Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi, es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.


Realizeit: Date Cuenta

por Onmyuji


Capítulo 2. Encuentro.


Cada día que pasa me siento más enamorada de él. Cada día que pasa me doy cuenta de que tengo menos y menos posibilidades de gustarle. Estoy segura de que no creo que pueda considerarme sino como un... algo.

A pesar de eso... Lo amo. Amo a Inuyasha Minamoto.

No tiene nada de malo, ¿O sí? No le hago mal a nadie. No tiene novia a quien pueda molestar lo que pienso. A decir verdad... no entiendo por qué no tiene novia. Podría encontrar a alguien que le quiera de verdad...

Yo sería una buena persona. No lo haría sufrir y lo querría mucho. Esto... ¡Un momento! ¿Pe...? ¡¿Pero qué cosas estoy diciendo?! No es como si fuera a tener una oportunidad con él.

¿Sabes...? Anoche-... anoche soñé con él. ¡No! ¡No soñé nada pervertido! Sólo que-... soñé que me sonreía. Sí, sí; del otro lado del aula. Que me sonreía y que me decía algo desde lejos pero no alcanzaba a entenderlo. ¿Te lo imaginas? ¿Te imaginas cómo me sentiría si eso sucediera en verdad? Probablemente me desmayaría de la emoción en ese momento.

Pero tengo que ser realista, porque eso no sucederá jamás. Es decir, ¡mírame! Soy tan patética que ni en mis sueños puedo tenerlo cerca.


Con frustración, ignorando conscientemente la clase de química que tomaban, repasó la página una y otra vez de aquel cuadernillo. Era la quinta vez que leía esa página en menos de una semana. Era incoherente, pero aún así no podía evitarlo. Era un acto al que se había amoldado a la perfección desde que vio por última vez a Higurashi Kagome.

¿Por qué? Ella había negado definitivamente querer ese libro de nuevo. ¿Por qué? ¿Sólo porque lo había leído? ¿Sólo porque guardaba esa ciega esperanza de que nunca lo leyera? ¿Porque era cierto que ella de verdad sentía algo por él? Pero-... y él-...

Deprimido, hundió su cabeza entre sus manos y respiró profundo. Deseó con todas sus fuerzas prestar atención a esa tan interesante clase sobre el benceno, pero le fue imposible concentrar su cabeza en algo que no fueran las palabras escritas en aquel cuadernillo femenino. El rostro lloroso de la chica apareció en su mente nuevamente. No, no. Eso no podía estar bien. ¿Qué clase de embrujo era ese?

Más encima, sentía ese cargo de culpa al leer algo tan privado como lo eran los sentimientos de otra persona.

Se sentía completamente mal.

—Minamoto-kun... ¿Estás bien? —Escuchó que la profesora Misora, la misma que les impartía química todos los días, le llamaba, notoriamente preocupada—. Está usted pálido como si hubiera visto un fantasma ¿Quiere salir de clase? —Aquella astuta observación le sorprendió a todos, incluyéndolo. Sintió las rencorosas miradas de sus compañeros observándolo con desazón.

Para nadie en el aula, era un secreto que Inuyasha había ofendido tanto a Higurashi Kagome, la chica más linda de todo el colegio, como para que ella faltara a clase de la pena que sentía por poco más de un mes. Al principio algunos, rencorosos ante el rechazo de la joven, lo habían vanagloriado por su acto; pero ahora todos parecían odiarlo por eso.

Después de todo, Inuyasha era humano. Y uno idiota, nada menor a eso. Incluso Shuuji y Minato estaban frustrados por su culpa.

Para Inuyasha fue toda una sorpresa saberse de esa forma. No se imaginaba que lo acontecido hacia dos semanas lo había afectado tanto. Pero no. No marcharía de ese lugar. Ni siquiera pasearía por la enfermería si se sentía mal. No quería perderse la oportunidad de ver nuevamente a la joven.

Si Kikyou le viera en este momento, seguramente sentiría pena de él.

—No. Me quedaré y tomaré la clase. —Dijo él mientras se levantaba sobre su lugar y observaba fijamente a la profesora Misora, antes de volver a sentarse. No. No se iba a mover de ahí aunque perdiera la vida en el intento o lo amenazaran de muerte.

Después de todo la idea parecía demasiado tentadora. A final de cuentas, no había podido sacársela de cabeza desde el accidente del cuadernillo.

Si tan sólo tuviera una estúpida idea de lo que haría una vez que la volviese a encontrar.


Con la sensación de pesadez que sentía últimamente, se detuvo frente a la puerta del apartamento de su amiga de toda la vida, casi queriendo huir. Las dos semanas que había faltado a clases habían sido fatales, no sólo por los regaños recibidos, sino por su salud. Recién el día anterior había salido del hospital y no estaba en condiciones de recibir regaños.

La puerta se abrió lentamente, dejándola entrar. La silueta de Sango se dibujó tenuemente hasta que se convirtió en una figura concreta que le dio la bienvenida con una sonrisa.

—¿Cómo te sientes hoy? —Preguntó su amiga de cabellos castaños cuando Kagome entró con temor al departamento, huyendo, literalmente hablando, hacia la sala de estar—. Sigues muy pálida. ¿Qué te dijeron los doctores? ¿Naomi-san no te ha dicho nada? —Preguntó mientras se encaminaba hacia la sala, detrás de su amiga.

Eran amigas desde muy pequeñas. Durante mucho tiempo vivió relativamente cerca del Templo Higurashi, por lo cual iba todos los días a jugar con la pequeña Kagome. Ya desde entonces eran las mejores amigas.

—¿Dónde está Shippou-chan? —Preguntó Kagome. Se hizo evidente la tensión que se creaba en el ambiente cada vez que Sango trataba de invocar el tema por el cual su amiga estaba tan demacrada y también el cómo Kagome evadía el tema tanto como le era posible hasta que aparecían los regaños.

—Miroku lo llevó de compras al supermercado. No te preocupes, no tardan en volver. —Afirmó su amiga de castaños ojos mientras se encaminaba a la cocina. Kagome se hundió en el sofá en que descansaba en ese momento.

—Me he sentido mejor, los doctores me dejaron un montón de medicamentos y suplementos alimenticios y quieren seguir el monitoreo... y al menos ya dejé de llorar definitivamente. —Dijo Kagome, sincerándose finalmente con su amiga. En eso la vio acercarse suavemente con una bandeja con dos tazas de té verde y un trozo de pastel, especialmente para ella.

—Tienes que sentirte completamente bien. Un simple mejor no servirá. No puedes huir de la escuela para siempre. Ahora fue porque te dio apendicitis...

—Y la intervención de emergencia y el proceso de recuperación fueron horribles, hubiera preferido morirme para no tener que cargar con toda la vergüenza y la humillación que siento. —Interrumpió la joven alzando la voz, obviando algo que realmente había sucedido. Sango bufó. Kagome estaba más susceptible que de costumbre.

—... y claro que fue tu excusa perfecta para no asistir a clases, pero no siempre podrás evitar reencontrarte con él. —Afirmó Sango mientras le veía. Sólo ella y Miroku, estaban tan pendientes, de la situación sentimental de la chica.

A pesar de sus fallidos intentos por motivarla, Kagome nunca se atrevió a hablar con Inuyasha Minamoto, uno de los mejores amigos y primo de Miroku. A decir verdad, ellos también ya habían comenzado a asimilar la idea de que ese día no llegaría.

—Lo sé. —Kagome estaba muriéndose por dentro. Se sentía tonta e ilusa. No podía encontrar explicación para el hecho de que él de pronto quisiera hablarle, para que de pronto el reparara en su existencia y de la noche a la mañana supiera su nombre. No podía encontrar ni siquiera una explicación al hecho de que precisamente él estuviera tan interesado en lo que escribía.

—Sabes que Miroku y yo te apoyamos completamente. Sé fuerte. Todo saldrá bien. —Le dijo su amiga, tratando de calmar esas ansias enfermas que la hacían sentir tan mal.

Si tan sólo hubiera una forma de evitar todo lo que estaba por venir, sin duda alguna ella hubiese encontrado como momento de ocasión realizar lo que fuera con tal de evitar lo que le esperaba a partir de ese momento.

Ambas amigas escucharon la puerta del apartamento abrirse de improviso, dejando escuchar los reclamos y gemidos del pequeño Shippou y las bolsas de las compras. Sango le sonrió a Kagome, incitándole a ir en pos de su esposo para que le ayudase con el pequeño bebé. Aquello pareció animar aún más a la muchacha, quien se levantó de su lugar y se encaminó hacia el recibidor.

Pero al poner un pie más cerca del recibidor del pequeño departamento, observó algo que no era habitual. Miroku venía cargando las bolsas de las compras y Shippou era cargado por...

Inuyasha.

—Tú... —Murmuró ella suavemente, con la sorpresa asomándose por sus ojos incrédulos que apuntaron con terror total al joven de cabellos plateados, quien seguía forcejando con Shippou, pero siempre con la vista fija en ella.

Casi parecía hecho a propósito.

Como si se tratara de un simple y fortuito encuentro, Miroku entró en la casa ignorando olímpicamente a los dos jóvenes que se acababan de enfrentar. Sango, al percatarse del pandemónium que probablemente desataría Kagome, se encaminó rápidamente al recibidor y tomó a su hijo en brazos.

—Hi-Higurashi-... —Inuyasha apenas podía articular palabra de la sorpresa que sentía.

Kagome no podía quitarle los ojos de encima. Por la expresión y la ropa que él traía, aparentemente recién salía del instituto. Y cuando lo vio llevar una mano directamente a su bolso escolar, sintió que los ojos se le aguaban.

No. Era demasiado pronto para enfrentarlo.

—Higurashi-... yo-... —Inuyasha pronto pareció apurar un motivo que lo presionaba a esperarla con tanta insistencia, por lo que de su bolso extrajo el cuadernillo de la chica. Kagome abrió los ojos con fuerza ante lo que eso probablemente suponía.

Las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar.

—Quédatelo. Yo ya no lo quiero. —Dijo Kagome con la vista fija en el suelo. Tenía que encontrar una forma de ocultar todas las lágrimas que ahora salían de su rostro.

Obviamente, era la clase de recepción que podría esperar de ella después de la burla que le hizo. Pero no entendía por qué le molestaba tanto, le dolía tanto.

—Higurashi-... yo-... —La lengua se le pegó al paladar casi al momento en que trató de proferir alguna palabra. Fue entonces que ella se volvió hacia él con el rostro bañado en lágrimas y un tierno carmín titilando en sus mejillas, que sólo le cortó el habla aún más—. Quiero disculparme contigo por lo que hice. Por favor-... —Insistiendo, Inuyasha le acercó el artículo.

—¡Ya te dije que no lo quiero! —Gritó Kagome mientras le arrebataba el cuadernillo y corría hacia la cocina, justo cuando chocó con su amiga de toda la vida, quien le siguió sumamente preocupada.

Quisiera o no, Inuyasha también estaba preocupado por ella.

Con desesperación, tres personas siguieron a la jovencita de cabellos oscuros que corría hacia la cocina y buscaba desesperada entre los cajones de un mueble enorme un par de fósforos. Cuando por fin pudo hacerse de ellos, sacó uno tras otro hasta poder prender uno —. Kagome-chan... ¿Qué es lo que...? —En ese momento, las lágrimas de Kagome cayeron al suelo. El fósforo alcanzó el papel.

El cuadernillo se quemó.

Kagome lo dejó caer al cesto de la basura mientras quedaba reducido a cenizas. Inuyasha la tomó del brazo y la forzó a que le viera. Kagome clavó sus ojos en los suyos y le observó por un incontable tiempo, que por un momento pareció congelarse para los dos.

Fue entonces cuando, después de verse por tanto tiempo, los ojos de Kagome se abrieron con sorpresa, dejando salir más lágrimas aún. Luego volvió la vista al cubo de basura, donde su cuadernillo había desaparecido. En medio de una suave y ligera humareda y cenizas.

Kagome sentía que había comprendido todo.

Inuyasha se había dado cuenta de lo que sentía por él desde hacía mucho tiempo. Por eso la ignoraba. Por eso...

Por eso la había humillado.

—Me voy a casa. —Dijo Kagome mientras se soltaba bruscamente del agarre de su compañero de clases y luego se llevaba la mano al rostro. Luego marchó corriendo de la casa tan rápido como pudo.

Estaba cansada de huir de él. ¿Cómo pudo...? ¡¿Cómo pudo hacerle eso?! Ella-... ella en verdad lo amaba.

Pero esta vez no era tiempo de reclamar lo sucedido. Era hora de enfrentar a Inuyasha. Era el momento de que supieran quién era Higurashi Kagome. Ella nunca había sido tan débil hasta que lo conoció a él. Y por él mismo... volvería a ser quien era ella... la persona que amaba a Inuyasha Minamoto en lo más recóndito de su corazón.

—¿Inuyasha? ¿Estás bien?— Preguntó Sango suave y lentamente a su primo político, quien tenía la vista fija en el suelo, ocultando los enormes ojos de sorpresa que tenía. ¿Qué-... qué era ese sentimiento de impotencia y frustración? ¿Qué era eso que pugnaba por gritarle a esa niñata? ¿Por qué se sentía tan estúpido?

—¡Ay! Con lo mucho que nos había costado siquiera reunirlos en una habitación de menos de un metro cuadrado para que haya sucedido esto... —Escuchó a su primo Miroku mientras suspiraba con cierta frustración.

Algo pareció hacer click en la cabeza de Inuyasha.

—¿U-ustedes sabían que ella...?— La voz de Inuyasha les provocó un escalofrío por toda la médula tanto a Sango como Miroku, quienes observaron al chico de cabellos plateados, aún sin alzar la vista completamente ofuscado.

Alguien tenía muchas explicaciones que dar.


Fin del capítulo 2.

Continuará.