Texto: Letra normal

Diálogos: - Letra normal

Pensamientos: "Letra cursiva"

Rated M por strong language, escenas crudas y contenido para adultos

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto. La historia y los personajes que no son de la serie son míos, especialmente Mei.

Historia basada en Naruto con algunas pinceladas de películas del Studio Ghibli.

Faded - Alan Walker


Capítulo 5. Un nuevo comienzo

Diez años.

Habían pasado diez años desde que la amistad entre el Uchiha, el Senju y la Haruno se había roto en mil pedazos. Hashirama, con sus recién cumplidos 23 años, paseaba tranquilamente por las calles de la aldea que él y Madara fundaron tiempo atrás.

La gente le reconocía y apreciaba. Le saludaban con reverencias allá por donde iba. Le veían como a un salvador, como a uno de los causantes de que la Guerra de los Clanes viera su fin, salvando tantas vidas… Y Hashirama no podía estar más feliz. El pelo le llegaba a media espalda, liso, con ese color castaño oscuro. Seguía usando ropajes de color claro, color que usaba a menudo su clan, los Senju.

Una muchacha, una niña casi, se acercó a él corriendo con una sonrisa en la cara. Llevaba una flor en las manos y se la ofreció. Hashirama le devolvió la sonrisa, aceptando el regalo. La flor era un pequeño capullo de color blanco, como la nieve, sostenido por unos sépalos verdes. Blanco como el pelaje de Okami, verdes como los ojos de Mei. Por la esquina de la calle, apareció una figura muy conocida para él.

Madara Uchiha, con 24 años, le miraba desde su posición. Él también había cambiado mucho. Su alborotado y abundante pelo oscuro le llegaba casi hasta la cintura y se había dejado un flequillo largo que le ocultaba su ojo derecho la mayor parte del tiempo. Con los años, Hashirama le había superado en altura, pero aún así ambos shinobis habían logrado forjarse una reputación de leyenda, tanto en sus clanes como fuera de ellos. Además, que dos clanes tan poderosos se hubieran unido llegaba hasta los lugares más recónditos del Mundo Shinobi.

Los dos amigos se juntaron en el paseo para supervisar todo lo que tuviera que ver con la construcción de la aldea. La ilusión por haber logrado su meta inundaba sus corazones. Sin embargo, siempre, en algún momento del día, sus pensamientos se desviaban hacia la imagen de una muchacha de apenas 13 años, sujeta por Butsuma Senju, con una katana al cuello, aterrorizada, mirándoles con la súplica pintada en sus dos enormes ojos verdes. Por eso, a pesar de la alianza, notaban cómo existía un hueco entre ellos.

Llegaron hasta su mayor orgullo tras atravesar la avenida principal de la aldea. La Academia Ninja, donde los jóvenes shinobi de todos los clanes que se habían unido a su causa podían entrenar en equipo, desarrollando sus habilidades para prestar sus servicios a la aldea, no para marchar a la guerra.

- Todo lo que soñábamos formar un día… Está delante de nosotros ahora mismo. – Hashirama miraba con orgullo la entrada del recinto.

- Parecía imposible… - Madara mantuvo la mirada también en esa entrada, perdido en sus pensamientos. – Es una pena que Izuna no esté aquí para poder ver todo esto. – Hashirama le miró con tristeza. Sabía que la alianza entre sus clanes aún necesitaba tiempo para fortalecerse. Muchos Uchihas y Senjus habían dejado ese mundo muertos por sus respectivos enemigos. Hashirama sabía que para Madara perder a su hermano pequeño había sido abrir una herida tan profunda en su duro corazón que no sería tan rápido y fácil hacer que él y Tobirama, autor de la muerte del más joven de la familia principal de los Uchiha, llegaran a tener un trato cordial.

- Pero estaría muy feliz. De hecho, estoy seguro que desde ahí arriba está viéndonos. Feliz porque hayamos encontrado el camino de la paz. – Hashirama apoyó una mano en el hombro de su compañero y amigo. Madara le dedicó una sonrisa de medio lado muy leve, inclinando la cabeza en agradecimiento.

- ¿Crees que…? – Madara clavó la mirada en el suelo, haciendo una pausa, pensando en la continuación de su pregunta. - ¿Crees que Mei estaría también orgullosa?

Hashirama apretó la mano que seguía apoyada en el hombro del moreno.

- Por supuesto. Ella sólo buscaba terminar con la guerra, igual que nosotros en su día.

- ¿Dónde piensas que está ahora mismo? – Madara se giró para mirar al Senju.

- No tengo ni idea… Puede que esté justo detrás de uno de los árboles que rodean la aldea… Puede que esté a millones de kilómetros de aquí… No lo sé. Pero lo que sí sé es que sabrá que la guerra llegó a su fin y que estamos levantando esa aldea de la que le hablamos aquella vez en el acantilado. – Hashirama levantó la cabeza en dirección a la pared de piedra escarpada que sobresalía y quedaba justo al norte de la villa, coronándola.

- Hmp… Sé que es una gilipollez, pero a veces creo que puede volver si lo supiera. – Madara dijo esto mirando también en dirección al acantilado. – Pero ni siquiera sabemos si está viva. – La tristeza se coló apenas en la voz del Uchiha. Estar pisando el suelo de esa nueva tierra no hacía más que recordarle que Mei no estaba allí para verlo.

- Está viva. – Sentenció Hashirama. Madara le miró circunstancialmente. – Lo sé. Sé que lo está. Me lo dice el corazón. Además, ella porta el espíritu del lobo blanco del bosque. Se marchó con su hermana aquella noche pero no creo que haya habido algo que la haya matado.

- A lo mejor si nos la cruzásemos ahora ni la reconoceríamos. – Hashirama rio brevemente.

- Amigo mío, si nos la cruzásemos y nos mirara a los ojos te aseguro que sabríamos quién es al instante, ya fuera como humano o como lobo.

Los dos hombres continuaron su rutinario paseo, advirtiendo aquellos detalles de las construcciones de nuevas secciones de la aldea que necesitaban supervisión o cualquier necesidad que les surgiera a los aldeanos. Hablaban con ellos y les ofrecían apoyo. Todos los nuevos comienzos eran duros.

Esa noche hizo mucho calor. La luna llena brindaba su luz plateada por la superficie de toda la villa. Las estrellas se movían danzarinas en el cielo negro y no soplaba brisa alguna. Al día siguiente a esa noche, se cumpliría justo el segundo lustro desde que Mei se marchó sin mirar atrás para no volver. Madara no supo si era el calor o ese hecho el que no le dejaba dormir. Maldijo varias veces, dando vueltas en el futón de la habitación de la casa principal del Clan Uchiha donde él vivía. A pesar de no compartirla con nadie más, la casa era amplia y señorial. Tenía detalles por todos lados. Adornos muy antiguos y bellos que pertenecían a su familia.

Los Uchiha acostumbraban a encontrar pareja pronto y a casarse para tener descendencia lo antes posible y cuanta más, mejor. Además, todos sabían que se casaban con personas de su mismo clan, aunque fueran primos lejanos. Los Uchiha iban con los Uchiha. Mezclarse con personas de clanes menores o con civiles estaba mal visto. Madara no había tenido ningún interés en buscarse una mujer. Su vida había sido la guerra y el campo de batalla. Y ahora que estaban en paz, tenía demasiadas preocupaciones con la aldea como para estar perdiendo el tiempo filtreando con chicas. Por supuesto que había habido mujeres que pasaron por sus sábanas, todas esporádicas, todas para satisfacer simplemente necesidades básicas, sin más.

Muchas de las mujeres de su clan habían mostrado abierto interés por él. Era bien parecido y un guerrero con unas habilidades envidiables. Por no hablar que era el cabecilla de los Uchiha. Sin embargo, él no había prestado ninguna atención a las insinuaciones de esas chicas. Eran todas prácticamente iguales, de piel muy blanca, ojos negros y cabello oscuro. Todas iguales y tan distintas de Mei.

Ella había sido toda luz. Con el pelo tan claro y largo, casi parecía rubio, y los ojos del bosque. Y su forma animal no dejaba de ser algo extraordinario. Madara rememoró la noche en que ella se le había acercado transformada en Okami, las sensaciones que sintió al tocar el pelaje de la loba que brillaba plateado bajo la luz lunar. Madara chasqueó la lengua, enfadado. Siempre pensaba en ella, no podía evitarlo.

Cuando ella se marchó y su amistad con Hashirama quedó rota, Madara no paraba de soñar con Mei. También soñaba que hacía las paces con Hashirama y que todo volvía a ser como antes en el río, entrenando, jugando y merendando los dulces que traía la chica. Pero ella era la que con más frecuencia aparecía en su mente. Sus ojos verdes le perseguían cada noche, llegando a pensar que se estaba volviendo loco, haciendo que su carácter fuera cada vez más oscuro al haberla perdido y no verla nunca más. Estaba tan cansado de la guerra, de todo lo que ocurrió…

Madara sacudió la cabeza, haciendo que su pelo negro le siguiera el movimiento por su espalda, para tratar de despejar sus pensamientos. Se levantó y, acomodándose un kimono sencillo con el abanico de los Uchiha bordado en su espalda, salió de su casa para vagar por las calles de la aldea envuelta en la oscuridad de la noche.

Cuando llegó a la sencilla entrada de la villa, dos guardias estaban apostados a ambos lados. Le reconocieron al instante, se pusieron firmes y, con una reverencia, saludaron a uno de los dos jefes de la aldea. Madara les devolvió el gesto con la cabeza y prosiguió su camino, fuera del pueblo para adentrarse en el bosque.

El ambiente era algo más fresco, eso desde luego. Madara siguió un camino irregular, perdido en sus pensamientos mientras intentaba buscar algo de frescor y relajar su mente. Llegó hasta un riachuelo, bastante ancho, que ahora formaba una especie de espejo con el fondo negro que reflejaba la luna redonda y blanca. Sobre una piedra que había en la orilla inclinada, Madara se sentó, recogiendo las piernas y apoyando los brazos sobre las rodillas, mirando cómo corría casi en silencio el agua del río. Por su mente se cruzó una idea un tanto graciosa. Se acordó de la vez en que Mei, sentada junto a él en aquella enorme roca en medio del claro, echó la cabeza hacia atrás y aulló como si no hubiera un mañana para llamar según ella a la loba blanca. "Si hago ahora lo mismo… ¿Vendría ella?" Madara rio internamente, sacudiendo un poco los hombros por su propia ocurrencia ridícula. Se inclinó levemente hacia delante, mirando su reflejo en la superficie del rio.

Hacía tiempo que había dejado de ser un niño. Tenía un aspecto algo fiero, pero tras aceptar la alianza con Hashirama, su mirada ya no desprendía tanto odio y rencor. Había conseguido mitigar un poco el dolor de su alma, aunque todavía tenía heridas por cerrar, o al menos, por intentar cerrar. Se acordó de Izuna, su hermano pequeño. Nunca podría perdonar a Tobirama por matar a su hermano. Sabía que estaban en plena guerra y que Tobirama le hirió limpiamente, pero no podía dejar de ver la cara de Izuna cada vez que se cruzaba con el menor de los hermanos Senju por la aldea. Tendría que aprender a gestionar ese sentimiento de odio que lo corrompía.

Madara Uchiha suspiró. Al lado del río encontró un respiro para las altas temperaturas que azotaban la zona, como cada año cuando se acercaba la época cálida. No había verano e invierno como se conoce tradicionalmente, sino una época de temperaturas suaves, con algunas lluvias que duraban días y días para regar la tierra, y otra de gran sequía, con oleadas de calor casi insoportables. Menos mal que tenían bastantes ríos en los alrededores para combatir esos periodos del año.

Cuando el joven Uchiha estaba por incorporarse para marcharse a su hogar, vio algo que hizo que su corazón diera un vuelco. Vio un destello blanco entre los árboles al otro lado del río. Fue como una estrella fugaz, pero juraría que lo había visto. "Mei" Pensó automáticamente "¡Es Mei!" Salió volando con toda la velocidad que le permitían sus fuertes piernas hacia donde había visto ese reflejo. Sin darse cuenta, tenía su Sharingan activado para ver mejor entre las sombras de la noche. Fue persiguiendo algo blanco que se movía a una velocidad de vértigo entre los árboles del bosque.

No supo cuánto tiempo llevaba corriendo, pero estaba jadeando por la carrera, desesperándose por no conseguir alcanzar esa bola blanca que se movía como un rayo. Entonces, harto de correr, calculó hacia donde podría moverse esta vez su objetivo y, con ayuda del Sharingan, en vez de seguir detrás, dio un giro hacia la izquierda, interceptando el paso de lo que estaba persiguiendo.

- ¡Ya te tengo! – Madara se paró en seco delante de esa cosa blanca. Pero se sintió el más estúpido de la faz de la tierra cuando enfocó bien la mirada. Era una liebre blanca. Un animalillo asustado por verse acorralado entre su perseguidor y el tronco de un árbol. Movía la naricilla velozmente, agitando los bigotes. Madara recuperó la posición, mirando con decepción a su presa. – Hmp… No eres más… Que un gazapo… Tsk… Idiota… - "¿En qué estaría pensado? Me estoy volviendo loco…" Madara se dio la vuelta y, subiendo de un salgo a las ramas de los árboles, fue saltando hasta llegar a la entrada de la aldea, donde los guardias le saludaron de nuevo. Él, molesto, se encaminó con paso fuerte hasta su casa. "Pensar que ese conejo estúpido era Mei… Bah." Madara se echó encima de su futón, arrancándose el kimono que se había puesto y tirándolo a algún lugar de la habitación, quedando en ropa interior.

Sólo quería dormir y no soñar nada. Mañana sería un nuevo día.


A mucha, mucha, muchísima distancia de allí, en ese mismo momento dos amantes se revolcaban en un sencillo camastro dentro de una cabaña de algún pueblito perdido. La luna se colaba por la ventana abierta de par en par, no había ninguna lámpara de aceite ni antorcha ni vela encendida. Los roces y ruidos propios del acto sexual inundaban la pequeña habitación.

Una chica joven, de unos 22 años, estaba tumbada con la espalda apoyada en las sábanas revueltas de la cama, desnuda, con los ojos cerrados y agarrando a su compañero de esa noche por la espalda. Tenía a un hombre, más o menos de su misma edad, moviendo las caderas rítmicamente hacia delante y hacia atrás entre sus piernas. El chico, que tenía el pelo rubio pajizo, estaba comenzando a sudar y pequeñas gotitas perlaban su frente. La chica también movía las caderas, acompañando el ritmo del joven, gimiendo en cada estocada.

Ella seguía con los ojos cerrados. Su pelo castaño claro estaba desparramado por todas partes, haciendo que casi no se viera la almohada donde reposaba su cabeza. El calor de sus cuerpos no ayudaba con la temperatura que brindaba la noche de la época cálida, pero parecía que les daba igual. El chico rubio apoyó la frente en la de la mujer, cerrando también los ojos, concentrándose en las oleadas de placer que sentía. Ella subió sus piernas torneadas por su cintura, rodeándolo, instándolo a que subiera la velocidad de las embestidas.

En un momento dado, ella le echó los brazos al cuello, apretándolo contra su cuerpo y, cuando notaba que los dulces corrientazos del orgasmo de recorrían el vientre, abrió la boca para darle un fuerte mordisco en el hombro al chico. Ese gesto bastó para que él también se derramara dentro de ella, con un último gemido placentero.

El chico, acalorado y agotado, se hizo a un lado, desplomándose e intentando recuperar el aliento después de aquel baile con la preciosidad que había conocido en la taberna de su pueblo. Una forastera. Al principio le llamó mucho la atención el atuendo que usaba aquella joven. No era una chica normal.

La vio sentada en uno de los taburetes de la barra. Tenía sujeta al cuello mediante un cordón que le cruzaba por las clavículas una capa de pelaje blanco abundante. Sería la piel de algún animal grande de las montañas. Usaba unas botas echas de piel suave amarradas con cuerdas a sus tobillos. Como vestimenta portaba una falda marrón de cuero que formaba un pico por la parte delantera y otro por la trasera, abriéndose por los laterales de sus pantorrillas, donde se adivinaba el borde de una especie de pantaloncillo que se pegaba a su piel. Cubriéndole el torso, no llevaba más que un top del mismo cuero marrón que la falda que le sujetaba un busto generoso y caía suavemente desde debajo de éste, no llegándole a cubrir del todo el estómago, donde se le adivinaban las líneas laterales de los fuertes abdominales. En los antebrazos lucía tiras de cuero, también marrón pero más oscuro, y, colgando de su cuello refulgía una daga de cristal que pendía de un cordón rojo. Llevaba consigo una lanza larga que terminaba en una punta de marfil con dibujos tribales en rojo y un arco con el carcaj conteniendo las flechas apoyados a su lado contra la pared de la barra.

Cuando ella giró la cara para mirar a aquella presencia que estaba observándola, el chico rubio se quedó hipnotizado. Dos grandes pendientes redondos y blancos como la luna, hechos de algún tipo de nácar, enmarcaban un rostro terriblemente bello. La mujer tenía los finos labios fruncidos en una expresión de fastidio, al igual que las cejas. Los pómulos le sobresalían un poco de las mejillas, haciendo que parecieran dos pequeños melocotones. Tenía el perfil de la cara y de la nariz afilados, rectos. Pero lo que más impactaba eran sus ojos. Dos gigantes luceros verdes le miraban molestos desde la barra del bar. Era como si estuviera mirando una pradera de hierba en todo su esplendor. Se quedó prendado al momento.

No supo cómo, pero terminó por acercarse a esa misteriosa mujer y consiguió entablar una amena conversación con ella. La chica no le desveló su nombre, no le dio la gana, literalmente. Él sí le dijo el suyo, Ryu. Fue pasando la tarde, invitando a la chica a bebida mientras él no paraba de preguntarle de dónde venía y qué hacía en un pueblo perdido de la mano del señor como ese. Ella le sonreía mientras agitaba las frondosas pestañas y le respondía enigmáticamente que ella viajaba por todo el mundo y que había ido a parar allí porque necesitaba beber algo.

Cuando oscureció por completo, los dos habían llegado hasta la humilde casa de Ryu algo borrachos y allí habían comenzado a besarse. La mujer no se anduvo con rodeos, le preguntó dónde estaba su habitación y subieron a trompicones mientras se besaban y se quitaban la ropa. Y así habían terminado.

La chica, ya recuperada del momento, se giró sobre su costado y se apoyó en la cama para incorporarse. Su pelo cayó a plomo sobre su espalda empapada. Ella se lo apartó del cuello y, con una goma que llevaba en la muñeca, se lo recogió en un moño despeinado. Hacía demasiado calor. El colgante de la daga se removió en el hueco que quedaba entre sus firmes senos, brillando. Se levantó y comenzó a buscar su ropa por el suelo.

- Oye… ¿Qué haces? – Ryu la miró desde la cama, desconcertado.

- No pensarás que me voy a quedar, ¿verdad? – La chica alzó la vista, con las cejas arqueadas, como si fuera obvio.

- Mmmm, yo pensé que sí… - Ella soltó una carcajada.

- Pues ya ves que no. – La chica se fue poniendo las prendas que fue encontrando tirada por todas partes.

- No eres una chica normal, desde luego. – Ryu se tumbó sobre un costado y apoyó una mano en su mejilla, sosteniéndose la cabeza mientras miraba vestirse a esa misteriosa mujer.

- Eso me lo has dicho muchas veces. – No encontraba su capa blanca. Estaría en la parte de abajo en algún sitio tirada.

- Bueno, si es tu decisión está bien. No sé dónde irás y seguro que si te lo pregunto me responderás algo a medias o cifrado. Además – Ryu estiró los brazos, terminando de tumbarse sobre su espalda y colocando las manos cruzadas sobre la parte posterior de su cabeza – mañana tengo que partir muy temprano, me espera un largo viaje – La chica no le prestaba demasiada atención. Se había quedado apoyada en el marco de la ventana, alzando la vista hacia la luna llena que había sigo testigo de su encuentro pasional hace unos instantes. – Voy hacia la aldea donde los Clanes Senju y Uchiha han establecido su alianza, ¿sabes? Una aldea nueva con muchas posibilidades de triunfar y hacer negocios.

"Senju… Uchiha… Alianza… Aldea… ¿¡CÓMO!?" La chica, tras asimilar las palabras de su ligue de esa noche, se giró bruscamente hacia él, haciendo que el rubio se sobresaltara.

- ¿¡Cómo has dicho!? – Como una flecha, la chica se echó prácticamente encima de él, acercando su nariz a la suya con un brillo furioso en su mirada. – Los Uchiha y los Senju están enfrentados desde hace décadas en la Guerra de los Clanes… Eso de la alianza y esa aldea es mentira…

- ¡Eh, eh, eh… Tranquila! ¿Es que no lo sabes? A nosotros nos llegó la noticia hace poco, pero por lo visto esa alianza la hicieron hace ya un tiempo… Están a muchísimos kilómetros de distancia, aquí ese tipo de información llega con retraso pero… Es totalmente verdad… - La joven miró a Ryu directamente a los ojos, como escrutando si el chico le estaba mintiendo.

Con una maldición, ella se quitó de encima para alivio de Ryu y volvió a dirigirse a la ventana para apoyar las manos en el marco y mirar el satélite blanco. "La alianza entre los Uchiha y los Senju… Una aldea entre ambos clanes… Sí, no puede ser una mentira… Sólo lo sabíamos nostros… Hashirama… Madara…"

- ¿Por qué te has alterado tanto cuando he dicho lo de la aldea esa? Ni siquiera tiene nombre todavía. – Pero Ryu obtuvo el silencio por respuesta. La mujer se quedó un poco más clavada en la ventana, sumida en sus divagaciones.

Sin previo aviso y sin mirar al chico, se dirigió a la puerta de la habitación para salir de allí, sigilosa como una serpiente. Bajó al piso inferior, se echó la capa blanca de pelo que encontró echa un burruño en el suelo al lado de la escalera, cogió su arco, carcaj y su lanza, y salió por la puerta sin decir adiós.

Ryu se acercó a la ventana y se asomó para ver marchar a la mujer con la que se había acostado esa noche. Sin duda, era la mujer más extraña con la que había compartido la cama, aunque había sido un encuentro maravilloso. El joven se echó sobre su cama, satisfecho y cansado para conciliar el sueño.

En el bosque, la chica caminaba entre los árboles, apoyando la lanza de vez en cuando en el suelo. Alzó una vez más la cabeza hacia el cielo para mirar a la luna entre las copas de los árboles. Le encantaba mirarla, sobre todo cuando estaba llena. Ejercía una fascinación sin igual sobre ella. Sonrió. "Bien… Ya es el momento de regresar… De ver con mis propios ojos si todo eso es cierto… Allá voy, Hashirama Senju y… Madara Uchiha". Con un grito de júbilo, la chica comenzó a correr y, en un momento dado, saltó con las manos hacia delante. Antes de chocar contra el suelo, ya no había una preciosa joven en su veintena de edad, sino una enormísima loba blanca, arrancando destellos plateados a la luna con su suave pelaje.

El magnífico animal parecía una flecha blanca, un rayo, sorteando los árboles que conformaban el bosque donde se encontraba. Le esperaba un largo camino hasta su destino pero, el espíritu de Okami la ayudaría a llegar cuanto antes a la aldea símbolo de la paz entre los clanes de los que una vez fueron las personas más importantes para ella junto con su familia. Aceleró el ritmo sólo de imaginar el encuentro con sus dos viejos amigos.

"Esperadme… Esperadme… Vuelvo a casa, vuelvo con vosotros. Mei Haruno vuelve a casa" Con ese pensamiento flotando en la conciencia que compartían Okami y ella, la loba blanca no paró de correr en toda la noche.


Los días transcurrían tranquilos y acalorados en la aldea de los Uchiha y los Senju. Con cada día que pasaba, tenían noticias de que más clanes y más comerciantes querían establecerse en su aldea. No paraba de crecer. Había pasado ya casi un año desde que formaron la alianza y comenzaron a construir la aldea de sus sueños.

Sin embargo, habían tenido algunos conflictos, sobre todo al principio. Muchos clanes que habían sido aliados de ambos no vieron con buenos ojos esa unión, por lo que hubieron batallas y rebeliones donde unas se solucionaron dialogando y otras a golpe de katana. Ya no tenían problemas tan a menudo, pero de vez en cuando surgían revuelos que Madara y Hashirama debían solucionar. Madara siempre optaba por arrancar el problema de raíz y combatir a los que se quisieran revelar contra ellos, pero Hashirama siempre le hacía entrar en razón y empezaban reuniéndose con el jefe del clan problemático. Algunos no habían ni siquiera accedido

Un día, en los comienzos de la época cálida, Madara y Hashirama se vieron obligados a partir al norte de la aldea, con sus armaduras samuráis tradicionales rojas puestas para entrar en batalla con el Clan Hagoromo, los antiguos aliados del Clan Uchiha en la guerra contra los Senju. El Clan Hagoromo no había dejado de atosigarlos desde que establecieron la paz, llegando a decir que Madara se había bajado los pantalones ante los Senju. Ahora, gracias a los shinobi exploradores que vigilaban posibles ataques a la aldea, sabían que se estaban congregando al norte para lanzar un ataque desde el acantilado.

Llegaron a la parte posterior de la aldea. Al mando de un escuadrón de soldados shinobi, Uchihas y otro clanes, iba Madara, con su gunbai en una mano y la guadaña en la otra. El otro escuadron lo dirigía Hashirama, portando el contenedor cilíndrico típico a su espalda y la katana enfundada en un lateral de su cadera. Los acompañaba Tobirama, el cual notaba la mirada de Madara clavada en el cogote.

- Tobirama, quedas al cargo de la villa. Si ocurre cualquier cosa, no dudes en hacérmelo llegar. – El hermano menor de Hashirama asintió. Los dos ninja salieron corriendo, seguidos de los demás guerreros. Tobirama no supo de ellos casi una semana después, cuando aparecieron por caminando hacia la entrada de la aldea.

Estaban agotados, cansados y sucios, pero habían salido victoriosos. El Clan Hagoromo no atendió a razones y se vieron envueltos en una cruenta batalla. Los Hagoromo eran despiadados y muy peligrosos, cobrándose más vidas de las que le hubiera gustado a Hashirama. Terminaron derrotándolos tras conseguir alcanzar y herir de muerte al líder. Su objetivo principal siempre fue que no se acercasen a la aldea, y ahora estaban a salvo de nuevo, aunque fuera por un tiempo.

El sol estaba cayendo. Para poder trasladar los cadáveres que llevaban a cuestas en pseudo-camillas improvisadas con ramas de árboles y hacer que entraran por la puerta principal con honor, ya que eran caídos en batalla, tuvieron que rodear el pequeño muro que rodeaba las edificaciones congregadas entre los árboles. A la cabeza del grupo, igual de destrozados que ellos, iban Hashirama y Madara.

- Por fin… - Suspiró Madara. – Por fin en casa. – Sólo quería quitarse la pesada armadura roja, darse un buen baño y dormir durante días. Hashirama se sentía igual. Sonrió. Cuando iba a decirle algo a su amigo, escucharon cómo Tobirama le llamaba a gritos mientras iba corriendo hacia ellos.

Los dos shinobis miraban con el ceño fruncido al joven Senju de pelo gris.

- Tobirama, ¿qué pasa? ¿Ha ocurrido algo en la aldea? – El sol del atardecer confería reflejos rojizos y dorados por toda la superficie de la aldea. Tobirama terminó por ponerse justo en frente suya.

- Hashirama… - Tomó aire. – No ha pasado nada, pero… - Miró al suelo. ¿Cómo iba a decirles esto? – Pero tenéis que saber una cosa. – Miró a Madara a los ojos. – Los dos. Hace unas horas… Ella llegó a la aldea. – Ahora Tobirama miraba a su hermano mayor, examinando su reacción.

- ¿Ella? – Preguntó Hashirama desconcertado. Estaba demasiado cansado para estar con adivinanzas. No entendía nada.

- Sí. – Tobirama endureció la mirada. – La chica lobo. La que atacó a padre en el río… Mei.

Tanto Hashirama Senju como Madara Uchiha jurarían que, si en ese momento alguien quisiera tomarles el pulso, no conseguirían encontrarlo. De repente, no oían nada de los sonidos del ambiente a su alrededor. Se les formó como una película alrededor del cerebro, aislándolo, con las palabras de Tobirama rebotando en cada rincón de su mente. "La chica lobo. La que atacó a padre en el río… Mei".

Tobirama creía que su hermano se había quedado congelado en el sitio, no reaccionaba. Observó que Madara tampoco se movía ni un ápice y tenía el ojo visible tan abierto que parecía que se le iba a salir de la órbita.

- Es... Estás… ¿Estás seguro? Tobirama, júralo por padre, por Kami, ¿estás seguro de que es ella? ¡¿Dónde está?! – Mientras Hashirama iba saliendo de su embotamiento, agarró a Tobirama por los hombros e iba sacudiéndole a cada palabra.

- ¡Ah! ¡Sí! ¡Es ella! ¡Suéltame! – Tobirama se deshizo del agarre, muy molesto. Suspiró. – Como he dicho, vino hace unas horas. La reconocí al instante. Preguntó por vosotros en cuanto me acerqué a la puerta de la aldea. Los guardias no la dejaron pasar al principio por su aspecto y ella empezó a gritar como una loca que o la dejaban entrar o aullaría tan fuerte que no nos dejaría dormir en toda la noche. - "Es ella. Sin duda." A Hashirama casi se le iban a romper las mejillas de la sonrisa que se le formó en la cara. – La conduje hasta vuestro despacho. Le dije que estabais fuera por los conflictos con los Hagoromo. Casi se me escapa para ir detrás vuestra… - Tobirama volvió a suspirar, fastidiado, al recordar cómo Mei le hizo quedar en ridículo cuando con un quiebro, se le escapó para salir por la puerta. Él era sumamente rápido, tenía fama de ello, y esa mujer, a la primera de cambio, le había burlado. – Conseguí convencerla de que lo mejor era esperar, que no tardaríais en llegar. Si no vais inmediatamente al despacho de la torre central, creo que va a terminar por saltar por la ventana… No puedo retenerla más. – Tobirama parecía también agotado. Hashirama se rio de buena gana. Estaba feliz. Mucho.

En el fondo de su ser sabía que ese día iba a llegar. El día en el que Mei volvería a sus vidas igual que cuando eran unos críos. Recordaba perfectamente la tarde que la vio al otro lado del río. "¿Cómo será ahora?" Habría cambiado mucho, igual que ellos. Ya sería una verdadera mujer. Estaba ansioso por verla.

Tobirama miró ofuscado cómo su hermano mayor se reía por los dolores de cabeza que le había dado Mei hasta su llegada. El menor de los Senju desvió la vista hacia el Uchiha, que había permanecido callado todo el rato. Sus ojos quedaban prácticamente ocultos por el pelo, tenía la cabeza gacha. Parecía que le habían echado encima una losa de mil toneladas encima. Hashirama, tras extinguir su carcajada, miró en la misma dirección que su hermano pequeño. También se dio cuenta del comportamiento de Madara.

- Oye, oye… Madara, vamos, nuestra vieja amiga ha vuelto, es un gran día. – Apoyó su mano en el hombro de su amigo, sacudiéndolo levemente para sacarlo de su burbuja – Vamos a la torre a recibirla y pensaremos en una celebración digna de la victoria contra los Hagoromo y el regreso de Mei. Tenemos que hablar de muchas cosas. – Madara asintió pero seguía con la vista fija en el suelo. Algo estaba atormentándolo y tenía un aura pesada a su alrededor. – Madara, ¿qué ocurre?

- ¿Qué? – Madara alzó la cabeza esa vez, para mirar a su interlocutor, que le devolvía el gesto preocupado en su rostro. – Ah, sí… Sí, claro. – Madara se echó una mano a la parte posterior de la cabeza, rascándose, como cuando era un niño. – Vamos. – El Uchiha, antes de que Hashirama le dijera nada más, se encaminó a la torre.

Cuanto más se acercaban, más rápido era el paso del moreno, que no había vuelto a pronunciar palabra. "Mei… No puede ser, tiene que ser una broma del imbécil de Tobirama. Una impostora o algo así. ¿Y si es una trampa? ¿Y si nos quieren atacar desde dentro o algo así?" La mente de Madara era un auténtico caos. Un sentimiento de alegría y expectación se iba agitando dentro de su pecho, pero su cerebro no le permitía dejarse llevar por esas emociones, sospechando y desconfiando porque no podía ser así de simple el hecho de que Mei volviera a irrumpir en sus vidas.

Hashirama, Tobirama y él llegaron a la torre desde donde comenzaron a gestionar la aldea y donde establecieron el despacho que compartían para determinar asuntos importantes entre ellos para con la villa. Estaban plantados en la puerta de ese despacho. Tobirama llevó la mano al pomo, pero paró antes de girarlo.

- Por favor, hermano, ten cuidado. Es tu amiga de la infancia y todo eso, pero seguimos en conflicto y la aldea acaba de nacer. No sabemos dónde ha estado todo este tiempo y…

- Cállate, Tobirama. – Hashirama le apartó con el brazo y él mismo cogió el pomo de la puerta para girarlo y abrirlo.

La luz rojiza del atardecer entraba a raudales por la enorme ventana de la pared que quedaba justo en frente de la puerta, iluminando toda la habitación. Una figura se recortaba contra la ventana. Estaba de espaldas, con las manos apoyadas en el marco de la ventana, mirando hacia el exterior. Lo primero que vieron fue una capa blanca de pelo, como el lomo de Okami. Mei llevaba el pelo recogido en una coleta alta, cayendo por encima de la capa, liviano y con ese mismo color castaño claro. Una lanza larga, un arco bastante grande, con los mangos adornados con cintas de colores enrolladas en la madera, y un carcaj lleno de flechas con plumas en los extremos estaban apoyados en la pared.

Ella sabía que habían llegado desde que pusieron un pie en la entrada de la aldea, les había notado. Hizo un esfuerzo sobrehumano por no salir corriendo a su encuentro. Pero las palabras de Tobirama lograron convencerla de que sería mucho mejor volver a encontrarse en un espacio más aislado de miradas ajenas. Mei tomó aire bajando la cabeza y se giró.

El tiempo detuvo sus agujas justo en ese instante.


Notas del Autor: Aquí les dejo nuevo cap. Durante todo este mes de agosto voy a estar viajando y no podré actualizar, sorry :( Pero me encanta saber que hay gente a la que le está intrigando este relato y que le gusta el personaje de Madara. Me cuesta bastante pensar sus reacciones, acciones y pensamientos. Y va a ser más difícil todavía con los siguientes capítulos... Ufff...

Ya tengo pensado cómo va a continuar todo, sólo me quedaría plasmarlo en el ordenador (suena simple, pero no lo es, créanme xD), por eso POR FAVOR, si aún quieren saber qué pasará (con aparición de Sasuke y Sakura más adelante, ni lo duden) déjenme sus opiniones y sus peticiones en reviews. Lo comento siempre, pero es que es la pura realidad amigos. El feedback para mí es súper importante. Cada vez que recibo un review, veo que alguien añade mi historia a fav o le da a follow... Es un auténtico regalo, mil gracias 3 Y lo que más me gusta es leerlos, de verdad. Por eso, aunque no tengan cuenta de Fanfiction ni nada, no les dé apuro escribirme sus comentarios. Los leeré con gusto y contestaré en mis Notas de Autor.

Por cierto, una lectora me puso que si Okami sería como una especie de figura protectora del Clan Uchiha... Amiga, no se queda sólo en eso, quédate por aquí para saber qué papel va a jugar Mei con el Clan Uchiha porque no es pequeño (jurjurjur). ¡A mí me encanta y espero transmitirlo de esa manera!

Lo dicho, en este mes no esperen actualización pero, si para cuando regrese veo que de verdad les intriga la continuación, en cuanto encienda este cacharro tendrán conti, I promise.

¡Pasen buen verano, nakamas! ¿Nos leemos (en septiembre)?

¡Un fugaz saludo, lobos del bosque!

Shirokami Mori :3