Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi, es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.


Realizeit: Date Cuenta

por Onmyuji


Capítulo 3. Polos opuestos.


Corrió. Corrió como un loco a través de los corredores de madera pulida, tapizados de compañeros que le gritaban maldiciones al verlo pasar y chocar contra todos. Un sudor helado recorría su frente, pero lo ignoró. Le causó sorpresa. Mucha de ella. No estaba acostumbrado a esa clase de sensaciones; así que eso lo acomplejaba. La última vez que había sentido algo relativamente similar, había sido cierta ocasión en que Kikyou se tropezó en el patio principal enfrente de todos. Pero en aquél entonces no había sido una emoción tan fuerte como la que sentía ahora.

Pero, ¿por qué corría con tal apresuro, cuando era perseguido por un par de profesores que le gritaban que se detuviera; cuando corría como si fuera un prófugo de la justicia?.

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¿Quién diría que Inuyasha está interesado en una mujer finalmente? ¿Quién podría imaginárselo? El mismo que despachó a todas las chicas del colegio al menos una vez. El mismo que hizo que Higurashi Kagome desapareciera por más de un mes del instituto ahora está detrás de ella…

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Las palabras de Shuuji y Minato se repitieron una y otra y otra vez en su cabeza, haciendo de ellas un molesto eco. Era casi como el mundo estuviese en su contra. Simplemente porque tenía la idea de que ella se desvanecería una vez que entrase al aula para comprobar que, en efecto, Kagome había vuelto a la escuela.

Sólo así podría sentirse mejor.

Ya tenía suficiente con la súbita confesión de amor de la que se había enterado por accidente gracias al cuadernillo de Higurashi Kagome; así como también las críticas de casi todo el instituto ante la cruel jugada que le había hecho a la jovencita. ¡Y Sango y Miroku eran punto y aparte! Porque ellos habían estado al tanto de los sentimientos de ella desde que estos nacieron y nunca le dijeron nada.


¿Tan increíble es? Pensé que era obvio, siempre se cohibía cuando llegabas de visita a casa y ella se encontraba aquí, incluso se sonrojaba. ¿No te diste cuenta? Pensamos que eventualmente te darías cuenta... o que fingías no haberte dado cuenta para evitar lastimarla o algo así, pero creo que te sobreestimé. Ya vi que eres un bruto y un idiota. —Le dijo Sango mientras le daba un sorbo a su taza de té. Inuyasha dio una vuelta alrededor de la sala, como león enjaulado.

Se sentía engañado.

¿Desde hace cuánto-...?

Desde que inició la preparatoria, Inuyasha. —Al ver su cara de poema, Sango le miró con el sarcasmo en la cara—. ¿Es real que no lo imaginabas? —Se sintió ofendido por la burla de la castaña, pero aguantó.

Ni siquiera reparó en ella. Hasta ahora. Qué lamentable. ¿No lo crees, querida?— Repuso Miroku mientras jugueteaba con las manitas de su pequeño Shippou; burlándose completamente de su persona, de su ingenuidad y estupidez.

Completamente convencido de que era justo eso lo que merecía.


Si Kikyou le viera en esos momentos quizás le reprendería por su estupidez.

Era cierto, ¿por qué tenía esa clase de empeño compulsivo por comprobar que la chica estaba de vuelta en el instituto? A decir verdad, no estaba realmente seguro del por qué. Después de todo, ¿cómo esperaban que reaccionara después de que la gente a quien creía exenta de este problema entre ella y él, le corroborara la realidad?

Higurashi Kagome estaba enamorada de él. Y Sango y Miroku lo sabían desde siempre. Ellos eran testigos de que era cierto. Así que no había truco detrás de todo eso. ¿Esperaban que sonriera? ¡Por Dios! ¡Ni siquiera estaba seguro de quererse a sí mismo como para saber si sentía algo por ella!

En medio de su desvarío, pronto tuvo que frenar su paso para entrar en el aula. Se detuvo justo frente a la puerta cerrada, inseguro. No tenía idea de nada. ¡¿Qué podían esperar de alguien con emociones encontradas desde hacía poco más de dos semanas?!

Un suspiro escapó de su boca pronto, indicando que estaba listo para entrar, así que corrió la puerta del aula, completamente decidido. En ese momento sintió un terrible golpe contra su cara, algo duro y lleno de polvo que se estrelló contra su preciosa cara.

—¡Perdón, fue un acciden-...! ¡Inuyasha! —Los oídos de Inuyasha parecieron reaccionar al suave llamado, justo cuando la cosa que se había estampado en su cara, caía al suelo. Pudo tener, entonces, una vista panorámica de la joven a quien buscaba hacía unos instantes. Kagome.

Se llevó una mano a la cara y se limpió. Tiza. Kagome estaba jugando sucio si creía que le perdonaría por haberse metido con su cara.

—¿Eres idiota o alguna cosa así? —Gritó, completamente molesto por la agresiva forma en que le recibían en clase. Estaba bien que había cometido un error con la niñata, ¡pero que ella le golpeara de esa forma...! Bueno, quizás se lo merecía. ¡Pero aún así no era justo!—. ¡Nadie te ha puesto a limpiar los borradores, inútil!

Lo que nadie esperaba era la reacción en respuesta a la agresión verbal.

—¡El idiota serás tú, Inuyasha! ¡Yo me disculpé contigo por el golpe, pero parece que eres un idiota rencoroso! —Respondió la chica de cabello azabache y ojos azulados con el mismo filo en la lengua; ocasionando la sorpresa manifiesta de todos los compañeros presentes. Era la primera vez que Kagome hablaba de esa forma públicamente—. De cualquier forma, no sabía que eras tú. Pero me queda claro que si hubiera golpeado a otra persona, habrían aceptado mi disculpa de buena gana. ¡No todos son como , Inuyasha! —Aquello había sido un golpe bajo.

Aparentemente, Kagome estaba tratando de declararle la guerra en venganza por haber leído su cuadernillo.

—Viniste brava hoy, Kagome. Me sorprende que ayer estuvieras como alma en pena y tan sólo en unas cuantas horas te hayas compuesto para venir a clase... —Comentó Inuyasha, burlón y en voz baja. Si eso era lo que esa niña quería, eso tendría.

Esto era guerra.

—¡Falté porque tuve apendicitis, idiota! —Reclamó Kagome mientras levantaba el borrador del suelo y lo estampaba de nueva cuenta en el rostro de Inuyasha.

¿De verdad era la misma niña penosa a la que había hundido en la miseria hacía unas semanas?

Con cierta ira naciendo en su cabeza, Inuyasha tomó el borrador con frustración suicida y preparó para lanzarlo en el hermoso y cuidado cabello de la chica, cuando sintió que alguien colocaba un libro sobre su cabeza y una voz le llamaba de forma molesta—. No estará pensando lanzarle eso a nuestra compañera Higurashi, que recién se reintegra al grupo... ¿Verdad, Minamoto-san? —La profesora de química, Minami Misora.

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¡Lo amo! ¡Lo Amo Como No Amaré A Nadie Más!

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Eso era trampa.

—No. —Dijo Inuyasha secamente mientras bajaba el borrador y se encaminaba hacia su pupitre. La profesora no pareció levantar más comentarios sobre el asunto, pero Inuyasha se sintió terriblemente molesto ante la idea que le provocaba saber que Kagome se reía a escondidas suyo de su desgraciada suerte.

¿Cómo podía tener en la mente todo lo que era relativo a ella y desvanecer tanto odio y frustración reprimidos como si se tratase de aire? No era sorpresa para él; pues en todo el tiempo que la chica no había asistido a clases; había leído tanto el cuadernillo de la chica que se lo aprendió de memoria. Y aunado aquello al recuerdo de su rostro sumido en la depresión...

Los sentimientos de Inuyasha estaban completamente desordenados.

Discretamente, movió su cabeza de forma que pudiera observar el asiento contiguo, que finalmente era ocupado por la susodicha Higurashi. Pero grande fue su sorpresa al encontrar a la misma chica viendo hacia donde él y saludándole con una sonrisa por debajo de la mesa; lo que logró que sus mejillas se pintaran de color rojo y volviera la vista a la dirección contraria.

¿Q-qué había sido eso? ¿Acaso Kagome ya no iba a disimular tan bien lo que sentía por él? ¡Hubiera preferido jamás haber leído su nombre en aquel cuadernillo!

Tal vez ella comenzaba a gustarle un poco.

No. ¡Esperen! ¿Qué idioteces comenzaba a decir? ¡¿Cómo podía gustarle alguien que le gritaba idiota a la primera oportunidad?! ¡Ellos eran como polos opuestos! ¡Ni de chiste podrían encajar como pareja...!

Para empezar, ¿de cuándo acá comenzaba a considerar la posibilidad de ser pareja?

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¡Pero qué cosas pienso! Me hago ideas absurdas sobre lo que podría ser de él y aún las sigo considerando tonterías. ¡Yo nunca podré ser novia de Inuyasha! ¡Ni siquiera sabe que existo! A veces me pregunto si sólo será una apariencia, si en realidad no sabe nada o realmente está fingiendo...

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Tal vez Kagome no sabía de lo que era capaz con tal de salirse con la suya. ¡Le iba a demostrar que los polos opuestos se atraían! ¡Le demostraría que ella se lo merecía! Y se demostraría a sí mismo que sí la merecía.

Con una sonrisa feliz en el rostro, volvió la vista hacia la pizarra, donde la maestra repartía definiciones a diestra y siniestra, aparentemente hablando sobre el carbono y cosas así. Pero ahora tenía mejores cosas qué pensar que la posible combinación de tres carbonos y ocho hidrógenos: estaba tratando de recordar cosas; pequeños detalles que había memorizado a raíz de la indirecta declaración de amor de Kagome.

¿Y si no eran el uno para el otro...? Si eso llegara a suceder, haría que encajaran aunque tuviera que tragarse su orgullo de hombre para eso.

Una sonrisa traviesa apareció en su rostro. Sí. Ahora se sentía mejor. Seguro que después de eso, algo bueno tenía que suceder. Olvidando de por medio la misma clase que el día anterior había querido aprender, volvió su vista a la susodicha que pronto sería su blanco favorito, entretenida haciendo tantos apuntes como podía. ¡Bueno! ¡Tampoco podía quejarse! No sería tan malo después de todo...

... Kikyou le tendría que perdonar por eso.

De súbito y en mitad de la clase, Inuyasha se puso de pie sin hacer el menor ruido y se encaminó a la puerta que daba al corredor, disculpándose ex abrupto por la salida y argumentando que no se sentía nada bien y que iría a descansar a la enfermería, aun a pesar de que su tez parecía bastante sana.

Kagome le observó mientras se retiraba del aula, con el estómago comprimido en una extraña oleada de aprehensión. No le parecía extraño que Inuyasha saliera del aula seguido. A decir verdad, estaba tan acostumbrada a verlo escabullirse en mitad de clase, que no le parecía raro: usualmente se iba a vagabundear por ahí o se encerraba en el gimnasio por horas, en tanto llegaban sus prácticas de lucha. Pero que Inuyasha saliera y pidiera dispensas por sentirse mal, era completamente diferente.

Seguramente se sentía muy mal. ¡Pobrecillo! Le daba tanta tristeza imaginar siquiera que se sentía mal. ¿Qué le pasaría? Tenía tantos deseos de ir a verlo a la enfermería.

¡Era increíble con ella! Se había prometido a sí misma que no se dejaría llevar por Inuyasha y hela aquí, muerta de angustia por él. Tal vez si iba a visitarlo después de clases, ¿pero qué cosas estaba pensando? Seguramente él estaría resentido por el golpe con el borrador lleno de tiza, tal vez no fuera una buena idea. No quería desatar ninguna clase de pelea con él, menos sabiendo que se sentía mal.

¿Qué era lo que debía hacer? Por un lado, no estaba dispuesta a ser el blanco de las bromas predilecto de Inuyasha, ni siquiera permitiría que la volverá a pisotear; pero tampoco podía darse el lujo de dormirse en sus laureles, iba a dar todo de sí para que el chico quedara convencido de realmente estaba enamorada de él.

—¿Qué debería de hacer?— Susurró Kagome en voz baja mientras inclinaba su rostro hacia su pupitre con una expresión de mártir. Y luego venía a su mente la otra parte del asunto: era completamente seguro que el chico había leído su nombre en el cuadernillo. Tampoco creía que Inuyasha fuera tan correcto como para no leer su cuadernillo. Era esa la razón por la que lo había quemado: de esa forma no tendría que rendirle explicaciones a nadie sobre el asunto.

Era algo que se iba a quedar entre Inuyasha y ella, quisiera el resto o no.

El día transcurrió con una lentitud poco usual, seguramente por la necesidad que Kagome tenía por salir a visitar a Inuyasha a la enfermería. El sonido de la campana de la última hora clase se dejó sonar cuando la chica estaba a punto de colapsar de la ansiedad; por lo que el timbre no le permitió perder nada de tiempo. Fue demasiado evidente cuando se puso de pie con su bolso escolar y salió del aula como alma que lleva el diablo.

Punto a favor de Kagome que nadie sabía que ella estaba enamorada de Inuyasha. A menos que el muy idiota hubiera hecho pública esa noticia, lo cual creía poco probable. Y hablando de idiotas, tenía mucha prisa por alcanzar a uno en la enfermería para saber cómo se encontraba.

No podía evitarlo. Estaba preocupada.

Con el paso más tranquilo que le fue posible, se encaminó a la enfermería en pos del chico de ojos dorados. La necesidad que tenía de verlo ya ni siquiera se comparaba con el deseo de huir de él que, hasta ayer, la habían ahogado tan terriblemente.

En su camino al susodicho lugar, escuchó el timbre de su teléfono móvil, muy en lo profundo de su bolso escolar. ¡Genial! Lo que le faltaba para retrasar su veloz paso para ver a Inuyasha. Con desesperación, se detuvo en medio del corredor y abrió la bolsa, buscando violentamente su teléfono, el mismo que apareció al fondo de todos sus libros. Ya aliviada de una molestia menos, apuró a responder—. ¿Sí, diga? —Saludó Kagome, cuando fue recibida por un alegre gesto del otro lado del auricular.

—¡Kagome-chan!— Reconoció fácilmente la voz de Sango del otro lado del teléfono, saludándole febrilmente del otro lado del auricular. Escuchó a un pequeño bebé del otro lado, haciendo berrinche y a un hombre tratando de calmarle. Seguramente llamaban, tanto ella como Miroku, ansiosos por noticias—. ¿Qué tal ha ido tu reencuentro con Inuyasha? ¿Hicieron ya las paces? —¡Bueno! Quizás no era el mejor momento para preguntar aquello.

—Esto-... bueno, no estuvo bien.—Recordar el incidente de esa mañana ya suponía algo agridulce de recordar para ella—. Por accidente lo golpeé. No pude hablar con él. De pronto se sintió mal y voy a visitarlo a la enfermería ahora. —Comentó ella, haciendo ver el terrible reencuentro que tuvo con Inuyasha esa mañana. Pero no contaba con la reacción de sus amigos y lo único que obtuvo como respuesta fue el silencio sepulcral, posterior a un «¿Cómo pude olvidarlo?» de Miroku al fondo—. ¿Sango-chan? ¿Miroku-kun? ¿Sucede algo...? —Esta última pregunta, pareció casi recelosa.

Luego escuchó del otro lado de la línea un sonido de movimiento y como pasaba de un par de manos a otras el teléfono—. Señorita Kagome... —Escuchó que en esta ocasión era Miroku quien le hablaba. Una extraña sensación se asentó en su estómago. Algo no le estaba agradando de lo que estaba sucediendo—. Escúcheme bien lo que le voy a decir. Inuyasha no está en la enfermería. Él... seguramente pidió dispensas porque saldría del instituto... ¿Cómo pude olvidar que era hoy? —Ciertamente que aquello desconcertó a Kagome en la medida de lo posible, a pesar de que tenía una connotación más privada.

—¿Qué-... qué quieres decir? ¿Qué se supone que sucedería hoy? ¡Inuyasha se sentía mal! —Kagome parecía confundida ante las palabras de su amigo, cuando entró a la enfermería y la encontró completamente vacía, corroborando las palabras de su amigo Miroku—. Miroku... ¿Dónde está Inuyasha? —Preguntó la chica de azabaches cabellos con toda la tranquilidad (aunque conscientemente a punto de colapsar de nervios) que le fue posible, mientras se encaminaba a una de las camillas de la enfermería y se sentaba ahí, como para sostener un futuro mareo que comenzaba a apoderarse de su cabeza.

—Hace cuatro años... falleció una amiga de Inuyasha. Su nombre era Kikyou. Inuyasha nunca ha dicho nada al respecto, pero en aquel entonces, Inuyasha estaba enamorado de ella. Es por esa razón que siempre rechazó a todas las chicas que se le confesaban en el instituto, porque aparentemente no ha podido ni ha querido olvidarla... —Con cierta desazón, Kagome se llevó la mano a la cabeza y presionó más fuerte, tratando de mitigar el malestar que comenzaba a sentir. Luego sintió que todas las lágrimas comenzaban a fluir de sus ojos en una cascada interminable.

¿Era eso...? ¿Era por un amor secreto que él había rechazado a todas? ¿Era por eso que ella siempre pensó que nunca tendría una oportunidad? ¿Era por eso que ella estaba tan triste? ¿Era porque sabía que esa clase de amores jamás se olvidarían? ¡Estaba siendo demasiado ilusa! ¡Ellos eran un par de polos opuestos! ¡Jamás! ¡Jamás podrían estar juntos! Y con ese terrible secreto a cuestas (actualmente desvelado por el primo de Inuyasha), las posibilidades de que todo fuera como Kagome soñaba, eran remotamente imposibles.

Era hora de rendirse.

—Kagome... ¿Estás bien? —Escuchó la mortificada voz de Miroku del otro lado de la línea. Por lo que Kagome apuró a contener el aliento y limpiarse las lágrimas. Fingió una sonrisa, justo como si sus amigos estuvieran frente a ella en ese momento.

—Sí. Estoy bien. Tengo que irme. Me toca hacer aseo el día de hoy. Nos vemos pronto. —Y con esto, apuró a terminar la llamada, antes de que las lágrimas y los sollozos adoloridos comenzaran a fluir con mayor libertad en medio de la solitaria enfermería.


Con el sol del ocaso bañando elegantemente la pequeña tumba, Inuyasha se acercó suave y recelosamente a ella. Sostuvo entre sus manos el ramo de flores de campanilla china y se inclinó para depositarlo en el lugar, casi nervioso de recibir un regaño de algún espíritu del más allá. Con una expresión tensa y avergonzada, el chico de ambarinos ojos se llevó una mano a la nuca.

—Bueno, Kikyou, dicen por ahí que más vale tarde que nunca, ¿no? Te traje flores de campanilla china. Recuerdo que siempre te gustaron mucho. —Comentó Inuyasha mientras desviaba la vista hacia un árbol lejano, luego de comenzar su bizarra conversación con la tumba. Y es que no había mejor forma de referirse a lo que hacía en ese mismo momento—. ¿Sabes? Ya han pasado cuatro años desde que te fuiste y nunca pude decirte que me gustabas... —Se sonrojó.

Era casi como si la hubiera visto ayer.

—No pude venir a visitarte más temprano porque he estado pensando mucho en mí. —Aquello suponía una novedad a las usuales conversaciones que hacia Inuyasha cuando visitaba esa tumba, casi todos los meses.

Lo único que nunca pudo decir por su testarudez era lo mucho que había querido a su amiga. Y ya que la había perdido, ya no pudo encontrar vuelta atrás. Por eso, y reclamándose el nunca haber dicho nada, visitó todos los meses esa tumba: le llevaba flores cada mes, sus favoritas. Y siempre iniciaba la conversación de la misma forma.

Pero si había algo nuevo en sus palabras era que Inuyasha siempre le decía lo mucho que pensaba en ella. Pensar en él mismo ya suponía un rumbo distinto para la conversación—. Kikyou... ¿Me odiarías si intento ser feliz? —Preguntó Inuyasha, aunque claramente con una connotación muy privada para él. Definitivamente aquello lo sorprendió a si mismo y con la guardia baja.

De pronto, a su mente vinieron extraños recuerdos del último mes. Un rostro angelical bañado en lágrimas. Una expresión adolorida, una sonrisa sobre un movimiento de mano a la señal de un saludo. Una suave voz.

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Si pudiera pedir un deseo, sería que Inuyasha Minamoto se acercara a mí y pudiera hablar con él. Conocerlo. Poder ganarme su confianza y quizás ser amigos. Eso me haría la Kagome más feliz del planeta y no pediría nada más en mi vida. ¿Pero qué cosas digo? Eso nunca sucederá...

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—Kikyou... ¿Estarás bien si dejo de visitarte tan seguido? —La voz del chico tembló suavemente, mientras sus mejillas comenzaban a colorearse. Casi era como temer de su amiga—. Te prometo que cada aniversario vendré a traerte flores y me aseguraré de que la próxima vez no sea sólo. —Aquello lo hizo sonrojar más—. Ya no quiero venir sólo. Seguramente ya comenzaste a pensar que no tengo vida social o algo así... ya que nadie viene a acompañarme... —Comentó con cierta burla en su voz, para que se diera la denotación de una broma.

Tal vez era extraño verlo hablar con una tumba, pero no le importaba. La próxima vez que visitara ese lugar no se sentiría como un loco hablándole a la nada, porque ya no vendría solo.

—Es que-... ¿Sabes, Kikyou? Creo que estoy enamorado... —Y diciendo esto con un suave rubor en las mejillas; se llevó el dedo índice de su mano derecha a la mejilla, la cual rasguñó suavemente con su tacto.


Fin del Capítulo 3.

Continuará.