Texto: Letra normal

Diálogos: - Letra normal

Pensamientos: "Letra cursiva"

Rated M por strong language, escenas crudas y contenido para adultos

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto. La historia y los personajes que no son de la serie son míos, especialmente Mei.

Historia basada en Naruto con algunas pinceladas de películas del Studio Ghibli.

We don't talk anymore - Charlie puth ft. Selena Gomez


Capítulo 6. La Aldea Oculta de la Hoja

Hashirama y Madara miraban a la mujer que tenían delante como si fuera la primera vez que la veían en toda su vida. Era Mei, sin duda. Pero estaba tan cambiada… Atrás quedaron las formas redondeadas de la niñez en su cara. Su rostro era ovalado y fino reflejando mucho más que ya no era una cría, sino una mujer adulta. Su cuello, del que pendía la capa blanca y el colgante con la daga de cristal seguía siendo de cisne, largo y elegante. Tenía la boca entreabierta por el shock del encuentro, con esos labios finos pero con forma.

Un par de mechones castaños del flequillo caían a ambos lados de su cara, enmarcándola, mientras que el resto del cabello abundante y liso estaba sujeto en lo alto de la coronilla en una cola de caballo. Aún así, le llegaba hasta media espalda, suelto alcanzaba el final de la misma. En sus orejas, dos pendientes bastante grandes redondos y nacarinos se mecieron apenas cuando ella se giró. Lo único de su bella faz que no había cambiado ni un ápice, eran sus enormes ojos. Seguían siendo igual de grandes, igual de expresivamente verdes. Las pestañas marrones oscuras formaban abanicos que envolvían esos dos mares esmeraldinos.

Quizá rozaba el metro setenta de estatura. Seguía siendo más bajita que Madara, que apenas alcanzaba el metro ochenta. Pero daba la sensación de que sus piernas, con ese atuendo que llevaba, eran infinitas, con toda la piel bronceada por el sol a la vista. La cintura se le estrechaba en la parte del abdomen y daba paso a unas caderas llenas. El vientre, plano y fuerte, apenas quedaba cubierto por la parte superior de su ropa hecha de cuero. Las formas redondeadas de su pecho sobresalían visiblemente debajo de las dos clavículas que se notaban bajo la piel.

Definitivamente, Mei se había convertido en una mujer que armonizaba formas afiladas y voluptuosas. Era tan atractiva que parecía sacada de la imaginación.

A Mei parecía que también le costaba creer que los dos hombres hechos y derechos que tenía delante fueron una vez aquellos dos niños que entrenaban y jugaban con ella en el río. "No. No son los mismos. Han crecido… Han cambiado, como yo. Ya no son niños. Son hombres." Llevaban armaduras samuráis rojas a los que el sol del atardecer arrancaba destellos escarlatas. El cabello de ambos había crecido considerablemente, al igual que su altura y la anchura de sus espaldas. Mei creyó que se le había olvidado respirar.

- H-Hashirama… - Su voz salió en apenas un suspiro. –Madara… - Se llevó las manos a la boca, tapándosela. Se le estaban inundando los ojos en lágrimas. Una emoción tan fuerte como un torrente de agua desbordado comenzó a surgir del fondo de su ser al pronunciar sus nombres, como si ahora sí se estuviera dando cuenta de dónde y con quién había regresado.

- Mei… ¡Mei, por Kami! – Hashirama se precipitó hacia ella, no pudiendo aguantar más la compostura. Tobirama hacía un rato que cerró la puerta cuando ellos entraron, dejándoles intimidad para su reencuentro. Mei notó como dos fuertes brazos la rodeaban por completo. Ella lanzó los brazos hacia el cuello de su amigo, mientras lágrimas de alegría rodaban por sus mejillas. Mei estaba riendo y llorando a la vez. Se separaron un momento, sin llegar a soltarse del todo para mirarse a los ojos. – Cómo has cambiado… - Hashirama no podía parar de sonreír, le dolían los carrillos.

- Y vosotros… Vosotros también. Dios mío… - Mei elevó una mano y acarició la mejilla de Hashirama como para seguir cerciorándose de que era real, que estaba allí de nuevo, con ellos. Entonces, ella giró la cara hacia Madara Uchiha, que no se había movido del sitio y la miraba intensamente. Él simplemente no podía creer que ella estaba realmente ahí de pie, tan adulta y tan hermosa.

Mei se terminó de soltar de Hashirama y avanzó hacia él. Al ver que ella se acercaba, Madara se tensó como una cuerda. Ella no le dio tiempo a echarse hacia atrás, lanzó los brazos alrededor de su cuello, igual que había hecho antes y lo atrajo hacia ella en un intenso abrazo. Esa vez, Mei escondió la cara en el hueco entre el cuello y el hombro de Madara, apoyándose en la placa de la armadura roja que cubría esa parte. El olor de la chica llenó sus fosas nasales. Ese aroma a bosque, tierra mojada y verano, todo junto. El Uchiha cerró los ojos, relajándose. "Está aquí de verdad… Al fin…" Sin que sus brazos le obedecieran, rodearon a Mei por la cintura correspondiéndole al abrazo y apretándola contra su cuerpo. Inspiró hondo por la nariz.

- Madara… Ya estoy en casa… - Mei le dijo esas palabras en apenas un susurro. – Cuánto os he echado de menos… Cuánto… - Por toda respuesta, él la apretujó más, llevando incluso una mano hacia la nuca de la chica, sosteniéndosela con ternura mientras inclinaba su cara para apoyar la mejilla contra la parte lateral de su cabeza que quedaba a la altura de la misma.

- Sí… - La voz profunda de Madara le llegó en otro susurro al oído – Ya estás en casa, Mei.

Se separaron despacio y también se miraron a los ojos. Verde contra negro. Madara creyó que no había visto nada igual en su vida. Mei llevó sus dos manos hasta su cara, sosteniéndosela, apoyando los pulgares en las mejillas.

- No parecéis vosotros… - Dijo ella, acariciándole la cara con las yemas de los dedos y entrecerrando un poco los ojos – Pero sois vosotros… Oléis igual… - Ella seguía examinando los dos pozos oscuros que eran los ojos de Madara, perdida en ellos.

- Bueno, ahora precisamente no debemos oler muy bien. Acabamos de llegar de una batalla con los Hagoromo. – Hashirama no se había perdido detalle de la reacción de Madara al abrazo de Mei. Él no solía mostrar nunca ningún tipo de emoción y menos cariñosa. A Mei le había correspondido como si le estuvieran curando por dentro. La expresión de su cara al tenerla entre sus brazos había sido como si estuviera en completa paz. Y el ver cómo Mei se enganchaba a él e igualmente pasaba sus manos por su cara había hecho que se sintiera algo incómodo y terminó por hablar para romper el momento.

Mei y Madara finalizaron el abrazo, separándose.

- Me lo contó Tobirama. No me dejó ir en vuestra búsqueda.

- E hizo bien. No sabías si ibas a poder encontrarnos y era peligroso. – Mei le sonrió mostrándole los dientes, mirándolo desafiante.

- Hubiera sido de ayuda y lo sabes.

- Sin duda… Mei, tenemos que quitarnos las armaduras, asearnos y ponernos algo decente. Espéranos aquí mismo. Tenemos que hablar de muchas, muchas cosas. Tenemos que enseñarte todo esto.

- Claro. – Mei se sentó en la silla que estaba detrás de la gran mesa que coronaba la sala. – Pero daros prisa. Llevo esperándoos toda la tarde.

Los dos amigos la sonrieron y salieron de la habitación para ir a sus respectivos hogares a acomodarse. Iban bajando las escaleras de la torre y Hashirama no podía reprimir su alegría.

- Madara… ¡Te lo dije! ¡Sabía que ella estaba viva y que iba a regresar! – A Hashirama le brillaban los ojos mientras apretaba los puños y los elevaba a la altura de sus hombros en un gesto de victoria.

- Está muy diferente. – A Madara la imagen de Mei le había dejado trastocado. La cercanía y calidez de su cuerpo al abrazarle le había hecho sentir como nunca antes.

- Está preciosa. Es un mujer ya. Creo que cualquiera que tenga ojos en la cara puede verlo. – Hashirama miró intensamente a Madara. – Y tú también lo has hecho.

- ¿Qué quieres decir con eso? – Madara frunció el ceño ante la frase tan directa y el tono acusador de Hashirama.

- Que tú eres un cubito de hielo. No te gusta que te toquen, mucho menos que te abracen, y hace un momento has correspondido el abrazo que Mei te ha dado.

- Hmp, Hashirama, ¿eres idiota? ¡Hacía diez años que no la veíamos! ¿Qué querías que hiciera? ¿Darle un empujón? – Madara miró desconcertado y molesto a su amigo.

- Mmm… Supongo que… Bueno, sí. Tienes razón… - Hashirama se calló y no continuó con la expresión de sus pensamientos. Le molestaba. Le molestaba que Madara mostrase sentimientos hacia Mei. "Son celos… Acaba de llegar y ya estoy celoso otra vez… Como cuando teníamos trece años…" Hashirama se sumergió en sus pensamientos, serio, mientras salían al exterior y quedaban en regresar al despacho en una hora.

Mientras iba caminando a su hogar, el Senju no dejaba de pensar que, antes de que todo se fuera a la mierda, Madara y Mei se habían visto a solas por las noches cerca del río donde se reunían. Y ella aun llevaba la daga de cristal que le regaló Madara. Gruñó, ofuscado. Él no le había regalado nada nunca, no se le ocurrió en su momento y nunca pensó que ella fuera a marcharse por una década. Bueno, eso tenía fácil solución al fin y al cabo, ya pensaría algo que regalarle ahora que ella estaba allí.

Y eso era en verdad lo importante, que Mei hubiera regresado. Con un mejor ánimo, Hashirama se despojó de las ropas rotas y sucias de la batalla y, tras terminar de cambiarse, se dirigió de nuevo a la torre central.

Se encontró con Madara en la entrada, también sin la armadura, vestido ahora con el típico atuendo semi-samurai de los Uchiha, y con Mei, que había bajado. No aguantaba más encerrada en esa habitación, según ella. Llevaba el arco cruzado en su torso y el carcaj echado en su espalda por encima de la capa, también cruzado y la lanza en la mano derecha.

- ¿Por qué no dejas tus armas en la torre? Tenemos muchas salas para que las guardes mientras te enseñamos lo que hemos construido. – Le ofreció Hashirama al verla tan cargada.

- No, gracias. Mis armas siempre van conmigo a no ser que las deje en mi casa, cosa que no tengo desde hace… Pf, mucho. – Terminó por reírse.

- De eso nos encargamos esta misma noche. – Madara echó a andar por la avenida principal de la aldea que desembocaba en la torre. El sol hacía un rato que se había ocultado y las calles estaban iluminadas por farolillos en postes altos. Era la época cálida, por lo que el frescor de la noche hacía que hubiera incluso más actividad a esas horas que por la tarde, cuando el sol caía a plomo y era insoportable estar en el exterior.

El Uchiha y el Senju, con Mei en medio de ambos, fueron mostrándole a la chica su sueño hecho realidad. Ella estaba encantada. Había muchísimos puestecillos y comercios a ambos lados de la calle. La gente paseaba y hacía sus compras tranquilamente. Había muchos niños acompañando a sus padres y diversos símbolos de todos los clanes que estaban formando la aldea adornaba sus ropas. Los aldeanos, al ver pasar a los fundadores de la aldea acompañados de una extraña mujer, cuyo aspecto era más extraño todavía, se quedaban parados mirándolos con curiosidad.

Hashirama no paraba de parlotear explicándole por qué habían distribuido así una calle o la otra, ideas que todavía no habían hecho o cualquier cosa con ese entusiasmo y alegría que lo caracterizaban. Mei le seguía la conversación, haciendo preguntas o alabando las ideas que le contaba su amigo castaño. Madara, como siempre el menos hablador, apuntaba algo de vez en cuando. Se sentían como si fueran de nuevo unos chiquillos a punto de entrar en la pubertad.

En el camino, la chica también estuvo contándoles qué había ocurrido cuando se fue. Se llevó a Haruka montada en su lomo lo más lejos que pudo, hasta que tuvieron la necesidad de buscar pueblecitos donde buscar asilo y comida. La noche de su huida, Mei le mostró a su hermana que la loba blanca era ella misma. No se sorprendió cuando Haruka, serena, le dijo que ya lo sabía. Estuvieron viajando por todo el mundo, recorriendo tierras en las que nunca soñaron con estar. Iban de aldea en aldea, ayudando a los que lo necesitaban pues tanto ella como Haruka podían utilizar el ninjutsu médico, aunque era su hermana la que de verdad tenía talento para ello, así se ganaban muchas veces una cama donde dormir y pan para continuar un día más. Mei prefería colaborar en trabajos físicos o atajar problemas con ladrones de la zona y cosas así.

Cuando Haruka cumplió los catorce años, se encontraban en una villa no más grande que la suya propia. Allí, un matrimonio mayor, encantador, se encariñó con esas dos niñas que aparecieron de la nada, tan extrañas. Pasaron varios meses con ellos en su hogar, donde las acogieron, y la mujer, una medic-nin con mucha experiencia, enseñaba a Haruka a perfeccionar su don. Un día, Mei decidió que ya era hora de partir de nuevo, pero Haruka no quiso marcharse. Tras discutir dos días enteros, Mei consideró que, si ese era el camino que elegía su hermana, ella no era quien para apartarle de él. Con todo el dolor de su corazón, dejó a la joven Haruka en esa aldea, al cargo de ese matrimonio tan agradable. Se prometieron que se volverían a ver algún día con lágrimas en los ojos.

Desde entonces, Mei recorrió el mundo sola, transformada la mayor parte del tiempo en loba. Se volvió más rápida, más fuerte. Sus instintos se desarrollaron al máximo y cambió su atuendo de ropas femeninas por uno mucho más práctico para su estilo de vida. Y así, Mei llegó hasta donde se encontraba ahora mismo siendo una mujer libre, salvaje e indomable como el viento.

Hashirama y Madara comenzaron a hablar de la guerra. De cómo se habían enfrentado en mil batallas. Por momentos discutían sobre quién era mejor o halagaban al rival por sus habilidades. Todo era normal hasta que Madara, con un aura pesada rodeándole, contó la muerte de su hermano pequeño, Izuna. Mei le miró impactada. No quería saber lo que supuso ese mazazo para él. Sabía cuánto adoraba a su hermano y su corazón se llenó de pena por lo sucedido. No hablaron más del tema, pasando a otros más trascendentales.

Llegaron a la entrada de la Academia Ninja, su mayor orgullo. Mei quedó fascinada. Se quedó mirando la puerta principal del recinto, con la emoción brillando en sus pupilas. Se adelantó un poco para acercarse a uno de los postes de la entrada y apoyó una mano en él, sonriendo.

- Esto es increíble, chicos… Habéis logrado más de lo que una vez pudimos soñar. – Mei se giró para mirarles con dulzura. – Gracias. – Dijo con sencillez. – Gracias por acabar con esa Guerra de los Clanes, por crear todo esto. – Mei separó los brazos y los extendió como queriendo abarcar la aldea. – Sois unos héroes. Mis héroes. – Mei volvió a sonreír con toda la boca. – Hashirama le correspondió la sonrisa y Madara clavó la vista en el suelo, avergonzado. Le ponía muy nervioso que le alagaran, no sabía qué hacer en esa situación. – Por cierto… - Mei hizo una pausa y se llevó una mano al mentón, apoyando el codo del brazo elevado en su otro brazo. Su mirada pasó de ser dulce y cariñosa a una muy, muy intensa. Un brillo travieso se escapó de sus ojos y casi se le adivinaba la sonrisa igual de pícara en la comisura de sus labios.

Como Mei se quedó con la frase sin terminar y no continuaba hablando, Madara se impacientó.

- ¿"Por cierto" qué? ¿Qué pasa?

- No me habéis presentado a vuestras mujeres. – Todo esto lo dijo ahora dibujando la sonrisa que no se estaba aguantando y echando los brazos a su espalda, agarrándose las manos e inclinándose un poco hacia delante.

Los dos jóvenes abrieron los ojos sorprendidos por esa frase directa. Hashirama se echó a reír, colocando una mano en la parte posterior de la cabeza y la otra cerrada con los nudillos apoyados en la cadera.

- No nos ha dado tiempo a casarnos, Mei, ni a nada parecido. Entre la guerra y ahora la aldea, ¿tú sabes el tiempo que tenemos para esas cosas? ¡Ninguno!

- ¿Ni siquiera tenéis una pareja? – Ahora era Mei la que les miraba confusa - Vuestros clanes son los típicos que establecen matrimonios concertados o que enseguida os emparejan para tener tropecientos hijos y que el clan se haga más grande y chorradas así.

- Nosotros somos los jefes de nuestros respectivos clanes. – Madara se cruzó los brazos delante del pecho, sacándolo con orgullo. Su ojo derecho quedaba oculto por el flequillo oscuro. – Así que hemos tenido que emplear todo nuestro esfuerzo en la batalla años atrás y ahora en construir la aldea. Todavía nos queda mucho por hacer, no podemos entretenernos en pensar en una esposa.

- Pues será porque no queréis, porque durante todo el paseo las mujeres de la aldea parecía que me iban a matar y no os quitaban los ojos de encima. Tenéis pretendientas y muchas, lo he olido. – Mei se señaló la punta de la nariz con el dedo índice. Hashirama y Madara hicieron una mueca de desagrado.

- ¡Mei! ¡¿Qué mosca te ha picado?! ¡¿Por qué dices esas cosas?! – Madara estaba visiblemente incómodo para divertimento de la chica lobo. Incluso parecía que se le había erizado más el pelo en la coronilla. Mei se rio a gusto.

- ¿Qué pasa? ¡Es la verdad!

- ¡Pues no lo digas! ¡Ya te hemos dicho que no tenemos esposa porque no tenemos tiempo para esas estupideces, punto! – Mei seguía riéndose del enfado del moreno. Hashirama había terminado también por reírse de su reacción. Madara saltaba a la mínima de cambio y Mei parecía especialista en sacar al Uchiha de sus casillas en un segundo.

- Vale, vale… - Mei estaba terminando de reírse. Su risa cantarina había resonado por toda la zona, que ahora estaba desierta excepto por ellos mismos. – Vale, no tenéis mujer y no queréis una tampoco, me ha quedado claro. – Mei volvió a mirarles de la misma forma que antes de su comentario impertinente.

- Para. Sé lo que vas a preguntar y no es necesario. Somos todos adultos y creo que es un poco pronto para que hagas preguntas incómodas sobre nuestras intimidades. Además si sigues así vas a hacer que Madara incendie la Academia con el Katon. – Hashirama tenía las manos extendidas haciendo el gesto de calma hacia Mei. La había parado antes de que ella les preguntara que si no habían yacido con una chica a esas alturas. La respuesta era evidente y Mei estaba intentando chincharles, sobre todo a Madara, y no quería que nada más llegar ya se estuvieran peleando. O jugando, según Mei.

- De acuerdo, aguafiestas. – Mei paró de picarles y volvieron a encaminarse a las calles principales de la aldea. La chica, tan a gusto que se sentía, había terminado por agarrar de un brazo a cada uno mientras continuaban su paseo nocturno.

Al día siguiente la gente de la villa haría muchas, muchas preguntas, pero Mei era alguien muy especial para ellos, si algún jefe de los clanes aliados preguntaba bastaba con responder la verdad, que ella era una vieja gran amiga de la infancia que había regresado, aunque que la muchacha fuera tan abierta en sus emociones no estaba muy bien visto por muchas mentes retrógradas de la época.

- Oye, Mei. – Madara no la miró al formularle la pregunta. - ¿Y tú no tienes marido o algo así? – Ella sí se le quedó mirando, escrutando su expresión. No respondió al momento, Hashirama también había clavado la vista en ella esperando su contestación.

- Oh, claro, tengo un marido que me espera en una gran mansión con siete hijos revoloteando. – Madara giró la cara para mirarla con una ceja arqueada. - ¡Claro que no! Yo no tengo dueño, pertenezco al bosque, a la tierra.

- Pero ahora que estás aquí no pretenderás vivir en el bosque. – Mei iba a protestar ante la declaración de Hashirama, pero éste no la dejó empezar. – Ven, tenemos que enseñarte una cosa.

Hashirama se soltó del agarre del brazo y cogió a Mei de la mano, aumentando el ritmo del paso al que iban. Ella también se soltó de Madara al ser arrastrada por el Senju. Los tres, a paso ligero, se dirigieron a un lateral de la entrada de la aldea. Allí todavía había zonas a medio construir o sólo bases de futuras casas colocadas en el suelo. Sin embargo, muy cerca de la salida, del bosque, había una pequeña casa de madera con porche delantero perfectamente terminada. Hashirama la condujo hasta quedar en frente de la casita. Mei se soltó de su mano y avanzó unos pasos hasta quedar al pie de los tres escalones que subían al porche. No podía dejar de mirar el círculo con el borde blanco que era el símbolo de su clan pintado encima de la puerta de entrada.

Era una réplica, más o menos fiable, de la que había sido su casa de niña. Ahora a la joven se le había ido la voz y no le salían las palabras. Apoyó una mano en la superficie de la puerta de madera rojiza, como la de su antigua casa. Escuchó la voz de Madara a su espalda.

- Cuando formamos la alianza y comenzamos a construir la aldea, pensamos que quizá algún día tú regresarías. – Mei se giró, con la expresión rota. – Mandamos construir la casa en la que vivías cuando éramos niños porque queríamos de alguna forma pedirte perdón por lo que ocurrió. Fue por nuestra culpa. – Por las mejillas de Mei caían gruesas lágrimas de conmoción. No se esperaba algo así, para nada.

- S-soy yo la que tengo que pediros perdón. – Mei se llevó las manos a los ojos, frotándoselos para limpiarse las lágrimas y evitar de forma inútil que salieran más. Parecía más niña que nunca. – Me marché… M-Me marché sin mirar atrás, sin ni siquiera volver para dar una explicación o algo… - Madara, en frente de ella, y Hashirama, que se había quedado al borde de los escalones del porche, la miraban con lástima. – Cuando pasó todo y… Y llegué a mi aldea, estaba todo destruido. – Mei paró de hablar, hipando por el llanto, recordando la masacre que se encontró cuando llegó. El olor a humo y a muerte envolvían todo el lugar. Y cuando, volando como una flecha en su forma de lobo, había llegado a su casa y vio a su madre en el suelo todo sucedió muy deprisa. Su prioridad fue salvar a Haruka y no pensó más que en correr y huir de allí lo más rápido que le permitiesen sus patas. – Lo siento… Lo siento mucho… - Mei tenía los ojos cerrados y seguía con las manos en los ojos. No paraba de llorar, los hombros se le sacudían a la vez que sollozaba amargamente.

Hashirama fue a subir al porche para consolarla, pero Madara se le adelantó. La cogió suavemente por un brazo, haciendo que se quitara la mano de la cara y la atrajo hacia él. Pasó sus brazos alrededor de su cintura, sin apretarla, sólo para colocarla entre ellos. Las manos de la chica acabaron sobre su pecho y su cara quedó a la altura de la clavícula. Mei se sorprendió de ese gesto tan impropio de él, pero ahora sólo quería estar así. Cerró los ojos, dejando que el aroma del Uchiha la envolviera y relajara. Subió los brazos hasta su cuello, enredando sus manos entre el cabello azabache y colocó la nariz justo en su cuello.

- No hace falta que pidas perdón por nada. Tú fuiste una víctima más por la guerra. – La voz de Madara era como un bálsamo para los tormentosos recuerdos de aquella época. – Nosotros te hicimos huir, por nuestras familias, por los conflictos de clanes. Pero ahora has vuelto, estás aquí, y empezaremos de nuevo como siempre quisimos en esta aldea.

Hashirama observaba la escena desde su situación. Otra vez, los celos le estaban oprimiendo el pecho, pero acababa resignándose a estar en ese segundo plano puesto que se daba cuenta de que Madara parecía ejercer un efecto tranquilizador en ella. Si no estuviera el Uchiha y fuera él el que la abrazase ahora, ¿sería igual? ¿Tendría la misma postura tan relajada y tranquila? ¿Inspiraría tan hondo por la nariz en el abrazo? Hashirama no pudo evitar pensar que no, que seguramente con él también llegaría a tranquilizarse pero nunca de esa manera.

No sabría si podría asimilar este hecho algún día. Tendría que esperar para comprobarlo.

- Gracias. – Susurró Mei, ya recompuesta.

- Como ha dicho Madara, esta ahora es tu casa, así que puedes acomodarte ahora mismo. La construimos justo a la entrada para que estuvieras cerca del bosque. – Mei se separó del moreno para bajar de un salto los escaloncitos del porche y ponerse en frente de Hashirama. Ella agarró su brazo izquierdo con la mano, dando un apretón cariñoso mientras sonreía. Las marcas de las lágrimas pintaban sus mejillas.

- Ahora sí, me siento en casa de nuevo. No voy a poder agradeceros nunca esto que habéis hecho por mí. Dad por hecho que protegeré esta aldea con mi vida, seré una más entre vuestras filas de combate y los enemigos se cagarán de miedo al verme como Okami, os lo puedo asegurar. – Un brillo de determinación cruzó la mirada de la chica. – Tengo que irme un rato, necesito liberar a mi loba interior, tantas emociones… - Ella suspiró. – Mañana por la mañana os empezaré a ayudar en todo lo que pueda después de instalarme y hacer de esta casa mi hogar de nuevo. – Mei se puso de puntillas, acercándose más a Hashirama, para rozarle como las alas de una mariposa la mejilla con los labios. El joven se quedó estático ante el gesto. Notó el chacra de Madara revolverse en el porche. – Hasta mañana, shinobi de la orilla del este y shinobi de la orilla del oeste.

Con esa despedida tan significativa para los tres, Mei se dio la vuelta y corrió hacia la salida de la aldea. Los guardias que se apostaban fuera dieron un grito de asombro cuando Hashirama y Madara vieron una cola blanca y frondosa desaparecer por uno de los laterales de la entrada principal.

Cuando ya ambos ninja se encontraban en sus respectivas habitaciones tras despedirse en la casa de Mei para dormir y poder descansar algo para afrontar un nuevo día, escucharon claro como el agua el lamento de Okami, un aullido largo, profundo y hermoso que les transportó a los brazos de Morfeo.


Los primeros rayos del sol se colaron por las enormes ventanas de la residencia principal del Clan Uchiha. Madara dormía a pierna suelta después de una semana tan ardua en la batalla contra los Hagoromo y de la noche tan intensa de ayer. Cuando la claridad hizo que abriera lentamente los ojos le costó recordar dónde estaba. Las noches durmiendo en los campamentos improvisados, con el calor asfixiante y el peligro acechando de los últimos días habían sido muy duras. El encontrarse de nuevo en su mullido futón, a pesar del calor, lo tenía un poco desconcertado.

Se llevó una mano a los ojos para frotárselos y despejarse. Recordó que anoche Mei regresó. "¿Ha sido un… Sueño?" Pero cuando su mente adormilada fue saliendo a flote de las fases del sueño, pensó en todo lo que pasó. Sonrió de medio lado. Esa mañana se sentía de mejor humor que de costumbre. La culpable de eso tenía nombre y apellido.

Él y Hashirama tenían que reunirse después del desayuno con todos los líderes de sus clanes para hablar sobre las otras ciudades de los diferentes países del Mundo Shinobi que estaban tomando su sistema de organización y de los posibles lazos que podían surgir entre ellos.

Como era de esperarse, una vez estuvieron todos sentados en la sala de reuniones de la torre central de la aldea, los clanes comenzaron a preguntar por la nueva forastera.

- Su nombre es Mei, del Clan Haruno. Es una antigua amiga de la infancia, tanto mía como de Madara. Fue la primera persona que no éramos nosotros mismos que supo de nuestra intención de formar esta aldea algún día. – Hashirama hablaba con voz clara y solemne. Siempre se le dio bien tratar con la gente sobre cualquier cosa. – Además, bien es sabido por todos que es la portadora del espíritu del lobo blanco y nos ha brindado su servicio para proteger la aldea y nuestros bosques. – Era cierto. Anoche Mei les contó que decidió dejar de esconder su identidad y se transformaba a voluntad delante de la gente. Fue una liberación para ella. – Por tanto, es un clan más que se une a nosotros. Al ser de momento la única representante, es la jefa del Clan Haruno en nuestra aldea y formará parte de nuestra defensa, pudiendo capitanear escuadrones si fuese necesario. – Los murmullos y gestos agrios pintaron la cara de muchos de los hombres que se encontraban allí.

Las quejas e indignaciones no tardaron en manifestarse.

- Pero, Hashirama, es una mujer, ¿qué pelotón va a tomar en serio a una mujer? Si nos atacasen de nuevo los Hagoromo o algún otro clan y viesen que tenemos al mando a una chiquilla se reirán de nosotros. – El que habló era el jefe del Clan Aburame. Muchos de los presentes asintieron o mostraron acuerdo con esa declaración.

- Te puedo asegurar que las risas sustituirán a gritos de pánico si Mei Haruno se transforma en lobo. – Masculló Madara. No le hacía ni pizca de gracia que cuestionasen a Mei y su capacidad. Él había visto con sus ojos qué era capaz de hacer cuando era tan solo una niña, al igual que Hashirama y Tobirama. La curiosidad por saber cómo sería su forma animal ahora le invadió.

- Eso es cierto. Nos han llegado rumores, noticias, de muchas aldeas lejanas donde comentan que una mujer lobo ha terminado ella sola con bandas criminales enteras o pequeños clanes que les atormentaban y no dejaba cuerpo con cabeza. Llegaban a decir que era una especie de demonio. – El jefe del Clan Akimichi estaba de acuerdo en no tomar a esa mujer a la ligera.

- Pues esto sólo lo podremos comprobar si ocurre algún conflicto más. De ser así, la Haruno irá en primera línea a combatir si es necesario y veremos si es tan temible como dicen.

Todos estuvieron de acuerdo.

Conforme pasaban los días, la gente se iba acostumbrando a la presencia de la extraña mujer de la capa de pelo blanca. El carácter sociable y alegre de Mei la facilitaba mucho ganarse a la gente. Pronto, la saludaban por la calle y muchas personas se paraban a hablar con ella. A veces, cuando iba a comprar o a ayudar a sus dos amigos en asuntos civiles había grupitos de niños que la seguían y miraban curiosos. En una ocasión, la preguntaron si de verdad era una loba mágica y que se transformara para demostrarlo. Mei les dijo que prestaran atención a las noches de luna llena para escucharla aullar y que si se enteraba que se portaban mal, iría a sus casas a comerles con patatas.

También quedaba aun clanes que no aprobaban su presencia en la aldea y menos que estuviera tan cerca de sus fundadores. Era sobre todo mujeres que opinaban que su atuendo era muy inapropiado para una mujer y se mostraba demasiado cariñosa con el Senju y el Uchiha.

- Me importa un rábano lo que piensen. Yo soy independiente y hago lo que quiero. Soy la única Haruno que hay en esta aldea y no tengo jefes que me manden qué ponerme o cómo comportarme. Esas envidiosas dicen eso porque se mueren por poder hacer lo que yo hago y estar con vosotros casi todo el día. – Mei estaba muy enfadada ante el comentario de Hashirama sobre el asunto. - ¿A que son mujeres Senju y Uchiha? Bah, unas estiradas igual que vosotros. – Iban caminando por las afueras de la aldea tranquilamente. Mei se echó los brazos a la nuca despreocupadamente mientras hablaba.

- Oye, oye, que nosotros no te hemos dicho nada, solo son cosas que nos llegan en reuniones con los clanes. – Madara caminaba a la izquierda de la chica y Hashirama a la derecha.

- Unos estirados todos. No me importa lo que digan si vosotros me aceptáis en la aldea.

- ¿Cómo no te vamos a aceptar, Mei? Creo que te vamos a invitar a esas reuniones para que pongas firmes a los que dicen todas esas tonterías. – Dijo divertido Hashirama. Sí que sería algo interesante de ver.

- No, gracias, prefiero salir al bosque a cazar, es más productivo.

- Sí, dentro de tres noches será la gran fiesta del ecuador de la época cálida, cuando se formó la alianza Uchiha-Senju. Creo que ya tenemos carne de sobra para preparalo todo, Mei. Desde luego eres una cazadora excelente. – Ella sonrió asintiendo agradecida ante el comentario de su amigo castaño.

Llegaron a una zona elevada, allí donde se alzaba el muro vertical de piedra que se veía desde la aldea por donde una vez Madara la llevó en su espalda hasta la cima para contemplar el basto bosque que rodeaba la joven villa. Mei elevó la cabeza para mirar a lo alto del escarpado muro y sonrió. Sin previo aviso, Mei se colocó detrás de Madara y saltó encima suya, colocándose en su espalda echándole los brazos alrededor del cuello. Mei espachurró su pecho contra la espalda ancha y fuerte del joven. Él la sujetó por inercia, pero maldijo con fastidio por el inesperado gesto de la chica. Mei se reía a carcajadas y Hashirama les miraba desconcertado.

- ¿Qué haces, mujer? ¡Bájate! ¡No te acerques tanto!

- ¿Es que no te acuerdas cuando me subiste hasta la cima corriendo por la pared del muro? ¡Fue cuando me contasteis por primera vez lo de la aldea! ¡Súbeme otra vez, Madara! – El joven se quedó quieto mientras la escuchaba hablar, recordando aquellos tiempos. – ¡A ver si ahora puedes hacerlo más rápido! ¡Vamos! – Mei estiró un brazo con el índice apuntando a la meta y presionó los muslos en las caderas de él.

Madara miró a su amigo, que tenía el gesto torcido. No le hacía ni gracia que Mei se tomara siempre esas libertades de acercarse al Uchiha. Lo que menos le agradaba era que él tampoco hacía mucho esfuerzo por impedírselo.

- Oye, ahora yo soy más alto que él, así que, ¿por qué no te llevo yo? – Hashirama tenía razón. Aquella vez Madara alegó que era un poco más alto que el castaño para llevarla. Ahora Madara se había quedado bastante atrás en cuanto altura, a pesar de que era igual de fuerte que él. Los años de entrenamiento y los combates en el campo de batalla les había curtido el cuerpo brindándoles músculos de acero. Mei le miró desde la espalda de Madara.

- Tienes razón. – Concedió Mei, que hizo el gesto para bajarse, pero Madara se lo impidió, impulsándola con las manos en los muslos hacia él para que no se soltara. Mei le miró el cogote con una ceja levantada.

- Eso no va a impedir que pueda subirla y te gane en la carrera, Senju. – El tono de Madara fue cortante y miraba desafiante a Hashirama. La tensión por un momento se hizo presente en el ambiente. Mei pasaba la mirada de uno a otro, confusa. Tras esos incómodos instantes en los que los dos ninjas se medían y retaban con los ojos clavados en el rival, Hashirama sonrió.

- Eso lo veremos ahora. – Madara le devolvió una sonrisa ladina. Colocaron un pie en la base del muro, concentrando chacra en la suela de sus sandalias.

- Preparados… - Mei se agarró más al cuello de Madara, apoyando la mejilla contra la suya. Gracias al pelo oscuro que le tapaba parte de la cara, no se notaba que se le habían puesto las mejillas como la grana. Él sacudió la cabeza levemente para no desconcentrarse – Listos… ¡Ya! – Salieron disparados por la pared vertical. Sus cabellos azotaban el viento detrás de ellos por la velocidad. En esa ocasión, Mei no escondía la cara, si no que miraba hacía arriba mientras gritaba de júbilo, animando a Madara para que fuera más deprisa. Una estela de arenilla salía al son de sus pisadas en la tierra. A la mitad de camino, Mei les pegó un susto de muerte cuando apoyó las palmas de las manos en los fuertes hombros del moreno y se impulsó hacia atrás, soltándose. La transformación fue instantánea y al momento tenían a una loba blanca, enorme, del tamaño de un caballo de considerable envergadura, corriendo en medio de los dos por la pared, con la lengua fuera y agitando su larga cola tras ella.

La siguieron de inmediato pues Okami les había pasado aprovechando el susto, pero no lograron alcanzarla antes de llegar a lo alto del acantilado. Apenas recuperaban el aliento, Okami jadeaba, elevando los carrillos dando la sensación de estar sonriendo y movía la cola a izquierda y derecha, contenta.

- ¡Es que… Es que quieres matarnos… Uf… De un infarto! – La loba ladeó la cabeza hacia un lado mirando a Madara, lamiéndose los morros.

- Mei… Arg… ¡Te podrías haber matado, por Kami! – Por toda respuesta, bajó las orejas mientras apoyaba la cabeza sobre las patas delanteras, gimiendo lastimeramente.

- ¡No nos mires así! ¡Te has vuelto una imprudente! – Okami se irguió y empezó a hacer carantoñas y a moverse saltando hacia los lados, jugando. Agarró la manga de Hashirama entre los dientes, tirando mientras no paraba de menear la cola.

- ¡Vale! ¡Vale! ¡Ya está! De acuerdo… - Hashirama apoyó una mano en la parte superior de su hocico. Él nunca había visto a Okami tan cerca ni la había tocado. La cabeza de la loba quedaba a su altura, podían montar sobre ella los dos sin apoyar los pies en el suelo perfectamente. El pelaje sumamente blanco era largo y fino. Los colmillos, afilados y temibles se asomaban entre sus fauces al abrirlas para sacar la lengua y jadear por la carrera. Estaba fascinado. La miró a los ojos. Todo el bosque pareció conectar con él. Podía sentir la energía que emanaba de ella.

Madara carraspeó. Estaba orientado hacia la aldea, que quedaba muy por debajo de ellos. Mei no se transformó de nuevo en humana, conservó su forma de lobo. Ella y Hashirama se situaron a la altura del Uchiha, mirando a la villa. Okami se tumbó sobre su vientre, apoyando las patas delanteras sobre el borde del precipicio. Aún estando así, tumbada, la cabeza les llegaba por el hombro.

- He tenido una idea esta mañana. – Hashirama cruzó los brazos. Okami dirigió su oreja izquierda hacia él sin dejar de mirar al horizonte. – Habrá un jefe de la aldea, el protector de todos que cuide de los habitantes como si fuera su familia. – Sus dos amigos le escuchaban atentamente. – Y esa figura se llamará Hokage. – Hashirama sonrió. – Como las principales aldeas del resto de países del Mundo Shinobi están tomando ejemplo de nuestra organización, cada una tendrá su propio Hokage. – La loba elevó el hocico y lo bajó con un gruñido bajo, mostrado su acuerdo a la idea. – Tengo pensado presentarte a ti como candidato a ser el Primer Hokage de la aldea, Madara.

- ¿En serio? – Madara le miró sorprendido.

- Sí. Hace tiempo, en la última batalla de la Guerra de los Clanes me dijiste que ya no tenías una familia a la que proteger. – Okami giró su cuello hacia Madara e inclinó la cabeza para que éste le acariciara, en una muestra de apoyo. El Uchiha bajó la vista hacia ella y apoyó su mano en la frente del animal, deslizando los dedos por el pelaje. La loba cerró los ojos. – Así que la aldea entera será tu familia y tendrás que protegerlos a todos. – Madara se quedó callado pasando la mano por la cabeza de Okami, pensativo. Al final, la sonrisa le llegó a los ojos oscuros.

- No sé si me aceptarán como Hokage.

- Claro que sí, yo te propondré. – Hashirama estiró ambos brazos para abarcar la villa. – Mandaré tallar tu cara en esta pared, para que todos puedan apreciar que eres tú quien les cuida de todo peligro, aunque será difícil, porque siempre tienes el gesto tan serio… - Okami ladró agudamente, en una especie de carcajada lobuna.

- ¿De qué te ríes tú? – Madara intentó parecer enfadado, pero en realidad no lo estaba así que lo dijo medio riéndose él también. – Gracias, Hashirama. – Dijo solemnemente.

- Los clanes y también el resto de aldeas principales me comunicaron que debíamos poner un nombre a la aldea. ¿Se te ocurre algo? ¿Y a ti, Okami? – Ahora el animal miró a Hashirama, ladeando la cabeza, haciendo que las orejas se le ladearan también hacia el mismo lado. Cuando hacía eso parecía una mascota inofensiva y adorable. Una fuerte brisa sopló desde el bosque que tenían a sus espaldas, agitándoles los ropajes y el cabello. Unas cuantas hojas verdes volaron a su alrededor.

Okami se levantó sobre sus patas y olfateó el aire, moviendo la cola. Madara atrapó una de las hojas, que estaba agujereada justo en el centro y miró a través del hueco a la aldea que tenían a sus pies.

- ¿Qué tal… Konoha? La Aldea Oculta de la Hoja. – Okami ladró y elevó los carrillos, meneando más deprisa su cola. Le parecía un nombre genial. Sin embargo, a su lado Hashirama tenía la cabeza gacha y los hombros hundidos, en el gesto que hacía siempre que se deprimía.

- No lo has pensado nada… Ha sido lo primero que se te ha venido a la cabeza…

- Pues anda que tú te has roto la cabeza con lo de Hokage… - Okami le acercó la nariz al cuello, haciéndole cosquillas. - ¡Ah! Jajaja, ¡vale! ¡Para! – Okami le mordisqueó la tela del hombro de su kimono clarito. - ¡Está bien! ¡Será Konoha! – Okami le dio un suave empujó con el frontal de su cara en la mejilla. – Sí… Konoha. – Miraron hacia la aldea recién bautizada, con los corazones llenos de satisfacción. Un momento que duró demasiado poco ante la llegada de un par de shinobis exploradores que aparecieron a sus espaldas. Los tres se giraron al sentir su presencia.

- ¡Hashirama! ¡Madara! ¡Noticias urgentes! ¡Oh…! – Los dos ninjas se quedaron clavados en posición de defensa ante el enorme lobo blanco que estaba entre los dos fundadores de la aldea. Se quedaron en silencio, mirando con temor al animal.

- No te preocupes, es nuestra aliada, Mei Haruno. Habla, ¿qué ocurre?

- Hashirama… - El ninja que había hablado tragó saliva intercambiando rápidamente la vista entre el Senju y la loba. – Nos han llegado noticias de que el Clan Kamizuru planea un ataque contra la aldea y fuimos a investigar. – Hizo una pausa, mirando ahora a Madara. – Es cierto, se están congregando hacia el sur y son muchos. Lo peor es que ya se están movilizando hacia aquí, hemos venido lo antes posible…

- El Clan Kamizuru… - Hashirama se llevó una mano al mentón, mirando al suelo.

Okami, agitándose se fue transformando lentamente de nuevo en Mei. Los dos ninjas informadores exclamaron ante el espectáculo.

- Dejadme ir. Es mi oportunidad para demostrar de lo que soy capaz y que protegeré Konoha a toda costa. Así esos jefes idiotas cerrarán el pico. – Mei miraba fieramente con los puños apretados a Hashirama.

- Eso dalo por hecho. – Fue Madara quien dio su consentimiento. Hashirama también estaba de acuerdo. Sabían que Mei era una pieza muy importante en la defensa de la villa y no iban a impedirle prestar su ayuda.

- Bien. – Madara sonrió abiertamente con un brillo rojizo peligroso en sus ojos negros. – Vayamos a bailar con esos Kamizuru.

El Senju, el Uchiha y la Haruno salieron corriendo a la par que los exploradores hacia el bosque para dirigirse a la Aldea Oculta de la Hoja y prepararse para entrar en combate una vez más.


N/A: ¡Hola de nuevo, amigos lectores! ¡Vaya verano! Estuve viajando muchísimo este mes, pero ya regresé a casa y, ¡tadá! Aquí les dejo un nuevo capítulo de La Maldición del Clan. Es como un capítulo intermedio, el reencuentro entre los tres personajes de la primera parte de esta trama. No tiene mucho, lo sé, pero es necesario como link de unión. Para los siguientes caps, les aseguro mucha chicha y mucha historia. Mil gracias por los comentarios durante este tiempo, animándome a que continue con la historia. Ahora bien, les comento, hasta el día 14 estaré muy ocupado y no sé bien si podré continuar actualizando como hacía este tiempo atrás, pero a partir de ahí, seguro que esta trama fluye como el agua. Igualmente, please les pido que si siguen interesados en mi historia, me lo hagan saber puesto que sus reviews son el combustible para mi imaginación, ¡no lo duden! Espero subir pronto la continuación, donde les adelanto habrá una batalla, una fiesta y muchos celos...

¡Un fugaz saludo, amigos del bosque!

Shirokami Mori :3