Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi, es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.


Realizeit: Date Cuenta

por Onmyuji


Capítulo 7. El problema de Inuyasha.


Tarde. Era la palabra que se repetía Kagome una y otra vez desde que salió de la estación del metro, casi a trastabillones. Su cuerpo le pedía que se detuviera a hacer un leve descanso, pero sus pies siguieron corriendo, pasando de largo en un santiamén la plaza Hachiko.

Bonito día para llevar zapatillas nada listas para una carrera como esa.

No le sorprendió para nada el congestionamiento peatonal que le aguardaba al acercarse al crucero. Lo que le sorprendió más que todo lo demás fue el hecho de que le pareció que esperaban demasiado tiempo a que los semáforos se pusieran en rojo, también el hecho de que nadie le pisó mientras aguardaba.

Echar a correr en cuanto la gente comenzó a movilizarse no le resultó una tarea sencilla, pues el enorme conglomerado de gente apenas le permitía movilizarse para poder llegar al edificio Tsutaya. Fue una suerte para ella que un numeroso grupo de kogals apareciera caminando muy cerca, yendo en la dirección que ella quería ir. Así que pronto se infiltró en el camino en blanco que el grupo dejaba a su paso, tan rápido como se lo permitieron las niñas, pues el camino se atiborró de gente casi al instante.

Se sintió más tranquila cuando se encontró de lado de la acera del edificio Tsutaya; entonces se recordó lo tarde que iba y apuró a buscar a Minato y Shuuji.

No tuvo que revolver a mucha gente para encontrarlos, parados cerca de la entrada al edificio. Le sorprendió mucho encontrarse salvada de buscarlos por mucho tiempo, o en el peor de los casos, que se hubieran ido por su bendito retraso de 15 minutos. Pero no, ahí estaban, tranquilos y a la espera de su presencia. Y entonces vio las tres cabezas que esperaban por su triunfal aparición.

¡Un momento! ¿Tres cabezas, había dicho?

Encontró a Shuuji y Minato, esperándola con toda la paciencia del mundo. Y a su lado encontró que estaba justamente la persona de quien huía con tanto pavor.

Inuyasha estaba ahí y no parecía feliz.

¿Por qué parecía que no estaba teniendo mucha suerte respecto al chico? Ya tenía suficiente con todos los pensamientos que se cargaba por su culpa. ¿Qué acaso no le bastaba? Tenía deseos de dejar de pensar de una buena vez.

Casi resignada a que sería un terrible día (y para colmo de males, ella sola acompañada de tres hombres), dejó largar un pesado suspiro antes de cobrar las fuerzas necesarias para llamar a sus compañeros que la aguardaban—. ¡Minato-kun! ¡Shuuji-kun! —Gritó Kagome mientras alzaba una mano para hacerles saber que acababa de llegar.

Los aludidos, Inuyasha incluido, clavaron sus ojos en la chica, que se abría paso entre el gentío para acercarse a ellos. Kagome se sintió incómoda por la escrutadora forma en que tres pares de ojos se clavaron en ella y la observaron. Una de ellas más penetrante que las otras dos.

La de Inuyasha, claro está.

Pero es que no lo podía evitar. Apenas escuchó su preciosa voz llamando a sus amigos (lo malditos que habían traicionado su confianza y que habían invitado a su novia a salir sin estar enterado siquiera), no pudo evitar clavar sus ojos en la figura femenina que fue acercándose cada vez más hacia donde ellos estaban.

Llevaba unos pantalones cortos, de esos que llevan un dobladillo, que le llegaba un poco más arriba de las rodillas, de color negro. Llevaba unas bonitas zapatillas blancas, de esas que estaban tan de moda en los últimos meses en las chicas y llevaba una bonita blusa blanca con tirantes rojos, que eran adornados con retazos de tela blanca, casi como si fuera un grueso encaje. La blusa se ensanchaba conforme bajaba, hasta llegar un poco más arriba del dobladillo de su pantalón corto, como si fuera un vestido, donde los bordes, de color rojo también, eran adornados por la misma suerte de encaje.

Se sonrojó al percatarse de que la chica llevaba en su mano derecha el brazalete que le había regalado el día anterior. Luego buscó la forma de quitar su vista de ella, sobre todo al notar que ella comenzaba a incomodarse de su marcado escrutinio y el de sus amigos también.

Se cruzó de brazos y volvió la cabeza hacia otro lado.

—Higurashi-san. —Saludó Shuuji amablemente, tratando de hacer pasar lo bien que Kagome se veían. La aludida se acercó a ellos con vergüenza y se inclinó con respeto a modo de disculpa.

—Lo siento, se me hizo un poco tarde. ¿Llevan mucho esperando?— Preguntó la chica de oscuros cabellos mientras les observaba con la culpa en los ojos. Era tan hermosa la forma en que Kagome se comportaba, que no pudieron evitar desear quitarle la pena.

—N-no, acabamos de llegar. —Mintió Minato mientras sonreía amablemente. Aliviada, Kagome suspiró y se llevó una mano al pecho.

—Qué alivio... —Susurró ella mientras sonreía de nuevo, cuando sintió que le daba un codazo por la espalda, incomodándola. En ese momento, escuchó una vocecilla femenina llamándole por detrás, haciendo que los ojos de sorpresa de Kagome se abrieran cuales platos.

—Tú siempre estás disculpándote, Kagome. —Y entonces Kagome se volvió hacia atrás, encontrando tras de ella a tres chicas que le sonreían como si no la hubieran visto en siglos. Kagome sonrió al verlas.

—¡Yuka, Eri, Ayumi! ¡Son ustedes! —Gritó Kagome al ver a sus viejas amigas de secundaria tras ella, esperando que volviese a saludarles. Lo primero que Kagome atinó a hacer, fue saltar a los brazos de una de sus amigas, la del cabello más corto. Entonces volvió la vista hacia donde los amigos de Inuyasha y el mismo y finalmente, habló—. ¿Cómo es que...?

—¿Acaso pensabas, Higurashi-san, que saldríamos nosotros dos, solos con usted, sabiendo que es novia de Inuyasha? ¡Inuyasha nos hubiera cortado la cabeza! —Entonces, Kagome cayó en cuenta. Volvió la vista en dirección a donde Inuyasha se encontraba recargado junto a la pared de cristal del edificio Tsutaya, casi como si hubiese ido contra su voluntad. Al darse cuenta de la forma en que Kagome observaba al aludido, Minato se apuró a agregar—. No le dijimos nada de nuestros planes. Estaba dormido cuando llegamos a su casa, así que está molesto porque no ha podido dormir. —Kagome ignoró el comentario, como si no fuera de relevancia para ella, y abrazó a sus amigas otro poco más—. Ellas estuvieron de acuerdo con el complot.

Inuyasha observó a Kagome por el rabillo del ojo, buscando que fuera lo más disimulado posible. Feliz. Si ella era feliz bien valía perder unas horas de sueño.

Le sorprendía la facilidad con la que se habían recuperado del accidente que habían tenido semanas atrás. La veía sonreír mucho y eso lo hacía sentir mejor. Le agradaba mucho más saber que Kagome nunca abrió el cuadernillo luego de que se lo regresó para darse cuenta de que había arrancado una página de su cuaderni...

¡Un momento! ¡Este no era el momento idea para hablar de eso!

Por unos minutos, la pequeña burbuja de algarabía y felicidad que encerraba a Kagome y sus amigas, se convirtió casi en una fiesta. Kagome irradiaba tanta felicidad de saber que había vuelto a ver a sus amigas, que parecía imprescindible hacerle saber que no había ido sólo a un encuentro, sino a una cita.

Fue un alivio que las amigas de secundaria de Kagome estuvieran conscientes de esto último, pues fueron ellas las que propusieron que marcharan al segundo piso del edificio, al Starbucks, más en concreto.

Eso había sido el alivio.

Pero no del todo.

Mientras Minato, Shuuji y las amigas de Kagome entraban al edificio, se percató de que Kagome no se movía, probablemente, a la espera de que él hiciera algún movimiento. Y cuando se percató de eso, no pudo evitar sonrojarse. Y lo entendió. Todo era cuestión de plan con maña. ¡Esos idiotas! ¡Habían hecho todo eso a propósito!—. Yo... parece que te gustó mi regalo... —Murmuró con vergüenza, incomodando y sonrojando a Kagome también, quien llevó su mano izquierda al brazalete.

—Yo... sí. Gracias. Es precioso. —Admitió Kagome mientras bajaba la vista para ocultar sus mejillas sonrojadas. Había tenido hasta ahora una pequeña oportunidad de comprobar que Inuyasha era realmente muy guapo. Y cuando no iba dentro del uniforme, era mucho más guapo aún.

Llevaba unos jeans vaqueros que parecían bastante amplios, de un color azul ligeramente deslavado. Se percató de que llevaba una cadena amarrada a dos de las pretinas de sus vaqueros. Llevaba una chaqueta ligera de color azul más oscuro, desabrochada; llevaba por dentro una camiseta negra y sus zapatillas deportivas eran del mismo color. Kagome tuvo que verse obligada a mover suavemente su cabeza para alejar cualquier clase de pensamiento que pudiese nublarle la mente.

El silencio los atrapó por un escaso tiempo que pareció toda una eternidad. Había miedo de parte de los dos. Pero no sabían exactamente por qué.

En concreto, Kagome era la que no sabía por qué.

Nervioso, Inuyasha se llevó una mano a la cabeza y, casi deseoso de poder pensar. Fue una suerte para él que Kagome no notara su nerviosismo; para su suerte, ella parecía más ajena al asunto de lo que era.

¡Qué difícil le parecía estar cerca de ella ahora que le había confesado sus sentimientos!

El alivio atenuó sus facciones antes de que pudiera imaginarlo, cuando vio a una de las amigas de Kagome regresando por donde había venido y acoplándose a la tensa escena de la pareja y exigiendo que les alcanzara. Con su presencia, no tuvieron tiempo siquiera de disimular su incomodidad, mucho menos su descontento.

Kagome evitó pensar en eso. Le haría mejor estar lejos de Inuyasha, lo suficientemente lejos de él como para no tener que pensar en él ni toda la ola de emociones y cosas que la hacían sentirse terriblemente mal.

Inuyasha no tenía suerte. Probablemente no volvería a hablar con ella en toda la vida de tanta vergüenza que sentía. Nunca en su vida había confesado sus sentimientos a alguien (usualmente, eran ellas las que lo hacían) y su timidez por naturaleza le impedía dar el paso. Era demasiado indeciso.

Era un maldito desgraciado sin suerte que probablemente cargaba toneladas de sal en sus espaldas. ¡Era todo!


Frustración.

Eso era exactamente lo que sentía Inuyasha mientras observaba aburrido hacia la pantalla del cine. Sostuvo la caja de las rosetas de maíz y suspiró, aburrido. Se maldecía internamente por haber sido arrastrado al cine, así como lo habían arrastrado por todas y cada una de las actividades realizadas. ¡Peor aún! Para ver una espantosa película que supuestamente era de terror. Soltó una maldición en silencio, antes de enfocar su vista en la persona a su izquierda.

Sí. En todo el día se limitaba a mantenerse tan alejado de Kagome como podía o, en el mejor de los casos, a armarse de valor para intentar preguntarle a Kagome sobre una confesión de amor no hecha y jamás recibida, siempre bajo el ojo atento de sus amigos y las amigas de Kagome y un momento de interrupción en el momento mas inoportuno.

La oscuridad del cine le molestaba. ¡Bueno! Todo le estaba molestando mucho. Estaba más sensible de lo habitual después de que Shuuji y Minato le interrumpieran sus sagradas horas de sueño. Se repitió por enésima vez que valía la pena y luego volvió el rostro a la consternada y tierna cara de la persona que se encontraba a su lado.

Kagome.

Ella no parecía alterada por el alto contenido de sangre y violencia que contenía. Ni siquiera esto había logrado que soltara la caja de rosetas de maíz que tenía en las manos y siguió comiendo hasta que se le terminaron. Kagome parecía casi hipnotizada mientras veía el cortometraje con toda la concentración del mundo, hasta que introdujo la mano en la caja de rosetas y encontró con desagrado que ya no había más.

—¿Quieres las mías? —Preguntó Inuyasha en tono bajo mientras le tenía su caja a la chica, la misma que se sonrojó invisiblemente a la luz del cine. Inuyasha también se sonrojó, advirtiendo que se había puesto en evidencia. Era un secreto que nadie sabía, pero Kagome adoraba las rosetas de maíz que vendían en el cine.

Kagome asintió suavemente mientras tomaba la caja en cuestión y comenzaba a comer rosetas otra vez. ¡No podía creerlo! ¡Él la había visto comer rosetas de maíz como si se le fuera la vida en eso! Se sintió avergonzada. Tanta era la vergüenza que sentía, que tentada estuvo de salir corriendo de la sala de cine. Pero pasó saliva y se hizo la fuerte tratando de olvidar que era Inuyasha quien se sentaba a su izquierda.

Quiso concentrarse en la espantosa película que veían, pero por algún motivo no podía hacerlo. De pronto, comenzaba a sentirse intimidada por la presencia de Inuyasha. ¿Cómo era eso posible? Hasta hacía unos minutos no había posibilidad de reparar en él y ahora toda su concentración estaba dirigida a él, como si fuera un satélite girando a su alrededor.

Inuyasha frunció el ceño y fijó su vista en un punto de la película, haciendo caso omiso a todo lo demás. Estaba frustrado. Tenía esa constante necesidad de sentir el tacto de ella contra el suyo propio y eso le comenzaba a frustrar. ¿No era esa la clase de películas que veía una pareja de novios cuando querían estar abrazados, tomados de la mano y besándose? Se estremeció con un fuerte sonrojo tan sólo de pensarlo.

Parpadeó con ahínco. ¿Tan difícil le era estar tan cerca de ella ahora? ¿Le temía tanto a la posible respuesta que recibiría de Kagome? Muchas preguntas parecidas a esta se presentaron a su mente y lo llevaron a sonrojarse. ¿Tanto le costaba hacerse a la idea de que tenía novia y que, sin embargo, podía ser rechazado? En medio de su desvarío, dejó caer su mano izquierda sobre el descansabrazos, en el mismo lugar donde segundo antes, Kagome dejaría caer su propia mano.

Con un terror similar al que se le tiene a la muerte, Inuyasha forcejeó mentalmente por alejar su mano del tacto de ella. Se sentía incómodo. Se sentía azorado. Era la primera vez que sentía esa sensación de hormigueo y adormecimiento al contacto con una mujer. Movió su cabeza mecánicamente, tratando de ver el rostro de Kagome, pero ella estaba tan azorada como él.

Los resquicios de la cordura fueron ganando terreno en la mente de Kagome, quien estaba convencida de que retirar la mano de ese lugar sería lo más correcto, pero entonces, su mano sujetó con aprehensión la mano masculina. ¡Genial, Kagome! ¡Se supone que eso haces cuando quieres estar más cerca de una persona, no más lejos!

Inuyasha se tensó ante el suave tacto, pero aún así no se movió. Casi pareció que estaba conteniendo la respiración. Quiso frotarse las sienes para alejar un molesto dolor de cabeza que le estaba dando. Antes que hacerlo, prefirió aferrarse a la sensación transmitida por la fémina; siempre con las mejillas sonrojadas.

La película había dejado el primer plano hacía lo que parecía toda una eternidad. Ni siquiera se dieron cuenta de cuando se dio la traumatizante recta final donde todo acababa a medio concluir antes de que los créditos salieran flotando por la pantalla.

Las luces de la sala de cine se encendieron de nuevo, anunciando que la película había terminado. En ese instante, Kagome e Inuyasha se soltaron las manos, como si el otro sufriera de alguna extraña y contagiosa enfermedad; ambos rojos cual tomate maduro.

—Kagome-chan, ¿te sientes bien? —Preguntó una de las amigas de Kagome, casualmente, la misma que había estado sentada al otro lado de la misma, observando cuidadosamente las mejillas rojas de Kagome. Kagome agitó la cabeza suavemente y asintió, soltándose del agarre ejercido por Inuyasha y caminando hacia su amiga como si nada hubiese sucedido. Inuyasha se llevó una mano a la cabeza, tratando de hacer que los pensamientos fluyeran con mayor tranquilidad. Se levantó de su lugar tan pronto como su cuerpo desenchufado de lo permitió y caminó detrás del gentío en dirección a la salida del inmueble.

El tono de la conversación posterior a aquella incómoda situación fue bastante tranquilo y amigable. Nadie mencionó nada sobre el asunto, sino que se limitaron a hacer críticas muy crudas de la película. No era para más si la película había resultado todo un asco.

—¡Oh! ¡Pero miren qué tarde es! —Gritó una de las amigas de Kagome, la del cabello más largo y ondulado, mientras observaba su reloj de pulso y se aterraba por la hora.

—¿Qué sucede, Ayumi? —Exigió saber una de las amiga de Kagome, la que llevaba una cinta en el cabello, observando el horror de su amiga.

—Prometí que cuidaría a Kasumi-chan esta noche. ¡Tengo que volver a casa! —Exclamó la horrorizada joven mientras echaba a correr hacia el ascensor del edificio para bajar hacia la planta baja y correr hacia casa. Antes de que alguien pudiese decir algo, las otras dos chicas se volvieron hacia Shuuji, Minato, Inuyasha y Kagome, se inclinaron con respeto y se marcharon detrás de su amiga que respondía al nombre de Ayumi.

—¡Vaya! Eso sí fue rápido. No me he podido despedir de ellas. —Susurró Kagome mientras bajaba la vista con cierta tristeza. Inuyasha la observó, casi sin interés, volviendo la vista hacia un lado. En realidad, no tenía deseos de confrontar lo que podía venir ahora que...

Y entonces, en medio de su huída mental, Inuyasha fue bruscamente interceptado por las maliciosas miradas de Shuuji y Minato, que le veían con siniestra locura. Supo que era el momento ideal para huir.

Quiso dar media vuelta y echar a correr como las amigas de Kagome, pero ocurrieron dos cosas en ese momento que lo obligaron a quedarse en el lugar, completamente resignado. La primera de ellas fue que Kagome volvió la vista hacia él, atropellando sus intenciones de huir. La segunda fueron las burlonas voces de Shuuji y Minato, quienes lo sostuvieron por el cuello de su chaqueta.

—¿A dónde crees que vas? ¡Tienes que ser un buen novio y llevar a Kagome a casa! —Exclamó Minato mientras empujaba suavemente a Inuyasha en dirección a Kagome. Kagome atinó a cambiar de color de pies a cabeza, completamente apenada. Inuyasha rechistó de molesto, como si no le quedara una mejor opción.

La mirada que le dedicó a sus amigos fue letal y mortífera. Posiblemente no les quedaba mucho tiempo de vida a ambos, por idiotas.

—Seguro. Vamos, Kagome. —Dijo Inuyasha con galanura, tratando de parchar la situación previa; mientras rodeaba con su brazo los hombros de la chica, quien antes de marcharse, movió la mano en señal de despedida a los amigos de Inuyasha y luego salió con él.

Entonces Inuyasha lo reconsideró seriamente. Probablemente era esa su oportunidad de oro para hablar con Kagome sobre lo de su confesión. No perdía nada, ¿Verdad? La encaminó por el ascensor, que compartieron el uno con el otro. Se hacía más y más tarde mientras los minutos pasaban a la espera de que el ascensor terminara su recorrido y ellos pudieran huir del edificio.

Afuera comenzaba a refrescar, por lo que Kagome se encogió de hombros y maldijo su suerte al ver que sólo a ella se le había ocurrido salir a la calle en tirantes—. Hace frío. —Murmuró ella, pusilánime y sin dejar de abrazarse a sí misma. Luego sintió un cálido retazo de tela caer por sus hombros, cayendo en cuenta de que Inuyasha se había quitado su chaqueta para ponérsela entre brazos.

Probablemente no era tan malo pasar tiempo con Inuyasha. Incluso era más caballeroso de lo que imaginaba. Se preguntó si lo hacía con una intención oculta. Aunque luego reconsideró. Le encantaba que Inuyasha estuviese tan atento con ella. Era casi como si le quisiera.

El trayecto hacia la casa había sido lento, largo y silencioso, en el cual ninguno de los dos se atrevió a cruzar palabra en el tiempo que duró su recorrido al metro, tampoco mientras caminaban por las calles perdidizas que llevaban al Templo Higurashi. Cada cual parecía inmerso en un charco más o menos profundo, siendo Kagome quien pensaba con más temor sobre las posibles ideas que tendría Inuyasha. Ese silencioso camino ni siquiera los inmutó cuando estuvieron al pie de la escalinata que llevaba a la casa de Kagome.

—Gracias por haberme acompañado. —Agradeció Kagome mientras se inclinaba suavemente y comenzaba a quitarse la chaqueta que el chico le había prestado.

—No. Quédatela. Me la devuelves en otra ocasión. —Dijo el chico de ambarinos ojos, rechazando la chaqueta cortésmente. Kagome se sonrojó al instante por la agradable forma en que comenzaron a conversar. Fue en ese momento que Inuyasha se atrevió a dar el siguiente paso y preguntar por fin—. Oye, Kagome... hay algo que quisiera preguntarte. —Y diciendo esto, acercó su caminar al primer escalón que llevaba al templo y comenzó a caminar de lado de Kagome hacia arriba. Kagome preguntó educadamente de qué se trataba, llevando a Inuyasha a sonrojarse aún más—. Yo... me alegra que mi regalo te haya gustado. —Y esto sonrojó a Kagome, quien ocultó con su mano libre la sensación de vergüenza sobre ese brazalete de regalo—. Yo quería preguntarte... ¿qué piensas acerca del papel? —Inuyasha continuó caminando, rojo como un tomate maduro y confundido a más no poder. Bien, ya lo había dicho. Ahora solo quedaba esperar.

—¿Papel? —Preguntó Kagome, como tratando de hacer memoria. Se llevó el dedo índice al mentón, pensando cuidadosamente a qué se refería él—. ¡Ah! ¡Ese papel! —Recordó la chica el papel que había visto cuando abrió el obsequio y que dejó volar creyéndolo sin importancia. —¿No es ese donde vienen las instrucciones de cuidado de la pulsera? Olvidé donde quedó y no pude leerlo. —Contestó ella con sinceridad y sencillez.

Inuyasha se detuvo en seco en cuanto llegó al final de la escalera. Completamente congelado. ¡Tenía que estar bromeando! ¿Le había confesado sus sentimientos en vano? Frunció el ceño, efecto propiamente retardado del nuevo estado emocional que estaba por alcanzar. Kagome se detuvo un metro delante de él y se volvió a verlo.

—¿Sucede algo? —Preguntó ella con curiosidad.

Inuyasha estaba muy enfadado.

—Esto... creo que será mejor que me vaya. No quisiera enfrentar a tu abuelo de nuevo. Nos vemos el lunes, Kagome. Que descanses. —Apuró Inuyasha, más rápido y amontonado de lo usual, antes de echar a correr escaleras abajo.

Su mente estaba llena aire caliente. Los nervios le hervían y la cabeza le estaba por estallar. Su rostro estaba teñido de rojo y no precisamente de timidez. Sintió que sus manos empuñadas pronto comenzarían a dejar fluir la sangre. Era el colmo. Todo, todo para nada.

Él, Inuyasha Minamoto. Estaba furioso. Muy furioso.

¡Se había molestado en confesarle a la chica lo que sentía y ella había dejado que el papel se perdiera como si fuera una porquería! La amaba. ¡Carajo! ¡Estaba muriéndose de amor por ella y no le molestaba admitirlo, en lo absoluto!

Pero ante todo, tenía una dignidad que no rebajaría ni por amor a Kagome. La chica lo había pisoteado, inconscientemente, pero lo había hecho. Nadie se burlaba de Inuyasha Minamoto y salía bien librado de eso (exceptuando, claro, a Sesshomaru, pero eso era punto y aparte).

¿Quería guerra? Guerra tendría.

Y se prometió que después de eso, Higurashi Kagome se arrepentiría. Se aseguraría de que no volvería a sonreír en su vida.

Y se arrepentiría de haber amado alguna vez a Inuyasha Minamoto.


Fin del Capítulo 7.

Continuará.