INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA HISTORIA SI.

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Serie de Oneshots que tendrán conexión entre si

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Una primera Vez.

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ACTO 13

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Que vieron nacer a sangre de su sangre

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― ¿Ya ves porque me parecía tonto venir?―arguyó un poco amigable Bankotsu que estaba al mando del caballo en que el venía Kagome y donde él estiraba las riendas.

Kagome insistió en que la trajera al mercado local porque necesitaba comprar cosas para su recién estrenada cabaña. Pero el principal motivo es que estaba demasiado aburrida todo el tiempo encerrada y cuidada por su esposo, sino también por todos que no la dejaban a sol ni sombra.

En realidad era una excusa para salir, ya que bien que podría pedirle a Sango que fuera por esas cosas, pero al menos antes de recluirse para dar a luz, quería respirar un poco.

Los partos en esta época no eran como ella habia visto de su tiempo. Aquí las mujeres se recluían en sus casas esperando el momento crucial, y la ventaja que tenía ella es que la atendería una comadrona con mucha experiencia como Kaede.

Solo cuando ya regresaban a su casa, cargados con las cosas que Kagome decía necesitar , fue que la joven insistió:

―En serio, Bankotsu, no deberíamos temer. ¿Ves como este viaje fue bien fácil?, podemos venir por lo menos dos veces a la semana

―Claro que puedes venir….pero cuando hayas teñido al niño. No antes. De hecho esta es la última vez que hacemos este trajín―respondió él, con los ojos muy serios y mirando al frente.

―Aguafiestas―refunfuñó ella, aunque enseguida alzó la mirada y añadió―. Oye, espera ¿dijiste niño? ¿Tu sospechas que podría ser un varón?

―No es que sospeche, es que tengo la certeza―fungió seguro el hombre

―En mi época se usan aparatos para saber el sexo de un bebé a los pocos meses de embarazo―comentó ella

―Pues no estás ahí. Tendrás que conformarte con lo que yo te digo. Será un varón, lo sé.

― ¿Cómo lo sabes?―inquirió ella curiosa

―Simplemente lo sé. En mi familia los primeros niños siempre fueron varones, es la norma implícita.

― ¿No me digas que te disgustará si es una niña?

―No seas tonta. Claro que no me molestará. Es mi sangre y es mucho más de lo que alguna vez imaginé que tendría―finalmente dedujo él, con una mirada azul soñadora.

Eso era cierto. Todo lo que estaba viviendo en esta vida prestada era como un sueño para él pero aun así intentaba como podía tener los pies en la tierra.

Hacia par de meses habían regresado a reencontrarse con los antiguos conocidos de ella, y aunque al inicio las cosas fueron difíciles porque ambos se sentían muy cohibidos ante la mirada de los otros, al final acabaron acostumbrándose.

Bankotsu, cuyo único gran talento era la exterminación, y ante la imposibilidad de seguir capitaneando su barco pues se empezó a dedicar a matar demonios para seguir generando ingresos. Tampoco quiso venderlo, así que lo conservó además que tenía hombres a cargo suyo, a quienes ahora encargaba los trabajos de viajes aunque él ya no pudiere estar al mando. Pero secretamente tenía la ilusión de alguna vez recobrar su antigua vida con su esposa, lejos de aquel sitio. Aunque fuere imposible.

Aunque Kagome estuviera allí rodeada de amigos suyos, él no iba a abandonarla, y más en esta etapa tan delicada donde estaba pronta a ser madre.

Lo que si no toleró fue vivir en la cabaña de Kaede.

―Kagome, ¡por todos los demonios!, no somos unos arrastrados, y necesitamos algo nuestro―habia dicho el hombre.

Fue así que se hicieron de una cabaña propia.

Tal como Kikyo, que aún estaba en un proceso de recuperación lenta, habia vaticinado, Naraku extrañamente se habia escabullido de su vista. Y eso que Inuyasha y los demás estaban en cacería constante.

Kagome en algún momento hubiere querido acompañarlos, pero por su estado era evidente que no podría. Tampoco pudo sanar a la débil Kikyo, en ese aspecto, Bankotsu habia sido categórico que hasta que diese a luz no haría ese esfuerzo.

Si la sacerdotisa revivida moría antes de eso, pues que mala suerte, a él le importaba menos que un rábano. No quería arriesgar a su esposa, y fue una de las pocas veces en que se mostró autoritario con Kagome, que quiso al inicio ayudar a la sacerdotisa.

Tampoco habia podido volver a su tiempo. Por su estado no estaba posibilitada a viajar. Aunque Inuyasha la acompañase y la ayudase a ir en brazos, algo que disgustaría bastante a su marido por cierto, aun así el trayecto podría ser peligroso para la muchacha embarazada.

Lo que sí hizo y luego retomó como una costumbre de cada tres días fue la de enviar a su familia de su tiempo , una carta en un pergamino.

Su familia del otro lado del pozo estaba emocionada y expectante con ella, y su madre, a través de Inuyasha le habia mandado varias bolsas de medicamentos y ropas. También una cámara fotográfica desechable para que Kagome se tomara fotos suyas actuales.

La promesa era que en cuanto naciera, el niño y ella debían ir.

Bankotsu no podía cruzar el pozo, así que probablemente se quedarían con las ganas de conocer al marido de Kagome.

El aludido no hacía más que bufar ante eso, primero porque todavía le daba celos que se dependiera tanto de Inuyasha para estos menesteres y segundo, que Kagome dependiera tanto del material y los enseres que le enviaba su familia del otro lado del pozo. Él era de la opinión que ella debía aprender a convivir con el material con el cual disponían en esta era, aunque internamente agradecía a su suegra que los haya enviado, ya que servían para mejorar la calidad de vida de Kagome, aunque fueran materiales extraños para todos allí.

Pero no todo podría ser color de rosa. El hecho de que Naraku se haya vuelto a esconder apenas Kagome pisó el sitio con su actual esposo recrudeció las sospechas de Kikyo de que algo no andaba del todo bien.

Algo estaba mal.

Naraku en la actualidad solo tenía como esbirro a Byakuja de los sueños, y prácticamente era poseedor de toda la perla porque los únicos trozos que le faltaban eran la de Kohaku , de Bankotsu, y los del escurridizo Koga.

Pero ni sus milenarios conocimientos ni el esfuerzo que hacía en pensar en estas coincidencias pudieron darle una idea a Kikyo.

Entonces hizo algo al cual no habia tenido más opción. Ella habia fusionado su alma con la de Midoriko, mas eso se reducía al poder, y no en la esencia de la antigua creadora de la perla.

Tuvo que pedirle a Inuyasha que hiciera el favor de cargarla en las aguas del rio que cruzaba la ladera del portentoso bosque para poder entrar en mancomunion con Midoriko.

Kikyo cerró sus ojos dentro del agua sumergiéndose en ella, y de paso aliviando el dolor de sus heridas que no se cerraban nunca.

Unas heridas que llevarían a la muerte definitiva de su esencia, pero ni siquiera el saber tan cercano ese dolor horrible la preparó para la visión de la verdad de lo que se develó ante sus ojos.

Midoriko le comunicó acerca de una poderosa y peligrosa profecía, que estaba a un paso de cumplirse, porque lo más difícil ya se habia hecho.

El nacimiento de un descendiente de una mujer venida de otro tiempo y de alguien que estaba viviendo un tiempo que no era el suyo. Y que ese descendiente, fruto de aquella peculiar unión de seres que de alguna forma no pertenecían a este rango de tiempo, seria portador de un poder más allá de lo imaginable.

Un poder que si caía en manos oscuras podría incluso llevar a la destrucción del mundo entero.

Kikyo pudo sentir como el espíritu de Midoriko se removió de miedo al pensar en la gestación de ese ser. Ella no comprendía el tipo de poder que tendría, pero sería una que fácilmente podría sobrepasar los poderes de Kagome, Kikyo y Midoriko juntas.

―Todo este tiempo, Naraku fraguó que ellos pudieran unirse…―tembló Kikyo con sus ojos tiritantes―. No podemos dejar que ese bebé caiga en manos de Naraku. ¿Para qué molestarse en tener la perla si podía tener un botín más preciado?

¿No sería lo mejor, mandar a Kagome así como estaba ahora a su época?

¿Cómo demonios pudo enterarse Naraku de algo así?

En estas cosas pensaba Kikyo en su viaje de regreso luego de haber obtenido la información. Tampoco quiso develarle nada a Inuyasha que la tenía cargada entre sus brazos. Y el mitad bestia tampoco se lo preguntó, pero por el rostro de Kikyo no podría ser nada bueno.

Pero al llegar sí que lo haría.

Debían alejar a Kagome, y a su bebé por nacer por sobre todas las cosas de las garras de Naraku

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En algo tenían razón todos.

Kagome no podría viajar a estas alturas y aunque la noticia que Kikyo les habia traído les habia sorprendido, no quedaron intimidados, y eso que la antigua sacerdotisa intentó darles a entender acerca de la profecía de la forma más diplomática posible.

No quería tener otro encuentro con ese Bankotsu, que parecía detestarla, pero si habían determinado que apenas naciera lo enviarían al otro lado del pozo, donde Naraku no podría seguirlo.

Esa habia decisión de su madre. Pero aunque su esposo al inicio quiso que ella se fuera por protección, al final no pudo contra la firme voluntad de ella. Y lo que más la animó era saber que mientras esperaba el parto tendría no solo a su esposo para protegerla sino también a sus amigos.

Ya que Kagome sabía que si intentaba viajar ahora, y si daba a luz en el Tokyo del siglo 20, seria privar a su padre de ver al bebé en sus primeros instantes de vida.

―Cuando nazca el bebé, lo enviaremos junto a mi familia en mi tiempo―habia sido tajante Kagome.

Mientras estarían alertas.

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Kagome estaba demasiado agotada a esas alturas. Ya estaba en el término de su embarazo, y Sango, aprovechando que Naraku no atacaba, prácticamente no salía de su lado.

―Eres valiente, Kagome, en verdad nunca imaginé que una profecía así podría existir ….oye Kagome ¿no te molesta pensar que Naraku los usó a ti y a Bankotsu?―preguntó la exterminadora con cautela.

La intimidad de la cabaña de Kagome así como la confianza que habia entre ellas les daba la pauta para hablar de este tipo de cosas.

La joven pareció pensarlo por unos momentos antes de responder y negó con la cabeza.

―No, Sango, no tengo miedo y tanto Bankotsu como yo, no nos sentimos utilizados. Era mi destino venir a esta época, viajando 500 años en el pasado, encontrarlos a ustedes y por sobre todo encontrarlo a él, y eso que se supone que él debería estar muerto. Pero si es por eso, Kikyo tampoco debería seguir con vida. Pero sin embargo lo está. Estábamos destinados a esto, y nuestro hijo también―replicó con calma la joven esposa

―No puedo negarte que al principio no me agradaba este asunto, pero al verte tan feliz no puedo más que acompañarte―implicó Sango con la mirada baja

Kagome sonrió.

―Pondré a salvo a mi hijo, eso puedo saberlo. Si ustedes están conmigo así será―agregó Kagome

Sango sonrió.

― ¿Quieres saber algo que quizá nunca me preguntes?―refirió repentinamente la exterminadora mientras acomodaba algunas mantas en los pies de Kagome que estaba recostada.

Bankotsu no estaba cerca y eso era propicio para que volvieran a hablar como antes.

―Claro, Sango, aunque no imagino que podría ser…

La joven pareció pensar unos segundos antes de soltar un:

―Inuyasha lloró por ti. Sufrió mucho tu ausencia, y aun luego de que volviste también estuvo triste.

Kagome abrió mucho sus ojos. La verdad no quería hablar de eso, era una de esas cosas que prefería mantenerla bajo llave, pero sabía que de alguna u otra forma, era algo que siempre habría en el aire.

Solo rogaba que su marido no se diese cuenta o no le diera importancia. Habían logrado al fin, convivir en un ambiente de tolerancia que no quería estropear.

Pero aunque no volviesen a hablar jamás del tema, ella sabía que entre ella e Inuyasha siempre existiría un vínculo muy fuerte, que ni siquiera Bankotsu podría romper, a pesar de todo el amor que Kagome pudiera tenerle.

―Él está enamorado de ti, Kagome―apuntó finalmente la exterminadora.

Kagome bajó la cabeza y no respondió. Ella ya sabía eso. Pero aunque sea cierto, ella no podía hacer nada con respecto a ello.

―Yo amo mucho a mi esposo, Sango, y eso no cambiará jamás. Pienso que Inuyasha debería de intentar darse esa oportunidad que no tuvo jamás con Kikyo―habló finalmente la joven, pero mirando otro lado.

No importaba cuanto tiempo pasase, ella creía que hablar de ese tema que tanto le habia importado en el pasado ya no valía la pena.

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― ¿Podrías imaginar en algún momento que Naraku siempre tuvo intención que nos uniéramos?, desde el principio quiso usar al hijo que llegásemos a tener―musitó el muchacho acostado en el futon, que en el pecho tenia recostada la cabeza de su esposa.

Ella no respondió y siguió acariciándolo.

Habia caído la noche, y ambos sabían que sería una de las ultimas que vivirían en tranquilidad, ya que ya conocían la profecía que pesaba por su hijo neonato. Bankotsu estaba bastante nervioso, pero decidido a proteger al hijo de ambos.

La decisión más sensata hubiese sido mandar a Kagome a casa, pero ella no quería oír del asunto. Solo mandarían a su hijo en cuanto naciera, pero ella pretendía quedarse en el Sengoku a ayudarlos a luchar.

―Sigue sin gustarme tu idea de permanecer aquí. Sabes que si es por mí, tú te irías con el niño a tu mundo――añadió Bankotsu

―Sabes que eso ya lo discutimos―señaló Kagome, incorporándose levemente para mirar los ojos azules de su marido que estaban fijos al techo―. También habíamos discutido ese tema de que fuimos "utilizados"―haciendo unas comillas con los dedos, para dar a entender que ella nunca se habia sentido usada por Naraku.

―! No seas tonta, Kagome!, yo tampoco me siento usado, solo te lo decía. Solo me llama la atención como ese apestoso hibrido tuvo la idea de que podríamos unirnos al hacernos convivir de forma forzada en esa aldea tan lejana―y al decir esto último lo hizo de forma melancólica al recordar ese periodo tan bonito cuando conoció a su actual esposa. Como se detestaban, y como eso fue mutando en el profundo sentimiento que los unía.

También sentía mucha añoranza por ese periodo de su vida. Tan íntimo y tranquilo. Lejos de todo y todos.

Bankotsu quería llegar a soñar que si todo salía bien, quería volver a ese lugar y criar a su hijo allí.

Pero él era realista, sabía que mucho de eso era una utopía. Él debía estar muerto para empezar, y tampoco se atrevia en pensar más allá.

Tenía el horrible presentimiento de que no vería a su hijo crecer.

Claro, aunque se guardaba esos pensamientos frente a Kagome, no quería preocuparla más de la cuenta. Ya suficiente tenía con lo que se venía.

Por esa noche sin estrellas, intentó entregarse al sueño.

Ya mañana seria otro día.

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Cuando Kagome entró en estado de parto, fue toda una pequeña conmoción en la pequeña aldea. Ella era una joven muy reconocida y querida en el sitio, así que Kaede que iba a ser la comadrona principal, se encontró con mucha ayuda.

Pero a pesar del apoyo y lo ánimos, la tarea se le puso difícil a Kagome.

Habia comenzado con los dolores casi después del almuerzo. Hubiese sido una horrible caída si su marido no hubiese estado a su lado para sostenerla.

Ocurrido el mismo, Bankotsu se encargó de llevarla en brazos de prisa a la cabaña de Kaede, donde habia quedado junto a la anciana, que sabía que la criatura vendría en cualquier momento.

Inuyasha apenas se enteró, prácticamente junto con Miroku se apostó en las cercanías, vigilando con ojos escrutadores, y maximizando su sensibilizado sentido del olfato, en busca de probables enemigos o intrusos. Incluso de cualquier agente extraño.

El hibrido no podía negar que le hubiese gustado estar cerca de Kagome en este momento tan crucial de su vida. Pero eso no podía hacerlo.

El bebé que iba a nacer ya tenía un padre y no era él. Sino ese hombre que vigilaba nervioso afuera del lugar donde estaba la parturienta rodeada de Kaede, Sango y Kikyo.

Al menos haría lo posible por protegerlo. Es lo menos que podría hacer.

Tenía una sensación agridulce en el cuerpo por ello, pero no por ello su convicción era menor. Iba a protegerla a ella y al niño con su propia vida si hiciera falta.

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Bankotsu no habia querido ir con ese dúo, como él llamaba a Miroku y a Inuyasha. Él iba a permanecer cerca del sitio donde su mujer estaba dando a luz.

Estaba sumamente nervioso. No solo por la seguridad de su mujer e hijo por nacer, que él estaba seguro que sería varón, sino porque en esos momentos lo único que pensaba que esto era un gran regalo, algo que nunca ni en su vida anterior hubiese esperado.

Una sensación en el pecho le comprimía. Mezcla de emoción, miedo y nostalgia. Deseaba tanto vivir el tiempo suficiente para verlo crecer. No le habia dicho a Kagome pero hasta habia pensado en un nombre para el niño. ¿Pero si al final era una niña?, pues él no quería meter las narices, no sabría elegir el nombre de una chica, pero el nombre de su madre, Misato, le venía a la mente si se lo preguntaban.

Estaba en eso, cuando desde el interior de la cabaña, luego de un par de gritos de Kagome, al fin se vislumbró una nota mágica para sus oídos.

El sonido de un bebé que lloraba.

Los ojos cobalto de Bankotsu se abrieron en todo su esplendor al sentir aquello. Aunque no quisiera creerlo, su bebé estaba naciendo.

Moría por entrar al sitio donde estaban las mujeres, pero sabía que no podía, a menos que lo llamaran.

El bebé siguió llorando allí dentro, y a él se le figuraba celestial, hermoso, único. Como el sonido más bello del mundo.

Que provenía de una vida que él nada menos habia creado.

Por un instante miró sus manos que no importaba lo que hiciera, siempre estarían manchadas de sangre, y nunca sería diferente, aunque se esforzare en cambiar por Kagome. El pasado siempre estaría detrás de él como un estigma.

―! Bankotsu!, ¿me estás oyendo?―oyó al fin la voz de la exterminadora llamándolo, y que él por estar pensando tanto no habia oído antes.

― ¿Qué sucede?―preguntó él

―Ya puedes entrar―respondió Sango. Tenía el rostro cansado pero sonriente―. Todo salió bien, es un hermoso niño.

El padre la miraba con el rostro inexplicable y sin mediar palabras caminó hacia adentro donde en un futon doble , rodeada de Kikyo y Kaede, así como Sango que ahora estaba afuera, reposaba una Kagome con una muy mala cara, producto del agotamiento. Ni siquiera habia mirado a las otras mujeres. Su vista estaba posada en el precioso bulto que cargaba su esposa.

Bankotsu prosiguió sin decir palabra alguna, pero fue ahí que lo vió.

En los brazos de Kagome que lo miraba extasiada estaba un bebé. Un varón como le habia anticipado Sango. No podía verse con exactitud cómo se veían sus rasgos como a todo bebé que acabase de nacer, pero un poderoso sentimiento desconocido brotó dentro suyo. Una sensación extraña que nunca antes habia sentido por nada ni nadie. O sea, estaba seguro que amaba a su esposa y moriría por ella, pero el efecto que tenía ahora con ese bebé tan frágil y pequeño que yacía en brazos de su madre que lo veía con rostro fascinado.

― ¿Puedo cogerlo?―preguntó finalmente él, aunque temía tontamente dejarlo caer.

Kagome al fin pudo apartar su cara por sobre el bebé y se lo entregó sin mediar palabra.

Cuando finalmente Bankotsu cargó al niño, la sensación que tuvo antes fue mucho más potente.

El niño se veía incluso más pequeño entre sus manos. Lo examinó cuidadosamente. Tenía la piel rosada y hermosa y una pelusita de cabellos negros en la cabeza.

No podía verle el color de los ojitos que aún estaban cerrados, pero no importaba. El niño era demasiado hermoso.

―Es muy guapo―fue lo único que pudo articular Bankotsu al devolvérselo a su madre. Tenía mil cosas más que decir pero no le salían las palabras de la emoción.

― ¿Has pensado en algún nombre?―preguntó la esposa

En ese segundo y sin que ellos pudieran darse cuenta, tanto Kikyo como Kaede habían salido afuera. Estaban demás en este momento de intimidad familiar.

―Me gustaría que lleve el nombre de mi abuelo: Ranma―apuntó él―. ¿Qué piensas de él?

―Ranma…me gusta, además el bebito tiene mucho aire a ti―apuntó Kagome.

Bankotsu la miraba con una ternura que no podía dilucidar ni comprender, pero su lengua estaba atascada. Pero algo si tenía claro, quería que el bebito llevara el nombre de su abuelo. Se limitó a observar como su esposa mimaba al niño, jugando con sus pequeñas manitas y besándolo en la cara por el mero placer de hacerlo.

Ese momento era, tan perfecto, que Bankotsu tuvo el impulso de tomar por la barbilla a Kagome y besarla suavemente, sorprendiendo a ésta por la extrema delicadeza y terneza.

―Lo protegeré con mi vida, o al menos lo que tenga de ella―arguyó finalmente Bankotsu, en voz baja, para no asustar a su esposa en tan precioso instante.

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Pero luego de toda calma vino la tormenta, ya que horas después del alumbramiento del niño, ya empezaron a vislumbrar un plan para enviar al niño al tiempo de Kagome junto a su familia que ya habia sido avisada, a través de Inuyasha, que en teoría sería el encargado de llevarse a Kagome y al niño, para después regresar él y la joven madre para buscar a Naraku.

―Todo este silencio no me gusta―apuntó Bankotsu.

Habia venido de un corto rastrillaje, en la cual no habia podido hallar nada.

Miroku e Inuyasha también vinieron con las manos vacías de otra parte.

Algo estaba mal, bastante mal. Y conociendo a Naraku. Algo planeaba. Ya debían mandar a Ranma de aquí.

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―Es tan pequeño, y tendré que alejarme de él―murmuró Kagome sosteniendo el bebecito en brazos

―Es peligroso que siga aquí, y lo sabes―afirmó Kikyo que estaba junto a ella y Sango. La antigua sacerdotisa insistía en estar cerca también, no tanto porque Kagome le interesase, sino porque ese niñito la intrigaba.

Era un bebé y obviamente no tenía ninguna manifestación del poder que la profecía mencionaba, aunque Kikyo no dudaba de la palabra de Midoriko.

Sus pensamientos fueron parados por un instante.

―Kikyo…. ¿podrías sostenerlo un momento?, me gustaría ir a lavarme la cara―dijo de repente la madre, levantándose de por encima de los futones que habían instalado sobre los tatamis y que ella usaba para amamantar al niño.

La aludida ya no pudo responder, cuando Kagome ya le estaba depositando al bebé en brazos, haciendo que sus ojos marrones se abrieran con toda sorpresa.

A Kikyo le agradaban mucho los niños. Pero tampoco pensaba que llegaría el momento que estuviera cargando al hijo de su rival.

Kikyo se quedó sola en el cuarto con el niño, mientras la madre salía. Sango no estaba allí.

Fue ahí que lo observó. Pequeño, frágil, sin atisbo de ser más que un humano en miniatura sin poder ni fuerza.

Si de verdad temían a la profecía, ella podía hacerlo añicos con un solo dedo. Estaba sola con él, y estaba indefenso.

Pero de repente ocurrió. No supo explicarse cómo pasó, pero su cuerpo de repente se vió como llenado de algo que no comprendía, como una luz, y para su sorpresa por ligerísimos tres segundos, sus enormes ojos se vieron conectados por unos pequeños pero preciosos ojos azules que se abrían para hacer conexión con ella.

Una energía sumamente cálida la cobijó de una forma que nunca antes ni esta nueva vida habia sentido.

Se sintió tan bien. Derramó una lágrima antes de que su fría consciencia pudiera frenarla.

En ese instante, Kagome volvía a entrar al cuarto, y Kikyo no dudó en acercarse a devolverle el niño.

―Gracias Kikyo por cuidarlo.

―Está bien―fue la escueta respuesta de la mujer que salió del sitio, un poco abochornada por la sensación que habia tenido.

¿Qué habia ocurrido allí dentro?

Ese niño despedía una calidez y una fuerza que nunca antes habia percibido en algún ser vivo.

Por primera vez, la poderosa Kikyo estaba sin habla ni respuesta.

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Inuyasha si habia visto al niño cuando nació y habia felicitado a Kagome dentro de la distancia que se habia autoimpuesto, pero con Bankotsu, con quien se habia visto obligado a convivir las cosas eran bien diferentes.

Todavía no tenía el tono suficiente para decirle algo.

Cuando se cruzaban o estaban cerca uno del otro, obligados a converger, se limitaban a mirarse con el rabillo del ojo o bufar, pero nada más

Y estaba bien. Esa era la naturaleza terca y celosa que ambos tenían y eso no cambiaría. Pero al final de todo, ambos deseaban lo mismo.

Querían proteger a costa de su vida a su amada Kagome.

Y por eso entendían lo que el otro sentía.

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En algo tuvieron razón todos.

Naraku era demasiado inteligente para acercarse a la aldea. Si atacaba seria al instante en que el niño estuviera expuesto.

No se equivocaron.

El mismo día y momento en que el nutrido grupo con Inuyasha y Bankotsu a la cabeza salieron rumbo al pozo, custodiando a Kagome y al bebé fue que ocurrió.

El cielo se oscureció, unos rayos cayeron del cielo que no estaba cubierto de nubes negras sino de terribles presagios.

La risa maquiavélica y de calmado terror de Byakuja sonó como telón de fondo para un ataque infernal que sorprendió al grupo que corría por todas partes intentando sofocar las olas de fuego, así como el ataque indiscriminado de demonios que Naraku habia fraguado.

Con excepción de Kagome, el niño, Bankotsu e Inuyasha que iban rumbo al pozo.

Sabían que el hibrido iba a hacer algo con tal de atacarlos el día que parecieran más vulnerables, pero no imaginaban que habia preparado semejante emboscada.

―!Protejan a Kagome y al bebé!―gritaba Sango repeliendo el ataque de unas bestias.

Kagome en tanto habia sido cubierta con el traje de rata de Inuyasha. Un gesto que no le gustó al padre de su hijo. Pero ahora no habia tiempo de ponerse celoso.

Debían enviar al niño como fuera lugar.

Mientras Inuyasha había avanzado solo hacia el pozo con tal de protegerlo de que lo destruyeran. Kagome, con su hijo en brazos y protegida por su marido se acercaba como le permitía su estado.

Aún estaba recuperándose del parto y eso que ya habían pasado dos días.

―Te cargaré―dijo de repente Bankotsu.

―Pero si me cargas no podrás repeler que te ataquen―suplicó la joven

―No me importa y no discutas―cerró la discusión, cargándola a ella que tenía el bebé en brazos, para correr a toda velocidad hacia el pozo. Habia tenido que dejar su fiel alabarda en el suelo.

Apenas y pudo esquivar un certero rayo de fuego de un demonio volador.

―!Eres idiota o te haces!, apresúrate―gritó Inuyasha, desesperado evadiendo de la entrada al pozo a incontables demonios que le rasgaban la piel. Menos mal tenia a Tessaiga consigo.

Finalmente llegaron al ansiado pozo.

―Está bien, hasta aquí llegamos. Inuyasha y yo llevaremos al bebé, pero regresaré con él para acabar con esto. Una vez vea a Ranma a salvo no tendré miedo de luchar contra él―habló Kagome

Bankotsu no le respondió pero si le hizo una mirada a Inuyasha.

―Déjame despedirme un momento de él―pidió Bankotsu a Kagome, haciendo un gesto para que le pasara al niñito.

Kagome se sorprendió un poco.

―! Dáselo, Kagome, que no tienes todo el día!―gritó Inuyasha que veía la escena al tiempo que refutaba ataques protegiendo a la pareja.

Bankotsu tomó al bebé en sus brazos, y fue un instante raro.

Habia mucho peligro alrededor.

Pero al ex mercenario parecía que el tiempo se le habia detenido al cargar a su hijo recién nacido. No podía oír otra cosa que no fuera a su hijo que balbuceaba ligeramente.

Y fue ahí que ocurrió algo extraño. Extraño para un bebé.

El chiquito abrió sus ojitos azules que conectaron con las de su padre que tragaba saliva con la escena. El niño lo estaba mirando. Parecía reconocerlo. Y lo que el hombre sentía era algo que nunca antes habia sentido.

No solo esa sensación paternal. Sino una muy cálida que le nacía del pecho y que le resultaba extraña y poderosa y le producía un ligero vértigo como una gota que le nacía desde la columna vertebral.

Pero al instante recordó que debía despedirse de su hijo.

No quería hacerle una promesa que no sabía si podría cumplir.

Le tocó ligeramente la cabecita. El niño seguía viéndolo con sus ojos azules intensos como las de él.

Adiós hijo mío. Nuestros sueños y esperanzas viajan contigo.

Nunca pensó que alguna vez seria padre y además de alguien tan importante como él. Pero aunque su hijo estuviera libre de alguna profecía, no importaba, de todas maneras hubiera dado su vida para protegerlo. Ya sea de Naraku o de cualquier otra alimaña.

Quiero creer que fuiste enviado aquí por una razón. E incluso si te lleva el resto de tu vida averiguarlo, te debes a ti mismo descubrir la razón.

Lo miró por última vez antes de devolverlo a su madre.

―Kagome, dame los trozos de perla que tienes contigo. Las que obtuviste de ese lobo.

Kagome pestañeó confusa mientras apretaba a su hijo recién devuelto.

Era cierto, ella tenía dos trozos de perla que Koga le habia dado para viajar ya que los únicos otros que existían eran las que mantenían con vida a Bankotsu y a Kohaku.

El resto estaba en poder de Naraku.

Koga habia sido muy gentil en dárselos. Aunque de todas formas en algún momento tendría que devolverlos.

Pero no quiso quedarse en el sitio. Todavía le moqueaba ver a Kagome con ese asesino, y todavía no acababa de creerse el cuento de que fuera su marido.

"Bestia estúpida, ¿Cómo pudiste dejar que ese tipo nos quitara a Kagome", fue una las recriminaciones del lobo a Inuyasha.

Kagome se sacudió la cabeza. No era tiempo de pensar en aquello, así que sin cavilar, le entregó a Bankotsu los dos pequeños fragmentos que tenía en la mano.

Quizá tenía un plan. Lo que sea, Kagome confiaba plenamente en él.

En ese momento, las miradas de los dos se cruzaron. Los ojos castaños de ella junto con el cobalto de él.

Tu eres la respuesta a la pregunta de que si valió la pena esta segunda vida, hijo mío.

Bankotsu le sonrió genuinamente a Kagome en ese instante en que sus miradas hicieron contacto. Fueron momentos que el moreno hizo esfuerzo por lograr impregnar dentro suyo para memorizarlos.

Fue ahí que cambió su expresión.

―Lo siento, Kagome. No puedo dejar que regreses aquí.

Fue lo último que oyó Kagome con el niño en brazos antes de que el muchacho le hiciera un leve empuje para que cayera dentro del pozo.

―!BANKOTSU!

La miró desaparecer dentro de aquel hueco mágico que era capaz de transportar a otros tiempos.

Si su cálculo no era erróneo, el brillo de los fragmentos que le habia quitado serían suficientes para que ella pudiere romper la barrera y cruzar, tal como le habia explicado Inuyasha.

El joven derramó una lágrima imperceptible que no pudo llegar a frenar.

―Adiós Kagome.

Inuyasha que miraba la escena con tristeza estuvo a punto de caer en lo mismo, pero se detuvo.

Allí no quedaba más que el traje de rata que Kagome habia dejado caer al suelo junto a Bankotsu.

Ya estaba hecho. No podía congeniar con ese hombre, pero los dos habían coincidido en que el único mejor plan era enviar a Kagome y a su hijo a un sitio donde nunca podrían llegarles las garras de Naraku. Y que ella no regresara, como estaba planeando la temeraria muchacha.

Los dos hombres se miraron.

Kagome no debía regresar.

Iba a darle los fragmentos a Kikyo.

Solo antes de volver al campo de pelea y luchar sin miedo a nada, miró por última vez al pozo.

Ranma, cuida a tu madre en mi lugar.

CONTINUARÁ

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NOTAS

¿Como andan, amigos y amigas?, espero no se enfaden por la tardanza, es culpa de mi falta de organizacion con otro par de proyectos que comencé, pero tambien esta el hecho que me cuesta despegarme del fic.

Este fic solo tiene dos episodios más, y ya finaliza. Espero que sigan aqui. Soy consciente que cuando se deja tanto tiempo esperando, en este caso 45 dias, pues es facil perder el hilo y las ganas de seguir algo. No me abandonen, ustedes son el kepchup de mis patatas fritas.

Pronto, muy pronto, el otro episodio, que será uno de los mas largos de este fic. ¿Siguen conmigo?

Episodio dedicado a mis comentaristas:

Fran Garrido, Dany Jimenez, Jessica Barajas, Elizabeth Quezada, Clau Steffany Kou, Mony Mtz, Son Pau, Titita Taisho, Kamisumi, Plupa, Alessia de Piscis, lukeempires, Anglica, Asia12, Karla, Meka6489, Sekari San, Aldy Valderde, Mary Valdez, Jazmin L, Mihaela Taka,Angelito Obscuro, danisevani.

Dedicado a todas ellas por sus comentarios.

Abrazo gigante para los favs y follows, asi como los silenciosos.

Nos leemos prontito aqui y en el Circulo Mercenario.

beso a todos, y dejame tu opinión.

Les quiere.

Paola.