Capítulo 8:
"Cambios"
Después de la incursión en San Mungo, Harry se había sentido mal, impotente. Realmente odiaba lo que hacía, pero eso no importaba. Como trataba de convencerse siempre, todas sus acciones eran necesarias.
Los mortífagos después de aquello estaban exultantes, casi como llenos de alguna forma. Era como si antes de aquel ataque hubieran estado sedientos, con ganas de sangre muggle. Nunca los había visto tan felices y contentos.
Harry sabía que no podía esperar mucho más. Tenía que empezar pronto a entablar lazos con Voldemort. Algún tipo de lazo, el que sea. Y de nuevo y como siempre, debía de sonar convincente. No podía dejar cabos sueltos, como la protección de su mente. Debía de comenzar ya, por que no aguantaba más todo aquello. No podía seguir escondiéndose en los próximos atentados, y esperaba que los próximos si llegaban a suceder, que fueran lo más lejano en el tiempo posible. Simplemente, no podía volver a vivir lo que había vivido.
Ya empezaba a hacer frío, por lo tanto, era una buena señal. Estaban entrando en Diciembre, por lo que Harry estaba de un humor genial. No faltaba demasiado para su cita con Ron y Hermione, no mucho. Sólo unas semanas. Harry se preguntó cómo podía estar pasando todo ese tiempo sin ellos, sin saber de ellos sobretodo, y también se preguntaba como ellos podían vivir como él, sin saber de Harry. Eran situaciones realmente extrañas.
Además, Voldemort se había marchado de nuevo. Harry no quería saber lo que hacía, sino que se moría de ganas, que era aún más extremo. Sabía que era algo importante, por que antes de que Harry se uniera a él, sabía que sólo lo podían molestar si lo capturaban. Ahora, en ese instante, no había motivos para molestarlo. Ninguno. Pero Harry se moría de ganas por saber cuando sería la próxima vez. Para empezar con la misión de acercarse emocionalmente a Voldemort… y para sentir la sensación de extraña quemazón en la marca.
Lucius le había explicado que le podía pasar. Harry, en principio, no entendía que quería decir con aquello. Por lo que Lucius le dijo que era normal que se sintiera mal cuando Voldemort los llamara, que el dolor era casi insoportable, pero era necesario para reclamar la reunión. Eso le había parecido extraño, por que él se sentía justo al contrario de lo que describía. Pero Harry no había abierto sus dudas con él. No le había dicho que a él no le dolía, ni mucho menos.
Aunque Lucius confiara en Harry, él no confiaba en Lucius. Realmente, se sorprendía el trato al que era sometido por algunos mortífagos. Había unos cuantos, como Malfoy y Snape, que no le miraban con buenos ojos. Lo de Snape era obvio, por que ya sabía que sus intenciones no eran precisamente formar parte del clan, pero lo de Draco lo desconocía, aquel trato de desconfianza. Supuso que más que desconfianza, era miedo. Miedo por que revelara a Voldemort aquel momento en la pradera de la casa de Lupin. A Harry le hubiera gustado tranquilizarlo. Lo había hecho en su momento, le dijo que no diría nada. Pero Draco no se fiaba.
Había otros que lo miraban con cierta lástima… y con cierta culpa, en parte. Ese detalle no había pasado desapercibido para Harry. Alecto Carrow, por ejemplo, le miraba con lástima, como si Harry no hubiera tenido otro remedio que unirse a las personas que habían destrozado su vida. Y en parte también sentía culpa (Harry lo podía notar) por colaborar en su destrucción. Aunque Harry procuraba no hacer mucho trato con ninguno de los hermanos Carrow, por que ambos le trataban de ese modo. Eran especialmente amables con él. Todo le sorprendía, no sabía que un mortífago pudiera llegar a ser amable, aunque intentó quitarle importancia a aquel asunto.
Y había otros, que simplemente, le trataban como uno más. Eso era excelente, ya que significaba que la actuación de Harry había calado enormemente en aquellas personas. Le hablaban de lo que sucedía en el exterior, de las noticias, de lo que debería de hacer… le aconsejaban, y le hablaban de la iniciación. En parte le guiaban por aquello, por que eran conscientes de que todo el mundo había sido nuevo alguna vez. Lucius y Narcissa Malfoy, y su hermana Bellatrix Lestrange, eran unas de esas personas. Pero Bellatrix también le envidiaba, y Harry no conseguía entender por qué.
El ataque a San Mungo había tenido una gran repercusión en el exterior (así era como los mortífagos llamaban al resto del Mundo Mágico). El Profeta le había dedicado algo al respecto en la portada durante toda la semana, aunque de forma bastante imparcial. Era normal, no podía mostrarse parcialmente a favor del resto de las personas, ya que Voldemort controlaba aquello. Lo controlaba todo. El Ministerio y los medios de comunicación.
Pero el mundo entero seguía sin saber nada de Harry. No sabían que se había unido a los mortífagos, pero tampoco sabían lo que era de él. Según había observado en el Quisquilloso (Lucius tenía un ejemplar siempre de cuando salía), la última persona que lo había visto en vida había sido por alguna zona del Sahara, algo que sólo provocó risas en Harry.
El Quisquilloso era el único medio de comunicación que Voldemort no controlaba, y no era precisamente por que no había conseguido hacerlo. Según le había explicado Bellatrix, era por que no quería. Era consciente de que era perder el tiempo, ya que nadie se tomaba sus opiniones en serio, y Harry sabía por qué. Sólo decían chorradas, aunque no siempre. Que Harry había sido visto en el Sahara era una de ellas. Pero eso no estaba mal.
Su misión iba de mal en peor. Galliani estaba erre que erre con su postura, por lo que no había conseguido ni una palabra útil de sus labios. Harry era reflexivo de que Voldemort llegaría tarde o temprano, y le exigiría respuestas. Pero no sabía que haría cuando eso sucediera… aunque no estaba realmente asustado.
Y el asunto más importante, el guardapelo de Slytherin. En el momento en caliente con Snape, Harry había odiado a Dumbledore. Lo había odiado, y mucho, llegándolo a despreciar. Aunque en realidad, cuando supo que Snape no sabía lo que significaba aquello del guardapelo, se había sentido mucho mejor al saber que tampoco confiaba plenamente en Snape. El caso es que Dumbledore no confiaba en alguien del todo, y Harry se sentía bastante engañado con él. Todos los asuntos, lo de Grindelwald, y su extraña amistad, lo de Snape, lo de su muerte ocultada y ensayada… le habían hecho daño, y se preguntó realmente si él significaba algo para Dumbledore. Pero no tenía que pensar en eso.
Cuando destruyera a Voldemort, tendría un montón de tiempo para pensar en todo aquello, y averiguar todo lo que vendría después.
De momento, el guardapelo lo llevaba en su cuello. Había momentos en los que se sentía verdaderamente triste y miserable, y Harry sabía que se debía al extraño efecto del guardapelo. Pero no podía dejarlo en otro sitio. Se había dado cuenta de que cuando se lo quitaba, y estaba un instante sin tocar la carne de nadie, comenzaba a palpitar y a moverse sin piedad. Harry se preguntó cómo había pasado todo ese tiempo en la casa de los Black sin que nadie se diese cuenta. Supuso que Kreacher lo llevaría puesto de vez en cuando.
Por fin, un frío día de Diciembre, lo sintió. Sintió ese agradable y dulce cosquilleo en sus entrañas, lo que sentía cuando veía a Ginny. Su marca brillaba de un rojo intenso, y la serpiente que emanaba de la boca de la calavera se oscilaba en movimiento. Suspiró con ansiedad. Voldemort estaba allí, en la mansión de los Malfoy. Debía de preparar su mente con mucho cuidado y con una gran intensidad.
Salió a trompicones de su habitación (era de madrugada) y se puso la primera túnica para vestir que encontró. Bajó corriendo por las escaleras para entrar en el comedor de la mansión. No quería ser el último en llegar, como la última vez. Pero esta vez había sido el cuarto. Había sido el último de la casa en llegar, pero el cuarto de entre todos los mortífagos.
Bellatrix estaba atenta para cuando escuchara la voz metálica de la verja, ya que eso significaría la llegada del resto de mortífagos. Y se escuchó "¿Qué fines ostentáis?" desde fuera. Se apresuró a salir y abrir.
En menos de cinco minutos ya estaban todos los mortífagos sentados en sus respectivos sitios, pero el hombre que había provocado aquella reunión aún no aparecía. Aunque tan sólo habían pasado seis minutos desde el llamamiento de la marca. Voldemort salió de la puerta que conducía a "su espacio". Harry había tenido el honor de entrar, no cómo otros, según le había recordado Lucius en su tiempo. Era esa habitación tan oscura que sólo estaba iluminada por una chimenea y algunas antorchas. Ese día, le dio la orden de sacarle la información a Paolo… algo que todavía no había conseguido.
Se sentó con gran elegancia, en la silla más alta y más cómoda, recubierta de una tela aterciopelada. Sonrió, con una extraña mueca. Harry se rehizo en sus teorías de que no estaba acostumbrado a las sonrisas, por lo que aquello significaba. Su media sonrisa pareció tranquilizar a todo el mundo, aunque había una tensión palpable. Siempre que Voldemort estaba presente había una tensión patente, y eso era debido a sus cambios de humor tan radicales. Podía estar contento, y en un segundo torturar a su más alegado servidor.
-Buenas noches, queridos hermanos. Espero que no os haya molestado a estas horas – aunque su fría pose detonaba que le daba exactamente igual si había molestado a alguien, por que él era el jefe. Pero le gustaba tener esa especie de modales -. He convocado esta reunión, por que estoy contento. Mi misión va realmente bien, y he encontrado algo importante – pero aún así, nadie se atrevía a preguntar de qué se trataba aquello.
Hubo un largo silencio. Voldemort observaba todos los rostros encapuchados y con la máscara puesta. Harry tenía un terrible calor en la cara con eso, aunque se aguantó. Era extraño, pues estaban en pleno Diciembre, y de lo normal tener calor era imposible.
-Voy a estar fuera, de nuevo. Aunque haya encontrado lo que llevaba meses buscando, necesito hacer algunas cosas más. Puede que hasta el nuevo año no os vuelva a ver, y de paso me salto las vacaciones de navidad – era evidente que las odiaba, por que algunos mortífagos ascendían con la cabeza, comprendiendo -. Por eso… necesito algunas cosas. Ya sabéis mis ambiciosos planes – ahora asentía con la cabeza todo el mundo. Harry ignoraba sus ambiciosos planes, pero asintió también para no quedar diferente ante los demás.
Voldemort parecía fijarse en el pequeño detalle sobre Harry, su recelo al asentir con la cabeza, pero no dijo nada.
-La horma de mi zapato – Harry lo miró. Era la misma expresión que había utilizado Regulus Black en la nota del guardapelo -. Ya no es un problema. Ya sabéis que antes, esa era mi pura obsesión – algunas miradas se dirigieron hacia Harry, y este seguía sin comprender -. Ahora la horma de mi zapato es uno de los míos.
Así que era eso. Ya entendía por qué todo el mundo le miraba. Y se estaba empezando a preguntar cuáles eran sus nuevas inquietudes.
Y como si el Señor Tenebroso le hubiera leído la mente, siguió hablando.
-Exacto. Potter es, bueno; era, la horma de mi zapato. Pero ya no supone un peligro. Se ha dado cuenta de lo realmente importante, y de los sentimientos correctos de alguien de su talla. Ahora lo que quiero es conquistar el mundo, mi antiguo sueño. No me conformo con Inglaterra.
Nadie parecía demasiado sorprendido por aquellas declaraciones, solamente Harry. Aunque permaneció inescrutable en su sitio, sin ningún tipo de reacción. Aquello era tan ambicioso... Era tan imposible, tan inverosímil…
-De momento, Inglaterra la tengo casi. Ya sabéis que tengo el poder del Ministerio y de los medios de comunicación más influyentes – eso, por lo que Harry sabía, excluía al Quisquilloso -. Pero me falta por controlar lo más importante.
Y Harry supo en ese instante a qué se refería.
-La educación – aun así, escucharlo de los labios de lord Voldemort le sorprendió igualmente, como si no hubiera sido capaz de pensarlo. Y se aterró de sólo pensar en lo que sería capaz de hacer Voldemort por conseguir aquello -. Hogwarts. Mi hogar.
En ese instante, Harry se sintió cercano a Voldemort. Lo entendió realmente.
Tenía más cosas en común con él de lo que objetivamente quería admitir.
Hogwarts.
Había creído que era el único que esa palabra causaba en su persona tantas cosas, una vida, una salvación, un rescate.
Un sentimiento.
Voldemort era terriblemente frío, en muchos aspectos. Pero no dudaba en admitir lo que Hogwarts significaba para él. Como para Harry. Hogwarts lo era todo… y en ese preciso instante sintió una terrible añoranza por el castillo medieval, por el Gran Comedor, por la Sala Común de Gryffindor, por su cama de dosel en su cálida habitación, por el Quidditch.
Por la gente, por sus profesores (en especial McGonagall), por sus compañeros de casa y amigos. Por Ron y Hermione.
Por Ginny.
-Cuando estemos preparados, lo asaltaremos – y Harry se volvió a aterrorizar con sólo pensarlo. Ya había tenido suficiente con San Mungo… aunque le alivió saber que eso no sería pronto -. Allá por Mayo o por Junio. Cuando esté finalizando el curso. Es importante, no quiero romper el curso actual. Así, cuando lo controlemos, podremos expulsar a todos los muggles.
Se oyeron vítores y murmullos dándole la razón. Voldemort sonrió con suficiencia.
-Bueno, bueno – murmuró Voldemort, acallando todo sonido existente en la sala -. Tengo algunos deberes… Rookwood, háblame del Ministerio.
Un mortífago se levantó, y se puso a hablar. Harry no le prestó atención. Estaba algo asustado, por que no tardaría en preguntarle a él. Cuando acabó Rookwood, habló otro mortífago. Y así sucesivamente, aunque se tranquilizó un poco. Al parecer, no era el único que no había conseguido hacer lo que había mandado. Y Voldemort no parecía enfadarse mucho por aquello. Harry era el último, ya que era el nuevo. Por lo que había tiempo hasta que le tocara.
-Luna. ¿Cómo va Nurmengard? – preguntó lord Voldemort con calma.
La muchacha que respondía al nombre de Luna, y que Harry en su día confundió con Luna Lovegood, se levantó con extrema delicadeza. Habló con voz suave y aterciopelada, capaz de llegar hasta los más íntimos instintos.
-Sigo sin encontrarla, mi señor. No entiendo cómo pasa esto, pero os prometo que pondré más empeño en seguir buscando.
Voldemort no parecía demasiado contento con aquella respuesta, pero no dijo nada. Luna se sentó con extrema exquisitez, casi como si estuviera bailando. Harry se quedó mirándola, y ésta correspondió a su mirada. Casi podía imaginar sus ostentosos ojos esmeraldas, aún llevando la máscara. Le quitó la vista con rapidez. Se preguntó de qué le sonaba Nurmengard.
Seguía con el repaso. Algunos cumplían con lo que le habían mandado, y Voldemort les mandaba nuevas órdenes. Era admirable. Lo tenía todo muy controlado, y sabía en todo momento los pasos que tenía que seguir. Harry pensaba que si no lo destruía, conseguiría realmente sus objetivos, por el empeño que ponía. Aunque no pareciera, el propio Voldemort tenía muy planificadas aquellas reuniones.
Había otro detalle que le inquietaba, o le había inquietado un tanto. Draco Malfoy no aparecía. No estaba en la sala. No estaba sentado con ellos. Harry se preguntaba por la misión de Malfoy, pero no estaba allí. ¿Dónde estaría? Y lo más importante… ¿Cómo podía no ir a una reunión dictada por Voldemort personalmente? Era extraño, demasiado.
-Potter. ¿Qué nos dice Galliani?
Se levantó, con una fuerza que no poseía.
-Eh… poco, bueno, mejor dicho nada. No suelta palabra, mi señor – añadió, apresuradamente. Voldemort lo evaluó, un instante.
-Bueno… pues va siendo hora de matarlo. Le comunicarás algo de parte mía – no era una pregunta. Lo estaba afirmando.
-¿El qué?
-Dile que cuando regrese, probablemente después de navidad, hablaré con él. Y será algo definitivo ya. Díselo.
-Muy bien – asintió Harry, dispuesto a sentarse, pero aún no había terminado con él:
-Y me harás un nuevo trabajo… a parte de seguir con lo que hacías, por que espero poder evitar hablar personalmente con él, regentarás la taberna de cabeza puerco. Irás allí de vez en cuando, a ver que se cuece. Quiero que la gente te vea, y que sepa que estás vivo. No me gusta que se piensen que has desaparecido.
-Está bien, señor, como guste – asintió Harry.
-La gente confía mucho en ti. Creen que intentas destruirme – lo dijo con cierta ironía, y arrancó sendas carcajadas de los mortífagos. Harry no sabía si le estaba vacilando a él o se burlaba de la ignorancia de la gente, por lo que no se rió ni dijo nada por precaución -. Por lo que la bomba de que eres un mortífago nos la guardaremos para otra ocasión.
Y se sentó, por fin. Su momento había terminado. Como él era el último, Voldemort terminó. Acabó de decir unas cuantas cosas que Harry no alcanzó a entender debido al nerviosismo al que había estado sometido hacía unos minutos, y después se marchó, apareciéndose. Harry se preguntó de nuevo dónde estaría.
Se fue a la cama, y allí se arrodilló en la cama. Le dolía la cicatriz, y no podía evitarlo. Voldemort estaba ansioso… contento, por que por fin había encontrado algo que llevaba tiempo buscando.
Harry se estaba debilitando… no podía tenderse en pie, la cicatriz le dolía…
… y Harry ya no era Harry. Ahora era una figura más alta, que se movía a pasos agigantados.
Caminaba por una calle bastante desvencijada con cierta prisa. Se deslizó casi por las escaleras que subían a una entrada señorial, una casa grande pero discreta. Estaba realmente excitado.
Llamó a la puerta y se asomó una mujer. Esta hizo un gesto de horror, y murmuraba palabras extrañas en un idioma que él no conocía. Con un elegante movimiento de varita acabo con su vida.
Era tan fácil hacer aquello…
Entró en el comedor, y allí había un hombre sentado, bastante asustado en cuanto lo vio. Gritó algo, pero él lo había desarmado. También había sido insultantemente fácil.
Ese hombre era muy viejo. Era extremadamente viejo, con unas pronunciadas arrugas y un aspecto pálido y desalimentado. Estaba delgado pero aún así lo miraba con curiosidad, quizás preguntándose cómo lo había encontrado.
-Así que no eres una leyenda, Zlatan – dijo Harry, arrastrando las palabras. Pero no era su voz. Era una voz fría y aguda.
Volvió a la Mansión de los Malfoy. Había tenido un momento de debilidad, por lo que su mente había sucumbido a la de Voldemort, y se habían conectado. Eso era un fallo enorme por parte de Harry. Tenía que estar alerta, por que igual que él había podido acceder a esas imágenes, Voldemort podía hacer lo mismo. Suspiró, acostándose. Mañana sería otro día.
Se durmió teorizando sobre quién era ese tal Zlatan, y lo que Voldemort buscaba de él. Pero las posibilidades eran tan amplias… que sólo pudo imaginarlo. Y preocupado por lo que podría suponer.
Estaba en Hogwarts.
Por fin, había llegado al que consideraba su hogar. El hogar de Harry, y el hogar de lord Voldemort. Pero la cosa estaba en abrir la verja. Aunque ya se había ocupado de eso. Si la cosa iba bien, esa verja tendría que estar abierta gracias a los contactos con Draco Malfoy.
Había decidido implicar a Draco Malfoy en aquello, a sabiendas de que no quería ayudar a Voldemort, por supuesto. Era un buen aliado para sus planes, además no tenía por qué darle explicaciones. Sólo le había dicho que necesitaba la verja de Hogwarts abierta para hoy, ya que sólo se abría desde dentro. Draco le había preguntado por qué, aunque Harry había respondido con una sonrisa irónica y le había dicho que a su tiempo. Aun así, Draco le ayudó. O eso dijo, por que no dijo cómo iba a hacerlo. Pero daba lo mismo. Solo le había pedido que la verja estuviera abierta.
Y lo estaba.
Sonrió para sus adentros, mientras caminaba por la hierba seca. El sonido que se producía al pisarlas, rezumbaba en el eco de los jardines. Allí se respiraba otro aire, más limpio y tranquilo. Voldemort ahora le había mandado vigilar Cabeza Puerco, aunque allí no había nada. En la noche de ayer se le habían acercado muchas personas, para corroborar que era él y que no había desaparecido. Y había un par de mortífagos más aparte de él, que hacían el papel de escuchar lo que se cocía. Pero ese día había decidido fugarse un instante de su trabajo, para hacer lo que tenía que hacer.
Era bastante tarde, por lo que estaban acostados. Se acercó al estadio de Quidditch, y en el armario de las escobas, cogió una de estas, para sobrevolar el terreno. Se puso a la altura de la torre de Gryffindor, en las ventanas de los alumnos de Séptimo curso y se asomó a ella. Vio a Ron en el otro extremo de la habitación, al lado de la puerta. Buscó una ventana abierta, para entrar. Y tuvo suerte, ya que la de la Sala Común de Gryffindor estaba abierta.
La hermosa sala circular en la que las paredes estaban llenas de tablones de anuncios y algunos papeles pegados en ellos, desde información de la escuela hasta información personal de alumnos en concreto. La familiar chimenea chispeaba ardientemente, posiblemente ya con sus llamas agonizando. Las butacas, las mesas, los sofás… todo seguía como antaño. En ese instante se le apoderó un enorme sentimiento de añoranza, aunque siguió con su trabajo. No había tiempo que perder.
Subió las escaleras sin hacer ruido, casi deslizándose. Parecía un auténtico mortífago. Esa era una habilidad que ellos dominaban muy bien, el sigilo. Entró en la habitación, despacio. Se acostó al lado de Ron. Le puso la mano en la boca, y le susurró al oído.
-Soy yo.
Ron se despertó enseguida, muy sobresaltado y alertado. Cuando reconoció a Harry, cerró los ojos y suspiró pausadamente. Le acarició el rostro. Era una reacción algo extraña, pero quería saber si era él. Le acarició la cicatriz en forma de rayo, y pareció despertarse de un sopor que no había desaparecido al ser despertado.
Se levantó con cuidado, y le abrazó en silencio, casi llorando. Harry también se sintió mucho mejor al sentir el cuerpo de su mejor amigo al lado.
-Te espero en la Torre de Astronomía. Ven cuando puedas. Avisa a Hermione, como sea.
Y se marchó con rapidez, esperando no haber despertado a nadie. Y no lo había hecho, por lo que suspiró aliviado. Se sabía el camino de memoria, por lo que en unos minutos llegó a la Torre de Astronomía. Suspiró, y observó desde lo alto de aquella torre la luna.
De nuevo, luna llena.
Como el día 31 de Octubre, en Halloween. Estaba preciosa, como siempre. ¿Qué había allí arriba? Últimamente estaba muy preguntón, con respecto a la luna. Suponía que eran épocas. Pero lo cierto es que mirarla le proporcionaba un mundo de evasión… allí arriba no había presión, no había Horcruxes por destruir, no había tensión…
No sabía lo que había, pero no podía quitar los ojos de la brillante y celestial, luna.
Dejó de mirarla, y prestó atención a aquella estancia. La torre de Astronomía. Le daba tantos recuerdos… y la mayoría malos. Ese era el lugar. Ese era el lugar en el cual había empezado a cambiar tan estrepitosamente… hasta convertirse en lo que era, un pirado mortífago que intentaba destruir al que se suponía era su señor.
Echó de menos a Dumbledore, y se le enjugaron los ojos recordando el momento en que lo vio por última vez.
-Ahora, Draco, ¡Rápido! – dijo el hombre de cara brutal enfadado.
Pero la mano de Malfoy temblaba tanto que apuntaba mal.
-Yo lo haré – gruñó Greyback moviéndose enfrente de Dumbledore con sus manos apretadas y enseñando sus dientes.
-He dicho que no – gritó el hombre de rostro brutal; hubo un destello de luz y el hombre lobo fue aventado fuera del camino; dio un golpe en la muralla y se quedó mirándolo furioso.
El corazón de Harry martilleaba con tanta fuerza que parecía imposible que nadie pudiera oír que estaba ahí de pie, prisionero por el hechizo de Dumbledore, si tan solo hubiera podido moverse solo un poco, podría haber hecho algo bajo la capa invisible.
-Draco, hazlo, o sal que lo haremos nosotros – gritó la mujer, pero en ese preciso momento la puerta de la torre se abrió como una explosión y apareció Snape, con su varita agarrada en la mano y sus ojos negros mirando la escena, desde Dumbledore acorralado en el muro contra la muralla, hacia los cuatro mortífagos incluido el hombre lobo, y Malfoy.
-Tenemos un problema, Snape – dijo el grumoso de Amycus, el cual tenía su varita y sus ojos fijos en Dumbledore -. El chico parece que no puede.
Pero alguien más había dicho el nombre de Snape más suavemente.
-Severus...
El sonido de su voz había asustado más a Harry que todas las experiencias que había sufrido aquella noche. Por primera vez, Dumbledore estaba suplicando.
Snape no dijo nada, pero avanzó unos pasos y quitó a Malfoy fuera de su camino. Los tres mortífagos retrocedieron sin decir una palabra. Y hasta el hombre lobo parecía intimidado.
Snape miró fijamente a Dumbledore durante un momento con revulsión y odio marcados en las líneas de su rostro.
-Severus... por favor...
Snape levantó su varita mágica y apunto directamente a Dumbledore.
-¡Avada Kedavra!
Un rayo de luz verde salió de la varita de Snape directamente hacia el pecho de Dumbledore, dándole de lleno. El grito de horror silencioso de Harry, nunca salió de su boca; silenciosamente y sin moverse estuvo obligado a ver como Dumbledore fue lanzado por el aire: por un segundo parecía haber quedado suspendido en el aire bajo el cráneo brillante de la Marca Tenebrosa, y después cayó lentamente hacia atrás, como una muñeca de trapo, sobre las almenas hasta que se perdió de la vista de Harry…
Ahora entendía aquel tono suplicante. Dumbledore no suplicaba por su vida… al contrario, suplicaba por perderla. Vaya un sabio estaba hecho, por que habría engañado a todo el mundo con aquello. Y Snape no miraba con cara de asco a Dumbledore, sino por lo que iba a hacer. Le debió de costar, aquello.
Suspiró, y se secó un par de lágrimas traicioneras. Se alegró saber que, pese a los reveses que había sufrido, y a los engaños de Dumbledore, aún sentía amor por él. Aún le quería.
Ron y Hermione llegaron. Harry los examinó desde la lejanía, observándolos con aquellos ojos tristes. Ron y Hermione también le miraban distantes, como si no le conocieran. Harry se echó a sus brazos, y sintió deseos de llorar, aunque se retuvo.
Había pasado muchos horrores en ese período, como ver muggles enfermos morir, o estar encarcelado una semana en el sótano de los Malfoy. Pero no tenía excesivo tiempo. Los mortífagos de Cabeza Puerco no tardarían en preguntarse dónde estaba.
-Has cambiado – repuso Hermione, sombría. Su voz dulce y angelical le proporcionó un bienestar interior que no podía definir con palabras. Cómo la había echado de menos.
-No nos vuelvas a hacer esto… ¡No sabíamos nada de ti! Tres meses son muchos meses.
-Lo sé.
No sabía que decir, pero no había podido ser de otra manera. Quería preguntarles tantas cosas, por Ginny, por todos sus amigos, por McGonagall. Por su estancia en Hogwarts, y cómo había cambiado.
-Quiero que nos cuentes todo lo que pasó a partir del momento en que te dejamos – murmuró Hermione, con un aspecto sombrío.
-Pues…
Les contó todo. Les contó como había llegado al Valle de Godric, cómo había hablado con McGonagall y sobre el descubrimiento de los mortífagos. Su primer encuentro con Voldemort, su estancia en el sótano. Cosas sobre Ollivanders y Paolo Galliani, aunque prefería no entrar en detalles por que el aspecto de Hermione ahora era bastante horrorizado, y el de Ron de asco por lo que le hacían. Les dijo lo que Voldemort le pidió que hiciera, y cómo se las apañó para aparentar que estaba muerto.
-¡Lo sabía! ¡Sabía que el patronus era de Lupin! – Exclamó Ron, y Harry le miró rápidamente para que no le interrumpiera -. Lo siento – añadió algo inocente.
Continuó con su relato, el relato de su última existencia. Les habló de la marca y se la enseñó a ambos, que miraron de nuevo con horror. Después les contó lo del atentado que habían hecho, y el trabajo que había hecho para Voldemort, y el que ahora hacía. Y cómo había llegado hasta allí, aunque no aclaró detalles sobre la verja y sobre la implicación de Draco Malfoy.
-¿Y vosotros? ¿Cómo habéis estado? ¿Algo digno de mención?
Ambos suspiraren, casi al unísono. Fue Hermione la que empezó a hablar como una ametralladora soltando palabras a diestro y siniestro. Harry solo alcanzó a entender que había dos nuevos profesores, desconocidos para ellos, de Defensa Contra las Artes Oscuras y de Transformaciones, ya que McGonagall era la directora y no tenía tiempo para dar clase.
-Y hemos estado reclutando gente.
-¿Para qué? – preguntó Harry con cautela.
-¿Tú qué crees? ¡Para nuestra causa! – exclamó Hermione, algo emocionada -. Para defender el bien y combatir el mal. ¡Para derrotar a Voldemort!
Harry mostró su semblante serio, y no dijo nada. Le parecía una completa tontería, pero no era momento para entablar ningún tipo de discusión. Aunque pensándolo bien, no era una mala idea, ya que pronto Hogwarts sería atacada.
-Va a intentar tomar Hogwarts.
No dijeron nada. Se quedaron en silencio. Parecía que ya lo sabían, o que ya lo sospechaban; pero la confirmación de aquel hecho les había provocado bastante sorpresa.
-Está bien que intentéis reclutar a gente y que os organicéis. Por que no va a ser pronto.
-¿Cuándo? – casi susurró Ron, con un hilo de voz.
-Quizás… entre Mayo y Junio, más o menos. Tenéis unos seis meses para prepararlo todo. Aunque no deberíais de decir nada por ahí, solo engañad a la gente – aquello había sonado muy mal, y Hermione se lo reprochó con la mirada -. Decid que la defensa es por seguridad… y cuando falten días, podéis soltar la bomba.
-¿Engañar a la gente, Harry? ¿Más de lo que vas a engañarlos tú cuando se descubra que eres un mortífago?
-Sí, es cierto. Vas a acabar con la ilusión de todo el mundo… creo que deberías dejarlo ya – repuso Ron.
Harry se puso a caminar y les dio la espalda. Se asomó por la gran torre. Casi podía ver el cuerpo de Dumbledore, alto y delgado, extendido en el césped, muerto. Como en sus recuerdos más tristes. Miró a la luna, para no pensar en aquello. Brillante y celestial. Y funcionó, le hizo no pensar en Dumbledore. La luna seguía siendo un mundo de evasión para él.
-No puedo, Ron. Es imposible. Ya está todo hecho. Es necesario para acabar con él, es algo que tengo asumido. Y no sigas por ahí… si no quieres que me enfade de verdad – su voz sonó terriblemente aterradora, autoritaria, un detalle que captó Hermione cuando repitió, con profunda tristeza:
-Has cambiado, Harry.
Era una verdad evidente. Pero, no para mal. Al menos, así lo veía él.
-¿Por qué dices eso? – indagó Harry, con un hilo de voz. La miró a los ojos miel. Estaban tristes… y llorosos. Ron le paso el brazo por el hombro, con ademán protector.
-Ya no eres Harry Potter, eres otra persona – Harry no dijo nada, esperando que siguiera, y ella lo hizo -. Estás muy oscuro. Tienes tremendas ojeras. Más nervioso de lo habitual. Tu tono de voz. Tus ideales, tus pensamientos. ¿No duermes? ¿O esas ojeras van a juego con tu nueva personalidad?
Harry la observó, sin saber qué decir. No podía decir nada, no sabía responder a esa pregunta, y se preguntó en su fuero interno por qué le estaba costando tanto hablar con sus amigos… con sus mejores amigos, a los que tanto había echado de menos.
-No sabéis… lo que os he echado de menos.
Eso fue todo lo que le salió del alma, del corazón. No mentía cuando decía aquello, ni mucho menos.
-¿Y eso de qué sirve? Sabes que nosotros también, y lo seguimos haciendo. Pero no sirve, por que te estás echando a perder.
Se estaba enfadando de verdad. No quería continuar con aquello. ¿Por qué Hermione se empeñaba en hacerlo sentir mal? No había derecho, después de todo lo que estaba pasando…
-¡No tienes ni idea! ¡No tienes ni idea del más mínimo sufrimiento por el que estoy pasando! No te lo puedes ni imaginar… todo lo estoy haciendo por vosotros, por vuestras familias, por todos los magos. No tienes ningún derecho a…
-Pues déjalo – le repuso Hermione, con delicadeza y cierta esperanza -. Te esconderemos por un tiempo. No te encontrarán. Acabaremos con los Horcruxes, y destruirás a Voldemort.
Harry suspiró, de nuevo. Había demasiada gente empeñada en que huyera de los mortífagos… Ron y Hermione… Snape y Draco…
-Es tarde, Hermione – y para cambiar de tema radicalmente, se sacó el guardapelo del cuello. Sintió una terrible deliberación… se sintió más libre, y más fresco. Más contento -. Destruidlo – y se lo lanzó a Ron, que lo cogió al vuelo.
Se propuso a marcharse, yendo al rincón donde tenía la escoba, pero Ron lo interrumpió:
-¿Cómo?
Harry se dio la vuelta y lo miró.
-Con la espada de Godric Gryffindor, la tiene McGonagall en su despacho. Está impregnada de veneno de basilisco, por lo que no tardaréis. Bueno, marcharos ya, que yo tengo que irme. Es tarde.
Se dispuso a marcharse.
-¿Cuándo te volveremos a ver? – atajó Hermione.
-No sé… os lo haré llegar, os lo prometo. No voy a tardar tanto como antes.
-Eso espero – repuso Ron. Se miraron, los tres.
El trío. Habían pasado por tantas cosas, por tantos momentos…
-Zlatan – murmuró Harry, casi de improvisto. Se le había olvidado comentar aquello con sus amigos. Parecían indiferentes -. ¿Os dice algo ese nombre? Es… importante para Voldemort – decidió evitar revelar cómo lo sabía, sabiendo que no haría mucha gracia a Hermione que su mente se hubiera quebrado de aquella forma.
-No – respondieron los dos a la vez -. Pero buscaremos algo – añadió Hermione -. Es un nombre del norte… creo. No es inglés.
-Excelente, cuento con ello. Y… - se calló, algo receloso -. Cuidad de Ginny, por favor.
Ellos asintieron, y en unos segundos dieron media vuelta para entrar en el castillo. Harry los miró marcharse, y vio cómo Ron rodeaba a Hermione por los hombros. Parecía que entre ellos había algo más que amistad.
Él mismo se dio cuenta de lo poco que recordaba a Ginny. ¿Se estaría olvidando de ella? No había preguntado por ella en toda la noche, y casi ni se acuerda de decir a Ron que la cuide. Aunque era su hermana, por lo que eso estaba más que dicho.
También casi se le olvida del motivo oculto por el cuál había acudido allí. Paseó la estancia, y en un rincón encontró su tesoro.
La capa de Invisibilidad.
La había echado de menos, y podía serle muy útil en un futuro. No la había recogido durante el funeral de Dumbledore, ni después. Se había olvidado completamente de ella hasta hoy.
Cogió la escoba para marcharse, y miró la luna.
