Buenas noches gente bonita! auí estoy, actualizando rápido, porque realmente estoy inspirada, y además este es el capítulo que me quedó. Ahora sí tardaré un poquito porque no sé cuándo vendrá nuevamente la señorita inspiración(?) Aunque estoy trabajando en ello y en otras historias! Muchas gracias a todos los lectores silenciosos que están ahí dándole una oportunidad a esta cosa fea(?)
Los dejo con el capítulo sin más. x3
Debo resistir, el destino de miles de gentes está en mis manos. Madre, ¿por qué tuviste que irte tan pronto? Su esfuerzo por mantener la concentración en las palabras del concejero real era impresionante incluso para ella. Amaba la diplomacia y todo lo relacionado a la política, pero en ese momento, pasados apenas unos meses de la muerte de sus padres, toda tarea era demasiado pesada para ella. La punzada de dolor seguía allí, y lo único que la mantenía cuerda era Luna. Y ahora se encontraba en cama, recuperándose, sin contar que desde la guerra no pasaban mucho tiempo juntas.
- -Muy bien su alteza, ¿Ha comprendido los puntos necesarios a mejorar en el sector salud? –El consejero la sacó de sus pensamientos. Su larga barba gris se quedaba estática, dándole un aspecto más serio a lo que realmente era el hombre.
- -Sí, no puede retrasarse más. Si tuviéramos una plaga…
- - Pero puede evitarse. Mi sugerencia es que vayamos reclutando curanderos empíricos de las grandes comunidades del norte y del sur, y los preparemos. Si pudieran existir algunos propensos a desarrollar habilidades mágicas sería un escenario mejor. Pero concentrémonos en lo que tenemos. Nuestra medicina se ha quedado estática por siglos, pero si logramos aplicar los avances que los exploradores traen de otras tierras, la salud mejorará notablemente.
- - ¿Cree realmente que estas personas estarán dispuestas a dejar sus hogares para aprender en la academia del castillo?
- -Lo harán si las princesas así lo ordenan. –El hombre rascó su barba pensativo, su mirada demostró compasión- Su Alteza, sé que no le agradan tales cosas como los edictos reales, pero piense que es por un bien mayor. Además no será definitivo. A lo máximo un año. El tiempo que se tarde en construirse complejos de salud en cada región.
- - Asclepio, confío en usted. Haga todo lo necesario, y téngame informada por favor. –Dijo Celestia con una bondadosa sonrisa, cálida como el Sol. El hombre mayor sonrío, y se preparo a salir luego de juntar los planos para los edificios médicos. La joven Princesa le recordaba a la antigua reina, con su comprensión y bondad infinitas.
La joven de cabello tricolor se sentó pesadamente en su sillón rosa, su mirada mostró cansancio al ver al jefe de inteligencia militar cruzar la arcada de mármol para dirigirse a su escritorio. Sabía lo que pediría, nada más y nada menos que reanudar las academias militares, con la diferencia que esta vez pedía reclutar a toda persona con habilidades mágicas para la guardia real, y el ejército. Sus puños se cerraron con fuerza sobre el brazo del sillón mullido. No lograba comprender la mente de ese tipo, apenas habían salido de una guerra que les había costado sus anteriores regentes en el reino, y ahora pedía engrosar las filas con gente más poderosa y peligrosa. No, no podía concebir la idea de volver a siquiera pensar en rearmar el ejército.
El hombre, al notar la mirada hostil en los ojos rosados, y el ceño fruncido de la princesa, se limitó a hacer una respetuosa y algo exagerada reverencia, confiando para sus adentros que las regentes entendieran su punto de vista. Sus cabellos claros largos cayeron sobre sus hombros y su cota de malla. Se sentó lo más lejos posible de la princesa en la larga mesa de reuniones. El hombre cuido de cruzar alguna mirada irrespetuosa con la princesa, y repasaba mentalmente lo que iba a decirle a su líder. No era como si fuera la primera vez que hablaba con ella, pero el que rechazara todos y cada uno de sus pedidos de reanudar el adiestramiento militar simplemente iba minando su confianza para hablar con ella. Tamborileó los dedos en la silla de pesada madera, barnizada y tapizada con el almohadón más mullido que se había sentado jamás, y aún así no lograba calmar su ansiedad.
Sus oídos se llenaban de los susurros de los demás consejeros, no eran muchos, siete en total, sin contar a sus Altezas Reales, abarcando el Gran Médico que acababa de salir, ancianos de la ciudad más antigua del reino, y las dos terratenientes que quedaban en pie antes de la Reforma, y fueron las únicas que acataron las órdenes reales impuestas por los padres de las Princesas.
Sólo cuando distinguió que los comentarios no se dirigían a su persona y su silenciosa entrada al salón del trono, se animó a elevar los ojos. Lo primero que fijó su vista fueron las mujeres hablando seriamente acerca de la programación de las futuras cosechas. Según escuchó el hombre de cabellos claros, se venía una fuerte temporada de sequía, y no existían suficientes personas para apalearla. Conllevaría a escazes de alimentos y en el peor de los casos hambre. Las mujeres propusieron racionar los alimentos para que no causara ninguna muerte, pues al ser las que más tierras fértiles, tenían la responsabilidad de abastecer a la mayor parte del Reino. Y se tomaban sus responsabilidades muy en serio. "si tan sólo existieran más personas con habilidades mágicas, esto podría evitarse…" le oyó comentar a una de ellas.
Hizo un gran esfuerzo para reprimir la sonrisa socarrona que tanto lo caracterizaba, impulsada a aparecer por sus finos labios debido a esas palabras de anhelo. Oh, si tan sólo ellas supieran lo que él sabía, si tan sólo fueran conscientes de la cantidad de niños con habilidades mágicas que habían nacido en los últimos años, como si de una mano del destino se tratase, como si el universo hubiera decidido ayudarlos en su época más problemática. Esos niños, según la investigación altamente privada que el militar había realizado los últimos meses, ya estaban entrando en la juventud. Jóvenes, moldeables, influenciables, como barro en las manos de un buen alfarero. Y él era un buen alfarero, oh sí. Si existía alguien lo suficientemente disciplinado para educar esos habilidosos jóvenes, era él. Ya tenía toda su enseñanza planeada, todo su método pedagógico indiscutiblemente calculado. Los educaría con fe ciega hacia sus gobernantes, sumisos, sin un atisbo de duda en sus mentes hacia cualquier orden que recibieran.
Serán excelentes soldados, pensaba para sí. El militar siguió hurgando la habitación con ojos curiosos, sin señales ya de su inicial timidez. Era un General con casi treinta batallas libradas, su mayoría ganadas. No debía olvidarlo. Sin interés observó a los ancianos, intentando no girar los ojos ante lo trivial de sus conversaciones. Y luego su punto de atención máximo entró en su rango de visión. Celestia, la dulce Princesa Celestia, digna de la belleza de su madre, y la firmeza de su padre. Nunca jamás se atreverían a cuestionarla, guiarla tal vez, pues su juventud resultaba en una leve falta de experiencia, pero jamás desafiarla. Tal vez fueran los ánimos sensibles de toda la corte por la pronta muerte de los Reyes de Equestria lo que causaba pocos cuestionamientos, apenas habían pasado once largos meses. Tal vez era que los nobles seguían viendo a los reyes a través de los ojos de sus vástagos.
La princesa de cabello tricolor no lo miraba, más bien aprovechaba el pequeño descanso de las charlas importantes para perderse en sus pensamientos, lo reconoció al ver sus ojos rosados perdidos en la llama de magia que su mano derecha había materializado. Sin dilatar más el asunto, el militar Denix aclaró su garganta y se incorporó hábilmente de su cómoda silla, acomodando su cota de malla y su formal ropa de noble, la cual odiaba no está de más decir.
Pero todo sea para su audiencia con las princesas. O mejor dicho con La Princesa. Sólo cuando se acercó al trono de bronce notó que Celestia estaba sola. Sabía que Luna no era habitué de las reuniones del consejo, pero creyó que podía usarla para convencer a su hermana. No era un secreto que la princesa menor estaba de acuerdo en formar un nuevo "ejército", y sabía que tomaría al menos una década el tenerlo bien preparado, por eso coincidía con él en comenzar el reclutamiento cuanto antes. Aunque lo cierto es que había pecado de inocente, Luna no deseaba que fueran soldados siguiendo órdenes ciegas, pero Denix no veía otra salida inmediata a la falta de personal militar y de defensa del Reino. Si un reino lejano veía la oportunidad, y por cómo estaban las cosas la tendrían, invadirían Equestria sin pensarlo dos veces. Esa certeza no lo dejaba dormir por las noches. Con ese pensamiento rondando su mente, tomó la determinación que necesitaba, llegando a varios pasos de distancia del Trono, se arrodilló. Pudo sentir la intensidad con que la princesa lo miraba, hasta con algo de molestia. Si las miradas quemaran, su cabeza estaría fundida en este momento.
El militar oyó un pesado suspiro, y el suave deslizar de la tela del vestido de la princesa, junto con un batir de alas, señal de que se acomodaba en su asiento. Cuando por fin levantó la vista los ojos rosados lo miraban fijo, sin expresión legible, escondiendo bien sus emociones bajo una máscara de serenidad. Igual que su madre y su padre cuando debían dar malas noticias.
Denix había peleado la mayoría de las batallas junto a los reyes, a pesar de no tener ningún indicio de magia en su ser, él junto con otros soldados lucharon más ferozmente que todos los magos que eran soldados, que ahora estaban casi extintos. A pesar de ser un adulto que casi rozaba la ancianidad, varias veces consideró el pedir la mano de la Princesa Celestia, aunque sabía bien que sus pedidos no harían más que toparse con una pared de formalidad. No, una princesa no podía casarse con un militar, sobre todo con uno que podría ser fácilmente su padre.
Aunque durante su reinado habían roto tantas tradiciones, que quizás llegado el caso no le importaría romper una más.
Celestia hizo un gesto con su mano, dándole la palabra para hablar.
- - Princesa Celestia, es un honor estar nuevamente en su presencia. Permítame usar esta pequeña reunión diaria del Consejo Real para hacerle una solicitud especial. Como usted bien sabe, nuestro ejército defensivo se halla gravemente diezmado. Lo cual nos lleva a una delicada situación como Reino. Quizás no seamos capaces de resistir un ataque externo, llegado el caso. –Dijo Denix, con voz seria, pero expresión preocupada. Tal vez si lograba transmitirle la gravedad de la situación, la princesa comprendiera. Celestia arqueó sus cejas, claramente no esperando las palabras llenas de preocupación, pero rápidamente escondió sus emociones bajo la formalidad. Le hizo señas para que se levantara.
- -Comprendo, General Denix, y conozco bien a qué pedido te refieres. Lamento que debo declinar por quinta vez esta solicitud.
- -Su alteza…-interrumpió el hombre de cabello claro casi cano. Sus ojos verdes mostrando incredulidad.
- - No, Denix. No puedes pedirme que prepare un ejército para guerras imaginarias. No después de cómo nos dejó la última guerra…. –dijo esto ensombreciéndose su expresión, su voz apenas un hilo.- Creo que debemos enfocarnos en una industria diferente. Las guerras nos han dejado sin Rey y Reina en Equestria. Es momento de ser un Estado de paz, que busque el bienestar de todos sus integrantes, desde el más grande al más pequeño.-Su voz firme, pero empalagosa. Sí, era una buena política. Denix suspiró, resignado.
- -Permita al menos, que coordine la creación de una nueva Guardia Real, no podemos perder más líderes. –Dijo el hombre, agarrando los pergaminos escritos por él mismo en varios rollos, y acercándose con respeto al trono para entregarlos en mano a la princesa. – Esta es una investigación realizada por el Ministerio de Defensa del Reino, o lo que queda de sus generales y soldados. Hemos detectado un elevado números de ciudadanos con ciertas…habilidades mágicas. Creemos que la nueva Guardia Real no estará en mejores manos que en las manos de eruditos y alquimistas. Puesto que el surgimiento de estas habilidades por distintos continentes, estamos seguros que próximas batallas tendrán magia de por medio.
La princesa Celestia escuchó cada palabra con el ceño fruncido en demostración de seriedad, a medida que Denix hablaba abría cada uno de los pergaminos, recorriendo con sus ojos la lista de nombres y ubicaciones, distintas ciudades y pueblos a lo largo del Reino. Eran una gran variedad de hombres y mujeres sensibles a la magia blanca y a la alquimia, no mucho mayores que ella y su hermana, dentro de ese rango de edad, de 16 a 27 años. Esperó que el General terminara de hablar para continuar con preguntas.
- -Y estos habilidosos jóvenes y doncellas, ¿Estarían dispuestos a dejar sus estilos de vida para estudiar magia y formar parte de la nueva Guardia? ¿Los has entrevistado? –notó como Denix carraspeaba algo incómodo por la pregunta, pero se repuso al instante.
- - He entrevistado a dos docenas de ellos, la mayoría accedió, pero aún quedan más para ver. Designé un grupo de soldados para buscarlos y explicarles esta oportunidad, por supuesto, no forzarlos en ningún momento a venir con nosotros. –Celestia asintió, aún muy seria. De pronto el sonido de la gran puerta del Salón del Trono se abrió de par en par, dejando ver a la Princesa Luna con sus mejores vestidos, con expresión solemne, su cabello azul balanceándose a su caminar.
