Dio vueltas en la cama, intentando poder llegar a sentarse, sin saber con certeza si estaba en su cama, en un sofá, en el suelo alfombrado. Sentía cada músculo del cuerpo endurecido, tenso, dificultándole la tarea que se proponía, impidiéndole incluso respirar con facilidad. No tenía conciencia del tiempo que llevaba intentando abrir los ojos siquiera, apenas diferenciaba la realidad de una pesadilla eterna. Desistió luego de unos momentos más, poniendo todas sus energías en respirar bien, en calmar su acelerado corazón. Ahí notó lo mucho que el pecho le dolía. Debajo de su espalda, sintió algo de mucha suavidad, como si fuera un colchón de plumas sin tela, directo contacto con su piel. ¿Acaso eran alas? No recordaba tener alas, o sí. El terror se apoderó de su mente unos momentos, hasta que recordó que las alas azules habían sido parte de ella desde que era pequeña, que habían crecido con ella, que la habían llevado al mismo cielo incontables tardes. Entonces, como agua de una cascada furiosa, los recuerdos de su niñez y su adolescencia, de sus deberes reales, de su posición en Equestria. Esos recuerdos le dieron algo de fuerza, pero aún se sentía afiebrada. ¿Cuál era su nombre? ¿Tenía algún significado especial? En sus sueños delirantes a causa de la fiebre había visto al astro menor, el que gobierna la noche, tornarse completamente oscuro, envuelto en sombras. Aquello la llenó de angustia y la obligó intentar por décima vez levantarse. ¿Qué era esa luz desvaneciéndose en sus sueños? Una voz acompañaba siempre sus travesías delirantes, aconsejándola. "Sé fuerte. Eres capaz, tienes en tu interior una fuerza enorme, esperando a que la descubras. Lucha contra las sombras". Sentía a las sombras acosándola, queriendo llevarla al borde del abismo de la locura. Si cedía jamás podría recuperarse.
Aún así no lograba detenerlas, no lograba alejarlas. De pronto, una voz diferente susurró en sus pensamientos, una voz cruel, distante, dueña de una risa que helaba la sangre.
"Oh, princesita. Recién despiertas. Creí que serías demasiado débil como para incluso pasar la noche. Me has dejado sorprendida. Después de todo, no podía esperar menos de nosotras, la misma cara de una sola moneda." Una estridente carcajada le siguió a aquellas palabras llenas de vanidad. La joven sintió un frío como nunca en su vida, un frío que venía desde su interior. Parecía que podría congelarse a pesar de la gruesa frazada que la cobijaba, los temblores aparecieron a los instantes, apenas sentía las puntas de sus dedos y su nariz. Algo en su mente le recordó que necesitaba calor para sobrevivir, que necesitaba desesperadamente la luz del Sol. Era lo único que recordaba con claridad en ese momento.
Se retorció un poco más en la cama, jadeando, abriendo su boca varias veces hasta que logró que sus cuerdas vocales obedecieran y mencionaran aquello que más necesitaba.
- C-ce…C-Celestia…-fue apenas un susurro, débil, así como ella estaba. Pero fue suficiente para poner en alerta al sirviente que la había estado cuidando las últimas dos horas que su hermana se había ausentado.
Sin perder ni un segundo, el hombre de cabello cano se apresuró a informar al guardia que estaba en el pasillo, quien a su vez fue corriendo a buscar a la Princesa Celestia.
En su habitación, que estaba en el otro extremo del castillo, la joven, más cerca de la adultez que su hermana, peinaba su cabello tricolor y daba unas últimas ojeadas a la obra más reciente de StarSwirld, un mago prometedor que dedicaba su vida a la investigación de todo tipo de fuente mágica en el reino. Un pensamiento cruzó su mente. Si lograba establecer un nivel de paz y harmonía en Equestria, la tan anhelada época dorada que todo el continente se merecía, que hacía décadas lamentablemente había tenido un estado frágil como el cristal de una copa. Si lograba su mayor meta en la vida, ¿quién se aseguraría se proteger ese legado? ¿Quién podría sucederla una vez que su hermana y ella ya no tuvieran forma física en este mundo? Si bien era consciente que viviría un tiempo levemente más extenso que los seres sin magia, ese tiempo no era eterno. Rió internamente, pues antes le era mucho más simple el manejar este pensamiento, al cruzar su mente el dejar algunos herederos. Pero sus padres eran los que manejaban las cosas diplomáticas, Celestia poseía tendencias más introspectivas en el asunto de tratar con la corte, con los secretarios del Reino, y mucho más cuando se trataba de pretendientes de otros reinos. Nunca logró captar su atención la idea de tener una familia en su niñez, un esposo, hijos e hijas, para ella su hermana y sus padres eran suficiente familia, no necesitaba más. Pero sus padres ya no estaban, y el estado vulnerable de Luna para manejar las estrellas y mantener las sombras a raya, había sacado a flote todo el asunto de hacer tratos con otros reinos. Equestria necesitaba aliados más que nunca en su historia, no era simple recuperarse de una guerra. Al menos eso había aprendido de sus antecesores. Sin embargo quedaba el pequeño detalle de si sus supuestos herederos lograrían mantener las cosas en orden o incluso solucionar problemas que ella no tuviera tiempo para resolver. Si tan sólo tuviera más tiempo, si tan sólo hubiera una forma de prolongar su vida el tiempo suficiente para solucionar todo, para dejar El Reino en orden. Quizás el joven prodigio StarSwirld pudiera resolver aquel tema que le aquejaba, quizás sus viajes dieran como resultado el descubrimiento de una nueva magia que pudiera engañar a la misma muerte.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando la puerta de su habitación se abrió repentinamente a manos de los guardias. Por la expresión de ellos y del sirviente que cuidaba a Luna supo que algo malo sucedía. Su cabeza se sentía liviana, como si realmente no estuviera allí, como si sólo fuera un mal sueño. Ni siquiera necesitó escuchar a los guardias, y si le dijeron algo no logró entenderlo, sólo estaban ella y Luna en la otra punta del castillo, sólo estaba la sensación en su pecho de que si algo le sucedía no se lo perdonaría nunca. Corrió lo más rápido que sus piernas le permitieron, aleteando cuando estas se cansaron. El pasillo estaba atiborrado de sirvientes, los cuales al instante de verla se hicieron a un lado. No podía pasarle nada malo, no a su hermana, no podía dejarla sola ahora. Su alivio fue mucho cuando, al pasar el umbral de la puerta de Luna, pudo distinguir que su pecho se movía con calma, que ella se retorcía levemente en la cama. Le duró dos segundos, hasta que notó que su hermana pequeña se encontraba adolorida. Se acercó sin pensarlo, tomando su mano con fuerza.
- Luna…-el susurro apenas logró salir de sus labios. La mano de su hermana estaba helada, y su piel estaba pálida como el papel. Pudo sentir que su corazón se calmaba, cada vez más débil- Aquí estoy… Luna… Háblame…
- Ce…Celestia…-Luna abrió los ojos lo más que pudo, mirando a su hermana, suplicándole algo en silencio, algo que sus labios no lograban decir. Celestia se paralizó, la expresión en los ojos de Luna le heló la sangre. Eran los ojos de su hermana, pero no eran los de ella habitualmente. Su color zul y gentil había cambiado por uno verde, que transmitía frialdad y dolor. Sus pupilas eran alargadas, como si de un reptil se tratase, en lugar de redondas. La joven de cabello tricolor estuvo a punto de retrodecer, pero en lugar de eso tu mano de aferró más a la de su pálida hermana. Su mano libre paseó por rostro de Luna, y de sus labios escapó un susurro en un idioma muerto hacía mucho tiempo. Un brillo cálido emergió de su mano, uno que fue calmando el dolor de su hermana. Lograba sentirlo, sentía el horrendo dolor que su hermana había experimentado la noche anterior, pero desconocía su causa. Era algo nuevo, extraño, y parecía que su origen era el corazón de Luna. El dolor no quería ceder, pero entonces su poder curativo empujó con más fuerza, hasta que no le quedó más opción al dolor que esconderse. Momentos después su hermana se incorporó de golpe, jadeando y apretando su pecho con su mano libre. La mano que tenía aferrada a Celestia temblaba, junto con la mitad de su cuerpo. Estaba confundida, se notaba por su mirada, no entendía que hacían tantos sirvientes mirándola a ella cuando acababa de despertar.
- ¿Luna?...-Celestia la miraba con atención, entre extrañada y preocupada. No sabía que su memoria guardaba aquel hechizo curativo.
- Celestia…-la peli azul la miró a los ojos, y luego miró sus manos unidas. Su hermana se sentía cálida.- ¿Qué sucedió? –Intentaba recordar algo luego de la cena, y del gran dolor que aprisionaba su pecho al traer el astro menor al cielo junto con las estrellas. No lograba recordar nada más allá de un dolor aún más agudo después de eso.
- ¿No recuerdas nada de anoche Luna? –Celestia se sentó frente a ella en la cama, aliviada al notar sus ojos azules como siempre. No supo que era lo que había hecho a su hermana cambiar el color de ojos, pero se alegraba que hubiera terminando y todo volviera a la normalidad. Notó que aún estaban rodeadas de sirvientes. Hizo un gesto respetuoso con la cabeza para pedir que se retiraran. Una vez solas, y cuando Luna logró recuperar algo de color en su piel, soltó su mano.- Anoche entré a tu habitación y estabas inconsciente en el suelo. Parecía que habías intentado arrancarte las alas…-dijo lo último con algo de temblor en su voz.
Luna bajó la mirada directo a sus manos, buscando el recuerdo en lo más recóndito de su mente.
- ¿Luna? ¿Recuerdas algo? -con su mano la obligó a que la mirara a los ojos. Parecían ocultarle algo.
- No, realmente no recuerdo nada, querida hermana. –La sensación de haberle mentido a Celestia no le gustó nada, y ni siquiera supo el porqué lo hizo, pero no podía dejar que supiera lo que había sucedido. Ella no lo entendería. Celestia sonrío, sus dulces ojos rosados estaban llenos de calma otra vez. Le creyó.
- Bien. He bajado las estrellas y el astro menor hace unas horas, espero que no te moleste el que lo haya hecho. –Luna la miró con sorpresa, el brillo solar que entraba en su ventana le hacía arder los ojos.
- Te agradezco, de todos modos no podría haberlo hecho yo. –respondió. Su voz denotaba algo de resentimiento y molestia. En algún otro momento, el pensar en su propia incompetencia para bajar las estrellas le hubiera hecho agarrar un fuerte dolor de cabeza, pero en aquel despertar, la que se sentía fuerte era ella. Por primera vez en meses no le preocupaba la llegada de la noche, es más, la ansiaba. Tenía el presentimiento de que su poder se acrecentaría para ese momento, que la noche era su aliada. Recordaba el desastre que había hecho con su magia en los libros de sus estantes, pero al levantar la vista todos se encontraban ordenados. Y su libro favorito, de portada violeta y gastado, antiguo, con los primeros dibujos de las fases del astro menor en el cielo nocturno, se encontraba en su mesa de noche, junto con un vaso de su fruta favorita, la naranja. Sonrió de costado, agarrando el libro.
- Luna, debo irme. Hoy recibiremos la llegada de dos príncipes del reino más allá de la cordillera. Scorpan y Tirek. –Celestia observó sus reacciones con detenimiento, pero su hermana se encontraba demasiado ocupada con su libro, releyendo palabras que había leído por lo menos cien veces durante toda su vida. La conocía demasiado bien como para saber cuando estaba fingiendo no prestar atención. Sus labios fruncidos de forma leve, en un intento de disimular su enojo y molestia.- Ayer medité el invitarte a que te nos unieras en la audiencia. Después de todo, tú también eres gobernante de Equestria. –Soltó con toda la calma del mundo. Algo le dijo que su hermana no aceptaría presentarse, pero ya era hora de dejar de rehuirle a los deberes reales que como princesas tenían. Pero no la culpaba, incluso ella odiaba esas audiencias, puramente aburridas. Aquella reunión en particular era importante. Era con motivo de celebrar la unión de una extensa ruta comercial con otro reino, lo cual era vital para poderse recuperar de la guerra que hacía menos de un año había acontecido. – Sólo…únetenos si te sientes mejor. Aunque preferiría que no conocieran tu identidad unos extraños.
Luna asintió, dejando que Celestia se retirara algo preocupada. Cuando se fue, una expresión de ira apareció en su rostro. Claro que recordaba todo, recordaba la sombra, recordaba la voz en su interior, recordaba el dolor cegador, todas las emociones negativas invadirla y su cuerpo colapsando, no pudiendo soportar aquella energía negativa que la rodeó. Necesitaba ser más fuerte, necesitaba mejorar. Necesitaba un tutor. Algo en su interior le decía que ella poseía el poder para detener y mantener las sombras a raya, pero aún era débil, aún necesitaba aprender demasiado. Suspiro con pesadez, con desgano. Nunca sabría por dónde empezar a buscar un tutor en semejantes áreas. El reino de Equestria se caracterizaba por usar la magia más pura y blanca de todas, pero las sombras eran un asunto diferente. Muy pocos seres han existido de este lado del continente que tuvieran habilidades semejantes. Sus ojos azules miraron fijamente sus manos, y luego el cielo despejado, puro, celeste, iluminado completamente por el tierno Sol de Celestia. No comprendía cómo su hermana lo tenía tan simple, cómo podía haber tanta luz en un solo ser. Todos entendían el poder de Celestia, pues este era luz, pero todos temían a la oscuridad. Incluso Luna misma en su niñez había tenido cierto temor y respeto a las sombras.
Todo eso ponía el asunto de conseguir un tutor más complicado. Rió por un momento. Si tan solo su padre no hubiera ido a la guerra, podría haberle enseñado a manejar las sombras, a controlar la oscuridad y negatividad de cada ser viviendo en el reino.
Pero ahí estaba ella, mirando sin mirar el cielo, ignorando la forma en que sus ojos azules ardían debido a la exposición a la claridad por tanto tiempo sin parpadear, preguntándose en el fondo qué era ella. También se preguntaba el motivo de que no hubiera registro escrito alguno de seres de oscuridad, le serviría tanto saber más de las sombras a las que se enfrentaba. Pero lo único claro que poseía era la dedicatoria de su padre en aquel viejo libro con hojas manchadas por el tiempo. Quizás la respuesta estuviera allí. Sin demasiadas ganas, se levantó de la cama luego de poner con mucho cuidado los pies en sus pantuflas azules. Se dirigió al espejo arrastrando suavemente los pies por el piso de baldosa tallado, necesitaba ver su reflejo, necesitaba ver qué tan mal la había dejado la noche anterior.
Su sorpresa fue notoria cuando no vio ningún cambio significativo, más allá de sus ojos. No supo identificar qué tenían diferente, pero su mirada había cambiado, ya no parecía una niña aterrada, y dolida. El dolor estaba allí, pero tenía algo más, un tinte y expresión que no supo identificar. Acomodó su cabello azul, tomando un cepillo con su mano izquierda. Fue ahí que sintió el dolor punzante en el brazo, casi a la altura del hombro. Se quitó la bata para ver mejor, y en efecto, allí tenía un corte algo profundo. Lo más extraño era que no sangraba, se veía un poco de sangre ciertamente, pero coagulada, una linda costra había parchado el sitio. Notó un color extraño, demasiado oscuro alrededor de su piel.
Antes de darse cuenta sus labios se movían al son de una canción algo melancólica, y su mano derecha, acercándose a la herida, comenzaba a brillar con un tono azul muy oscuro. Como si de un cierre se tratase, la piel recobró su palidez natural, sin rastro de la herida y la sangre coagulada que la había cubierto.
Sí, esa sería una excelente noche.
