-Vamos, por favor.

-Ni hablar.

Mi decisión es inamovible. No importa cuantos pucheros ponga Alice, no voy a ceder. Alcanzo la prenda que sostiene en una mano y la guardo cuidadosamente en el armario, donde pienso dejarla indefinidamente. Posiblemente para siempre. Alice se sienta en la cama con los brazos cruzados.

-Tengo buen ojo Bella, se cuando una prenda está hecha para alguien. Estoy segura de que te queda como un guante –intenta de nuevo.

Ese no es el problema.

-Hoy no, ya tengo pensado que ponerme –me escabullo.

Alice enarca una ceja, a la espera. Pongo los ojos en blanco y saco una mini falda negra y una blusa. Es casi como enfrentarse a un juez; su mirada analiza cada centímetro de la ropa antes de poner los ojos en blanco.

-No es el vestido –insiste.

Apoyo mi espalda en la puerta cerrada del armario y suspiro.

-Tengo un mal recuerdo de la última vez que me lo puse.

Parece que mi tono sincero la convence porque relaja la postura ligeramente e inclina la cabeza.

-¿Un mal recuerdo?

-Mala noche.

-¿Qué pasó?

Me quedo en silencio, incapaz de decir una sola palabra sobre aquella noche. No puedo contarle que aquel vestido era de lo poco que llevaba puesto cuando conocí a su hermano. Que la fina tela me permitía notar el calor de su cuerpo cuando me apretaba contra él, casi como si no llevara nada. Que me lo quitó de un brusco tirón antes de agarrarme en sus brazos en dirección a su habitación. Que lo tuve que recoger del suelo a la mañana siguiente, donde se había perdido junto a mi orgullo, cuando me marché en silencio.

-Está bien, esa ropa también es aceptable –la voz de Alice me sacó de mi ensoñación y me sonrojé furiosamente sin poder evitarlo -. Dime que tienes unas botas negras –asentí -. Ah, perfecto. Solo déjame prestarte una cosa.

Se levanta y desaparece por la puerta antes de que pueda volver a hablar. Me tomo los segundos que tarda en volver para recuperar la compostura. En sus brazos lleva una chaqueta de cuero negra y mis ojos se abren por la sorpresa. Es cuero auténtico, caro. Alice parece complacida por mi reacción.

-Con esto te irá genial. Ten, pruébatela.

Es como si Alice supiera de antemano que adoro este tipo de chaquetas. Seguramente Emmet le ha comentado algo. Dejo caer mi modelo para la noche en la cama descuidadamente y ella chasquea la lengua, ayudándome a poner la chaqueta. Luego comienza a colocar la ropa sobre la cama para que no se arrugue, pero no le presto mucha atención.

La chaqueta es perfecta, del tamaño justo, y cuando me miro al espejo quedo embobada. Subo la cremallera con cuidado, casi disfrutando del sonido. Dios, incluso huele increíble, al propio material y algo más.

-A mi me queda grande –suspira Alice acariciando una de las mangas -. Es una pena, pero al menos ahora alguien puede llevarla con gusto.

Veo su sonrisa a través del espejo y le respondo con una igual. No creo que tenga idea de lo que ha hecho por mí al dejármela, aunque solo sea una noche.

-Gracias –alcanzo a responder rodeándome con los brazos.

Se encoje de hombros.

-Tómalo como un chantaje. Algún día tendrás que contarme la historia tras ese vestido y lo harás sin rechistar. Ahora, me voy a la ducha.

El cuarto queda de nuevo vacío y yo vuelvo a mirar mi reflejo con ojos brillantes.

La chaqueta tiene su parte buena y su parte mala. Como supuse, Alice acertó de lleno al recomendármela con la ropa que tenía planeada. Con el pelo suelto, los ojos ahumados y las botas negras casi consigo un estilo motero que me encanta, suavizado por la blusa clara que llevo debajo de la prenda más cara que he vestido en mi vida.

Emmet sonríe al verme, levantando ambas cejas en un gesto juguetón.

-¿De caza hoy?

Le doy un codazo.

-Yo no hago eso –una pequeña mentira no hace daño a nadie.

-Eso dices ahora…

Sé que solo es una broma pero la culpa vuelve a caer sobre mis hombros y aparto la mirada sin seguirle el juego.

La parte mala es esta: mientras no me libere de esta carga y oculte mi secreto, pensaré mal de cualquier comentario tonto. Alice y Emmet, tan encantadores como son, no saben de mis andanzas con Edward. Sobre mi último encuentro con él apenas les comenté que lo había visto. Alice me aseguró que no volvería a aparecer sin aviso previo y me pidió disculpas. Eso solo añadía otra losa que llevar a cuestas.

No soy capaz de sacar a Edward Cullen. Me encuentro en los momentos más inesperados recordando nuestros escasos encuentros. La primera noche, carnal, pasional, increíble. El malentendido en la cafetería. Sus duras palabras aquí, en su casa. Una historia corta, puede que ni merezca ese nombre. Él dejó muy clara su indiferencia hacia mí y la idea de imitarle ronda mi cabeza últimamente.

Si sus familiares no me han dicho nada significa que no ha despotricado sobre mi a los cuatro vientos, y es dudoso que lo haga en adelante. Puede que la mejor opción sea aprender a convivir con esta opresión que siento cada vez que lo recuerde. Un problema que nunca cerraré, de la que solo saqué una noche de buen sexo.

Es cuando llego a esta clase de pensamientos que más me avergüenzo de mí misma.

-¡Podemos irnos! –exclama Alice con una sonrisa.

Lleva una gabardina beige que oculta su atuendo, aunque supongo que será increíble. Lleva el cabello recogido y su flequillo echado a un lado, apenas maquillada.

-Te lo dije –comenta señalándome.

En estos días me he dado cuenta de que le encanta decir esa frase, cosa que pasa a menudo.

-Lo sé, gracias otra vez.

-Alice…

Emmet y ella se miran por unos instantes de silenciosa comunicación. Finalmente el se gira para coger su chaqueta.

-El taxi espera abajo, pagas tú por ser la última, como siempre –acusa saliendo por la puerta.

Miro a Alice buscando alguna respuesta pero ella se limita a agarrarme del brazo y tirar de mí fuera de casa.

Esta noche vamos a una discoteca en el centro, aunque no puedo recordar el nombre. Tardamos poco en llegar a un enorme local de dos plantas, con un enorme cartel de neón morado y azul que reza Down. Hay una larga cola de personas esperando para entrar. No puedo evitar suspirar.

Emmet me mira y se ríe, bajando del coche y sujetando la puerta abierta para que lo imite.

-No te preocupes, tenemos enchufe.

Alice se une a nosotros mirando a la puerta.

-Hoy no está tan lleno –noto un tono de decepción en su voz.

La miro incrédula.

-¿No es eso suficiente? –señalo la cola.

Echa a andar como si no me hubiera escuchado. Emmet me pasa un brazo por los hombros y de nuevo recuerdo nuestra adolescencia.

-Es una obsesa, yo que tú me acostumbraría. Siempre que puede se pone sus propios diseños para hacer promoción –explica.

-Entiendo.

El negocio de Alice siempre está en lo alto de su lista de prioridades, al menos en los tres primeros puestos. Toda la publicidad que pueda hacer, incluso en una noche de fiesta, es poca. Desde su punto de vista, un local que no está abarrotado es insuficiente. Y de pronto no parece que haya tanta gente en la calle. Espero que toda la ciudad salga hoy de sus casas para ver su arte.

En la doble puerta del sitio hay un guardaespaldas encargado de dar el visto bueno a todos los que quieran pasar. Lleva un uniforme negro de camiseta y vaqueros, y sus enormes brazos morenos se cruzan al vernos a su lado. Sus ojos no tardan en enfocarme y soy consciente de que se abren un poco más, pero ese es el único gesto de reconocimiento que veo en él.

-Hola, Jacob –saluda Alice son una sonrisa – venimos a acabar con tu bebida.

Sonríe maliciosamente de vuelta.

-Nunca estás a la altura Alice. Espero que vuestra nueva ¿Compañera? Pueda servir de ayuda.

Emmet me palmea el hombro.

-Aquí mi amiga tiene más aguante del que piensas, perro.

-No sé porqué, te creo.

Por supuesto, el me vio beber copa tras copa la noche que me marché con su amigo. Tomo aire y me muestro lo más tranquila posible.

-Bueno, tengo un buen ejemplo a seguir.

Emmet suelta una carcajada.

-No están a nuestra altura. Hoy arrasaremos y haremos locuras.

Esta vez la sonrisa maliciosa de Jacob se dirige directamente a mí.

-Pasad, está dentro –se hace a un lado y asiente en mi dirección, riéndose de alguna broma privada.

Avanzamos por un corto pasillo hacia el interior cuando sumo dos y dos. Mi corazón se acelera y noto un nudo en mi garganta.

-¿Quién está dentro? –la música ahoga mi voz.

No parecen oírme, los dos abriéndose paso entre la gente como si estuvieran en su casa. Destino: la barra. Mi estatura no me permite ver si allí nos espera alguien, así que me limito a seguir a Emmet medio ocuta por su espalda. No estaba en mis planes enfrentarlo tan pronto…

-¡Alice!

La aguda voz femenina se hace oír por encima del ruido y me permite respirar aliviada. Una amiga es fácil de manejar. Puedo hacerlo. Emmet se detiene de pronto soltando un taco y me hago a un lado para evitar chocar con él. Estoy a punto de increparle por el movimiento cuando la veo.

Lleva el pelo teñido de un rubio dorado que para ser sincera le queda bastante bien. Lo conjunta con uno de sus habituales top ceñidos, esta vez rojo, dejando al aire su ombligo y gran parte de sus pechos. Y, como la conozco, se que si se inclina lo más mínimo hacia adelante dará una increíble vista de su tanga sobre sus vaqueros desgastados a cualquiera dispuesto a mirar.

Jessica Stanley salta del taburete en el que está sentada al verme.

-¡Bella problemas Swan! –grita.

Lo siguiente que sé es que sus brazos están a mi alrededor y el olor a vainilla de su perfume hace que me pique la nariz. Correspondo su saludo sin creérmelo del todo.

-¿Jess?¿Qué haces aquí?

-Que increíble reencuentro. Aunque sumando dos y dos era obvio que esto pasaría. Alice Cullen, Emmet… Y vosotros dos siempre estábais juntos, ¿Verdad? ¡Oh Dios, Emmet!

Se separa de mí y se abalanza sobre Emmet que me mira con una expresión de completo horror, paralizado mientras Jessica apreta y toca cuanto puede de su cuerpo sin ser demasiado descarada.

-No sabía que os conocíais –Alice se desprende de su gabardina quedándose en un vestido verde metálico que se ata por detrás de su cuello. He acertado al imaginar que su ropa sería increíble, pero no es por eso por lo que me quedo helada.

Apenas soy consciente de cómo le pasa el abrigo porque mis ojos ya están sobre él. Edward aguarda tras la barra para recoger sus cosas aunque me mira fijamente sin expresión. Como ya empieza a ser habitual mis latidos se aceleran por el nerviosismo y aparto la mirada, buscando algún agujero en el suelo donde esconderme.

-¡Claro que sí! –Jessica responde por mí y rezo porque Alice no se haya dado cuenta de que me he quedado muda -. Fuimos al mismo instituto. Éramos muy amigos, aunque no nos veíamos tanto como queríamos.

Bueno, eso definitivamente hace que Emmet se recupere haciéndolo soltar una carcajada. La capacidad de Jessica para exagerar siempre le ha hecho mucha gracia al cazarla en frases como esta. Si es cierto que nos conocimos allí, aunque nunca formó parte de nuestro grupo ni nada por el estilo. Rose se aseguró de ello hace muchos años…

-Era alguien que llamaba la atención –asegura Emmet con un tono que yo conozco como burlón, pero Jessica está encantada con el comentario.

-No tanto como tú –le guiña un ojo y vuelve a su sentarse -. Tenemos que celebrar este reencuentro por los viejos tiempos. Que buenas fiestas en casa de Mike… Parece que fue ayer. Pero seguro que ahora os dejaría por los suelos bebiendo.

No me jodas.

Eso es toda una declaración de intenciones.

-¿Ah, sí? Eso hay que verlo –suelto animada por la provocación.

Emmet me lanza una mirada cómplice y se gira para pedir unos chupitos a un camarero desconocido. Edward sigue en la misma postura de antes, apoyando sus manos sobre la barra y observándonos en silencio.

-Estoy harta de oír historias sobre lo mucho que os gusta beber, más vale que estéis a la altura –se queja Alice.

¿Es que todo el mundo me quiere ver por los suelos? Buena fama tengo.

-Todo es culpa de tu primo. Le gustaba experimentar con la bebida.

Pone una mueca que me hace recordar lo bien que lo conoce.

-Dale lo que quieras dejar a Edward, él nos lo guarda detrás.

Me quito la chaqueta casi con pena y se la tiendo con dedos temblorosos, tanto por perderla como por enfrentarme finalmente al hecho de que él está allí. Es lógico que en algún momento tengamos que tratarnos. Por mucho que lo único que él quiera hacerme sea tirarme la primera botella a mano a la cabeza. Esto se demuestra cuando al coger la chaqueta frunce el ceño, como si le diera asco tocar algo que yo he llevado puesto. Una pequeña parte de mí se siente ofendida y olvida que está en todo su derecho a odiarme.

Alice y yo nos reunimos con Jess alrededor de Emmet para la primera ronda de chupitos. Por lo que veo va a empezar con nuestra antigua ruta. Dos vasos por persona, uno verde y otro negro. Absenta.

-Empezamos fuerte, eh –Jessica se pavonea al coger sus dos vasos, toda confianza.

Alice por su parte no parece muy convencida pero nos sigue el rollo. Emmet me sonríe cuando cogemos los nuestros. Negro en la mano derecha. Siempre el primero. Me encara y por un momento me olvido de Edward y sus malas caras, de James y de todo el peso que llevo a mis espaldas desde hace un tiempo. La música suena más fuerte, aunque sé que es solo porque al fin estoy escuchándola. La sensación de deja vú es fuerte pero me siento en casa al ver la sonrisa de niño travieso de Emmet. Por unos segundos somos de nuevo adolescentes.

-¡Arriba! –exclamamos levantando un vaso, seguidos por nuestras compinches -. ¡Abajo!¡Al centro!¡Y adentro!

Casi había olvidado cuanto quemaba.

Bebemos el segundo inmediatamente después del primero y sé que él sacude la cabeza al mismo tiempo que yo. Viejas costumbres.

-Euj, estáis locos.

Enfoco a Alice que aún tiene el de absenta verde en su mano y una mueca de total disgusto en la cara. Suelto una risa que solo va en aumento al fijarme en Jessica. Ha dejado en la barra sus dos vasos vacíos y apreta una mano contra su boca conteniendo las arcadas.

-Eso fue bueno –Emmet da una palmada en la barra, esta vez llamando a su primo y agarrándome a su lado bajo uno de sus enormes brazos-. Vamos Ed, no podemos parar ahora o nos va a dar el bajón.

Edward le mira con una sonrisa divertida y levanta las cejas.

-Dime qué quieres y veré que puedo hacer.

Me sorprende lo relajado que parece de repente aún sabiendo que me tiene justo frente a él.

-¿Ves a esta chica de aquí? –Emmet me señala con un dedo de la forma más descarada posible -. Esta muñequita no es de porcelana, ¿Sabes? Y hace mucho que no la veo soltarse el pelo.

Le pego un codazo, totalmente consciente de la intensa mirada que me da su primo. ¿Por qué hace tanto calor? Recuerdo que hace tan solo un minuto era un tembloroso cubito de hielo.

-¡Sí!¡Bella borracha! –Jess no abandona su afán por comunicarse a base de gritos.

Emmet me lanza una malvada mirada. ¿En qué está pensando ahora?

-No podemos dejar que deje nuestra mala reputación por los suelos –me dice al oído, señalándola con la cabeza.

Sabe que no me puedo negar. Con un suspiro asiento y cedo, buscando entre las botellas a la espalda de Edward. Su voz suena inesperadamente en lo que en mi cabeza suena como una deliciosa invitación.

-Dame un buen reto, muñequita.


Este fue el último capítulo que públiqué a medias, esperando acabarlo poco tiempo después y continuar. Lamento que al final no pudiera ser, y me arrepiento de haberlo subido y dejarlo colgado, en vez de parar la historia hasta tener estabilidad suficiente para seguir. De cualquier forma aquí lo dejo de nuevo al completo, con algún ajuste y espero que sin demasiados errores.

Pronto tendréis noticias mías c: