INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA HISTORIA SI.

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Serie de Drabbles que tendrán conexión entre si

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Una primera Vez.

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ACTO 9

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Que ella lo celó.

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La vida de un capitán de barco es muy particular. Sin duda que el antiguo Bankotsu hubiese preferido ser un pirata, pero el hombre que era ahora no podía permitirse tales exabruptos.

Ahora era un hombre casado, intentando vivir algo que él jamás tuvo. No negaba que aun había cosas a la cual le costaba acostumbrarse.

Pero sí que tenía sus ventajas.

Comida casera deliciosa, una casa que siempre olía rico, ropas limpias y noches placenteras a lado de una mujer que no dudada en entregarle y darle todo.

¿Cómo no sentirse bien?

Porque Kagome aparte de llenarlo en el aspecto sensual, le había dado una perspectiva de calma a su vida, y otra cosa que le gustaba de ella, es que su relación siempre tenía algo nuevo que ofrecerle, porque Kagome no era sumisa en nada, siempre le discutía o le peleaba cuando algo no le gustaba.

Una mujer fuerte que le hacía frente.

Definitivamente Kagome no era de este tiempo. Si bien, él sabía que ella venia de otra era, ese concepto se le presentaba a él de forma muy lejana.

Y de alguna forma no le gustaba pensar mucho en eso; porque había descubierto algún par de noches que su mujer lloraba.

Tampoco quiso preguntárselo, podía estar llorando por sus amigos o quizá por esa familia que dejó en aquel tiempo de donde ella venia.

Los viajes que Bankotsu hacía no eran largos, máximo se ausentaba del hogar hasta tres días, pero en uno ocurrió algo impensable e inesperado.

Había cerrado tratos para traer unas personas importantes de un feudo, que estaban en una isla que pretendían comprar una propiedad en la aldea donde vivió Kagome, en sus inicios.

Lo que Bankotsu no se imaginaba es que allí conocería a alguien que de verdad le provocaría un cambio de circuito en su relación con su esposa.

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Eran gente rica, probablemente cercanos a algún señor feudal.

Era una familia, más el sequito de esta que lo acompañaba.

Bankotsu no les prestó atención, porque lo que le interesaba era el dinero con el cual le pagarían, y eso es lo que le importaba.

Aunque en verdad no pudo evitar enarcar una ceja apreciativamente, cuando entre la familia sobresalía una jovencita, muy bonita, probablemente hija del señor mayor.

Lo deducía por las vestiduras, y por lo bonita que era, con una piel cuidada, y un cabello muy brillante, como la de su propia esposa.

Eran parecidas, de hecho, la diferencia radicaba en que esta joven era ligeramente más blanca y tenía los ojos marrones un poco más claros.

Bankotsu apartó la mirada, y siguió mirando sus mapas.

Luego dio unas indicaciones a su timonel y se marchó a su camarote.

No se percató que la joven también había reparado en él.

Nunca había visto un hombre más apuesto y gallardo. Y a quien por lo visto las reglas de buena convivencia poco le interesaban.

Ni siquiera había saludado.

Y el trato había sido hecho por el hombre de confianza de él, su timonel, pero sin duda el jefe era el moreno.

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Una de las razones por el cual cerraba la puerta del camarote es porque no quería ser molestado.

Estaba cansado y solo quería llegar de una vez a su casa, dormir en su cuarto, ver a su mujer y comer lo que ella le cocinaba.

Pero pese a estar cansado como una ostra, sus sentidos se levantaron al máximo, cuando percibió que alguien empujaba la puerta de su camarote.

Al tiro ya tenía su alabarda apuntando con su filo al cuello del imbécil que haya ido a molestarle.

¿Cómo se atrevía?

Menos mal limitó el toque a su alabarda, de lo contrario le hubiese rebanado el cuello a la intrusa.

Porque la que había entrado era aquella jovencita que había venido con el grupo que transportaba. La bonita.

Sus ojos azules se posaron fríamente sobre la joven, que lo veía presa del miedo, al verse acorralada por aquella arma extraña.

― ¿Qué demonios haces aquí?―dijo sin bajar el arma, pero levantándose y caminando hacia la chica, que retrocedía de puro terror.

―Disculpa…yo solo quería agradecerte en nombre de mi familia que hayas aceptado transportarnos y traernos a estas tierras.

―Mph―bufó el joven, bajando el arma y caminando hacia una esquina donde lo dejó

La chica tragó saliva al comprobar que el joven no tenía puesta la parte superior de sus ropas revelando un torso, con cicatrices pero hermoso.

―Que quede claro que no es un favor. Es un trabajo que les ha costado caro. No me malentiendas. Así que largo de aquí. No me gustan que me molesten―volvió a añadir el joven capitán del barco, al tiempo que le daba la espalda―. Y cierra la puerta al salir.

La chica solo se limitó a asentir y salió de inmediato. Pero antes de cerrar la puerta no pudo dejar de observar con el rabillo del ojo lo contornos de este hombre que irradiaba una masculinidad que nunca antes había visto.

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Hubiese sido un viaje tranquilo como cualquier otro, sino hubiere sucedido algo que Bankotsu no esperaba.

Una tormenta.

Ya los había vivido antes, pero no haberlo previsto le hizo pasar un mal momento, pero fue ahí que sacó a relucir sus dotes de líder, cuando en medio del desorden, logró contener el barco, gracias a que él mismo tomó el timón, una vez controlado éste, luego hasta hizo algo increíble.

Logro atrapar a alguien que resbaló por una baranda, y evitó que cayera al mar.

No hubiera sido nada, pero la coincidencia había querido que la chica salvada sea la misma entrometida del otro día.

Y se tensó cuando la joven prácticamente se le pegó al cuerpo.

Si, él quería mucho a Kagome, ya había definido esa estúpida situación hace tiempo, pero caramba, también era hombre y no era de piedra. Y está condenada pegota era muy bonita.

Pero hizo bien en alejarse.

Ya lo único que quería era llegar a casa y salir de ese barco. De alguna manera no le gustaba que la chiquilla esa le rondase demasiado, más ahora que se escudaba con que él había sido el héroe que la había salvado de caer al mar.

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Bankotsu se masajeó el cuello, donde pendía su pequeño trozo, ahora ya brillante de pureza, gentileza de su esposa.

Adoraba llegar a casa.

Había dejado el puerto apenas pudo, dejando encargado a sus hombres de los trámites de cobro. Él solo quería largarse.

De alguna forma temía que la chiquilla esa lo siguiera o algo asi, y él ya prefería olvidar la situación. La verdad es que la forma en que lo miraba ya había pasado a ser insinuante. Y pese a que nunca se volteó a mirarla, él podía saber eso.

Cuando llegó a su cabaña, al principio no vió a Kagome, por ninguna parte.

Ojalá y no se haya ocurrido ir a quien sabe dónde, porque la joven siempre tenía esa ganas de salir a ayudar y arremeter.

Aunque él se lo había querido prohibir alguna vez, al final no pudo contra su voluntariosa mujer.

Pero bueno, al final esa era una de las cosas que le gustaban de ella.

Enarcó una ceja al verla de cuclillas, por sobre la tierra de la huerta que ella misma se encargaba de cultivar.

Empezó a caminar bien despacio, con intención de darle un susto.

―Ni se te ocurra hacerlo, Bankotsu, o te quedaras sin cenar―dijo ella tranquilamente, sonriendo mientras quitaba unas malezas. Por supuesto que había detectado a su esposo.

¡Ja!, el muy bribón nunca podía asustarla ni darle sorpresas. Más aun desde que el trozo estaba purificado.

Él sonrió.

Ella se levantó y se acercó de puntillas a darle un beso en los labios, y él terminó dejando al suelo su alabarda para apretarla contra sí.

―Iré al lago a bañarme ¿quieres venir?―sobre sus labios, juguetón.

―Ve solo, al volver podré sacar la comida y ya me platicas de todo después―rió ella separándose de su esposo.

Él solo sonrió pero al final terminó yéndose a la casa, para sacar unas ropas e irse al lago.

Ya se desquitaría después.

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El sol estaba bajo ya, pero no había oscurecido aun.

Kagome quien al terminar su trabajo en la huerta, estaba sucia, cubierta de polvo y ramitas.

Sus manos estaban llenas de barro.

Parece que en vez de cocinar, no le quedaría más remedio que ir a acompañar a su esposo al lago. Lo hubiese hecho.

Ya se adentrando a su cabaña, para buscar algunas prendas para su recambio, cuando una figura delgada parada frente a su casa, como buscando algo, la sorprendió.

Una chica, joven, bonita y bien vestida con esos kimonos de colores que ni siquiera Kagome podía permitirse estaba parada en la entrada.

Seguro era alguien viniendo a pedir algo.

Todo el mundo sabía que Kagome era una especie de sacerdotisa en el pueblo.

Pero lo que le dijo la joven la sorprendió.

―Disculpe, ¿esta es la casa del señor Bankotsu?

Kagome enarcó una ceja.

―Si―respondió, sin pensar en nada aunque muy extrañada, sin poder despegar la mirada en la figura de aquella chica

―Lo estoy buscando―volvió a decir la extraña

―Está ocupado, puedes decirme a mí y yo se lo digo.

―Lo siento, yo lo estaba buscando, y lo que quisiera decirle no es para otros oídos―volvió a reponer la recién llegada

Eso fue el colmo para Kagome.

―Lo que tengas que decirle es como si me dijeras a mí. Soy su esposa―con una voz un poco más dura de lo habitual

La chica fingió llevarse una mano a la boca.

―Lo siento…señora. No sabía que Bankotsu tenía esposa―haciendo una reverencia con la cabeza―. Yo venía a agradecerle todo lo que hizo por mí en este último viaje que compartimos. Déjeme decirle, señora, que su esposo ha sido muy bueno y amable conmigo, protegiéndome de una horrible tormenta.

Los labios de Kagome se apretaron. Esta persona venía a su propia casa a decirle "señora" y llamando a su marido con tanta informalidad.

Por un instante, a Kagome le entraron ganas de arrancarle un trozo de ese precioso cabello negro, pero se contuvo, y solo se limitó a asentir, sin abrir la boca.

Temía que su lengua de muchacha futurista le saliera por allí, y dijera algo que asustara a esta persona.

Solo cuando la vió alejarse, Kagome echó al suelo el trozo de trapo que llevaba consigo para limpiarse el sudor mientras trabajaba en la huerta.

No pudo evitar sentirse ligeramente intimidada por el aspecto de aquella chica que se marchaba.

Tan limpia, pulcra y bonita. Y vestida con prendas muy lindas.

Y ella, ahí…sucia, con el pelo enmarañado y las uñas negras.

¿Bankotsu portándose bueno y amable?

¿Cómo era eso?

Si ella que era su esposa y con quien había vivido sinfín de situaciones apenas y podía abrirse, pero igual nunca dejaba de ser el chico bocón de siempre.

Resopló con fastidio.

Desistió de ir a acompañar a su esposo a bañarse al lago.

Lo haría en la gran tina de madera que tenían.

Lo que Kagome no sabía es que aquella entrometida sabía todo, porque antes de aventurarse había averiguado todo lo del moreno capitán del barco, que tanto le había llamado la atención.

Que era casado, y que su mujer era una sacerdotisa, y que vivían en ese lugar.

Había pagado por esa información.

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Kagome estuvo bien callada toda la noche.

Cuando le servía a Bankotsu la cena e incluso cuando éste le contaba cosas del viaje, donde raramente, el muchacho nunca mencionó a una jovencita " con el cual particularmente había tenido muchas atenciones"

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Cuando fueron al futon matrimonial ocurrió algo que nunca antes había pasado.

Kagome se había puesto de espaldas, fingiendo que dormía, aunque podía oír perfectamente cuando Bankotsu se desnudaba para acostarse también.

No podía admitírselo, pero conocía este sentimiento, y hace mucho tiempo que había dejado de sentirlo.

Y rememoró esa época negra donde con sus propios ojos podía ver a Kikyo e Inuyasha besándose.

Con Bankotsu nunca los había tenido.

Pero ahora los celos la estaban carcomiendo.

Sumando a toda esa sensibilidad de los últimos días, donde solía tener ataques de añoranza por su familia del perdido.

Estaba tan furiosa con sus sentimientos que apenas y pudo percibir que su esposo se estaba ya acomodando a su lado, pero abrió mucho sus ojos, cuando sintió que la volteaban boca arriba y enseguida Bankotsu colocándose sobre ella, hurgando con sus manos dentro de su yukata, y apretándole un seno.

En otras ocasiones le hubiese gustado, pero ahora no.

Estaba demasiado rabiosa y celosa, y estas caricias no podían hacerle olvidar, aunque no pudo evitar un gemido, cuando los dedos rápidos de su marido dieron un paseo por la zona más allá de su vientre.

Bankotsu estaba demasiado excitado como para darse cuenta de que Kagome, no estaba como siempre, así que simplemente la tomó, y la embistió con toda la necesidad que tenia de ella, como siempre que volvía de algún viaje especialmente largo.

Ella ni se movió, ni aunque tuviera pegado a su cuello los labios de su esposo, que seguía moviéndose encima suyo, entregado al inmenso placer de tenerla.

Kagome estaba callada como piedra.

Y cuando él acabo y se apartó, siguió estando callada. Hubiese preferido voltearse e intentar dormir, pero él no la dejó, ya que la atrapó por la cintura, pero Kagome ya había decidido que ya estuvo bueno.

―Tengo mucho calor ¿podrías dejarme?―mencionó antes de volver a su anterior posición.

Su marido la miró con el rabillo del ojo. No era idiota. Y había notado que ella no estaba de mucho humor. Ya lo había descubierto hace rato cuando le estaba haciendo el amor.

― ¿Ahora me vas a decir que ocurre contigo?

―Nada. Y acabemos con esto. Tengo mucho sueño―agregó la joven para enseguida añadir―. Mañana tengo muchos bultos que traer del mercado de la otra aldea. Quiero que te quedes ayudarme.

El moreno no respondió.

Sí que estaba de mal humor, y bueno, él esperaba que se le hubiese pasado con el momento intimo que acababan de pasar, pero era evidente que no.

Prefirió callarse y voltearse a dormir.

Ya mañana seria otro día.

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―¿Podríamos apresurarnos un poco?―decía una Kagome enfadada, caminando por enfrente de su esposo, que llevaba varios tarros que casi le impedían ver el frente.

Estaban en el mercado de la aldea, y habían ido a buscar barriles de arroz y trigo porque había una subasta importante.

Y había un gran gentío en el lugar.

Bankotsu habían ido con ella, fiel a su promesa de acompañarla esa mañana para ir a cargar todos esos bártulos.

La verdad, el joven se sentía algo fastidiado, más porque comprobó esa mañana que su esposa seguía molesta, porque al despertase intentó ponerse en plan sensual con ella, acariciándole el vientre, pero ella lo rechazó levantándose del futon, para ir a lavarse.

Así que ahí iban, Kagome con sus rostro alargado y con una mueca apretada, y él, con todos esos bultos caminando fastidioso detrás suyo.

Fue ahí que ocurrió lo que faltaba para que Kagome terminara por ebullir en furia.

Se cruzó con la misma joven que había tenido el descaro de ir a buscar a su marido el día anterior.

Por lo visto, también comprando cosas. Vestida finamente y seguida por un sequito de damas de compañía y dos guardias

Más cuando oyó que decía.

―Por favor, ayúdenlo― ordenando a sus guardias, refiriéndose a Bankotsu que apenas podía ver su propio camino.

El moreno al ver que se le acercaban esos dos sujetos.

― ¿Pero qué rayos?, oigan, nadie les pidió ayuda…lárguense― con su voz sardónica habitual al verse sorprendido

La mujer se adelantó unos pasos, ignorando a Kagome que la veía con chispas en los ojos.

―Bankotsu. Discúlpame. Solo quería que mi sequito te ayudara. ¿Cómo ha estado?―haciendo una reverencia con la cabeza

― ¿Eh, tu?, ¿pero qué haces aquí?―dijo Bankotsu apenas removiéndose, verdaderamente incómodo. No solo por esos sujetos que le salieron al frente pretendiendo ayudarle sino por aquella mujer tan pegota que le salía donde fuere.

La verdad, con solo verla, ya se notaba que era una de esas a quienes su madre le debía de vez en cuando una buena bofetada.

Pero ella en cambio se le acercó y fue el colmo, cuando se acercó al joven que atónito vió como la descarada muchacha posó una mano sobre el brazo del hombre.

―No es mi intención que te molestes conmigo. Ayer fui a buscarte a tu casa―musitó la referida

Los ojos centelleantes de Kagome explotaron en ese mismo instante, lo mismo que ella misma.

¡Ella era la esposa!

¿Cómo se atrevía esta regalada a ignorarle?, ¿acercarse a su esposo como si nada?

Con un manotazo le quitó la mano por sobre el brazo de Bankotsu.

― ¿Es que acaso no te has dado cuenta que estamos ocupados?, y además si tienes algo para decir, ¡dilo ahora!, él es mi marido y no hay nada que yo no pueda oír―arguyó Kagome con una voz un poco más alta de lo usual en ella.

La pequeña víbora sacó sus garras allí mismo.

―Todavía estoy sorprendida que un hombre como él, pueda estar con alguien tan insignificante como tú. Es más que obvio que fue un error.

―! Eres una atrevida! ¿Cómo te atreves?―arguyó Kagome, al tiempo que se arremangaba para acercarse a la insolente, pero el gentío que estaba en el lugar la detuvo.

Bankotsu resopló fastidiado. Respiró profundo para evitar quitar algún aspaviento asesino

Así que se acercó a donde estaba su esposa, bajó las cosas que portaba a un costado, y fue junto a Kagome, y la tomó del brazo.

No estaba en condiciones de dar un espectáculo público para nadie y menos en algo que implicase su relación marital.

Y mucho menos por culpa de una regalada como esa loca que había tenido la desgracia de transportar en ese viaje.

―Tu vienes conmigo―le dijo a Kagome que ni tiempo tuvo de resistirse, porque su marido ya le había tomado del brazo, desapareciendo juntos en pocos segundos.

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La había tenido que traer cargada, porque Kagome estaba fuera de sí, y a toda velocidad para que la gente no pudiera verla en ese estado, y también tuvo que taparle la boca.

Finalmente cuando llegaron a su casa, la bajó al suelo, y lo primero que hizo la impulsiva de Kagome fue darle un golpazo en el rostro a su esposo, que no se inmutó ante semejante brutalidad.

―Te lo mereces. No solo después de andar coqueteando con regaladas por allí, vienes aquí y me humillas en medio de toda esa gente ¿acaso crees que esto es divertido?―le gritó la joven apuntándole con un dedo acusador, ocultando como podía alguna furtiva lagrima

Bankotsu ni siquiera parpadeó ante el golpe, pero fijó sus ojos azules en ella.

― ¿Terminaste?―musitó el moreno

Eso hizo que Kagome reiniciara su ira. Estaba demasiado fuera de sí. Y a los ojos de Bankotsu, totalmente infantil. Nunca la había visto así.

―! No, no he terminado!, hoy no quiero que duermas aquí. Mejor ve junto a esa mujer,¿ porque eso es lo que quieres? ¡Admítelo!

Esto ya era demasiado para Bankotsu.

Se acercó a ella, y tomándola de los brazos y mirándola fijo le dijo en voz alta.

―Kagome, se acabó el juego ¿Qué es lo que te ocurre? ¿a qué viene todo este espectáculo?, no me digas que aun ahora, te siguen persiguiendo los sueños de celos que tenías con Inuyasha,¿ qué más quieres de mí, Kagome? ¿Piensas que yo también voy a ser como él?―apuntó y en ese momento la ira se le encendió también en el joven―. Mírame a los ojos, Kagome y dímelo ¿piensas que yo soy como él?―zarandeándola, haciendo que la joven abriera mucho sus ojos, paralizada antes las palabras de Bankotsu.

Ella no pudo responderle, era la primera vez que él le hablaba con tanta severidad. Por un instante Kagome le tuvo miedo.

―Mírame a los ojos, y dime que crees esas patrañas que te has inventado en la mente. No sé qué cosas estés pensando, Kagome. Pero algo si tengo seguro. Yo sé perfectamente lo que quiero y lo tengo justo enfrente de mí. Ahora, dime ¿Qué demonios es lo que quieres tú?,! dímelo!, porque no puedo adivinarlo. Dime de una vez si no me ves en tus planes.

Kagome estaba paralizada.

De miedo, por sobre cualquier cosa.

Nunca se había visto, desde que vivía esta historia con Bankotsu con la posibilidad de perderlo o que él le pusiera un ultimátum.

La joven tragó saliva, pero tampoco se planteaba en su orgullo echar un pie atrás, a pesar de que se estaba dando cuenta que se estaba comportando como una tonta.

La verdad hace tanto que no se sentía como una.

Desde aquel tiempo en cual se veía atrapada en medio del amor antológico entre Inuyasha, el hombre que ella quería y la eterna Kikyo.

― ¿Qué harás, entonces? ¿Te irás?―volvió a gritarle Kagome, un poco fingiendo, pues no quería dar su pie a torcer.

Bankotsu levantó sus ojos a ella y añadió seriamente.

―Te dejaré ir…y luego iré a buscarlo a él para matarlo―soltándole los brazos

―Pues había olvidado que eras un asesino, no podía ser otra tu respuesta―añadió Kagome maliciosamente, a pesar del susto.

Era su primera pelea seria.

Eso hizo que él volviera a enervarse. Y eso que la pelea parecía que iba a apaciguarse, pero ahora estaba más encarnizada que nunca.

― ¿Y me vas a detener?―inquirió Bankotsu, apretándole aún más los nudillos de la mano, y acercando su rostro al de ella, tanto que Kagome podía sentir el aliento de su esposo, haciendo que ella temblara literalmente. Al mero roce de eso, ella perdía todo atisbo de ingenio y no podía ni pensar claramente.

El volvió a apretarle los brazos inmovilizándola.

―Dime, Kagome, ¿me vas a detener?

Estaba tan cerca.

Con sus labios a punto de tocarse.

Y eso ya fue demasiado para Kagome, y sin que ninguno tuviera idea de cómo comenzó, empezaron a devorarse literalmente.

Nunca antes se habían besado de esta forma.

Tanto que Bankotsu en medio de ese alocado frenesí, la apretó contra sí, para después empezar a rasgarle sus ropas, como si fueran papel; ella quiso rodearlo con sus piernas, pero él con su fuerza, se lo impidió, y en cambio lo que hizo fue empujarla en la mesilla que tenían en su cabaña, para después voltearla, y seguir rasgando sus ropas con violencia.

En otras circunstancias, Kagome se hubiese asustado ante esto, pero la excitación y la adrenalina que se había generado en medio de aquella discusión, más el deseo animal que se había apoderado de la pareja, había producido que Kagome sencillamente se dejara hacer.

Y cuando él sencillamente la recostó boca abajo en la mesilla, y la poseyó en esa misma posición, sin molestarse en prepararla como siempre, sino que embistió con violencia y fuerza, haciéndola gritar, y más cuando él le puso un dedo en sus labios entreabiertos.

―! Tu eres solo mía, Kagome!

―! Si!―gritó ella sin pensar. Estaba demasiado excitada.

Fue la primera vez en sus vidas que tuvieron un sexo tan salvaje como aquel.

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Varios minutos después, ambos reposaban exhaustos en la enorme tina de madera, con mucha agua fría, que tenían en el fondo de su casa, donde Bankotsu se había llevado a su esposa, cargada, ya que estaban demasiado sudados y cansados.

Además que le había arruinado sus ropas de sacerdotisa.

Kagome todavía estaba temblorosa, producto del intenso orgasmo que había acusado.

Y él no estaba mejor.

Pero eso sí. Estaban más relajados.

― ¿Ya se te pasaron esos celos ridículos?―inquirió él con una sonrisilla sardónica

Ella sonrió con agotamiento.

―Tu sí que sabes hacer que una chica se centre―murmuró Kagome acercándose a su marido, para recostar su cabeza en su pecho desnudo.

Así como estaban, quien sabe qué hora saldrían de la tina.

Hasta habían olvidado sus bultos en el mercado.

Pero algo había aprendido el matrimonio ese día.

Los celos podían arruinar o mejorar algo, depende de cómo se lo viese.

Y viendo lo que había producido en Bankotsu y en Kagome.

Ahora ni recordaban porque habían peleado tan feo.

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COMENTARIOS.

Muchas gracias a mis fieles comentaristas y los favs y follows que se van añadiendo, y por la espera de mas de un mes, pero como estaba en un reto y con otro fic de sailor moon, que comento mas abajo

La idea de los celos de Kagome fue idea de Aldy Valderde a quien agradezco haberse unido al fic, asi que si me siguen pasando ideas de probables primeras veces les voy a agradecer muchisimo, mis queridos amigos, asi como voy tomando ideas de otros comentaristas

UN BESO MERCENARIO A ELIZABETH, ROXEL, Y GUILLERMO DEL FACEBOOK.

Y OTRO BESOTE A MIHAELA TAKA, JESS21, PAO59, ANGELICA, MI QUERIDA AKANE KOU, MI PRECIADA PAULI ( PAMAIG SAN), FRAN, FRANGARRIDO, TODOMEMALESAL02, EDDY, ALESSIA DE PISCIS ( UNA FUENTE INAGOTABLE DE IDEAS), KAMISUMI Y TAMBIEN LOS GUEST.

Les comento que esta serie de oneshots de "primeras veces" podria extenderse hasta el capi 15 más o menos,luego he pensado en una trama corta de desenlace paRa cuando se encuentren con los demas, asi que por el momento dejaré que sean felices . XD.

BESOS AL CIRCULO MERCENARIO!

Y aqui hago un ligero stop con una peticion, estoy concursando en un reto llamado PAREJA IDEAL del foro de Inuyasha de aqui llamado HAZME EL AMOR con un fic Bankotsu Kagome llamado "Promesas desde la tierra del sol Naciente"que esta en mi perfil, les invito a pasar por ella, es un fic corto de dos episodios, y si la creen merecedora de algun punto en el referido reto, las invito a votar.

Bueno, ahora si me voy, ya me dicen que les pareció este capitulo, muchas gracias a todos por regalarme el tiempo para leer.

XOXO.

Paola.