Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi, es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.
Realizeit: Date Cuenta
por Onmyuji
Capítulo 6. Cumpleaños.
Estoy muy feliz. Hoy, que cumplo años, me siento tan feliz que sería capaz de gritarlo por todo el país. Muy feliz, demasiado. No creí que fuera posible, ¡Pero sucedió algo maravilloso! Sí, es de Inuyasha Minamoto. ¿Puedes creerlo? ¡Hoy pasó a mi lado! Pasó aprisa, pero lo suficientemente lento como para poder sentir su presencia y alcanzar a casi sentirlo. ¿Te lo imaginas? Creo que casi me olvidé de respirar y poco me falto para desmayarme. Me siento tan feliz... ¡Ese fue el mejor regalo de cumpleaños que alguien pudo darme!
.
Despacio, muy despacio, Inuyasha corrió la puerta del aula e ingresó muy lento en ella. Se detuvo unos segundos en el lugar, pensando si sería prudente esperar a tan temprana hora de la mañana en un aula completamente vacía. En su rostro se divisa el cansancio y en sus ojos había unas marcas oscuras, señal que la noche anterior no había dormido. Había dedicado toda la noche a preparar el regalo de cumpleaños de Kagome, a quien le esperaba la sorpresa de su vida el día de hoy.
¡Menudo día para confesar sus sentimientos!
Con su paso lento e irregular, camino en dirección a su pupitre, casi desvaneciéndose en el camino. Veía todo borroso en su dirección, pero contuvo las ganas de cerrar sus pesados párpados al sostenerse de la mesa más cercana, la misma que guió su camino hacia su respectivo lugar.
Una vez ahí, extrajo de su maletín escolar su teléfono móvil y revisó la hora. Un sudor frío y una extraña ira homicida le atacaron en cuanto corroboró la hora en su reloj.
6:22 a.m.
Inuyasha tembló, casi como si sufriera de una fuerte crisis de delirium tremens. ¡Había salido corriendo de casa una hora antes de que comenzaran a llegar todos al instituto! ¡Vaya que estaba dormido el día de hoy! Pero al menos debía verle el lado bueno. Como Kagome siempre era de las primeras en llegar al aula, tendría la oportunidad de ver su hermoso rostro por primera vez en el día, él solo.
Considerando que era el momento ideal para tomar una pequeña siesta, Inuyasha se cruzó de brazos por encima del pupitre y recargó su cabeza sobre estos, dejando que sus ojos por fin se cerraran y le permitieran soñar y volar lejos.
Desafortunadamente, su sueño era peor que mejor: era terrible. Y antes de que pudiera darse cuenta, su perfecto sueño feliz se convirtió en una pesadilla una horrible pesadilla.
Soñaba con lo que podía ser de él después de ese día. Observaba a Kagome fijamente y se le confesaba en medio de palabras burdas y sentido. Al menos para él, sus palabras carecían de cohesión, gramática y musicalidad. Y antes de que pudiera decir algo, la chica había rechazado su confesión después de decirle que se unía al equipo de animadoras para apoyar a Kouga.
Luego venía el abuelo de la chica y, apuntándole acusadoramente con su dedo índice, argumentó que él nunca estaría a la altura de sus expectativas y que jamás aprobaría una relación con su nieta.
Terrible, terrible. Comenzaba costarle horrores a sus horas de sueño tener a Kagome tan presente en su mente todo el tiempo desde lo del cuadernillo. Pensar en ella noche y día le quitaba la concentración paulatinamente y sus adoradas horas de sueño.
No. Así no podría rendir en clases, mejor sería que marchara en cuanto le entregara su regalo a Kagome. Si no dormía, pronto, sus sentimientos por la niñata darían un vuelco radical y terminarían siendo completamente distintos a los de ahora.
Con pesadumbre y frustración, Inuyasha comenzó a entreabrir sus ojos. Más lento de lo usual, estos comenzaron a enfocar un par de manchones en su vista. Le tardó más de lo usual en que las imágenes procesadas en su mente fueran nítidas, pero lo logró. Y cuando incorporó el rostro, notó que Kagome estaba observándolo fijamente desde su propio lugar, casi preocupada.
—Buenos días, Inuyasha. —Saludó ella, conscientemente nerviosa y con una nota de preocupación en su voz. Ni siquiera la felicidad marcaba su rostro, que debería estar más sonriente de lo usual. ¡Era su cumpleaños y tenía que ser feliz!—. ¿Estás bien? Parece que te pasó un autobús encima. —Insistió la joven de negros cabellos sin quitarle la vista de encima.
—Sí, estoy bien. Anoche no pude dormir bien. — Mintió Inuyasha mientras se llevaba las manos a la cara y se la tallaba buscando alejar el sueño por al menos unos minutos—. ¿Qué tal tú? —Preguntó él.
Kagome ocultó la vista cuando bajó el rostro y fingió que su sonrojo era puramente accidental. Era casi como si Inuyasha estuviera jugando con ella. Pero Inuyasha no estaba dispuesto a ceder un ápice en cuanto se refería al cumpleaños de Kagome.
¡Claro que lo había leído en su cuadernillo! Pero no quería que Kagome supiera que se trataba de un indecente que lee las cosas de los demás, ¿Verdad? Al menos no lo sabría todavía.
Con curiosidad, fijó su vista en la muchachita, quien incomoda se revolvió en su lugar, como si le preocupase mucho lo que diría. No estaba dispuesta a hacerle saber que cumplía años ese día. Ni siquiera tenía intenciones de invitarlo a casa ese día. Con nerviosísimo, alzó la vista suavemente y comenzó a hablar—. Yo...
En ese momento, la puerta corrediza del aula se abrió de súbito, dejando ingresar a una persona que ambos conocían bien. Cabello largo y negro, atado en una coleta alta, profundos ojos azules, una rosa blanca en mano: Kouga Matsura había vuelto, para la entera desgracia de Inuyasha—. ¡Kagome-chan! ¡Feliz Cumpleaños! —Gritó Kouga mientras entraba apurado al aula, estirando los brazos para darle un buen abrazo a la festejada.
Kagome se sonrojó hasta las orejas, mientras se levantaba de su lugar para recibir el abrazo de su amigo. Inuyasha se levantó junto con ella y observó con molestia el rostro de Kouga, retorcido de felicidad mientras abrazaba a la chica y le daba un beso en la mejilla.
Menudo momento que había escogido su amigo para felicitarla. No quería imaginarse lo que podía decir Inuyasha por no haberle querido decir.
—Espero que la pases bien el día de hoy. —Sonrió su amigo mientras le entregaba la flor que había llevado sólo para ella—. Tienes que ver lo mucho que me costó que me dejaran regresar dos días antes de lo programado, sólo para verte. — xplicó Kouga mientras le daba un segundo abrazo. En ese momento, se percató de la molesta presencia de un tercero en medio de su felicitación y se enfocó en el otro. En ese momento, una idea estúpidamente macabra le vino a la mente.
—Gracias, Kouga-kun, pero no tuviste que molestarte... —Apuró Kagome, mientras se inclinaba con respeto y agradecimiento a su amigo por la molestia.
—Claro que no fue molestia, Kagome. Además, tenía un asunto pendiente que aclarar contigo, por eso tenía que regresar antes. —Y en ese mismo instante, Kouga apuntó acusadoramente en dirección al tercero que mediaba su conversación y frunció el ceño—. ¿Es cierto lo que me dijeron, Kagome? ¿Tú y ese sarnoso? —Dijo Kouga empleando un tono amenazador e imperativo en su voz. Kagome se tensó gravemente al comprender en un instante qué era lo que estaba sucediendo.
Un terror parecido al que se siente al verte en peligro de vida o muerte, se apoderó de su cuerpo con fuerza y temió lo peor.
—Por lo visto los rumores son verdad. ¿Cómo es posible que hayas aceptado ser novia de un idiota como Inuyasha Minamoto? ¡Es decir...! ¡La última vez que te vi cerca de él, el muy imbécil te había hecho llorar! ¿Por qué tengo la sensación de que no debería creer que son novios? —Apuntó Kouga con un atisbo de celos mientras se cruzaba de brazos y observaba a ambos con desconfianza. En ese momento, Inuyasha se acercó al pupitre de Kagome y la tomó de la mano, casi contra la voluntad muy bien disimulada de Kagome.
—Pues este idiota es su novio desde antes de ayer, estúpido. —Y diciendo esto, pasó con valentía su mano alrededor de la estrecha cintura de Kagome y la acercó aún más a su cuerpo. Pudo sentir la tensión y el nerviosismo de Kagome desde el momento en que se le acercó, encontrándola completamente adorable.
Kouga se llevó las manos a la cintura y los observó otro rato más—. ¿Sabes, Inuyasha? No te creo. Pruébalo. —Retó Kouga mientras les observaba con burla. Kagome supo que era el momento para interferir.
—Kouga-kun, no creo que haya qué probarle nada a nadie. —Kagome se paralizó al darse cuenta de lo que había dicho y la expresión desencajada de Kouga, quien le observaba boquiabierto. Sintió que Inuyasha se inclinaba suavemente contra su cabeza y la recargaba la suya propia sobre la de la chica.
Y entonces entendió lo que había dicho.
Se había puesto de lado de Inuyasha.
Kouga no parecía inmutado siquiera ante la forma tan protectora en que Kagome había defendido a su supuesto novio, así que se limitó a asentir mientras veía con ironía al chico de cabellos platinados y luego suspiraba resignadamente—. Está bien. Supongo que no puedo hacer nada. Será mejor que me vaya. —Apuró el mismo de ojiazul mientras se llevaba una mano a la cabeza. Respiró pesadamente antes de sonreírle tristemente a Kagome, decidido a marcharse—. Feliz cumpleaños, Kagome. Espero que la pases bien el día de hoy. Adiós. —Y diciendo esto, Kouga salió del aula en un abrir y cerrar de ojos.
La cabeza de Kagome era un mundo descolorido, tratando de asimilar lo que había pasado. Ni siquiera había podido comprender cómo era posible que todo se hubiese dado con esa rapidez. Estaba aterrada.
—¿Por qué rayos hiciste eso?— Kagome no parecía feliz cuando por fin pudo recuperar un poco de la salud que tenía y se atrevió a encarar al chico de doradas orbes, cuando este la interrumpió al tomarla entre sus brazos en un más que personal abrazo. La sostuvo suavemente por la cintura, sin despegarla ni medio centímetro de su propio cuerpo; firme y suave, se aseguró de que Kagome no tenía forma de escapar de él—. ¿Inuyasha?
—Feliz cumpleaños. —Dijo Inuyasha mientras hacía más fuerte el agarre de su abrazo. Kagome se sintió mareada, sensación acompañada de un extraño frío que le recorrió toda la médula espinal. No sabía por qué, pero ese abrazo no le parecía común. No parecía la forma en que Inuyasha, seguramente, estaba acostumbrado a expresar un feliz cumpleaños. Era como si-...
No. Inuyasha realmente estaba interesado en una mujer cuyo nombre era Kikyou. Ni aunque las vacas volaran y los peces pudieran hablar, eso dejaría de ser una rotunda verdad.
Por su lado, Inuyasha pareció muy feliz de poder aferrarla entre sus brazos (y con qué buena excusa, además). Se sintió maravillado por la forma en que ella se atontaba, posiblemente con la mente hecha un caos a raíz de su inusitada reacción. Trató de grabar el momento y las sensaciones que percibía en ese momento. Hubiera dado cualquier cosa porque nunca se acabara...
—Gracias. —Susurró Kagome con sencillez mientras le empujaba suavemente, esperando que le soltase.
Dolor. Esa era la actual expresión del chico ojiazul que se quedó detenido tras la puerta corrediza del aula 3-F, escuchando atentamente lo que percibía del otro lado, donde se suponía que había dejado a Inuyasha y Kagome. Le dolía, mucho. No quería imaginarse lo que habría sucedido con ellos después de que los dejó solos. No tenía ganas de saber más.
Lo que no entendía, en lo absoluto, era la situación actual. Era evidente que ellos no eran novios realmente; lo percibió en la alarmada forma en que Kagome había apurado a negarse. ¡Si Kagome se hubiese dado cuenta! En realidad la conocía bastante bien para darse cuenta de cuándo sus reacciones eran naturales y cuándo no.
La idea de haberles dejado solos le pareció un error. ¿Y si en realidad ellos estaban juntos? ¿Y si en realidad eran novios y no era una mentira? Le dolía y le costaba más aún admitirlo, pero...
Él no era competencia para Inuyasha. Inuyasha siempre tuvo algo que él no. Algo por lo que hubiera sido capaz hasta de matar: El amor de Kagome.
En el silencio de la escuela, casi partido en dos del dolor, se alejó por el pasillo lenta y silenciosamente.
—Kagome... ¿Por qué no me habías dicho que hoy cumplías años? —Habló Inuyasha, sentado nuevamente en su pupitre y con una expresión aburrida en su rostro. Las mejillas de Kagome se tiñeron de rojo, lo cual la apenó mucho.
—Bueno, creí que serías tan educado, que lo leerías en mi cuadernillo. —Dijo Kagome con sarcasmo mientras hundía la cabeza entre sus brazos, que se hallaban reposando en la mesa. Inuyasha frunció el ceño mientras se levantaba de su lugar nuevamente.
—Me ofende el comentario. No lo leí. Tengo respeto por las cosas que no son mías, idiota. —Dijo Inuyasha distraídamente mientras rebuscaba algo en su bolso, hasta que por fin pudo extraer una pequeña caja del mismo—. Toma. —Y diciendo esto, lanzó el paquete a las manos de Kagome, quien lo atrapó oportuna y curiosamente—. Te quería dar eso por lo de ayer; ya sabes. Me comí tu almuerzo, hice que te hicieras pasar por mi novia... hasta te hice que me llevaras a tu casa. Es una compensación por lo de ayer. Aunque creo que podrías contarlo como un regalo de cumpleaños, ya que no te compré nada. —Mintió Inuyasha. Hubiera sido más correcto si hubiese admitido los cargos que acusaba Kagome y dijera que ese era un regalo de cumpleaños.
Pero no estaba dispuesto a restarle puntos a la maravillosa idea que había tenido para confesarle sus sentimientos.
Kagome parpadeó confundida y sintió un extraño nudo en la garganta mientras sus mejillas se pintaban oportunamente de un color rojo brillante. ¿Inuyasha teniendo consideraciones con ella? ¡Sí que estaba actuando extraño!—. Esto... gracias. No tenías que molestarte. Después de todo, era la paga por todos los rumores que se levantaron en tu contra después de lo de mi cuadernillo, ¿no? —Comentó mientras bajaba la vista y examinaba cuidadosamente el pequeño paquete. Era ligero y estaba muy bien decorado en papel envoltorio color blanco con motivos de listones rosados. Y decorado por encima con un bonito y discreto listón rojo. Se sintió ligeramente incomoda ante la idea que suponía recibir regalos de la persona que más amaba en este mundo.
Al observar la apenada manera en que Kagome se revolvía en su pupitre, no pudo sentirse más satisfecho de lo que ya estaba. Así que largó su mano hacia su bolso escolar y lo echó tras su espalda—. En ese caso, nos vemos. —Dijo Inuyasha mientras daba un par de pasos hacia la salida del aula, completamente ido pensando en cursilerías y cosas de ese tipo. Kagome alzó la vista con suspicacia y le quedó viendo con cierta curiosidad.
—¿A dónde vas? ¡No tardan en comenzar a llegar todos! —Aseguró Kagome, tratando vanamente de retenerlo un poco más de tiempo dentro del aula.
—Sólo he venido a darte esa cosa. Estoy muriendo de sueño, Higurashi. —Kagome se sintió incomoda ante la forma burlona en que él le llamaba—. Ayer no he tomado mi siesta y estoy muy cansado. Así que me voy a dormir a casa. —Dijo Inuyasha sin soltar más explicaciones sobre sus planes y sin molestarse en ser meticuloso con su explicación. No tenía deseos de quedarse en clases sabiendo que su cuerpo estaba demasiado exhausto, tampoco quería ver la reacción de Kagome una vez que abriese su regalo de cumpleaños.
Además, era la excusa perfecta para poder terminar su regalo antes de que terminaran las clases.
Sin rendir más explicaciones ni nada más que pudiese decir antes de largar finalmente, caminó sin mucho apuro hacia la puerta del aula y se marchó, dejando a Kagome en la soledad del aula.
Le debía una grande a Inuyasha. Tan grande, que haría falta tres mil vidas para poder pagarle su gran favor. Dejarla sola en el aula, a la espera de sus compañeros de clase, fue la mejor cosa que probablemente había hecho en toda su vida.
Idiota.
Tenía que confesar que, dejarla sola fue un garrafal error. Fue casi como desatar el pandemónium dentro de ella. Los pensamientos de Kagome explotaron casi en el instante en que el chico de platinados cabellos salió del aula. ¡Es que todo le parecía tan nuevo y confuso! Inuyasha se comenzaba a contradecir solo.
Apenas el día de ayer no estaba dispuesto a ceder terreno en cuanto a compensar todo lo que estaba teniendo que pasar, justificándose con un millón de rumores que se habían levantado entre los dos y de los cuales ella no había escuchado jamás desde que volvió a clases. Y luego venía donde ella diciendo que le tenía un regalo como retribución a todo lo que le había hecho pasar (no era que fuese grave o mucho, pero para ella ya suponían una gran carga mental). Definitivamente nada podía andar bien con él si se estaba confundiendo él sólo respecto a ese tema.
Tenía miedo de que fuera una simple broma o lo que era peor, que estuviese hablando enserio. Esto último le aterraba a sobremanera. Siendo ella como era, que jamás en su vida había sentido algo tan fuerte como lo que sentía ahora por ese chico de dorados y hermosos ojos; se sentía completamente ofuscada. No tenía ni idea de cómo reaccionar.
El pensamiento de esa mañana rondó en aquellos funestos pensamientos, que le quitaron la total concentración. El único momento del día en que pudo volverse y hacer caso a su alrededor, fue cuando todos en su grupo alzaron las voces y le cantaron una alegre canción de cumpleaños.
Esa mañana sucedió todo demasiado rápido. De un momento a otro comenzaban las clases y antes de que ella volviera en sí y se estrellara de regreso en el mundo de los vivos, las clases estaban terminando. Para su agrado, no era algo que importara mucho ese día. Era un año más. Pero no un cumpleaños cualquiera. Este año estaba más retrospectiva que nunca, se le había notado todo el día.
Al finalizar las clases, se sintió agradecida al saber que todos sus compañeros respetaban su deseo de guardarse las palabras. Echó dentro de su bolso sus libros para llevar la tarea al fin de semana y entonces recordó el pequeño presente que Inuyasha le había regalado esa mañana.
Nuevamente, escrutó con curiosidad el paquete, mientras se iba quedando más y más sola en el aula. Le dio mucha curiosidad saber qué era lo que Inuyasha le había regalado, así que le quitó el papel envoltorio a la caja y la abrió. Un bonito rojo le tiñó suavemente las mejillas al observar el regalo, que constaba de un sencillo brazalete de plata de tejido salomónico. Con cierta emoción, cargó la cajita en su mano, así abierta como estaba y se encaminó hacia la salida del aula.
Estaba completamente paralizada. Emocionada, por no decir menos. No tenía idea de cuán costoso pudo haber resultado aquel regalo, pero le apenaba que Inuyasha gastase dinero en un regalo para ella...
Con cuidado, tomó el brazalete con su otra mano, mientras levantaba ligeramente un pequeño papel que había en el interior de la caja; esto último casi sin percatarse. El papel voló lejos mientras ella observaba completamente azorada el obsequio.
—¡Kagome! ¡Tienes que venir a ver esto! —Escuchó la voz de una de sus compañeras de aula, que venía, probablemente, de la taquilla de la entrada del edificio. Curiosa por la desesperada forma en que le llamaba, no pudo hacer nada más sino ir detrás de ella para saber a qué se debía la escandalosa forma en que le pedía que le siguiera...
Sin percatarse siquiera, Kouga apareció instantes después de que Kagome había marchado en pos de sus compañeras de clase. Le sorprendió a sobremanera verla sola y sin la presencia de Inuyasha relativamente cerca. Aún tenía deseos de pasar tiempo con ella y el hecho de que fuera novia de Inuyasha no le quitaba ese privilegio.
Con curiosidad, se detuvo en el pasillo, justamente enfrente de la puerta del aula 3-F. Sabía que Kagome acababa de irse, la había escuchado marchar. Por eso se quedó extrañado al detenerse ahí y se reclamó a sí mismo por ser tan idiota. Sólo se daba falsas esperanzas a sí mismo mientras más se esforzaba por simpatizar con Kagome.
Al agachar la vista hacia el suelo, se percató de un papel que adornaba de basura el pulcro corredor del edificio. Con molestia, se inclinó contra el piso de madera pulida y lo recogió. Le sorprendió ver que estaba doblado muy cuidadosamente, atrayendo su curiosidad todavía más.
Descuidado, desenvolvió el dobladillo con curiosidad. Le parecía de ese tipo de cartas de amor que las chicas colocaban sobre los casilleros de la taquilla en San Valentín y todos los días. Pero cuando terminó de desenvolver el papelillo y leyó su contenido, su rostro quedó completamente en blanco de la sorpresa. Y le pareció demasiado extraño haberse encontrado esa cosa tirada en el suelo.
Con recelo, caminó a zancadas hacia la taquilla, ignorando cualquier llamado que le hicieran.
Confundida a más no poder, Kagome siguió frustrada a sus compañeras de clases (quienes parecían ya estarla perdonando por lo de Inuyasha), quienes corrían lejos de la taquilla tan rápido como podían. Obviamente, hizo una leve escala en ella y se cambió las zapatillas antes de salir al patio principal, pese a que sus compañeras siguiendo gritándole con notoria desesperación. Su frustración por la forma en que le llamaban acabó con su paciencia, obligándola a salir finalmente del edificio.
En ese momento paró en seco de la sorpresa.
A pesar de que la mayoría de sus compañeros de instituto estaban detenidos por ahí, haciendo bulto para poder ver, todos se hicieron a un lado en cuanto la vieron salir del edificio, completamente sorprendidos y muertos de envidia.
Justo cuando todos comenzaban a superar el lío de Inuyasha sobre un noviazgo de plástico, venía a suceder que todos la odiaban y sin saber la razón.
Hasta que vio el objeto de la envidia de todos.
Se trataba de una enorme pancarta que colgaba de la entrada del instituto; adornada con bonitos colores que iban de la gama de naranjas, amarillos y rosas. Y en el centro, había un mensaje. Sólo para ella. Sus ojos estaban en blanco mientras leían una, dos, tres, cuatro veces lo que decía la misma, hasta que por fin cayó en cuenta de lo que significaba y se sonrojó.
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Feliz Cumpleaños, Kagome. Estoy enamorado de ti.
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Nerviosa a más no poder, se llevó una mano al rostro, tratando de deshacerse del rojo fuego que le manchaba la cara, casi inútilmente. ¿Quién habría puesto eso ahí? ¿Quién se había atrevido a confesarle su amor públicamente?
—¿Quién hizo eso? —Exigió saber Kagome mientras señalaba la pancarta, completamente aterrada, viendo con una desesperación infinita a su compañera más cercana, quien no parecía tan alterada como lo estaba ella. Quizás sí muerta de envidia, pero jamás alterada.
—Nadie lo sabe. Cuando los de primer grado salieron, la pancarta ya estaba ahí. Dicen que no está firmada. —Dijo una de sus compañeras, antes de sonreír, tímida—. ¿Puedes creerlo Kagome? ¡Justo cuando empiezas a salir con Minamoto-san, viene otro admirador secreto! ¿No te parece maravilloso? —Aquella voz devorada en la envidia sólo hizo que Kagome palideciera más.
¡Claro, claro! Ser la manzana de la discordia en turno era maravilloso. Y que conste que estaba hablando en el más sarcástico sentido de la palabra.
En ese momento, escucho dos pares de pies acercándosele cautelosamente—. Esto... ¿Higurashi-san...? —Y luego se percató del par de voces rasposas y masculinas que le habían llamado, casi sintió que la maldecían por alguna clase de blasfemia.
Agradeció enormemente saber que reconocía los rostros una vez que enfocó su temerosa vista en ellos—. ¡Minato, Shuuji! ¿Sucede algo? —Kagome bien los conocía. Se trataba de los amigos de Inuyasha, quienes aparentemente habían desistido en alguna extraña y enfermiza idea de hablarle a raíz de lo que sucedía con su amigo...
Casi como si fueran polos iguales que se repelían gracias a Inuyasha.
—En realidad, no mucho, Higurashi-san. Es que verás, Shuuji y yo... —Comenzó el chico de cabellos castaños, Minato, quien se llevó una mano a la cabeza apenado, casi arrepentido de haber hablado—. Sé que tú e Inuyasha están, bueno. Lo que yo quería decir era que-... —En ese momento, Kagome les interrumpió intempestivamente al escuchar el timbre de su teléfono móvil sonar con ímpetu dentro de su bolso escolar. Kagome se disculpó inclinando la cabeza antes de apresurarse a contestar.
Era un número completamente desconocido para ella, cosa que le perturbó más aún—. ¿Sí, diga? —Y entonces despegó su oído del teléfono al escuchar un grito que la sorprendió a sobremanera—. ¿Inuyasha? ¿Có-cómo conseguiste el número de mi móvil? —Exigió saber una molesta Kagome mientras hablaba con reproche. Frente a ella, Minato y Shuuji palidecieron hasta que se hicieron traslúcidos.
—Eso no importa ahora. ¡Dime quién carajo fue! ¡Lo mataré! —Escuchó la voz iracunda del otro lado de la línea y se sorprendió por la forma tan molesta en que el chico le llamara. Casi como si ardiera en celos.
—No te entiendo, tonto, habla más claro. —Exigió Kagome, enfocando su atención en lo que escuchaba del otro lado de su móvil más que en cualquier otra cosa. Incluso llegó a ignorar olímpicamente a Shuuji y Minato, quienes se aterraron más aún al escuchar la forma tan sencilla en que Kagome podía insultar al miembro estrella del equipo de lucha.
—¿Quién fue el desgraciado que se atrevió a ponerte un letrero de feliz cumpleaños fuera del instituto? ¡Lo voy a matar! ¿Cómo se atreve? ¡Y con mi novia! —Era claro que las piezas comenzaron a encajar en el diminuto rompecabezas que se iba formando en la cabeza de Kagome. Ahora que lo pensaba, ¿no era Inuyasha el mismo idiota que comenzaba a tratarla como un objeto?
¡Por favor que alguien la contradijera antes de cometer una imprudencia!
—N-na-nadie lo sabe. La pancarta no estaba firm-... ¡Un momento! ¿Cómo es que sabes qué alguien me puso un letrero de feliz cumpleaños fuera del edificio del instituto? ¿Dónde estás? —De pronto, toda la conversación estaba comenzando a tomar un tono muy misterioso y traumatizante. Todo se volvió sospechoso para Kagome.
—Me encontré al hermano de Sakuraba que va en primer año y él me lo contó. Voy por ti al instituto. Ahora Mismo. —Agregó con sequedad. Kagome casi puede jurar que escuchaba sus zancadas cada vez más y más rápidas.
—No tienes qué hacerlo. No soy una niña que necesite de ti. —Aquellas palabras sonaban muy altaneras en los labios de Kagome, pero no tuvieron el efecto deseado de posible desprecio que él podía demostrarle. A cambio de ello, escuchó cómo el chico de dorados ojos echaba una maldición antes de agregar.
—Te espero a tres calles del instituto. No me moveré de aquí si no vienes. Y si no lo haces, me obligarás a ir por ti. —Aquellas palabras sonaban totalmente amenazantes. Ni siquiera sonaban a alguna clase de broma. Kagome sintió un escalofrío por toda la médula espinal, pero se controló.
—Como quieras. —Y diciendo esto, le colgó como si hubiera sido la persona más despreciable con quien tenía el placer de conversar. Una vez que pudo enfocarse a su conversación con Minato y Shuuji, se percató de que ambos estaban completamente horrorizados, viéndola como si se tratase de una suerte de novedad para ambos—. ¿Sucede algo? —Repitió ella la pregunta.
—Minato y yo queríamos preguntarte si... eh-... ¿saldrías con nosotros? —Aquella pregunta la sorprendió, y mucho. Más todavía porque estaba consciente de que aquello probablemente les traería el problema de su vida con Inuyasha. Parpadeó confundida, pero no pareció molestarle, en lo absoluto.
Probablemente serviría para enseñarle a Inuyasha que no era un objeto.
—Sí, claro. ¿Por qué no? —Sonrió Kagome con soltura mientras les veía, mitigando el malestar de furia que sentía con Inuyasha. Sus compañeros casi parecieron delirar de la emoción en cuanto la vieron sonreír y aceptar.
Inuyasha se iba a enterar pronto y no precisamente por su causa; de eso estaba segura.
—¿Te parece si salimos mañana que es sábado? —Animó Shuuji mientras sonreía, completamente emocionado con la idea de poder salir con la chica más codiciada por todo el instituto y la cual ahora era novia de su amigo Inuyasha.
—¿Enfrente del edificio de Tsutaya, a las tres? —Agregó Minato mientras daba un paso hacia Kagome, quien en esta ocasión dejó escapar una risilla nerviosa.
—Me parece bien. Entonces nos vemos mañana ¿De acuerdo? —Agregó Kagome con rapidez mientras guardaba en su caja el obsequio que Inuyasha le había dado y comenzaba a caminar hacia la enorme pancarta frente al muro de entrada y lo desprendía de ahí. Le animó mucho saber que lo había logrado sacar con facilidad.
Luego de doblarlo y acomodarlo adecuadamente entre sus brazos, comenzó a caminar hacia la salida, a pesar de la serie de murmullos y pestes que se hablaban de ella; todos cargados de envidia y celos.
Kagome simplemente fingió que no los escuchaba. No tenía ganas de cargarse el mal humor de sus compañeros sólo por una tontería como esa. Mucho menos para que le diera dolor de cabeza. Ya tendría suficiente por la culpa de Inuyasha.
Mientras Kagome marchaba con la felicidad brotándole por todo el cuerpo, Kouga alcanzó a llegar a la salida del edificio lo suficientemente a tiempo como para poder alcanzar a ver la pancarta colgada especialmente para ella. Con el rostro pálido, Kouga hizo uso de todo su autocontrol para no salir corriendo detrás de la chica; la misma que todos sabían que adoraba. La adoraba tanto, que casi parecía hecho a propósito el hecho de que quienes le llamaban era para preguntar si no había sido él el autor de tal hazaña.
Hazaña era, sabiendo que el desafortunado condenado sufriría la probable ira de Inuyasha por meterse con su novia.
Pero no había sido él. En lo absoluto.
Con fuerza, presionó el pedazo de papel que había recogido hacía rato. Estaba en blanco. ¿Cómo podía competir contra Inuyasha, cuando él había llegado hasta ese extremo? Tuvo una tentación enorme de llorar, pero se contuvo. A cambio de eso, se deprimió.
Había llegado la hora de Kouga para rendirse. Más todavía por aquellas palabras que rondaban saltarinas dentro de su cabeza, palabras que entonaban una bonita canción en un fondo blanco y una ortografía muy cuidada y casi profesional.
Kagome:
Feliz cumpleaños. Espero que te guste mi regalo.
Inuyasha.
PD. Asómate al patio principal al terminar las clases.
En su camino hacia su casa, cayó en cuenta de que alguien la esperaba. Se percató de que Inuyasha no bromeaba con que la esperaba a tres calles del instituto. Justo como no esperaba, lo encontró ahí, recargado contra una pared y con el rostro adormilado y molesto. Tuvo la impresión de que, más que molesto por lo que un compañero de instituto le había dicho, estaba molesto por no poder dormir. Reprimió una risilla justo al verlo iniciar camino hacia la dirección en que quedaba de casa.
—¿Qué te parece tan gracioso? ¿Te parece gracioso que un idiota que ni siquiera sé quién es, aproveche mi ausencia en el instituto para colgarle un letrero a Mi Novia deseándole feliz cumpleaños? —Aparentemente, el chico no estaba de humor para risas y bromas. Kagome suspiró con resignación. Tenía la intención de hacer el camino a casa más ameno, pero aparentemente, su nuevo compañero no tenía intenciones de hacerlo.
A Kagome nunca (en los pocos días que tenía de) le había caído en gracia que Inuyasha se refiriera a ella como su novia. Menos aún cuando sabía que, de parte del mismo, no había sentimientos de por medio.
Prefirió alejar esos funestos pensamientos de su mente.
Inuyasha clavó con discreción sus ojos en lo que Kagome llevaba entre brazos y supo que había sido lo suficientemente valiente como para llevarse la pancarta a casa. Se sintió demasiado orgulloso por ello. Quizás a Kagome le había agradado. Bien había valido la pena haberse desvelado dibujando esa bonita pancarta para ella.
—De acuerdo. No más risas. —Aseguró Kagome mientras hacía señas con la mano, asegurándole que no se volvería a reír—. Me sorprendió mucho que dieras con el número de mi móvil ¿Quién te lo dio? —Preguntó una curiosa Kagome mientras lo observaba con suspicacia y caminaba hacia su lado, como una niña pequeña. Definitivamente era un tema que no estaba dispuesta a dejar pasar.
—Llamé a Sango y la obligué a que me lo diera. A cambio de eso, tendré que ser niñero de Shippou durante dos meses. ¡Pero keh! Valió la pena. —Habló Inuyasha como si le pareciera poca cosa el precio que habría que pagar por gritarle a Sango cosas tan desagradables como sólo él—. Hubiera sido terrible no haber podido llegar a tiempo. —Y diciendo esto en un murmullo apagado de voz, se encogió de hombros. Kagome lo observó con el semblante de cargado de una curiosa extrañeza antes de que sus labios se curvaran en una alegre sonrisa—. ¿Te parece que estoy feliz como para que te rías otra vez? —Quiso saber Inuyasha mientras soltaba un bostezo, molesto. Kagome le dio una fuerte palmada en la espalda, aunque no lo suficiente como para que se molestara.
—Estaba pensando si serías bueno cuidando a Shippou. No tienes cara de ser paciente con los niños. Mucho menos con un bebé. —Apuntó Kagome mientras alzaba la vista al cielo, buscando algo con qué distraerse.
Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que Inuyasha se atreviese a responder a tal comentario; luego de que su cabeza hubiese analizado con curiosidad cada letra que pronunciaba Kagome y luego clasificar su pronunciación de acuerdo al estado de ánimo específico de la chica—. Debes ser tonta, niña. Yo fui quien cuidó a Shippou las dos semanas que Sango se quedó internada en el hospital por sus complicaciones post-parto. Shippou me adora. —Dijo Inuyasha mientras se cruzaba de brazos, altanero y orgulloso.
Kagome alzó una ceja, completamente azorada por el comentario del chico. No lo entendía. Según lo que ella sabía, Miroku había llevado al pequeño a casa de Kaede-san, la anciana que lo crío, para que cuidara al bebé mientras Sango era dada de alta. La misma lo había confirmado en una de las tantas veces que la visitó en el hospital.
—Kaede se puso renuente por culpa de un accidente con Sesshomaru (y el muy maldito me sacó de mi departamento y me hizo pedirle clemencia a la vieja porque me aceptara de nuevo en casa) y me condicionó mi estadía en su casa a cambio de que yo cuidara al mocoso. Pero no me pareció tan malo. —Apuró a explicar Inuyasha al ver la cara de pregunta de Kagome.
—Debiste haber hecho un buen lío para que te pasara eso. —Acusó Kagome mientras soltaba una risilla. Inuyasha bufó de molesto. Su lenguaje corporal contradecía la idea de la chica—. Ningún hermano mayor es tan malo como para correrte de casa por una tontería —Aseguró ella. Inuyasha soltó una carcajada.
—Es que tú no conoces a Sesshomaru —Se justificó Inuyasha al instante, provocando que Kagome soltara una risilla feliz que trajo el consecuente silencio.
La tranquilidad mortal con que aconteció la mayor parte del camino adormeció los sentidos de Kagome, como si de pronto tuviera mucho para pensar. Le emocionaba saber que compartía el camino casa con él. Sólo con él. Inuyasha por su lado, la observó, como si estuviese esperando alguna reacción. Pero por dentro estaba seguro de que ansiaba que ella respondiera a su confesión, de verdad que lo deseaba.
—Ya veo. —Atinó Kagome a decir, sin saber qué mas hacer, mientras se encaminaba dando vuelta por un esquina, donde vio el Templo a unos cien metros de distancia—. ¿Sabes? No importa que no tengas humor para escucharme reír, pero... —Comentó Kagome, hablando finalmente de los pensamientos que estaban girando en su mente desde que le encontró cerca del instituto. Al darse cuenta de que finalmente espero, conteniendo una risilla. Inuyasha clavó su vista con cierta confusión en el rostro sonrojado de Kagome.
—¿Pero...? —Se aventuró Inuyasha a completar, pasando saliva dificultosamente por su garganta. El tierno rojo se acentúo en las mejillas de Kagome.
—Estoy feliz. Muy feliz. — Dijo ella mientras bajaba la vista para ocultar sus mejillas—. Feliz porque... porque he pasado un poco de tiempo contigo... a solas. Me deseaste un feliz cumpleaños, y hasta me has dado un obsequio. —Por un momento, Inuyasha tuvo la impresión de que Kagome estaba conteniendo las ganas de llorar. Casi estuvo tentado de parar en seco para obligarle a encararle—. Es el mejor regalo que alguien me ha dado. —Inuyasha se quedó sin palabras al escuchar lo que la chica decía. Esto lo obligó a detenerse finalmente, como si fuera una suerte de ateo que acababa de obtener una enorme prueba de fe. En cuanto Kagome se dio cuenta de su retraso, se detuvo en seco, tomándose unos segundos para limpiarse la cara y luego alzarla para encarar a Inuyasha—. ¿Sucede algo?
«Estaba de maravilla». Quiso decir, pero de sus labios sólo escapó una frase sin sentimientos de por medio—. ¡Feh! Estoy bien, sólo un poco... impresionado. —¿Poco? Eso era quedarse demasiado corto.
Kagome le observó con el agradecimiento en sus ojos. Inuyasha no supo cómo reaccionar ante la serie de emociones que la chica de azabaches cabellos le estaba llevando a sentir—. Muchas gracias, Inuyasha. —Y diciendo esto, Kagome se dio media vuelta para echar a correr hacia el Templo, pero antes de poder hacerlo, Inuyasha la detuvo por la muñeca, veloz. Kagome se detuvo y dudó en darse la vuelta para encarar al chico de cabellos plateados— ¿Qué sucede? —Preguntó Kagome, tratando de sonar tranquila, aunque su corazón latía a más de mil por segundo. Inuyasha le dedicó una intensa mirada, tan equiparable como la mirada de un loco enamorado.
Inuyasha se acercó suavemente a ella y llevó sus manos a cada hombro de ella, siempre con su mirada fija en los ojos de la chica. Quiso aventurarse a preguntar si es que acaso Kagome ya había abierto su regalo, como para asegurarse de que las pistas relativas a la pancarta que le habían colgado fuera del instituto habían llegado a ella finalmente. Pero prefirió ahorrarse la pregunta y la soltó finalmente—. Feliz Cumpleaños.— Dijo él, bajando la vista con pena.
—Gracias. —Y diciendo esto, Kagome se acercó al chico, se paró de puntillas y depositó un beso en la albina mejilla del chico. Inuyasha se sonrojó al instante en que dejó de sentir el cálido tacto de Kagome, mientras la aludida se alejaba de él y echaba a correr hacia el Templo.
Inuyasha se quedó en la soledad de la calle, mientras que, helado como sólo él, se llevó una mano a la mejilla que Kagome había besado y se tocó como si fuera lo más sagrado del mundo. Una sonrisa se ensanchó en sus labios. Sintió una sensación de despreocupación que lo hizo sentirse mejor. Le había encantado, le maravilló de tal forma el hormigueo que sentía en su mejilla tras el contacto de los labios de Kagome sobre ella, que estaba casi seguro de que no se molestaría en la lavarla, probablemente en mucho tiempo.
Ahora sólo tenía una firme convicción.
Era definitivo. Mañana se molestaría en preguntarle a la chica sobre su regalo y sobre su confesión. Ahora sólo tenía una cosa en la cabezay no estaba dispuesto a dejarla más en un segundo plano.
Los pensamientos de Kagome plasmados en una hoja de papel.
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Es curioso, pero... este es el segundo año que pido el mismo deseo al soplar las velitas de mi torta de cumpleaños. ¿Estoy muy enamorada, verdad? Este año volví a pedir poder tener la atención de Inuyasha... aunque sea sólo por unos minutos... y escuchar cómo me llama con su voz...
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¡Si tan sólo alguien le hubiese dicho a Kagome que se ganó más que la simple atención de Inuyasha, sino todo su corazón! Probablemente eso la hubiera motivado a realizar un mejor deseo y no haber repetido el mismo deseo por tercer año consecutivo.
—Kagome, hija ¿Ya sabes qué deseo vas a pedir?— preguntó su madre con emoción después de cantarle una alegre canción de cumpleaños a su hija, quien asintió feliz sin dudarlo ni un segundo antes de soplar las velitas de su torta mientras su mamá, su hermano y su abuelo, le aplaudían como felicitación.
Fin del Capítulo 6.
Continuará.
