Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi, es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.


Realizeit: Date Cuenta

por Onmyuji


Capítulo 8. Todo se derrumbó.


Caminó con soltura por el pasillo del edificio de la escuela, rumbo a la sala de los profesores. Cargaba un montón de hojas a medio contestar, molesta. Sólo a su profesor de deportes se le habría ocurrido elegirla a ella para entregar los trabajos de sus compañeras, argumentando que era su oportunidad de hacer algo debido a su débil condición para algunos deportes. Caminó frustrada sin prestar atención al entorno, sólo repitiéndose constantemente que debía llegar a la sala de profesores.

Y luego, lo vio.

Caminaba con esa despreocupación tan propia de él, renuente, desaliñado, y tan guapo como siempre. No podía creer que sus emociones se dispararan a mil por hora con tan sólo pensar en ello. Por lo que divisó, él ya había pasado a entregar los trabajos de sus compañeros, así que preparó su mejor sonrisa y se apuró a estar más cerca de él para saludarlo.

—Hola, Inuya... —Entonces sucedió. Inuyasha pasó de largo a su costado, como si ella nunca hubiese estado cruzando el corredor. Kagome se detuvo en seco justo cuando lo vio pasar como si no la hubiese visto o fuera otra persona.

No lo entendía.

Desesperada, volvió la vista hacia atrás. Notó que el chico no tenía intenciones de volverse hacia ella para saludarla. Y eso la hizo sentir terrible. Pero no se dejaría llevar por la actitud de Inuyasha. Así que se volvió a su camino y continuó en pos de la sala de profesores.

No se dejaría influir. No lloraría. No lo haría de nuevo. No cuando ella no había hecho nada. No importaba si Inuyasha dejaba de hablarle por otra semana más. Incluso un mes, si quería. No se doblegaría ante él.

Una vez que estuvo frente a la puerta de la sala de profesores, corrió la puerta e ingresó. Encontró ahí, fácilmente, a su profesor de deportes, esperando con expectación—. Higurashi, creí que no vendría. —Dijo el profesor, ocasionando que Kagome se sonrojara mientras se acercaba a entregarle los trabajos de sus compañeras—. ¿Está usted bien? —Preguntó el profesor con educación. Kagome se sonrojó y asintió.

—¡Por supuesto que estoy bien, profesor! ¿Por qué me lo pregunta? —Quiso saber ella, mientras dejaba los trabajos en la mesa.

—Es que me sorprendió que usted y Minamoto no hubiesen venido juntos. Creí que algo le había sucedido. Después de todo... ustedes son pareja, ¿No es así? —Preguntó el profesor con cierta desazón, tratando de encontrar las palabras adecuadas para explicar su punto.

—Esto... —Kagome se sonrojó. ¡Ella no tenía por qué hablar con nadie sobre su vida privada! Mucho menos sobre sus asuntos con alguien que ni siquiera era su amigo o su novio. ¡Ella no lo haría!—. Hemos tenido un par de problemas. Eso es todo. —Explicó ella con sencillez antes de inclinarse con respeto ante el hombre y luego salir huyendo de ahí.

Esto era el colmo. ¿Qué se creía Inuyasha causándole problemas por todos lados? Bufó con molestia mientras se cruzaba de brazos y caminaba, distraída. Trató de encontrar coherencia en la molestia de Inuyasha; sin embargo no había manera de conectarlo. Después de la reunión que habían tenido hacía dos semanas por motivo de su cumpleaños, el chico no había vuelto a dirigirle la palabra si no era para decir algo ofensivo contra ella.

Lo peor de todo es que comenzaban a levantarse rumores de lo más desagradables que venían rondando su entorno más personal. Ahora era cosa de todos los días que se levantaran los canturreos chismosos apenas hiciera acto de presencia.

Lo peor de todo.

Inuyasha no negaba la mayoría de ellos. Incluso los apoyaba.

Era evidente que su relación de novios, estaba llegando más allá de una farsa para los demás. Había tocado la línea de lo personal. Lo malo de todo ello era que ella lo sabía y no hizo nada para remediarlo.

Con su pesaroso caminar, se dirigió hacia su aula, casi arrastrando los pasos. No tenía deseos de nada. La situación con Inuyasha la ponía muy triste. No importaba cuanto pudieran llevarse mal o cuanto pudiera serle indiferente: le dolía. No le importaba lo mucho que Inuyasha amara a Kikyou. Era maravilloso saber que al menos él recordaba su nombre.

Y ahora todo estaba en la basura. Justo como sus ilusiones antes de que Inuyasha se atreviera a jugarle la peor de la bromas.

Entrar en su aula fue lo peor que le pudo haber sucedido en esas dos semanas, pues los chismes ya estaban a punto de ebullición dentro. Ni siquiera se molestó en preguntarse si se debía a que Inuyasha estaba dentro, lo cual era poco probable. Pero se sorprendió de encontrarlo ahí, animando las suposiciones levantadas por todas sus compañeras y sin aceptar admitir que una de todas era verdadera.

Los murmullos cesaron en cuanto la escucharon ingresar. Pero Inuyasha no pareció ni inmutarse—. Si siguen intentando, probablemente den en el blanco sobre lo que pasa entre Higurashi y yo. —Dijo, sin ninguna clase de reparo en la dignidad de Kagome.

Desde luego que el comentario no le agrado en lo más mínimo a la pelinegra, así que se atrevió a hablar y lanzar su contraataque—. ¡Claro! ¿Por qué no lo bombardean con sus teorías estúpidas? Así, seguro que me entero en el proceso de lo que nos pasó. —Dijo Kagome dejando estallar sus emociones reprimidas. Inuyasha frunció el ceño mientras le daba la espalda, antes de volverse hacia ella, levantarse de su pupitre y caminar resueltamente en su dirección.

—Me parece que estás siendo muy consecuente con tus palabras, Higurashi. Ten cuidado con lo que deseas. —Dijo él, casi escupiéndole la burla en la cara. Entonces Kagome no lo pudo soportar y tomó un mechón de cabello plateado y lo jaló con fuerza para que se atreviera a enfrentar su mirada.

—Creo que sé bastante bien qué es lo que estoy diciendo. —Respondió Kagome de forma poco agraciada, viéndole en una clara muestra de reto. Inuyasha no pudo soportar las emociones que le transmitía esa mirada y se soltó del agarre ejercido por ella.

Luego, literalmente, salió huyendo del aula, despertando los murmullos de sus compañeros, de ellas, principalmente.

Kagome no estaba dispuesta a dejar pasar esta oportunidad. No después de que el tipo se atrevía a hablarle después de semanas. Así que salió detrás de él, en una escena digna de persecución.

Sólo había un lugar al que Inuyasha iría para estar solo. La azotea.

Lo encontró ahí, observando el panorama. No supo qué clase de expresión tenía, porque le daba la espalda, pero supo que estaba consciente de su presencia—. Quiero saber qué sucede. —Exigió ella, casi como una orden. Lo escuchó soltar una carcajada a lo lejos.

—No. En realidad, no creo que en el fondo quieras saberlo. —Dijo Inuyasha mientras se daba la media vuelta y se cruzaba de brazos, autosuficiente. Kagome pasó saliva ante la oportunidad de retractarse que tenía, pero sin embargo, no movió ni un musculo, a la espera de que él hablara—. Estoy cansado de nuestro jueguito, Kagome. Creo que será mejor que aceptes mi idea de indiferencia antes de que todos comiencen a levantar ideas estúpidas sobre nosotros. —Dijo él mientras se llevaba una mano al cabello—. No sabes cómo me arrepiento de haberme metido en este juego.

Los ojos de Kagome se abrieron cuales par de platos al escuchar decir aquello, completamente incrédula de lo que había escuchado. ¿Segura que había escuchado bien? ¡Pero si había sido él quien le había metido en todo ese lío!—.¡Pues yo no te pedí que lo hicieras! Hubieras estado mejor si simplemente te hubieras quedado con el cuadernillo. ¡Pero no! No te pareció suficiente y me orillaste a hacerme pasar por tu novia. ¿Estás satisfecho?

—¡Eres una idiota, Higurashi! Obviamente que estoy satisfecho. —Y aquello fue como si una cubeta de agua helada cayera sobre Kagome. ¡Y todavía tenía el descaro de reconocerlo! En ese momento Kagome comenzó a sentirse mal. Completamente mal. Y casi entra en locura luego de ello—. No sabes lo mucho que me divertí torturándote. No sabes lo mucho que disfruté cada segundo de tu vergüenza mientras yo estaba ahí, haciéndote quedar mal. Disfruté cada instante de tu ausencia cuando te fuiste por ese cuadernillo... que me pareció muy aburrido. No creo que tengas talento para ser escritora. —Soltó Inuyasha, finalmente.

Kagome se petrificó al escuchar todo aquello. Sintió que el brazalete que escondía bajo la chaqueta del uniforme comenzaba a molestarle. Los ojos le ardieron.

—¿Disfrutaste tus quince minutos de fama? Me pareció que lo hiciste. Y no te imaginas lo mucho que me divertí. Así que, ¿debería agradecerte por eso? —Aseguró Inuyasha mientras soltaba una carcajada. Por fuera, parecía una implacable máquina de burla. Por dentro, sabía que se estaba cayendo a pedazos.

Kagome no tardó en comenzar un silencioso llanto que le dejó gruesos surcos de lágrimas en las mejillas.

—¿Te haces la digna echándote a llorar? ¡Qué lindo de tu parte! Me pareció más divertido de lo que imaginé, Sin Talento. Siempre, desde tres años que te conozco, sabía perfectamente que sentías algo por mí. Gracioso, ¿no crees? Fue tan divertido descubrirte frente a todos. Pero me molestó no haber terminado de confesar por ti. Eres tonta, de verdad, Kagome. —Aseguró Inuyasha antes de volver a reír con un estruendo molesto. Kagome sólo siguió llorando mientras que, con rabia, se quitaba el brazalete bruscamente y lo lanzaba lejos de su poder, en dirección hacia Inuyasha.

Los ojos de Inuyasha se mantuvieron impasibles, pero el ardor que sentía en ellos no se apagó. Quería llorar. Kagome...

Kagome había...

—T-te od-... —Las palabras se rehusaban a salir de los labios de Kagome, unas adoloridas palabras que deseaba no pronunciar y que, sin embargo, estaba a punto de decir. Sus ojos perdieron visión y la nitidez con que percibía las formas se hizo cada vez menor. La cabeza le daba vueltas, de pronto ya no estaba tan bien.

—¿Kagome...? —Se dejó escuchar una tercera voz en la azotea. Inuyasha apenas había alzado la cabeza para ver cómo Kouga Matsura hacía su triunfal aparición en la azotea, cuando Kagome cayó desplomada en el suelo, inconsciente—. ¡Kagome! —Y luego el recién agregado a la escena corrió hacia la chica y la sostuve entre sus brazos, completamente consternado.

—¡Keh! Está muy equivocada si piensa que con eso voy a caer. Es una idiota. ¡Por supuesto que no está desmayada! —Se burló Inuyasha mientras se acercaba lo suficiente para ver a Kagome, desmayada y en brazos de un hombre al que ella no quería.

Y la visión de Kagome desvanecida le partió el alma en dos. De verdad estaba sufriendo al hacer eso. Y nadie lo sabía. Pero de lo que estaba seguro, era que su dolor no se comparaba, probablemente, con los destrozos y el dolor que había dejado en Kagome.

—No tan idiota como tú; que ni siquiera te molestaste en explicarle nada. No es culpa de Kagome que el papel dónde te confesabas se haya caído. —Habló Kouga, impasible, mientras rebuscaba en el bolsillo de su chaqueta y extraía un papel que Inuyasha conocía bien. Palideció—. ¿Lo reconoces? Es un alivio que no cayó en manos de alguien más. —Y diciendo esto, le lanzó el papel al chico de orbes doradas—. Probablemente habría sido toda una vergüenza que todos en el instituto supieran que tan bajo caíste por hacerle una broma a Kagome. —Y diciendo esto, alzó a la chica en brazos, le dio la espalda al chico—. No es culpa de nadie que no sepas confesarle tus sentimientos a una chica que ni siquiera se había dado cuenta. No fue justo para Kagome. Y lo sabes. —Al escuchar aquello, Inuyasha supo que sólo Kouga había atinado a entender la verdad, el único que había dado en el clavo.

Estaba enojado consigo mismo y se cegó en su ira para humillar a Kagome.

Si ella le dejaba de amar por eso, su vida perdería sentido.

Con la desazón en su cuerpo, Kouga comenzó a caminar hacia la salida de la azotea, sin importarle si el tipo iba a detenerlo o quería intentar hablar con Kagome. Antes de irse, apuró a agregar, tajante y amenazador—. No quiero que vuelvas a acercarte a ella. Ya fue suficiente de humillaciones. No te la mereces. ¡No sé cómo es que ha soportado en silencio tres años de su vida cuando tú dices amarla para humillarla de esta forma! En realidad, no lo entiendo. —Acertó Kouga con estas palabras—. Si te vuelves a acercar a ella... me encargaré de que pagues tu estupidez.

Inuyasha empuñó las manos, viéndolo largar, lejos, con Kagome en brazos: la misma Kagome que ahora tenía el corazón hecho trizas, la misma que probablemente no volvería a ser la misma. La misma a quien había herido por una tontería.

La misma Kagome a la que amaba.

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¡Lo Amo! ¡Lo Amo Más Que A Nadie En Este Mundo! A él... Minamoto Inuyasha.

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En silencio, caminó hacia donde había caído el brazalete de Kagome y lo guardó en uno de sus bolsillos, exangüe, adolorido y arrepentido.


Fin del Capítulo 8.

Continuará.