Texto: Letra normal.

Diálogos: - Letra normal

Pensamientos: "Letra cursiva"

Rated M por strong language, escenas crudas y contenido para adultos

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto. La historia y los personajes que no son de la serie son míos, especialmente Mei.

Historia basada en Naruto con algunas pinceladas de películas del Studio Ghibli.

We Are Togheter - Planet of Sound


Capítulo 2. Un nuevo lazo

Los sucesos del día anterior volaban con rapidez en la mente de Hashirama. La loba Okami había sido un extraño fenómeno en medio de su rincón de paz y tranquilidad con Madara, donde podía huir del horror de la guerra que libraba su clan, los Senju, contra el Clan Uchiha. Con las manos en los bolsillos y gesto turbado, llegó al lugar de encuentro habitual con su amigo y rival.

Pero no fue a él a quien encontró en la orilla del río frente a la suya. Una jovencita, con el pelo castaño muy claro liso hasta la cintura, con un par de finas trenzas individuales que se iniciaban desde la parte superior de su cabeza y se perdían entre el resto del pelo suelto al moverse, estaba plantada ahí, mirando al río. Llevaba una cesta de mimbre pequeña sujeta al brazo cubierta con un paño rojo. Su vestimenta consistía en una especie de kimono blanco, con mangas anchas pegado a su cuerpo, con la parte delantera cruzada, tapándole el torso y una falda roja larga que le llegaba casi al suelo. La falda no era muy ancha y podían verse unas sandalias con tiras de cuero marrón oscuro y suela de madera tratada.

La chica, levantó la cabeza al sentirse observada y clavó sus ojos en Hashirama. Era guapa. Mucho de hecho. Una belleza fina. Tenía la piel blanca salvo por las mejillas algo rosadas, nariz pequeña y con el puente recto que terminaba en una boca de labios normales en grosor y rosas igual que sus pómulos. El perfil de su cara era agradable y armonizaba con el cuello largo y elegante que la sustentaba. Pero lo más impactante eran sus ojos. Debajo de unas finas cejas del mismo color que su pelo que formaban un suave arco se elevaban unas pestañas marrones mucho más oscuras que su pelo, que no llegaban a ser negras, pero sí abundantes y largas, que enmarcaban un par de esmeraldas que lo miraban curiosa.

La chica fue a hablar, pero sintió una presencia detrás de ella y se giró.

- ¡Eh! ¿Tú quién eres? ¿Qué haces aquí? – Madara miraba con fastidio a la nueva presencia que estaba en su lugar favorito mientras se acercaba. Pero antes de que ella pudiera contestar, se la quedó mirando estupefacto, igual que Hashirama había hecho previamente.

- Oh… Lo siento… - La chica comenzó a hablar. – Me-Me llamo Mei – Sonrió, dejando a la vista unos dientes rectos y blancos, se le formaron hoyuelos en los mofletes al elevar la comisura de sus labios. – ¡Mucho gusto! Soy la hermana mayor de Haruka, la niña pequeña a la que ayudasteis ayer. Tú debes de ser Hashirama. – Mei giró la cabeza en su dirección, sin dejar de sonreír. – Y tú… - Se volvió de nuevo al chico moreno. – Eres Madara, ¿verdad?

- Eh… Umm… - Madara se llevó una mano a la nuca, sobándosela. – Sí… Sí, soy Madara.

- Muchísimas gracias por salvar a mi hermana pequeña… - Hashirama había saltado sobre el agua del río para cruzar y llegar hasta donde estaban Mei y su amigo. – Mi madre le encargó traer unas manzanas de la aldea que tenemos al lado para intercambiar alimentos entre nosotros… La guerra nos está obligando a apoyarnos para que no falte comida… - La mirada verde de la chica se entristeció. – Y antes de que pudiera llegar, unos bandidos la sorprendieron y quisieron quitárselas… Me contó que corrió todo lo que pudo y la obligaron a llegar al río que está justo al este de nuestro hogar… Y que unos niños habían salido en su defensa. – La chica volvió a sonreírles. – Imaginaba que… Podría encontraros aquí de nuevo.

- ¿De nuevo? – Madara había pillado al vuelo esa frase.

- Eh, sí… Claro. Supuse que si venía aquí a la misma hora que Haruka me dijo y dándome las indicaciones… Volveríais a aparecer en el lugar. – Mei iba cargando su peso alternándose entre una pierna y otra, mientras retorcía con los dedos una parte del pañuelo rojo que cubría lo que llevaba en la cesta.

- Mmmmm… Bueno, pues sí, estamos aquí. ¿Qué quieres?

- ¡Madara! ¿Por qué eres tan desagradable? ¿No has escuchado que ha venido a darnos las gracias? Discúlpale… Es un poco… Hosco…

- Tsk…

- Tranquilo, tranquilo… No pasa nada. – La chica hizo un gesto con la mano en señal de restarle importancia. – Entiendo que no os guste que haya gente rondando por vuestro escondite. Yo sólo… - Destapó la cesta que tenía en el brazo flexionado sujetando el asa. – Quería daros esto, como agradecimiento. – En la cesta había un par de dangos color amarillo clarito. – Son de manzana y miel por dentro. Los hicimos mi madre y yo con las frutas que trajo Haruka a casa. Se perdieron un montón… Pero dieron para hacer esto para vosotros. – Ella cogió los dulces por los palillos que sobresalían para tendérselos.

- Vaya… Gracias… - Hashirama se sonrojó cuando cogió el obsequio, la chica le miraba con mucha amabilidad.

- Y este para ti. – Le tendió los dangos a Madara, que la miraba con el mismo gesto arisco del principio.

- No me gustan los dulces. – Ante la declaración tan tajante, la chica abrió los ojos sorprendida.

- En ese caso… - La chica dejó de nuevo la comida en la cesta y la sacó de su brazo para cogerla por el asa y tendérsela a Madara. – Seguro que a alguien de tu familia le gusta. Apuesto a que tienes hermanos pequeños que sí les gusta el dulce. – Mei sonreía con toda la boca mirando al chico de pelo negro. Madara miró a Mei alucinado. Le acababa de pegar un corte típico suyo. No le gustaba su presencia, le estaba poniendo nervioso, con ese pelo tan largo donde el sol reflejaba sus rayos, arrancando destellos dorados de la melena castaña, con esa sonrisa tan sincera y esos ojos… Esos ojos tan verdes… Le recordaban a los de la loba blanca del día anterior. Le inquietaban.

Madara miró a la cesta que le ofrecía la chica.

- Venga, cógelo… Es un regalo. Tenemos más cestas en casa.

Indeciso, Madara alzó la mano para coger la cesta, pero se detuvo a medio camino.

- Pf, no, no lo acepto. – Mei le volvió a mirar, esta vez algo molesta. – En realidad no fuimos nosotros quien salvaron a tu hermana pequeña… Del bosque apareció una loba blanca enorme y mató a uno de los bandidos que la perseguían… Nosotros sólo nos pusimos en medio para evitar que no la hicieran nada, pero fue ese animal quien les detuvo. – Hashirama asintió con la cabeza, pero él sí había aceptado el dulce y se lo estaba comiendo tan ricamente.

- Es cierto. – Dijo con la boca algo llena de manzana y miel.

- ¡Oh! Vaya… Una loba blanca… - Mei miró muy fijamente a los ojos negros de Madara. – Entonces Haruka no estaba inventando una de sus historias… También nos dijo que apareció esa loba y que la ayudó. Dicen que, hace mucho, muchísimo tiempo, en los bosques que rodean nuestra aldea vivían animales que podían hablar y eran enormes. Eran los protectores del bosque y odiaban a los humanos por talar sus árboles y cazar a sus hijos para arrancarles la piel… - Hashirama se terminó el dango mientras escuchaba a la chica. – Pero llegaron a una tregua después de muchas luchas y consiguieron vivir en paz. Entonces los espíritus protectores del bosque les prometieron protegerles si no dañaban su hogar más de lo necesario para terminar con la lucha. Pero eso son leyendas. – Terminó ella con una risa cantarina. – Seguro que visteis a un lobo que consideró que ese hombre era una presa perfecta para alimentar a su camada y fue una casualidad.

- No, tu hermana nos dijo que se llama Okami y que protege a vuestra aldea. – Sentenció Hashirama muy serio.

- Bah, siempre dice lo mismo. Que por las noches, sobre todo las de luna llena, ve a un lobo muy grande blanco como la nieve rondar la aldea y que es un espíritu del bosque. Dice que la loba le dijo su nombre y todo. Pero eso de los animales mágicos no existen en realidad, los animales son animales y no hay espíritus pululando entre los árboles… Son cuentos.

Dicho así… Sí parecía que la loba que vieron fuera un simple animal que se cruzó en su camino. "Pero los ojos no eran los de un lobo…". Hashirama no lo dijo en voz alta, pero ese pensamiento sí acudió a su mente.

- Bueno, si no vas a aceptar el regalo, lo dejaré aquí. – La chica se agachó, dejando la cesta en el suelo de piedras de la orilla del río. La falda roja larga se ahuecó a medida que se inclinaba. – No voy a volver a llevármelo, es para ti, no mío, y si no lo quieres, ya lo cogerá alguien. O quizá venga esa loba blanca que decís a llevárselo. – Esto último lo dijo alzando las manos simulando que eran garras. Era divertida, alegre y vivaz. Había sido capaz de voltear el mal humor de Madara para seguir la conversación. A Hashirama le gustó enseguida. Mei se irguió de nuevo. – Me voy, no quiero molestaros más en vuestro escondite secreto. Gracias de nuevo, Hashirama de la orilla del este y Madara de la orilla del oeste, no sé vuestros apellidos.

- No puedes saberlos. – Dijo Madara, cortante.

- ¿Por qué? ¿Por qué sois shinobis? – Los dos chicos abrieron los ojos al ser descubiertos. Mei se carcajeó por sus reacciones.

- Esas… Leyes ninja vuestras. Al menos yo conozco algo de eso. No soy una ninja… Solo soy una campesina, podéis estar tranquilos. Encantada de haberos conocido. – Hizo una reverencia hacia los dos preadolescentes y su larga melena cayó como dos cortinas a ambos lados de sus hombros. Se giró y su pelo hizo un gracioso revoloteo detrás de ella a medida que se marchaba.

Hashirama y Madara se quedaron en silencio, observándola mientras se iba. Cuando la chica se hubo retirado unos metros, escuchó la voz de Madara llamándola.

- ¡Eh! ¡Eh! ¡Tú! ¡Espera! – El chico cogió la cesta que reposaba en el suelo y salió corriendo detrás de Mei. Cuando la alcanzó, cogió el dango, muy serio y le tendió de vuelta su cesta. – Está bien, pesada… Acepto tu regalo aunque no me guste y llévate tu cesta, no voy a aparecer en medio de mi clan con esto colgado del brazo como si fuera una niña.

Mei cogió la cesta con el paño rojo y cuando la colgó de nuevo de su brazo, cogió a Madara envolvió con sus dos manos la mano del chico con la que le había devuelto el recipiente de mimbre.

- Gracias por aceptarlo… Madara. – Los ojos verdes de Mei brillaron, o eso le pareció al moreno, que se sonrojó hasta la raíz del cabello ante el gesto y la intensa mirada de la joven.

- N-N-No… No hay d-de qué… ¡Vete ya! – Se soltó del cálido agarre de Mei de un tirón, molesto y nervioso. Ella se rio intentando aguantarse colocando el dorso de su mano sobre su boca.

- ¡Eh! ¡Mei! – Hashirama la llamó desde donde estaban antes. - ¡Puedes venir aquí cuando quieras y traernos más dangos! ¡Estaba muy bueno! – Mei levantó el brazo para agitarlo en señal de que le había escuchado y de despedida.

- ¡De acuerdo! ¡Eso haré! – Se dirigió ahora a Madara, el cual tenía delante. Ella tenía que inclinar levemente la mirada hacia arriba, puesto que el chico era más alto que ella. - ¿Podré veros entrenar? Porque eso hacéis aquí, ¿verdad?

- No lo sé, ya veremos… - Madara con el dango sujeto en la mano, le dio la espalda enfurruñado, no le gustaba nada que lo pusieran nervioso y esa chica lo alteraba con una facilidad pasmosa.

Ella echó una última mirada a los dos amigos y se marchó.

Madara caminó de mal humor de vuelta hacia el punto donde estaba Hashirama con los brazos cruzados, aún con el dango entero.

- ¿Por qué tienes que ser tan desagradable, Madara? Esa chica ha sido muy amable al venir hasta aquí para traernos lo que ha preparado su familia exclusivamente para nosotros… ¿No deberías ser un poco más amable?

- No me gustan las niñas entrometidas, no me gustan los dulces y no me gusta que me recriminen, idiota. – Hashirama suspiró cansado, negando con la cabeza.

- No tienes remedio… - Madara alzó la mano donde tenía el dango sujeto por el palillo. La verdad es que tenía buena pinta. Se lo acercó a la boca y le dio un mordisco.

- Al menos está bueno, ¿verdad? No puedes negar que no te guste.

- Mmm… No está mal… - Reconoció el moreno a regañadientes mientras daba más mordiscos a la fruta pinchada.

- Creo que es una buena chica… Podría ser nuestra amiga.

- Hashirama… Eres demasiado confiado, seguro que no aparece más por aquí, te ha mentido.

Pero no fue así. Cada tarde, Mei llegaba a su zona del río con algo para merendar los tres en su característica cestilla de mimbre marrón clarita. Se sentaban en la roca redonda y grande donde estuvieron Hashirama y Madara el día que vieron a Haruka huyendo de los bandidos después de que ambos ninjas terminaran de entrenar y hablaban. Mei empezó a hablarles de su pequeña aldea, que era minúscula, de sus gentes, de su familia. Su hermana pequeña y ella vivían con su madre en una humilde casa en la aldea cerca del pie de la montaña. El padre de Mei las abandonó cuando nació Haruka. La madre de Mei era la doctora del pequeño pueblo, pero ellas también se dedicaban a cultivar un pequeño huerto detrás de su casa para poder sobrevivir, puesto que las actividades médicas de su madre eran prácticamente altruistas. Además, la guerra había terminado con muchos comercios que eran sus clientes y tuvieron que verse forzados al trueque con otras familias o aldeas vecinas para comer con algo más que zanahorias, calabazas y tomates. Les habló mucho de su hermana pequeña Haruka y de cómo le encantaba inventarse historias que contaba a la hora de comer. Mei hablaba por los codos. Hashirama también le seguía el ritmo, sin desvelar sus verdaderos orígenes. Madara estaba la mayor parte del tiempo callado, aunque sí les habló de su hermano pequeño, Izuna. Era el único hermano que le quedaba. Los conflictos habían terminado por llevarse a cinco de sus hermanos. Ante la noticia, Mei se tapó la boca, horrorizada.

- Yo también he perdido hermanos… Familiares… Amigos… Me queda un hermano pequeño, Tobirama… Nos estamos haciendo fuertes para proteger a nuestros hermanos y que no les pase nada, ¿verdad, Madara? – El chico moreno asintió sin más. Mei tenía la tristeza ensombreciendo sus hermosos ojos del color de la albahaca que a Hashirama le gustaba mirar cada día más.

- La guerra… - Ella apretó los puños. – Es horrible… No entiendo por qué no se llega a un acuerdo, a terminar con toda esta matanza… Es lo más desgraciado que puede pasarle a este mundo…

- Estoy de acuerdo. – Dijo Hashirama con tono solemne. – Y algún día, pienso terminar con todo esto.

- Hashirama y sus sueños de paz… Yo también quisiera terminar con todo esto, quiero proteger a Izuna de cualquier peligro, con mi vida si es necesario. – Madara apretó los puños y endureció la mirada. – Pero no sabemos cómo… De momento no somos más que críos…

- Estoy segura de que cuando seáis más mayores, seréis tan fuertes que podréis hacer todo lo que os propongáis juntos. – La chica estaba cogiendo mucho aprecio a sus dos nuevos amigos. Anhelaban la paz, igual que ella, quizá no fuera una idea tan descabellada que ellos consiguieran acabar con la guerra en un futuro.

La amistad entre los tres se iba fortaleciendo con cada jornada en el río. El punto de unión era el vivir en un mundo sin muerte, sin sufrimiento, sin dolor… Y menos porque la causa fueran el apellido de unos u otros. Mei, como ya había dicho, no era una kunoichi. Además, en esa época no se dejaba a las mujeres desarrollarse en el mundo de los ninjutsus tan fácilmente. Sólo existían muy pocan guerreras ninja, la mayoría escogían el sendero de ser medic-nins, como lo era la madre de Mei y Haruka. Mei no aspiraba a ser una ninja médico, sólo quería vivir tranquila, recolectar el fruto de la tierra que ellos trabajaban y, cuando fuera mayor, encontrar un buen marido al que querer y tener muchos hijos. Madara la miraba con cara de aburrimiento cuando ella contaba sus ideas de futuro mientras soltaba un "Chicas…" con desdén. Hashirama siempre le estaba regañando cuando era descortés con Mei, a lo que el moreno se enfadaba y el chico Senju se terminaba deprimiendo. Eso a Mei siempre le hacía mucha gracia.

La mayoría del tiempo, Mei mostraba un carácter totalmente opuesto al de Madara. Pero en alguna ocasión, sobre todo cuando él no paraba de gritar a Hashirama por alguna tontería, ella había demostrado tener carácter y encararle. Eso no era muy común. La primera vez, Madara se quedó tan sorprendido que se calló, sin saber qué contestar y terminó por darse la vuelta y marcharse, furioso. Esa noche, en su habitación y todavía molesto, se dio cuenta de que Mei era muy distinta a él pero… Tenía justo lo que él no. Paciencia, amabilidad y facilidad para mostrar sus sentimientos mezclado con un fuerte sentido de la justicia, la paz y mucho genio cuando se enfadaba. En ese sentido era muy enérgica e intensa, sacaba un carácter fiero poco usual en ella. Era como las distintas caras de un prisma, todas diferentes pero en el mismo recipiente. Ellos dos eran opuestos… Y complementarios.

Como era de esperar, Hashirama y Mei se llevaban a las mil maravillas, pues eran muy parecidos. Incluso Hashirama a veces la enseñaba técnicas de lucha para defenderse de bandidos como los que atacaron a Haruka si ellos no estaban cerca. En una de esas clases particulares, Mei se dio la vuelta risueña, después de que Hashirma, desde su espalda, terminara de colocarle los brazos para un ataque, y le dio un beso en la mejilla, dándole las gracias por enseñarle. El chico se puso como un tomate maduro y Madara rodó los ojos y soltó un bufido, sentado en la roca observando la escena. Fueron días muy felices para los tres amigos.

Un día, Madara y Hashirama estaban esperando a Mei en la roca de siempre, iban a llevarla a un lugar muy especial para ellos. Al principio, Madara se negó cuando Hashirama se lo propuso, pero, aunque no lo reconociera, a Madara también le gustaba Mei. Al final de mucho discutir, el orgulloso Uchiha accedió a llevar a Mei a lo alto del acantilado donde una vez, antes de conocerla, Hashirama y él habían comenzado a idear un sueño… Construir su propia aldea donde los niños no tuvieran que ir a la guerra para morir, donde pudieran ser felices y libres, y aprender a manejar en ninjutsu con calma, entrenando con compañeros y profesores.

Entonces, Mei, vestida con un yukata largo azul claro, una falda tableada larga blanca debajo y el pelo recogido en una larga cola de caballo, echado todo hacia atrás despejando su dulce rostro, apareció sonriente y saludo efusivamente a sus amigos.

- ¡Lo siento! – Se apoyó en sus rodillas flexionándose hacia delante para coger aliento. - ¡Llego tarde! Haruka no quería tomarse unas medicinas. Está mala, algo que ha comido, mi madre aún no sabe qué le pasa exactamente, pero tiene que tomarse un extracto de "aulladores nocturnos" que sabe bastante horrible. – Ella hizo una mueca de asco.

- ¿Aulladores nocturnos? – Hashirama la miró interrogante.

- Son unas plantas que sólo florecen de noche y crecen en la base de los árboles del bosque, aunque son un poco difíciles de encontrar… Además ahora hace mucho calor y se secan… Ya casi no nos quedan.

- Vaya… Espero que Haruka se recupere – Hashirama siempre preocupándose por los demás.

- Bueno… ¿Vamos ya o qué? – Madara se giró, avanzando para que esos dos le siguieran.

- ¿Vamos? ¿A dónde?

- ¡Mei! Queremos enseñarte algo… ¡Tenemos una idea y queremos que tú lo sepas! – Hashirama estaba entusiasmado porque ella supiera lo que ellos habían pensado. Los tres jovencísimos amigos se pusieron en marcha mientras Hashirama no paraba de decirle a Mei que le iba a encantar. La chica estaba muy intrigada.

Llegaron a un sendero que dejaba a la izquierda todo una extensión ridículamente grande de bosque y a la derecha se alzaba una pared de tierra y piedra, completamente vertical muy alta.

- ¡Es aquí! – Los tres se pararon en mitad del camino. Madara y Hashirama elevaron la cabeza hacia lo alto del acantilado, Mei también miró en esa dirección con curiosidad.

- ¿Aquí?

- Sí, bueno, tenemos que subir hasta la cima. – Dijo Hashirama elevando un brazo y señalando con el dedo la cumbre. – Pero si vamos subiendo por otro lado, tardaremos demasiado… ¡Ven, Mei! Súbete a mi espalda, yo te cargo. – Mei le miró muy confundida. – Usaremos el chacra en nuestros pies para subir corriendo, no te preocupes.- Mei fue a colocarse para subirse encima del chico, pero Madara se lo impidió sujetándola suavemente por el hombro.

- No, yo la subo, tengo más fuerza para correr que tú y soy más alto. – Mei le miró sorprendida. Hasirama frunció el ceño.

- Pero si te gané cuando echamos una carrera la otra vez aquí…

- Porque empezaste antes que yo engañándome, pero llegamos casi a la vez. Venga, Mei, sube. – Hashirama seguía mirando molesto a Madara. ¿A qué venía eso? Pero no iba a discutir con él por esa tontería.

Mei se colocó detrás de Madara, que flexionó las piernas y echó los brazos hacia atrás, ahuecando las manos para sujetarle las piernas por encima del kimono y la falda. Mei puso las manos en los hombros del chico para coger impulsó y saltó. Echó los brazos alrededor de su cuello y enroscó las piernas en su cintura.

Ahora Hashirama se enfadó. Madara tenía la parte posterior de los muslos de la chica en sus manos, aunque fuera por encima de la ropa, y tocaba por completo su espalda con el torso. "¿Qué pretende éste ahora? Rehúye el contacto siempre…". Al joven Senju no le gustó nada el arrebato de su amigo y que ahora tuviera a Mei totalmente pegada a él.

- ¿Estáis… Seguros? ¿Vamos a subir en vertical…? – La chica tenía un deje de miedo en la voz.

- Tranquila, yo te sujeto, no te vas a caer. – Madara giró un poco la cara con una leve sonrisa para ver la de Mei desde atrás. - ¡Vamos! – El moreno elevó una pierna ya con chacra acumulado desde la suela y la apoyó en la base del muro. Con un salto desde la otra pierna, se puso totalmente en vertical y comenzó a subir corriendo con la chica cargada. Tuvo que hacer fuerza para sujetar a Mei desde esa posición y ella enterró la cara en el hueco que formaba su cuello y su hombro tras pegar un grito de impresión, asustada. Apretó con fuerza la parte delantera del kimono de Madara entre sus dedos y también hizo presión con las piernas en la cadera del chico. El viento agitaba sin parar la coleta de Mei por la carrera.

Hashirama les siguió, ofuscado, corriendo y alcanzándolos sin esfuerzo ya que él no llevaba peso extra. Cuando llegaron a la cima. Mei seguía en la misma posición detrás de Madara aunque ya estuvieran en suelo firme de nuevo.

- Mei… Mei, ya hemos llegado… Me estás estrangulando. – Ante la queja del moreno, Mei elevó un poco su carita, con sus ojos enormes emitiendo un brillo asustado. Parecía un animalillo aterrorizado.

- Lo-Lo siento… - Mei aflojó el agarre. Madara volvió a flexionar sus piernas para que la chica bajara de su espalda más fácilmente. - ¿Te he hecho daño? – Mei posó una mano en el hombro de Madara, preocupada. El chico se giró hacia ella, colocando los puños cerrados en sus costados, poniendo los brazos en jarras y alzando la barbilla.

- ¡Já! Claro que no, mujer. Yo soy muy fuerte, ya te dije que iba a poder subirte sin problemas. Además, no pesas nada… Con todos los dulces que te comes cuando estamos en el río…

- Oye… Que tampoco como tanto… - La chica le miró molesta, sonrojada y los mofletes hinchados. Era adorable. Ni Madara podía evitar pensarlo.

- Era broma, era broma… - Dijo él, llevándose una mano detrás de la cabeza, rascándosela y sonriendo, como siempre que hacía algo que sabía que había ofendido de verdad a sus amigos.

Hashirama lanzó un suspiro viendo la escena. Se adelantó hasta quedar cerca del borde del acantilado. Estaba muy alto, podía verse absolutamente todo el bosque que explotaba en un sinfín de gamas verdosas por la luz y sombra que proporcionaba el sol sobre el cielo azul por encima de sus cabezas.

- Aquí… - Hashirama extendió los brazos, como queriendo abarcarlo todo. – Queremos fundar nuestra propia aldea. – Mei se giró hacia donde estaba Hashirama, apreciando el bosque. – Donde los niños puedan estar fuera de guerras, donde no tengan que morir por una absurda causa al llamarse de una manera u otra…

- Y podrán entrenar dependiendo de sus habilidades supervisados por senseis en una academia ninja. – Madara también se quedó mirando la copa de los árboles. Mei le miró al escucharle hablar. Tenía el semblante tranquilo, con una chispa de ilusión en esos ojos tan negros. Pocas veces había visto a Madara así. Mei sonrió.

- Es genial. – Concedió ella. – Pero… - Se le murió la sonrisa en los labios .- El bosque… Tendréis que arrancar árboles para construirla… - Su mirada se ensombreció, triste.

- Pero será necesario si queremos alcanzar nuestro sueño. – Madara ladeó la cabeza para mirarla. – Tú también vives en una aldea donde tuvieron que quitar árboles, ¿no?

- Sí… - Mei seguía con la cabeza gacha y las manos entrelazadas delante de ella. – Bueno… Sí, tenéis razón. Supongo… - Los dos chicos la miraban extrañados.

- No te preocupes, Mei. – Hashirama se acercó a ella y le presionó el hombro con la mano. – No mataremos el bosque, de hecho, ¡la aldea será como si surgiera de él! – Ahora el chico castaño la sonreía abiertamente. Ella le miró y dibujó una débil sonrisa.

- Vale… Sería perfecto. Así nuestros hermanos también podrían vivir siempre protegidos y seguros, ¿verdad?

- ¡Claro! ¿Te gusta entonces?

- ¡Sí! – La chica, ahora volviendo a recuperar la alegría, alzó los dos brazos en dirección de los dos jóvenes y los cogió por el cuello, acercándolos a ella. - ¡Gracias por decirme vuestro sueño! ¡Yo os apoyaré en todo lo que necesitéis! – Gritó ella, sonriendo con toda la boca, feliz.

No pudo ver cómo los carrillos de Hashirama y Madara se encendían como antorchas al juntar sus mejillas con las de ella en el agarre.


Hashirama Senju, revivido por el Edo Tensei, seguía sentado en el Templo Nakano. Miraba al suelo con las manos descansando en sus piernas cruzadas. Hizo una larga pausa con la vista fija en algún punto. Su mente había viajado hacia el lugar que describía, junto con los que fueron sus amigos verdaderos en su casi adolescencia.

Sasuke, erguido de pie ante él, escuchaba atentamente todo. Pero… ¿Qué tenía que ver eso con lo que le había preguntado? Todos en la sala se preguntaban lo mismo… Menos Tobirama. Él también vivió en esa época y conocía la historia. Suigetsu, impaciente por saber qué pasaba después y por qué el Dios de los Shinobi se había remontado tanto tiempo atrás, habló.

- Bueno, sí, qué bonito… ¿Pero qué pinta esa chica en la creación de Konoha y la guerra y todo eso?

- Que fue la razón directa por la que Madara y yo, después de cumplir nuestro objetivo y fundar Konoha… Nos enfrentamos en una batalla donde terminé matando a mi amigo… - Los presentes hicieron un ademán de asombro.

Tobirama, con los brazos cruzados, cerró los ojos e inclinó la cabeza.

- Ya os he dicho que el Clan Uchiha es el clan que más amor puede llegar a sentir, por encima del Clan Senju. Pero eso no significa que sea algo beneficioso. Todos los extremos son malos.

- Prosiga, Primero, por favor… - Minato Namikaze no conocía el origen de Konoha, como muchos de los que estaban allí y todo lo que había dicho Hashirama le estaba intrigando demasiado.

- Como he dicho… Mei fue la primera persona que no éramos Madara y yo en conocer nuestro sueño. La compartimos con ella porque era nuestro lazo de unión más directo. A todos nos pareció un poco más posible que se hiciera realidad. Fueron buenos tiempos… Pero como todo, acabó por extinguirse... – Hashirama apretó un poco las manos.

Lo que venía a continuación sería otro punto de inflexión en la amistad entre Madara Uchiha, Hashirama Senju y Mei. Pero no se imaginaban hasta qué punto.


Notas de Autor: ¡Eyo! Este capítulo me hace ilusión. Les presento a Mei. Va a ser un verdadero dolor de cabeza para los dos fundadores de Konoha, ya verán. Si les está gustando cómo va fluyendo el relato, háganmelo saber, please. Es de gran ayuda conocer sus opiniones y si está mereciendo la pena el sentarme a escribir todo esto. El título de la canción que aparece al principio es una de las que más me inspiró para escribirlo. Les iré dejando la música que propicia que escriba mejor, ¿vale? Así quizá les traslade mejor al mundo y a los personajes que les muestro en los escritos.

¿Nos leemos?

¡Un fugaz saludo!

Shirokami Mori :3