Capítulo 10:

"Brillante y celestial"

Se dio la vuelta, y se levantó, enfrentándolo.

Pero lord Voldemort era mucho más alto que él, aunque Harry no estaba intimidado. Seguía sonriendo de forma irónica, y se preguntaba cómo seguía vivo. Por que después de todo…

…lo sabía.

Voldemort sabía su secreto, como Harry había sabido el suyo. Eso estaba claro, y nada dejaba lugar a las dudas. La duda y la inquietud residía en saber hasta cuándo sabía lord Voldemort de todo, y si eso incluía a Ron y Hermione, y cerró la mente de inmediato por si acaso, por si a Voldemort le daba por penetrarla. Resultaría irónico que descubriera a Ron y Hermione por culpa de Harry cuando este se empeñaba en mantenerlos fuera del peligro.

También resultaba irónico que todos sus planes, todo su empeño en algunas cosas como en el tema de Lupin, el tema de Galliani, o los temas de Draco y Snape, no hubieran servido absolutamente para nada. Esos meses como mortífago, la marca que se había auto obligado hacer, los sufrimientos que había padecido en San Mungo, o en el propio sótano de los Malfoy casi una semana sin comer, o lo mal que lo había pasado en el encuentro con Ron y Hermione por lo distantes que estaban… no servían para nada.

Después de todo, estaba acabado. Derrotado, y en parte lo admitía así. Si no había conseguido engañar a Voldemort… ¿Cómo iba a ser capaz de derrotarlo, acaso?

Había perdido su última batalla… y su guerra. Se la había jugado con una estrategia propia de las antiguas guerras, destruir el enemigo desde dentro. Haciéndose pasar por uno de los suyos y convertirse en un falso amigo, para que confiara en él y que le revelara sus secretos.

¡Qué iluso había sido! ¡Ron y Hermione tenían razón! Aquello no tenía ni pies ni cabeza, y nunca podría salir victorioso. Estaba cansado, triste y derrotado.

En su vida se había sentido tan abatido.

Era humillante que Voldemort le estuviera mirando con aquella cara en esos instantes, después de todo lo que Harry ya se había humillado para conseguir algo. Como arrodillarse frente a él, su potencial enemigo. Decir que lo prefería a Dumbledore, declararlo el mejor mago del mundo…

Se dio asco, por eso y por todo lo que había hecho aquella noche. Y se dio asco por fracasar, por fallar a todas esas personas que creían en él, que esperaban que hiciera algo, lo que sea. Sintió que los había decepcionado. Pero no podía llorar.

No. No podía.

Sólo era capaz de sonreír. Era un gran contraste, pero lo único que se permitía hacer. Sonreír. No sin cierta ironía, claro.

Sonreía sobre matar a un hombre inocente. A un hombre que ni si quiera lo merecía. Había quitado una vida. Esa noche, triste noche, no sólo había traicionado a todos sus amigos, familiares (aunque estuvieran muertos, lo seguían siendo), y toda la gente que creía en él.

También había traicionado a sus principios.

Y lo peor de todo, es que Voldemort era consciente de todo. De su secreto, y de su nueva condición como asesino, por que eso es lo que era. Encima Aberforth Dumbledore lo había visto, y lo delataría seguramente. Pronto estaría en busca y captura, pero; aunque pareciera increíble, ese era en ese instante el mínimo de sus problemas.

Le dio la espalda a Voldemort, sin saber qué decir realmente. Aunque lo desechó en seguida, en su mente apareció la idea de dejarse morir a manos de Voldemort. Pero entonces recordó algo que no olvidaría nunca, unas palabras de Paolo Galliani, el ex ministro de Italia: "Lo fácil es morir, Potter, no lo olvides. Lo fácil es morir… pero ¿Y luchar por lo que quieres?" Exacto, lo fácil en ese instante era morir. Sufría el típico momento en el que se pensaba "tierra, trágame". Pero era una decisión cobarde. Y tenía que luchar por lo que quería, pese a todo. Y lo que quería era derrotar a Voldemort, salvar el mundo. Por lo que tenía que luchar, con uñas y dientes. Por aquello.

Y, sobre toda la tensión que tenía en ese instante y todas las preguntas sin respuesta, todavía era capaz de pensar en una cosa. En Dumbledore. Se preguntaba si todo lo que le había dicho Oriseth sería cierto, aunque en el fondo sabía que sí lo era. Dumbledore había traicionado a su mejor amigo, también él había matado a un hombre. Y ese hombre era el hermano de Oriseth. Y encima luego le robó la información de los Doce Usos de la sangre de dragón, con la que Oriseth también había trabajado y Dumbledore ni si quiera lo nombraba en sus estudios. En cierto modo, comprendía la aversión de Oriseth hacia Dumbledore, por que este le había amargado parte de su vida. Y sobre comprenderlo, lo había matado. Había pagado con él el enfado hacia Dumbledore, de eso no había duda. ¿Por qué Oriseth tenía que pagar por Dumbledore? Como si Dumbledore no hubiera hecho bastante con todo lo que le había hecho en la vida… ahora también era la causa de su muerte.

Con una tremenda rabia e impotencia, le dio una fuerte patada a la tumba blanca.

Y en seguida se arrepintió de aquello, por que le produjo un insoportable dolor. Escuchó a Voldemort reír, pero no le hizo caso. Con lágrimas en los ojos, miró al cielo, buscando consuelo.

Y lo encontró. Encontró un consuelo brillante y celestial. La luna. Era tan redonda, tan grande, tan llena…. Era un inmenso mar blanco, que no podía dejar de mirar. Se distrajo, de alguna manera. Como venía siendo habitual en sus últimos meses, la luna estaba llena. Llenísima. Siempre que coincidía con la luna llena, ocurría algo. Y esa noche había sido algo gordo. Pero a pesar de todo aquello, la luna era el único lugar en el mundo en el que se sentía seguro. Y era exactamente por aquello, por que no estaba en el mundo.

Ya no se sentía seguro en ese mundo, y dudaba que se sintiera seguro otra vez algún día. Deberían de cambiar mucho las cosas para que tal cosa sucediera, y la luna era su lugar. Su vía de escape. Su alternativa a la realidad. En esos instantes no habían Horcruxes, ni había matado a nadie, ni tenía a Dumbledore delante y a Voldemort detrás. En esos instantes solo estaba ella, la luna. Su lugar exótico. Su evasión.

Se preguntó si el matar a alguien había influido, pero sentía como una especie de flechazo. Hacia ella. La luna. ¿Era eso lo que se sentía al ver a la mujer ideal? Probablemente. Pero Harry lo había sentido al ser avasallado por la interminable belleza de la luna, del satélite de la tierra. Suspiró, e intentó dejar de mirarla sin éxito. Por una extraña razón, no podía dejar de mirar.

Estaba momentáneamente hechizado.

-Preciosa. ¿Verdad? – expuso Voldemort, dando signos de vida.

Estaba irreconocible. Lo normal es que quisiera matarlo allí mismo, pero no lo hacía. Además, siempre había sido impaciente, siempre. Hasta ese día. Estaba esperando cómo Harry lo asimilaba todo sin decir ni pío. Y, por si todo esto no fuera poco. Decía que la luna era "preciosa". Era sorprendente. No por la luna (ya que su belleza era algo evidente), sino por sus sentimientos. Que Harry supiera, nunca había escuchado jamás decir a Voldemort que algo era bonito. Al parecer, esa noche sucedían cosas muy extrañas. Era una noche un poco especial.

-Lo es – respondió Harry, monótonamente y arrastrando las palabras. Por fin pudo quitar los ojos de la luna, y miró a Voldemort -. Lo es – repitió.

Hubo un nuevo, largo y tendido silencio. Se oían las brisas del viento rezumbar en los oídos, y el sonido del aire golpeando las hojas de los árboles y los zumbidos de los grillos y demás animales. La acústica era de gran belleza para los oídos.

-¿Cómo? – preguntó Harry. Voldemort no reaccionó, ni produjo ningún tipo de movimiento, así que lo preguntó de otra manera -. ¿En qué he fallado? ¿Por qué no me has creído?

Voldemort sonrió. O por lo menos esa fue su intención, ya que su sonrisa era todo un ataque contra la naturaleza. No había otra cosa más forzada y artificial que su sonrisa en el mundo, y Harry se había fijado ahora que lo tenía realmente cerca.

-Realmente, Potter, no has fallado en nada. Lo has hecho bien. A la perfección. Me has engañado realmente. Siempre me has tenido muy engañado. He vivido estos meses en la ignorancia.

-¿Entonces…?

Voldemort empezó a pasear por la pequeña zona, y la hierba seca crujía al ser pisada. Parecía cómodo por el momento, al contrario que Harry. Muy tensionado por la situación… y deseando estar solo, pero parecía que eso no iba a pasar.

-Cometiste un grave error, Potter. Un gravísimo error. ¿Cómo te atreviste a entrar en mi mente? ¿Creías que no me daría cuenta? ¡Qué iluso!

Harry le miró, sorprendido, y dejando de pensar en lo que había hecho. Se centró en lo que le decía lord Voldemort.

-No lo hice a propósito. Verás, a veces me pasa. Dumbledore cree que tenemos una extraña conexión, y por eso a veces puedo saber cuando estás muy triste, muy enfadado, muy contento o ansioso.

Voldemort lo miró horrorizado. Estaba verdaderamente sorprendido, y sólo le faltaba abrir la boca para demostrarlo.

-¿Dumbledore… ¡Dumbledore te dijo eso!? ¿Cómo… cómo lo sabía? ¡Ese hombre era un demonio! Menos mal que está muerto.

Harry se sorprendió al saber que no se sorprendía por esos comentarios. No dijo nada al respecto, pero esperaba que Voldemort continuara. Como no parecía dispuesto, Harry continuó:

-¿El qué? ¿El qué sabía?

-Eh… luego, Potter. Te diré algo que está relacionado contigo, y por lo tanto mereces saberlo. Pero antes debemos hablar sobre lo sucedido esta noche.

Harry suspiró. No estaba muy por la labor de hablar de esa noche, así que le preguntó sobre lo mismo.

-¿Tiene que ver con Zlatan? Lo de eso que está relacionado conmigo, digo.

Voldemort le sospesó unos instantes, con los ojos más abiertos de lo normal. Parecía estudiar o comprobar cuánto sabía Harry.

-Sí. ¿Cuánto sabes? ¿Hasta cuándo me espiaste?

-Sólo eso. Encontraste a ese tal Zlatan, le dijiste que no era una leyenda… y volví a ser yo. Sólo pude percibir que estabas aliviado de encontrarlo al fin. Imaginé que era eso lo que te había quitado tanto tiempo, por eso te ausentabas tanto. Eran todo suposiciones.

-Ya veo – dijo Voldemort, inexpresivo.

Harry se estaba abriendo a Voldemort, pero no tenía miedo. Después de lo que había sido capaz de hacer esa noche, no tenía miedo a nada. No tenía miedo que intentara matarle…

Porque, en esos instantes, la muerte no era una solución descabellada. No era una mala solución.

-Lo volví a intentar – siguió Harry, jugando con fuego -. Pero no pude volver. Me quedé con las ganas de saber quién era, pero no pude saberlo.

Voldemort sonrió. Estaba claro que no quería seguir hablando de ese tema, pero Harry tampoco quería hablar de lo acontecido en Cabeza Puerco. Y Voldemort no le presionaba por hablar de lo que quería, no se mostraba autoritario. Estaba conociendo el lado más humano de su "amo". Por eso estaba sorprendido, por que no sabía que lo poseía.

-Te cerré la mente, Potter. Es por eso que lo he averiguado. Como te he comentado, cometiste un grave error, por que noté tu presencia en mi mente. Y si no lo hubiera notado, probablemente hubieras continuado observando la escena. Pero por suerte para mí, te descubrí y te eché. Y como puedo observar, me salió bien. Ya que no sabes nada.

Harry lo observó, entrecerrando los ojos y analizando la situación. Aquel hombre, volvía a tener razón. Toda la noche había tenido razón.

-No sabes nada, Harry.

Le gustó que le llamara Harry, ya que eso permitió que la distancia que había entre ambos se redujera.

-Pero hablemos de ti… me engañaste, Potter. Lo hiciste muy bien. ¿Quién te enseñó Oclumancia? Habías cerrado la mente a la perfección… e hiciste cosas de las que no te creía capaz.

Harry sabía a lo que se refería. Pero no iba a hablar de Lupin, en esos instantes. Aunque se lo contaría todo, por que no tenía miedo.

-Tenía un plan muy ambicioso. Mucho, pero me ha salido mal del todo. Nunca he logrado engañarte, y está todo perdido.

-No te salió mal del todo, Harry. Si no hubieras cometido el error de curiosear, y dedicarte a lo que ibas a hacer, te hubiera salido bien. Imagino que es lo que querías hacer…

Harry no dijo nada, ya que aquello le parecía demasiado obvio.

-Dime con qué finalidad te unías a mí. Dime cuál era tu meta, quiero oírtelo decir.

-Matarte – respondió Harry al instante, con una voz fría y aguda.

La forma en que lo había dicho, había hecho estremecer de puro terror a Voldemort, y aquello le había sorprendido claramente. Pudo ver en sus ojos una sensación de… miedo. No sabía que si lo pretendía, podía causar ese efecto en los demás. O era que, como decía Hermione, había cambiado en realidad. Se había hecho más distante, y más frío. Más aterrador, y en parte, matar a un hombre apuntaba a todo aquello.

-Ya veo – fue lo único que dijo.

No estaba siendo una conversación muy fluida, por supuesto. Pero estaba siendo un momento muy intenso, con mucha tensión palpable en el ambiente dual. En esos instantes, importaba más el lenguaje corporal que el hablado. Y ambos se movían por sentimientos. Por sensaciones.

-¿Sigue siendo así, Harry? Necesito saberlo, de veras. Es esencial.

-¿Por qué necesitas saberlo? – inquirió Harry, con una autoridad que no poseía. O al menos, eso creía -. ¿Es que vas a matarme?

-Jamás lo haría, Harry.

Se echó a reír. Rió y rió, y por instantes parecía que no había matado a nadie nunca. Aunque volvió a la realidad, cruel realidad.

-¿Jamás lo harías, dices? ¡Pero si es lo que has intentado hacer desde que existo!

-Pero sabiendo lo que sé, no podría hacerlo, Harry.

-¿Quieres decirme ya de una vez que es lo que sabes? ¡Tengo derecho a saberlo!

-Desde luego, lo tienes – coincidió Voldemort, dándole la razón. Aun así, se quedó callado de nuevo, sin decir nada.

Por lo que parecía, aquella vital información no la iba a compartir con Harry.

Hubo una nueva larga pausa.

-Como te iba diciendo, Harry necesito saberlo. ¿Es lo que quieres seguir haciendo? ¿Quieres acabar con mi vida?

Harry dudó.

¿¡¡Cómo podía dudar!!? ¿¡Cómo era posible!? ¿¡Es que ya no quería matarlo!? ¿¡Es que quería tirar por la borda todo el trabajo hecho!? ¿¡¡¡Es que no quería vengar a sus padres, a Cedric, a Sirius, a Dumbledore, a Scrimgeour, o al propio Ralph Longbottom!!!? Era increíblemente extraño, pero en esos instantes no sabía si quería seguir con su plan.

¿Por miedo?

¿¡¡¡O por otra cosa mucho peor!!!?

Suspiró. Otra vez. Y otra. Estaba verdaderamente acalorado. Se convenció de que sus dudas se debían al miedo, aunque no estaba muy seguro.

-No tienes por qué tener miedo de decírmelo.

Aquello le provocó más inseguridad en sí mismo. Estaba perdiendo papeles. Además, se sentía diferente. Ya no se sentía tan compasivo como antes. Se había producido un cambio dentro de él.

-Si lo que deseas, Potter, es seguir con tu misión… puedes hacerlo ahora. Te invito.

No era así como tenía que terminar.

-Nadie sabe que he venido, nadie. Desde que te has unido a mí, dudo que soñaras con una oportunidad así. Estamos solos, y podrás escapar luego, y llenarte de honores. ¿No es lo que más quieres?

En aquellas palabras de Voldemort, vio su escape a responder la pregunta, pero seguía sin poder hacerlo, ya que Voldemort le estaba sorprendiendo de tal manera que le había inhabilitado las palabras.

-No me defenderé, lo prometo. Y aunque no lo creas, la palabra de lord Voldemort siempre se cumple.

¡No podía ser cierto! ¡Le decía unas cosas impropias de él! ¿Quién era ese hombre? ¿¡Era lord Voldemort, o Albus Dumbledore!? Se comportaba más como Dumbledore que como Voldemort.

Se sintió mareado, pero se rehizo con fuerza. Siguió con su plan de evitar responder a la pregunta, ya que seguía dudando de qué era lo que quería, si seguir en el plan o no.

-¿Quieres seguir con tu plan inicial, o no?

Dudó.

-¿¡Estás dudando, Potter!? – dijo Voldemort, casi con desdén. Pero sorprendentemente, sin maldad.

Dudó, de nuevo.

-No te voy a contestar.

-¿Una estrategia oculta?

-No, por que sabes que aunque quisiera matarte, no podría. Me has dado la oportunidad, me estás ofreciendo que lo hagas… pero yo pienso que no lo harías si no tuvieras… algún comodín, que te garantizara volver.

Voldemort entrecerró los ojos. Y comprendió. Se volvió a mostrar tal como era. Ya no parecía tan humano, ni tan "amable" como lo había sido instantes atrás.

-Sabes lo de los Horcruxes – no era una pregunta, era una afirmación.

-Lo sé. Gracias a Dumbledore.

Voldemort se derrumbó. Interiormente, claro. Cerró los ojos, y hubo una clara mueca de derrota en su rostro. Sabía cómo se sentía, por que Dumbledore siempre había creído su secreto. Y ahora, sabía que Dumbledore lo sabía.

-No me extraña – dijo, controlando el tono de su voz -. Pero está muerto. Ese hombre está muerto.

Harry seguía sorprendido, y seguía dudando de aquel hombre. Voldemort lo hubiera llamado "viejo inútil", pero ahora lo llamaba "ese hombre". ¿Había algo que se le escapaba a sus sentidos? Era evidente que sí, pero no sabía el qué.

-Mi plan era acercarme a ti. Engañarte, claro y que confiaras en mí. Quería que confiaras en mí, y que me revelaras el paradero de los Horcruxes que me faltaban.

-¿¡Qué te faltaban!? – en una milésima de segundo, Voldemort estuvo a su lado. Le zarandeó -. ¿¡Cuántos has destruido!?

Harry sonrió. Sabía que en esos instantes tenía poder sobre Voldemort. Y no tenía miedo. En parte, esa temeridad se debía a que no le importaba morir. Para nada. Ya no se sentía Harry Potter… como le dijo su amiga Hermione Granger, había cambiado. No le importaba morir, y menos a manos de lord Voldemort.

-Yo destruí el diario, creo que eso lo sabías. Y Dumbledore destruyó el anillo.

-¡El anillo de Sorvolo! – le soltó, y se echó las manos a la cabeza. Quiso hacerse a la idea, y entenderlo. Reconoció sus propios errores -. Bueno, Dumbledore pudo haber relacionado mi segundo nombre. Ese… desgraciado, si que me conocía de verdad. Nunca lo hubiera imaginado, pensé que estaría seguro en la choza.

Harry pensaba que Voldemort creía que no había más destruidos… pero no era así. Había otro. Otro más.

-Y… el guardapelo.

-No – susurró con voz queda. En ese instante, parecía cansado de la vida, y más viejo. Retrocedió unos pasos de Harry, casi imperceptibles. Parecía que le tenía… ¿Miedo? ¿Era posible aquello? -. ¿Cómo lo descubrió?

-Bueno…

-Sí, ya sé. Supongo que le llegarían rumores del orfanato, y de lo que sucedió allí arriba. ¡Que asqueroso genio! – sacó la varita -. Estoy verdaderamente enfadado, Potter… y te mataría ahora mismo – le apuntó con la varita, aunque pareció reprimir el intento de matarle.

Harry sonrió, victorioso. Se había acabado de dar cuenta que era lo que buscaba. ¡Buscaba morir! Además, se había vuelto adicto a la tensión, con su "nuevo cambio". Pero… ¡Se estaba dejando morir!

-Hazlo, pues.

Voldemort se tranquilizó de repente. Cerró los ojos, y los abrió de nuevo con fuerza. Tenía los ojos completamente rojos, con un brillo de rabia y de ansias de matar. En sus ojos había una necesidad de… ¿sed? Era eso lo que Harry parecía ver. Ahora conocía mejor a Voldemort.

-No puedo.

Harry suspiró, con impaciencia.

-¡Hazlo! ¡No seas cobarde!

-¿Crees que se trata de eso? ¿Crees que no te mato por cobardía?

-Es evidente.

Voldemort le miró a los ojos. Su chispa roja y atemorizante de rabia iba desapareciendo.

-No puedo.

-¡Vamos!

-¡No puedo!

Harry bufó, indignado. Se paró a pensar un instante, y lo único que consiguió pensar es que esa situación era irreal. ¿Harry pidiendo a Voldemort que lo matara, y este se negaba? ¡Era surrealista!

-¿Por qué, por qué no puedes?

Voldemort le miró un instante. Un largo instante. Entre ellos se creó una conexión visual que no parecía tener un fin, ya que ninguno de los dos se animaba a romperla. Parecía como si Voldemort le quisiera decir algo con su mirada, pero a Harry se le escapaba. No lo comprendía, y era esencial. Se notaba, porque quería expresarlo con la mirada, ya que era incapaz de hacerlo hablando.

Abatido, y sabiendo que Harry no lo entendía, Voldemort dijo:

-Por que eres mi séptimo Horcrux, Harry.

Aquello no podía ser verdad. Era imposible. Era improbable, inadmisible, absurdo, increíble, insostenible.

Era quimérico.

Y era cierto.

Así todo encajaba, aquella era la gran verdad que Voldemort había mencionado antes sobre su persona y que tenía derecho a saber. Y se lo había revelado, causando un efecto en él de lo más normal

Si le soltaba una bomba así, no podía hacer otra cosa que derrumbarse.

Se arrodilló.

Puso las manos en la tierra. E intentó llorar. Pero no podía, no podía llorar. La numerosa cantidad de lágrimas derramadas aquella noche le había vaciado el cuenco de agua. Estaba derrotado, abatido, y cansado de la vida.

Se sentía mal, injusto. Era una gran injusticia que no pudiera valerse por sí mismo, y que toda su vida hubiera contenido una parte de Voldemort dentro. Toda la vida había sufrido por ese desgraciado, y ahora que se decidía a acabar con él, a vengarse por todo lo que le había hecho, sentía que el destino le seguía humillando, por que ahora comprendía que nunca, jamás… podría matar a lord Voldemort. Ya que para poder destruirlo…

… antes tenía que morir.

En ese instante, deseó que Voldemort le matara. Deseaba morir, para poder remediar el daño que había hecho, de alguna manera. Deseaba reparar la muerte que había cometido, por el bien de la humanidad.

"El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca... Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes... Y el Señor Tenebroso lo señalará como su igual, pues tendrá un poder el cual el Señor Tenebroso desconoce. Y uno de los dos deberá morir a manos del otro, pues ninguno de los dos pueden vivir mientras el otro siga con vida... El único capaz de vencer al Señor Tenebroso nacerá al concluir el séptimo mes..."

Ahora la profecía cobraba un nuevo sentido. Ahora era una profecía completa, que se cumplía. La profecía de Sibyll Trelawney había sido la clave, desde un principio, ya que a partir de aquella se podía deducir aquello.

"Y el Señor Tenebroso lo señalará como su igual". Claro, esa parte se había cumplido gracias a Severus Snape. Él, odiaba a su padre, y para elegir entre los Potter y los Longbottom, le dijo a Voldemort que el Potter suponía un mayor peligro que el Longbottom.

"Y uno de los dos deberá morir a manos del otro, pues ninguno de los dos pueden vivir mientras el otro siga con vida". Ahí estaba la clave de que Voldemort decía la verdad, y de que siempre había sido un Horcrux de él. Claro, ninguno de los dos podía vivir mientras el otro siguiera con vida, pues un alma no podía derrocar a su igual, a su esencia. Y uno de los dos debería morir a manos del otro, pues la única persona capaz de hacerlo era su igual.

Voldemort había señalado a Harry como su igual. Le había traspasado un pedazo de su alma, por lo que eran iguales. Había dotado a Harry de las suficientes armas para poder derrotarlo, y así ser el único igual a él, capaz de hacerlo.

De repente, todo había cobrado un nuevo sentido.

Aunque la propia realidad de Harry se había distorsionado mucho.

Voldemort llevaba casi cinco minutos esperando a que Harry dijera algo, pero este se sentía incapaz. Nada de lo que le dijera Voldemort podría ayudarlo en ningún sentido, nada.

-¿No vas a preguntarme cómo lo sé, o si estoy seguro? – le dijo Voldemort, algo sorprendido -. ¿Te lo vas a creer sólo porque te lo diga yo?

Harry no respondió. No dijo nada. No estaba con ánimos como para hablar. Estaba inexpresivo, y no sentía ningún sentimiento en su interior. Sólo sentía que le daba todo igual, y que había renunciado a la vida.

-Verás… tiene que ver con Zlatan. Sí, bueno… hace unos años que lo busco, dos o tres concretamente. Cuando me enteré de que el diario había sido destruido por ti… reflexioné mucho, acerca de él y de la profecía. Parecía que eras especial. Que eras muy importante para mí. Pero… ¿A qué se debía eso? ¿A qué se debía que pudieras hablar pársel, la lengua de las serpientes?

Hizo una pausa. A Harry no le interesaba ese tema en absoluto, aunque estaba escuchando. Sí, escuchaba por hacer algo.

Miró a la luna. A su amiga. Su vía de escape… se estaba convirtiendo en alguien especial para él, siempre que la miraba, le tendía una mano amiga, y le acariciaba el rostro. Le hacía sentir bien. Le hacía olvidar los problemas.

Era como una droga para él, a la que se estaba enganchando.

Voldemort esperaba alguna reacción de Harry, alguna sílaba, pero eso no iba a llegar por el momento. Aún no se sentía con fuerzas para hablar. Por lo que prosiguió:

-Por todo eso, pensé que había algo raro en ti, y tenía una pequeña teoría. Una muy descabellada, claro. Y me puse a buscar a Zlatan. A Zlatan Horcrux.

Seguía sin interesarle la historia. Debería de haberle sorprendido que el apellido del famosísimo Zlatan fuera Horcrux, pero en ese instante, sólo tenía ojos para la brillante y celestial, luna.

-Verás… Zlatan fue el inventor, por decirlo de alguna manera, de los Horcruxes. Algunos decían que no existía realmente, otros que había muerto siglos atrás, y otros que era una mera leyenda. Yo confiaba en encontrarlo, en que pudiera hacerlo. Por eso he tardado años en encontrarlo, años. Pero, creía que mientras pudiera encontrarlo, debía de acabar contigo. Por que era imposible que tú fueras uno de mis Horcruxes, era imposible.

Harry le prestó cierta atención durante unos segundos. Seguía arrodillado, con las manos en el fresco y húmedo césped. Pero ya no miraba a la luna. Le había costado quitarle la mirada de encima, pero ahora prestaba atención a Voldemort, sin saber por qué realmente. Sentía que ya no era dueño de su interior, de sus instintos.

-Y entonces llegaste tú. ¡Llegaste tú, y me dijiste que te querías unir a mí! Yo nunca debí de creerlo, pero lo hiciste tan bien… lo hiciste tan creíble, tus emociones, tus suplicas… tu odio hacia Dumbledore… tus ganas de morir. Tu todo. Me lo creí de verdad, pero necesitaba tiempo para asimilarlo. Te encerré una semana en el sótano, para poder ganar tiempo. Había conseguido una pista de Zlatan Horcrux, por lo que tenía cierta esperanza de averiguar si podías ser un Horcrux realmente. Pero no lo encontré, y decidí ponerte a prueba.

Harry recordaba aquello. Recordaba la barbaridad que le había pedido hacer… y que había hecho. O al menos, lo había hecho a ojos de Voldemort, claro, por que en realidad no había matado a Lupin.

-Te puse a prueba. Era una cosa que, aunque quisieras unirte de verdad a mí, dudaría que hicieras. Aunque sintieras verdaderamente los ideales del mortífago, matar a un referente no era nada fácil. Nunca lo había sido… y menos para ti, para un alma pura y entera, que jamás había cometido tan siquiera miserables maldiciones menores. Y lo hiciste. Mataste a Remus Lupin. No podía creerlo. Y estaba bien comprobado, lo habías hecho de verdad. Aquello me cegó… pero tengo una duda.

Por primera vez desde que sabía su nueva identidad, sintió algo en su interior. Un pequeño sentimiento de miedo, pero no por él… sino por Lupin. Voldemort tenía una duda, y Harry no iba a preguntar por ella.

Poco a poco, había asimilado su nueva condición de Horcrux, y todo lo que ello suponía.

-¿Cómo… cómo lo hiciste? ¿Cómo fuiste capaz? No lo entiendo. El caso es que no hay duda de que lo hiciste, pero no entiendo cómo. No sé si sabrás, pero para hacer con éxito una maldición imperdonable, hay que desearlo de verdad. Hay que sentirlo.

Harry carraspeó, y vio como sus sensaciones volvían a su anatomía. Ya sentía su propia respiración, y el latir de su corazón. Tenía que proteger a Lupin, Voldemort jamás podía saber la verdad. Lo miró, y susurró despacio, con voz queda:

-Sabía que era necesario. Que era la única forma de hacerte creerlo, hacer algo que consideraras desagradable para mí. Y lo fue realmente. No te imaginas cuánto.

Voldemort asintió, al menos satisfecho de que Harry hubiera vuelto a abrir la boca.

-Pues entonces te creí. Y pensé que debía de buscar con más ahínco a Zlatan Horcrux. ¡Y lo encontré! Por fin, tras años de pistas falsas y rastros difíciles, pude hablar con él. Le comenté el caso, cómo había intentado matarte, y como tú reprimiste la maldición. Me dijo que sí, que en efecto lo eras. Que eras mi séptimo Horcrux.

Hizo una larga pausa. Tragó saliva, y continuó con su monólogo.

-Y yo seguía sin comprender. ¿Cómo? ¿Cómo podía ser aquello posible? ¡Si yo ya había dividido mi alma en siete partes! ¡El siete! ¡El número mágico por excelencia! ¡El número que marca el límite entre la vida y la muerte! Yo era consciente de que, si dividía en más partes mi alma, moriría. Pero había creado otro Horcrux involuntario, y ese eras tú. Y no había muerto. Le pregunté al gran Zlatan Horcrux cómo podía ser posible. Y él me dijo que, en efecto, si rasgaba mi alma más de siete veces moriría. Pero lo que pasaba es que estaba confundido. Que yo sólo la había rasgado seis veces. Entonces lo comprendí.

Pero Harry no lo comprendía. Como no prestaba la máxima atención, no comprendía del todo qué quería decir Voldemort. Voldemort se percató de ello, y le explicó:

-Verás…

Sacó la varita. En el cielo marcó seis rayas de humo, que permanecieron intactas y sin desvanecerse en el aire.

-Esto es lo que yo creía que era el máximo. Como ves, aquí hay siete partes – en efecto, había siete partes, pero solo seis rayas -. Y como ves, sólo había seis Horcruxes – claro, sólo había seis Horcruxes porque la séptima parte era la que residía en su propia alma -. Entonces, sin querer rasgué de nuevo mi alma – hizo otra raya en el aire de humo, al lado de las demás -. ¿Lo ves? – sí, Harry ahora lo entendía -. Ahora hay ocho partes. Claro, yo creía que eso era pasar el límite. Pero aunque haya ocho partes, hay siete rayas. ¿Lo ves? Siete Horcruxes, más la octava parte de mi alma, que está en mi interior.

En efecto, Harry lo veía. Lo comprendía al fin.

-Y después de esto, no tiene sentido matarte. Eso sólo me reduciría la vida a mí. Por lo que he pensado que deberías de unirte a mí, de verdad. Sin mentiras, y sentir verdaderamente mi causa. Si quieres marcharte, Harry, lo entenderé. Pero quiero que sepas que si algún día decides volver a casa de los Malfoy, te recibiré con los brazos abiertos.

Harry lo miró, con los ojos como platos. ¿Cómo podía ser? No le obligaba a permanecer a su lado. Voldemort le daba la capacidad de elegir.

-Necesito… tiempo – dijo Harry, ya sin saber cuáles eran sus prioridades.

-Claro, Harry. Yo me marcho. Ya sabes lo que te he dicho – y sonrió. Y su sonrisa ya no parecía un acto contra la naturaleza, ni algo forzado. Parecía algo espontáneo, algo normal. Algo humano -. Ahora el tiempo no es un problema. Recuerda que eres inmortal.

Se marchó.

Harry observó a la luna. Brillante y celestial, y se quedó toda la noche observándola, como de costumbre, hechizado por su deslumbrante luz, y por su apasionante belleza.

Además, no le había desagradado del todo como había sonado aquella palabra en los labios de lord Voldemort: "inmortal".