Capítulo 14:
"Roma"
Lo había entendido a la perfección. Voldemort le había dado unas órdenes expresas y exactas, y Harry iba a cumplirlas. Ya se encontraba en marcha, en ese instante.
Viajaba en un tren muggle, puesto que ahora era buscado por algunos magos para ser capturado. Se había convertido en una especie de traidor a la sangre, y querían atraparlo para que pagara por su crimen. A Harry eso en ese instante le daba completamente igual.
Harry había descubierto algo realmente importante sobre Merlín. Resultaba muy sorprendente que el mayor mago de todos los tiempos, el considerado por todos como un Dios, fuera una de las mayores mentiras de la historia. Todo el mundo creía que Merlín había marcado un antes y un después en la historia de la magia, y no se equivocaban. Aunque para mal, debido a que Merlín era la persona que había descubierto lo que significaban los muggles, y la única persona que teorizaba sobre su lugar en el mundo y su posición respecto a los magos. Gracias a Merlín, Harry estaba ahora iluminado por su movimiento, por sus ideales.
Gracias a Merlín, se había quitado la venda de los ojos, y podía ver más allá. Podía ver cómo perjudicaba la presencia de los muggles en el mundo mágico a los propios magos.
Lo que no soportaba era tener que humillarse de esa manera, viajar en el mismo medio en el que viajaban los sangresucia. Sentir su irritable olor cada vez que alguien pasaba por delante de él. Pero, en cierto modo… no tenía más remedio.
Además, el cadáver de Paolo Galliani era muy pesado. Lo había encantado, para manejarlo como si fuera un títere. Lo manejaba con la varita para que la gente no sospechara que estaba muerto. Aunque su horrible olor no lo podía esconder, pero en parte lo había ayudado. Ya que no se sentaban muggles entorno a ellos, debido a lo insoportable que resultaba oler el cadáver de Paolo.
Y por si no fuera poco, tenía una misión adicional que le había mandado Paolo Galliani antes de morir, y que este había aceptado cumplir.
Quién lo había aceptado era el antiguo Harry, porque el nuevo no pensaba complacerle de ninguna manera. Y menos aún si estaba muerto. Nadie podría decirle que había fallado a su palabra, puesto que nadie sabía lo que Paolo Galliani le había pedido a Harry.
¿Quién era Paolo Galliani, acaso, para mandarle órdenes o favores? No era nadie, sólo un vulgar mago que había conseguido llegar a ser el Ministro de Magia italiano, seguramente con mucha suerte. A él, ahora nadie le daba órdenes. Sólo podía darle órdenes lord Voldemort.
El tren iba muy lento, como si Harry tuviera toda la vida para marcharse a Italia. ¿Cómo había pensado tan siquiera viajar con tren? Era una de las ideas más absurdas que había tenido en su vida. ¡Viajar en tren, con un muerto al lado!
Y si por si eso no fuera poco, cuando llegara a su destino… tendría que subir a un barco, lleno de muggles otra vez. No se creía con fuerzas para soportar aquello… así que había decidido que cuando llegara allí, a la costa… llamaría a su escoba mediante la varita, y pensaría algo para cargar a Galliani en ella también. Aunque en el fondo, imaginaba que la Saeta de Fuego sería capaz de soportar el peso de dos personas. Era una de las mejores escobas del mercado, sobre haber salido muchas nuevas. Pero, en realidad… Harry no estaba interesado ya en el mercado de escobas, ni estaba interesado en el Quidditch.
El Quidditch había sido su pasatiempo más habitual en él, y le seguía gustando. Pero había crecido, y ya no tenía edad para jugar al Quidditch de forma amateur. Tampoco tenía tiempo, pues era un hombre muy ocupado. Y, tampoco podía acudir a un estadio de Quidditch, dado que era uno de los hombres más buscados de toda Gran Bretaña.
Así se lo pagaba la comunidad mágica, después de todo lo que había hecho por todos. No eran conscientes de que si había matado a Oriseth era porque lo merecía, y porque formaba parte de su plan para acabar con Voldemort. Aunque ahora aquello ya no le importaba nada, puesto que ya no le interesaba matar a lord Voldemort. La comunidad mágica le había dado la espalda, pero el Señor Oscuro no lo había hecho. Si no hubiera sido por él, probablemente hubiera sido cogido y juzgado por el Wizengamot, por el asesinato que cometió. Y posiblemente, habría pruebas concluyentes para declararlo culpable y que pasara una buena estancia en Azkaban.
Pero, gracias a Voldemort… no había pasado nada de eso. Por suerte. Porque le comprendía…
Llegó, tras muchas horas de viaje, por fin. Escondió un poco la varita debajo de la chaqueta, y maniobró para que Galliani pusiera un pie delante de otro y así pudiera caminar. Finalmente, y siendo objetivo de todas las miradas de los sangresucia, consiguieron bajar del tren… y salieron por el lateral de la estación, esquivando guardias de seguridad y demás personal. Salieron, y por fin respiró aire puro y fresco. Dejó de manipular el cuerpo de Galliani, y este cayó como si fuera un trasto viejo e inútil en el margen del camino. Por suerte, estaban en un lugar bastante alejado y allí no los podía ver nadie.
-¡Accio saeta de fuego!
Esperó. Su escoba estaba en… no lo sabía exactamente, pues desde que hacía unos meses, había olvidado bastantes cosas. Muchísimas. No sabía si estaba en el antiguo Privet Drive, al cual ya recordaba con vaga exactitud, o en la Madriguera, cuando fue a la boda de Bill y Fleur. Lo que sí estaba claro es que, si llegaba… tardaría en llegar.
Se sentó al lado de Galliani, y lo adecuó para que pareciera una postura "viva", que estuviera durmiendo. Se relajó, y siguió con sus pensamientos.
Voldemort le había pedido que destruyera el respeto de Paolo Galliani. Algo tremendamente difícil, debido a que había sido Ministro de Magia en su país, y en Italia se elegía democráticamente al Ministro. Por lo que seguramente tenía una buena imagen popular. Pero también le había dicho, que sólo tenía que llevarle el cadáver a los Maldini, una familia instalada en Roma. Harry habría cumplido tan sólo con entregarles el cadáver sano y salvo, y ellos ya se encargarían de todo.
Algo le golpeó la cabeza. La escoba había llegado, tan pronto. ¡Sólo habían pasado unos diez minutos desde que la había llamado! Pero, el caso es que ya estaba allí. Como la recordaba, sin ninguna fisura ni ningún tipo de cambio en su apariencia. La cogió con suavidad, mientras se rascaba la parte donde le había golpeado en la cabeza. Y ahora tendría que apañárselas para poner a Paolo en la escoba sin que se cayera… y llegar a Italia. Ahora que lo pensaba, lord Voldemort le habría podido poner alguna facilidad en su trabajo. Aunque sea un traslador, o algo parecido. Pero recordó por qué no lo había hecho.
No lo había hecho, sólo había insistido en que debía de salir del país de forma no mágica, para que el Ministerio no pudiera capturarlo. Aunque en cierto modo, el Ministro de Magia era lord Voldemort en secreto, pero le había comentado que si aparecía un rastro y no se lanzaban a por él podría resultar sospechoso, y por el momento no quería que nadie supiera que controlaba el Ministerio.
Era todo tan complejo… Harry no podía entenderlo, pero al menos lord Voldemort sí lo hacía.
Se levantó, pues se disponía a marcharse. No podía emplear todo su tiempo con aquella misión, pues esperaba cumplir con las expectativas de Voldemort de hacerlo "rápido", como le había pedido. Y así esperar un nuevo trabajo para él. Porque poco a poco, iban a controlar el mundo y poder "salir" de la cueva, poder hacer magia sin temer que algún muggle lo descubriera. Poner a los propios muggles en su lugar.
-Harry – murmuró una voz, una dulce voz, que le congeló el corazón. Era una voz dulce y aterciopelada, tan hermosa…
Luna lo cogió de la mano, y le miró a los ojos. Se quedaron mirándose unos instantes, sin decir nada. Finalmente, Harry decidió besarla en los labios.
El beso que le había plantado en aquellos carnosos labios había sido de nuevo una grata experiencia, algo que le había renacido por dentro. El sabor de su lengua, su olor floral… todo resultaba tan mágico, tan perfecto. El entrelazamiento de sus labios ganó intensidad, y Harry podía recorrer todas las partes de su boca con su lengua. Resultaba todo tan placentero, tan romántico…
Ella le había rodeado la nuca con sus manos, y él le había puesto las manos en su cintura. En su delicada y perfecta cintura. Para no dejarla escapar… para que no se marchara de allí.
-¿Cómo me has encontrado? – preguntó Harry, y luego cayó en la estupidez de su pregunta.
-Tengo un don, ¿Recuerdas? – le respondió, con una amplia sonrisa de felicidad. Harry sonrió, al verla sonreír. Su sonrisa provocaba un sentimiento inimaginable en él. No podía parar de sonreír.
En su interior estaba contento, y habitaba un pulso más acelerado. Era todo lo que sentía cuando estaba con ella, con su Luna. ¿Era eso amor? Podría ser. Ahora no podía comprender cómo había podido estar con Ginny… pues no había ni punto de comparación con Luna. Ginny no parecía una persona tan compleja, ni tan bella, ni tan perfecta… ni tan atrayente. Luna no era humana, era una persona de otro mundo.
-Te quiero, Harry. No me importa decírtelo las veces que haga falta. Te quiero tanto… desde nuestra primera… cita, no he podido dejar de pensar en ti. Ni siquiera he podido centrarme en mi trabajo. ¡Te he echado tanto de menos! Lo siento, siento molestarte. Pero… no puedo evitarlo.
Harry la miró de nuevo, y Luna le devolvió la mirada. Estaban allí, medio abrazados, pero mirándose a la cara. No sabía qué decir, puesto que nadie le había arrollado con tanta sinceridad unos sentimientos como aquellos. Y Harry sentía lo mismo, pero no encontraba las palabras para hacérselo saber a Luna. Se sentía tan lleno en su interior…
… en ese instante, no necesitaba nada más para ser feliz. Sólo la necesitaba a ella, y le parecía increíble que hubiera nacido un sentimiento tan fuerte en su interior que lo ataba a ella para siempre en tan poco tiempo.
Pero el caso era que había nacido, y además era recíproco. ¿Podía pedir más, en su vida? Siempre que estaba con ella, lo olvidaba todo. Olvidaba lo que Voldemort le había mandado, olvidaba lo que sentía hacia los muggles, o hacia sus amigos. Lo olvidaba todo, pues Luna era tan inmensamente perfecta… que tenía que usar todos sus pensamientos hacia ella, para poder abarcarla, y sentirla al completo.
Y estaba agradecido, porque tenerla ahora a su lado era una completa sorpresa. No la habría esperado, jamás. Y aparecer allí, era todo un regalo.
-Gracias por venir, estaba muy solo – murmuró Harry, mientras ella hundía la cabeza en su pecho.
-Yo también estaba muy sola, y te necesitaba. La verdad es que eres el único con el que hablo a gusto de verdad, siendo yo misma.
Aquel comentario le llamó la atención.
-Creía… que también hablabas así con Voldemort. Creía que también tenías una buena relación con él.
Luna sacó la cabeza de su pecho y le miró a la cara.
-¡Harry! ¿Crees que a él le doy besos o algo? No, claro que no. Jamás lo he tocado ni un pelo. Yo con Tom hago el papel, como todos los mortífagos. Sí tengo una buena relación con él, y también me comprende. Aunque no tanto como tú. Pero yo lo trato de Señor Oscuro, me arrodillo cuando estoy a solas con él. Como tú.
-¿Ah sí? – suspiró Harry, algo sorprendido. Realmente, Harry ya no tenía que pasar por aquello, puesto que Voldemort ahora le consideraba "su igual" -. Bueno. Yo… ya no me arrodillo frente a él. Ahora me considera como su igual, o algo así.
Luna lo miró, durante unos instantes con los ojos entrecerrados. Después los abrió, muy sorprendida y le sonrió. Y algo llamó la atención de Harry.
Luna tenía una mirada de triunfo en sus ojos. Al más puro estilo de Albus Dumbledore. Parecía como si… hubiera conseguido algo importante.
-¿De verdad? ¿Lo dices en serio?
-Sí… claro – respondió Harry, con cierta cautela. Pues le asombraba la actitud de Luna -. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
-Nada, sólo que me alegro por ti – expuso la morena de ojos verdes, sin eliminar de su rostro aquella preciosa sonrisa -. En serio, no le des vueltas. Ahora lord Voldemort no te hará daño, ya verás.
-Entiendo – le respondió Harry, indiferente… y con la sensación de que Luna no era completamente transparente con él. Aunque la creyó, claro. Y no le dio importancia.
Se separaron un poco, y Luna se sentó en el margen, a unos cuantos pasos del cadáver de Galliani. Al parecer, el olor que emanaba el muerto había causado también efecto en Luna.
-He venido a ayudarte – murmuró, cambiando de tema drásticamente -. A completar tu misión. No es que no crea que puedas hacerlo sólo, porque ya lo has demostrado de sobra. Pero tengo entendido que los Maldini son muy peligrosos.
-¿Ah sí? – repuso Harry, sentándose a su lado y pasando un brazo por sus delicados hombros -. ¿Y seguro que no has venido porque no podías aguantar más rato sin verme? – añadió Harry, a escasos centímetros de su rostro, y en actitud juguetona.
Luna besó sus labios, de nuevo. Ella había tenido la iniciativa esta vez, y se separó despacio, después de un instante.
-No voy a negarte que todo ha influido, señor Potter – repuso, seria. Luego destelló a Harry con su sonrisa -. Eres el hombre de mi vida. Tú ya has besado a otras chicas. Pero yo… realmente eres la primera persona que he besado.
Harry abrió mucho los ojos, incrédulo.
-No me lo creo. ¿Soy el primero que ha probado el sabor de tus labios? – cuando estaba con Luna, le salían ese tipo de comentarios tan poéticos.
Luna asintió, con cierta timidez. Y escondió la cabeza en su pecho, de nuevo. Cuando le entraban esos "ataques" de timidez, hacía eso… por lo que Harry había comprobado. Y no dejaba de sorprenderlo, pues veía a Luna una mujer tan madura, tan amueblada, tan perspicaz, tan valiente y tan… perfecta, que esos momentos en los que parecía tímida, la hacía más humana. Porque a Harry jamás le había parecido humana.
Y, no dejaba de sorprenderle que él tuviera el privilegio de ser el primero. Parecía extraño, pero creía en sus palabras cuando le decía que no había besado a nadie más. Se sentía predilecto.
-No me siento cómoda hablando de esto. Eres el primero, y lo sabes, así que no insistiré más. Bueno, cambiando de tema… ¿Cuándo nos vamos? Si "quieres" ir a Roma con escoba… tendríamos que salir ya – dejó caer, Luna.
Harry estaba sorprendido, porque de nuevo había cambiado drásticamente de tema. Aunque decidió hacerle caso en lo que decía, pues parecía que tenía otros medios para viajar.
-¿Es que tienes otra propuesta? – preguntó Harry, esperanzado -. Voldemort me ha dicho que si viajo Apareciéndome o con un traslador, pueden descubrirme. No creo que tenga elección.
-Vamos… Harry – murmuró Luna, con cordura -. No puedes cruzar el mar con escoba. Tardarías días. Semanas quizás, y es muy peligroso hacerlo. Podrías acabar mal.
-Te repito, ¿Tienes otra propuesta? – le espetó Harry, ignorándola.
-Sí. Observa mi propuesta, Harry.
Y de repente, silbó con los dedos. Luna levantó su mirada al cielo, y Harry la imitó. Desde lo lejos, se veía que se acercaba una pequeña figura, como un pájaro. Y se acercaba muy rápidamente, pues cada vez era una figura más grande. Finalmente, el ave aterrizó en medio del camino, y Harry no podía creer lo que sus ojos estaban viendo.
-No puede ser. No puede estar aquí.
El pájaro estaba plantado frente a él. Aunque no era un pájaro, exactamente. Era una criatura con el pelaje rojo, demasiado grande para ser un pájaro, y demasiado bella. Tenía una gran cola dorada, cuales plumas parecían soportarlo todo.
Pero Harry seguía pensando que ese Fénix, no podía estar aquí.
Y lo cierto es que estaba. Fawkes estaba allí. El fénix. Fawkes. La mascota de Albus Dumbledore. El que le había salvado de una muerte segura, cuando estaba en la Cámara de los Secretos. El único que cómo Harry, lamentó sin miedo la pérdida de Dumbledore. No lo había olvidado. Harry no olvidaba la triste melodía de rabia y de miseria que Fawkes había cantado aquella fatídica noche, en la que Dumbledore le había abandonado.
El mismo Dumbledore que lo había utilizado, y que se empeñaba en defender a los muggles casi bajo cualquier circunstancia.
-¿Por qué no puede estar aquí, Harry? – indagó Luna, inexpresivamente.
Luna tenía razón. ¿Por qué no podía estar allí? La verdad es que hacía casi un año que no sabía nada de él, y lo había olvidado completamente. Pero aún así… no había motivo por el que no podía estar. Además, como Harry imaginaba… ahora Fawkes pertenecía a la "hija" de Dumbledore. A Luna.
-Dime, Luna. Voldemort… ¿Sabe esto? – preguntó Harry, de nuevo, ignorando la última pregunta de Luna. Y parecía que había dado en el clavo, pues el rostro de Luna se puso un poco pálido y sombrío.
-No, claro que no. Él… no lo entendería – respondió, un poco apagada.
-Ya veo. Y tampoco sabe que ahora estás conmigo, supongo.
-No, la verdad es que no lo sabe.
-Ehmm… entiendo. Bueno, ¿Podríamos irnos ya? – no le resultaba cómodo hablar de Voldemort de esa manera. Sentía como si lo estuviera engañando, de alguna manera. Y ver a Fawkes allí seguía causando en él un efecto permanente de sorpresa. Le costaba de creer.
-Supongo que sabes cómo funciona la Aparición del Fénix…
-Sí, sí – rememoró Harry, recordando aquella triunfal huida de Albus Dumbledore en su propio despacho, cuando Dolores Umbridge y Dawlish querían detenerlo. Entonces, había desaparecido con Fawkes, y desde ese momento supo que la Aparición del Fénix era especial. Dado que nadie podía aparecerse en Hogwarts -. Sé cómo va – aunque en realidad, no estaba tan seguro... y Luna parecía que se había dado cuenta.
-Tú, sólo…. Cógete a mí. Fawkes hará el resto.
Harry la obedeció. Pero la Saeta de Fuego estaba allí, en el suelo… tirada. Decidió que podía desprenderse de ella. Y en cierto modo, se estaba desprendiendo de una parte de él.
Roma era preciosa. Hacía aproximadamente una hora que habían llegado allí, y ya habían encontrado incluso un hotel. Habían dejado allí a Paolo Galliani, con los requisitos para que nadie lo descubriera, y se habían ido a dar una vuelta por Roma. Visitaron todos sus rincones, aunque Harry se sentía oprimido por la presencia de los muggles. A Luna no le pasaba, y Harry había averiguado que era porque sabía controlarse, y eso era algo que Harry debería de aprender a hacer también, si no quería tener problemas en el futuro.
Fawkes finalmente se había marchado. Luna le había explicado que la vida de Fawkes era todo un misterio. Lo veía poco, y era siempre que lo necesitaba. Normalmente era para viajar, pues así no dejaba rastro de donde iba. Sólo se Aparecía en los lugares que le indicaba Voldemort que acudiera, o a los lugares dónde tenía que encontrar a alguien para Voldemort. Pero, cuando quería alejarse y tragarse en la tierra, cogía a Fawkes y elegía un destino al azar.
Por lo visto, le encantaba viajar. Y amaba ese estilo de vida… y quería compartirlo con Harry, por supuesto.
También le había comentado que averiguaría donde estaban los Maldini, y allí acudirían al amanecer, pues ya era de noche.
-Te quiero, ¿Lo sabes? – murmuró Harry, tontamente. La verdad es que se sentía un tonto, pero era eso lo que se sentía cuando estaba enamorado. Porque definitivamente, ya podía afirmar que lo estaba. Y eso que en total, no habría pasado más de cincuenta horas a su lado.
Se encontraban en la terraza del hotel, y allí habían hecho aparecer la cama. Estaban encima de ella, mirando la luna. La luna estaba llena. Y Harry… no pudo evitar quedarse pasmado por su belleza. Además, su luz reflejada en Luna era… lo más bello que había visto en su vida.
Se encontraban en un momento mágico, y nunca mejor dicho.
Y Harry seguía sin poder apartar la vista de la luna. No podía.
-Y yo, Harry. Te quiero más de lo que crees – Luna tampoco le miraba, no obstante… ambos tenían un objetivo visual común.
La luna. Y Harry no podía dejar de admirarla, de estar pasmado por su belleza. La verdad es que veía la cara de Luna en la luna. Veía su rostro allí, cuando ya se sabía los matices y los cráteres de la luna. Sus valles y sus deformaciones. Las recordaba de antaño, cuando se quedaba mirándola toda la noche.
-Te quiero – susurró Harry, de nuevo. Y de forma casi inaudible. Pero lo más curioso es que no sabía si se lo había dicho a la luna, o a Luna. Era un poco… extraño. Pero sentía algo por la luna. No por Luna (que también) sino por el astro lunar. Era curioso, insólito, y muy enredado.
Pero el caso era que, sobre tener a la persona más maravillosa a su lado… Harry no podía despegar sus orbes verdes de la esfera lunar.
De la brillante y celestial, luna. No podía dejar de mirarla, pese a que la otra Luna intentaba llamar su atención. Murmuraba algunas palabras, pero Harry no hacía caso a las palabras de Luna.
Seguía observando la luna, irremediablemente. Se sentía genial, así. Se olvidaba de todo, de todo. No sabía quién era Luna, no sabía quien era Voldemort, no sabía quien era Dumbledore, no sabía quienes eran sus amigos, no sabía lo que eran los Horcruxes, no sabía quién era Merlín, e ignoraba que era un Horcrux de Voldemort. Ni siquiera recordaba ya a los muggles. Ni a los magos.
Estaba en la luna, se encontraba allí arriba. Y allí arriba, las cosas terrenales como aquellas no existían. Luna le gritaba, pero Harry no podía escucharla. No podía, y levantaba los brazos hacia la luna… intentando cogerla, y sabiendo que era imposible.
La luna era tan brillante y celestial, como inalcanzable. Y se estaba sintiendo mal, porque esa era su mayor desgracia. No poder alcanzar la luna…
No poder…
Estirar los brazos y no poder… ¿Había mayor miseria?
-¡Harry! – murmuró Luna, poniéndose encima de él, y cogiéndole la cara con ambas manos. Aunque había parecido brusco, aquella chica lo hacía todo con una delicadeza exquisita, e inhumana -. ¿Qué te pasa? ¿Por qué me ignoras? ¿Te he dicho algo malo?
-No, no… claro que no – murmuró Harry, confuso.
Volvió con su compostura, y decidió no volver a mirar la luna. Ya había vuelto a tierra, ya no estaba hechizado por ella. Por la luna. Y no quería volver a ser poseído por la luna, pues tenía un poder sobre él que ignoraba. Tenía un control supremo. Y no se había sentido a gusto con ella, porque se sentía vacío. Su enorme distancia sobre él, le hacía sentirse mal… y Harry, como cualquier persona, odiaba sentirse mal.
Había comprendido que si miraba a la luna, se obsesionaba con ella. Y soñaba con ella, aún a sabiendas que era un sueño inalcanzable. Un sueño efímero.
Luna sí era su actualidad, su realidad, más bien. Ella era por quien vivía en ese instante, y a quien amaba. Y no a la luna. Aunque debía de admitir que no era la única vez que se había olvidado del mundo, y había deseado estar de verdad en la luna, de escapar de la realidad. De evadir el mundo. Se quitó el pensamiento de la cabeza, y miró a Luna, que adoptaba una posición seria.
-¿Qué te ha pasado, Harry? – Luna parecía bastante preocupada -. He notado… como si estuvieras en otro lugar. ¿Hay algo que te preocupe? Quiero ayudarte, si es así.
-No, Luna – dijo.
Harry se puso encima de ella. Su pecho apretaba el pecho de Luna, y sus labios estaban a milímetros, aunque Harry quería decirle algo que estaba sintiendo en ese momento… quería hablarle.
-Eres… la típica mujer que llama la atención en un segundo. Que puedes hablar con ella en un solo minuto. Que la logras conocer en una sola hora – tragó saliva, viendo como los ojos de Luna estaban vidriosos por la emoción -. Que te debes enamorar de ella con un día… y que cualquier hombre necesitaría siete vidas para olvidarla.
Y selló sus labios con un tierno beso. Se separaron, se miraron, y se volvieron a besar. Luna estaba rendida, y Harry se dejaba llevar por el momento.
Su beso fue subiendo de tono, y Harry posó sus manos en la delicada y cristalina cintura de Luna. La besaba, la amaba… y quería demostrárselo.
Ambos estaban enamorados, y no habían necesitado mucho para llegar a ese momento. Harry se quitó la camisa, y la esparció por el suelo. Luna beso cada parte del torso desnudo de Harry, y también se quitó su camisa.
La lengua de Harry recorrió cada célula de su anatomía. Cada parte de su cuerpo. Ambos se encontraban ya desnudos, sin pavor ni ningún tipo de vergüenza. Porque estaban dispuestos a entregarse por primera vez, y sabían que estaban destinados a hacerlo. Que su amor era irremediable y pleno, y con fervor y fuego confirieron sus cuerpos.
Entregaron su amor el uno a la otra, produciendo un supremo placer físico y espiritual.
Todo eso, bajo la luz del plenilunio.
Se despertaron, y Harry supo por primera vez lo que era despertarse con la persona que amaba. Se quedó mirando como dormía, y lo bella que se mostraba a pesar de no poder ver sus ojos. Tenía una mano en su pecho, y la otra bajo las sábanas. En unos minutos, Luna abrió los ojos… un poco desconcertada, como había estado Harry anteriormente.
Luna miró a Harry, y sonrió. Y Harry no pudo hacer otra cosa que sonreír también, debido a la forma en que su amada Luna lo había mirado. Tenían tal compenetración que se entendían con la mirada… que podían hablar con los ojos. La mirada de Luna decía que le amaba, le amaba por encima de todas las cosas. Su mirada le decía que no quería que pasara el tiempo, que quería compartirlo todo con él… y que amaría a Harry durante toda la vida. La mirada de Harry decía lo mismo, y Luna también podía entender su mirada.
Su relación era muy curiosa, y estaba por encima de cualquier otra. Harry nunca había conocido a otra persona con la que se compenetrara tan bien, nunca. Podía tener con ella una relación plena. Espiritual y físicamente.
-Te quiero… te quiero tanto – susurró Luna, perfectamente audible y sin apartar su mirada -. Gracias a ti, he pasado una de las mejores noches de mi vida. Por no decir… la mejor.
-Me siento igual – concordó Harry, con un hilo de voz, e incapaz de decir más. Luna conseguía dejarlo sin palabras.
Era cierto. Para el nuevo Harry, esa era la noche más espectacular de su vida. Pero, también debía de admitir, que recordaba vagamente su vida anterior a su etapa como mortífago.
Pero ese momento tan mágico se debía de romper.
-Debemos irnos ya, Luna – murmuró Harry, levantándose con cierta vergüenza… ya que seguían desnudos. Luna no le apartaba la mirada, y Harry se sintió un poco cohibido.
Se vistieron, desayunaron, e hicieron marcha. Realmente, no tenían mucho tiempo que perder, aunque en cierto modo… habían llegado muy pronto, gracias al Fénix Fawkes.
Cogieron el cadáver de Paolo Galliani (que seguía ileso, debido a que Luna le había hecho un encantamiento para que su cuerpo no se deteriorara) y salieron del hotel. Ya afuera, y mientras Harry manipulaba con dificultad la figura de Galliani con su varita, Luna cerró los ojos, y se sumió en un profundo pensamiento. Harry intentó no molestarla… además, ya tenía suficiente con lo suyo: intentar aparentar que Galliani estaba vivo, y sin levantar sospechas.
-Los tengo, ya los he encontrado – dijo al fin, cuando abrió los ojos. Harry le dirigió una mirada sin murmurar nada -. Ven, sígueme.
Harry la siguió despacio, pues tenía que llevar detrás a Galliani. Y entonces lamentó haberse dejado la Capa de Invisibilidad en la habitación de la mansión Malfoy, puesto que en esos instantes le habría podido ser tremendamente útil. Llegaron a lo que parecía un callejón sin salida, que además estaba bastante oscuro. ¿Allí era dónde se reunían los Maldini? Realmente, era un lugar que dejaba mucho que desear.
-Cógete – ordenó, con suavidad -. Están en otro lugar, evidentemente. Nos Apareceremos.
-Bien – asintió Harry, sintiéndose estúpido por haber pensado que estarían allí.
Se aparecieron en una especie de descampado. Allí no había nada, ni nadie. Y Luna parecía saber lo que ocurría, debido a que se sentó en un tronco. El Sol irradiaba un calor insoportable, aunque lo aguantaban. Y eso que estaban en pleno invierno, pero en Italia hacía más calor que en Inglaterra.
-¿Es aquí?
-Eso me temo – murmuró Luna -. Eso me temo… tranquilo, no tardarán en encontrarnos.
Y efectivamente, en unos diez minutos… apareció un encapuchado. Desapareció rápidamente, y en unos minutos más… aparecieron diez encapuchados. Había siete de color marrón, y tres de color rojo. Parecían una especie de secta, o de monjes. Era curioso.
Harry y Luna se levantaron, sin ningún miedo. Y los esperaron. Los diez encapuchados llegaron hasta su posición. Y uno que iba de rojo, murmuró algo en italiano, y señaló el cuerpo de Galliani. El que parecía el líder, le calló con la mano y se presentó… pues aunque defectuoso, hablaba inglés:
-Bienvenidos, siervos de Voldemort. Me presento. Mi nombre es Marco Maldini. Estos son mis hermanos Alessandro – señaló al de su izquierda -. Y Alberto – señaló al que estaba en su derecha.
El que había hablado, y los otros nueve, se quitaron las capuchas. Los tres que iban vestidos de rojo, debían de ser los hermanos Maldini. Marco debía de estar ya entrado en años, y parecía el más viejo de todos. Su pelo era canoso, y sus facciones eran bastante duras. Los tres tenían los ojos negros como el azabache, y daban verdadero miedo. Alessandro debía de ser un treintañero por su aspecto juvenil y dócil. En cambio Alberto parecía el mediano, y tenía el físico parecido a ambos hermanos, medio juvenil, medio viejo. Los otros no parecían importantes, y Harry no se fijó en ellos.
-Veo que habéis traído a Galliani – murmuró Marco, con cierta delicadeza. Harry pudo observar a uno de los hombres vestido de negro removerse en su sitio, pero no le dio importancia. Harry asintió.
Marco hizo un movimiento con su varita, y Galliani se movió sólo. Lo hizo desaparecer, y Harry ya no lo volvería a ver. Por fin, se había deshecho del insoportable olor que desprendía.
-Ya está todo. No hace falta que nos ayudéis. Nosotros… haremos el resto.
-Lord Voldemort os manda un mensaje – murmuró Harry, con determinación -. Dice que: "que no atacaré a ningún italiano bajo mi mandato, siempre que la población italiana se someta a mi reinado". Palabras textuales.
-Muy bien – asintió Marco -. Podéis marcharos… – Harry y Luna se miraron, y dieron media vuelta -. Después de probaros… ¿Esperáis que un siervo de Voldemort pueda irse sin pelear? Demuestra que lo eres, que eres digno de servir a Voldemort. Lucharás en un combate a muerte, y podrás marcharte, evidentemente, si vences. Si es mi siervo el que vence, morirás, evidentemente.
Harry le sujetó la mirada. Al parecer, se dirigía a él… pues estaba ignorando completamente a Luna. Mejor, no quería que Luna pasara por aquello.
-Y si lo estabas pensando, no puedes escapar de aquí. Lo hemos arreglado para que no huyas.
-No pensaba hacerlo.
Aunque no sabía si estaba preparado para matar a alguien. Ya lo había hecho una vez… pero, no sabía que hacer. Aunque por lo visto, no tenía otro remedio. Tragó saliva, y miró a Luna buscando su apoyo.
"Debes hacerlo" decían sus ojos. Era difícil, pero si no lo hacía no podrían salir de allí. Al menos… no con vida. Ahora entendía a Luna cuando decía que eran peligrosos. Era algo que se veía enseguida. Y además, morbosos, dispuestos a sacrificar a uno de los suyos. Eran muy como "Voldemort".
-Me parece una tontería enorme – le espetó Harry, con fuerza -. No tiene por qué morir nadie.
Marco enseñó los dientes, en una mueca claramente desafiante. Los demás, los otros nueve, no reaccionaron… puesto que, aparentemente, no sabían hablar inglés.
-Estás en mi ciudad, y haremos las cosas a mí manera. ¿Entendido? Angelo, progredisce e si conclude con lui.
¿Había oído Angelo? Sí, efectivamente lo había oído. ¿Habría muchos Angelo en Italia? ¿En Roma, concretamente? Había tenido una corazonada. Algo le decía en su interior que aquel hombre era el Angelo que estaba buscando. O por lo menos, que antes estaba dispuesto a buscar. Necesitaba hablar enseguida con Luna. Un encapuchado de negro avanzó, y se puso delante de todos. En su cara estaba reflejado el miedo, y Harry estaba halagado. No sabía que podía causar ese efecto en alguien.
-Concédeme un momento – le dijo a Marco, y sin esperar lo que dijera, se dirigió hacia Luna -. Luna ¿Podrías localizarme a Angelo Galliani? – le susurró al oído, inaudiblemente para los demás.
Luna le miró a los ojos, sin comprender. Pero cerró los ojos, y casi al instante volvió a abrirlos.
-Es él – murmuró, señalándolo con la cabeza, y con cierta curiosidad.
¡Increíble! Era curioso el destino. Primero aceptaba decirle algo al hijo de Galliani, luego en el tren muggle tomaba la decisión de no buscarlo. Y cuando decidió no buscarlo… ¡se encuentra con él! Resultaba irónico.
Pero lo más desconcertante era que… Angelo estaba en un grupo que intentaba desprestigiar a su padre, y echar su respeto por los suelos. ¿Era consciente de aquello? La verdad es que Harry no entendía cómo podía estar ahí.
Quizás era esa la razón por la que odiaba a su padre, o por la que se habían enfadado. Por tener distintas ideologías, o por algo que había hecho Paolo… y Angelo se había vengado uniéndose a sus rivales. Realmente, la humanidad era compleja, y a veces costaba adivinar por qué sucedían ciertas cosas.
Pero Harry, esperaba no matarlo… aunque si no tuviera otro remedio, lo haría.
-Estoy preparado – murmuró Harry, sin estarlo.
