Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi, es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.


Realizeit: Date Cuenta

por Onmyuji


Capítulo 9. Kagome se rinde.


Caminó angustiado en dirección a la sala de estar, completamente ido pensando en algo difícil de leer en su cara. Llegó a sus sentidos el aroma del jengibre y el azafrán, supo que estaba cerca. Caminó un par de pasos más y luego se vio frente a una hogareña y familia escena. Una pareja de recién casados jugando con su bebé. Con una débil sonrisa, respondió a las buenas formas de la pareja y se acercó a acompañarlos, sentándose en el sofá más próximo.

—Gracias, Sango. No tenía idea de a dónde llevar a Kagome y no creí que fuera una buena idea llevarla a su casa. —Dijo Kouga mientras se dejaba caer en el sofá con cansancio y se llevaba una mano a la cara, confundido y preocupado.

—No te preocupes por eso. ¿Cómo está ella? —Preguntó amablemente Sango mientras le acercaba una taza de té, la misma que el chico de cabellos negros aceptó de buena gana.

—Ha dejado de llorar. Ahora está durmiendo con más tranquilidad. —Admitió el chico, sin siquiera volverse a darle un sorbo. Parecía demasiado herido.

Era imposible verlo y no pensar que Kouga estaba completamente enamorado de ella.

—Después de lo que pasó, no me extrañaría que Kagome-chan se resignase finalmente. ¿No te alegra, Kouga-kun? Probablemente ha llegado tu oportunidad de hacerla feliz. —Comentó Sango al aire, pensando conscientemente en la situación previa que Kouga ya se había molestado en contarles con todo el detalle.

Era lógico para ella pensar que Inuyasha nunca amaría a Kagome.

—No. —Respondió Kouga con sencillez volviéndose a encarar a Miroku y Sango, que jugaban con Shippo casi sin ponerle atención—. No importa cuánto se resigne Kagome. Yo sé que ella nunca podrá olvidarlo. Ella nunca lo dejará de amar. —Era triste la realidad, pero así es la vida. Y eso era algo que Kouga había tenido qué aprender a sobrellevar consigo mismo—. Lo peor de todo es que no importa cuánto trate de creer que ella podrá estar bien lejos de él. Inuyasha también siente lo mismo por ella. —Aquella declaración parecía prometedora e impactante, eso fue más que evidente por los rostros de Sango y Miroku, pero no para Kouga.

—¿Es eso verdad? ¿Cómo lo sabes?

—Inuyasha le escribió una confesión el día de su cumpleaños. Por un accidente ajeno a ella, Kagome nunca se enteró. —Le constaba de primera mano porque él mismo la había leído.

Inuyasha amaba a Kagome. Eso quedaba más que claro.

En medio de la seriedad de la conversación, se dejó escuchar el sonido de la puerta de entrada siendo golpeada con desesperación. Sango y Miroku volvieron la vista hacia esa dirección, casi preocupados por la desquiciada forma en que llamaban a la puerta. Miroku se levantó de su lugar y caminó tranquilamente hacia ahí, abriendo la puerta con lentitud.

—Quiero hablar con Kagome. Sé que ella está aquí. —Luego se escuchó que la puerta se abría bruscamente, dejando entrar a un desesperado Inuyasha con los ojos rojos, como si hubiera estado llorando—. ¡Quiero hablar con ella! —Y entró sin aviso a la casa, ignorando la serenidad con que Miroku respondía a sus exigencias.

Al escuchar aquella voz, Kouga se levantó de improviso y caminó hasta la posición de Inuyasha, enfrentándolo completamente iracundo—. ¿Qué haces aquí? ¿No te dije que más te valía no volver a acercarte a ella? ¿No has tenido suficiente humillándola? —Inuyasha no parecía responder a su voz, casi como si no estuviese buscando cualquier cosa. Y de hecho lo estaba, porque de no ser así, Kouga no se habría molestado por esa forma tan descortés de tratarle, así que saltó sobre él, alertando a Sango y Miroku. Lo tomó por el cuello de su chaqueta—. ¿Qué no entiendes que Kagome no va a volver a...? —Y luego, en una reacción ofensiva, Kouga alzó su puño y lo estrelló directamente contra la mejilla de Inuyasha.

Probablemente no le había dolido a Inuyasha más de lo que podía parecer o esperarse, pero había sido un golpe lo suficientemente fuerte como para que Inuyasha saliera directo hacia el corredor del complejo habitacional, tambaleándose.

Sango y Miroku, nerviosos, lo observaron, detenido contra la pared del corredor. Shippou, en sus brazos, se revolvió frustrado por el ruido y un puchero apareció en su boca, alertado por el ruido.

Inuyasha no era de los que se quedaba sin hacer nada luego de que alguien le agredía de esa forma, ellos lo sabían. Pero parecía tan mal que no se esperaron que sólo caminara de nuevo hacia el interior de la casa y viera a Sango, apremiante y a punto de colapsar de nervios.

—Sólo quiero hablar con Kagome. Por favor. —El tono de súplica impreso en la voz de Inuyasha les hizo ver que esto era enserio. Que se estaba tragando todo su orgullo por Kagome.

Iracundo e incapaz de soportar la petición del chico de plateados cabellos, Kouga bufó, más irascible que antes y se acercó a él, dispuesto a golpearlo de nuevo—. ¿Qué no entiendes que sólo empeoras la condición de Kagome? —Gritó Kouga mientras empujaba a Inuyasha con fuerza, pero este chocó contra Miroku y luego se reincorporó con la misma intención de revolver la casa entera para encontrar a Kagome si eso llegaba a ser necesario—. ¡Lárgate de aquí, tú no tienes nada qué hacer en pos de Kagome! ¡Déjala en paz! —Y al gritó de guerra, Kouga se lanzó contra Inuyasha, enardecido de ira.

Inuyasha apenas si se esforzó por defenderse. Ni siquiera quitó la cara de en medio cuando vio un segundo puñetazo por parte de Kouga, que esta vez lo obligó a retenerse contra la barandilla del corredor principal del complejo. Nervioso, Inuyasha se sostuvo la mandíbula al sentir algo caliente sobre su barbilla y tentó la desagradable consistencia del rojo sangre cayéndole suavemente por la misma hasta comenzar un leve goteo que se estrelló contra el suelo.

Esto no era cosa de Kagome. Era cosa de Kouga. Y él no tenía nada qué rendirle a Kouga. Por eso no le importaba cuantos golpes recibiera, porque no se iba a mover hasta que Kagome estuviese frente a sus ojos, palpable; dispuesta a escucharlo.

Pero no pudo. Mucho menos cuando su sangre poco oxígeno llevaba a su cerebro, el cual trabajó con tal prisa en los escasos segundos que transcurrieron desde que notó la herida sangrante de su labio. Y entonces todo pareció tener cierta coherencia en su mente enferma de celos. Sintió tal hervor en su sangre, que no pudo evitar reincorporarse y lanzar sin aviso previo un golpe que acertó contra el ojo de Kouga.

Kouga quería alejar a Kagome de él. Kouga quería a Kagome para él sabiendo que ella nunca lo amaría. Kouga sería capaz de quitarle a Kagome y ella se iría con él sólo si eso significaba que ya no tendría qué preocuparse porque él la humillara.

Kagome lo dejaría por él.

Esa ira celosa y homicida apareció en sus ojos, iracundos y deseosos de que aquella idea estúpida jamás le hubiese pasado por la mente. ¡Quería que Kagome lo escuchara antes de irse con ese idota de Kouga! ¡Ella no podía olvidarlo hasta que supiera lo mucho que la amaba! ¡La amaba!

¡La Amaba!

Kouga le observó, enojado también. Y más que todo, sorprendido ante la repentida acción defensiva del chico de plateados cabellos. Había un silencio sepulcral en el pequeño espacio que dividía la casa del corredor principal, mismo que pronto se vio interrumpido por el inminente llanto de un asustado Shippou. Kouga respiró, sintiendo como sus fosas nasales inspiraban el aire insípido que tenía el sabor de la sangre de Inuyasha. No quería parar.

Estuvo a punto de lanzarse de nuevo contra el muchacho, decidido a que no volvería a tocar ni un solo cabello de Kagome.

Cuando sucedió.

—Está bien, Kouga-kun. Deja a Minamoto-san en paz. —Kouga e Inuyasha reaccionaron intuitivamente al sonido de aquella suave voz de súbito. Ambos volvieron el rostro hacia el lugar del que provenía aquella voz, encontrando la demacrada figura de Kagome saliendo del corredor que daba a las habitaciones del apartamento de Sango y Miroku.

Parecía que el mismo dolor le había afectado más de lo necesario. Su cuerpo blandengue se detuvo atrapado en medio del corredor que conectaba a la sala de estar y su porte era melancólicamente deprimente.

Ella no parecía notar ese pequeño defecto, y parecía que no le interesaba su delicada condición. A ella no, pero a Inuyasha y a Kouga sí. Pero eso no la detuvo de hablar finalmente para acabar con una pelea sin sentido que no llevaría a ningún lado—. Creo que sabemos qué es lo que necesita decir.

—¡Kagome! —Gritó Inuyasha mientras se movía para esquivar el cuerpo de Kouga por muy poco y con las pocas ganas y voluntad que le quedaban y caminaba finalmente hasta Kagome, tomándola suavemente por lo hombros—. Por favor, tenemos que hablar. Yo-... ¡Por favor, yo-...! —Y la zarandeó para que ella le escuchase, pero no pareció surtir un buen efecto.

A decir verdad, él tampoco estaba en condiciones de hablar con ella. No ahora que estaba tan conmocionado y aturdido y la cabeza llena de aire caliente y nada más.

—Está bien, Minamoto. Creo que está bastante claro lo que quieres decirme. —Y con una retorcida y dolorosa sonrisa, Kagome se soltó de su agarre—. No te molestes en decirme algo que ya sé. Estamos de acuerdo en que es mejor que tratemos de ser los desconocidos que éramos antes y no negaré que tienes razón. —Dijo ella mientras sonreía, dejando libres las lágrimas que había tratado de contener. Inuyasha abrió la boca para decir algo, pero fue rápidamente acotado por Kagome—. Sé que nunca sentirá algo por mí... y eso lo entiendo. No me esforzaré más, aunque eso sea más difícil para mí de lo que cualquiera puede creer. De hecho entiendo mejor de lo que cree y lo acepto. —Y aquello fue como una sentencia de muerte.

Kagome estaba encerrando todo lo que sentía por él y eran prometedoras señales de que eso no volvería a salir a flote.

Suavemente, Kagome se encaminó hacia la sala de estar, pues a lado de uno de los sofás se encontraba su bolso escolar. Se inclinó suavemente sobre él y recogió sus cosas con el mismo aspecto mortal que tenía en el rostro. En silencio, caminó hasta el recibidor y se marchó sin mediar ni una sola palabra más.

Se acabó. Era lo que su repentina y súbita ausencia decía. Kagome no estaba dispuesta a esforzarse más por él.

Pero por alguna razón ella no podía odiarlo. Ni siquiera se atrevió a decirlo. Inuyasha se dio cuenta de que había cometido el peor error de toda su vida y se encargaría de pagar por eso. Había hecho algo demasiado estúpido y era la hora de que rindiera cuentas. La dañó de una forma que no tenía perdón y ella lo castigaba de la peor forma posible.

Indiferencia. Ella estaba dispuesta a todo porque las cosas volvieran a ser como eran antes. Como si de pronto, hubiera sido mejor no haber mediado palabras jamás.

—¿Inuyasha? —Le llamó Miroku con cierta preocupación, mientras este salía de la casa en silencio, permitiéndose que todos le vieran como si fuera alguna clase de bufón. No. Peor aún: Como si fuera una clase de escoria repugnante.

Pero no dijo nada. Nadie entendía su dolor. Nadie sentía lo que él.

Sólo una palabra dijo antes de salir de la casa finalmente, no triunfal, como podría esperarse de él. Una palabra que le desgarró el alma como si fuera la peor arma de todas. La más dolorosa y la que más amaba decir.

Kagome.


Chismes. Escuchó los chismes otra vez. Era como si todos sus compañeros esperaran con ansias que él cometiera un error para levantar la extensa polvareda de chismes que lo atosigaban. Le sorprendía cómo era que tenían el descaro de hablarlos enfrente de él, sin ninguna clase de escrúpulos; pero cómo los callaban en cuanto Kagome rondaba las cercanías.

Probablemente no era suficiente tortura. Se merecía mucho más.

Lo que le molestaba era la calumnia que atentaba contra la moral de ella. Le molestaban especialmente esos comentarios que decían que «Habían terminado porque Kagome engañaba a Inuyasha con Matsura Kouga». Incluso se habían inventado un montón de comentarios estúpidos sobre el motivo por el cual, la semana pasaba, había llegado a clases con el labio hinchado, así como también un por qué al hecho de que Kouga había llegado a clases con un ojo completamente morado.

Sí, demás que todo el mundo sabía que se habían peleado. ¡Y claro! ¡Por supuesto que todos sabían quién era la manzana de la discordia! Bufó con molestia recordando esas cosas y trató distraerse en otras cosas, pero le fue imposible luego de escuchar algunos otros de los rumores esparcidos cuidadosamente por toda el aula de clases.

Y eso lo tenía demasiado molesto y cansado.

¿Y ellos qué sabían? Otros comentarios rondaban desde las drogas, los yakuza, apuestas y hasta un chisme que hablaba de Kagome embarazada: que si no era de él, seguro iban a montarle un crío a Kouga, a pesar de que él sabía que ese era un motivo estúpido y falso.

Patético, asqueroso y enfermizo.

Todos lo habían visto. Todos habían visto a Kagome en brazos de Kouga la semana pasada y eso había detonado el problema a nuevos niveles. Ahora todo parecía tener más lógica para ellos. Y cuando al día siguiente aparecieron en clases como si nada hubiese sucedido, supieron que habían peleado. Tal vez no muy fuerte, pero lo habían hecho. Y aún así, eso no cambiaba el hecho de que los comentarios indecentes seguían al pie del cañón.

¡Qué desafortunada suerte la suya!

¿Cómo era tan estúpido? ¿Cómo se dejó llevar por su ira y su estupidez?

Le molestó a sobremanera el hervidero de comentarios que giraban en torno a su persona el día de hoy. Kagome no había asistido a clases ese día. Nadie supo por qué. Kouga Matsura lo tenía vigilado, listo para encarnar la venganza. Todos lo vigilaban. ¿Por qué no lo dejaban en paz?

Si Kagome supiera que él tan sólo era un hombre que había cometido un gran error. Ni siquiera necesitaba que se lo recordaran. Ni mucho menos.

A escondidas, extrajo de uno de los bolsillos de su chaqueta una hoja de papel, arrugada y maltratada, pero en mejor condición que muchos de sus cuadernillos escolares. Extendió la hoja hasta que el contenido fuera visible y releyó una vez más.


Hoy sucedió algo que no me esperé. No me siento feliz con eso. Me siento triste. Me siento tan mal que desearía morir en este momento. Sí, te contaré.

Hoy me trataron de asaltar mientras caminaba a la estación del metro, cuando regresaba por la tarde de mis clases extracurriculares. Estaba tan asustada que grité desesperada por ayuda, pero nadie me quiso ayudar. ¡Me sentí horrible! Quería que alguien me escuchara o que la tierra se abriera en dos y me tragara viva para no tener que afrontar tal agüero, pero entonces sucedió. Él... él se acercó. Él, mi salvador. Se acercó, me defendió, ahuyentó a mi asaltante y logró que se fuera lejos. Muy lejos.

Estaba tan emocionada por verlo: ¡Era nada más y nada menos que Inuyasha Minamoto! ¡Inuyasha Minamoto! ¡Inuyasha Minamoto había sido mi salvador! Y cuando él se dio la vuelta, esperando que yo le diera las gracias por haberme salvado... me di cuenta.

Inuyasha Minamoto no sabe quién soy. Para él, sólo fui a una chica con suerte que encontró camino a la estación del metro, con la cual se relacionaba de una única forma: de la forma salvador-salvada. Lo vi en sus ojos cuando se volvió con su adorable porte de arrogancia, esperando como mínimo un gracias.

Me deprime, me mata por dentro saber que él nunca se fijará en mí. Que no soy lo suficientemente linda, lo suficientemente femenina, lo suficientemente buena como para que él sepa que existo. ¡Las vacas tendrían que viajar al espacio para que eso sucediera!

Después de todo... nunca tuve oportunidad.


Kagome nunca sabría que guardaba esa hoja para él. Para recordarse por qué debía amarla tanto. Por qué debía de ser bueno con ella, sin importar lo mucho que ella le hiciese rabiar. Pero se equivocó... y lo hizo.

El único motivo por el que no se permitiría que Kagome lo abandonara, que se alejara de él, que se comportase como si nunca hubiesen tenido contacto, era precisamente porque nadie había sentido lo mismo que ella sentía por él. No importaba cuantas chicas ya le hubieran confesado su amor; nunca había sentido lo mismo que ahora sentía por Higurashi Kagome: desde la poco convencional forma de comportarse con él hasta su original forma de declararle su amor, toda ella era completamente diferente de lo que sentían las otras chicas. No importaba cuánto quisieran hacerle ver lo contrario. ¡Estaba enamorado de Kagome Higurashi!: la futura escritora del siglo XXI, la chica que estaba enamorada de él en secreto y la misma que él estaba adorando en ese momento con toda la locura que podía haber en un hombre.

Era demasiado estúpido. Él era un idiota. Y si recordárselo toda su miserable vida ayudaba a arreglar las cosas con Kagome, lo haría. Y lo haría feliz.

Necesitaba desahogarse. Y rápido.

Con rapidez, se levantó de su pupitre en silencio, justo a mitad de clase de literatura. Caminó en silencio hasta la puerta, silencio que le acompañó gracias a la mudez de su profesora y sus compañeros. Nadie siquiera se atrevió a cuestionarle.

—¿Minamoto-san? ¿A dónde cree que va? —Preguntó la profesora con timidez y miedo, sabiendo que era todo un milagro que el chico permaneciera tanto tiempo en clases en el último mes. Comenzaba a parecerle demasiado bueno para ser cierto.

Kagome... —Susurró él en voz baja mientras salía de la clase, dejando detrás el estallido de habladurías respecto a su relación con Kagome.

En realidad ellos no sabían ni entendían nada.


Su camino lo llevó lejos del instituto, de la misma forma en que lo hacía antes de darse cuenta de la existencia de Kagome. Cuando su cabeza era una vertiginosa ola de confusión, su cuerpo sabía exactamente a dónde llevarlo: Lejos. El rumbo que sus pies siguieron no parecía fijado, ni mucho menos. Era una ruta que sus pies recorrían de memoria desde la muerte de Kikyou.

Sí. Kikyou.

Llegar al cementerio fue casi un alivio para su psique, que estaba fuertemente afectada por los problemas que le agobiaban de momento, el no poder hablar con Kagome, el sentirse tan frustrado por haber arruinado todo. Sí, eso era. Había arruinado con creces su oportunidad de acercarse a Kagome. Y a cambió, se merecía lo que le sucedía ahora.

Se acercó lánguido a la vieja lápida y se dejó caer cerca de ella. Ni siquiera traía flores para ella. No tenía deseos de realmente nada. Sólo necesitaba un lugar en el cual pensar.

Es decir, ¿cómo podía tener deseos de descargar su malestar cuando el mismo se lo había buscado? Simplemente no se sentía él mismo. Se sentía todo un bastardo mal nacido que sólo había herido los sentimientos y el corazón de Kagome. Era lo único que había hecho bien (mal) desde que supo que ella existía.

Estudió cuidadosamente la lápida que tenía frente a sus ojos, tratando de recordar cada nimio detalle de ella, las grietas, el color gris muerto de piedra que entallaba unas letras empolvadas que decían:

Q.E.P.D.

Kikyou Nishimura.

(1987-2001)

Amada hija, hermana y amiga.

Siempre estarás en nuestro corazón.

Recordó el día en que se dio su funeral. Recordaba el negro en las ropas de todos. La depresión absoluta y el duelo que se palpaba solo con respirar. Recordaba los rostros desfigurados de dolor de todas las personas que estaban a su alrededor. La familia de ella abrumada y sin consolación. Quiso largar su mano hacia ellos para expresar sus condolencias, pero no se sintió valiente. Se sintió basura.

Él, que se había prometido en silencio que cuidaría de Kikyou para ver si algún día ella fijaba sus ojos en él; se sentía frustrado y engañado. Y se había engañado a sí mismo. Era su culpa.

Si alguien le hubiera dicho que Kikyou estaba enferma y que no le quedaba mucho tiempo de vida. Si alguien le hubiera advertido que el corazón de Kikyou no podía soportar mucho tiempo y que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para llegar hasta donde estaba... probablemente se pudo haber prometido algo más sencillo de cumplir.

—Hola, Kikyou. —Y su voz pareció la de un maniaco enfermo que acaba de perder todo resquicio de cordura. Pero él ya estaba cayéndose a pedazos por un despecho que el mismo se había buscado—. Hoy no te traje flores. Deberías venir del más allá a matarme. —Dijo con cierta sorna, deseoso de que un rayo le partiera en dos en ese momento.

Por un momento, casi tuvo la impresión de que Kikyou le escuchaba, y sin embargo su postura de burla y autoagresión mental no cesó.

—¿Sabes que hice una estupidez? —Dijo él, alzando la vista hacia el claro cielo de mediodía. Un suave y fresco viento sopló de pronto, logrando que en sus labios se curvara una tenue sonrisa—. Seguro que lo sabes mejor que yo. —Y entonces se sintió escoria de nuevo—. Hice algo... terrible. —Se culpó a sí mismo, incapaz de decir algo más.

Seguramente, Kikyou sabía cómo estaba la situación y el por qué había cometido semejante tontería. Kikyou ahora estaba muerta. Ella podía verlo todo en el cielo, donde estaba. Así que no había mucha necesidad de entrar en esos detalles.

—Ella... se rindió. Y creo que yo también, Kikyou. —Dijo mientras se llevaba una mano a la cara, tratando de contener el mal sentimiento que tenía en la cabeza—. Kagome me odia porque le hice algo terrible. Yo también creí que la odiaba por eso, pero... —Y entonces se detuvo. Había llegado la parte dolorosa. La misma que había estado dándole vueltas desde que Kagome huyó, lejos de él, cuando se enteró de que Kagome...—,... me di cuenta de que la amo tanto que no podría. Ni siquiera sé cómo fue que sucedió. Yo-... —Y luego volvió a callar. Kikyou ya lo sabía. Desde el cielo, seguro que ya lo había visto todo—. Definitivamente ya no tengo más oportunidad. —Concluyó mientras bajaba la cabeza, pasando saliva con dificultad, buscando aplacar el instinto de echar a llorar en ese momento.

Se contuvo, porque se sentiría peor si era Kikyou quien tenía que verlo llorar. Él se lo había buscado y él iba a pagar las consecuencias de sus actos. Quisiera o no.

En medio de su loco desvarío, sus oídos pudieron escuchar un leve sonidillo de pasos acercándose peligrosamente hacia donde él estaba. Posiblemente anonado por su reciente confesión y los nervios de que alguien pudiese tacharlo de loco en ese momento, corrió tan pronto como pudo a un gran árbol que se encontraba a medio metro de distancia de la tumba de Kikyou y subió sobre sus ramas, tratando de ocultarse de los posibles visitantes.

Luego, esperó. Y una vez que los pasos se detuvieron, se puso blanco como el papel.

Kagome.

Kagome estaba ahí.

La observó, tan demacrada como él. Llevaba un bonito vestido azul rey, con encaje en los tirantes y en los bordes finales del vuelo de su falda. Estaba paliducha y sostenía en sus manos un ramo de flores de campanilla china. La podía ver desde su distancia: temblaba, casi como si sufriera hipotermia. Parecía tan vulnerable.

—Hola, Kikyou-san. —Y la voz de ella finalmente hizo acto de presencia. La observó, encaminándose lentamente hacia la tumba y cambio las viejas flores marchitas de campanilla china que él mismo había colocado en su última visita. Kagome inspiró el tranquilo aire que tenía el cementerio y su mirada se opacó. Definitivamente no estaba bien—. Sé que tal vez no me conozcas. Pero yo a ti sí. Le pedí como un favor a Miroku, el primo de Inuyasha... que me dijera dónde estabas. Desde que sé quién eres, he tenido muchos deseos de conocerte. —Dijo ella, para la absoluta sorpresa de Inuyasha. Entonces ella sonrió, con todo el dolor de su corazón palpándole—. Encantada de conocerte, Kikyou-san. Yo soy Higurashi Kagome.

Y luego, ella se desplomó. Justo de la misma forma en que le hubiera gustado desplomarse frente a ella. Se mostró de la misma forma en que se encontraba ahora: vulnerable. Tuvo un inquietante deseo por bajar en ese momento y gritarle a los cuatro vientos lo mucho que la amaba. Pero se contuvo y aguardó. Tenía que ser paciente.

—¿Sabes? Yo siempre creí que Inuyasha nunca se fijaría en mí. Siempre pensé que él nunca me hablaría. Él siempre fue algo inalcanzable para mí. Ahora lo sé. —Dijo ella, aún tirada en el suelo. Por la forma quebradiza en la que se expresaba, supo que estaba llorando.— ¡Yo creí que tendría una oportunidad! ¡Creí que la tenía cuando supe que él me conocía, que él sabía de mí! ¡Yo creía que tendría una oportunidad de que él se fijara en mí, hasta que supe que te amaba a ti! —Gritó Kagome, completamente destrozada.

La cabeza de Inuyasha quedó en blanco. ¿Eso era lo que le habían dicho a Kagome? ¿Que aún amaba a Kikyou? Sin querer, sintió vergüenza. Sentía que había jugado con ella de la peor manera posible. No tenía el perdón de nadie. Mucho menos de ella.

—No creo que esté bien que me quede mucho tiempo aquí. Inuyasha podría venir. Yo-... sólo quiero que sepas que Inuyasha realmente te ha amado. Siempre. Y por eso sé que no tiene caso que me esfuerce para que se fije en mí, aún cuando lo amo tanto. Porque sé que nunca voy a conseguir que él sienta algo por mí. Me rindo. —Dijo la chica de castaños ojos mientras se levantaba de su lugar—. Y si para que él sea feliz, tengo que rendirme, eso haré. —Fue lo último que Kagome dijo al respecto, pues sus lágrimas ya no le permitían continuar—. Gracias, Kikyou-san. Adiós. —Y diciendo esto, Kagome marchó finalmente, tan rápido como llegó.

Aguardó, sentado en la añeja rama del árbol, impávido y completamente aturdido por lo que acababa de escuchar. Era cierto. Él había perdido. Había perdido a Kagome. Sus ojos estaban abiertos cuales platos debido a la impresión. Su mente era todo un remolino de ideas incoherentes.

Perdido. Había perdido. Y la había perdido a ella también.

Tembloroso, se dejó caer frente a la tumba de Kikyou. Los ojos le ardían mucho. Se llevó una mano torpemente y limpió el grueso surco que comenzaba a dejar sobre su mejilla. Se encontró a sí mismo llorando y eso lo hizo sentir lástima por sí mismo. Era demasiado idiota. ¿Cómo no pudo ser paciente? Pero no. Todo él era un modelo de impaciencia perfecto. Y su impaciencia le había costado caro.

—Te lo dije, Kikyou. La perdí. Perdí a-... a Kagome. —Sentenció Inuyasha, ahora sintiéndose definitivamente derrotado. Deseaba con todas sus fuerzas que Kikyou se levantara de la muerte y con una voz de ultratumba le advirtiera que iría a penar sino arreglaba las cosas con Kagome. Aunque fuera sólo para aclarar que nunca había jugado con ella.

Haría lo que fuera para demostrar que estaba arrepentido de haberle hecho tanto daño a Kagome. Aunque tuviera que provocar la ira de Kouga Matsura con ello. Sólo quería saber si tenía la oportunidad de arreglar las cosas. O si sólo le quedaba la rendición definitiva, la misma que lo condenaba de nuevo a estar solo e infeliz.


Fin del Capítulo 9.

Continuará.