Texto: Letra normal
Diálogos: - Letra normal
Pensamientos: "Letra cursiva"
Rated M por strong language, escenas crudas y contenido para adultos
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto. La historia y los personajes que no son de la serie son míos, especialmente Mei.
Historia basada en Naruto con algunas pinceladas de películas del Studio Ghibli.
Mononoke hime – BSO La Princesa Mononoke
Capítulo 3. Aulladores nocturnos
Los grillos cantaban formando una suave y agradable banda sonora a la luz de las estrellas blancas que salpicaban el negro cielo. Una luna redonda y llena, enorme y plateada, bañaba con su luz la densa tierra del País del Fuego. Sin embargo, aunque ya hacía horas que el sol había caído, no soplaba ni una brisa de aire. El calor era sofocante, molesto, y Madara Uchiha no podía dormir.
Llevaba un buen rato dando vueltas en el futón de su habitación. No se había echado la parte superior encima porque estaba asado. Se había quitado hasta la parte superior del kimono doméstico que utilizaba para estar en casa, de tela azul oscura con el símbolo de los Uchiha bordado en la espalda. Y ni con esas lograba conciliar el sueño.
"¡Maldito calor! ¡Así no hay quien duerma, narices!". El chico de casi 14 años se levantó hasta quedar sentado sobre el futón. Se llevó las manos al pelo, tan negro como la noche que caía tan calurosa, revolviéndoselo desesperado. No podía más, se colocó encima nada más que una túnica sencilla morada oscura sin ningún símbolo atada a la cintura con un cordón de nudos de un color más oscuro y se encaminó a la salida de su casa. No hizo el menor ruido para no despertar a su hermano pequeño, Izuna, que dormía en la habitación contigua ni a sus padres. Aunque dudaba que alguien en la aldea de los Uchiha estuviese durmiendo con semejante bochorno.
A Madara no se le ocurría otra cosa más que dirigirse al bosque y dar un paseo para refrescar un poco su cabeza. Allí, entre los enormes troncos, el suelo cubierto de hierba emitía algo de frescor, mucho mejor que en el horno que estaba siendo su habitación. Sólo se escuchaba el cantar de los bichitos que hubiera por ahí y algún ulular de una lechuza. Era muy tranquilo y se respiraba energía pura por los cuatro costados.
Madara, sumido en sus pensamientos y más calmado al refrescarse, llegó a un claro. Desde ahí, la luna se dejaba ver en todo su esplendor. La luz que proporcionaba hacía que se pudiera ver todo perfectamente en ese espacio sin árboles del bosque. En el centro del claro se elevaba una piedra gris de color claro cubierta de musgo por un lateral. Era lo suficientemente grande para que se pudieran sentar cuatro personas adultas en ella. El chico llegó a un costado de la formación rocosa y posó la mano en la superficie. Estaba fría. Automáticamente, apoyó una mejilla en la roca. "Oh… Mucho mejor…". Pero de repente, sus sentidos de shinobi le alertaron de que había algo más grande que las pequeñas criaturillas nocturnas que podían rondar por ahí.
Madara se puso en guardia, frunciendo el ceño intentando agudizar su chacra para revelar qué era y de dónde le llegaba la señal. Pero no hizo falta. Unos ojos verdes como la más tierna hoja le miraban desde el lateral de uno de los árboles que rodeaban el claro.
- ¡Mei! – Madara la llamó en un susurro contenido. - ¡¿Qué haces aquí?! ¡A estas horas! – Madara, enfadado por el susto y por encontrarla tan tarde en el bosque, se dirigió a ella con una dura mirada. - ¡Es peligroso, tonta! ¡Podrían asaltarte alguien!
- ¿Por qué hablas tan bajito? – Preguntó ella, divertida, en el mismo tono que estaba usando él, como si hubiera alguien más que pudiera escucharles e intentaba ocultarlo.
- Tsk… Te he dicho que qué haces aquí, es de noche y estás sola en medio del bosque. – Respondió él en un tono normal esta vez.
- Estoy buscando aulladores nocturnos… ¿Recuerdas? Mi hermana está enferma, mi madre no puede salir porque está cuidándola y yo tengo que recoger las dichosas flores que sólo florecen de noche… Pero por este calor, casi no encuentro ninguna… - La chica estaba entre triste y enfadada. Pero de repente miró a Madara también extrañada. - ¿Y tú qué haces aquí? Estás solo en medio del bosque tú también. Además, apoyabas la cara en la roca con una cara de gusto… Es raro… - Mei acabó riéndose suavemente al terminar de decir eso.
- ¿Qué te hace tanta gracia? Tengo calor y no puedo dormir y la piedra estaba fría. Fin. – Respondió el joven moreno, molesto, cruzándose de brazos. – Además, a mí no me va a atacar nadie, soy un chico y puedo defenderme. – Ahí estaba la soberbia típica de los Uchiha.
- Bueno, yo también sé cuidarme sola, ¡no hace falta que nadie me defienda porque sea una chica! – Mei le miró con determinación.
- No, si te atacaran te acabarían haciendo daño, eres una mujer y hay muchos bandidos por ahí…
- Y entonces… ¿Me defenderías si me atacaran? – Mei realizó esa pregunta en un tono tan dulce como las manzanas con miel que les regaló cuando se conocieron y los ojos brillantes. Al escuchar su voz así, con esa expresión, Madara se giró bruscamente porque estaba notando que se estaba poniendo rojo.
- Hmp… Sí… Claro… A las niñas hay que defenderlas. – Desde su posición, Mei tenía delante la espalda de Madara y el cogote. El chico era más alto que ella, más fuerte. Ya se le estaba empezando a notar cómo los hombros se le iban ensanchando con respecto a la cintura. Mei se acercó despacio y antes de que Madara pudiera reaccionar, introdujo una mano entre los cabellos oscuros del chico, por la parte de la nuca, en una caricia.
- Gracias… - Dijo ella bajito. – Siempre estás de mal humor pero yo puedo ver más allá en ti… Eres un buen amigo. – Madara sintió como si un latigazo eléctrico le hubiera atravesado la columna vertebral y no le salía una palabra. Nunca, nadie, jamás le había acariciado el pelo. Ni siquiera su madre.
- ¡D-d-d-de n-nada! ¡Bueno! ¡¿Encuentras esas malditas plantas o qué?! – Mei esta vez se rio alto. Le encantaba alterarle. Era siempre tan serio, tan frío… Pero ella había notado su reacción al darle una simple caricia de agradecimiento y Mei se enterneció entera.
- No… Aquí ya no hay más…- Dijo la muchacha mirando con pena la cestilla de mimbre con un puñado de flores de aulladores nocturnos. – Pero creo que con esto será suficiente al menos para un par de días… No sé cuánto le durará la enfermedad a Haruka… Además, este calor… - Mei se llevó una mano al cuello. Llevaba todo el pelo recogido en un moño redondo sujeto con un par de palillos de color rojo. – Has dicho que la piedra estaba fría, ¿verdad? – Mei pasó al lado de Madara para acercarse al monolito grande y gris. La luz de la luna incidió por completo en su figura.
Llevaba una túnica lisa y blanca, con mangas anchas y atado con una cinta roja que se ataba en un lazo en la parte posterior. Debajo, asomaba su típica falda roja larga junto con las sandalias de madera. Ella también estaba creciendo. Aunque sus formas todavía fueran infantiles, se podía ver cómo en lazo se estrechaba en su cintura delgada y las caderas iban cogiendo volumen y, por la parte delantera del kimono cruzado, se adivinaba cómo un par de protuberancias pequeñas sobresalían de su cuerpo, debajo de la tela.
Mei llegó a la piedra y la tocó. Sí, estaba más fresca que el ambiente, desde luego. Dejó la cesta en el suelo cubierto de hierba y trepó por la roca hasta la superficie lisa para sentarse.
- ¡Madara! ¡Ven! ¡Siéntate conmigo! ¡Aquí hace menos calor! – Le llamó la chica. Madara obedeció y, de un salto, haciendo gala de sus habilidades como shinobi, se sentó al lado de Mei. - ¿A que se está mejor? – Dijo ella inclinándose hacia atrás, apoyando las manos en la piedra.
- Hmp… Sí…
Ambos alzaron la vista al cielo. El satélite les devolvía la mirada desde el manto negro que envolvía la noche. Parecía un enorme disco plateado en mitad de la nada, salvo por los millares de estrellas que daban pequeños fogonazos de luz de vez en cuando.
- Es hermosa… - Dijo Mei, bajito, casi para ella misma que para decírselo a su amigo. – La luna… ¿Verdad? – No apartaba la vista del cielo.
- Sí… - Madara bajó la cabeza y miró el perfil de la muchacha que quedaba en su campo de visión, recortándose contra el fondo oscuro del bosque que les rodeaba. Mei tenía la nariz pequeña y recta apuntando a la luna. Los labios, sin ser voluptuosos, casi estaban entreabiertos, rosáceos, sobresalían en el dibujo de su perfil. – Sí que lo es… - Dijo el chico mirándola sin que ella se girase para darse cuenta.
Mei se quedó en silencio contemplando la luna, como hipnotizada. Cuando llevaban un rato en la misma posición y Mei no bajaba la vista, Madara la sacó de su ensimismamiento.
- Oye, ¿alguna vez has visto tú a esa loba blanca…? Esa de la que habla tu hermana y que Hashirama y yo vimos en el río… Esa… Loba Okami. – Mei le miró al escucharle, algo despistada al salir de su hipnosis por el satélite blanco.
- ¿Okami?... La loba… Mmmmm, puede… - Se encogió de hombros sonriendo. – Puede que la haya visto alguna vez.
- ¿Puede? Eso no es una respuesta, o la has visto o no la has visto. – Madara pensó que a veces le costaba pillar a su extraña amiga.
- ¿Y si la llamamos? – Ahora Mei se inclinó hacia él para acercar su cara, mientras enseñaba los dientes en su sonrisa, con un destello travieso en los ojos. Madara la miró confuso y asombrado, inclinando su cuerpo levemente en el mismo sentido que en el que Mei se le había acercado, alejándose mientras elevaba un brazo hacia ella para impedir que se pegara tanto.
- ¿Cómo que si la llama…? – La pregunta murió en sus labios y abrió mucho los ojos cuando Mei echó la cabeza completamente hacia atrás y lanzó un aullido al cielo.
- ¡MEI! ¿¡Qué haces!? ¿¡Estás loca?! ¡Puede oírte alguien, so boba! ¡Ladrones o algo peor! – Madara sacudió su hombro furioso para que dejara de aullar. La verdad es que estaban muy metidos en el bosque, a bastante distancia de su aldea.
- ¡Vamos, Madara! ¡Ayúdame a llamar al espíritu del lobo blanco del bosque! – La alegría y energía de la chica eran contagiosas. Madara se quedó mudo, mirándola mientras aullaba a la luna, haciendo que llamaba a Okami. Cuando terminó de aullar en una de las veces, empezó a partirse de risa, terminando por tumbarse por completo en la roca.
- Estás chalada… - Madara la miraba con desaprobación.
- Y tú amargado… - Dijo ella enjugándose una lágrima por la risa que le había provocado las caras del moreno al verla aullar. – Tendrías que desmelenarte un poco más, ¿no? Somos muy jóvenes todavía, ¡tenemos que vivir la vida!
- Para ti eso es fácil… - Madara dirigió una mirada ensombrecida hacia delante. – No tienes que estar pensando en que quizá mañana te manden a primera línea de combate a luchar en la guerra…
- Precisamente por eso… - Madara se giró un poco hacia atrás para poder mirarle a la cara a la chica que seguía tumbada. – Yo lo que haría sería vivir cada día como si fuera el último, estrujándolo al máximo… No merece la pena perder el tiempo en preocupaciones, si no, habrás vivido sin disfrutar nada. Eso es muy triste. – Madara se quedó observándola. No sabía qué decir. Mei se incorporó muy deprisa y le dio un empujó en el hombro con la mano.
- ¡Tú la llevas! ¡Venga! ¡A ver si puedes atraparme, shinobi de la orilla del oeste! ¡Seguro que te gano! – Mei bajó al suelo de un salto desde la roca.
- ¡¿Cómo?! ¡Ahora verás! – Madara saltó también para caer en la mullida hierba del claro. Empezaron a dar vueltas, persiguiéndose y riendo, jugando como los dos chiquillos que eran.
Acabaron agotados, jadeando y sudando debido a las carreras y al calor.
- ¡Te dije… - Mei tenía las manos apoyadas en las rodillas, intentando recuperar el aliento. – Que era… Uf… Muy rápida!
- Sí… Pero… - Madara estaba apoyando la espalda en un lateral de la piedra, intentando tomar también algo de aire. - … ¡Te he ganado todas las veces!
- Es que no es justo… ¡Eres un ninja y yo una simple campesina! ¡Y aun así te ha costado! ¡Reconócelo! – Mei se abalanzó hacia él con las palmas de las manos por delante y comenzó a intentar hacerle cosquillas en los costados.
- ¡Ah! ¡Mei! ¡Para! ¡Jajaja! ¡¿Qué haces?! ¡No me toques! – Madara, a pesar de intentar parar a Mei agarrándola por los hombros y los brazos, se estaba riendo, por lo que su tono era muy poco autoritario mientras Mei se retorcía para conseguir llegar a hacerle cosquillas.
En un movimiento con los pies al forcejear, Mei dio un traspiés y se cayó de espaldas, arrastrando a Madara consigo. Al caer, se dieron en la frente el uno con el otro en un fuerte golpe.
- ¡Auch! – Gritaron a la vez. Comenzaron a sobarse la frente por el impacto.
- ¿Estás bien? – Madara apoyó la mano con la que se estaba sobando el golpetazo e hizo fuerza con la otra para incorporarse un poco. Miró a Mei desde su posición. Por la rapidez del momento, no se había percatado de que estaba encima de ella, quedando entre las piernas de la joven, que las tenía dobladas y se le subía la falda hasta el muslo. Las manos de él estaban a ambos lados de la cabeza de Mei, apoyadas en la hierba. Ella tenía los ojos cerrados en un gesto de dolor y todavía posaba una mano en su cabeza.
- Ay… Sí… - Ella abrió los ojos, dolorida, y dejó caer la mano a un lado. - ¿Y tú? – Madara no contestó. Se había quedado embobado mirándola directamente a los ojos. Podía ver el reflejo de la luna llena en ellos. Se le había deshecho el moño en la caída por completo y su abundante pelo castaño estaba desparramado por todas partes. Parecía que estaba flotando en el agua. Mei se quedó quieta, reparando en que tenía al chico encima de ella. Podía sentir la cercanía de su cuerpo, la calidez que emanaba de él. Madara, en su embotamiento mental, bajó su mirada ónice a los labios de la chica. Y, por primera vez, se le cruzó como una estrella fugaz la pregunta de cómo sería besar a una chica. Es más, ¿cómo sería besar a Mei?
Tan absorto estaba que no se dio cuenta que ella había elevado una mano hacia su cara, ahuecando la palma para posarla sobre su mejilla.
- ¿Madara? – Su nombre saliendo de su boca fue como si le hubiera dado un calambre. Se levantó como un resorte de encima de ella, con la cara roja como las semillas del interior de las granadas.
- Lo siento… Lo siento… - El chico daba pasos hacia atrás, avergonzado.
- Oye… ¿Qué ocurre? – Mei se levantó y le miraba preocupada. - ¿Estás bien?
- ¡Sí! ¡Estoy bien! ¡Lo siento! – Mei juraría que si se fijaba un poco más, vería humo salir de la cabeza del moreno.
- Tranquilo… Ha sido un accidente… Ya está… - Mei se acercó a él suavemente. Le puso una mano en el hombro e hizo presión para que la mirara. El flequillo del pelo le estaba tapando los ojos al tener la mirada clavada en el suelo.
- ¡Te dije que no me gusta que me toquen! – Madara la miró con un gesto incriminatorio.
- Vale… Vale… - Mei dio un par de pasos hacia atrás con las palmas en alto. – Sólo… Sólo ha sido un accidente… ¿Por qué te pones así? ¡Estábamos jugando! – A Mei había veces que le costaba lidiar con el carácter tan fuerte y explosivo como el de Madara. Unas veces estaba tan tranquilo y otras estallaba como una bomba por nada.
- ¡Te dije que pararas! ¡Y no me hacías caso! ¡Eres una testaruda!
- ¡Madara! ¡Basta! ¡Ha sido un juego! ¡Si no eres lo suficientemente maduro para diferenciar las cosas es que no eres más que un crío estúpido! – Mei se había enfadado de verdad. Estaban gritando en medio del claro, a las tantas de la noche, peleándose.
- ¡Tú sí que eres una cría estúpida! ¡Correteando por el bosque, aullando y jugando como si tuvieras 2 años! ¡Tonta! - Mei le lanzó una mirada profundamente dolida.
- ¿Eso crees? De acuerdo, me largo. No voy a estar perdiendo el tiempo en amargados como tú que no saben apreciar a sus amigos. – Mei fue con pasos tan fuertes que parecía que quería dejar grabada la huella de sus sandalias en el suelo hacia la cesta con los aulladores nocturnos para recogerla.
- ¡Hmp, pues vete! ¡Eres tú la que has venido aquí molestándome mientras estaba tan tranquilo!– Mei meneó la cabeza, muy enfadada, haciendo que su pelo diera bandazos detrás de ella.
- ¡La molestia es tu carácter! ¡Seguro que Hashirama hubiera sabido comportarse como un caballero! ¡No como tú, burro!
Madara se quedó clavado ante esa declaración encolerizada de Mei. "¿¡Cómo!?" Madara fue a contestarla pero ella había salido corriendo por el bosque muy deprisa y la perdió de vista. "Tsk… Que se largue… Es una… Una… Molestia". Pero él no se sentía mejor. De hecho, conforme pasaba el tiempo de regreso a su casa, se sintió fatal. No le había gustado ver esa furia dolida en los ojos de la chica contra él ni mucho menos el comentario sobre que el tonto de Hashirama hubiera sido un caballero, cosa que él no era. "¿Y qué? No, no soy un caballero. Soy un ninja. Soy un Uchiha. No necesito a perdedoras como ella…"
Pero por mucho que intentara contrarrestar los remordimientos que le nacían desde dentro por haberle hablado así a su amiga, no pudo evitar pensar que lo había hecho fatal. Mañana, durante la tarde en su encuentro con Hashirama y ella, pensaría algo para pedirle perdón.
Al día siguiente, Hashirama llegó al río como de costumbre. Llevaba ropas mucho más livianas en comparación con las que solía usar puesto que un sol de justicia caía sin remedio sobre su cabeza, haciendo que ahora fueran las chicharras las encargadas de la música ambiental del lugar.
En la otra orilla, Madara esperaba recostado contra el tronco de un árbol, bajo la sombra que proporcionaba su amplia copa. Hashirama le saludó sonriente mientras cruzaba el río sin utilizar su chacra para no hundirse, era muy agradable poder combatir un poco las altas temperaturas mojándose hasta la cintura. La ropa le chorreó cuando alcanzó la orilla donde estaba Madara, pero su gesto cambió a uno de preocupación cuando vio que el moreno tenía la mirada clavada en los pies y estaba más serio que de costumbre. Ni siquiera había levantado la vista para mirarle mientras se acercaba.
- Oye… Madara, ¿pasa algo? – Hashirama temió porque le hubiera pasado algo en su familia, a su hermano pequeño, Izuna, o algo así. Ahora, el joven Uchiha sí le miró, pero sin cambiar el semblante.
- Anoche… Me peleé mucho con Mei… - Hashirama abrió los ojos del asombro. "¿Anoche? ¿Con Mei?" – Salí de casa porque no podía dormir por el calor y me metí en el bosque para refrescarme un poco. La encontré recogiendo esas plantas para fabricar la medicina para su hermana pequeña. – Hashirama escuchaba en silencio la explicación de Madara, muy serio. No le gustaba nada que él y Mei se hubieran encontrado por la noche el día anterior. Solos.
- ¿Y qué paso? – Hashirama casi le estaba ordenando que siguiera con el tono duro que utilizó. Pero Madara no prestó atención a ese detalle.
- Que la muy tonta me empezó a hacer cosquillas, ¡y no me gusta que me toquen! Así que la grité… Y me pasé… Un poco. – Madara volvió a clavar la vista en el suelo, balanceándose contra el tronco, molesto. No le gustaba para nada reconocer que era él el que sea había equivocado, pero Hashirama era su amigo. Se podía decir que era su mejor amigo, así que con él podía bajar un poco la guardia. Lo que sí que no iba a hacer era revelarle la verdadera razón por la que gritó a Mei.
Hashirama se quedó mirándole unos segundos, todavía muy serio, con los las manos cerradas en dos puños.
- Así que… - Prosiguió Madara - Quiero pedirle disculpas, pero no sé cómo… Esas cosas se me dan fatal… Y pensé – Enrojeció. Hashirama no salía ahora de su estupor. – en darle esto. – Madara sacó de la manga ancha de su kimono característico un colgante. Era un cordón de cuero rojo que sujetaba por un extremo, en varias vueltas del propio cordón, un cilindro de cristal tallado acabado en punta. El material no era pulido, sino que estaba tallado en muescas y era de una mezcla variada de azules y morados que se entrelazaban según se movía a la luz. Tenía forma de daga. Era precioso. – Encontré el cristal en el suelo un día cerca de mi casa y lo até al cordón. – Hashirama se quedó mirando el precioso collar.
Finalmente, suspiró, agachando la cabeza y relajando los puños.
- Bueno… Al menos vas mejorando en tu comportamiento. Ya hasta piensas en pedir perdón con un detalle.
- Hmp… Es ridículo, mejor no le digo nada… - El sonrojo de la cara de Madara no se iba.
- Pues yo no lo veo ridículo. Y si se lo das seguro que no le dura más de dos segundos el enfado. Mei no es rencorosa. Le va a gustar. Dáselo. – Madara acabó asintiendo después de dudar un momento.- Bueno, ¿empezamos el entrenamiento mientras viene Mei?
- De acuerdo. – Madara se volvió a guardar el collar y comenzaron a entrenar a la sombra de los árboles, al sol era terrible aguantar si encima estaban entrenando.
Llevaban ya un buen rato combatiendo, practicando con los shurikens y perfeccionando nuevos jutsus y Mei no aparecía. Cuando el sol comenzó a ocultarse por las colinas y el cielo comenzó a teñirse de rojo, Madara y Hashirama dejaron de pensar que Mei acudiría esa tarde. Hashirama miró a su amigo, que conforme pasó el tiempo estaba más distraído y afligido.
- Puede que Haruka haya empeorado, no creo que no haya venido por vuestra pelea… Es un poco tonto… - Aunque a Hashirama le diera rabia que pudiera haber una posibilidad de que a Mei le gustara Madara y no él, Hashirama era un chico amable y apreciaba a su amigo. No podía evitar ayudar a los demás.
- Hmp… No lo sé… Mañana se lo preguntaremos. – Ambos se despidieron brevemente.
Sin embargo, Mei tampoco apareció a la tarde siguiente.
- ¿Y si le ha pasado algo malo a Haruka? ¿Algo malo de verdad? – Hashirama estaba preocupándose bastante por Mei. Desde que la conocieron no había habido día que Mei no asomara su carita por detrás del tronco de un árbol o desde su roca con una sonrisa para saludarles cada tarde.
- Puede… Pero, ¿qué hacemos nosotros? No sabemos dónde está su aldea exactamente…
- Si mañana no aparece, iremos a buscarla. Dijo que su hogar estaba siguiendo el río, hacia el norte y luego hacia el oeste, en dirección a la montaña. – Madara no dijo nada. Las indicaciones eran muy pobres y, aunque parecía sencillo, el bosque era enorme y podían perderse muchas veces antes de llegar a la aldea de Mei, que no era ninguna de las conocidas del lugar.
Entrenaron hasta que no pudieron más por el calor, momento en el que se metieron en el río para poder relajar los músculos y bajar la temperatura.
Esa misma noche, Madara se encontraba sentado en el suelo de su habitación. Si ya no se podía dormir por el calor, la preocupación por el hecho de que Mei no apareciera dos tardes seguidas después de su pelea no ayudaba en nada. La noche anterior Madara había salido hacia el bosque, encaminándose hacia el mismo claro donde se encontró con Mei por si ella había vuelto a recoger aulladores nocturnos. Pero ella no apareció por allí.
De todas formas, decidió intentarlo de nuevo. No iba a dormir igualmente. Se enfundó el kimono sencillo morado oscuro y se dirigió al claro. Cuando llegó, estaba vacío. Sólo lo estaba esperando la roca grande donde se habían sentado para tocar la frialdad de la superficie rocosa. Saltó con la fuerza suficiente para caer encima de la piedra. Esa noche, la luna estaba iluminada hasta la mitad, pero el cielo seguía igual de despejado y el satélite iluminaba algo.
Madara se perdió en sus pensamientos, sobre todo su discusión con Mei y, sin querer, volvía una y otra vez al momento en el que se cayó encima de ella. Se sacó la daga de cristal que tenía a modo de collar por la cabeza. El cordón era lo suficientemente largo para que quedara siempre oculto bajo la ropa. Elevó la parte del mineral tan extraño que se encontró hasta que quedó a la altura de los ojos. De los filos de las muescas saltaban pequeños destellos de la luz lunar. Como el pelo de Mei cuando se movía. De repente, sintió algo entre los árboles que tenía en frente.
- ¿Mei…? – Bajó de lo alto de la piedra hasta tocar el suelo de hierba. Vio un reflejo blanco. "¿El kimono de Mei?" Pero cuando entrecerró más los ojos para enfocar aquello que se movía detrás de los troncos, dio dos pasos hacia atrás hasta tocar la espalda contra la roca, con los ojos muy abiertos. Tragó saliva.
Una enorme loba blanca iba avanzando con cautela, con las orejas hacia atrás y la cola estática, olfateando el aire del claro. Conforme iba acercándose a Madara, le llegó a los oídos el suave gruñido bajo que emitía la loba.
- Okami… - Apenas se oyó la voz del chico. Había visto lo que le hizo al bandido y ese animal no era normal. Apretó los dientes y se puso en guardia. Él era un guerrero, sabía luchar, así que si la loba le atacaba, él se defendería. La loba clavó sus pupilas en él. Desde esa posición, los ojos de la loba eran como dos focos verdes gracias a la guanina de las coroides de sus globos oculares que le permiten a los animales nocturnos ver en la oscuridad.
Madara estaba más tenso que la cuerda de un violín, atento a cualquier movimiento para reaccionar instantáneamente. La loba estaba a tan sólo cinco metros. Era tan grande, que su cabeza llegaba casi a la altura de la del joven. Entonces, ella se quedó quieta, mirándole. Cesó de gruñir y levantó las orejas de su posición amenazante. Movió la nariz, buscando el olor que le llegaba. Entonces, bajó las patas traseras y se sentó. En un movimiento muy gracioso, ladeó la cabeza hacia un lado, agitando las orejas y moviendo la cola, como si Madara le hubiera hecho una pregunta. Comenzó a jadear, abriendo las fauces y sacando la lengua, provocando que los carrillos se elevaran, como si estuviera sonriendo.
Madara bajó un poco los puños y relajo la postura. No entendía nada. ¿No iba a atacarle? La loba seguía mirándole con esa expresión de mascota inofensiva. Entonces, el chico bajó del todo los brazos.
- …Mmmm… ¿Hola? – Okami agitó la cabeza ahora hacia el otro lado, moviendo las orejas en su dirección, captando su voz. Ella gruñó cortamente. – ¿Eres… Eres el espíritu del bosque? – Madara se sentía un poco idiota hablándole a un animal, pero es que… Parecía como si le entendiera. Por toda respuesta, Okami tensó sus patas delanteras y, echando la cabeza completamente hacia atrás, cerró los ojos y aulló. Madara se estremeció de pies a cabeza. Era un lamento tan bonito y triste a la vez, que llegaba hasta lo más hondo de su ser. Cuando la loba nívea terminó su aullido, volvió a mirarle y se levantó, acercándose del todo a Madara.
Acercó el hocico a su nariz, olisqueando. Los ojos de Okami se clavaron en los de él. Verde. Tan verde como el bosque. Como todas las hojas, las briznas de hierba, las piedras del fondo del río. Tanto, como los ojos de Mei. Pensó que ella alucinaría al tener a semejante ejemplar de la naturaleza justo en frente de sus narices. Madara, alzó una mano vacilante y acarició un lado de la cabeza de la loba. El pelaje era muy, muy suave y fino. Su mano se perdía entre las hebras blanco-plateadas. Okami movía la frondosa cola detrás de ella. Madara sonrió. Estaba siendo increíble. Era como si hubiera conectado al instante con la naturaleza que le rodeaba.
Okami bajó la cabeza y apoyó todo el frontal de la misma en un lado del torso de Madara, cerrando los ojos. El chico elevó la otra mano para hundirla en el pelo de ella, rodeando la cabeza de la loba con los brazos. "¿Qué… Qué es esto?" La paz era absoluta. Madara hacía rato que había dejado de escuchar los grillos que cantaban a su alrededor.
Antes de lo que él quisiera, Okami se apartó de él y miró detrás de ella, elevando las orejas.
- ¿Qué pasa? ¿Has oído algo? – Okami no se movía. En un momento dado, la loba se giró y saió corriendo. - ¡Espera! – Madara salió en pos de ella. Aunque su pelaje blanco hiciera que su figura se viera entre la espesura negra del bosque, era demasiado rápida y Madara terminó por perderla de vista. - ¡Maldita sea! – Exclamó el Uchiha. No sabía muy bien dónde estaba, no había pensado en cómo tomar el camino de vuelta a casa. Intentó calmar su respiración por la carrera y agudizó sus sentidos para orientarse. Le llegó el sonido del agua. El río. "Vale… De acuerdo, he llegado al río". Se dirigió hacia allá.
El murmullo de la corriente se hacía más fuerte y terminó por posar sus sandalias en la orilla empedrada del río donde se encontraba con Hashirama y Mei. Allí también llegaba la luz de la media luna que coronaba la noche. Madara suspiró. Decidió mojarse un rato los pies antes de volver a casa.
Se acercó al agua, quitándose el calzado y se sentó sobre las piedrecitas, metiendo los pies en el líquido frío que brillaba en su superficie. Lanzó otro suspiro, esta vez de alivio. Apoyó las manos en el suelo hacia y se inclinó, dejando caer su cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
- Si fuera un bandido, como dices tú, ya te hubiera matado. – Madara, del susto que se llevó, casi se cae dentro del agua.
- ¡Mei! ¡¿Qué haces?! ¡Me has asustado! – La chica, que iba vestida con un yukata sencillo por encima de la rodilla de color verde botella, sujeto por un cinturón del mismo color, se reía de él.
- Tenías que haberte visto la cara que has puesto. ¡Estabas muy distraído!
- Hmp… No sabíamos nada de ti estos dos días…
- Ya… Bueno, tuve mucho trabajo en la aldea. No sólo ha enfermado Haruka, sino que más gente del pueblo tiene los mismos síntomas… Haruka está ya mejor, pero mi madre no da abasto con tantos pacientes y tuve que quedarme a ayudarla.
- Ah… - Madara fijó su vista en la corriente del río, recuperando la posición. Mei se quitó las sandalias y le imitó, metiendo los pies en el agua, sentándose a su vera.
- Y estaba muy enfadada… - Mei cruzó los brazos apoyándolos sobre sus rodillas dobladas y, sobre ellos, apoyó la barbilla, perdiendo su mirada también en el río.
- Ya… - De nuevo, Madara hacía ese gesto suyo de revolverse el pelo de detrás de la cabeza con una mano mientras dudaba en qué decir para disculparse. – Mmmmm yo… Bueno… Quizá te grité un poco… - Mei giró la cara para lanzarle una mirada con las cejas alzadas.
- ¿Un poco?
- De acuerdo… Mucho. – La miró de vuelta. – Es que no me gusta el contacto físico… Y nos hiciste caer, me molestó. – Mei no contestó inmediatamente.
- Lo siento, entonces. – Bajó los párpados, triste. El muchacho de pelo oscuro se sintió fatal.
- No. No… Lo siento yo. – Madara se llevó las manos al cuello y se sacó el bonito colgante de cristal como había hecho antes. – Quería… Darte esto. Lo hice yo. Es… Para disculparme. – Madara se lo tendió, asiéndolo del cordón rojo y dejando el cristal de misteriosos colores a la altura de sus ojos mientras se balanceaba. Mei se quedó mirándolo desde su postura. Fue apreciando el objeto asimilando las palabras que le había dedicado su amigo.
- Guau… - Mei elevó una mano, descruzando los brazos, para cogerlo. – Es… Es… Tan bonito… - Le miró con pena. – No puedo cogerlo, Madara… Es tuyo.
- Por eso quiero que lo tengas tú. – Dijo sin más. Por primera vez desde que la conocía, Mei enrojeció de vergüenza sincera, coloreando sus mejillas de bermellón. Le dieron ganas de morderle un moflete y en cuanto se dio cuenta de lo que estaba pensando, se enfadó con él mismo por pensar esas cursilerías. – Bueno, ¿lo coges ya? – Terminó por decir, ofuscado.
La chica acabó por colgárselo del cuello, mientras cogía la preciosa daga cristalina entre sus dedos, moviéndola para contemplar ensimismada sus colores. Entonces, se giró muy rápido hacia Madara y, estirando por completo los brazos y haciendo impulso, se enroscó en su cuello en un intenso abrazo.
Al Uchiha no le dio tiempo a reaccionar y se quedó con los brazos en el aire, quieto, con Mei completamente pegada a él. La chica había apoyado la cabeza en su hombro, ladeándola. De ese modo, el pelo de la chica quedaba a la altura de su cara, llegándole su olor. Mei olía a bosque, a tierra mojada, a verano. Madara no pudo evitar aspirar más para que esa esencia tan característica le llegara al cerebro. Al final, Madara relajó sus músculos y terminó por apoyar suavemente sus manos en la espalda de Mei, correspondiendo en parte el efusivo abrazo.
Mei terminó por inclinarse para separarse un poco, pero no bajó sus brazos del cuello de Madara. Ella sonreía. Sus narices estaban a pocos centímetros la una de la otra y Madara se ahogaba con gusto en la marea verde de los ojos de la joven.
- ¿Sabes? Podría quedarme mirando tus ojos por toda la eternidad. – Las palabras de Mei llegaron a los oídos de Madara como en una ensoñación. – Son como la noche… Tan oscuros… Y si miras al cielo, la luna se te queda en las pupilas.
- Mei… - A Madara no le salían las palabras, estaban muy cerca. Cuando bajó la vista a los labios de ella, con esa suave sonrisa, captó algo que lo hizo separarse un tanto de ella mientras lanzaba su mirada a los árboles que había al otro lado del río. Rastreó la zona con los ojos. Juraría que había percibido un chacra. Uno que no conocía.
- ¿Qué pasa? – Preguntó Mei, confusa.
- Alguien nos está espiando. – Madara sujetó por los hombros a la chica para terminar de separarse y se puso de pie. Madara se concentró para averiguar de dónde venía esa presencia. Pero ya no conseguía captarlo de nuevo.
- ¿Estás seguro? – Mei miraba con el ceño fruncido hacia los árboles.
- Hmp… Ya no lo noto, se ha ido.
- Mmm… Bueno, gracias por el collar Madara, es precioso… Lo llevaré por siempre y pasará de generación a generación en mi familia. Será un símbolo de unión entre nosotros. – Dijo Mei, risueña. Madara sonrió de medio lado.
- Tengo que irme ya, mañana volveré a reunirme con Hashirama y contigo aquí. Lo prometo. – Mei se inclinó para darle un beso fugaz en la mejilla y se fue a toda velocidad, siguiendo el río hacia el norte.
Madara se quedó mirándola mientras se iba corriendo hasta perderla de vista, con una mano en la mejilla donde Mei le había rozado con los labios. Ahora entendía por qué el idiota de Hashirama también se ponía rojo cuando ella estaba cerca, sonreía o le tocaba. Pero volvió a clavar los ojos negros en la orilla contraria, entre los troncos. Había notado algo, de eso estaba seguro. ¿Había sido Okami quizá? Pero era algo más pequeño… Como no conseguía volver a detectar ese chacra, terminó por salir también corriendo entre los árboles en dirección a su casa, pensativo.
Detrás de uno de los árboles de la orilla opuesta donde Madara Uchiha había estado de pie hace un momento, Tobirama Senju intentaba controlar sus nervios. Hablaría con su padre en cuanto pusiera un pie en la residencia de la familia principal de los Senju.
Notas del autor: La daga de Ashitaka, de La Princesa Mononoke. Las noches de verano con la luna llena. El río. Como ven, el Uchiha y Mei acercan posiciones pero no lo van a tener muy fácil, ups... No sé cuántos capítulos compondrán la parte de Madara y Hashirama antes de llegar a la época actual. Calculo unos 5 capítulos o algo así, pero no estoy seguro... Gracias a las dos personitas que me comentaron ^w^ Si alguna personita también está al otro lado y le gusta la historia, por favor, no dudes en decírmelo. El ver las reacciones de mi relato me ayuda a mejorar y a motivarme mucho, aprecio mucho sus reviews, son como regalitos para mí y mi inspiración. Así que, como digo, déjenme sus opiniones, please. Toda buena crítica será bien recibida.
¿Nos leemos?
¡Un fugaz saludo, nakamas!
Shirokami Mori :3
