Texto: Letra normal

Diálogos: - Letra normal

Pensamientos: "Letra cursiva"

Rated M por strong language, escenas crudas y contenido para adultos

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto. La historia y los personajes que no son de la serie son míos, especialmente Mei.

Historia basada en Naruto con algunas pinceladas de películas del Studio Ghibli.

Dark horse – Kary Perry


Capítulo 7. La sentencia de un Uchiha

En el aire se aspiraba el olor a tierra mojada, a metal y a muerte. Los nubarrones negros que asomaban en el cielo parecían haber sido una oportuna coincidencia para adornar el techo del inminente campo de batalla en el que se iba a convertir aquella explanada de tierra, varios kilómetros al sur de la entrada principal de la recién bautizada Aldea Oculta de la Hoja.

Aún sin sol, las armaduras de Madara Uchiha y Hashirama Senju arrancaban destellos escarlatas de su superficie, al igual que el filo de sus armas. Estaban a la cabeza del batallón que se posicionaba a sus espaldas, compuesto por los clanes más representativos de la aldea (Uchiha, Senju, Hyuga, Akimichi, Aburame, Inuzuka…) y una altiva y hermosa Mei se situaba en medio de ambos. Tenía la capucha de su habitual capa de pelo blanco subida, una cuerda fina de color rojo cruzaba su frente y sujetaba su pelo, adornada con una piedrecita octogonal que descansaba justo en medio. Debajo de sus ojos, dos triángulos isósceles rojos pintaban sus pómulos, con el vértice hacia abajo. Pintura de guerra.

En su mano derecha sostenía con fuerza su lanza. No llevaba ni escudo, ni su arco. Iba a mano desnuda y estaba muy furiosa. E impaciente. Mei frunció más el ceño, si cabe, y presionó más el agarre sobre el mango de su arma, haciendo que los tendones de la muñeca se quisieran salir de la piel. Cuando los exploradores les avisaron del ataque por parte de los Kamizuru, un clan que podía invocar abejas, sin que éstas les absorban el chacra y utilizar clones de miel, los tres corrieron a la aldea a planear una defensa basada en plantar cara a los enemigos lo más alejado posible de la misma y Mei recibió todo el rechazo de los jefes de los distintos clanes cuando supieron que ella iba a entrar en batalla y lo que es más, iba a tener un papel dirigente en el combate.

Recordaba, ofuscada, las palabras machistas y ofensivas que le habían dirigido:

"- ¡Vamos, Hashirama! ¡No me hagas reír! ¡¿Esto es en serio?! ¡Es una mujer! ¡Una mujer! ¿Me podéis explicar qué narices va a hacer en el ataque? ¿Cantar una canción? ¡Venga ya! – El jefe del Clan Aburame había saltado ante la confirmación de que Mei iba a ir a la batalla con ellos.

- Ya te dijimos, Toka, que ella iba a formar parte de la defensa de Konoha y se estuvo de acuerdo en que así fuera, y ahora es un momento en que la necesitamos. – El Senju habló con el tono calmado y conciliador que le caracterizaba.

- No me lo puedo creer… - El jefe del Clan Aburame miró con fastidio a Hashirama, luego a Madara y por último, a Mei. - ¿Alguien más está de acuerdo, de verdad, con esta patraña? – Varios clanes mostraron apoyo a la opinión del Aburame, apuntando que Mei además era apenas una chiquilla, que dudaban de sus habilidades para luchar y que incluso era demasiado baja, pero eran minoría. La verdad era que muchos querían ver a la famosa Okami, diosa del bosque, en acción y esta era una buena oportunidad. Pero eso no era suficiente como para que Mei se librara de la negativa de una parte de los clanes que lideraban la aldea. Hashirama intentó calmar las aguas y Madara tuvo algún que otro choque de insultos y amenazas con los que ofendían a Mei.

- Madara, Hashirama, si queréis que vuestra amiga luche por Konoha, por mí perfecto. – El que habló en ese momento era el jefe del Clan Inuzuka, clan que tenía debilidad por los canes y eran los que más esperaban ver a Mei como lobo. – Pero no podéis pretender que dirija nada, al menos por el momento. Tenéis que entenderlo. – Mei escuchaba toda la situación en silencio, mordiéndose la lengua y apretando los puños para no sacudir a los que estaban insultádola y riéndose de ella por ser una mujer. Pero no era tonta y sabía que tenía que ser paciente y prudente si no quería que Madara y Hashirama tuvieran problemas con los demás clanes por su culpa.

Los fundadores de Konoha se miraron un momento y luego miraron a su amiga. Mei alzó la vista y asintió, en silencio, mostrándose de acuerdo con esa decisión. Ya les demostraría lo que valía un peine a esos idiotas.

- Está bien… - Madara se cruzó de brazos y miró duramente a Toka Aburame. – Pero ni una sola falta de respeto nunca más, Aburame, ¿queda claro?

- La falta de respeto la cometéis vosotros al dejar que…

- ¡Basta! – Mei no podía contenerse más, ya era suficiente. – Escúchame bien… - Mei se acercó peligrosamente al hombre que la estaba poniendo de los nervios. Madara y Hashirama observaban la escena, pero no la detuvieron.– Si no cumplo en la defensa de la aldea hoy, podrás soltar todo lo que te dé la gana contra mí… - Los ojos de Mei refulgían de rabia. – Pero hasta entonces, cállate y observa. Te aseguro que tendrás que tragarte tus palabras. – Mei estaba a centímetros del jefe de los Aburame, alzando la cabeza para fulminarle con la mirada, pues seguía siendo más bajita. No fue lo que le dijo Mei, ni el tono amenazante, ni que se acercara. Lo que hizo que el hombre no dijera nada más y titubeara, fueron las pupilas salvajes de la chica. Mei pudo oler ligeramente algo de miedo y duda en su interlocutor, así que, satisfecha, dio media vuelta con un "¿Vamos a preparar una batalla o no?". Defender la aldea era más importante que discutir el sexo de una combatiente. No se volvió a hablar sobre el tema."

"Ahora es cuando los hechos muestran lo que no pueden las palabras". Mei clavó sus orbes verdes en el batallón enemigo que les plantaba cara. No había que subestimarles. Las abejas podían ser un auténtico fastidio a la hora de luchar, aunque con los Aburame de su lado al menos iban a poder mantener a raya los aguijones de esos bichos, y los clones de miel podían ocasionarles reducción en el movimiento y dejarles cegados si se les pegaba en la cara esa pasta viscosa. Había que tener cuidado.

Los Kamizuru eran bastantes. Llevaban armaduras parciales de metal grisáceo que les cubría solo partes claves del cuerpo. Por lo demás sólo llevaban ropa ninja de combate. A la cabeza de sus filas estaba un hombre curtido, con el pelo medio canoso y facciones duras. Tenía los brazos cruzado a la altura del pecho mientras recorría de un lado a otro la línea de sus filas. De repente, se paró y miró a los shinobis que le impedían el paso para atacar Konoha. Había sido un auténtico contratiempo que se enteraran que iban a atacarles antes de poder llegar al menos a la linde de la aldea. Los motivos del ataque sólo lo sabían ellos, pero todo apuntaba a que era por puro desacuerdo a que una aldea nueva pudiera ser una competencia en cuanto a economía, tierras y mandato en el Mundo Shinobi.

Tras un minuto de tensión, la primera gota cayó del cielo en una sutil alegoría de inicio para la guerrilla que daba comienzo. Los Kamizuru, siguiendo la posición de ataque que adoptó su aparente líder, se lanzaron a por los integrantes de Konoha con un grito aunado.

- ¿Lista? – Mei giró la cabeza hacia Madara, que la miraba divertido. Estaba deseando ver lo que iba a pasar, a parte de que a él le encantaba pelear. Ella le mostró una sonrisa lobuna, fiera.

- ¿Estarán listos ellos? – Burlona, volvió la vista al frente y, ya que estaba desprovista de dirigir ningún equipo, flexionó las piernas para impulsarse y corrió hacia el encuentro con los Kamizuru. Madara y Hashirama no tardaron ni un segundo en seguirla a grito de "¡Por Konoha!".

Mei sólo podía pensar en estar hombro con hombro con sus dos mayores pilares en su vida, luchando, riendo, discutiendo… Se encontró a sí misma lanzando una carcajada mientras se acercaba cada vez más y más a los cientos de shinobis que iban a intentar matarla. Se llevó por delante al primer ninja que saltó para atacarla desde el aire y vio cómo las armaduras rojas de sus amigos la flanqueaban. A partir de ahí, el sonido del metal chocando, la lluvia que caía sobre ellos y los gritos de la lucha la envolvieron por completo.

Estaba feliz. Iba a combatir con Hashirama y Madara. Iba a ganarse su puesto en la aldea. Y el mundo lo iba a ver.


La lluvia torrencial hacía que el campo de batalla se convirtiera en un lodazal. El barro y la sangre se mezclaba en una masa informe debajo de sus pies, dificultando el equilibrio y haciendo que muchos resbalasen para encontrarse con la muerte en ese barrizal sanguinolento. Por otro lado, la cortina de agua tan espesa hacía que las abejas de los Kamizuru fueran un mínimo estorbo, aunque su taijutsu era muy duro y algunos clones de miel, al deshacerse, ocasionaron el fin de algún shinobi de la Hoja.

Hashirama se encargaba de la zona izquierda del área mientras que Madara causaba estragos en la derecha. Hacía un buen rato que no veía a Mei. Hasta entonces a veces podía distinguir una masa de pelo blanco enarbolando una lanza más allá, pero ahora no la veía. Sabía que tampoco podía estar tan pendiente, tenía – No- debía confiar en ella si tan seguro estaba de que Mei era perfectamente capaz de ser una pieza clave en la Aldea Oculta de la Hoja.

A veces los gritos eran ensordecedores. Había cuerpos de ambos bandos tirados entre el barro. A esa altura de la batalla, el Senju no podía estar seguro de que fueran ganando. A cierta distancia, vio cómo Madara mandaba a volar a varios oponentes con su Gunbai en alto. Tenía la armadura sucia, al igual que restos de barro y sangre en la cara y el pelo, en contraste con las gotas de agua que resbalaban por la superficie metálica, como queriendo quitar toda esa porquería sin éxito. Hashirama pensó que él también tenía que tener ese aspecto.

De repente, en ese momento en el que se distrajo, apenas pudo esquivar un ataque rápido y mortífero del jefe de los Kamizuru, que se consiguió abrir paso hasta él. El hombre era fuerte, corpulento y muy rápido. La lluvia impedía ver bien y el barro resbalaba. Hashirama, al esquivar el ataque repentino, perdió un poco el equilibrio, lo cual aprovechó el Kamizuru para volver a lanzarse sobre uno de los fundadores de la aldea objeto del conflicto. Hashirama consiguió interponer la katana a tiempo para evitar que la del shinobi le partiera por la mitad, pero el terreno era una total desventaja y, por el impacto, su pie derecho se hundió más de lo debido en la tierra e hizo que su espalda se encontrara con el suelo enlodado, intentando aún protegerse del filo de la espada de su contrincante.

El Kamizuru, aprovechando la ventaja de la posición, lanzó varios ataques muy violentos hacia Hashirama. Eran tan seguidos que no tenía tiempo para incorporarse de nuevo. En un momento dado, su oponente lanzó una brutal patada a la mano con la que Hashirama sostenía la katana, destrozándole los dedos y mandando el arma lejos. Hashirama gritó de dolor. Ese maldito era demasiado rápido y sus ataques tenían mucha potencia. El Senju fue a crear un escudo de madera rápidamente pero el enemigo ya estaba con la espada en alto para atacar sin piedad.

- ¡Hashirama! – La voz de Madara le llegó lejana. La madera, característica de su elemento de control, empezó a rodearle pero la espada del Kamizuru iba a llegar antes. Cerró los ojos apretando los dientes e intentó rodar para esquivar el filo, pero sintió algo encima suya a la vez que escuchó un fuerte choque.

El Senju se vio debajo de las piernas de Mei, que había aparecido interponiéndose entre el jefe del clan Kamizuru y él. La capa blanca de la chica era ahora prácticamente marrón debido a la lluvia y tierra, la capucha se le había bajado y tenía el pelo pegado en la cara, donde tenía las mejillas llenas de borrones rojos debido a que la pintura se le había corrido con el agua. Tenía cortes por los brazos y las piernas y restos de miel pegajosa. Mei jadeaba por la carrera que se había pegado para llegar a defender a Hashirama.

Mei y el hombre forcejearon un tanto con sus armas de por medio, pero él era más fuerte que la chica y consiguió desestabilizarla, haciendo que tuviera que saltar hacia atrás. Hashirama tuvo tiempo suficiente para rodar a un lado e incorporarse rápidamente, sujetándose la mano herida en un gesto de dolor. Ahora el jefe enemigo iba a por Mei. El ritmo del combate era frenético, a su alrededor seguían despuntando ataques con kunais, katanas, puños y patadas además de ninjutsus de fuego, viento y agua. La chica se defendió con su lanza en varias ocasiones, pero el hombre la estaba acorralando y haciendo retroceder. En un ataque horizontal, el oponente de Mei consiguió partir su lanza por la mitad. Hashirama colocó rápidamente sus manos en posición a pesar del dolor.

- ¡Mokuton no jutsu! – El Senju atrapó los pies del Kamizuru con su elemento, anclándolo al suelo, el cual maldijo gritando, pero Mei seguía a su alcance y le lanzó un espadazo que logró alcanzarla en el brazo izquierdo con el que se curbió, abriéndole un tajo que recorría desde la muñeca hasta el codo. - ¡MEI! – Un enemigo que se encontraba al lado, se deslizó por el suelo para lanzar una patada a los pies de la chica, barriéndola y haciendo que cayera al suelo de costado. Rápidamente, el jefe de los Kamizuru rompió un anclaje de madera de sus pies para avanzar hacia la chica lobo. Se agachó y, cogiendo a Mei de un tobillo, la arrastró para acercarla a él.

- ¡Ven aquí, maldita puta! – El Kamizuru, sin soltar el agarre, alzó la espada.

Todo parecía ir a cámara lenta.

Hashirama se impulsó hacia ellos para evitar que el jefe de los Kamizuru bajase su espada hacia Mei, por su lado derecho, vio cómo Madara también llegaba como un rayo hacia ellos, Gunbai en alto. Y también vio cómo el tobillo de Mei ya no era un tobillo, si no una pata de pelo blanco con una zarpa al final. Por la sorpresa, el Kamizuru paró una milésima de segundo, abriendo mucho los ojos, no pudiéndose creer que donde antes tenía a una chiquilla tirada en el suelo, ahora había un lobo blanco enorme, con una fauces aún más enormes y que se había revuelto para lanzarse hacia él.

Okami, con un feroz gruñido y posterior ladrido, derribó al hombre que iba a rajarla en dos, hundiendo los dientes afilados como sables entre el cuello y el hombro, alcanzándole el omoplato y el pecho de lo grande que era. Madara frenó como pudo al igual que Hashirama, que observaban la escena intentando recuperar el aliento. Madara, que había visto desde la otra punta del campo de batalla que Hashirama era atacado por el jefe del clan enemigo, intentó llegar a él, encontrándose con shinobis que le impedían el paso y con un terreno movedizo. Cuando al momento vio que era Mei la que estaba enfrentando a ese hombre y que recibía un espadazo, terminó saltando por encima de las cabezas de los shinobis que seguían peleando.

Ahora, Okami, encima del jefe del Clan Kamizuru que había terminado con la espalda en el suelo, estaba, literalmente, masacrándole. Los gritos de horror y dolor del jefe rasgaron el cielo. Los shinobis de alrededor pararon para mirar con estupefacción lo que tenían delante de los ojos. Y Hashirama y Madara volvieron a sentirse unos adolescentes recordando la primera vez que vieron a Okami atacar a uno de los bandidos que perseguían a Haruka en el río.

El Kamizuru intentaba en vano zafarse del agarre, agarraba con fuerza el pelaje de la loba, intentando quitársela de encima, y en una sacudida, Okami apretó los dientes mientras movió bruscamente la cabeza. El crujido que se escuchó fue muy desagradable y puso fin a los alaridos ahogados en sangre, desesperados, del que fue el jefe del clan que los estaba atacando. La enorme loba blanca siguió mordiendo un poco más a pesar de que el hombre ya no se movía y sus ojos reflejaban el velo de la muerte, gruñendo con el morro arrugado y las orejas hacia atrás, amenazantes. La sangre bañó en rojo oscuro el suelo, el hocico y el pecho del animal. Okami soltó el cuerpo muerto y seguidamente alzó la cabeza hacia el cielo, soltando un aullido desgarrador.

Cuando se extinguió el sonido en su garganta, la loba dirigió la mirada a sus dos compañeros, que la miraban con esa expresión de cautela y admiración cada vez que ella se transformaba y se giró con cautela para fijar su vista en el resto de enemigos que quedaban rodeándoles. Los Kamizuru que habían observado lo que le había hecho ese monstruo a su jefe, tenían el pánico pintado en sus caras y, temblando, dudaban si correr o quedarse clavados en el sitio. Okami se acercó a Hashirama y Madara en el momento en que un medic-nin de la aldea corrió hacia Hashirama para curar su mano herida. La loba miró al Senju y luego al Uchiha. Bajó la cabeza hacia Madara y con un gruñido flexionó las patas. Él entendió. De un salto, se subió encima de Okami, colocando sus piernas a ambos lados del lomo mojado y lleno de barro. La loba se incorporó de nuevo, con Madara Uchiha encima de ella. Hashirama también estuvo de acuerdo con la idea.

- Id hacia el centro de su pelotón abriéndonos paso. Yo me quedo en la retaguardia procurando que ninguno de ellos atraviese la línea en dirección a Konoha. – Hashirama se apretó la mano recién curada. – Sin su jefe tenemos la ventaja de que no tienen dirección.

- Bien. ¡Vamos! – Madara se agarró al pelaje de Okami, inclinándose hacia delante y sujetando su abanico de guerra. Okami salió disparada hacia los enemigos, ladrando. Los shinobis de la Hoja que vieron cómo Madara dirigía el ataque montado en ese magnífico animal, les siguieron con un grito de júbilo, haciendo que sus enemigos se replegaran y retrocedieran.

Hashirama los vio adentrándose. Un ramalazo de celos le recorrió la espina dorsal. La loba se había inclinado hacia Madara claramente. Sabía que él tenía la mano herida y que con un pobre y rápido jutsu médico no iba a bastar. La patada le había roto todos los huesos de la mano, pero aun así, no pudo evitar que una sombra negra le cruzara el corazón.

El Senju pensó que aunque el mundo entendiera que las guerras eran el choque en combate entre dos grupos por diferentes motivos, las verdaderas guerras eran las que libraba cada uno por dentro, como le ocurría a él.

La lluvia había amainado hacía ya un rato y, pasadas un par de horas, Konoha había conseguido casi extinguir al Clan Kamizuru. Madara seguía a lomos de Okami, observando cómo los pocos supervivientes enemigos intentaban huir como podían. La adrenalina estaba terminando su efecto en su torrente sanguíneo, haciéndole sentir ahora cansado pero satisfecho. La experiencia de luchar con la enorme loba blanca había sido brutal. Okami había terminado con muchos shinobis a dentelladas, mientras que él lanzaba ataques con su Gunbai o jutsus desde esa posición tan ventajosa, aniquilando a los Kamizuru, con el Sharingan girando frenético en sus ojos.

La loba jadeaba ahora quieta, con la lengua fuera. Estaban hechos un asco, pero todo valió la pena por las miradas de respeto que ahora rodeaban a Okami, a Mei. Tenía todo el pelo de debajo del morro y el pecho de color rojo por la sangre. Su aspecto era hermosamente terrorífico. Madara no pudo evitar rascar la coronilla de la loba, sonriendo.

- Ahora esos imbéciles no volverán a reprochar que seas una mujer para defender la aldea, ¿eh? – Okami movió las orejas y bajó sus cuartos traseros para que Madara se bajara. Okami estaba emitiendo sonidos agudos muy graciosos que se entrelazaron con la risa de Mei, cuya figura femenina apareció donde estaba la loba.

- ¿Has vistos qué caras ponían? ¿Y cuando íbamos rompiendo sus filas? Sobre todo la cara de ese despreciable que atacó a Hashirama cuando me lancé sobre él… ¡Já! ¡Ahora sí que sí! ¡Guau! ¡Ha sido increíble! – Mei estaba eufórica. Era la primera batalla como tal que vivía y la emoción de la lucha seguía invadiéndola. Madara la observaba hacer aspavientos y saltar mientras ella soltaba todo eso. Ellos eran carne de guerra. La habían vivido desde niños y habían crecido con ella. Y Mei era una criatura excepcional, diseñada para luchar al igual que ellos.

Mei, en un salto enérgico, lanzó los brazos al cuello de Madara mientras no paraba de reírse. A él le pilló por sorpresa y casi se caen al suelo. Tuvo que soltar el Gunbai de golpe, que cayó con un sonido chapoteante, y la sujetó por la cintura para no perder el equilibrio.

-¡Eh! ¡Oye! ¡Vale, vale! ¡Para! ¡Cálmate! – Mei no paraba de moverse y saltar abrazada a él.

-Lo siento, lo siento… - dijo Mei entre carcajadas. Se retiró un poco para encararle pero no bajó los brazos, que descansaban en los hombros de él. – Es que… - Mei le hundió sus dos soles verdes en lo más profundo de la oscuridad de las pupilas del Uchiha, que había desactivado el Sharingan hacía unos instantes. Le miró con tal intensidad que Madara sintió cómo algo se le retorcía en el estómago.

-Qué – Al ver que no terminaba la frase, Madara le soltó ese monosílabo algo brusco. Le estaba poniendo histérico. Hasta juraría que se estaba apretando más contra él. Mei alzó una mano para deslizar su dedo índice desde el puente de su nariz hasta sus labios, mirándole con una suave sonrisa. "Qué… Qué coñ…"

-Es que no me había sentido tan feliz en tanto, tanto tiempo… Como hasta ahora.

Madara la miró, no sabía dónde meterse. Un millón de preguntas e inquietudes le llenaron la cabeza. "¿Qué significa eso?" "¿Por qué me mira así?" "¿Por qué no quita el dedo de mi boca?" "¡¿Por qué está tan cerca?!" "¡¿Por qué está entrecerrando los ojos, maldita sea?!" Madara tenía los ojos muy abiertos y no podía articular palabra. Mei se estaba inclinando hacia él, acercando su nariz mientras terminaba por retirar el dedo de los labios de su amigo. Sonreía. Mei sonreía enigmáticamente a la vez que negaba casi imperceptiblemente con la cabeza, como si ella comprendiera algo que él no. "Casi puedo… Casi…". Automáticamente Madara había envuelto un poco más la cintura de ella. Notaba el aliento de Mei sobre su boca. Él también estaba cerrando los ojos.

- ¡General Uchiha! ¡General Uchiha! – Madara apretó los ojos mientras bajaba la cabeza y lanzaba una maldición, apartándose de Mei, la cual también había parado su trayectoria para mirar por encima del hombro de él hacia el shinobi que llamaba a Madara a gritos. Era un ninja del Clan Uchiha. No les llegó a ver en aquella situación, pero Madara le fulminó con la mirada cuando se acercó, amedrentándole. – Mmmm… Eh… Lo siento, mi general, pero necesitamos ayuda con nuestros caídos y el General Senju reclama su presencia y la de la chica lobo. – El shinobi miró a Mei, que estaba detrás de Madara.

- De acuerdo, dile a Toshio que reúna a nuestro clan. Iré cuando termine con Hashirama y Mei. – El Uchiha asintió y se alejó tan rápido como había venido. Madara, que le había dado la espalda a Mei para hablar con su subordinado, seguía en esa posición, sin volver a mirar a la chica. Notaba su mirada clavada en el cogote y apretó los puños. – Vamos. – Madara echó a andar, siguiendo sin voltearse hacia su amiga. Sentía vergüenza, confusión y remordimiento, todo a la vez. Y eso hacía que se enfadara mucho con él mismo. Mucho.

Había estado a punto de besarla. Con el ego henchido tras derrotar al enemigo, el haber cabalgado a lomos de la loba blanca, con la adrenalina que suponía la velocidad, los golpes y el fulgor de la batalla; la alegría de Mei, llena de cortes, de barro, de lluvia, tan descontrolada y salvaje. Todo eso junto con la cercanía y el calor de su cuerpo pegado al suyo, llegándole a la nariz ese olor a bosque y verano tan especial había hecho que bajara la guardia y estuviera a punto de ceder y caer bajo el hechizo que ejercía ella. Y lo odiaba. Odiaba que consiguiera manipularle de tal forma que se olvidaba de su alrededor para centrarse sólo en ella, de hacer que ella fuera una debilidad para él. Y Madara Uchiha no tenía debilidades. O eso quería.

Mei miró cómo el moreno se alejaba. Ella no intentó detenerle. Conocía muy bien a Madara y sabía que si intentaba ahora forzarle, él se ofuscaría más y terminarían discutiendo o sin hablarse. Sonrió, resignándose. Cómo negar que ese Uchiha le atraía como un imán, que había algo, algo que surgió cuando eran unos niños y que no podía frenar. Tenía la necesidad de pegarse a él, la revolvía los sentidos y no podía evitarlo. Rememoró el momento justo hace unos instantes, cuando estaba a punto de juntar sus labios con los de él, y que notó cómo su interior se estaba fundiendo en lava. Mei era ya una mujer adulta, humana al fin y al cabo, por mucho que compartiese su identidad con un espíritu del bosque, y sentía. Y sabía que sentía por Madara, mucho. Al menos, sus manos se escapaban solas simplemente para mantener contacto. Se mordió el labio inferior mientras miraba al suelo. Todavía le picaba la piel donde el shinobi había estrechado sus brazos alrededor de su cintura. Le deseaba. Le deseaba tanto que le había dado igual el momento, lugar y situación. "Y sé que también te pasa lo mismo… Madara…" Mei le daría tiempo, pero no iba a dejar de insistir cuando tuviera oportunidad. Sus destinos estaban enlazados desde que se miraron a los ojos por primera vez. La joven lobo sacudió la cabeza, apartando todo pensamiento de ella, para centrarse en acudir junto a Hashirama.

Corrió para alcanzar a Madara, al cual le dio un empujón con el hombro por detrás mientras le gritaba que le retaba a una carrera. Madara le miró alucinado mientras ella le dejaba atrás. Lo dicho, había cosas que seguían siendo igual que cuando eran unos críos. Y, cómo no, el Uchiha salió corriendo detrás de ella, para ver quién llegaba primero.


Habían tenido más bajas de las que esperaban. Los Kamizuru habían sido muy duros de roer, y eso cabreó a los jefes de los clanes. Aún así, los comentarios sobre la loba Okami corrieron como la pólvora en Konoha y pronto un aura de respeto, miedo y admiración envolvieron a Mei. Toka Aburame tuvo que aceptar que Mei era muy valiosa para la aldea y el resto de jefes aceptaron el hecho de que fuera alguien más anexo a los fundadores. En la reunión que hubo tras la batalla, se acordó que se celebraran los funerales la noche anterior a la noche de la fiesta del ecuador de la época cálida, momento en que se forjó la alianza entre los Senju y los Uchiha.

Todos los clanes tuvieron que llorar a alguien, pero los ninjas sabían que sus vidas podían ser tan efímeras como una mariposa. Vivían tan rápido como podían morir. Estaban al servicio de la aldea. Morir en el campo de batalla, luchando por Konoha, era un gran honor. Esa misma noche, montones de pilas funerarias ardieron, iluminando la noche sin luna y sin estrellas debido a las nubes que aún cubrían el cielo del País del Fuego. Todos los presentes iban vestidos acorde con la ocasión, cantaron y mostraron sus respetos a los muertos.

Como contraste, al atardecer del día siguiente, las calles de Konoha se plagaron de luces de colores, farolillos, dulces olores y música. La gente se vistió con sus kimonos de fiesta, los niños jugaban y reían, y los ánimos se elevaron hasta el cielo, desde donde una luna plena y rojiza comenzaba a asomarse por el horizonte, despejado de nubes. Era como si los dioses quisieran que esa noche sirviera para pasar una nueva página en la historia de la Aldea Oculta de la Hoja.

Hashirama alcanzó la calle principal, repleta de gente paseando y comiendo en los puestecillos, y observó una vez más, orgulloso, su hogar. Vestía un kimono tradicional sencillo, de color verde muy claro, casi blanco, amarrado con un cinto verde más oscuro. El pelo suelto, castaño, caía por su espalda, como era habitual. Se sentía mucho más cómodo así que con la armadura puesta, al contrario que su compañero, Madara. Aún no le había visto, pero sabía que se encontraba en la plaza central de la aldea, donde habría recibido a los puestos más altos de Suna, la Aldea Oculta de la Arena, con los que estaban dispuestos a establecer relaciones. Hashirama alzó la vista a las banderillas que cruzaban la parte superior de la calle, donde se encontraba impreso el nuevo símbolo de la Hoja. Una espiral corta con un triángulo pegado en el lateral, simulando una hoja. Se sentía feliz. Los clanes no solo tenían su propio símbolo, sino que ahora tenían uno común, uno que los unía a todos, viniesen de la familia que vinieses, siendo todos una familia propia.

Entre esos pensamientos, llegó hasta la plaza central, donde una enorme fogata ardía en el centro y alrededor se situaban más puestos con comida y bebida a mansalva. Se respiraba la fiesta y felicidad por los cuatro costados. Alcanzó a ver a Madara, con su figura imponente enfundada en su típico kimono azul oscuro y el abanico de los Uchiha en la espalda, aunque lo tapaba el pelo negro como la noche que se alzaba en el cielo. Se encontraba en frente de dos hombres un poco más altos que él y una mujer rubia, con las típicas ropas vaporosas de Suna, mientras que los hombres vestían pantalones holgados y llevaban una camisa cruzada y ligera. Uno de ellos llevaba un poncho blanco fino por encima. Desperdigados por la plaza, el Senju vio que había más hombres de Suna, vestidos con los mismos pantalones holgados y cinturones que les cruzaban el pecho. Guardias.

- Buenas noches, compañeros, es muy agradable recibir a los jefes de Suna en nuestra aldea en esta noche de celebración.

- Hashirama Senju, un placer. – La mujer rubia alzó la mano para estrecharla con el castaño. Era Terumi, hermana de Reto, el verdadero primer Kazekage de Sunagakure. Reto estaba a la derecha de Terumi, vistiendo el poncho blanco. Sus ojos verdes se estrecharon al observar a Hashirama.

- Parece que habéis conseguido doblegar un poco a los Uchiha, eh, Senju. Algo realmente heróico…

- ¿Doblegar? – La mirada de Madara se afiló, y casi rechinó los dientes ante tal comentario.

- No hemos doblegado a nadie, Kazekage, hicimos una alianza, somos iguales. – A Hashirama no le gustaba que provocasen a su amigo de esa manera, menos sabiendo la mecha tan corta que tenía el moreno.

- Claro, pero, ¿cuál de vosotros es el jefe de la aldea? No puede haber dos, ¿no? – El que habló fue el tercer mando de Suna, el otro hermano de Reto y Terumi, Shanom. Los tres tenían los ojos verde-azulados, aunque Shanom no tenía pelo y reto era castaño.

- Aún no lo hemos decidido, pero propondré a Madara, es el mejor de los dos para dirigir Konoha.

- No sé si sería buena idea… - Reto estaba sacando de sus casillas a Madara, y eso no era buena señal.

- Oye, Hashirama, ¿dónde está Mei? – Terumi decidió cortar el tema. Estaban allí para establecer lazos, no guerras.

- ¿La conoces? – Madara habló sorprendido.

- Mei pasó un tiempo en Suna. Una partida de provisiones fue atacada por bandidos y Mei hizo que nuestros carromatos llegaran a la aldea sanos y salvos. Es una gran amiga y aliada.

- Oh… Vaya. Me alegra oír eso. No sé dónde está ahora, pero no tardará en venir, seguro, es capaz de detectarnos a kilómetros. – dijo Hashirama sonriendo.

- Hemos escuchado lo increíble que fue en la batalla contra los Kamizuru. Incluso llegan historias de que parecía una bestia invocada de los Uchiha, toda blanca y con el pecho lleno de sangre, llevando al jefe del clan sobre su lomo. Me parece extraño que una criatura tan magnífica como ella se dejara montar por cualquiera… - Reto miró directamente a los ojos a Madara. Parecía no agradarle nada el Uchiha.

- Hmpf… Las historias siempre esconden algo de verdad. – Madara se estaba cansando y un destello rojizo giró en sus ojos negros. El calor de la fogata estaba agobiándolo un tanto y no podría aguantar mucho más el descaro de Reto.

- ¿La controlaste con la maldición del Sharingan, Uchiha?

- Reto, basta.

- ¿Quieres ver lo que es el Sharingan, Kazekage? – Madara ya tenía las pupilas negras y escarlatas mientras sonreía, amenazante.

- ¡Terumi!

"Menos mal…" Hashirama estaba temiéndose una pelea muy contraproducente con el primer Hokage de Suna, algo que no podían permitirse y menos después de la batalla tan reciente.

- ¡Ah! ¡Mei! – La chica corría hacia ellos, vestida con un top blanco de tirantes, lleno de trenzas y perlitas en el tejido y que no cubría su abdomen mientras que una falda blanca, llena de volantes ondeaba a cada paso. Llevaba el pelo completamente suelto y brazaletes finos dorados en los brazos. En el cuello seguía luciendo la daga cristalina que le regaló Madara. Cuando llegó a su altura, se abrazó a Terumi efusivamente mientras reían las dos. Mei se había marcado sus enormes ojos con pintura negra y sus pestañas también estaban oscurecidas, haciendo que pareciera mucho más femenina.

El ambiente se relajó un tanto mientras las dos amigas hablaban. Mei saludó afectivamente a los hermanos de Terumi. Ellos la habían acogido con los brazos abiertos en Suna, agradecidos por su protección y más agradecida ella por encontrar un lugar donde descansar y beber en medio del desierto. Comenzaron a conversar sobre cómo había evolucionado Suna desde que Mei se fue y sobre lo conveniente que sería compartir recursos, conocimientos y defensa a posibles enemigos. Hashirama estaría en deuda con Mei por salvar las negociaciones con Suna.

También percibió cómo la había mirado Madara. Hashirama sabía que las posiciones de sus dos amigos estaban cerca, muy cerca. Cada vez Madara disimulaba menos cómo miraba a la castaña y ella no escondía esas miradas afiladas. Él se daba cuenta, muy a su pesar, de que estaba muy, muy lejos del corazón de Mei. Lo curioso es que era como algo natural, y él acabaría por aceptarlo… Quizá.

Mei y Terumi se apartaron un tanto en su larga charla, acercándose al fuego.

- Desde que te fuiste me sentí un poco más sola, ¿sabes? Es increíble todo lo que has visto y vivido. Me resulta extraño que quieras quedarte perenne aquí, no va contigo.

- Es mi hogar, Terumi. Estuve perdida mucho tiempo pero… - Giró la cabeza para mirar a Hashirama y Madara, que hablaban con los hermanos de Terumi, ahora mucho más calmados. – Ahora ya he encontrado mis raíces.

- Serías una gran jefa de los Uchiha. – Mei abrió tanto los ojos que ahora parecía más un búho real que otra cosa.

- ¿Qué? ¿Cómo…? – Terumi sonrió.

- Los Uchiha no se caracterizan por mostrar sus emociones precisamente, amiga, y tendrías que ver cómo te mira Madara Uchiha. Y tú a él, Mei. Sé que hay algo, lo puedo notar.

- Serpiente astuta… - Mei volteó la cara para mirar a las llamas. – No me aceptarían, Terumi, no soy una de ellos. – La mirada de la chica lobo se entristeció.

- Sólo tendría que aceptarte él, Mei, ¿no?

- No es tan sencillo.

- Oh, sí que lo es. Somos nosotros lo que lo complicamos todo con normas estúpidas, ¿no crees? – Mei miró a su amiga, aún sonriendo. Tenía razón. Ella misma les dijo a sus amigos en una ocasión que sus legados de casarse con alguna mujer que fuera de su mismo clan era absurdo si no la amaban.

- Ya veremos qué es lo que decide el destino… - Mei clavó sus esmeraldas en el hombre que tanto le gustaba. Madara sintió cómo alguien estaba mirándole y buscó de dónde venía esa sensación, chocando sus pozos negros con los ojos de Mei. La miró confuso. Ella entrecerró los ojos mientras ensanchaban la sonrisa. Madara resopló y sacudió la cabeza, frustrado, y apartó la mirada. Le ponía demasiado nervioso esa mujer y se le venía a la mente el momento en que casi prueba el sabor de sus labios en medio del campo de batalla, tres noches antes.

La noche fue cerniéndose sobre Konoha. La luna brillaba plateada sobre sus cabezas y el ambiente se caldeaba cada vez más. La gente sólo pensaba en disfrutar, bebían y comían, reían y bailaban alrededor de la hoguera que iluminaba toda la plaza central.

Hacía ya rato que los fundadores de Konoha habían terminado sus conversaciones con Reto y Shanom, y Mei y Terumi estaban bailando y riéndose junto con más mujeres de la aldea y de Suna. Todos habían bebido y el alcohol chispeaba en sus venas. Terumi hizo una seña a unos aldeanos de Suna, que llevaban unos tambores gigantes y los acercaron a la hoguera para empezar a tocar. El ritmo de la percusión comenzó a adueñarse de las caderas de Mei. Le sonaba esa melodía tan rítmica, le recordó a las noches de Suna, bailando la danza del vientre con las mujeres del desierto, junto a un gran fuego, justo como ahora.

El sake que había bebido, el calor de la noche de pleno verano, la luna tan poderosamente redonda y blanca, que ejercía en ella una atracción especial, el brillo dorado que le regalaba el fuego a su piel y el retumbar de las membranas de los tambores hicieron que Mei se envolviera en la música y comenzara a bailar, prácticamente pegada a la hoguera, una danza que hacía que los huesos de sus caderas se mecieran como el movimiento de una serpiente, hipnótico. Se llevó los brazos al pelo, que hacía rato que se había ondulado, salvaje, sin parar de mover las caderas, como Terumi y las mujeres de Suna que se habían unido a ella en su danza del fuego. Las mujeres de Konoha y los hombres les habían dejado espacio, para contemplar ese baile tan femenino que Mei controlaba de una manera demencial. Muchos hombres silbaban ante el espectáculo y alzaban sus copas, animando a las bailarinas a seguir con el ritmo nocturno.

Mei reía y giraba, se apartaba el pelo, sacudía la cadera y movía los brazos con movimientos ondulantes, acompañando al resto del tronco. Terumi también realizaba los mismos movimientos, pero Mei no estaba bailando con ella en realidad, ni con el resto de mujeres de Suna que se distribuían alrededor del fuego. Mei no paraba de buscar con la mirada a quien quería que la mirara. Y cuando localizó esos ojos negros, ardientes como dos carbones encendidos, no despegó sus ojos verdes de él, mientras acentuaba los movimientos de sus caderas, como llamándole, como queriendo atraerle hacia ella. Y Madara no podía, literalmente, quitarle los ojos de encima. Ni siquiera quería parpadear. A pesar de que estaba vaciando el vaso de sake que teía en la mano, notaba la garganta completamente seca continuamente. Tenía un calor insoportable, recorriéndole la espalda y la cara. Estaba tan perdido en el baile de la chica, que no escuchó nada cuando Reto preguntó algo.

- Uchiha… ¿Me estás escuchando? ¡Uchiha!

- ¿Qu… Qué? – Reto rió suavemente.

- He dicho que qué hermosa visión del bosque nos regalan los dioses y que de qué conocer a Mei Haruno… Pero veo que estás demasiado ocupado mirándola. Te traeré un pañuelo para que te limpies la baba.

- No estaba mirándola, Reto.

- Claro que no… - Reto se alejó volviéndose a reír y Madara se encontró con la mirada de Hashirama. Estaba muy serio, como queriendo decirle algo. Madara le sostuvo la mirada. Ahí estaba. También había visto cómo se comía con los ojos a Mei y la rivalidad y los celos extendían sus afilados dedos entre la amistad de ambos shinobis.

El final de la canción hizo que el Senju y el Uchiha rompieran el contacto visual mientras volvía a empinar el codo para beber. Mei rió, cansada y feliz, mientras se abrazaba a Terumi. La rubia se acercó al oído de la chica para decirle algo que hizo que Mei se sonrojara algo más de lo que ya estaba, y su mirada brilló húmeda mientras una sonrisa se le escapaba por la comisura de los labios.

Entonces, Mei se encaminó con paso decidido hacia donde estaban sus amigos, pero cuando estaba a punto de llegar, se cruzó entre ellos un chico rubio.

- ¡Oye! ¡Eres tú! ¡La chica de la taberna!

- Eh… Ah… Tú… Tú eres el chico de ese pueblo tan lejos… - Mei se paró en seco mientras el chico rubio la sonreía y se acercaba a ella.

- ¡Soy Ryu! ¿No te acuerdas? Pasamos la noche en mi casa…

- ¿Quién es, Mei? – La voz profunda de Madara le llegó desde su izquierda, y le vio acercarse por detrás de Ryu. Había escuchado lo último a la perfección. El aura del Uchiha estaba que quemaba.

- Es… Es… Un amigo. Un amigo lejano. – Mei miraba con pena a Ryu, no iba a gustarle que los celos del moreno se descargaran sobre el pobre chaval.

- Oh, vaya… Un forastero. – Madara se situó al lado de Mei, daba miedo. – Y… ¿De qué conoces a Mei? – Madara estrechó los ojos, arrastraba algo las palabras.

- Eh, pues… - Ryu miró a Mei, que le estaba suplicando con la mirada que no dijera la verdad, pero el chico era bastante ingenuo… - Pues nos conocimos en la taberna de mi aldea y una cosa llevó a la otra… - La mirada de Madara brillaba en rojo sangre, Mei maldijo por lo bajo. Se iba a liar, tenía que actuar rápido.

- Y nada, ahora está aquí por negocios, ¿verdad, Ryu? Pero ya se iba, sólo nos hemos saludado. Muchas gracias, Ryu, un placer volver a verte, ¡hasta luego! – Mientras Mei soltaba todo eso a la velocidad del rayo, se acercó al rubio para cogerle del brazo y voltearle para que se alejara y se marchara. Hashirama observaba la escena desde un poco más lejos. – Lárgate. – le susurró bruscamente Mei a Ryu, el cual le hizo caso al instante y se marchó a paso rápido tras un breve, "hasta otra".

Hashirama negó con la cabeza. Notaba en cada célula de su piel cómo el chacra de Madara rabiaba en celos. Era demasiado impulsivo. Siguió con la mirada a ese tal Ryu, que se alejaba con la expresión confundida. Alcanzó a ver a Ahina Uzumaki y decidió dirigirse a conversar con él. No quería contemplar una escenita de celos donde estaba implicada Mei. Alejarse le pareció lo más sensato, a sabiendas que estaba renunciando a una posibilidad con ella.

Madara también le clavaba la mirada al rubio mientras se alejaba. Estaba muy, muy enfadado, se notaba a kilómetros.

- ¿Se puede saber… - Mei volteó para encararle – qué ha sido eso? – Ella también estaba molesta. Madara se había acercado a ella y a ese chico hecho una furia y eso había molestado a la chica.

- ¿El qué? – Madara juntó las manos por dentro de las anchas mangas de su kimono.

- Lo que acaba de pasar.

- No sé a qué te refieres.

- A tus celos.

- ¿Cómo? – Madara apretó los dientes y frunció el ceño. - ¿Qué dices, mujer?

- Lo que oyes. ¿A qué viene acercarse de esa manera, como un gallito, a espantar a ese pobre muchacho? Tu aura daba repelús…

- No he ido como ningún gallito y ese niño estaba molestándote.

- No me estaba molestando, Madara… Sólo me ha saludado. – Mei relajó el tono.

- Tu cara no decía lo mismo.

- Cuando te has acercado de esa manera, desde luego.

- No me he acercado de ninguna manera.

- Estabas celoso… - Mei se acercó a él más, elevando un dedo hacia su cara. – Reconócelo. – Dijo ella, esta vez divertida.

- Ni lo sueñes.

- ¡Qué tozudo eres, Uchiha! – Mei elevó los brazos al cielo, dramáticamente. – Si tan sólo reconocieras tus actos…

- ¡Que no estaba celoso, Mei, joder! – Madara se estaba cabreando, hablando bruscamente a la castaña.

- ¡Eh! ¡Relájate! ¡No estoy diciendo ninguna mentira!

- ¡Sí que lo haces, maldita sea! ¡Tú qué sabes de cómo estoy o no! – Ambos estaban alzando la voz, aunque con la fiesta en su momento más álgido, la gente no prestaba demasiado atención a ambos.

- ¡Porque lo sé y porque puedo notarlo! ¡No me mientas así! – Mei y Madara estaban frente a frente, casi chocando sus narices, pero bastante enfadados y con los puños cerrados.

- ¿Que yo miento? Mei, ves cosas que produce tu imaginación, estás borracha.

- ¿Y tú no? Madara, eres un maldito bloque de hielo, a parte de mentiroso, no reconoces tus sentimientos y deberías…

- Hmpf… Estás empezando a ser una verdadera molestia… ¿O es que quieres tanto que sienta celos por ti que por eso no paras de decirlo? ¿O quizá es que tienes demasiados amiguitos de otras aldeas que sólo quieren saludarte?– Mei abrió los ojos, sorprendida por el comentario tan desagradable.

- Vete a la mierda, Uchiha. – Mei cogió un vaso de sake que tenía a su alcance, sin saber de quién era, y se lo tiró por la cabeza a Madara, que se quedó clavado en el sitio, sintiendo cómo el líquido alcohólico le chorreaba por el pelo y la ropa. Cerró los ojos lanzando una maldición y cuando los volvió a abrir, vio la espalda de Mei desaparecer entre la gente de la plaza que ahora sí le miraba con cara de circunstancia por lo que acababa de ocurrir. Volvió a soltar un taco y salió detrás de ella, pero ya no conseguía verla entre la gente de la aldea.

Mei estaba hecha una auténtica furia. El sake y el malhumor de Madara habían podido con ella y había hecho lo primero que se le pasó por la cabeza al escuchar ese comentario tan engreído. El vaso de sake estaba demasiado cerca de su alcance. No sabía muy bien ni a dónde estaba yendo, pero acabó al borde del río a las afueras de la aldea, sentándose en una roca plana de la orilla, recogiendo las piernas mientras observaba el agua correr, con el reflejo de la luna moviéndose en la superficie. Maldijo una y mil veces a Madara, y las emociones acumuladas, el recuerdo del encuentro entre ella y sus amigos, el acercamiento que hubo entre ella y el Uchiha en el final de la batalla con los Kamizuru y el encontronazo de hacía unos instantes hicieron que a Mei se le hiciera un nudo en la garganta y gruesas lágrimas le salieran de sus hermosos ojos sin parar. Hundió la cabeza entre sus rodillas y dejó que las lágrimas fluyeran para deshacerse un poco de esa sensación de frustración que la invadía por dentro.

Así se la encontró Madara, hecha un ovillo en esa piedra, con sus hombros sacudiéndose ligeramente por el llanto y escuchando alguna maldición entre el hipo y las lágrimas de su amiga. En ese momento, se quedó quieto a la espalda de la joven. Se sintió miserable. Sabía que el último comentario había sido innecesario, pero, como siempre, no pensó antes de actuar. Y cuando quiso retroceder, era tarde.

Pasados unos momentos, Madara se acercó despacio hacia su amiga, como si fuera a desvanecerse si hacía un movimiento más rápido o si hacía ruido. Se sentó al lado de ella en la hierba de la linde del río, dejando una distancia prudencial entre ambos, esperando a que Mei se calmase un poco. Permaneció en silencio mientras Mei terminaba de soltar las últimas lágrimas de rabia. No sabía cómo empezar, ni qué decir.

- Mei yo… - Frunció el ceño, él no estaba hecho para estas cosas. – Perdóname. – Ella asomó la naricilla entre los brazos que había cruzado apoyándolos en las rodillas. No dijo nada, esperando a que él dijera algo más. Madara resopló. – He… No debería haberte dicho eso, fue algo totalmente fuera de lugar, estaba enfadado.

Mei giró sus pupilas cristalinas y brillantes por las lágrimas hacia él, frunciendo el ceño. Madara volvió a resoplar.

- Estaba… Estaba celoso, ¿contenta? – Madara giró la cara hacia el lado contrario. Admitir eso delante de Mei le daba tremenda vergüenza.

- ¿Por qué? – La voz de Mei sonó algo afectada, pero firme. Esta vez quería respuestas y quería poner las cartas sobre la mesa.

- ¿Por qué? Yo qué sé, Mei, vi a ese idiota acercarse a ti, y vi la cara que pusiste, noté que no estabas cómoda y fui a echarle un poco.

Mei no pudo evitar soltar una ligera carcajada. Le hacía gracia cómo su acompañante hacia auténticos quiebros con tal de no decir claramente sus sentimientos. Mei sacudió la cabeza, resignándose. El Uchiha era así, no podía cambiarle, era lo mejor que iba a tener como respuesta. Y estaba cansada. Se inclinó para acercarse al agua del río, ahuecando las manos para coger agua y lavarse la cara, retirando los restos de maquillaje negro que se le había corrido por los ojos y mejillas, dejando su cara lavada.

- Te tengo que dar las gracias, entonces. Gracias, Madara Uchiha, por espantarme a ese chico. Ahora – Mei se secó con el antebrazo y se incorporó – me gustaría irme a dormir. Estoy cansada. – Miraba tristemente al río. – Buenas noches. – Ella le dio la espalda y se alejó unos pasos, dispuesta a irse.

- ¡No! Mei… Espera… Yo… - Madara se había puesto en pie de un salto y se había acercado a una Mei expectante que se había girado para mirarle.

- ¿Tú qué? – Madara suspiró, derrotado. "Ahora o nunca".

- Mei, desde el primer día en que te vi en la orilla de nuestro río causaste algo en mí… No lo entendía y me enfadaba. Por eso te hablé mal muchas veces, por eso al principio no me gustaba tu presencia, porque había algo que me pasaba que no entendía cada vez que estabas presente. – Mei miraba en silencio al Uchiha, con esos ojos que decían todo sin palabras. Madara tragó saliva. Esto era una prueba de fuego. – Y no soporto esa sensación, esa pérdida de control de mí mismo cuando estás cerca, pero cuando hay más hombres rondándote hay algo dentro de mí que me hace querer hacer trizas a todo aquel que te insinúa algo… Porque… Porque… - Madara clavó la vista en el suelo. Le estaba costando horrores. – Porque no quiero verte con nadie… ¡Argh! Maldita sea… - Mei se cruzó de brazos, paciente, atentísima a todo ese discurso. – Quiero decir que me molesta, y mucho… - Madara volvió a mirarla, intensamente.- Verte con otro hombre. Mei – Madara elevó los brazos para coger la cara de Mei, que se había sorprendido agarrando las muñecas del Uchiha en un acto involuntario por la brusquedad del gesto de él. – me provocas. – Los ojos de ella se abrieron más. – Y eso es muy peligroso. – Madara cambió el tono, más grave, más ronco, presionando sus manos para acercarla a él. – Porque provocas que te necesite… Que quiera que seas mía… Y deseo que seas mía… - Mei estaba muda, no esperaba que la situación se tornara de esa manera. El mundo a su alrededor se había quedado en absoluto silencio. Los sonidos de los grillos, el murmullo del río y el bullicio tan lejano de la aldea habían desaparecido, sólo podía captar las palabras del hombre que tenía delante, su voz, su olor, su mirada…

- Madara… - Mei susurró su nombre, enfocando sus ojos en su boca. Se estaba derritiendo, literalmente.

- Si juegas con fuego… Vas a arder. – Mei vio cómo el rojo del Sharingan asomó unos instantes en los ojos de Madara. Mei no iba a parar lo que estaba pasando, deslizó las manos que tenía en las muñecas del hombre para hundirlas en su pelo azabache, inclinándose hacia él, rozando la nariz con la suya, entrecerrando los ojos.

- Y quién te ha dicho que no quiera abrasarme en ti… - Apenas fue audible, pero Madara pudo escucharlo perfectamente prácticamente sobre su boca. Y ya no pudo más. Ya no quiso controlarse más. El fuego del deseo bullía en su estómago y se estaba desbordando por todos los poros de su piel.

No supo si fue él o ella quien posó primero los labios sobre los del otro, pero la corriente eléctrica que desencadenó ese acto en sus cerebros fue mutua y la chispa que hizo que sus pieles quemaran vivas al contacto de la otra.

Mei era su debilidad, su perdición. Y él lo sabía. Demonios que si lo sabía. Pero en esa noche iba a hundirse hasta lo más profundo de esa maldita perdición hecha mujer. La luna llena fue testigo de cómo Madara Uchiha firmaba su maldición en Mei Haruno sobre la hierba del río en las afueras de la Aldea Oculta de la Hoja, aunque precisamente eso le hiciera arrasar la tierra que pisaba en un futuro no muy lejano.


Notas de Autor: ¡Hola! MIL PERDONES por el retraso, de verdad. Pero no saben lo que me costó escribir este cap... Es largo, por cierto, pero me costó horrores, se lo juro. Además que no estaba muy inspirado y pues, lo revisé mil veces antes de subirlo porque había escenas que no me gustaban y las cambié millones de veces. Espero que compense toda la trama de este episodio, que si llegaron aquí vieron que empieza el tema ya de verdad, uh, uh.

Vale, una vez llegados a este punto, quiero preguntarles si desean leer la escena M entre Mei y Madara o salto directamente a la mañana siguiente.

Se lo pregunto para saber si gastar mi tiempo y energía o no en ello, o prefieren imaginársela como ustedes quieran, no sé. En el siguiente capítulo la cosa va a avanzar a pasos agigantados y volveremos también a la época actual. Sean pacientes, please, que la historia tiene que avanzar a su ritmo para que cale bien los argumentos, ok? Pues entonces déjenme sus comentarios como siempre. Ya saben que es el motorcito de cada historia para cada autor, se agradece millones y díganme si quieren lemon ahora o no. ¡Espero como siempre que les guste y nos leemos!

¡Un fugaz saludo, amigos del bosque!

Shirokami Mori :3