voldemort desde dentro.

-Cómo en las viejas guerras – susurró Snape, casi sin aliento. Lo había dejado verdaderamente sorprendido -. Sólo… ¿Sólo por eso te has hecho mortífago? ¿Para destruirlo desde dentro? ¡Qué tontería! ¡Así solo has conseguido exponerte a un riesgo innecesario!

-El guardapelo – fue la respuesta de Harry, con autoridad.

-¿Qué es? Dumbledore me dijo que lo consiguiera. Y yo entonces recordé haberlo visto en el cuartel General de la Orden. Por eso se lo robé a Kreacher.

-Lo sé, él me lo dijo – realmente, Snape no sabía lo que era el guardapelo. Se sintió mejor al saber que Dumbledore tampoco confiaba plenamente en Snape -. No puedo revelarte lo que es. Lo sabrás a su tiempo.

Snape se sacó el guardapelo del cuello.

-¡Lo tenías ahí! – no era una pregunta, era una exclamación -. ¿Y me dices a mí de correr riesgos innecesarios? ¡Podría haberte descubierto, y echarlo todo a perder!

Sí que era valiente.

-No, no creo. Es más seguro llevarlo encima, que dejarlo por ahí. Y ya ves de que me ha servido. Ahora te lo puedo entregar por fin. Ten cuidado con él, es sumamente inestable – se lo arrojó, y Harry lo cogió con facilidad, observando como Snape salía de la habitación.

Quizás Harry debía imitarlo, pero decidió no hacerlo. En lugar de salir, se asomó a la ventana.

La luna llena se alzaba, brillante y celestial.

Harry se puso el guardapelo, y notó como algo oscuro y mezquino entraba en su ser, con facilidad.

La luna era brillante y celestial… era perfecta. ¿Qué habría en ella? Los muggles habían conseguido llegar hasta ella con naves espaciales, aunque había profesores de Hogwarts que negaban eso, que era una pantomima. Que nadie había ido a la luna.

Harry nunca había pensado en eso. Suponía que era un extraño efecto secundario de llevar el guardapelo puesto, como Snape le acababa de advertir.

Pero, por una razón inexplicable; Harry no pudo hacer otra cosa más que mirar a la luna el resto de la noche, hasta que los mortífagos acabaron con su juego.

Brillante y celestial, luna.