Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi, es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.


Realizeit: Date Cuenta

por Onmyuji


Capítulo 4. Primer beso.


Con una extraña sensación en su espalda, se detuvo en medio del corredor tapizado de gente. Nerviosa, se llevó una mano al cabello, donde jugueteó con un mechón de este, de pie e inmóvil. Trató de disimular el malestar que sentía, pero le fue imposible. Sintió las penetrantes y rencorosas miradas femeninas rodearla. Tan peligrosas que, si las miradas mataran...

Con un suspiro cansino, apuró el paso hacia el aula 3-F, sintiendo las miradas fulminantes en torno a ella. Estaba completamente segura de que no había motivos para hacer eso, ya que ella no había atentado contra el aparente galán en turno del instituto. Ni siquiera contra el chico predilecto y adorado por las chicas: Inuyasha Minamoto.

El mismo Inuyasha Minamoto que ahora conocería quién era la verdadera Kagome Higurashi.

Grande fue su sorpresa al correr la puerta de su aula correspondiente y notar como casi todos sus compañeros ya se encontraban ahí, enfocando sus miradas sobre ella, incomodándola. Sus compañeras le dirigían miradas de rencor; sus compañeros le veían con tristeza.

Eso era algo extraño. Tampoco había rechazado a todo el instituto ¿verdad? Suponía extraño que la mayoría de las miradas que se enfocaban en su rostro fueran iracundas o deprimentes.

Más aún le sorprendió encontrar a Inuyasha sentado en su pupitre como si nada estuviese ocurriendo, sonriendo de oreja a oreja. Varios asientos más adelante, Minato Kisugi y Shuuji Akino, vieron al susodicho con aborrecimiento después de haberla visto entrar al aula.

Sí. Demasiado extraño. Ella no había hecho nada ese día para ameritar tanto desprecio por parte de sus compañeras. Tampoco merecía la depresión de sus compañeros.

Algo temblorosa, se encaminó a su pupitre y sentó antes de ser recibida por un cortés y candoroso saludo de Inuyasha. Recordó lo acontecido la tarde anterior y se tragó el malestar que le producía saber que definitivamente no tenía esperanzas con él, tratando de ignorar el dolor que quemaba en su interior y la hacía llorar por dentro—. Buenos días, Kagome... ¿Cómo te encuentras el día de hoy? —Preguntó Inuyasha con una hermosa sonrisa en sus labios.

Encantador. Y perturbador.

Como acto reflejo de todos sus compañeros al escuchar el cortés saludo de Inuyasha, las miradas se clavaron en ella como si fuera la peor escoria del mundo.

—Bueno, no tan bien. —Dijo Kagome mientras cerraba los ojos resignadamente y se acomodaba en su lugar, tratando de borrar esos desastrosos recuerdos de la tarde anterior y las molestas miradas de todos—. ¿Me perdí de algo? ¿O por qué todos me miran como si me odiaran? —Respiró la chica con algo de pesadumbre en su rostro. Recordó lo que la tenía tan deprimida y se olvidó de lo demás.

Inuyasha sonrió. Pero él sí que sabía a qué se debían todas esas miradas tristes e iracundas. Pero Kagome no tenía por qué saber aún.

El profesor Ishikawa, el de álgebra, ingresó en el aula en ese mismo instante, poniendo fin a la penuria de Kagome; apresuró el paso para tomar lista. Los nombres pasaron de dos en dos, hasta que el hombre se detuvo en el nombre de Kagome.

—¡Higurashi! Me da gusto que se haya reintegrado a la clase. ¿Cómo se encuentra? —Preguntó el profesor, tratando de sacarle alguna clase de conversación a la joven. Kagome se levantó de su pupitre y respondió a la plática de su profesor.

—Mejor, gracias. —Dijo ella mientras veía fijo hacia el pizarrón, apenada. Sus compañeros mantuvieron la mirada fija en ella, siempre con la misma expresión de repudio o tristeza que comenzaba a frustrarla.

—Espero que no le importe, Higurashi; pero me temo que tendré que asignarle a un compañero para que le ayude a repasar los temas de cálculo que estuvimos estudiando desde que se ausentó. ¿Encuentra algún problema con ello? —Preguntó el profesor con amabilidad.

—En lo absoluto, —Contestó Kagome por cortesía, mientras bajaba la cabeza en señal del respeto—, se lo agradezco.

—¿Alguien se ofrece a ayudar a Higurashi Kagome con los temas que vimos las semanas pasadas? —Preguntó el profesor mientras observaba a sus alumnos, siempre con los ojos puestos en la chica de almendrados ojos.

En ese momento, alguien se puso de pie, ofreciéndose.

—Yo lo haré, profesor. —Kagome observó hacia su derecha donde, finalmente, Inuyasha se enfrentaba a todos en el aula. Kagome lo observó con cierta sorpresa y recordó con desolación lo ocurrido el día anterior que le fue a buscar en la enfermería. Y en ese momento, estalló el hervidero de comentarios.

«Entonces era cierto», «¡Qué envidia le tengo a Minamoto!», «¡La verdad no lo entiendo! Se suponía que Minamoto-kun la había humillado demasiado como para ser posible»; fueron apenas unos de los cuantos comentarios alcanzó a escuchar Kagome en cuanto Inuyasha se ofreció a ser su tutor para la clase de álgebra. Y sin embargo ella no entendía absolutamente nada.

Las clases transcurrieron con la normalidad que ella estaba acostumbrada a presenciar y sin algún tipo de percance digna de admirar que no fueran la sarta de comentarios que se desataban entre sus compañeros cada vez que decían su nombre. Hasta la hora del almuerzo, todo había estado muy tranquilo, claro está. Le sorprendió a sobremanera notar cómo Inuyasha no parecía incómodo ante la idea de llevar las clases de rutina sin ausentarse por ningún motivo y eso le pareció extraño.

Lo que ella no sabía, era que había un oscuro motivo para que el chico en cuestión, permaneciera en clases hasta buenas horas de la mañana. Explícitamente, mencionando el almuerzo.

Kagome parecía más tranquila y la muchedumbre de comentarios a sus espaldas parecía haber disminuido. Con la impaciencia de la hora del almuerzo, Kagome buscó disipar las molestias previas a su almuerzo y abrió su caja de almuerzo con prisa para saborear la maravillosa presentación. Su madre era demasiado buena con ella por prepararle tal almuerzo para ese día. ¡De verdad que se lo merecía! Con la mala racha que había tenido que estar soportando nada le caía mejor que la comida de su madre.

Seguramente, su madre presentía que pasaría algo bueno. Tenía una extraña creencia respecto a las cajas de almuerzo. Decía que la tortilla de huevo era sólo para ocasiones que realmente valieran la pena y el hecho de que este apareciera tanto en su obento o en el de Souta (su hermanito menor), sólo significaba que algo importante iba a ocurrir.

En su caso, una gran ración de él adornaba su comida, y eso sólo lo hacía más apetecible.

Luego vio un par de palillos ajenos acercarse a su almuerzo y tomar un pedazo del dichoso platillo como si fuera algo de todos los días. Observó al autor de tal crimen y lo fulminó con la mirada—. Idiota. ¿Por qué no pides? Es raro que mi mamá prepare tortilla de huevo. —Dijo inconforme mientras veía a Inuyasha saborear el trozo que había comido.

—Y ha valido la pena tomarlo sin pedir, estaba delicioso. —Dijo Inuyasha mientras abría y cerraba sus palillos con emoción, dispuesto a arremeter con la otra ración del huevo de ser necesario—. ¿Te importa si comemos juntos? —Preguntó el chico mientras clavaba sus orbes doradas en los ojos de Kagome, al tiempo que alzaba su propia caja de almuerzo y la abría, imprimiéndole ese tinte misterioso y sensual que hizo sonrojar a la chica.

¿Por qué ese idiota podía colocarla tan nerviosa en cuestión de segundos? ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía jugar con sus emociones de adolescente cuando el amaba a otra persona?

Algo sorprendida por la pregunta del chico que destapaba sus alimentos, preparándose para comer, simplemente atinó a asentir, sin terminar de apagar el sonrojo en sus mejillas—. ¡Me alegra! Ahora... ¿Te importa si te cambio esa ración de tortilla por mi tempura? —Preguntó Inuyasha mientras tomaba con sus palillos la dichosa ración de su comida y la acercó al rostro de Kagome.

La jovencita suspiró, casi resignada, mientras movía la cabeza en forma de negación—. Está bien... —Dijo mientras acercaba sus palillos a los del chico para quitarle la comida, pero éste se rehusó.

—No, no, Kagome. Déjame dártelo yo. —Sonrió Inuyasha como si se tratase de un niño chiquito haciendo una travesura. Las mejillas de Kagome se tiñeron violentamente de escarlata, lo cual hizo que el chico de plateados cabellos soltara una risa, feliz—. Anda, Kagome. Abre la boca. —Dijo él mientras acercaba el tempura a la boca de la chica.

En ese momento, no supo por qué, pero tuvo el presentimiento de que una bomba de tiempo acababa de explotar. Y eso se hizo evidente cuando vio a unas chicas de su grupo ponerse de pie del lugar del aula donde tomaban sus almuerzos y encaminarse a ellos con la molestia más tangible que Kagome había visto nunca.

—¿Sucede algo, chicas? —Preguntó Kagome cortésmente, tratando de saber qué era lo que estaba mal en ella o si era acaso la actitud de Inuyasha lo que les molestaba. De ser así, preferiría entonces almorzar sola.

—¡En realidad están comiendo juntos! —Escuchó la horrorizada voz de una de sus compañeras que se le habían acercado. Inuyasha fingió que almorzar juntos era la cosa más normal del mundo y apuró a intentar meterle el tempura en la boca.

—No, no. Tonto. ¡Quítame ese tempura de la vista, Inuyas-...! —Exclamó Kagome, obligando a Inuyasha a obedecer. La chica de cabellos de ébano ni siquiera reparó en el intento de Inuyasha por contener una risilla, mucho menos cuando sintió que el joven le metía el bocado en la boca casi a fuerza y la obligaba a masticar—. ¡Wow! ¡Inuyasha, esto está delicioso! —Dijo Kagome mientras terminaba de probar el tempura. El chico de plateados cabellos sonrió traviesamente ante el halago y apresuró a hablar.

—¿Te ha gustado? Lo hice esta mañana para que almorzáramos juntos. —Dijo Inuyasha con una sonrisa, mientras Kagome juntaba las palmas de sus manos para expresar su sorpresa ante la idea de ver a Inuyasha dentro de un delantal de cocina y murmuró con admiración un «¡Eres un excelente cocinero!».

Sintiéndose molesta por la repentina forma en que fueron ignoradas; una de las chicas que recién se había acercado, alzó su mano y los señaló acusadoramente, atrayendo de nuevo la atención de la pareja y fue directamente al grano—. Kagome, ¿de verdad aceptaste ser la novia de Inuyasha después de lo de tu cuadernillo?

Inuyasha abrió los ojos con sorpresa mientras sonreía orgulloso. A su vez, su compañera quedó con la mente en blanco ante la pregunta. Las mejillas se le encendieron casi al instante y sus ojos se abrieron lo más que pudieron. Las palabras tardaron unos pocos segundos en procesar la pregunta.

¿Ella qué?

—Por supuesto que Kagome es mi novia. Me he disculpado sinceramente con ella. No tiene nada de malo... ¿Verdad, chicas? —Habló Inuyasha mientras se levantaba del asiento en el que estaba y se llevaba a las manos a la cintura, demostrando su grandeza. Todos los presentes en el aula volvieron a verle con sorpresa.

Shuuji y Minato eran grandes. Habían expandido el chisme demasiado rápido. Justo como quería. Los alabaría después de eso.

Aparte de eso, era un alivio que Kouga Matsura estuviera fuera de la ciudad en un torneo regional de soccer. Así se libraba de explicaciones y un dolor de cabeza menos, por lo menos mientras regresaba.


¿Se puede saber por qué estás tan feliz?, ¡Casi como si te hubieras reencontrado con la vida! —Preguntó esa mañana un extrañado Minato mientras veía a Inuyasha acercarse hacia él con una alegría poco usual. Más orgulloso y altanero de lo que estaban acostumbrados—. Oye, ¿No fue ayer el aniversario de la muerte de tu ex-novia, Kikyou?

Sí, ayer fue. Pero no es por eso que estoy feliz. ¡Feh! ¡Idiota! ¡Kikyou nunca fue mi novia! —Afirmó Inuyasha mientras empujaba al susodicho, incitándolo a caminar hacia el edificio de la escuela, a pesar de las protestas—. Más te vale no andar diciendo por ahí que Kikyou Nishimura fue mi novia, porque nunca lo fue. Sólo fuimos amigos, nada más. Si Kagome se entera, no sé qué podría pasar... —La enorme sonrisa en el rostro de Inuyasha daba demasiado para pensar, más aún después de la frustrada intención de hacerles dejar en claro que Kikyou jamás había sido su novia.

Creí que no te preocupaban los chismorreos que te involucraban con ella. —Shuuji apareció detrás de ellos, atrapando su atención oportunamente—. ¿Por qué de pronto tienes tantas buenas intenciones de que Kagome jamás se entere de ella? —La llegada de Shuuji sólo le hacía las cosas más fáciles a Inuyasha, quien sonrió todavía más al escucharlo aparecer.

Es que... bueno, no sé cómo empezar. —Dijo Inuyasha mientras dejaba de empujar a Minato y se paraba en medio del patio, con los brazos cruzados. Shuuji y Minato lo observaron con curiosidad, a la expectativa de cualquier clase de estupidez que Inuyasha pudiese decir—. Es que ayer, justo cuando salí de la enfermería, me encontré con Higurashi y le pedí que fuera mi novia. —Aquello hizo que los ojos de sus dos amigos se abrieran con incredulidad y parpadearan repetidas veces.

Es decir... ¿El mismo que había rechazado a todas en el instituto? ¿El mismo que no tenía la atención en nadie? ¿El mismo que hasta hacía poco más de un mes ni siquiera sabía el nombre de la chica más popular de toda la escuela?

¡Tiene que ser broma! —Exclamaron ambos, completamente escépticos ante la confesión de su amigo. Inuyasha les dedicó una mirada ofendida. Ambos apresuraron a hablar antes de que Inuyasha les interrumpiera—. ¿Tú y Higurashi? ¿Y qué hay de Kouga Matsura? Todos sabemos que está enamoradísimo de Kagome y ha tratado de conquistarla en los tres años que llevamos de instituto y no hemos visto ni siquiera que ella respondiera a sus pretensiones.

Definitivamente no le creían.

¡Feh! ¿Qué tiene eso de malo? Ella me gusta y no he dejado de pensar en ella desde el accidente de su cuadernillo. Seguro que por mi culpa echó a la borda su idea de publicar una novela romántica en algún futuro. Pero me gusta... y ha aceptado ser mi novia. —Dijo con una sonrisa tímida en los labios—. Sobre lo de Kouga, ya me encargaré de eso cuando Matsura regrese; ahora, no me preocuparé por eso ni tampoco preocuparé a Kagome.—

Con expresiones de ese talle, era imposible no creerle a Inuyasha.

Antes de que el albino pudiera decir algo más, Shuuji y Minato se disculparon con cierta prisa que tenían y salieron corriendo ambos hacia el edificio principal, con un chisme en la punta de la lengua y listos para hablar de la pareja recién formada.


Las chicas del aula quedaron completamente estupefactas ante la confirmación viniendo del propio Inuyasha. Luego él se cruzó de brazos y frunció el ceño, molesto—... ¿pero saben? Me molesta que vean a Kagome tan feo. ¿Podrían, por favor, dejar de-...?

—¡Espera un momento, Inuyasha! —Kagome se levantó de su lugar y alzó la vista para encarar al chico, que era más alto que ella, por casi una cabeza—. ¿Qué-...? —Pero antes de que ella pudiera decir algo más, Inuyasha la tomó por los hombros y clavó sus hermosos ojos en los suyos. Entonces todo lo demás perdió sentido para ella.

—No te preocupes, Kagome. No tiene nada de malo dejarle en claro a nuestros compañeros lo de nosotros. Así nos evitamos las habladurías... —Y antes de que Kagome pudiera analizar las palabras y canalizarlas en una respuesta coherente (concebida a base un par de monosílabos no dichos y unos labios entre abiertos); sintió el calor varonil acercándose peligrosamente a su cara y un par de labios posándose con lentitud sobre los suyos.

En ese momento, la cordura de Kagome reaccionó.

Antes de que algo más pudiera suceder, antes de que Inuyasha quisiera avanzar, antes de que alguno de sus compañeros pudiera decir algo o cualquier otra cosa pudiera suceder, Kagome empujó suavemente al chico de doradas orbes hasta despegarse de él. El rostro le ardía en temperatura, punto y aparte a sus sonrojadas mejillas. Su cabeza era todo un lío y, ante la confusión del momento, tan sólo atinó a hacer una cosa: salir corriendo del aula.

Inuyasha la observó marcharse con un inexplicable nudo en el estómago. ¿Acaso...? ¿Acaso no le había agradado que él...?—. Ustedes son demasiado inoportunas, chicas. Kagome debe estar molesta por lo que acabo de hacer. Me hizo prometer que mantendríamos esto en secreto y ustedes arruinaron la emoción. —Quiso parecer diplomático en medio de su propia desesperación, mientras cargaba el almuerzo de la chica que había huido y el suyo propio—. Espero que estén satisfechas, señoritas. —Posteriormente, quiso parecer rudo, y sin más, largó fuera del aula antes de que estallara un llanto general de todas sus compañeras.


Con las lágrimas saliendo fieramente de sus cansados ojos, se talló el rostro con el pleno deseo de deshacerse de ellas. Limpió una y otra vez las lágrimas de sus ojos en vano, y seguían fluyendo más todavía. Se tocó los labios suavemente y sintió deseos de llorar todavía más. La facilidad con que deseaba desaparecer aumentaba. De pronto se sintió peor que nunca.

¿Cómo era eso posible? ¡Había sido besada por Inuyasha! ¡Su primer beso se lo había dado el hombre a quien ella tanto añoraba! ¿Por qué estaba sufriendo de esa forma? ¿Es que no le agradaba?

La actitud de Inuyasha la confundía demasiado. No sabía si estaba hablando enserio, si estaba bromeando, si lo que decía era un doble sentido. Si sus palabras trataban de ser directas o indirectas. Le frustraba demasiado no saber qué responder ante sus acciones y sus palabras. La ponían demasiado triste.

—¡Hey! ¿Por qué no me dijiste que querías que almorzáramos en la azotea? —Escuchó una voz varonil detrás de sí, lo cual la hizo congelarse al acto. Temerosa, se dio la vuelta para encarar al joven que había aparecido en el lugar, para encontrar a un sonriente Inuyasha que sostenía los almuerzos de ambos. Luego él la escrutó a detalle antes de fruncir el ceño con cierta pena—. ¿Por qué lloras? —Preguntó él, casi nervioso.

—¿Qué fue toda esa escena en el aula? —Exigió saber Kagome. Aunque para Inuyasha fue claramente una pregunta entre líneas la que se hacía.

—¡Feh! Es la paga por lo del borrador. A partir de hoy, todo el instituto cree que somos novios. —Comentó Inuyasha mientras se acercaba a ella y le entregaba su obento. Kagome enrojeció, y no precisamente de vergüenza—. Kagome, fue un simple beso. ¡Un beso no te va a matar! Además, creí que te gustaría. Después de todo-... —Inuyasha bajó la vista para ocultar el ligero rubor que le cubrió las mejillas, y se llevó una mano a la cabeza. Kagome le interrumpió.

—Idiota. ¡Ese fue mi primer beso! —Gritó Kagome con las mejillas rojas. Inuyasha la observó, no sin cierta sorpresa antes de sentarse justo a lado de la maya de la azotea; apuró a hablar.

—Si quieres puedes devolvérmelo. —Dijo el chico con una sonrisa traviesa en sus labios. Las mejillas de Kagome siguieron tan rojas como antes, pero esta vez se limitó a callar y a sentarse a su lado—. ¡Venga! ¿Te parece si empezamos hoy con las asesorías de álgebra? —Preguntó con sus ojos dorados fijos en las rojas mejillas de la chica. Kagome parpadeó repetidas veces antes de verle con algo de confusión.

—¿Esto es alguna clase de truco para subir tu reputación a algo así? —Las piezas comenzaban a encajar en la mente de Kagome. Obviamente no iba a ceder la gran cosa con Inuyasha, menos aún sabiendo que él en realidad no sentía nada por ella—. Creí que a raíz de lo de Kikyou no querías relacionarte con ninguna... —Casi parecía aborrecimiento lo que sentía Kagome en ese momento, mientras mencionaba a la joven a quien Inuyasha realmente amaba. En ese momento, fue bruscamente interrumpida por la voz ruda y áspera de Inuyasha.

—¿Quién te habló de Kikyou? —Exigió saber él, lo más serio y estoico que le había escuchado hablar jamás. Kagome se sintió severamente nerviosa ante el tenso ambiente que comenzaba a formarse alrededor de ambos.

Si habían sido Shuuji y Minato, pagarían caro la traición.

—Ayer que fui a buscarte a la enfermería no estabas. Miroku dijo que-... probablemente estabas en el cementerio, visitándola... —Comentó ella en voz baja, mientras tomaba una porción de arroz de su obento y comía lentamente. Casi como si le doliera cada palabra que decía.

En realidad era más doloroso de lo que parecía. Sentía que una partecita de ella se moría al instante por su culpa. Pero aún así no podía dejar de sentir todo por él.

Inuyasha frunció el ceño molesto al saber quién le había dado noticia a la chica de sus problemas más personales y ocultos. Mejor aún. Miroku era hombre muerto como que eran primos.

Luego de eso, el silencio reinó entre ambos, como si las palabras se hubieran acabado. Inuyasha se mantuvo en silencio, guardando cierta distancia y prudencia ante lo que podía decir y lo que no. A pesar de eso, no dijo nada, teniendo en cuenta el desorden que había en su cabeza. De momento sólo seguiría su juego de que eran novios; luego se preocuparía por lo demás. Esa niñata no era nadie para exigirle explicaciones, ¿Verdad?

Al menos no ahora. Tal vez en unos meses sí lo sería.

Por otro lado, Kagome sabía que de nada le servía esperar una respuesta que jamás llegaría. A decir verdad, tampoco esperaba que Inuyasha tratara de rendirle cuentas de lo que hacía, después de todo, era su vida y ella no era nadie para exigírselas: sólo era la simple compañera de clases que era su víctima en turno.

Eso dolía en su cabeza más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

—Oye, Kagome... ¿Te parece si vamos a tu casa a hacer el repaso de álgebra? —Preguntó Inuyasha de súbito, haciendo que Kagome palideciera.


Fin del Capítulo 4.

Continuará.