Capítulo 9:

"La primera vez"

Ya era nochebuena, aunque allí realmente no existía la navidad, por órdenes expresas de lord Voldemort. Aunque este no estuviera, no se celebraba igualmente por respeto hacia él. Ese día también tenía que trabajar, e iba bajando hacia el comedor de la Mansión Malfoy con un solo pensamiento.

Zlatan.

Zlatan, Zlatan y más Zlatan.

No había conseguido averiguar nada de él. Incluso, en una de esas noches en las que tendría que estar trabajando, se había escapado un momento a un cyber para ver qué significaba Zlatan para los muggles. Sólo había podido averiguar dos cosas: que había un futbolista muggle muy famoso con el mismo nombre, y que ese nombre era original de la península Escandinava, de Suecia concretamente. Como podía observar, Hermione volvía a tener razón, era un nombre del norte.

Quería saberlo todo acerca de él. Lo necesitaba, por que según sus propias suposiciones, tenía algo que ver con los Horcruxes. Así que por ahí había estado Voldemort en los últimos meses, por Suecia… y lo había encontrado, y estaría fuera un tiempo, hasta después de navidad por lo menos.

Harry quería volver a introducirse en su mente, pero no lo volvería a hacer. Si Voldemort lo descubría, su vida pendería de un fino hilo. O incluso ni si quiera eso, estaría muerto directamente. Pero aunque no quisiera… una vez lo volvió a intentar por probar, solamente. Y no fue capaz de conseguirlo de nuevo.

Mientras bajaba, se encontró a Draco, por uno de los pasillos.

-Potter – le saludó con voz fría.

-Draco – respondió Harry, sólo con simple cordialidad.

Se miraron un instante, como siempre; evaluándose. No había tenido ocasión de estar a solas con Draco desde que le había pedido aquel favor, que la puerta de Hogwarts estuviera abierta. Y lo había estado, por lo que Harry no tuvo nada que recriminarle. Pero ambos sabían que en ese instante, que estaban los dos solos, iban a hablar de eso. Era inevitable.

-¿Qué tal fue? – indagó el muchacho rubio, con tremenda curiosidad en sus ojos. Harry se encogió de hombros.

-Bien, supongo. Eh… esto, gracias, no pude decírtelo. Creí que no conseguirías lo que te pedí – se abrió Harry, con sinceridad.

Draco le dedicó una larga y entrecerrada mirada, cauteloso.

-Uhmm… sí, claro. Uno tiene sus contactos.

Así que era eso. No la había abierto personalmente, como creía, sino que la había abierto algún amigo. Alguien desde dentro.

-¿Qué le has dicho a tu contacto? No te habrás ido de la lengua… ¿Verdad?

-Por supuesto que no – le respondió Draco, tajando el asunto. Hubo una pausa.

Una larga pausa. Harry quería preguntar algo, pero sabía qué le respondería.

-¿Quién es? Tu contacto – Draco le sonrió ampliamente, y con cierta arrogancia.

-¿Qué hacías allí?

Como había imaginado, le había respondido con otra pregunta. Era extraño, aquella situación no la hubiera imaginado en su vida nunca, jamás. ¿Draco Malfoy, ayudándole? ¿En qué tiempo vivía? ¿Hasta ese extremo había cambiado la vida de Harry?

-¿Por qué lo haces, Draco?

-¿El qué? – inquirió el muchacho, a sabiendas de lo que se refería Harry.

-Ayudarme – respondió Harry, como si fuera la verdad más evidente y arrastrando sus palabras.

Draco pareció sospesar sus palabras un instante. Miró hacia arriba, muy pensativo. Harry carraspeó, para hacerle saber que no tenía todo el día para escucharlo, aunque en realidad, no pareció importarle mucho aquella prisa.

-Porque no eres un mortífago, Potter. Me da igual lo que digas, y en estos instantes me conviene que el Señor Tenebroso muera. Así de simple. Y sé que lo que tenías que hacer, fuera lo que fuera, tenía que ver con aquello.

Harry estaba verdaderamente sorprendido por aquella reacción. La respuesta de Draco Malfoy le había dejado de una sola pieza. Se había quedado allí, descompuesto sin saber que decir. A Draco no lo había engañado del todo… aquello lo demostraba. Había acertado en todo. Aunque… tenía que engañarlo como fuera. Que Draco creyera eso no le convenía ni a él, ni al propio Harry.

-No, Draco. Convéncete. Era algo que me había pedido Vold… el Señor Oscuro. Es un trabajo personal para él, no tiene nada que ver con destruirlo. Soy un verdadero mortífago, créeme.

-¿Se lo preguntamos a él? – fue su única respuesta.

Harry se quedó mudo. No había previsto aquello. Y Draco ensanchó más su sonrisa, como símbolo de victoria. Sus ojos tenían una mirada de triunfo, como si hubiera comprendido algo vital… algo que realmente le pudiera ser útil para llevar sus planes a cabo.

-Este es otro de los motivos por los que te ayudé, Potter. Realmente, lo decía por decir. No sabía lo que hacías en Hogwarts, ni lo imaginaba. Pero ahora me hago una idea. Me acabas de demostrar que le ocultas cosas al Señor Tenebroso.

Harry suspiró, abatido. Y estudiando las consecuencias de sus actos.

-No es por eso, Draco. Me da miedo que se entere porque me hizo prometer que era algo personal, y que no debía de decírselo a nadie. Por eso, si sospechas algo de eso… puedo tener problemas.

-Seguro – ató Draco, para nada convencido con los argumentos de Harry -. Me da igual, Potter y yo sé lo que sé. Y ahora, gracias a ayudarte, puedo estar inmunizado por tus chantajes y amenazas. Ya no puedes irle al Señor Tenebroso con el cuento de que intenté ayudarte a escapar, por que si lo haces… yo también tengo lengua, Potter.

Eso era cierto. Aunque no todo… por que Harry jamás se lo hubiera contado a Voldemort, aquello. Aunque si Draco estaba más seguro con eso… Suspiró. Le daba un poco igual, en realidad.

Draco se dispuso a marcharse, pero Harry lo detuvo.

-Espera. Todavía hay algo que quiero saber – Draco giró sobre sus talones y le miró, con el rostro inescrutable -. ¿Por qué no acudiste a la reunión con el Señor Oscuro el otro día? No te vi.

Draco sonrió. Y más. Hasta soltar una carcajada.

-Yo… no soy un mortífago como tú, Potter.

-¿Cómo que no?

-No. Yo soy un esbirro mortífago. Yo no tengo la marca… como tú.

-¿Ah, no? – resultó Harry, sorprendido.

-No. Por supuesto. Para tener esa marca… hay que cumplir ciertos requisitos, Potter – y sonrió, de forma malévola -. Y me sigue sorprendiendo que tú los cumplieras.

-¿Qué requisitos?

Draco Malfoy volvió a sonreír y se alejó, hacia su próximo destino.

-¡Eh, espera! – Harry se puso a perseguirlo, pero cuando dobló la esquina, se dio cuenta de que Draco había desaparecido… o al menos esa impresión daba.

Pero era normal, estaba en su casa. Se la conocía mejor que Harry… mucho mejor. Habría otras ocasiones para hablar, y para averiguar esos requisitos. Pero tenía que "trabajar". Tenía que ir a dejarse ver por ahí, por Cabeza Puerco. Pero antes… vería a Galliani.

Bajó al sótano, y la abrió de sopetón. Si hubiera visto las caras de los habitantes del sótano, seguramente mostrarían signos de sorpresa por la rabia y la fuerza en la que había entrado Harry. Y es que estaba cabreado de veras, por que Draco Malfoy le había dejado caer algo de forma muy sutil.

En pocas palabras, le había dicho que para tener la marca era necesario matar.

Y Harry tenía la marca.

Y no había matado a nadie, en su vida. A nadie. ¿Qué significaba aquello? Procuró no pensar en eso, ya que quería hablar con Galliani para expresarle las noticias nuevas que tenía de Voldemort. Desde que Voldemort le dijo aquello, no había hablado con él. No le parecía necesario hacerlo tan pronto.

Se lo diría rápido, sin detenerse en tonterías. Hablar con Galliani le producía más malestar aún que lo que Draco había hecho con él unos instantes antes.

-Potter…

A Ollivander se le estaba yendo la voz, de las fuerzas. Habían comido dos veces en tres semanas, solamente, y Harry se preguntaba como ambos podían aguantar tanto. Sobretodo Ollivander, que seguía vivo y aferrándose a sus clemencias. Aunque su voz, ya no era igual. Era sólo un susurro estremecedor, que habría asustado al menos compasivo del mundo. Y Harry se moría de tristeza por no ayudarle.

Pero no podía. No podía matar, no podía quitar la vida. Aquello no iba con él.

Aquello iba en contra de sus principios.

Aunque algunos de sus principios más sólidos habían hecho mella con algunas decisiones que había tomado últimamente… pero no matar, era y seguiría siendo uno de sus principios más importantes. Y aunque quisiera, no estaba preparado.

-Potter… - volvió a susurrar esa voz, que parecía imposible ligar al vigoroso y curioso Ollivander, aquel viejo que un día le sonreía irónicamente al entregarle la varita, diciendo aquello de "curioso", que se quedaría guardado en su memoria el resto de su existencia.

Cogió a Galliani, con fiereza, sin poder soportar más las súplicas de Ollivander, y abandonó el sótano. Lo puso en la habitación de siempre, en la que sólo había una silla y una mesa. Harry puso las manos en la mesa y le miró con fijeza, con su rostro a escasos centímetros de su locutor.

-Paolo, Paolo…

-¿Qué?

-Paolo.

-¿¡Qué!?

Provocó un silencio medido. Y esperó adoptar una posición de resignación, y de lástima… y parecía que le salía muy bien, por la reacción de Galliani. Quizás fuera por que realmente, Harry en ese estado se sentía así. No había forma de remediarlo.

-Habla de una vez, Potter.

Harry le observó. Su expresión valiente y locuaz se estaba desvaneciendo tras una larga mata de pelo que le llegaba casi hasta la cintura (a aquel tipo el pelo le crecía rápido, muy rápido) y una barba que le llegaba hasta el pecho. Además, con el aspecto de extrema delgadez, y totalmente desnudo, ofrecía una imagen verdaderamente deplorable y lastimosa. En su rostro se habían formado dos grandes hoyuelos sustituyendo a las antiguas mejillas, y cualquiera que no estuviera seguro dudaría de si es la misma persona de hacía unos meses.

-Paolo, voy a ser sincero contigo. Vas a morir.

Harry se esperaba una reacción exagerada de terror, pero su rostro se mostraba bastante inescrutable.

-Pero… si me cuentas que te traías entre manos con Scrimgeour, puede que tengas algunas posibilidades de escapar.

En sus ojos brilló una pequeña chispa de esperanza, que para Harry no era indiferente.

-Explícate, Potter. Eso de algunas posibilidades.

-Mira… soy mortífago vale, está bien. Eso no está en duda. Pero puedo ayudarte. Muchos han intentado quitarte la información, ¿Verdad?

-No, no muchos. Solo la mortífaga joven y Draco Malfoy – respondió con su persistente acento italiano.

-Bueno, ambos ganamos algo a cambio. Si me cuentas de qué va todo esto, yo gano el favor de mi señor. Y tú ganas posibilidades de escapar. Pero aunque me lo contaras, siguen habiendo alta probabilidad de que acabes muerto.

Paolo Galliani parecía sospesar la oferta de Harry bastante en serio, y eso era bastante sorprendente. Harry muchas veces lo había intentado de aquella forma, pero solo había conseguido carcajadas como respuestas y una constante negación por parte de Paolo. ¿Qué había cambiado en aquella ocasión para que le tomara en serio? Quizás fuera su determinación.

-¿Cuánto me queda?

Hubo una pausa. Silencio sepulcral. Estaba hablando de su muerte con mucha agonía y desesperanza. Aquella forma de decirlo era casi tan terrible como la súplica de Ollivander.

-Pues… poco. Hasta que vuelva Voldemort. En Enero, probablemente… faltarán unas dos o tres semanas.

-¿¡Aún estamos en navidad!? – pareció sorprendido, y Harry le entendía. Cuando uno estaba ahí abajo, el tiempo pasaba lento. Unos días parecían semanas, y unos meses parecían años. Además, nunca se sabía cuando era de día y cuando de noche. Simplemente, en aquel burdo sótano no existía el concepto tiempo.

-Sí, así es. Y falta bastante tiempo… para que llegue Voldemort. Para mí no, claro. Pero para ti…

Se apoyó en la silla, abatido y miró abajo. Todavía no había abierto los ojos. En esa ocasión, le estaba costando mucho acostumbrarse a la luz. Sus ojos estaban dañados por aquello.

-Es una tontería, Potter. Verás, como bien sabes, yo y Rufus fuimos juntos a Hogwarts.

Excelente. Harry cambió su postura con exagerada felicidad en él. Por fin estaba consiguiendo hacer un trabajo para Voldemort, un trabajo bien hecho claro. Se apostilló delante de él, muy receptivo.

-Sí, me lo comentaste una vez.

-Bueno, pues vía emisario, concordamos una reunión que iba a tener lugar en Yorkshire, al norte, en un callejón nocturno y oscuro. El barrio era uno de esos desdichados, donde sólo iban los pobres. Rufus nunca llegó, por que ya estaba muerto por aquel entonces – su voz denotaba un terrible pesar, casi pegadizo. Harry le compadeció, en parte. Aunque aquel tipo no significara demasiado para él -. Y allí me esperaba Voldemort. ¡Lord Voldemort en persona! Lo único que fui capaz de pensar era que Rufus me había vendido, aunque nunca me lo hubiera imaginado.

-Pero no era así… – le ayudó Harry.

-En efecto, no era así. Lord Voldemort me explicó la historia, y yo no pude hacer otra cosa que desafiarle.

Harry dudó, un instante, por la sorpresa.

-¿Desafiaste a lord Voldemort? – susurró con un hilo de voz.

-Sí, lo hice. Pero él sólo se rió de mí. Normal, yo también lo hubiera hecho en su posición.

-¿Y qué te dijo?

-Me dijo que yo elegía la manera de morir. Por que iba a morir de todas formas. Me dijo que si le contaba la finalidad de todo aquello lo haría rápido y sin dolor. Y si no lo hacía, me dejaría morir de hambre lentamente. Como puedes imaginar, elegí la segunda opción, y desde entonces estoy aquí. Como ves, era un farol, por que aunque poco, me siguen alimentando.

-Pero…

-Sí, ya sé que es una forma patética de vivir. Pero no estoy preparado para morir. No aún.

-¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión? Quiero decir, ¿Por qué después de meses intentándolo, hoy me lo cuentas?

-Por que tu seguridad, y tu aplomo me ha avasallado.

-No lo entiendo.

En verdad, Harry no entendía que tenía que ver él con aquello.

-¿Sabes? Siempre he sabido ver o escuchar más allá de las palabras, Potter. Sé que no eres el mortífago que cree Voldemort, por lo menos sé que le ocultas cosas y eres capaz de hacerlo.

-No…

Se echó para atrás, con pasos lentos, hasta que su espalda topó con la pared. No podía estar hablando en serio. ¿Ya se había dado cuenta otro? Había mucha gente que se enteraba de todos sus planes últimamente… y eso debería de empezar a cambiar. ¿En qué estaba fallando? ¿Qué Galliani sospechara se debía a un defecto de Harry o a una virtud suya?

-Da lo mismo Potter. Mira, estábamos intentando un ataque a gran escala hacia los mortífagos. Yo había estado en Inglaterra últimamente, y había descubierto esto. La guardia secreta de Voldemort, y el lugar donde maquinaban sus planes y donde iban los mortífagos. Imagínate, todos los mortífagos aquí concentrados. No hubiéramos derrotado a Voldemort probablemente, pero imagina el daño causado. El número de bajas – sonrió con ironía, consciente.

Harry se volvió a acercar a él, algo decepcionado. La verdad es que imaginaba algo más fuerte, e incluso amargo, pero no era nada del otro mundo. Y no le estaba engañando, por que en ese instante, ya abría los ojos. Y sus ojos no mostraban otra cosa más que la verdad, la pura y pulcra verdad.

-¿Todo… todo lo que has sufrido, tus ratos amargos, todo esto por aguardar una cosa así? No creo que sea rentable en realidad. Voldemort estará un poco decepcionado.

Sonrió nuevamente, con ironía.

-No, te equivocas. Todo esto no lo he hecho por guardar el secreto, acabas de comprobar que es una completa tontería. Además, no sirve de nada por que no se lo he podido contar ni si quiera a Rufus ni a nadie. Sólo lo sabía yo.

-Y entonces… ¿Por qué lo has hecho?

-Lo he hecho por mantenerme con vida, y encontrar a alguien al que pudiera entregar un mensaje. Sólo así podría morir.

-Habla, soy todo oídos. Quizás pueda hacerte el favor y entregar tu mensaje.

-¡Oh! Lo harás, no tengo dudas. Mira, quiero que le digas a mi hijo…

-¿…a tu hijo?

-…que le quiero. Es lo único que necesito.

Harry lo miró tendidamente, y solo sintió una cosa en sus adentros.

Admiración.

Hacia Paolo Galliani, ex ministro de Italia. Mantenerse con vida, luchar, y hacer todo aquello por decirle a una persona que lo ama… sobre estar sobreentendido, era un acto de real valentía.

-Nos peleamos. Lleva cuatro años sin dirigirme la palabra. Además, su madre (y esposa mía), está muerta, por lo que sentía que ya nada le ataba hacia mí. No he sido el padre perfecto.

-Me parece… – tragó saliva -. Me parece absolutamente admirable que hagas esto por él, Paolo. Nunca lo hubiera imaginado. Yo te creía un poco cobarde, por que pensaba que sólo querías que vivir y vivir, sin comprender que hay cosas peores que la muerte. Pero no eres cobarde, al contrario.

-Gracias, Potter – sonrió con gusto, y casi con lágrimas en los ojos -. Se llama Angelo. Angelo Galliani. Me alegra haber encontrado una persona de confianza.

-Pero… ¿Por qué ahora? Quiero decir. Cuando entré en el sótano como prisionero, iban a sacarme de allí, aunque sea para matarme, pero iban a hacerlo. Podías habérmelo dicho, no lo de tus planes con Scrimgeour, sino lo del mensaje. Por que podría haber escapado…

-Créeme, no te lo dije por que estaba seguro de que no te volvería a ver, ya que nadie sale de aquí con vida. Solo había una forma de que siguieras con vida… y es la que elegiste. Quizás has hecho como yo, en cierto modo. Lo fácil es morir, Potter, no lo olvides. Lo fácil es morir… pero ¿Y luchar por lo que quieres?

Entró en Cabeza Puerco, por enésima vez. Ya estaba resultando sospechoso que entrara y saliera de allí casi todos los días, y el tabernero parecido a Dumbledore (era su hermano, según tenía entendido), ya lo miraba con cierta suspicacia. Pero no decía nada, claro, ya que engordaba su ganancia al día. Harry se dejaba unos cuantos galeones allí.

En ese instante, sólo había dos personas en el bar. Una estaba arrinconada, y no podía alcanzar para ver quien era. La otra era Amycus, que estaba tomando una cerveza de mantequilla. ¡Cerveza de mantequilla! De las cosas que había allí, y le daba por tomar cerveza de mantequilla.

Se sentó en la mesa de al lado de aquel misterioso señor, ya que había sentido una repentina curiosidad hacia su persona. En ese instante, ambos estaban muy cerca, y gozaban de una intimidad envidiable. Nadie pensaría que estaban allí… por que ese rincón era muy oscuro.

Como su voz, ronca, vieja, cansada y oscura:

-Siéntate a mi lado, Potter. Tenemos cosas de qué hablar.

Le sonaba aquella voz. Le era tremendamente familiar, pero no conseguía asociarla a una identidad. Harry obedeció, poseído por la curiosidad, y se sentó en la misma mesa; a su lado.

Entonces, por el brillo tenue del ambiente, conoció a aquel hombre. Era Ryan Oriseth. El director de la Orden. El mismo amigo de la infancia de Dumbledore… o por lo menos eso es lo que decía. También el que, después de muerto, le apuñaló por la espalda, con gesto cobarde. El mismo que había intentado momentos después convencer a Harry para que le contara aquello, de que le contara lo que hacía con Dumbledore en su sexto curso. Que poca vergüenza había tenido al exigirle aquello. Pero también le había ofrecido su ayuda aunque no se lo contara, las cosas como eran.

No le había visto desde el día de la boda de Bill y Fleur, aunque tampoco lo habría querido.

-Hola, Potter.

-Oriseth – fue el seco y frío saludo de Harry, con envidiable indiferencia hacia él.

Se sostuvieron la mirada unos instantes. Como siempre (ya se había acostumbrado a hacerlo con "no mortífagos" como Galliani), Harry tenía su mente cerrada en aquel instante. No podía dejar fugas de escape en su cerebro.

-¿Qué tal están todos? – preguntó Harry con interés. No era un falso interés, ni lo decía por ser cortés. Quería saberlo de verdad, estaba interesado por todos aquellos.

-Hemos sufrido una baja. Nada importante – dijo, como si fuera algo casual. Como si muriera gente todos los días.

-¿¡Cómo!? – replicó Harry, alerta.

Oriseth suspiró, abatido y sumiso en la situación.

-Verás… Potter, dependemos un poco de ti. Tu escape nos dejó algo cojos, y no sabemos muy bien qué hacer. Claro, cuando vivía Dumbledore, la Orden tenía un rumbo. Por que él era conocedor de algunas cuestiones vitales que a mí se me escapan, y que compartió contigo. Lo admito, ese maldito Albus iba tres pasos por delante de todo el mundo en cuando a la comprensión de las cosas. Y ahora esas cosas vitales, que a mí se me escapan sólo las conoces tú, Harry.

-¿Y…? – le alentó Harry, extrañamente más tranquilo de lo que debería, pues había muerto alguien de la Orden y no sabía quién. Podía ser cualquiera, aunque Oriseth dijera "nada importante".

-Bueno, la Orden no tiene nada. No tiene trabajo, y si escapas, sabiendo que tú eres el que sabe qué hacer, ¿Qué esperas que hagamos?

Harry lo pensó durante un instante, horrorizado al saber qué quería decir.

-¡Me habéis estado siguiendo! – no era una pregunta, era una afirmación. Un hecho constatado. Y no sólo lo habían estado siguiendo… ¡Esa persona había muerto por su culpa! ¡De nuevo! Su peor pesadilla volvía… esa pesadilla no era otra que saber que alguien había vuelto a morir por su culpa. Como sus padres, como Cedric, como Sirius, como Dumbledore… no podía seguir así -. ¿Quién? – fue el único sonido que consiguió articular.

-Nadie que conozcas. Ni yo me acuerdo casi de su nombre. Un tal Ralph, un primo segundo de no se qué Longbottom. Eso es lo de menos.

-¿¡Lo de menos!? – repuso Harry, más aliviado al saber que era alguien que no conocía. Aunque seguía siendo una muerte. Y seguía siendo por su culpa.

-Sí, por que otro de los capos se ha fugado. Remus Lupin desapareció de la noche a la mañana y sin decir nada… creemos que se ha alejado de todo esto para cuidar de su familia, ya que Tonks está embarazada. Me parece un acto cobarde, pero bueno; es su decisión.

Harry no dijo nada sobre eso. Ya sabía muy bien lo que había pasado con Lupin, ya que él mismo era el causante de su marcha. Pero él seguía pensando en Ralph, y sus familiares.

-¿Y cómo fue lo de Ralph?

-Pues… un día conseguimos dar con tu rastro en tu pueblo, ya sabes. En el Valle de Godric, pero él hurgó demasiado y un mortífago le descubrió. Y lo mató, claro. Pero dejemos el tema Potter. Hablar de eso me da… – se quedó un rato pensando alguna palabra, con frialdad -. Repelús. Sí, eso mismo. ¿Por qué la gente dice que últimamente se te ha relacionado con los mortífagos?

-Ehmmm…. Supongo que será por que paso mucho tiempo aquí ahora. Y los mortífagos me vigilan, pero nada más.

-¿Y por qué no se abalanzan hacia ti? Me parece raro… con lo que anhela lord Voldemort encontrarte – Amycus, al oír el nombre de Voldemort giró la cabeza hacia el lugar donde se encontraban conversando, pero no dijo nada y volvió su cabeza hacia su cerveza de mantequilla.

-Supongo que… por que es un lugar público, y no se atreverían. No sé, pero estoy aquí por algo – Oriseth levantó la mirada, perspicaz -. Algo que no te voy a revelar, así que no te hagas ilusiones.

Desde que era mortífago, mentir se le daba muy bien. Le había hecho creer a Oriseth que estaba allí por algo relacionado con la destrucción de Voldemort. Pero en ese instante, estaba allí por órdenes expresas de él. Aunque se podía decir que era lo mismo, que recibía órdenes de él para destruirlo después. Pero, en realidad, Ryan Oriseth no estaba demasiado convencido por la explicación respecto a los mortífagos, aunque no añadió nada más.

Oriseth era terriblemente arrogante, o por lo menos así lo reflejaban sus pensamientos. La manera de pronunciar el nombre de Dumbledore, la ignorancia hacia la gente que tenía a su mando, y la propia indiferencia que demostraba cuando moría alguno de estos, o cuando escapaba, caso de Remus Lupin.

Sintió un extraño impulso. Sintió el impulso de sacar su varita y matarlo allí mismo, a base de maldiciones imperdonables. Pero se contuvo, no con cierta sorpresa, ya que nadie le había sacado de sus casillas de tal manera que provocara esa reacción en él; querer matarlo. Se estremeció con sólo pensarlo.

-Si… bueno – Oriseth suspiró -. Supongo que lo hizo bien.

Harry lo miró sin entender. Conocía poco a Oriseth, pero de lo poco que conocía, sabía que le gustaba hablar raro, como si estuviera todo entendido. Por lo que Harry no preguntó "quien" hizo "algo" bien. Esperó a que lo revelara él mismo.

-Dumbledore hizo un buen trabajo contigo.

-Ah.

Nueva pausa entre ambos. Aunque pareciera increíble, no estaba siendo incómodo charlar con él. Ni si quiera los silencios resultaban incómodos, por que Harry se sentía bien. Oriseth estaba esperando a que Harry dijera algo, por lo que este dijo, para satisfacerle:

-¿Por qué?

-Bueno, le eres fiel. Aunque eso no es extraño, al fin y al cabo. Él lo conseguía siempre con todo el mundo. Pero tú eres algo especial, le debiste costar más. Ahora eres su marioneta.

No estaba enfadado, ni tenía rabia. Aunque le hubiera matado allí mismo. Tenía unos extraños instintos, por lo que se controló y se estremeció al mismo tiempo, respirando con regularidad. Se convenció de que sólo eran impulsos.

-Ya ves, consiguió lo que quería. Sí, le soy fiel. Siempre. Pase lo que pase.

-¿En serio? ¿Pase lo que pase? Nunca digas nunca. En parte, me recuerdas a tu admirado héroe. Sí, en muchos aspectos te calcas a Albus Dumbledore.

En el interior de Harry nació un repentino interés por la conversación. Aunque Dumbledore estuviera muerto, y aunque hubieran pasado ya meses desde aquello, Harry lo seguía añorando con fuerza. De antemano siempre supo que no lo superaría jamás. Bueno, sí superarlo… pero no olvidarlo. La muerte de Dumbledore había marcado un antes y un después en su vida. El cambio de niño a hombre. El cambio de dependencia, a independencia. Pero lo seguía echando de menos, y hablar de él, de su pasado; y de su infancia, le gustaba. Quería conocerlo mejor, para así comprenderlo mejor. Y Oriseth le conocía de toda la vida, aunque dudaba de que pudiera decirle muchas cosas buenas sobre él.

-Puede que me parezca a él, en muchos aspectos. Me halaga que me digas eso, por que para mí es un orgullo.

-¿De veras? Pues no deberías de considerarlo como tal. No lo he dicho por eso… aunque bueno, eres libre de tomártelo como quieras. Lo digo por tu cabezonería.

-Sigue siendo un orgullo para mí.

-¿Cómo va lo tuyo? Te recuerdo que te dije que sólo no podrías, y que te ibas a dar cuenta. ¿Ya lo has hecho? ¿Ya necesitas ayuda?

-No – fue la rotunda respuesta de Harry -. No, claro que no – no quería que la conversación fuera por esos cabales, así que le preguntó: -. ¿Por qué no se llevaba bien con Dumbledore?

Oriseth sonrió.

-Esa es una bonita historia, Potter. Verás, está mal que yo lo diga, pero yo y Dumbledore siempre hemos sido los mejores en nuestro curso. Ambos íbamos a Gryffindor, y ambos éramos los conspicuos. Al ser los mejores en todo, en todas las asignaturas, eso también nos convertía en rivales. Pero en sanos rivales, ya que ambos pertenecíamos a la misma casa y no convenía que nos peleáramos entre nosotros. Por lo que nuestra competencia era por los puntos que nos entregaban, por ejemplo. Y éramos una fuente de diversión para la mayoría de los Gryffindor, ya que algunos viernes, en la Sala Común, los más mayores apostaban.

-¿Apostaban? – indagó Harry, extrañado.

-Sí, claro. Apostaban dinero, por nosotros. Por cual de los dos iba a sacar más puntos para Gryffindor en la próxima semana. Por supuesto, ya te he dicho antes que Albus Dumbledore siempre ha ido tres pasos por delante que la mayoría de la humanidad en cuanto a la comprensión de las cosas, por lo que él me ganaba. Siempre conseguía más puntos para Gryffindor que yo, siempre me ganaba en todo. Éramos amigos, pero le tenía envidia.

-Por eso le odias.

-No, Potter. ¿Tan simple me crees? Le tenía envidia, pero era mi mejor amigo. Una vez fuimos los mejores amigos del colegio, aunque estuviéramos disputados. Siempre celebrábamos las Copas de Casas que ganamos. Las cuatro primeras fueron muy especiales, por que en cierta manera yo y Dumbledore estábamos muy unidos. Pero ese fatídico día, ese maldito día cambio para siempre nuestra existencia. Él llegó.

-¿Él?

Oriseth entrecerró los ojos, como si fuera lo más evidente del mundo.

-¿No lo ves? ¡Él! Gellert, Gellert Grindelwald. Llegó en nuestro quinto curso. Aquel año era año de Torneo de los Tres Magos, por lo que llegaron alumnos de Beauxbatons y de Drumstrang. Cuando llegó, Gellert se puso a hacer política, y Dumbledore; por supuesto, le siguió. Fue su admirador incondicional número uno, su mayor apoyo en los planes que componía.

No podía ser. No podía ser cierto. Cuando se enteró de aquello, ya le costó bastante creer. No hubiera esperado nunca que Dumbledore fuera amigo de Grindelwald, más que nada por que este fue derrotado a manos de Dumbledore.

-Ya sé que es difícil de creer, pero creo que tú ya te habías hecho a la idea más o menos.

-Sí, puede, pero no es tan fácil – Harry estaba empezando a cabrearse un poco. No le gustaba tocar el tema de Grindelwald y Dumbledore, aunque parecía que si quería averiguar por qué ambos se llevaban tan mal era necesario.

-Gellert y Dumbledore fueron uno. Todo el mundo les veía y ya eran conscientes de la sólida amistad que habían forjado en un par de meses tan solo. Decían: "¡Mira, por allí van los grandes magos, Grindelwald y Dumbledore!". Gellert salió representante de Drumstrang, y ganó el Torneo de los Tres Magos. Pero siguió en Hogwarts hasta que acabó el curso. Él y Dumbledore planeaban asaltar el Ministerio de Magia, y proclamarse Ministros ambos. Querían expulsar a los muggles de la magia, y de Hogwarts. Dumbledore nunca había pensado así, pero algún día Gellert le enseñó algo que le hizo cambiar de opinión. Planeaban incluso matar a todo aquel que se interpusiera en su camino.

-¡Mentira! – exclamó Harry, levantándose de la silla y abarcando toda la atención de los curiosos del local -. ¡Mientes!

Estaba verdaderamente enfadado con Oriseth, y había nacido en su interior un fuerte deseo de despellejarlo allí mismo. Un extraño impulso, pero se detuvo.

Aunque lo más preocupante no era que odiaba a Oriseth por aquello. Lo más preocupante era que estaba enfadado por que sabía que estaba diciendo la verdad. Enfadado con Dumbledore, con su pasado.

-Pero un mal día, un día nubloso, y horrible, sucedió otra cosa que cambió aún más todo. Verás, discutí con Dumbledore. Eran los últimos días del curso. Discutimos muy gravemente, ya que yo le decía todo lo que pensaba de él y de sus absurdos planes con Grindelwald. Él siempre me reprochaba: "Tú no lo conoces. Él no es así, lo hacemos por el bien común", pero estaba muy equivocado. Gellert llegó y me lanzó una maldición, y acto seguido, mi hermano mayor que estaba a cierta distancia observando nuestra pelea, se acercó para encararse con Grindelwald. Los cuatro nos metimos en una terrible pelea, y mi hermano murió. Lo había matado Dumbledore.

-No… – Harry retrocedía con lentitud, incapaz de asimilar esas palabras. Incapaz de comprender cómo había podido su mentor asesinar a un hombre.

Dio unos pasos hacia atrás, horrorizado. Era imposible, aquel asqueroso hombre no podía estar hablando en serio. Hablar de la muerte de su propio hermano como si nada, incluso sonriendo. No podía ser verdad.

-Claro, esto lo cambió todo. Siempre fue mi amigo, por lo que yo no podía denunciarlo. Dumbledore se dio cuenta de todo lo ocurrido, y aquello actuó en él como un jarrazo de agua fría. Aquel asesinato le quitó la venda de sus ojos. Se dio cuenta de que había llegado demasiado lejos, y desafió a muerte allí mismo a Grindelwald, segundos después. Este, conocedor de las habilidades de Dumbledore, sabía que con aquella motivación que tenía Albus, era imposible ganar. Por lo que huyó, y siguió con sus planes en su natal Bulgaria. Tardaría en volver a nuestro país.

Harry seguía retrocediendo un milímetro por segundo, incapaz de poder escuchar. En su pecho rugía una furia ardiente, que le pedía sangre. Le pedía acabar con la vida de aquel hombre, para así no tener que escuchar más sandeces. Pero algo en su interior, una intuición, le decía que era todo cierto.

-Yo, a pesar de todo, amaba a Dumbledore. Era mi amigo, y no podía hacerle la pasada de pasar por Azkaban, y menos con su enorme talento. Sabía que sería muy beneficioso para la humanidad, por lo que acordamos que había sido asesinado por parte de Grindelwald, por lo que había huido. Nunca se lo perdoné, ni se lo perdonaré. Nos distanciamos, y mi odio hacia él ganó al amor, por lo que ahora me es indiferente.

-No… – Harry era incapaz de decir otra cosa. Hablaba en susurros -. No…

-Además, se atribuyó el mérito de descubrir él solo los doce usos de la sangre de dragón, sin ni si quiera mencionarme en sus libros. Eso alimentó el rencor que ya sentía hacia él.

-No – esta vez, la voz de Harry sonó rotunda -. Él jamás haría eso.

-¡Aberforth! ¿Podrías venir un instante?

El tabernero de Cabeza Puerco, o sea, el hermano de Albus Dumbledore; se acercó. Harry nunca había tratado con él, y tampoco sabía mucho de su existencia, ya que Dumbledore lo mencionaba poco. Sólo sabía que no sabía leer, y que sentía una curiosa admiración por las cabras. Llegó hasta el sitio.

-¿Ryan? – dijo, con voz queda. Su voz era muy parecida a la de Dumbledore, e incluso su físico.

-Le comentaba al joven Potter… algunos de los actos que cometió su hermano. Como el robo hacia mí persona, el robo de los Doce Usos.

La piel de Aberforth se ruborizó, y aquel rubor inocente, le hizo comprobar a Harry que Oriseth decía la verdad. Dumbledore siempre lo había engañado, siempre lo había tratado como un ignorante. Le había utilizado, y por eso lo odiaba. En ese instante, lo odiaba más que a Voldemort. Pero aún odiaba más a Oriseth, por abrirle los ojos en aquel asunto. Había sido feliz sin conocer demasiadas cosas de Dumbledore. Pero ahora por su culpa lo conocía mejor, y eso no le gustaba para nada.

-Cállate, Ryan. No voy a hablar de eso. Sabes que sí, es triste pero sí. No me molestes más con este asunto. No me saques los colores.

Aberforth se alejó enrabietado, o esa era la impresión, y los labios de Oriseth formaron una irónica sonrisa. Harry echaba humos por las orejas. Deseaba no tener que escuchar más. Irse. Pero no podía. Un extraño presagio le impedía alejarse de allí.

-Ya lo ves, Potter. Y a ti te ha utilizado también. Eres su títere, eres su siervo. Hizo contigo lo que quiso, y todo para morir. Es tan egoísta… que te sacrificaría para obtener los honores de derrotar a Voldemort.

-Él no era así.

-¿No era así? ¿Que no era así? ¡No lo conocías Potter! ¡En absoluto! ¿Te contó algo de su vida? ¿Te contó algunas de sus experiencias más intensas? No. Para él sólo eras un muchacho, Potter, que tenía que ser entrenado para matar. Vas a cometer el crimen de matar a Voldemort, Potter, algo demasiado fuerte para un muchacho de diecisiete años. Y tú solo tienes las armas, contra él. Sus debilidades. Y no nos dejas hacerlo por ti, y quitarte ese peso de encima. Es una carga demasiado pesada para ti, Potter. No eres capaz.

Harry cerró los ojos. No podía. No podía más. No podía contenerse, y deseaba acabar con él. Deseaba matarlo, de verdad. Era su pensamiento en ese instante. Además, tenía en su interior un extraño sentimiento que le empujaba a ello.

Levantó la varita tan rápido que la expresión irónica de Oriseth no cambió cuando Harry murmuró:

-Avada Kedavra.

Un rayo de luz verde intenso salió de la punta de su varita, y alcanzó con rapidez el pecho de Ryan Oriseth. Lo había hecho. Había matado. Había asesinado.

Había quitado una vida.

Se sintió eufórico, como en una nube, y lleno de verdad en su interior. También se sentía más ligero, al haberse quitado un peso de encima. ¿Era eso lo que se sentía al matar? Se dio asco.

Aberforth estaba de piedra, sin creerlo, y el otro individuo de la taberna Cabeza Puerco, también sonreía. Amycus le felicitó:

-Que bueno, Potter, te has cargado al nuevo jefe de la Orden. Les va a venir bien otra muerte, para que dejen de merodear.

El sentimiento de euforia se iba sustituyendo cada vez más. Y más. Y más. Ahora sentía remordimientos. Y asco por su propia persona. Mucho asco. No podía creer que hubiera sido capaz de hacer lo que había hecho.

-¡Vaya a por él, es un asesino! – murmuró Aberforth, reaccionando por fin. Y lanzó un patronus mensajero. Al parecer no había escuchado la felicitación de Amycus.

-Vete, Potter – susurró Amycus, ignorando a Aberforth.

Harry no podía reaccionar, pero sus piernas lo hicieron solas.

Corrió y corrió por Hogsmeade, mientras unas lágrimas surcaban de sus ojos.

Corrió y corrió pasando por las calles principales del pueblo, y se alejó de él, acostándose a Hogwarts.

Curiosamente, la verja estaba abierta, por lo que entró allí.

Se acostó a la orilla del lago, y visitó la tumba blanca de Dumbledore, que no había cambiado de ubicación desde su funeral. Allí seguía, blanca y sepulcral. Se arrodilló frente a ella, derrotado. Muy derrotado.

Había un mensaje que decía:

"Aquí yace Albus Dumbledore, el mejor director que Hogwarts tuvo y jamás tendrá. Enterrado en su hogar por propia petición, siempre amó Hogwarts y todo lo que ello suponía"

-¡Te odio! ¡Te odio! ¿Por qué? ¿Qué era yo para ti? ¿Un títere? ¿¡Una arma para derrotar a lord Voldemort!?

Las lágrimas que instantes antes se habían detenido volvieron otra vez por sus cauces. Nacieron en sus ojos, crecieron en sus mejillas, y murieron en sus labios. Sin parar.

Siempre había visto a Dumbledore como un ser glorioso, y siempre había estado muy agradecido y orgulloso de sí mismo por la atención que este le brindaba. Aunque no lo había admitido hasta entonces, siempre que le decían que era el favorito de Dumbledore, le llenaba de jactancia, pero demostraba lo contrario.

Siempre había sido Fiel A Dumbledore, sobre todas las cosas.

Pero en esos instantes, sentía que esa fidelidad había expirado. Que esa fidelidad había muerto.

Harry se sobresaltó. Hacía más frío en la estancia, en la alargada tumba blanca de Dumbledore. Se sobresaltó, por que sabía que había alguien allí. Pero no reaccionó, aun sabiendo quien era esa persona que le custodiaba por detrás.

Una voz fría y helada a su espalda le congeló su anatomía.

-Por fin te has dado cuenta, Potter. Tenemos que hablar. Y espero que ahora te unas a mi causa de verdad, y no con mentiras.

Harry sonrió.

Con ironía.