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Doce de septiembre
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Cerró los ojos y se recargó contra la pared, de brazos cruzados. Solo a ese payaso se le ocurría hacer ese tipo de cosas.
Suspiró, abriendo sus orbes rojizos cuando recordó la estúpida idea de Cozart, quien parecía haber convencido bastante bien a su amigo rubio para que accediera.
De hecho, en primera instancia, parecía una locura, pero lo absurdo era que les estaba saliendo bien. Demasiado bien, pues tenían de su parte hasta el mismísimo terror de toda Sicilia, el terrorífico Alaude.
Aún se preguntaba cómo ese par de idiotas habían logrado convencer a semejante hombre de unirse a su empresa y que este hubiera accedido. Aunque bien sabía que no había sido nada fácil, pues él mismo había tenido que curar sus heridas varias veces.
Más tarde reclutaron a un sacerdote. Oh, pero no uno cualquiera. Era un boxeador, quizá el mejor de Italia, que se había retirado debido a un incidente de gravedad en su carrera.
Era insoportablemente gritón, al máximo. Parecía mentira que ese hombre pudiera dar misa en una iglesia.
Luego, sabe Dios cómo, lograron que un aristócrata se uniera a su causa. Nada menos que un noble, aunque tenía la sospecha de que Elena había tenido algo que ver en ello, pues se había dado cuenta de las miradas lascivas que lanzaba al cabeza de melón.
Le tenía harto con su maldita risita y sus ilusiones.
Luego reclutaron a sus filas a un chico demasiado joven y caprichoso, un niño mimado. No entendía la decisión de unir a ese enano, pero como siempre, no quisieron escucharlo.
Después estaba el sonrisitas japonés maniático de la flauta. Oh, ese era el que más odiaba. Su despreocupación y su alegría ante todo era una de las cosas que más le enfurecían. ¿Acaso no podía darse cuenta de que había cosas por las que ponerse serio?
Nunca lo admitiría, pero en el mes que llevaban conviviendo juntos, ya los apreciaba. Aunque sus personalidades distaban, había aprendido a congeniar con ellos.
Suspiró. Lo peor no eran los que Giotto y Cozart habían llamado "guardianes", entre los cuales le había incluido. Ya se había acostumbrado a su presencia.
Lo preocupante era que su insensato amigo de la infancia se estaba metiendo en un mundo bastante turbio sin pretenderlo, y empezó a darse cuenta demasiado tarde para evitar que entrara de lleno.
Y lo mejor, nótese la ironía, es que no era capaz de abandonarlo, pues el rubio sabía como hacerle sentir la persona más despreciable del mundo con solo una mirada.
Volvió a suspirar mientras observaba el anillo que hacía poco más de dos días le había sido entregado. Esos dos le habían dicho que ese metal prendía fuego, y no se lo habría creído de no ser porque el mismo lo había encendido por arte de magia, junto a los demás.
Las llamas de los anillos eran de diversos colores, y la suya en concreto era roja.
Según le habían dicho, era la llama de la tormenta. Encajaba con su carácter indomable.
—G, ¿qué haces aquí, a oscuras? —sus pensamientos se vieron interrumpidos por el causante de su dolor de cabeza, su payaso amigo—. Hoy es un espléndido y maravilloso día.
Se tomó la libertad de cruzar la habitación y correr las cerradas cortinas, haciendo que la luz del sol entrase repentinamente por la ventana.
—¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar con ese pelirrojo? —G no cambió su postura, pero entrecerró los ojos debido a la iluminación.
—¿Es que no sabes el día que es? —cuestionó divertido Giotto, mirándole con una sonrisa.
El pelirrojo se puso un dedo en el mentón, recordando la fecha.
—Doce de septiembre —dijo al cabo de unos instantes. Su amigo asintió.
—No me digas que lo has olvidado —dijo conteniendo la risa.
—¿Olvidar qué? —cuestionó molesto por la expresión.
—Anda, sígueme —rió finalmente, saliendo de la habitación.
Fuera por curiosidad o por cualquier otra cosa, la tormenta le siguió entre los pasillos de la mansión hasta culminar su caminata frente a una puerta conocida para el pelirrojo, el salón de fiestas.
¿Estaba celebrando algo? ¿Por qué razón?
—Menos mal que tienes un buen amigo como yo —le dijo Giotto mientras abría las puertas café claro y dejaba ver el interior del cuarto.
Su expresión fue de completa incredulidad al observar semejante banquete, digno de un rey, en el lugar. Era impresionante, pero no se comparaba a la sorpresa de los que estaban ahí presentes.
Todos aquellos insoportables con los que tenía que convivir —aunque en el fondo los apreciase—, se encontraban ahí. Cada uno a su manera, claro, como lo decía el ejemplo de Alaude y su lejanía, pero allí al fin y al cabo.
El maniático de la flauta sostenía una tarta y en cuanto le vieron, una exclamación unísona, sin contar las evidentes excepciones, resonó:
—¡Feliz cumpleaños, G!
Rio levemente al ver que ellos habían recordado algo tan banal que él mismo había olvidado por completo.
—Somos tu familia, aunque no estés muy de acuerdo —sintió como las manos del rubio se posaban en sus hombros por detrás, en gesto amistoso—. Nunca nos olvidaríamos de tu cumpleaños, aunque tú lo hagas.
Se permitió sonreír ampliamente.
Serían unos insoportables y definitivamente le sacaban de quicio pero, como bien dijo su payaso amigo, esa era su familia.
Los únicos que recordarían aquella fecha tan banal y hacían de ella un día importante con su sola presencia.
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Salut lectores~.
Bien, algo atrasado peeero aquí esta. ¡Feliz cumple G!
Jejeje, bueno, espero que os haya gustado n.n
¿Merezco review? ¿Disparo? ¿Tartita?
Au revoir~. Nos leeremos pronto~.
[PD: No me di cuenta de que no lo subi aqui y si en Wattpad XD.]
