Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi, es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.


Realizeit: Date Cuenta

por Onmyuji


Capítulo 5. Visto Bueno.


Con un suspiro, se detuvo a mitad de la enorme escalinata que daba a su casa. Inuyasha se detuvo tras ella, y le quedó viendo con curiosidad. Ella se volvió a encararlo, casi como esperando alguna clase de bizarro comentario de su parte, más sin embargo, este pareció no llegar jamás. No le agradaba en lo absoluto tener que llevarlo a su casa a estudiar álgebra. A decir verdad, prefería estudiar en cualquier otro lugar que no fuera su casa. Y tomando en cuenta las posibles reacciones de la familia, así como las posibles palabras que diría el chico... ¡Bueno! Lo último que Kagome deseaba era llegar a casa.

—No sabía que vivías en un templo. —Comentó Inuyasha con una sonrisa, tratando de aligerar el pesado ambiente que se había creado al comenzar a subir la escalinata al Templo Higurashi. Kagome le observó como si fuera todo un bicho raro.

—¡Me parece extraño! La verdad, no sé por qué. ¿No será porque el Higurashi no Jinja es el único templo en la zona? No sé cómo pudiste creer que eran otros Higurashi. —Comentó Kagome, poniendo en evidencia los ridículos intentos de Inuyasha por aligerar el ambiente.

—Pareces molesta. —Comentó Inuyasha mientras apuraba a subir escaleras y llevar el paso de la chica en la subida. Kagome palideció de repente y le observó como si se tratase de un fantasma—. ¿Tanto te desagrada que venga a tu casa? —Los ojos de Kagome brillaron ante la maravillosa idea de huir de casa ese día, pero antes de poder concretar sus planes, Inuyasha se le adelantó, advirtiendo que no era precisamente eso lo único que le preocupaba a la joven—. ¿Es por lo de Kikyou? —Trató de saber él, mientras bajaba la vista con algo de recelo ante la mortuoria idea de que fuera eso lo que la tenía tan a la defensiva—. No te puedo ser infiel con un fantasma, ¿Lo sabías?

Puesta en evidencia, el rostro de Kagome enrojeció con furia antes de soltar, completamente furiosa—. ¡No me agrada la idea de que conozcas a mi familia!

Inuyasha parpadeó confundido, sintiendo que había hecho el ridículo más grande del mundo al haber expuesto su malestar acerca de la preocupación de ella; así que apuró a corregirse—. Pero si me van a tener de conocer de todas formas. Después de todo, somos novios, ¿no? Si ya lo sabe toda la escuela, ¿qué más da que lo sepa tu familia? Tarde o temprano se enterarán. —La elegante sonrisa que adornó el rostro del chico hizo que Kagome temiera por su vida todavía más.

—Quiero recordarte que sólo estás cobrándote por lo del borrador, Inuyasha. Técnicamente no somos novios. —Aquello hizo que el aludido hiciera el rostro hacia un lado y rechistara, incómodo y molesto ante la aseveración de Kagome.

El pequeño trayecto directo a casa continuó en silencio. Las dos mentes adolescentes se mantuvieron inmersas en sus propios pensamientos dirigidos a similares acepciones. Mientras Kagome temblaba de pavor ante la clase de reacción de su familia (especialmente la de su abuelo, al cual le temía más que a la propia reacción de su madre); Inuyasha estaba sumido en un limbo eterno a raíz de las últimas palabras de su acompañante. Por dentro, eso le había traído una terrible sensación y una suma tristeza que no supo describir.

Era porque se acordaba de la desesperanza en las letras que la chica escribía y que le llenaban de desolación.

Tratando de esfumar los pensamientos de su mente, se acercó ligeramente a la chica y golpeó con la yema de sus dedos sobre la palma de ella. Kagome se detuvo en seco y automáticamente, justo frente al enorme árbol sagrado que estaba a mitad del templo. Mecánicamente, se volvió a enfrentar al chico que estaba tras ella y se percató de sus mejillas sonrojadas.

El recuerdo de Kikyou le llegó a la mente. El dolor comparado que sentía cuando imaginaba la nula posibilidad de que él estuviera interesado en ella le nubló los sentidos. Así que, nerviosa por el repentino tacto de él, sólo atinó a hacer una cosa.

—¡Vamos Inuyasha! Ya casi llegamos a casa. ¿Querías conocer a mi familia? ¡Pues será mejor que apuremos paso antes de que termine huyendo!— Apuntó Kagome mientras lo tomaba por la muñeca y lo guiaba lo más rápido que podía hacia la casa. Inuyasha se sonrojó, casi decepcionado ante la idea de que sus planes habían sido un fracaso. Pero a pesar de eso, disfrutó maravillosamente del tacto femenino. Descubrió que Kagome tenía unas manos pequeñas pero suaves. Tan sencillas y delicadas al tacto, que no dudaría ni un segundo en tomarla de las manos y hacerlo para siempre.

La casa de Kagome era justo como Inuyasha la imaginaba desde el incidente del cuadernillo. Típica casa japonesa, de dos pisos y en muy buen estado. De un bonito color crema pálido y con pinta de usanzas tradicionalistas. Kagome le soltó justo antes de entrar, dándose unos segundos para respirar y luego corrió la puerta de entrada, casi como si hubiera plaga adentro y le provocase malestar.

—¡Ya llegué! —Exclamó Kagome mientras apuraba paso al recibidor. Inuyasha la imitó a una distancia segura deteniéndose en el genkan respetuosamente.

—¡Buenas tardes! —Exclamó el chico de ambarinos ojos mientras escuchaba como un par de pasos se acercaban veloces hacia la entrada.

—Bienvenida. —Una mujer de cabellos cortos y un bonito delantal de cocina rosado apareció justo donde ellos. Inuyasha la observó a detalle y, por la pinta de la misma, a pesar de la radiante juventud que parecía gozar, dedujo que se trataba de la madre de Kagome. Eran, simplemente, demasiado parecidas—. ¡Oh! Veo que trajiste a un invitado. —Comentó la madre con alegría. Inuyasha inclinó la cabeza con respeto y se presentó.

—Soy Minamoto Inuyasha. Encantado. —Dijo él cordialmente—, ¿Es usted la madre de Kagome? ¡Hubiera jurado que no lo era! Es que se ve muy joven. —La madre de Kagome quedó encantada con la amable presentación del chico albino mientras murmuraba algo como que había dado a luz a Kagome muy joven. Pese a esto, Kagome no parecía tan encantada como ella.

—El gusto es mío, Inuyasha-kun. ¿Eres un amigo del instituto de Kagome? —Y la pregunta obligada a la cual temía tanto Kagome apareció. El rostro paliducho de la chica puso en evidencia esto y, al percatarse Inuyasha de lo incómoda que se encontraba Kagome, apuró a hablar.

—En realidad... somos novios. —Dijo Inuyasha mientras bajaba la cabeza como si sintiera pena. La madre de Kagome se paralizó escasos cinco segundos antes de sonreír como si se le fuera la vida en eso y comenzó a gritar por la casa.

—¡Papá! ¡Souta! ¡Vengan a conocer al novio de Kagome! —Exclamó la mujer mientras Kagome enrojecía de la vergüenza e Inuyasha sonreía, ya sintiéndose parte de la familia. Luego vieron venir al pequeño hermano de Kagome jalando de un hombre ya mayor que, aparentemente, era el abuelo de la chica. Inuyasha se sintió un poco nervioso cuando el hermanito de Kagome se acercó a él y le señaló.

—Tú eres Inuyasha, ¿verdad? —Preguntó el pequeño, completamente serio. Inuyasha tiritó de escalofríos mientras asentía, sobre todo al ver la autoritaria mirada del pequeño. ¿Cómo era posible que el niño supiera su nombre? Seguramente había tomado el cuadernillo de Kagome a escondidas y leído un poco... ¡Quién sabía! Kagome se sintió un poco más tranquila, creyendo que su hermano Souta intimidaría a Inuyasha, pero no fue sino todo lo contrario—. ¿Puedo...? ¿Puedo llamarte hermano? —Exclamó el pequeño mientras saltaba sobre el albino, completamente emocionado ante la idea de tener un hermano mayor.

Kagome decidió que era el momento indicado para intervenir.

—¿Podrían, por favor? Inuyasha ha venido a ayudarme a ponerme al corriente con álgebra. Si no les importa, nos vamos a estudiar.— Dijo Kagome con cierta incomodidad mientras se movía hacia las escaleras de la casa, siendo seguida muy de cerca por Inuyasha y más de cerca aún por el resto de la familia y un abuelo muy susceptible y desconfiado de Inuyasha.

—¿Inuyasha-kun se quedará a cenar?— Preguntó su madre mientras la seguía en su carrera a las escaleras. Kagome se detuvo en el primer escalón y luego hecho una vista a toda la familia y al nuevo invitado. Enfocó su vista en el abuelo en busca de ayuda, pero al ver que no recibía ninguna clase de apoyo, se rindió.

—Sí. Inuyasha se quedará a cenar. —Y diciendo esto, literalmente corrió escaleras arriba, seguida por un Inuyasha casi muerto de risa. Abajo, la familia se quedó con una extraña sensación, justo antes de que comenzaran a hablar del posible futuro de la relación de Kagome con su primer novio.


—Parece que le he agradado a tu familia, Kagome. —Sonrió un divertido Inuyasha mientras sacaba de su bolso escolar sus propios apuntes de álgebra. Kagome recostó su cabeza contra el escritorio de su alcoba, casi muerta de frustración. Inuyasha le dedicó una mirada divertida—... pero parece que a mi novia no le agrado tanto. —Comentó al aire. Kagome alzó la vista, susceptible a un posible cambio de humor, cuando se percató que Inuyasha parecía más que preparado para darle asesorías de álgebra.

—Te estás divirtiendo, ¿verdad?

—No te imaginas cuánto.

Ella soltó un quejido, frustrado—. ¿Por qué no pudimos ir a estudiar a tu casa? ¡Hubiera preferido no tener que enfrentar a mamá y al abuelo! —Aseguró Kagome con cierta reticencia mientras le veía por el rabillo del ojo—. ¡El abuelo! ¡Agradece que no dijera nada aún! En cuanto tenga la oportunidad se opondrá a tu estúpida idea de hacerte pasar por mi novio cuando no lo eres. —Advirtió Kagome.

Ignorando el último comentario de la chica, Inuyasha respondió a su pregunta inicial—. Porque mi casa está hecha un desastre en este momento y mi medio hermano mayor está de visita. —Kagome abrió los ojos enormes al escuchar la noticia de su hermano, ignorando el que había sido ignorada primero.

En realidad, Kagome no sabía mucho de él. Sólo que era el chico más popular de la escuela. También había oído de boca de Miroku que su padre jamás había vivido con él y su madre, así que se las arregló sólo cuando murió su madre a los siete años. Ahí era donde entraba el hecho de que Inuyasha y Miroku se habían criado juntos. En cuanto a lo demás, no imaginaba siquiera que tenía hermanos, mayores o menores o lo que fueran. Mucho menos imaginaba que tuviera medios hermanos.

—Además, no creo que sea correcto que mi novia conozca el lugar donde vivo ahora. ¿Qué diría tu madre respecto a eso? ¡Sería completamente indecente! —Reprochó Inuyasha con un gesto teatral y exagerado y una nota falsa de terror.

Kagome quedó completamente incrédula ante la constante burla de Inuyasha; así que desvaneció cualquier clase de pensamiento sobre él de su cabeza y apuró a llevar a punto el motivo por el cual estaban ahí—. ¿Estabas hablando realmente enserio cuando dijiste que me ayudarías con álgebra? —Preguntó la chica, haciendo que Inuyasha se sintiese ofendido por el comentario.

—Me ofenden tus palabras, Kagome. Sacrifiqué todo un mes de escapadas de clase sólo para hacer apuntes para ti. ¡Encima tuve que ausentarme de mi entrenamiento ese tiempo para complementar los apuntes! Siempre se me dio el álgebra... —Apuró él con una radiante y varonil sonrisa. Kagome se sonrojó con molestia, tratando de evitar los nefastos pensamientos que su propia mente comenzaba a crearle. No estaba dispuesta a caer en sus redes. No iba a ser la debilucha otra vez.

—Bien. ¿Qué me perdí? —Preguntó Kagome, completamente indispuesta a un nuevo cambio de tema. Inuyasha sonrió ampliamente y le enseñó el cuadernillo.

—Cálculo y ecuaciones diferenciales. —Sonrió aún más al ver la cara paliducha de ella. Ahora que lo pensaba bien, Kagome era bastante hermosa. Aún no entendía cómo era posible que tuviera tal poder en sus manos y aun así rechazar a todos los chicos que se le habían confesado.

El problema era que la persona a quien ella tanto quería, era poco posible que le prestara atención... hasta ahora—. Deberías verle el lado bueno. Tu novio es tan amable que anotó las explicaciones en el cuadernillo sólo para ti. Así que no tendrás que sufrir cuando yo trate de explicarte y no entiendas ni un ápice de lo que dije. —Dijo Inuyasha mientras Kagome abrazaba el cuadernillo del chico con fuerza, como si acabara de encontrar el mejor tesoro de todos.

En ese momento, se detuvo en seco—. Pero... aún así tengo que copiar las explicaciones, ya que necesitarás el...

—No hace falta, niña. El cuadernillo es para ti. —Apuró él a explicar, mientras colocaba su mano sobre su cabeza y la despeinaba—. Lo copié por ti, así que es justo que te lo quedes. Te lo debo, al menos. Yo no lo necesito. —Y le sonrió todavía más.

¿Era su imaginación o desde esa mañana, Inuyasha estaba demasiado sonriente?

—¿De verdad? —Exclamó Kagome mientras abrazaba el cuadernillo como si se le estuviera yendo la vida en eso. En ese momento, una lucecita de razón se prendió en su mente y la obligó a clavar su desconfiada mirada en su acompañante—. Espera un momento. ¿Me hiciste pasar la vergüenza de mi vida allá abajo cuando simplemente pudiste darme el cuadernillo antes de salir de clases? —Un tic nervioso se apoderó de su ojo derecho ante lo frustrante que resultaba. Inuyasha asintió mientras se cruzaba de brazos. No parecía desanimado ante la idea de que había descubierto su plan—. ¿Por qué lo hiciste?

—Es mi paga por todos los chismes que se hicieron a raíz de tu cuadernillo el tiempo que huiste como cobarde y me dejaste a mí al borde para controlar la situación. —Señaló él mientras le veía con cierta burla cómplice de la cual no estaba formando parte—. Además... ¿qué tiene de malo que conozca a tu familia? —Dijo él mientras estiraba uno de sus brazos y tomaba a la susodicha por la barbilla y le obligaba a verle.

—Lo del cuadernillo fue tu culpa. Dicen que la curiosidad mató al gato. —Dijo Kagome mientras clavaba sus ojos molestos sobre los dorados de él.

—... pero la satisfacción lo revivió. —Y la intensidad de los ojos de Inuyasha la hicieron perderse infinitamente. De pronto, había olvidado todo lo demás. ¿Qué era lo que iba a decir? En cuestión de segundos, lo único de lo que tenía noción era de que él estaba frente a ella, relativamente muy cerca de ella. Sus mejillas se tiñeron suavemente de rosado.

—Hermana... ¿No habías dicho que tú y mi hermano Inuyasha iban a estudiar? —De pronto, Kagome reaccionó ante el llamado de la vocecita infantil de su hermano menor y recordó al instante lo que estaba por hacer, así que le dio al chico un ligero empujón por su pecho y alejó el rostro sonrojado de él como si no tuviera mucho interés en él. Inuyasha sonrió nerviosamente mientras enfocaba la vista en el hermanito menor de Kagome, quien sostenía a un flojo y gordo gato y les observaba con emoción.

—So-Souta. ¿Qué haces aquí? —Preguntó Kagome con algo de curiosidad, mientras su hermano sonreía de oreja a oreja.

—Quería verlos estudiar. Mamá tiene la cena lista. Dice que es mejor la cena antes del estudio para tener energía. —Añadió el pequeño mientras sonreía y se encaminaba feliz hacia la puerta de la habitación de Kagome y salía, dejándola entreabierta.

Inuyasha y Kagome se quedaron nerviosos e incómodos ante la reciente y oportuna aparición del pequeño. Era un alivio para Kagome que con Souta frente a ellos, Inuyasha jamás se atrevería a manipularla con sus encantos de hombre.

Con cierta resignación matando sus tensos músculos, Kagome le hizo una señal a Inuyasha con la mano para que le siguiera. A decir verdad, no estaba segura de qué pensar. El terror adornó maléficamente sus mejillas y la ligera capa de sudor que le recorría la frente se hizo densa. La cantidad de sentimientos encontrados que la embargaron, la hicieron sentirse confusa, pero a pesar de ello, muy dentro se repitió mil veces que no estaba dispuesta a ceder ni un ápice ante los maravillosos encantos de Inuyasha. Lo quería, lo amaba, lo adoraba. Daría todo por él, pero no ahora. No hasta que estuviera completamente segura de que él sentía lo mismo (lo cual no era el caso, pues él jamás había dicho nada de eso). Ser su novia ficticia no le garantizaba su amor.

Mientras se encaminaban por el pasillo en silencio, Kagome sintió de súbito cómo su acompañante la tomaba de la mano mordazmente, para su completo disgusto. La brutalidad con que se vio unida a Inuyasha en ese agarre aseguró que Kagome se detuviera completamente y observara a Inuyasha con cierto despecho. Rápidamente, trató de soltarse, pero eso sólo logro que Inuyasha afirmara el agarre.

Menudo costo que Inuyasha quisiera cobrarse a costa suya por un simple cuadernillo. ¡Y vaya costo!

—¿No crees que estoy pagando un precio muy alto por algo que no fue mi culpa? —Comentó Kagome sin moverse ni un centímetro, enfrentando fieramente la mirada de Inuyasha, quien sonrió con soltura ante su pregunta.

—¿Te parece poco? He sido yo quien ha tenido que soportar todos los rumores que han surgido a raíz de tu cuadernillo. Si te parecen muchos los rumores que ya has escuchado, tienes que esperar a escuchar toda la sarta de estupideces que yo he oído. —Kagome percibió una nota alarmada y depresiva en el tono de voz que Inuyasha había empleado en ella.

A decir verdad, el único rumor que había tenido oportunidad de escuchar era del hecho de que ambos eran novios. ¿Tantos eran los rumores que había despertado el problema con su cuadernillo? Menos mal que lo quemó.

Con cierta incomodidad, Kagome apuró el camino lentamente, siempre sostenida con firmeza de la mano de Inuyasha, quien bajó la cabeza para ocultar la ligera marca enrojecida de sus mejillas. ¿Es que de verdad ella era tan inocente o estaba fingiendo? ¿En realidad no se daba cuenta? Aparentemente no.

Entrar a la habitación en que comerían representó una abierta amenaza para la integridad moral de Inuyasha. El abuelo, que era de la misma generación de donde venían valores como el respeto y todas esas muestras de afecto públicas, más privadas que públicas y donde los besos y abrazos venían hasta el compromiso asegurado; clavó sus ojos desconfiados y dudosos sobre el chico, asegurando que lo tenía en su lista negra.

Por su parte, Souta, quien también amenazaba su integridad, no parecía tan feliz de verlos tomados de las manos. Al pequeño más bien le parecía nauseabundo. Inuyasha temió por su vida y apuró a soltar a Kagome, quien se acomodó tan pronto en la mesa a lado de su madre.

Fue evidente la desesperación de Inuyasha en cuanto se sentó a su lado izquierdo. Casi pudo asegurar que la mirada se su abuelo se había convertido en un par de cuchillos a punto de asesinar a Inuyasha.

—Como hoy es una ocasión especial, decidí hacer sukiyaki para cenar. —Apuró la madre de Kagome a salvar la hora de la cena, aligerando el ambiente cargado de una densa atmósfera que rondaba del abuelo Higurashi a un terriblemente nervioso Inuyasha.

Inuyasha jamás había sido bueno tratando a sus abuelos. A decir verdad, nunca supo lo que se sentía tener uno. Cuando su madre falleció, había quedado bajo el cuidado de su medio hermano mayor, quien se limitó estrictamente a dejarlo en casa de Miroku. Y para ese entonces, Miroku, quien era tan huérfano como él, era criado por un par de ancianos sin pinta de abuelos, sino de maestros estrictos: Kaede y Mushin.

Tratar a un abuelo probablemente se sentía de la misma forma en que se sentiría luego de ser padre de los hijos de Kagome, claro está.

¿Qué había sido eso de los hijos de Kagome? Con apuro y cierta incomodidad, Inuyasha agitó la cabeza cuando escuchó a la madre de Kagome ofreciéndole el primer plato. Con cierto temor, acercó sus palillos al platón con sukiyaki y apuró a tomar un trozo de carne, cuando se encontró con otro par de palillos. Nervioso y rogando por piedad mentalmente, suplicó porque no fuera la misma persona a quien ahora más temía, y cuando alzó la vista, encontró la mirada descontenta y que rayaba en la pérdida de la cordura del abuelo Higurashi, asegurando una batalla campal de todo o nada.


—Muchas gracias por lo de hoy. —Habló Kagome ya entrada la noche mientras se despedía de su compañero en el recibidor de su casa. Inuyasha sonrió con esa virilidad propia de él, siempre tomándose muy en el ego lo que la chica decía—. Gracias... por el cuadernillo. —Continuó Kagome con las mejillas enrojecidas mientras volteaba hacia la pared de a lado, donde colgaba un bonito reloj que indicaba que eran las once menos diez.

—No hay de qué. Procura no faltar tanto la próxima vez. —Dijo Inuyasha mientras colocaba su mano sobre la cabeza de Kagome y le alborotaba el cabello—. Por cierto... tu mamá me tendrá que disculpar si le parece inmoral, pero la próxima vez, preferiría que estudiáramos en mi casa. —Dijo Inuyasha mientras tomaba aire y respiraba profundo. Kagome sonrió nerviosamente entendiendo perfectamente a qué se refería.

—No importa. Eres bienvenido cuando quieras venir. —Aquella era una invitación a la casa de la tortura en cuanto a Inuyasha se refería.

Inuyasha tiritó de escalofríos mientras se imaginaba la idea. Así que resolvió que no volvería, tal vez nunca. En ese momento, se percató de que la familia de la chica estaba escondida dentro de una habitación, asomando los rostros para verlos despedirse. Kagome seguía con la vista hacia un lado y no se percataba de la macabra idea que su compañero comenzaba a maquinar—. Gracias. Lo tomaré en cuenta. —Agradeció Inuyasha amablemente mientras la tomaba de una de sus muñecas y la halaba hacia sí y la apresaba en un férreo abrazo que petrificó a Kagome.

En ese instante se imaginó la maravilla que debía ser el rostro de Kagome, seguramente fundido de escarlata, entremezclado con la confusión del momento. La simple imaginación ya le derretía el corazón, que casi juró que aceleró su pasar. Luego sintió que a su olfato llegaba un exquisito aroma, el cual, indujo, se trataba del aroma de la chica. La forma en que ella se estremecía en sus brazos también la pareció sublime, justamente como si fuera su primer acercamiento con una mujer.

Ella, en sí misma, le parecía maravillosa.

—Buenas noches, Kagome. —Se despidió Inuyasha susurrando en su oído. Luego la soltó como quien no quiere la cosa y salió de ahí tan rápido como sus pies se lo permitieron.

Kagome se quedó de pie frente a la puerta minutos después de que él se hubo despedido con una extraña sensación rondando en su cuerpo. ¿Él... él la había abrazado? Con el rostro tupido en confusión, se llevó una mano a la cabeza, queriendo dar crédito a lo que acababa de suceder. Le parecía inverosímil toda esa ocurrencia de reacciones que estaba teniendo el chico más popular de todo el instituto. Le parecía que esto iba a una broma de un nuevo nivel y, por tanto, más personal.

La presencia de Kikyou en su mente, tampoco ayudaba mucho a esclarecer sus pensamientos de una forma más coherente y tranquila. Y si no podía tener la mente en claro, nunca podría luchar decentemente en contra de la influencia que ejercía Inuyasha sobre ella...

¡Como si quisiera escapar de ella!

—¡Kagome! Debes invitar a Inuyasha-kun más seguido a casa. Me ha agradado mucho conocerlo. —Escuchó la voz de su madre mientras esta se encaminaba a su lado, donde ella seguía detenida en el recibidor—. ¿Por qué no lo invitas mañana a cenar por tu cumpleaños? —Kagome reaccionó al escuchar la palabra cumpleaños y palideció, negando frenéticamente con la cabeza. En ese momento, su anciano abuelo se incorporó a la conversación, feliz y orgulloso de la negación de su nieta.

—¡Qué mejor! ¡Ese muchachito es completamente amoral! ¡No quiero que ponga un pie en esta casa a menos de que venga con buenas intenciones con mi querida nieta! —Apuntó el abuelo mientras veía a una aliviada Kagome apoyar su idea...


Con una extraña opresión en su pecho, bajó tan rápido como sus pies se lo permitían las escaleras del Higurashi no Jinja. Se limpió lentamente la ligera capaz de pegajoso sudor que comenzaba a poblarle la frente. Estaba nervioso.

¿Pero cómo era eso posible? Y cuando se detuvo en la acera luego de correr un trecho escaleras abajo y estaba bajo el firme suelo de nuevo, sintió que las mejillas le ardían.

La había abrazado.

No era algo que estaba dispuesto a dejar pasar. A decir verdad, desde que volvió a ver a Kagome, no dejaba pasar ni un solo detalle de ella. En esos escasos dos días, había estado demasiado atento (siempre que ella no lo veía, y cuando lo hacía también) a todo lo que ella hacía; así fuera, solamente pasar un mechón de su cabello detrás de la oreja. Aquí, la cuestión más importante era el hecho de que la había abrazado, a pesar de saberse con la presencia de su familia (oculta, pero ahí estaba) y cuando se suponía que él no sentía nada.

Le había prometido a Kikyou que pensaría mucho en lo que en verdad sentía, pero realmente le estaba resultando difícil esclarecer si de verdad sentía algo por...

En ese momento, la lucecita de la lógica parpadeó en su cabecita. Los cables se conectaron e hicieron corto circuito en su cabeza. Reaccionó de súbito. Y entonces todo estuvo más claro que el agua.

Con pesar, estiró sus brazos para desperezarlos y respiró profundo, casi resignado, mientras continuaba su camino por la estrecha vereda que se le abría paso entre las casas. Ya había salido tarde de la casa de Kagome pero aún le esperaba mucho tiempo antes de irse a dormir.

Mañana, era el gran día. Era el momento de esforzarse para que Kagome se enterara de lo que en verdad sentía. Después de todo... ¿no era ella quien tenía deseos de esclarecer su situación de novios oficiales por dentro y no por fuera? Le daría gusto aunque eso lo sentía casi como una ofensa.

Mientras tanto, sólo le quedaba apurar paso a la casa para preparar el regalo de cumpleaños de la chica. Y por último antes de perder de vista el Templo Higurashi, suplicó dentro de sí que la chica aceptara su regalo y, sobre todo, le agradara.


Fin del Capítulo 5.

Continuará.