Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi, es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.
Realizeit: Date Cuenta
por Onmyuji
Epílogo. Sorpresa arruinada.
Estaba realmente molesta de tener que pasar ese desafortunado siete de julio sirviendo en el templo. Le molestaba porque tendría que servir durante todo el festival y realmente quería tener unas vacaciones decentes, no unas simples horas de descanso y pocas horas de sueño. Realmente quería unas vacaciones de verano. Pero no. Con la última visita de Inuyasha a casa, le había inflado la cabeza de ideas al abuelo Higurashi, razón por la cual el abuelo ahora requería que trabajara como miko en el festival.
Ah, sí. Y fue la misma razón la que influyó en que su abuelo aprobara su noviazgo con Inuyasha en menos de veinte minutos después de conversación con el susodicho y la misma por la cual insistía fieramente en que Inuyasha tenía que convertirse en parte de la familia tan pronto como eso fuera posible.
No podía creer que Inuyasha recordara con tanta perfección un comentario que sucedió en el primer cumpleaños que pasaron juntos, hace ya casi seis años. Generalmente, ese tipo de conversaciones y preguntas se olvidan en cuestión de horas.
—Estaba pensando... ¿En el Templo Higurashi hacen festivales? —Preguntó Inuyasha, mientras veía a su novia con curiosidad. Kagome se sonrojó por la pregunta, pero contestó.
—Sí. Al abuelo le gusta mucho respetar las tradiciones Shinto. ¿Por qué lo preguntas? —Quiso saber la curiosa Kagome. Una sonrisa enorme apareció en los labios de Inuyasha.
—¿Alguna vez podré verte en tu traje ceremonial de miko? ¡Porque tienes uno! ¿Verdad? —Preguntó Inuyasha, mientras una sonrisa pícara se aparecía en sus labios. Kagome se sonrojó todavía más, justo antes de comer otra cucharada de helado.
—¡Claro que tengo un chihaya! —Acotó Kagome al instante, completamente segura. Inuyasha sonrió todavía más, sintiéndose satisfecho por la respuesta—. Esto, no sé. Tal vez en algún festival acepte vestirme de miko. —Prometió Kagome.
Eso o Inuyasha realmente tenía deseos de verla dentro de su traje de miko.
Bueno, tal vez no era tan malo servir como miko y hacer un par de ceremonias ¡Pero sólo eso! Caminó vagamente por la casa, buscando frustradamente a su madre, tratando de que le dijera qué tal se veía o qué le faltaba. Pasó hacia la habitación de su madre y la encontró vacía pero no le importó, caminó hasta el enorme espejo que colgaba de una de las paredes y se vio de pies a cabeza.
—Cierto, cierto. —Y recordó que le faltaba el adorno de listones rojo que iba puesto por encima del gi blanco. Se dio una vuelta para ver qué tal se le veía y se sorprendió realmente al recordar que ese traje le quedaba aún después de que la última vez que lo usó fue a los quince años. ¡Wow! Parecía que se estaba manteniendo en buena forma. Se dio otro vistazo a través del espejo y luego marchó de la habitación de su madre.
Caminó por el corredor de la planta baja, aprisa. Mientras pasaba por el vestíbulo, recordó que tenía que sacar su adorable y enorme árbol de bambú tapizado de papelitos con los deseos de la casa. Se encaminó con algo de apuro hacia él y, cual arbolito navideño, lo cargó y caminó hacia el recibidor. Ahí se detuvo a tomar un pequeño respiro y tomó de una mesilla cercana el viejo brazalete de plata que Inuyasha le había regalado para su cumpleaños hacia algunos años. Sonrió casi de recordar las viejas andanzas y todo lo que habían tenido que pasar en antaño.
Era impresionante lo mucho que había pasado desde entonces. Era como una rara pesadilla que había pasado a la posteridad. Pero era ese tiempo uno de los que más guardaría en su corazón.
Caminó algo frustrada fuera de la casa y luego dejó su árbol de bambú en un sitio que su abuelo e Inuyasha habían preparado especialmente para él, aunque claro, no necesariamente es especial un agujero del grosor del tallo principal del árbol y con un montón de piedras apiladas a su alrededor para el soporte.
Perdió muchos puntos en cuanto Kagome se vio en un aprieto al ver cómo el árbol tenía problemas para quedar fijo a la tierra. Ya los regañaría otro día. Ahora sólo quería llegar a tiempo para la danza que en la que se suponía que participaría.
Se encaminó lentamente hacia el templo, de donde ya escuchaba el constante barullo y los sonidos alegres que anunciaban el festival. Veía desde el pequeño espacio libre el templo principal y el aglomerado de gente esperando por que comenzaran las danzas ceremoniales de apertura del Tanabata. Tampoco le extrañaría encontrar a Inuyasha por ahí, esperando con impaciencia o maldiciendo.
En total eran nueve doncellas (sin contarla a ella), las destinadas a dirigir el baile ceremonial. Se sintió aliviada de ver que todas esperaban ocultas detrás del templo principal. Todas parecían ansiosas y emocionadas. Sin darle muchas vueltas al asunto, caminó hacia ellas y las saludó.
—Kagome-san, ha llegado. —Saludó una de ellas, mientras sostenía un par de campanas que llevaban atados muchos listones de colores—. La estábamos esperando para comenzar. Su abuelo parece algo molesto por su tardanza.
—Perdón por la tardanza. No encontraba mis sandalias. —Mintió Kagome mientras varias de sus compañeras le entregaban sus propias campanillas y las acomodaba en cada mano. El abuelo apareció pronto, completamente alterado. Kagome ocultó sus campanas detrás de la espalda, dispuesta a confrontar el regaño de su abuelo.
—¿Dónde rayos estabas, Kagome? ¡Tienen qué salir ya! ¿Qué no ves que mi futuro yerno está allá... esperando? —Kagome frunció el ceño, molesta. Luego se cruzó de brazos y confrontó a su abuelo.
—No habría tardado tanto si tú e Inuyasha hubieran hecho un buen hoyo para colocar el bambú. —Le regañó Kagome, mientras caminaba hacia la entrada principal del templo, seguida de todas sus compañeras. No tenía intenciones de lanzarse a una lucha épica con su abuelo sólo por un pequeño retraso en la danza inaugural.
Para su buena suerte, no la colocaron en el primer plano durante la danza, lo cual le otorgaba una barrera natural y disimulada para contrarrestar la multitud que se congregaba a su alrededor.
La música tradicional sonaba de cerca mientras se movía con esa suave cadencia, agitando suavemente las campanillas en sus manos en una imitación muy propia de un movimiento coreográfico de su ella y sus compañeras. Pronto se percató de que su madre, Souta e Inuyasha estaban en primera fila, observando. Por lo que tenuemente alcanzaba a distinguir en las distancia, era la constante la desesperación de su adorable novio por verla mejor. Sintió que las piernas le fallaban cuando, al dar un giro, escuchó el flash de una cámara. Y supo que era el flash de la cámara de Inuyasha lo que se había escuchado.
Trató de mantener la calma mientras se concentraba: le sorprendió que la gente se mantuviera en silencio para verlas danzar. Más increíble le parecía que Inuyasha no había dicho ni pío durante toda la danza.
En el último movimiento, agitó la campana de su mano, agitando los coloridos listones que pendían de la misma. Finalmente, la música cesó. Con una sensación de satisfacción, se inclinó respetuosamente para dar por terminada la danza y corrió junto a sus compañeras a ocultarse detrás del templo principal.
—¿A dónde vas, pequeña? —Sintió una cálida mano tomarla y halarla en la dirección contraria a la que se dirigía. El malestar que la embargó al sentir aquél brusco contacto pareció atacar de repente, pero así como vino, se desvaneció al acto al sentir el agarre más suave, el mismo que la llevaba en la dirección que, probablemente, estaba buscando ella misma.
—A buscar a cierto novio mío que hizo un muy mal trabajo con el abuelo y el bambú. —Dijo ella mientras se acercaba a su novio y se enzarzaba en un abrazo contra el chico de cabellos platinados que tenía por novio—. Pudiste haberlo hecho mejor. Al menos como compensación porque mamá y el abuelo te han dejado poner tus deseos en lo más alto del bambú. —Dijo ella mientras restregaba su rostro melosamente contra el abdomen de Inuyasha.
—¡Ay, por favor, Kagome! Lo hicimos esta mañana. ¿Qué esperabas de nosotros? ¿Qué esperabas de mí? Que quería estar en primera fila para tomarte fotos y verte con tu traje ceremonial de miko. —Y esto último lo dijo en un susurro directo en el oído de su novia, quien se estremeció ante la forma tan persuasiva que su novio había usado para llamarle.
—¡Claro! Y conociéndote, seguro que tomaste muchas fotos. —Se quejó Kagome, incómoda de saber que su novio estaba dispuesto a gastar la memoria completa de su cámara fotográfica, en pos de tener tantas fotos de ella como pudiese con su traje de miko puesto; ya pues, no era para nadie una sorpresa que Inuyasha estuviera tan empeñado en verla dentro de su ropa de miko: luego de que ella formalizase un compromiso con algún hombre, podría despedirse de su posibilidad de verla con él. Kagome dio un pequeño paso hacia él mientras alzaba sus brazos para enrollarlos alrededor de su cuello—. Espero que al menos haya hecho un buen trabajo, señor fotógrafo.
—¿Por quién me tomas? Me gustó mucho. Aunque claro, yo solo te miré a ti. —Luego lo consideró, mientras la miraba con detalle, tan cerca que sintió que perdía el habla—. Realmente te ves muy bien. —La chica de azabaches cabellos se sonrojó de escuchar aquello justo antes de escuchar el llamado femenino de su querida amiga Sango, quien apareció a lo lejos, alzando una mano en su dirección.
—¡Sango-chan! —Saludó Kagome a su amiga, mientras la veía acercarse junto a su esposo. Más cerca de ella e Inuyasha, venía corriendo un adorable pequeñín de cabellos rojizos y ojos verdes, completamente emocionado. Kagome soltó a su novio al tiempo que este la bajaba y se agachó en el piso para recibir a su pequeño amiguito—. ¡Shippou-chan!
—Tía Kagome. —Gritó el pequeñito mientras recibía a su tía con los brazos abiertos y le daba un cariñoso abrazo de oso a la chica—. ¡Tia bailó! —Habló el pequeñín a diestra y siniestra. Kagome sonrió mientras lo alzaba en brazos y asentía.
—Sí, ¿te gustó cómo bailó la tía Kagome? —Preguntó Kagome con una sonrisa mientras le alborotaba la mata de cabellos rojizos al niño, quien asintió violentamente antes de ver a Inuyasha, detenido justo a su lado.
—¡Tío Inuyasha!— Gritó Shippou mientras estiraba los brazos en dirección a Inuyasha, casi rogándole con los ojos que lo sostuviese en sus brazos. Inuyasha hizo caso a la petición, casi como si no le desagradase el pequeño—. ¡Tío tomó fotos tía! —Gritó el pequeño emocionado.
—Parece que Shippou ha venido hoy con ganas de molestar a los tórtolos. —Comentó Miroku en cuanto estuvieron cerca de Kagome, Inuyasha y Shippou. Kagome sonrió nerviosamente mientras Inuyasha tenía una conversación de lo más enriquecedora con el pequeño de dos años, con quien ahora discutía por quién tomaría una foto a Kagome en su ropa de miko.
—Discúlpanos, Kagome-chan. —Dijo Sango, quien habló de pronto, una vez que tanto ella como su esposo estuvieron cerca de ella. Se acercó a tomarla de la mano, sonriente y orgullosa de que Kagome por fin aceptase participar de las festividades del Templo—. Desde que Shippou se siente con edad para valerse por sí solo, es casi imposible detenerlo una vez que empieza a correr. Ha sido una suerte poderlo detener mientras estaban danzando. ¡Ese niño es más inquieto de lo que parece! —Se quejó Sango, completamente extenuada por el trabajo que requería perseguir al pequeñajo de dos años que ahora estaba en brazos de Inuyasha.
—Sí, y ahora se está más inquieto desde que sabe que va a tener un hermanito. —Habló Miroku mientras se cruzaba de brazos y cerraba los ojos, atrayendo la atención tanto de Kagome como Inuyasha. Sango se sonrojó ante la inocente declaración de su esposo y le dio un leve golpe en la cabeza.
Kagome se volvió hacia ella y le dedicó una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Estás Embarazada? —La forma en que Kagome había gesticulado la pregunta, parecía por asomo lo más cercano a la reacción de un padre primerizo. Las mejillas de Sango se encendieron violentamente mientras escuchaba aquella pregunta y asintió, avergonzada. Shippou pataleó en brazos de Inuyasha, molesto por la mención de su nuevo hermanito.
—¡Vaya! Parece que no pierden el tiempo... —Comentó Inuyasha, tratando de parecer casual. Luego de eso, tuvo qué bajar a Shippou, quien huyó cobardemente a esconderse detrás de su padre, resentido. Kagome le dio un codazo a Inuyasha, para que se comportara y dejara las bromitas para después.
—¡Sango-chan! ¡Estoy tan contenta por ti! —Y Kagome se acercó a abrazar a su amiga de toda una vida, emocionada—. Seguro que Shippou tendrá un lindo hermanito al cual cuidar. —Terminó por darle un cariñoso apretón a su amiga, antes de separarse y volverse hacia su novio, donde entrelazó los dedos de su mano derecha con los de la mano de él.
—¡No quiero hermanito! —Gritó el pequeño mientras echaba a correr lejos de la vista de sus padres. Esta inesperada reacción del pequeño pelirrojo sorprendió tanto a los padres, que ni siquiera les dio tiempo de despedirse.
En menos de un santiamén, Kagome e Inuyasha alcanzaron a ver a Sango y Miroku perderse entre el gentío, siguiendo a un celoso crío llamado Shippou.
Entonces la pareja observó el sendero que ellos tomaron, antes de iniciar su camino por uno de los corredores con vendimia paralelos al que había tomado la pequeña familia, tratando de pensar en cosas más alegres.
—¿Hiciste las paces con Sesshomaru antes de que se fuera, Inuyasha? —Preguntó Kagome mientras se encaminaban hacia el Goshimboku, el árbol sagrado que tenía el Templo.
—¡Feh! No estoy tan loco como para humillarme ante él. No lo hice. Y él hizo como si no hubiésemos peleado nunca. —Respondió Inuyasha tratando de olvidar el asunto de Sesshomaru. No era que no le importase, pero era tan insignificante como cualquier pelea que tienes con tus hermanos.
En el caso de Inuyasha, pelear con Sesshomaru era algo que terminaba siempre muy mal. Inuyasha sabía que no estaba bien meterse con Sesshomaru, pero era algo que a veces no podía evitar. Eran sus instintos competitivos por excelencia.
—Debiste convencerlo de que se quedara para el Tanabata. A Rin-chan le habría encantado venir. —Dijo Kagome mientras se detenía en uno de los puestos y compraba una de manzana acaramelada.
—Dudo mucho que hubiese querido. Y en todo caso, y el caso en que hubiese aceptado quedarse, seguramente Rin no habría querido despegarse de ti y eso habría sido un problema para pedirte qu-...—Y entonces calló, mientras Kagome le veía con la manzana a medio morder en los labios.
Kagome arqueó una ceja—. ¿Pedirme qué? —Inuyasha tembló al sentirse observado de esa manera tan acusatoria, que hasta comenzó a sentirse nervioso.
—Nada. —Tragó duro para tranquilizarse. No funcionó.
—Inuyasha... —Comenzó ella. En el mismo tono que usaba cuando estaba por reprocharle algo que no le agradaba y que él terminaba reconociendo y enmendando. ¡Ella no podía hacer eso! ¡Lo iba a arruinar todo!
—¡Vas a arruinar la sorpresa!
—¿Cuál sorpresa?
—La de esperar hasta los fuegos artificiales para pedirte matrim-... —Y entonces la cara de Kagome palideció y dijo mil y un palabras, poniendo en evidencia al sonrojado Inuyasha que había arruinado todo—. Demonios. ¿Viste lo que me has hecho hacer? ¡Arruiné la sorpresa por tu culp-...!
—¿Ma-matrimonio? —Y entonces Inuyasha cayó en la cuenta de que ella estaba tan blanca como el papel y luego sus mejillas comenzaban a colorearse, furiosas y avergonzadas por haberlo arruinado—. O-... olvidaré lo que dijiste y nos apegaremos a tu plan inic-... —Kagome comenzó a caminar nuevamente, tratando de lucir tranquila, cuando Inuyasha tomó su mano fuertemente, impidiendo que huyera. Kagome se congeló en su sitio mientras giraba despacio, temiendo lo que él estaba por decirle—. ¿Inuyasha?
—Cásate conmigo. — En blanco se quedó. Tan en blanco que casi se le olvidaba respirar. No lo podía creer. Y mientras él se acercaba nuevamente a ella, extrajo de uno de sus bolsillos una pequeña cajita de terciopelo de color azul, donde dejó a la vista un delicado anillo de oro blanco, coronado con un diamante pequeño y discreto.
Y mientras retiraba el anillo de la caja y tomaba la mano izquierda de ella suavemente, colocó el objeto en su dedo anular. Ya no había sonidos ni algarabía propia del festival que se llevaba a cabo alrededor de ellos dos. Ahora en el mundo solo existían ellos dos, juntos, absortos en su propia burbuja.
Y cuando observó el anillo, ahora descansando feliz en su mano, aun siendo víctima del tímido agarre de Inuyasha, una curiosa calidez se asomó en su cuerpo y una alegría poco usual la dominó. Las lágrimas bordearon sus ojos y supo que iba a estallar en llanto, pero ya no de tristeza, sino de verdadera felicidad.
—¡Sí! ¡Sí, sí, sí!— Repitió Kagome una y otra vez con una sonrisa dibujada en su rostro. Entonces Inuyasha parpadeó confundido cuando sintió los brazos de Kagome rodeándolo en un abrazo repentinamente—. ¿Nos vamos a casar? ¡Nos vamos a casar! —Gritó Kagome emocionada mientras se abrazaba más fuerte a Inuyasha y este respondía a la muestra de afecto—. Espera a ver la cara de Sango-chan y Miroku cuando lo vean. ¡No! Mejor que eso, la cara de mamá y el abuelo ¡Se van a desmayar de la emoción! —Habló Kagome emocionada antes de inclinar su rostro contra el de Inuyasha y darle un beso.
Luego comenzó a llorar por la emoción. Inuyasha soltó una risilla nerviosa y le acarició la espalda suavemente, como si quisiese que le pasara alguna clase de susto. A sus alrededores, la gente los pasó de largo, sumidos en sus propias particularidades y diversiones, como para dar fe a la pareja que recién comprometida.
Inuyasha se sintió completo y satisfecho una vez que la escuchó aceptar. Ni siquiera tuvo que hacer falta que dijera algo más para saber que compartía la felicidad con su novia. Justo ahora que tenía la seguridad de que tanto ella como Kagome iban a estar juntos sin que nadie los separase.
Lo único que iba a extrañar de todo esto, era que, seguramente, Kagome no volvería a meterse en un traje de miko, probablemente, en lo que le quedara de vida.
Fin del Epílogo.
Fin de Realize it: Date Cuenta.
