Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi, es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.
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por Onmyuji
Capítulo 10. Confesión.
No se sentía tan mal como lo había imaginado. En realidad, se sentía bastante bien. Pero aún así, no pudo remediar nada con el hueco que tenía dentro. La sensación de vacío parecía que estaba para quedarse dentro de su cuerpo, aparentemente perdida en algún lugar del mismo, por lo cual no podía tomar medicamentos para arreglarlo. Lo suyo no era tan físico como quería creer, por eso no tenía cura.
Al menos no la tenía de momento.
La clase de literatura le pareció abrumadoramente aburrida, a pesar de que era su clase preferida de todas. No se explicaba el hecho de que de pronto tuviese esa sensación de malestar, de incomodidad. El ambiente estaba denso y pesado. ¿Por qué el hueco que sentía no se calmaba un poquito?
Tuvo la ligera impresión de que era ese hueco lo que le quitaba los ánimos de hacer todo.
Ignorando olímpicamente la clase, volvió la vista hacia la ventana y se enfocó especialmente en los grandes y negros nubarrones que aseguraban que llovería ese día. Lo peor de eso, es que tenía pinta de llover pronto y ella no llevaba sombrilla.
A fin de cuentas, Kagome decidió no pensar más en lluvia. Eso lastimaba más aún el hueco que tenía por dentro. Pensó que era el momento ideal de concentrarse nuevamente en Saikaku Ihara, el escritor en turno para estudio. Pero sin embargo, no pudo. Quiso enfocarse en alguna cita famosa de alguna de sus obras, pero sus intentos fueron en vano.
A decir verdad, ni siquiera llegó a volver la vista hacia donde se suponía que debía de tenerla. Sus ojos castaños seguían fijos en la ventana; esta vez, más concretamente, fijos sobre la entrada del instituto.
Había llegado la persona a quien esperaba en secreto. Su cuerpo se tensó al verle llegar triunfal. Había esperado todo un fin de semana para volver a verlo. Por lo que sabía, había estado fuera de la ciudad por las preliminares del campeonato regional de lucha, mismo que sería en dos o tres meses. Y tanto tiempo sin saber de él le tenía ansiosa.
Ya era una semana fingiendo que no existía para Inuyasha. ¿Tan difícil le parecía? Realmente sí. Rendirse la había costado penurias y ahora estaba pasándola mal. Pero era lo que Inuyasha realmente quería.
Estaba realmente distraída, tanto que no escuchó en lo absoluto las llamadas de atención de su profesora, ni siquiera la pregunta relativa a un tema que no tenía deseos de saber. Cuando por fin llegaron a sus oídos los reproches de su maestra y los murmullos de sus compañeros. Se levantó de su lugar al instante y apuró a hablar—. Profesora, ¿le importaría si salgo castigada al pasillo por mi falta de atención? —La profesora quedó boquiabierta al escucharla proponerle tal cosa, sabiendo el significado implícito que tenía la pregunta.
Por eso, antes de poder recibir respuesta alguna, Kagome se movió por el pasillo y salió de la misma forma como si la hubieran castigado. Nadie pareció entender por qué, así como a nadie le importaba, (a excepción de una frustrada profesora de literatura que lamentaba que su alumna preferida se auto-excluyera de la clase).
Era toda una suerte para Kagome que ni siquiera tuviese la necesidad de regresar al aula después de esa clase, puesto que de ahí continuaba la campana del almuerzo. Así se evitaría las habladurías de todos en el aula. Además, tendría la suerte de que sería ella la primera persona que pudiera tener contacto con Inuyasha desde su triunfal regreso a clases.
El hueco dentro de ella ardió, como si le hubieran echado alcohol a la herida que comenzaba a suturar y luego tallaran contra ella con una fuerza sobrehumana. La sensación de malestar que le agobió, la obligó a sostenerse con fuerza contra la pared, apretando fuertemente contra su pecho.
En ese momento, escuchó los magnificentes pasos de esa persona. Y supo que había vuelto.
Con el semblante adolorido, sabiendo que no tendría el valor de volver hacer frente a los maravillosos ojos dorados de Inuyasha, Kagome mantuvo la vista hacia baja, sosteniéndose con fuerza el pecho, pues la simple atmosfera, la simple presencia, la esencia de Inuyasha, ya alteraba sus sentidos, ya la lastimaba.
Ella misma se había buscado ese dolor.
La sensación de molestia y nostalgia que recibió de golpe en su cuerpo luego de ver que la presencia se marchaba conforme abría la puerta del aula 3-F, entraba en ella y desaparecía; la dejó curiosa y preocupada.
Esa sensación no era de ella, quien yacía en aras de la rendición total y no tenía intención de luchar más. Esa molestia previa era...
Las cosas estaban volviendo a ser lo de antes en apariencia.
Justo tres minutos después de que el aludido personaje a quien ella tanto añoraba, ingresase en su respectiva aula, mientras ella quedaba detenida en el corredor como una castigada, volvió a verlo, esta vez saliendo sin retorno; señal segura de una feliz estancia de media hora extra para el almuerzo.
El hueco que le molestaba en su cuerpo, fue algo insoportable los siguientes quince minutos, en los cuales, su cuerpo se negó a responder a otra cosa que no fuera el estímulo del dolor. Y desde luego, Kagome no pudo pedir mejor cosa. A fin de cuentas ella se lo había buscado.
Durante su castigo auto-impuesto, todo fue completamente relativo para Kagome. A ella le habían parecido escasos cinco segundos; más sin embargo el murmullo general que se escuchaba en el pasillo indicaba que su reloj interno estaba un poco mal. Alzó la vista al escuchar los murmullos descarados de un par de chicas de segundo grado, muy preocupadas por su conversación y no por la posibilidad de que ella pudiera escucharles en el estado vegetativo que tenía entonces.
—Es que la encontró con Kouga. ¿No lo sabías? Es por eso que ellos fingen que no se conocen. Parece ser que Inuyasha no hacía feliz a Kagome, tú me entiendes. Por eso buscó a Kouga. Se dan vergüenza el uno al otro. ¡Aunque no sé de qué se preocupan! Podrían conseguirse cualquier persona que quieran como pareja. Lo suyo es pura vanidad. —Kagome no supo cómo reaccionar luego de escuchar aquello, mismo que la paralizó de la sorpresa.
¿Así que era eso lo que sus compañeros hablaban mientras ella e Inuyasha resolvían sus problemas sentimentales, lejos el uno del otro? Le dolieron mucho esas palabras. Sobre todo porque ella no sería capaz de hacerle eso a nadie. El hueco ardía, como si fuera de fuego. Eso la sofocó ya llevó a apoyarse de la pared, casi exangüe y a punto de desvanecerse.
—Kagome-chan, ¿estás bien? —Y entonces el malestar desapareció de su cuerpo. Kagome levantó la vista y observó relativamente cerca de ella al joven de cabellos oscuros atados en una coleta alta. Los ojos azules la escrutaron con preocupación. El malestar se había ido—. ¿Kagome? —Preguntó él una segunda vez. Y Kagome enfocó su rostro en los ojos azules de quien le llamaba, notando una pequeña marca en su ojo izquierdo de lo que antes había sido un hematoma.
—Estoy bien... sí, bien. —Repitió Kagome nerviosa, mientras un copioso sudor le recorría la frente. Se levantó del suelo, observando al joven que acababa de saludarle y se sintió confundida. Era casi como si su malestar estuviera huyendo precisamente de Kouga—. Gracias, Kouga-kun.
—¿Qué haces en el pasillo? ¡Creí que tenías literatura antes del almuerzo y tú siempre te quedas a discutir algo con la profesora! —Dijo Kouga mientras la ayudaba a levantarse. Kagome palideció, poco consciente de todo a su alrededor— ¿Kagome?
—¿Te importaría si vamos a la azotea a que me dé un poco de aire fresco? Me siento un poco sofocada. —Habló Kagome mientras caminaba lentamente en dirección a las escaleras, pero entonces se dio cuenta de que las piernas le fallaban un poco y se vio en la necesidad de sostenerse de la pared, rechazando expresamente la ayuda que Kouga podía proporcionarle.
Así que era por eso. ¿De eso iban los chismes cuando ella no estaba cerca? ¿Por eso Inuyasha había jugado con ella? ¿Por Kouga? ¿Era por eso que el vacío en su interior dolía y quemaba cuando estaba cerca de Inuyasha y se calmaba cuando Kouga estaba cerca? Suprimió con toda su fuerza humana las ganas de llorar y se tragó el nudo de la garganta, deseando que un rayo la partiera en dos para desaparecer por fin.
Respiró profundamente antes de frotarse las sienes, cansado. Su cabeza le decía que necesitaba comer, pero su estómago rechazó terminantemente la orden. Su cerebro le mandaba dormir y descansar para prepararse para las preliminares de lucha, pero su cuerpo no podía hacerlo, casi como si hubiera bebido diez litros de café negro muy cargado.
Tenía uno de esos ataques de ansiedad que él tanto odiaba, desde muy pequeño. Se recargó contra el grueso tronco del árbol bajo el que se ocultaba y suspiró. No estaba de buen humor, no tenía ánimos para nada. Había sido toda una suerte para él haber calificado para el torneo regional en el estado en que se encontraba. Sólo recordaba que, durante su contienda, uno de sus compañeros estaba jugando con el brazalete femenino que había encontrado en uno de los bolsillos de la chaqueta que había dejado a su cuidado y luego se le iba de las manos, quedando perdido entre el público.
Eso había resultado incentivo suficiente para terminar su contienda pronto. Y así fue. Sucedió todo tan rápido que antes de poder declarar que había calificado para las regionales, Inuyasha ya se arrastraba como un animal por las gradas, buscando desesperado el brazalete que su compañero del club había perdido recién.
Sobre Minato y Shuuji, no tenía ni idea de qué sería de ellos. Apenas había hablado con ellos mientras estaba en otra ciudad para las preliminares. Ellos no parecían felices con la sarta de rumores que se habían soltado entre las féminas luego de ver a Kagome en brazos de Kouga Matsura.
Aunque sí estaban muy felices por saber que finalmente había golpeado al intocable capitán del equipo de soccer. Cierto. Era como si sintieran que la testosterona les subía sólo por peleas territoriales (esa había sido la forma en que Shuuji se había expresado de la pelea de Inuyasha con Kouga) como esa.
Aunque también estaba el lado oscuro de esa realidad.
Ninguno de los dos estaba para nada feliz con su resolución indiferente con respecto a su adorada Kagome. Así que de eso rondó su conversación con ellos en el escaso tiempo que tuvo para hacerlo: sólo se habían dedicado a reclamarle y regañarle. Y regaños como ese ya no eran tan necesarios cuando él mismo se los había repetido hasta el cansancio.
¡Es más! Ni siquiera Miroku, quien podía entenderlo mejor; que incluso sabía con mayor exactitud lo que estaba sintiendo, podía perdonarle haberle dado tantas largas al asunto, cosa que ahora estaba pagando y con creces.
Su única salvación era enfrentar a Kouga para poder hablar con Kagome. Necesitaba hablar con ella pronto. Le estaba matando por dentro no poder hacerlo.
Con pesadez, cerró sus cansados ojos, observando por entre los huequillos que el árbol tenía, el negruzco color del cielo. Por la apariencia del clima, el aire fresco y la oscuridad asentada apenas a eso del mediodía, supo que una tormenta venía.
Pero a él no le importaba, en lo absoluto. Él tenía la mente puesta en otra parte del mundo y eso era lo único importante. Entonces, si se había prometido que levantaría la ira de Kouga Matsura con tal de poder hablar con Kagome, ¿Por qué no iba y demostraba que realmente amaba a Kagome? Había tratado de arreglar las cosas antes y no le había salido nada bien. Ahora, ¿qué garantía tenía de que esta vez no sería diferente?
Temía que la resignación de Kagome fuera enserio y que hubiese ido a resguardarse a los brazos de Kouga.
Una oleada de calor iracundo recorrió su cuerpo, en una clara señal de celos. Estaba tan frustrado por no armarse de valor. Necesitaba estar cerca de ella, lejos de las posibles féminas que estarían ahí para escuchar lo que tenía qué decirle a Kagome. Estaba realmente muy cansado de todas las habladurías. Quería arreglar las cosas con Kagome y luego gritarle en su cara a todas esas niñas excéntricas la realidad.
Con sus ojos puestos en la azotea, se perdió en medio del barullo del patio del instituto. Era demasiado débil. Y se sintió peor cuando la vio en el pasillo, en cualidad de castigada, ignorándole olímpicamente.
Era ella el motivo por el cual estaba dispuesto a reformarse y no abandonar ni una sola de sus clases, todo fuera por verla con el pasar del tiempo.
De súbito, antes de que pudiera terminar un respiro, Inuyasha se puso de pie y abandono la cómoda seguridad de su árbol. Sus pasos lo guiaron por la soledad inhóspita de los corredores del edificio escolar, mientras sus compañeros le abrían el paso con un horror incrédulo. Minato y Shuuji se hubieron agregado a la congregación, preguntando qué era lo que sucedía, pero Inuyasha se limitó a gruñir, despertando el silencio de todos por donde caminaba.
—¿Dónde está Kagome? —Se limitó Inuyasha a preguntar. Y se sorprendió a sí mismo con ese valor inusual que se apoderó de él. No podía creer lo que acababa de hacer. Y cuando vio a sus amigos con el rostro paliducho, tiritando por algo que reconoció como su miedo, señalaron el corredor y hablaron.
—La vimos en la azotea con Matsura. —Apuntó Minato, casi a punto de retroceder y salir huyendo. Pero nadie se movió ni un solo centímetro, hasta que no vieron que Inuyasha se encaminó, casi corriendo como un bólido hacia la azotea.
Las escaleras no fueron ningún problema para sí, tampoco la subida cada vez más empinada. Le parecía que no llegaba a la azotea. ¿Cuántos pisos había subido ya? ¡Había sido interceptado por Shuuji y Minato en el segundo piso! ¡Ya era hora de llegar!
—Kagome-chan, ¿segura que no quieres comer? —Escuchó una voz masculina preguntar a quien era el objeto de su total atención, relativamente cerca de donde él se encontraba. Entonces tomó el impulso necesario para terminar de subir escaleras y abrió la puerta que conducía a la azotea de un empujón.
—¡Kagome! —Gritó con fuerza, y luego la vio. Estaba tirada en el suelo, casi en coma vegetativo, abrazando sus rodillas y gesto ausente. Luego enfocó sus ojos en el celoso guardián de la chica y observó su iracunda mirada.
—¿Tú? ¿Qué carajo estás haciendo aquí? ¿Qué acaso no te dije que no volvieras a acercarte a Kagome, idiota? ¿Qué acaso no te fue suficiente con todo lo que la has hecho sufrir? —Kouga inició su ataque tan pronto, que Inuyasha no tuvo la oportunidad de defenderse apropiadamente. Luego vio que el tipo de cabellos negros se acercaba a él y lo tomaba por su uniforme, de esa agresiva forma que tanto le reconocía.
—No quiero hablar contigo. Quiero hablar con ella. —Y entonces inclinó la cabeza hacia la chica de cabellos negros, quien alzó la cabeza con confusión y clavó la vista hacia él. Sintió que una maravillosa sensación le recorría el cuerpo al sentir los ojos achocolatados fijos en él, más no del todo. Las mejillas rojas y los ojos muertos de tristeza de Kagome la partieron el alma y le llenaron el cuerpo de esa necesidad de estrecharla entre sus brazos.
—¿Para qué? ¿Para partirle el corazón otra vez? —Gritó Kouga, demasiado cerca de su cara. Inuyasha frunció el ceño, decidido a no dejarse vencer por él esta vez. Lo empujó lo suficientemente fuerte como para poder ponerse a su altura.
—¡Yo no tengo nada qué rendir contigo! ¡La única persona que merece una explicación de esto es Kagome! ¡Tú no eres nadie para exigirme explicaciones! —Las acusaciones eran crueles, pero Inuyasha tenía razón. Kouga sólo había ayudado al estado de ánimo de Kagome, pero ambos sabían a quién amaba Kagome.
—Pues quieras o no, me tendrás que rendir a mí cuentas, porque no voy a permitir que la lastimes otra vez. —Los humos se fueron calentando y pronto pareció que lanzarían la pelea directa, cuerpo a cuerpo. La mirada de Inuyasha marcó el desdén que sentía.
—Lo que sucede es que te molesta que exista una posibilidad de que quiera dejar en claro las cosas con Kagome y tú pierdas la oportunidad de atraer su atención, sólo porque la quieres. —Las palabras que recién había escupido Inuyasha parecían cargadas de esa ira mortal llamada celos. Kouga frunció el ceño con ira, apretando la mano en un puño con fuerza y lo alzó.
—¡Eres un-...! —Y en el instante en que Kouga se preparaba para lanzar el primer golpe e Inuyasha daba un paso hacia atrás, cuando la figura femenina por la cual estaban ahí, se colocó frente a Kouga y le observó con la expresión encaprichada y el ceño fruncido—. Ka- Kagome, ¿qué haces? ¡Quítate para poder darle a este idiota lo que se merece! —Gritó Kouga, pero Kagome no se movió ni un ápice y, por el contrario, enfrentó la iracunda mirada del chico.
—No, Kouga-kun. No te voy a dejar que lo golpees. —Dijo Kagome con toda la sencillez que le permitía—. Voy a escuchar lo que tiene qué decir. —Y las finas y femeninas facciones se relajaron en una expresión que rayaba en la ternura, mientras se encaminaba al aludido de azulados ojos y lo empujaba suavemente—. Por favor, Kouga-kun.
Inuyasha notó la tierna forma en que llamaba al chico y sintió que los celos se apoderaban de él. ¡Y si Kagome tanto quería al idiota pues podía quedarse con él, para lo que le importaba!
No, mentira. Por supuesto que le importaba. Era por ello que estaba ahí, enfrentando a Kouga.
Kouga le observó, frustrado por la forma en que Kagome había intervenido en su futura pelea, como si nada hubiese sucedido. La tensión fue desapareciendo de sus alterados músculos antes de que una suave sonrisa adornara sus labios—. Está bien, Kagome. Pero no le voy a permitir que vuelva a hacerte daño. Si te hace algo ni siquiera tú podrás evitar que quiera matarlo. —Y diciendo esto, dio los pasos suficientes como para tocar a Kagome y le dio un tierno beso en la frente antes de marcharse irremediablemente.
Después de todo él ya no tenía nada qué hacer ahí. Era el turno de Inuyasha para arreglar las cosas y él ya no tenía derecho ni obligación de intervenir.
Inuyasha observó la escena presenciada frente a sus ojos con la ira tomando nuevos niveles en su cuerpo. Estaba cansado de que Kouga acaparara toda la atención de la chica. ¿Por qué no lo entendían? ¿Tan difícil parecía dar crédito al hecho de que había olvidado su amor imposible hacia Kikyou Nishimura para amar a Kagome?—. ¡Claro! ¡Sacas a tu amiguito de escena porque sabes que perderá contra mí! ¿Por qué no te has ido con él? ¡Creí que ya no querías llorar! ¡Tal vez él te haga más feliz que nadie! ¡No importa que no le am-...! —Y entonces Inuyasha dejó de escupir el repudio sobre sus palabras al sentir el peso de una mano chocar contra su mejilla.
Con la sorpresa a flor de piel, Inuyasha presenció incrédulo la forma en que Kagome se volvía para abofetearlo con toda la fuerza femenina que podía. Confundido, se llevó una mano a la mejilla golpeada, que ahora estaba roja por la fuerza del golpe. Parecía anonado y a punto de entrar en shock. Era esta la primera vez que una mujer le golpeaba.
Las mejillas de Kagome estaba enrojecidas y sus ojos brillosos, a punto de estallar en un largo y tendido llanto. El cielo se agitó en medio del aire frío y suaves sonidos que venían de los truenos—. Ya estoy cansada de este juego.
Entonces, Kagome se rompió.
Estaba cansada de ser el jueguito de Inuyasha. Estaba destrozada por no poder tener su amor, por tener que vivir a la sombra de una mujer que ya había fallecido.
—Ka-Kagome...
Un trueno se escuchó, acto seguido, una suave lluvia comenzó a caer, mojándolos a los dos por igual.
—¡Cállate! ¡Ya me cansé! ¿Por qué no te das cuenta de que no es fácil para mí? ¡Desde que te conozco te he amado como no voy a amar a nadie más! ¿Y qué fue lo que hiciste? ¡Jugar con mis sentimientos! ¡Te tomaste la molestia en jugar conmigo, sabiendo que siempre amarás a Kikyou! ¡Por eso sé que no tengo oportunidad! ¿Cómo quieres que te escuche? ¿Quieres que lo haga para que me recuerdes lo miserable que será mi existencia sabiendo que no pude competir contra alguien que ya murió? ¿Acaso quieres burlarte de mi miseria? ¡Pues adelante, hazlo! ¿Qué caso tiene que sufra por ti si para ti sólo fui una broma? ¡Adelante! ¡Ya perdí todo lo que podía, ya no hay nada más que puedas quitarme! —Y se acercó a él para darle leves golpecitos en el pecho. Las lágrimas en sus ojos eran una señal evidente de que ella estaba sufriendo y estaba perdiendo todavía más en ese momento.
Y las lágrimas parecieron el amor que se iba de ella. Tuvo la tentación de abrazarla, pero se contuvo. Aún no podía hacerlo. Y eso le dolía.
—¿Por qué te amo tanto? ¿Por qué sigo haciéndolo? ¿Por qué? ¡Ya no quiero que sigas jugando conmigo de esta forma! —Y entonces gimoteó completamente aturdida por el llanto.
El dolor de todas las palabras que habían salido de los labios de Kagome lo destruyeron lentamente por dentro, mientras las lágrimas finalmente se atrevían a salir de sus ojos sin ninguna clase de represalia. La lluvia comenzó a caer con mayor fuerza, ocultando oportunamente las lágrimas que salían de él— ¿Cómo-... cómo te atreves a decir que he jugado contigo? —Y entonces Kagome la vista hacia él, completamente ofuscada por las palabras del chico de dorados ojos.
Y por la expresión dolida de su rostro y los ojos brillantes que tenía, Kagome intuyó que las cosas tampoco estaban yendo bien con él.
—¿Cómo te atreves a decir todo eso? ¿Acaso sabes te consta? —Y entonces Inuyasha la tomó por los hombros y la despegó de su cuerpo, obligándola a verle a la cara. Y por la forma en que él se movía, por la expresión desencajada de su rostro, supo que él estaba llorando, y lo trataba de disimular con el agua de la lluvia—. ¿Cómo pudiste creer todas esas idioteces? ¡Si desde que sé que existes no has salido de mi cabeza! ¿Quieres que te lo diga? ¡Sí! ¡Sí, Kikyou sabe que esto sucedió! ¡Pero yo no quería que tú vieras que realmente soy un idiota! ¡Por eso la visitaba! ¡No sé por qué...! ¡Tú...! ¿Cómo pudiste creer que yo...? ¿Cómo pudiste creer que la visitaba porque la...? —Y entonces paró. Ambos sabían lo que quería decir con eso—. ¿Cómo puedes, si estoy enamorado de ti? —Y entonces los ojos de Kagome se abrieron, enormes, debido a la sorpresa
Y se soltó lejos de él, dejándose caer al suelo, completamente azorada por lo que él acababa de decir. Las lágrimas se desbordaron, en medio de su insólita incredulidad.
Inuyasha tomó un respiro antes de dedicarse a acusarla de nuevo. Y esta vez fue más específico—. Después de la pancarta de tu cumpleaños, ¿por quién me tomas? ¡Ya sabía que era tu cumpleaños! ¡Leí tu cuadernillo! Con cada página que leía, me daba cuenta de todo lo que tú sentías por mí y yo no sabía cómo sentirme. ¡Me gustaba la forma en que escribías de mí! Y luego me di cuenta... de que ya no te podía sacar de mi cabeza. Después comencé a adorar la forma en que te expresabas de mí. ¿Te imaginas la clase de imbécil que me sentí cuando leía lo feliz que eras por cosas como que yo pasara a tu lado? ¿Te lo imaginas? ¡Y sin embargo te adoraba cada vez más!
Kagome se sumió en una especie de estupor al escuchar todas aquellas palabras que no había soñado escuchar de Inuyasha jamás. Y tocó la herida que todavía dolía. Y el hueco en su interior quemó con la intensidad de mil soles.
—El día de tu cumpleaños, quise confesarte lo que sentía por ti, pero nada me salió bien. Fui tan patético. Por eso me ofrecí de voluntario a ayudarte, porque encontré que sería la única forma de hacerlo sin que pensaras que todo era por el cuadernillo. ¿Sabes lo que me ha costado estar lejos de ti, sabes lo que me ha costado hacerme a la idea de que te has resignado a que yo me fije en ti cuando estoy muriendo de amor por ti? —Y se tiró de rodillas frente a ella, mientras dejaba que las lágrimas silenciosas se escurrieran de sus ojos y la estrechó en un fuerte abrazo finalmente, asegurando que ella no se desvanecería en ningún momento.
Kagome seguía tan expectante como al principio. Inuyasha la quería. Le parecía tan mágico como un sueño. Por poco y pareció que no lo creía. Pero el hueco que quemaba en su cuerpo desapareció paulatinamente y en cuestión de instantes. Supo que no estaba soñando, pues el dolor físico era demasiado táctil.
—¿Me darías la oportunidad de demostrarte que lo que te digo es verdad? ¿O me piensas dejar morir de amor sólo porque ya te has resignado? —Le lloriqueó Inuyasha a Kagome, sin soltarla por nada del mundo.
Ya no les importaba lo fuerte que cayera la lluvia, ni si pescarían un resfriado. Si era necesario, Inuyasha cuidaría de ella a costa de su propia salud. Sólo quería estar con ella. Lentamente, Inuyasha fue deshaciendo su abrazo, para observar a la sorprendida Kagome que no podía dar crédito a lo que sucedía. Es que todo había sido tan rápido, pero no era un sueño.
Con lentitud, el rostro masculino se acercó lentamente al rostro de Kagome. La misma chica sintió venir el tacto masculino al sentir el rostro de él cada vez más cerca. La humedad se fue convirtiendo en un cálido vapor que le dio un aire más romántico a la escena. La distancia entre sus rostros se fue eliminando paulatinamente, de la misma forma en que sus ojos se fueron cerrando. Kagome se aferró por vez primera a las ropas masculinas al sentir el contacto cada vez más cerca. Se dio cuenta de que él respiraba a un ritmo irregular, pero que de igual forma le permitía sentir el hálito de él.
Ambos se dieron cuenta de que perpetuar ese momento era lo mejor que podían hacer, ahora que oficialmente todo parecía pintar mejor para ellos. Inconsciente, Inuyasha ladeó suavemente su rostro, buscando un mejor ángulo para besarla. La distancia casi parecía nula cuando sus bocas se entreabrieron. Kagome sintió que el corazón se le aceleraba ante el próximo contacto.
La inseguridad se percibió en los dos cuerpos cuando Kagome trató de dar el primer paso y luego se retractó, casi insegura de estar haciendo lo correcto. Pero Inuyasha había sido más rápido y antes de que Kagome se alejase de él, la atajó con ese beso que tanto habían buscado.
No era lo mismo que comenzar desde cero, pero era garantía de que los dos realmente se sentían bien el uno con el otro. Era esa seguridad de que se amaban de verdad y que no se alejarían otra vez. Era la pauta para volver a estar juntos. Kagome suavemente se acomodó entre los brazos masculinos, sin deseos de terminar ese beso; así como Inuyasha la sostuvo sin ceder ni un ápice.
Ante la inevitable falta de aire, Inuyasha se alejó suavemente de Kagome, quien tenía las mejillas rojas de pena. Inuyasha sonrió suavemente mientras le limpiaba el rastro de agua de lluvia que le mojaba la cara, antes de quitarse su chaqueta y ponérsela a Kagome.
—No quiero que te resfríes, al menos no mucho. Pero en todo caso, ha sido mi culpa que estés aquí afuera en la lluvia y supongo que tendré que cuidarte entre tanto. —Y diciendo eso, la cubrió con la chaqueta y la tomó entre sus brazos. Kagome se acomodó suavemente entre ellos y lo observó, con la incógnita en el rostro.
—¿De verdad no estoy soñando ni es alguna clase de broma? —Dijo Kagome, a punto de saltar lejos del abrazo del chico de cabellos plateados, quien le vio con reproche.
—Se acabaron las bromas. Ahora sólo cállate y acomódate. ¡Ah! Y finge que el agua te lluvia te hizo mal. Te llevaré a la enfermería para que te seques. —Dijo mientras se encaminaba hacia la puerta que daba a las escaleras y se encaminaba a la enfermería.
—Siempre que no estés muy lejos, ¿sí? Creo que podría acostumbrarme a esto. —Dijo ella mientras recargaba su cabeza contra el pecho de Inuyasha y sonreía.
—Creo que yo también.
—Ahora sé qué sentías cuando se levantaron todos esos rumores... —Dijo Kagome mientras cerraba los ojos, soltando una risilla. Inuyasha sonrió, como no lo había hecho en días.
—¡Pues será mejor que te prepares! Porque se soltarán más aún cuando sepan que hemos vuelto... —Advirtió él mientras se paraba a mitad de la escalera y se inclinaba para darle un beso en la frente a su amada Kagome. Luego volvió a reanudar su camino directo a la enfermería.
Kagome sonrió ante el adorable tacto.
—Inuyasha...
Le llamó ella nuevamente mientras se aferraba a su agarre, caminando en medio de los pasillos vacíos que se fueron mojando tras su paso. Las clases habían comenzado y era seguro que nadie les molestaría, al menos en un tiempo. Inuyasha hizo un ruidito, indicando que la escuchaba, pues no tenía cabeza para otra cosa que no fuera tenerla segura.
Luego pasó y enrolló sus brazos alrededor del cuello masculino, feliz y enamorada—. Yo también te quiero. —Dijo ella, mientras ocultaba el enrojecimiento de sus mejillas bajo la chaqueta escolar de Inuyasha.
Los labios del de chico de dorados ojos se curvaron en una enorme sonrisa. —Ya lo sé. Lo supe desde que te conocí.
Fin del Capítulo 10.
Continuará.
